Extraña encrucijada
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Capítulo 21
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Desayunaron en silencio. Se había levantado un poco tarde y tuvo que apresurarse a comer solo una fruta y un jugo de naranja exprimido del día anterior. Se despidió de su hija con un beso en la frente, un gesto que solo hacía en ocasiones especiales. Esta no era una ocasión especial exactamente. Sin embargo, era todo lo que podía hacer por ella en estos momentos. Apoyarla. Ya había hablado con Bura de aquel doloroso asunto un par de veces desde que había sucedido. La abrazó y le dejó llorar en sus brazos. Pero la vida continuaba. Y ya habían pasado tres meses desde la tragedia. No podía hacer más por ella. Pero sí mover sus influencias para ayudar a que el caso de Hisoka Morow se agilizara y para que las autoridades hicieran lo imposible para encontrarlo y poner en él todo el peso de la ley. Aunque eso nunca podría devolver las vidas que se había llevado ni el dolor que había provocado y que aún provocaba. Era increíble todo lo que ese hombre había hecho. De hecho, era difícil de creer. Y aunque la propia Bulma Brief se ofreció a usar sus contactos en todo el mundo para encontrar el paradero de aquel psicópata, hasta el momento no hubo ni el menor rastro de él.
Bura se puso de pie. Solo se había tomado un vaso de leche descremada. Gokú la miró algo preocupado. Ella siempre hablaba de algo, pero esta vez ni siquiera había dado los buenos días.
—Hoy será un largo día. Habrá Educación Física, tienes que alimentarte más —habló Gokú.
—No quiero. Si cómo voy a vomitar. Vámonos ya, es tarde. La limusina ya está lista.
Gokú no dijo más nada. Sabía por qué los ánimos de Bura estaban por los suelos, pero esa no era la clase de situación con la que él estaba acostumbrado a lidiar, por lo cual, no sabía bien qué hacer o qué decir. En los últimos meses, él solo se limitó a hacer su trabajo y a extender las sesiones de entrenamiento para distraer a Bura.
Gokú tomó una manzana del frutero y se puso de pie. Cuando ambos salieron de la Corporación Cápsula vieron la limusina estacionada. Unos pasos más y abordarían el transporte. Sin embargo, Bura se quedó inmóvil de repente. Al principio Gokú no dijo nada. Pensó que tal vez ella se había quedado pensativa en algo que había olvidado o tal vez consideró llevarse algo para comer en el camino. En ese caso, él pensó en ofrecerse en ir en búsqueda de lo que ella quisiera. Una forma de ser atento con ella en esos momentos difíciles. Pero cuando estuvo a punto de abrir la boca, la repentina acción de Bura lo sorprendió sobremanera.
—¿Bura?
Ella se quedó en silencio por unos instantes. Solo trataba de buscar alivio. Y perderse en las sensaciones que la estaban atestando en esos momentos. Era agradable. Reconfortante. Cálido. Aunque él permaneciera estático sin saber qué hacer. Aun en esa situación, aun en la falta de acciones de aquel hombre, para ella lo era todo, porque sabía que internamente, él había estado buscando una forma de hacerla sentir mejor aparte de extender las sesiones de entrenamiento.
—Solo déjame permanecer así un poco más.
Y él la dejó.
Luego de unos segundos le acarició la cabeza con suavidad mientras ella seguía abrazándolo.
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Ese año, el último para Bura, Rina, Sango, Killúa y Goten, dos materias más habían sido agregadas: Educación Cívica y Psicología. Dos más de qué preocuparse. Pero ninguno de ellos pensaba en eso realmente. La materia del antiguo profesor de matemáticas ahora la impartía el profesor Sesshomaru Archer, al menos para los de cuarto y quinto año. Para los otros años, el director Fanel había contratado a otro profesor, pero el nombre solo lo sabía Rina. A los demás no les interesaba.
—Archer es más estricto de lo que fue el antiguo profesor. —Nadie se atrevía a decir el nombre de aquel psicópata, mucho menos luego de enterarse de que no era quien decía ser. Pero aquel comentario de parte de Goten le hizo recordar a Killúa un suceso terrible que todavía le seguía afectando demasiado. Goten se reprendió internamente por eso.
—Lo es —comentó Killúa, aparentemente despreocupado del asunto—. Pero no me parece que sea imposible de sobrellevar.
El bullicio de los alumnos en el recreo era el mismo de siempre. Pero no la causa de ello. Los cuatro amigos sabían que el tema de conversación entre ellos desde que pasó lo que pasó con Hisoka Morow se hizo bastante recurrente. El caso del despiadado psicópata psiquiatra y profesor que ocultaba su verdadera identidad mientras buscaba víctimas. En las noticias el rostro de aquel hombre aparecía a cada rato. Se mencionaba a Kikyo Mori, a Kagome Higurashi y a Gon Freecs como víctimas, y se había convertido en uno de los más buscados. Era inevitable. Era un verdadero escándalo. Se decía que la familia Mori finalmente había declarado ante las autoridades. Pero se rehusaban a aparecer en los medios. Lo mismo con la familia Higurashi y con la madre de Freecs y el propio Killúa. Las personas podían ser tan crueles. A muchos en Shikon no Tama solo les importaba el chisme. Muchos de ellos se habían acercado a Killúa y a los demás amigos cercanos de Kagome para preguntarles sobre el caso. Por supuesto, ninguno había dicho ni una sola palabra. Killúa los fulminaba con la mirada y hasta se había agarrado a los golpes fuera de la escuela con algunos compañeros y alumnos de otros años. Era intolerable.
—Bueno, para ti es evidente que no lo es, pero aquí hay algunos mortales que se esfuerzan demasiado —Rió levemente.
El aire era extraño.
Los cinco amigos podían sentir la mirada de todos clavada en ellos. Sabían que aquellos imbéciles con falta de empatía solo estaban esperando el momento para que alguien se atreviera nuevamente a indagar en el polémico caso que invadía las noticias de internet y televisión. Era irritante para los cinco. La cafetería de Shikon no Tama se había vuelto un infierno. Era mucho mejor estar en clases que en el receso. Si no fuera porque Killúa estaba en quinto B y no se les permitía a los alumnos de otros salones entrar en un mismo salón, los cinco amigos ya hubieran hecho sus reuniones en el salón de quinto A. Aunque probablemente los chismosos de igual forma irían a fastidiarlos allí.
—Para mí tampoco —acotó Rina.
—Tú eres igual a Killúa. No cuentas.
—Todavía no me acostumbro al horario. ¿Qué tenemos ahora? —preguntó Bura.
—Literatura —dijo Sango.
Todos permanecieron en silencio hasta que el receso terminó.
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—Hoy comenzaremos con la obra Una historia del mundo en diez capítulos y medio.
Nadie dijo nada. Pero claramente todos habían leído el libro.
—Quiero un análisis breve que explique la totalidad de la obra.
Rina Inverse alzó la mano.
—Adelante.
—En cada capítulo se narra distintas historias que podrían parecer muy diferentes, pero que, sin embargo, hay una gran conexión entre la esencia de los sucesos y al mismo tiempo tiene que ver con la historia "verdadera" del mundo. El objetivo es dejar en claro que, como lo indica el nombre del libro, cada versión de la historia es solo una versión de acuerdo con la subjetividad de quien la cuenta. Esto quiere decir que una persona puede vivir el mismo suceso, pero con un punto de vista diferente. Todas las versiones de la historia son reales, siempre y cuando cada uno lo crea. No existe la historia, sino una historia, varias historias.
—Excelente, señorita Inverse.
Rina cesó de hablar y prestó atención a la clase. No obstante, una parte de su mente estaba en otro lado. Hacía poco más de un mes que las clases habían comenzado. En las primeras dos semanas los de cuarto y quinto año se habían quedado sin profesor de Literatura. Para los demás años fue Van Fanel quien remplazó al antiguo profesor de Literatura, pero el director Fanel tuvo problemas para encontrar otro profesor para las horas que el menor de los Fanel no pudo ocupar. Finalmente, luego de varias entrevistas, encontró al profesor indicado: Kurama Minamino: cerebral, sereno, serio, pero amable y atento. Increíblemente atractivo y guapo. Lo que más llamaba la atención del docente era los profundos ojos verdes y la larga cabellera roja que poseía. Sin embargo, en Shikon no Tama, todos los profesores eran de élite y tenían características que llamaban la atención así que a Rina y a los demás amigos no le sorprendía demasiado que Fanel contratara a alguien así.
¿Qué tanto le habrá afectado a Killúa el remplazo de su hermano?
La clase siguió con un análisis y un resumen oral de cada capítulo de la obra. Nada del otro mundo. Rina debía admitir que era un libro bastante interesante. Recordó las clases de Freecs con nostalgia. Él solía decir que cada libro era un mundo con la capacidad de abrir la mente junto con un abanico de posibilidades. No solo se trataba de la narración de sucesos ficticios, según qué tipo de libro, sino también de la descripción del mundo que el ser humano no era capaz de explorar debido a las obligaciones de la vida cotidiana o a la falta de recursos de poder viajar. Era como una película maravillosa dentro de la mente. Ella hasta podía oír la voz de Freecs diciéndolo con aquel entusiasmo único con la que llevaba a cabo su clase.
¿Por qué todo que tuvo que terminar así?
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Vegeta estaba en el patio. Daba puñetazos y patadas a un gran árbol que tenía en el patio de la casa. Sintió los pasos de la madre acercársele, pero pretendió no oírla. Ni siquiera cuando ella lo llamó repetidas veces.
—Vegeta… Hitomi está en el teléfono…
Él dio un puñetazo con mucha más fuerza. Todo el árbol de agitó fuertemente.
—No quiero hablar con ella —dijo con un tono verdaderamente hostil.
La mujer lo miró con tristeza y puso el teléfono inalámbrico en la oreja.
—Hitomi, querida, Vegeta no puede atenderte en estos momentos, pero dile a Zelgadis que los esperamos a cenar esta noche en casa.
Y luego colgó el aparato.
Vegeta gruñó al escuchar las últimas palabras de su madre.
—¡¿Por qué le dijiste eso?! —le replicó.
—Tenemos que hablar todos juntos —declaró ella con firmeza.
—¡No tengo nada que hablar con ellos! ¡Nos ocultaron todo! —Apretó los puños con gran ira—. ¿No te da rabia? A ti también te lo ocultaron.
—Tuvieron sus motivos. Deja que ellos te lo aclaren esta noche. Tus hermanos vienen especialmente para hablar sobre ese asunto.
—No quiero. Me iré si ellos vienen.
—Ya no eres un niño, Vegeta —espetó ella—. Y entérate que se quedarán a dormir. Zelgadis y Hitomi no tienen por qué estar en un hotel si tienen su casa. Todos mis hijos siempre tendrán un hogar aquí.
—A ellos les encanta estar en hoteles cuando vienen aquí. La última vez hicieron lo mismo. No quisieron venir porque no fueron capaz de enfrentarnos y decirnos la verdad. Si yo hubiese sabido lo que ocurría, habría ido con aquel maldito bastardo y lo hubiese matado con mis propias manos. Jamás se lo voy a perdonar, lo voy a encontrar y lo voy a hacer pagar. ¡Lo juro por mi vida!
La madre miró a su hijo con tristeza. La desgarraba verlo tan dolido y lleno de ira.
—¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? Precisamente por eso es por lo que no te dijeron nada. Eres bastante impulsivo y violento. Los únicos que hubieran salido perjudicados habrían sido tú y Kagome si lo enfrentabas. No culpes a tus hermanos. Ellos trataron de manejar la situación lo mejor posible. Ese hombre es muy peligroso, supo muy bien cómo enredar a Kagome.
—Muerto él, se habrían acabado los problemas para Kagome. Ella no estaría…
Las palabras quedaron en el aire. Una puñalada helada y angustiante le invadió las entrañas. Vegeta todavía no podía creer todo lo que había pasado, que Kagome haya sido capaz de meterse con semejante sujeto, que hubiese mentido, que haya vuelto a la casa de ese hombre solo para encontrar la muerte. ¿Por qué fue a la casa de ese psicópata luego de haber terminado con él? ¿Qué buscaba? ¿Acaso todavía quiso regresar con ese hombre? ¿Qué tanto le había lavado el cerebro para tener una obsesión tan grande por el maldito bastarlo? Había muchas cosas que no concebía, que no lograba imaginarse siquiera. Toda esa retorcida y dolorosa situación parecía una patética novela de tragedia y horror.
—No es justo que le haya pasado eso… —finalmente dijo él con la voz quebrada.
Era la primera vez desde que Vegeta era un niño que la madre lo veía tan dolido, frustrado e impotente.
—Vegeta, en estos momentos tan difíciles debemos estar todos unidos —habló la madre luego de unos instantes de silencio.
—Ya es tarde para eso, madre. Zelgadis y Hitomi debieron pensarlo cuando se pudo hacer algo.
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Desde lo que pasó con Kagome y Freecs, Bura solía ensimismarse demasiado: suspiraba con tristeza o se la pasaba mirando el cielo. Muchas veces perdía la noción del tiempo y despertaba muy tarde los días que no tenía que ir a Shikon no Tama. Dormir es más fácil. A veces, incluso, directamente no asistía a clases, algo que era muy malo para ella porque hasta se olvidaba de pedir los apuntes. Rina era la que se los entregaba sin pedírselo. ¿Cómo es que Rina podía seguir adelante? No es como si no le estuviese afectando toda aquella situación, es solo que Rina era muy fuerte, igual que Killúa. Su hermano había sido una víctima de Hisoka Morow, pero seguía con la vida cotidiana. Y era excelente. En cuanto a Sango y a Goten, pues, el caso de ellos era un poco similar al de Bura.
La princesa de la Corporación Cápsula intentó ir de compras, salir al centro comercial. Hacer algo. Nada la distraía de los pensamientos de pesar. Se había vuelto menos bulliciosa. Más silenciosa. Hasta olvidaba que Gokú estaba a su lado. Oh, pero ¿qué tan afectada tenía que estar para olvidarlo a él? La respuesta era culpa. ¿Por qué no pudo hacer nada por Kagome? ¿Cómo no se dio cuenta de aquella relación que le estaba haciendo daño? Era Kagome la que había elegido, pero evidentemente hubo una profunda manipulación de parte de ese sujeto. Aún no podía creer lo que había ocurrido. Aún había muchos secretos que quizás nunca sabría. ¿Así era mejor? Bura no quería profanar la intimidad de su amiga, pero ¿y si era necesario? Para atrapar a ese psicópata era necesario saber lo más posible de él, y la verdad es que nadie sabía nada que ayudara a localizarlo.
—¿Qué tal un poco de ejercicio?
Otra vez, Bura se había olvidado de la presencia de Gokú.
—¿Quieres entrenar otra vez?
—En realidad, quiero hacer algo que tú quieras.
Eso la sorprendió sobremanera. Quedó inmóvil, con los dos ojos abiertos de par en par, fijos en Gokú. Los ojos del guardaespaldas estaban llenos de vivacidad, y sonreía esplendorosamente. Como muchas otras veces, el pecho se le inundó de calidez. Esta vez fue un poco diferente de todas las demás veces que Gokú la hacía flotar. ¿Fueron esas palabras? Por supuesto. Pero había algo… Era la primera vez que él le decía algo así. Bura sabía que de alguna forma había querido levantarle el ánimo. Y lo había hecho distrayéndola de aquel luctuoso enfrascamiento. La había sorprendido. En realidad, no sabía de qué manera, solo estaba feliz.
Siempre se trataba de hacer los deberes: entrenar para obtener una buena calificación en Educación Física y, sobre todo, para saber defenderse. Bura comenzó a tomarse el entrenamiento en serio no solo por órdenes de su madre, sino para hacerse más fuerte y poder facilitarle el trabajo a Gokú, pero también para poder acercarse más a él, entender por qué amaba tanto las artes marciales.
—Es la primera vez que me dices algo así, es extraño.
—¿Tú crees?
—Sí.
—Bueno es que me pones incómodo.
Bura parpadeó confundida.
—¿Qué?
—Es que me acostumbré tanto a tu personalidad malhumorada y demandante que ver otra faceta tuya es realmente extraño —declaró con una mano sobre la nuca y una divertida sonrisa.
Bura se quedó en silencio unos segundos procesando lo que Gokú acababa de decirle. No sabía si ponerse furiosa o reírse a carcajadas. Él hacía que todo matiz de una situación normal se tornara diferente y única. Era esa personalidad de él, esa extrañeza divertida y fuera de lo común lo que la hacía no saber qué hacer.
Un puñetazo se detuvo justo a pocos centímetros de Gokú. Él había detenido el puño de Bura con la mano sin problemas. Ella se sorprendió otra vez.
—Entonces jamás bajas la guardia.
—Algo así. Ya lo tengo incorporado en mi cuerpo.
—Reflejos.
—Exacto.
A Bura le encantaba que desde hace un tiempo Gokú se ponía serio cada vez que peleaba contra ella en los entrenamientos. Eso significaba que la princesa de la Corporación Cápsula se había vuelto fuerte como para que la tomara en serio. Era la única oportunidad que ella tenía verlo de esa manera.
Bura usó los pies para intentar golpearlo. No lo logró. Y comenzó a cansarse luego de unos minutos por la desmesurada cantidad de energía que estaba usando en los ataques. Añadió puñetazos y algunos movimientos que había practicado en secreto. Se sintió frustrada de que Gokú siguiera sin hacer el más mínimo esfuerzo para repeler sus movimientos. ¿Cuándo lograría al fin darle un golpe? ¿Cuándo lograría alcanzarlo? ¿Cuándo lograría que él…?
Y se detuvo de repente. Gokú la miró con gesto curioso.
Ella apretó los puños.
—Quiero que me ames.
Silencio absoluto.
—¿Eh?
—Me preguntaste qué es lo que quería. Eso es lo que quiero. Quiero que me ames —repitió con el pulso acelerado y el rostro escarlata, pero tan firme y demandante como solo Bura Brief podía ser.
—En realidad yo te dije que quería hacer lo que tú quieras.
—Bien.
Dio unos cuantos pasos hacia él.
—Entonces quiero que me beses.
Cuando Bura estuvo demasiado cerca de Gokú, el retrocedió instintivamente. Era la primera vez que se sentía acorralado y sin saber qué hacer.
—¿Qué? Oye, Bura, espera, no…
Y antes de que él pudiera detenerla, sintió un golpe en la boca del estómago que lo hizo caer de rodillas. Tosió un poco y luego alzó la vista. Ella estaba sonriendo y mirándolo altivamente.
Al fin había podido golpearlo.
Gokú se recostó sobre el césped del patio de la Corporación Cápsula y miró el cielo azul. El dolor en el estómago desapareció poco tiempo después.
—Hiciste trampa.
Ella también se recostó a su lado y se puso a mirar el cielo. Antes no lo hubiera hecho ni en un millón de años porque ensuciaba su ropa. Ahora no le importaba si eso ocurría.
—Bajaste la guardia.
Gokú supo que de ahora en adelante debía tener más cuidado con Bura.
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Rina siempre acompañaba a Killúa hasta medio camino. Era costumbre. No era un acuerdo ni era algo que él le haya pedido o algo que ella le hubiese preguntado si quería. Solo sucedía. Internamente, ellos sabían que la amistad de ellos y el entendimiento que tenían el uno por el otro estaba a un nivel diferente del resto de sus amigos. Tal vez tenía que ver con lo intelectual. Ambos eran muy inteligentes y perspicaces. También emocionalmente. A veces se juntaban y conversaban. De lo que fuere. Estaban cómodos con el otro y se sentían libres de hablar de cualquier tema. Ellos se comprendían. Los temas que tocaban podían ser triviales o complejos. Ninguno de los dos extremos podía ser entendidos por Sango, Goten, Kagome o Bura. El silencio de ambos también albergaba cierto misterio que solo Rina y Killúa podían desencriptar.
Los demás lo sabían.
—¿Qué hay de Metallium?
—Lo de siempre —repuso ella—. No te preocupes. Este es el último año. Él nunca se me ha acercado. A veces pienso que el hecho de que me observe solo es mi imaginación.
—No lo creo. También lo he visto. Y él se dio cuenta. Solo sonríe. Nunca hace nada. Pero de igual forma ten cuidado. Nunca se sabe.
—¿Necesitas que te ayude con algo? —preguntó Rina.
Killúa supo a qué se refería.
—No. Mi padre y Mitosan vienen dos o tres veces por semana. Tengo suficiente ayuda en casa.
—Entiendo. ¿Qué tal los perros?
—Bien.
—Genial.
Y como siempre, a medio camino se despidieron. Killúa siguió su camino. Entró a casa y los perros saltaron encima de él. Killúa les dedicó unos cuantos minutos para acariciarlos a todos hasta que se les calmara el entusiasmo por verlo. Sintió unos ruidos y se alertó. Pese a que Mitosan y su padre tenían llave de la casa para entrar cuando quisieran, ellos siempre le avisaban si venían, y ese día no le habían avisado nada. Se levantó del asiento y caminó hacia de donde los ruidos provenían. Los perros no ladraban.
No puede ser…
Abrió los ojos de par en par.
—¡Gon!
—Hola, Killúa —dijo con una tenue sonrisa.
Los perros rodearon a Freecs y movieron el rabo. Estaban felices. Él se estaba sacando un jersey mojado. Killúa lo miró incrédulo.
—¡¿Estás loco?!
—¿Mhm? ¿Por qué lo dices?
—Estuviste haciendo ejercicio, ¿verdad?
—¿Qué tiene de malo?
—¡¿Cómo que qué tiene de malo?! —vociferó alterado—. ¡Hisoka te destripó! ¡Es un milagro que estés vivo!
—Estoy bien —dijo con simpleza—. Hace días que vengo haciendo ejercicio. No puedo quedarme en cama todo el tiempo. Es molesto.
Killúa no podía creer lo que veía. ¿Cómo es que Gon podía lucir tan bien?
—¿Qué hay de tus heridas?
Las manos y el abdomen de Gon estaban vendados, pero no había rastro de sangre y él parecía moverse perfectamente. Killúa estaba realmente sorprendido. ¿Cómo era posible que sanara tan rápidamente? De hecho, ni siquiera era posible que él siguiera con vida. Cuando lo habían encontrado en el bosque, los paramédicos no pudieron creer que siguiera con vida con las entrañas cortadas y la gran pérdida de sangre. Killúa sabía que Gon tenía habilidades curativas sorprendentes, pero aquello era una locura. Los médicos seguían su evolución con gran admiración y asombro. Querían estudiarlo y ver cómo es que funcionaba su cuerpo. Sin embargo, Mitosan y Silva solo permitieron que lo curaran. En poco tiempo Gon ya estaba en casa, y Killúa lo atendía mientras se recuperaba.
—Están cicatrizando bien. Ya no me duele.
—¿Volverás a dar clases?
—Todavía no.
—Está bien. Es mejor que descanses un tiempo más. No abuses de tu buena suerte. Date una ducha y vuelve a la cama. Yo prepararé algo de comer.
—No. Me daré una ducha, pero no volveré a la cama.
—¿De qué hablas?
—Iré a ver a Kagome.
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Ese día había un par de nubes y el clima era frío. Había pocas personas en las calles. Al menos no llueve, pensó ella. Había días de lluvia, viento y truenos. Esos días eran helados y horribles. La lluvia no le molestaba, pero desde hace un buen tiempo que percibía algo tenebroso y solitario en esos días. Y estaba sola. Las calles estaban completamente desoladas. A las personas no les gustaba transitar bajo el cielo furioso y lacrimoso. Pero Kagome tenía que hacerlo. Tenía una vida que no podía detenerse por la lluvia. Shikon no Tama esperaba. Las clases esperaban. Sus amigos esperaban. Aunque ahora ella veía algo extraño en ellos. No podía explicarlo. A veces ni siquiera venían a clases.
¿Por qué me siento así?
Van Fanel la miró con seriedad. Se había dado cuenta que ella no estaba prestando atención a la clase. Ese hombre, me vigila más que a los demás. No le importó mucho. En su mente solo estaban los escritos de un libro. Una historia. Una novela que amaba con todo su ser. ¿Por qué las letras se desvanecen? Debía leerlo. Leerlo otra vez. ¿Pero qué estaba ocurriendo? Se suponía que iba por la mitad. ¿Cuántas veces había intentado leerlo ya? Esa era la sexta o la séptima vez. Y siempre olvidaba la historia a la mitad de la lectura. A veces antes. Eso no estaba sirviendo de nada. En cuanto llegara el recreo tomaría el libro en sus manos con fuerza y empezaría a leer otra vez. No me dejaré ganar. No me dejaré ganar. No quiero que desaparezca. No quiero olvidar. No importa las veces que lo intente. ¿Cómo puedo olvidar? Algo tan valioso para mí… No lo iba a permitir.
—¡Higurashi!
Ella ni se inmutó ante la brusca llamada de atención.
—Me estaba preguntando —habló Kagome—, ¿por qué no leemos cuentos y novelas? Debería ser parte del programa.
Fanel estaba muy molesto.
—En esta materia se analiza la estructura de las oraciones.
—Por supuesto. Analizamos textos escritos. Los cuentos y las novelas son eso.
La campana del receso sonó. El profesor Fanel no contestó y se limitó a tomar sus cosas y a marcharse del salón. Los demás hicieron lo mismo. Kagome se quedó sola. Era contra las reglas. Pero no le importó. Tomó su mochila y buscó su libro más valioso. Aquel que la introdujo en el mundo de las letras. El primer libro que le había dado su padre. Ese que volvía a leer cada cierto tiempo. No lo encontró. Lo siguió buscando en los otros bolsillos de la mochila. Nada. Entró en pánico.
¡No quiero olvidarlo! ¡No quiero olvidarlo! ¡No quiero olvidarlo!
—¿Buscas esto?
Y lo vio. No se había dado cuenta en el momento en que entró al salón.
Ella abrió los ojos de par en par al ver el libro en la mano izquierda del profesor de matemáticas.
Grandes esperanzas de Charles Dickens.
—¿Por qué lo tiene usted?
Hisoka sonreía. Kagome se sintió extraña, aterrada.
—Porque tú me lo diste.
Ella se sorprendió aún más.
—Eso no es cierto. ¡Devuélvamelo!
—¿No lo recuerdas? Me diste tus letras a cambio de números.
—¿De qué está hablando?
—¿Te das cuenta de que la literatura ya no se imparte en este lugar?
Kagome se apresuró a ver el horario en su carpeta. Literatura ya no estaba. ¿Por qué? Era una materia esencial. Su preferida. La lista de horarios marcaba todas las materias impartidas en la semana, pero solo había una hora de Lengua y había muchas horas de matemáticas. Todos los días…
—Hisoka… —susurró.
Y los recuerdos le acribillaron la mente.
—¿Hasta qué grado llega tu manipulación? —dijo como si soportara un taladro agujereándole el cráneo.
—Hasta donde tú lo permitas.
—Yo no te di lo más valioso que tengo. ¡Nunca lo haría!
—¿Entonces por qué tengo este libro en mis manos?
—Hice un intercambio.
—Números, Kagome, los elegiste. Querías números porque son más fríos y exactos.
—¿Por qué diablos querría eso?
Él amplió la sonrisa. No dijo nada. Hubo un silencio sepulcral. Se oyó unos pasos acercarse hacia el salón. La puerta se abrió lentamente.
Kagome comenzó a temblar. El pulso se le aceleró. Unas cuantas lágrimas comenzaron a surgir.
—Freecs… —susurró con la voz trémula.
—Llegaste —dijo el psiquiatra con los ojos fijos a los de Gon Freecs.
El recién llegado no dijo nada. Kagome estaba presa de la conmoción. Pero deseaba con todas sus fuerzas llegar a él y tocarlo para verificar que no estuviera alucinando.
—¿Quieres saber por qué elegiste los números? —habló de pronto el psicópata.
Ella apretó los puños. Lo miró con mordacidad.
—Para salvarlo a él.
—Me diste tu vida por él. No tus letras.
El corazón de Kagome dio un aterrador vuelco brusco. Una línea sanguinolenta, como si un cuchillo invisible se incrustara en su cuello, comenzaba a dibujarse lentamente.
—Elegiste los números porque me elegiste a mí como hombre.
El tajo del cuello se expandía cada vez más. Una plétora escarlata bañó el cuerpo de Kagome. Las fuerzas se le fueron inmediatamente. Cayó de rodillas. Llevó ambas manos al corte para intentar cesar la hemorragia. Era inútil. Respirar se volvía una tortura.
—Lo que te une a Freecs es la culpa. Es este libro.
Hisoka lanzó el libro hacia el charco carmesí. Kagome cayó pesadamente y vio cómo el objeto se cubría de sangre. Luego vio a Freecs, pero Hisoka bloqueó su vista al pararse delante de ella, muy cerca. Los zapatos del psiquiatra estaban bañándose del carmesí.
—Ni siquiera has sido capaz de llamarlo por su nombre. ¿Eso no te dice nada?
Entre las convulsiones, Kagome podía escuchar a Hisoka claramente. Ella estaba muriendo, pero todavía era consciente. Y aún en la muerte, él tenía el escalofriante y aterrador don de apuñalarle el alma. Hisoka siempre la había hecho sangrar interna y externamente.
Ella ya no podía hablar, pero su mente todavía le permitía pensar.
La razón por la cual nunca lo he llamado por su nombre es…
—Ya olvídalo, Kagome.
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Las lágrimas se hicieron visibles. Kagome abrió los ojos de repente y se sentó en la cama bruscamente. Temblaba. El corazón palpitaba con fuerza, frío de desesperación. Sentía que no podía respirar. Que la sangre caliente se volvía gélida en su cuerpo. Que la cubría y seguía chorreando sin parar. Que la sonrisa y los ojos de Hisoka seguían vejándola y martirizándola. Hubo un par de sonidos de mecánicos a su alrededor. Eso solo la aturdió. Siguió temblando como una niña pequeña. Aterrorizada por el monstruo debajo de la cama. Estaba sola en medio de aquel infierno. Los ojos parecían salírsele de sus cuencas. La sangre fluía y fluía. No podía respirar y el escarlata seguía cubriéndola. ¿Por qué no moría? Y entonces vislumbró su entorno. La sangre ya no era roja. Era… ¿blanca? No. Eso no era sangre. ¿Qué tenía en la boca? ¿Qué tenía en los brazos? ¿Qué eran esas máquinas? ¿Qué era ese lugar?
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—Vengo a ver a Kagome Higurashi.
—Por supuesto, señor Freecs —dijo la enfermera con una sonrisa. Él se sorprendió de que la mujer supiera su nombre. Pero se dio cuenta de que había dado su nombre muchas veces en aquel hospital como para que unos cuantos allí pudieran recordarlo. O tal vez las constantes noticias se habían encargado de eso. Se preguntó si esas personas tenían tiempo de ver televisión. Qué tontería. La tecnología de la actualidad ya había dejado de reducirse a la televisión. Freecs se preguntó por qué la enfermera sonreía tanto—. Tengo buenas noticias para usted, señor Freecs.
Y la sonrisa de la mujer se amplió más.
A unos cuantos pasos, la médica de pelo rosado miró a Freecs. Freecs la miró y la olió una vez más.
Ya no tenía la menor duda de nada.
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Estaba quieta. Pensativa. Con los dedos recorrió la gasa alrededor del cuello. Una y otra vez. Todo se sentía irreal. Pero no lo era. Estaba sola en aquella habitación blanca y llena de aparatos. Le habían quitado el tubo de la boca y algunos otros más finos de los brazos. Luego de que la médica le explicara lo que le había pasado, ella se concentró en asimilarlo. Ahora solo podía pensar en una cosa.
Hisoka.
Veía todo con increíble y horrible claridad. Como siempre, todo había sido inescrupulosamente calculado.
Bastardo.
Al principio no entendió por qué seguía con vida. ¿Un error? No. Nunca. Hisoka no cometía esa clase de errores. Hisoka sabía muy bien dónde cortar. Cómo cortar. Al final Kagome solo había hecho lo que él deseaba. Acorraló a Freecs y la acorraló a ella para que hicieran lo que el psicópata quería. Hisoka quería que ella intentara matarlo para que Freecs fuera libre. Solo para después humillarla y obligarla a entregarle su vida por la de Freecs. Sin embargo, pese a que así él lo había planeado, nunca había tenido la intención real de tomar la vida de Kagome a cambio de la de Freecs. Hisoka jamás aceptó el trato. Él simplemente le cortó el cuello frente a Freecs para provocarlo. La vida de Kagome nunca valió la de Freecs. La vida de Kagome no significaba nada para Hisoka. Él nunca fue capaz de amarla como para matarla. Ella jamás pudo hacerle daño. ¿Qué daño podía hacerle si nunca la amó en realidad? Siempre se trató de Freecs hasta el final. Hisoka siempre se había burlado de ella hasta el final.
Maldito.
Y no solo eso… no solo su vida no valía nada para él, sino que, al dejarla con vida, podía seguir martirizándola.
Te atreviste a…
Y las lágrimas nacieron nuevamente.
…matarlo…
Jamás, jamás se lo iba a perdonar.
—Hisoka —profirió aquel nombre con profunda animadversión.
—Kagome…
Y ella amplió los ojos. Pupilas fijas sobre las mantas inmaculadas. Quedó estática. Incrédula. Estupefacta. No se atrevía a alzar la vista. No se atrevía a mirar. ¿Y si era una ilusión? Todo lo que sabía, todo lo que había razonado se desmoronaría y una nueva y maravillosa confusión la embargaría. Mente maldita, ¿te atreves a escarnecerme? ¿Te has acostumbrado a la vejación de aquel psicópata? ¿Cuán profundo se había calado el efecto de aquella manipulación psicológica? No podía ser posible que se haya acostumbrado tanto a aquel monstruo inescrupuloso que ahora necesitara de aquella agonía mental. Ya no estaba segura de lo que era real y lo que no.
No. No. No. No. No podría soportarlo. Ya no puedo soportar un delirio más…
Y cuando se atrevió a mirar, su cuerpo entero tembló. Su alma tembló. Su existencia en ese universo tembló. Y siguió inmóvil, aún reusándose a creer.
—Tú… —susurró—. ¿Cómo es posible…?
No. No. Aún no. No puede ser. ¿Por qué? No tiene lógica. Maldita sea, Hisoka, ¿qué has hecho conmigo? ¿Sigues burlándote de mí?
Quiso levantarse de la cama, pero estaba débil. Sentía que las piernas se le doblaban como queso.
—Kagome, no te muevas, estuviste en coma por casi tres meses —declaró él.
No le importó. Tenía que saber. Tenía que tocarlo.
—Freecs…
Y se puso de pie. Como pudo. Dio un paso. Dio dos pasos.
Y al tercero cayó.
—¡Kagome!
Freecs le tomó la mano. Y en ese momento el mundo se congeló. Era la segunda vez que la tocaba. Siempre cuando ella estaba desvaneciéndose, cuando estaba débil. Esa era la mano que siempre la ayudaba. Gon Freecs era un bálsamo para su vida. Era el ser opuesto a Hisoka. Mientras uno la había dañado y desfigurado, el otro siempre la había curado.
Y cuando él la ayudó a acostarse en la cama otra vez, sonrió como siempre lo hacía: tan radiante, tan risueño y amable. A ella le dolió el pecho de tanta calidez.
Eres luz.
Y no la merecía.
Mi vida fue un intercambio, Hisoka. Pero no fue para ti. Te entregué mis letras, pero no mi vida. No dejaré que me sigas manipulando al hacerme creer otra cosa. Te entregué mis letras a ti, y le entregué mi vida a Freecs porque quería que siguiera sonriendo.
—Eres real —dijo finalmente, con las lágrimas cayéndole.
Freecs parpadeó algo confundido.
—Claro que soy real —declaró con una risa divertida.
Ella sonrió de felicidad. Lo escrutó bien y advirtió las vendas en sus manos. Ni siquiera tuvo que preguntar. Aún no sabía qué es lo que había pasado ese día. Pero estaba segura de que Hisoka le había hecho mucho daño.
Freecs se dio cuenta que Kagome lo estaba observando cuidadosamente.
—Me cortó el cuello, las entrañas y enterró dos cuchillos en mis manos—dijo de repente.
Ella abrió los ojos nuevamente de par en par.
—¿Las entrañas?
—Sí, me destripó. —Rió. Kagome seguía con gesto de incredulidad y preocupación—. Pero no te preocupes. Mi cuerpo es bastante resistente y todas las heridas que me hizo están cicatrizando bien. Ni siquiera debería tener estas vendas, pero Killúa me las pone por si acaso.
—Pero… aun así… ¿cómo es posible? Deberías estar muerto.
—Pero no lo estoy. Hisoka sabía que no moriría. Si realmente hubiese querido matarme, me habría apuñalado el corazón.
—El corazón…
—Sí, antes de huir me suministró una droga extraña para dejarme inmóvil. Los médicos dijeron que era la misma que nos puso a los dos para inmovilizarnos. No era anestesia, era una mezcla que al parecer él mismo inventó: deja tieso el cuerpo, pero el dolor sigue sintiéndose. —Hizo una pequeña pausa—. Hisoka hizo muchos experimentos conmigo cuando era casi un niño —explicó—, él sabía que no moriría con lo que me hizo, pero pensé que al dejarme inmóvil lograría matarme ya que si me desangraba completamente y si quedaba ahí por mucho tiempo sin atenderme las heridas no habría forma de que sobreviviera. Sin embargo, me sorprendí cuando a los pocos minutos de que él escapara, una ambulancia vino a mí como si alguien la hubiese llamado. —Hizo otra pausa—. En realidad… —Apretó los puños con fuerza— lo que hubiese pasado si él no me suministraba esa droga es que hubiese ido tras él aún con mis heridas. —Por un momento la mirada de Freecs se tornó sombría—. Y habría muerto.
Kagome no salía de su sorpresa. Hisoka había desenterrado algo en Freecs que jamás volvería a guardarse en los recovecos de su alma. Ya no. Y si lo que Freecs estaba diciendo era cierto, Hisoka le había salvado la vida a Freecs. La cabeza le daba vueltas. La confusión era evidente. ¿Qué rayos quería Hisoka? ¿Qué había conseguido con lo que había hecho? Solo masacrarse entre los tres, pero los únicos que parecían haber salido perdiendo eran ellos dos. Estaban vivos, pero con secuelas que los marcarían de por vida. Eso era. Solo un juego. Y, sin embargo, Kagome sabía que lo que más anhelaba Hisoka era matar a Freecs. Él estaba sediento y hambriento por Freecs, desde hace años, entonces, Kagome pensó que la única manera de aplacar eso era con su propia vida. Ella pensó que él iba a aceptarla porque pensó que la amaba. Pensó que iba a ser un intercambio equivalente. Nada más alejado de la realidad. Y allí estaban. Con vida. Los dos. Hisoka no había tomado ni una vida ni la otra pese a que oportunidad no le faltó. La única conclusión a la que Kagome pudo llegar es que jamás podría entender a ese monstruo.
—¿Estás bien?
Ella reaccionó y salió de su enfrascamiento. No le contestó. Solo se lo quedó mirando con los ojos acuosos y profundos. Él le tomó las manos y ella volvió a temblar. En esas manos sentía la aspereza de las vendas, pero también la calidez de su piel.
Él le dedicó la sonrisa cristalina de siempre. No importaba la situación, Freecs era fuerte y deslumbrante. Y si él lo era, ¿por qué Kagome no podría sobreponerse?
Y ella finalmente sonrió.
—Ahora lo estoy.
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A/N: Bueno, yo lo había terminado acá, tengo el epílogo, pero creo que sería bueno agregarle un cap porque hay un par de cosas que todavía tengo que explicar. ¿Qué les pareció?
Gracias a todos los que hayan llegado hasta aca.
Anna Bradbury.
