Ron posaba sus ojos de un lugar a otro sin poder siquiera cerrar su boca ante el asombro. Carretas repletas con diversas cargas iban y venían por caminos empedrados, personas vestidas con túnicas como las que usaban los magos en sus tarjetas coleccionables de las ranas de chocolate, platicaban alegremente. Había tabernas desde donde podían escucharse estruendosas carcajadas, mientras hombres con vestiduras de metal entraban y salían de ellas.

—¡¿Caballeros?! –exclamó el pelirrojo mientras se embelesaba ante las extraordinarias armaduras con el escudo real, un dragón de oro sobre un fondo rojo.

Y en la parte más alta, se recortaba un castillo con la majestuosidad de Hogwarts, el hogar del rey Arturo Pendragón.

—¿Qué es lo que buscáis en este lugar? Si se me permite preguntar. —inquirió el hombre que los guiaba—. Deben de saber que muy pocos viajeros nos visitan.

—Deseamos hablar con Lady Morgana. —contestó Hermione.

—Eso será un poco complicado, ya que Lady Morgana no se encuentra en Camelot, sino en Ávalon.

—Lo sabemos. –intervino Ron–. Se nos dijo que esta sería la puerta para acceder a Ávalon, aunque creo que nos fue informado mal.

—De ninguna manera. –dijo el hombre–. Sin embargo, debéis entender que Ávalon es la cuna de la magia, al menos en esta parte de Europa. Muchos han venido antes en busca de poder para fines egoístas; debido a eso, los únicos que tienen permitido acceder al santuario son los caballeros de su majestad.

Hermione y Ron se miraron un poco desilusionados, parecía que habían hecho aquel viaje hasta allá para nada.

—¿Existe alguna manera de hacerle llegar un mensaje? –preguntó Hermione, tal vez no podían ir donde ella, pero con suerte y explicándoles su situación, quizá ella podía encontrarse con ellos en Camelot. Aquel hombre sonrió enternecido.

—A la dama del lago no le gusta ser molestada, salvo que sea una cuestión de vida o muerte.

—¡Lo es! –Exclamó la castaña–. Se trata de la vida de un inocente que ni siquiera ha nacido.

—Ya veo —contestó el hombre repasándola con la mirada y deteniéndose unos segundos en su vientre—. Aunque para seros sincero, no sabría deciros si vuestra razón es lo bastante importante para molestarla. Aunque eso no lo decido yo, así que entonces acompañadme. –dijo formalmente quitándose la túnica y dejando su reluciente armadura al descubierto, para luego hacer una respetuosa inclinación— mi nombre es Sir Tristán —les dijo indicándoles el camino.

Lo siguieron por veredas ascendentes hasta las mismas puertas del palacio. A su paso, la gente se volvía a verlos con curiosidad, Ron suponía se debía a su extraño atuendo, en una ciudad tan medieval como aquella, sus ropas muggles desentonaban bastante.

Un par de pesadas puertas se abrieron ante el caballero y se adentraron en una gran sala en penumbras. Su aroma le recordó a Ron su estancia en Grimmauld Place, cuando era la sede de la orden del Fénix, a humedad y magia añejada por un largo periodo. El aire era pesado, como el de una catacumba sin abrir por mucho tiempo.

Aquel hombre se hinco respetuosamente frente a lo que parecía una enorme mesa y murmuro lo que sonaba como un juramento. Un recuerdo perdido emergió de la memoria de Ron, una historia narrada por generaciones, de padres a hijos. Tendría tal vez cuatro o cinco años la última vez que la escuchó, pero su memoria la repitió de forma tan nítida que no le sorprendería descubrir que había sido grabada en ella con alguna especie de hechizo.

Una vez terminado el juramento, aquel caballero se puso de pie y desenvainó su espada. Ron cubrió con su cuerpo a Hermione solo por precaución, una acción que no pasó desapercibida por su anfitrión, quien le dedico una sonrisa complacida y un asentimiento de cabeza antes de depositar amorosamente su espada sobre la mesa.

Al instante, la estancia se iluminó cuando, mágicamente, se fueron encendiendo las antorchas que colgaban alrededor.

—¡Oh por Dios! –Hermione ahogó una exclamación de asombro. Se encontraban frente a la famosa mesa redonda.

— Esperad aquí, veré si su petición puede ser atendida.

Minutos después, un nuevo caballero entró en el recinto y se inclinó ante ellos.

—Mi nombre es Sir Oweinde de Gorre y tengo entendido que vosotros solicitáis tener un encuentro con mi madre.

—Así es Sir Oweinde —dijo Ron haciendo una pequeña inclinación

—¿Podríais decidme cuáles son vuestras razones para pretender tal honor?

—Solo la Dama del Lago tiene la respuesta para salvar a un inocente — contestó esta vez Hermione.

—Disculpadme, pero esa podría ser una razón válida para vosotros, pero no lo es para mí. Mi madre se ha desligado completamente del mundo humano por una razón, no pretendo incomodar su reposo si la causa no lo justifica.

—Lo entendemos —ofreció el pelirrojo— Pero realmente lo hemos intentado todo y estamos desesperados, la vida que intentamos preservar ni siquiera ha nacido. El único delito por el cual se le juzga, es un linaje de sangre considerado impuro para la familia del padre. La ley poco puede hacer para ayudarnos, ya que las familias de sangre pura siguen teniendo mucho peso en la política de nuestro país, la única forma que encontramos para evitar esta tragedia es desvincular al hijo de Hermione de su familia paterna, y solo alguien en toda nuestra historia lo ha conseguido exitosamente: Lady Morgana. Por eso estamos aquí.

—-Entiendo vuestras razones, pero solo los caballeros dignos tienen acceso al santuario donde se encuentra mi madre y lamentablemente, vos no sois un caballero.

—¿Y qué debo hacer para convertirme en uno? Con gusto pagaré el precio —respondió Ron dando un paso al frente con convicción.

—No es tan sencillo, deberéis pasar una serie de pruebas que, de fracasar en ellas, vuestra vida podría estar en riesgo ¿Estáis dispuesto a ello?

—Lo estoy – dijo con temple y la voz más decidida que Hermione hubiera escuchado.

—Ron…no…—le dijo tomando su mano—. No tienes que hacerlo.

—Así es Herms, no tengo que hacerlo, pero quiero hacerlo

—Debe existir otra manera.

—¿Cuál? Ya agotamos todas nuestras alternativas y esta es la única que nos queda, además, se nos está acabando el tiempo.

La chica dudó, sabia en la parte racional de su mente que Ron tenía razón, pero la parte emotiva, la que a veces se sobreponía a su racionalidad y la hacía cometer errores inmensos, tenía miedo, miedo por Ron si salía dañado en esa prueba. si algo le pasaba a Ron su conciencia no la dejaría vivir en paz.

—Tranquila, todo saldrá bien, confía en mí. –le dijo su amigo tomando tiernamente sus manos y clavando sus azules ojos en los de ella–. Tal vez no lo parezca, pero soy un auror bastante competente —le ofreció guiñándole un ojo en un gesto pícaro, de esos que en un tiempo considero bastante bobos y que ahora se daba cuenta que tenían la intención de hacerla reír y distraerla del problema. Ella sonrió.

—Bien, dijo Sir Oweinde— seguidme, los instalare en vuestras habitaciones y les indicaré cuando será vuestra primera prueba mañana.

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Aquella noche disfrutaron de la hospitalidad de Camelot, degustando de sus exquisitos y tradicionales manjares, en un lugar muy parecido al gran comedor de Hogwarts. Había largas mesas dispuestas para formar un círculo alrededor del recinto, donde todos compartían como iguales, mientras se deleitaban con pintorescas narraciones de las grandes hazañas realizadas por aquellos guerreros. De vez en cuanto, se deleitaron con duelos de magia y combates con espada a los cuales se retaban los caballeros en el centro de la sala.

Por increíble que pareciera, estaban más involucrados en el mundo exterior de lo que creían. Solían salir de su reclusión cuando sentían que el mundo necesitaba de sus servicios, y se mezclaban entre los magos y muggles sin que supieran de su existencia, así que no era de extrañar que estuvieran al tanto de su participación en la pasada guerra mágica y les pidieran que compartieran sus aventuras con ellos.

Hermione pasó la noche en una cómoda habitación, mientras que Ron fue destinado a un lugar más pequeño y rustico al que todos denominaban celda. Aunque poco pudo hacer para conciliar el sueño y nada tuvo que ver el camastro de madera ni el colchón de lana de oveja relleno de paja.

A la mañana siguiente, se encontró un atuendo consistente en una camisola de lino, una casaca color marrón, cinturón de cuero, calzas negras y un juego de botas de piel de oveja. Supuso que se esperaba que se presentara luciendo dicho atuendo, así que de inmediato se dispuso a vestir aquel peculiar traje.

Poco después apareció un escudero ofreciéndole un cuenco de leche de oveja recién ordeñada, un poco de queso y una hogaza de pan. Ron sentía su estómago cerrado, pero se obligó a ingerir ese escueto desayuno por qué intuía que iba a requerir de toda su fuerza para afrontar lo que viniera.

Cuando el pelirrojo terminó, el joven le pidió que lo siguiera y esas fueron las únicas palabras que Ron tuvo el gusto de escucharle; por más que intentó entablar una conversación con aquel chico, en un vano intento por averiguar lo que se avecinaba y mitigar su nerviosismo, el escudero permaneció en absoluto silencio.

Llegaron ante unas enormes puertas, frente a las cuales aguardaba Sir Oweinde, el joven escudero hizo una reverencia ante su superior y se despidió.

─Ronald Bilius, hijo de Arthur, hijo de Septimus, el más joven de la casa Weasley, en este lugar de gloria y ante los miembros que conforman nuestra legión, deberéis mostrar ser digno para ser envestido con el manto sagrado de la orden de Pendragón. Para convertiros en caballero, ─ le dijo Sir Oweinde seriamente, - Tendréis que superar una serie de pruebas que solo alguien con el temple, el valor y la convicción del acero pueden vencer. No solo se pondrá a prueba vuestra fuerza física si no también vuestra fuerza espiritual. ¿Estáis dispuesto a enfrentar vuestros anhelos y miedos más profundos para lograr vuestro cometido?

─Estoy dispuesto ─ exclamo el pelirrojo con convicción.

—Entonces entrad… bajo vuestro propio riesgo — concluyó solemnemente y se hizo a un lado, mientras aquellas puertas que parecían pesar una tonelada se abrían para él.

No lejos de ahí, una castaña se apresuraba por las escaleras lo más rápido que le permitía su estado. Se había despertado desorientada por el lugar donde se encontraba, había llegado a una conclusión la noche anterior, sin importar las consecuencias, no podía permitir que Ron se arriesgara así por ella de esta manera. Pero cuando acudió a su habitación para pedirle que abandonaran la búsqueda, esta se hallaba vacía y supo entonces que el pelirrojo se le había adelantado. Cuando vio las puertas cerrarse tragándose a su amigo de la infancia, sintió la angustia obstruirle la garganta… ya era demasiado tarde.

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Tan pronto como se cerraron las puertas tras él, Ron fue tragado por la oscuridad. Respiro profundamente recordando su entrenamiento, tratando de mantener la calma. Su mano apretaba firmemente su varita y agudizó sus sentidos.

Una estridente risa puso sus bellos de punta y al abrir los ojos, la peor de sus pesadillas había cobrado forma una vez más. Estaba en la mansión Malfoy nuevamente y los gritos de Hermione siendo torturada por aquella loca y sádica mujer hicieron eco en sus paredes.

—No otra vez —susurró temblando de rabia y desesperación, mientras de las sombras, espectros oscuros flotaban hacia él. —Dementores, definitivamente no piensan ponérmelo fácil. —Y rememorando su recuerdo más feliz, convocó a su Jack Russell.

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Fuera de la sala, una castaña mordía sus uñas.

—Sera mejor que lo tome con calma mi Lady, —la sorprendió Sir Gawain que hacía guardia en la puerta para evitar que la prueba fuera perturbada—. Estas pruebas toman tiempo.

—No puedo abandonarlo —le contestó angustiada— Él está en esta situación por mi culpa.

—Un caballero no puede permanecer impasible frente a las injusticias de los inocentes, no si está en sus manos evitarlo. Confié en mí Mi Lady, vuestro amigo saldrá victorioso, lo lleva en la sangre.

—Lo sé. Se que Ron es uno de los hombres más valientes y honorables que he conocido, pero aun así…

—La confianza es un regalo que fortalece el espíritu, si vuestro corazón duda el suyo flaqueará. Vamos —la instó a acompañarlo— están sirviendo el desayuno en el gran salón.

Con una última mirada hacia las imperturbables puertas, Hermione acompañó al caballero, rogándole a Merlín y a todos los Dioses que ayudaran y protegieran a su querido amigo.

"Confió en ti, Ron —pensó mientras se alejaba— sé que puedes lograrlo".

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Ron respiraba agitado mientras el último de sus oponentes era derribado por su magia. Había librado una de las batallas más extenuantes de su vida, tal vez solo comparada con la batalla final en el castillo de Hogwarts, de hecho, tenía similitudes espeluznantes. Dementores, arañas gigantes, bestias y criaturas de la noche, mortífagos y magos oscuros. Mientras los gritos de Hermione hacían fondo a los ruidos de la batalla, cada vez más desesperados.

En un principio creyó que todo eso era solo una trampa, que aquellos caballeros estaban intentando acabar con ellos por separado, que quizá le estaban sacando al niño por la intensidad de sus alaridos. Pero no importaba si ese era el objetivo, mientras las criaturas siguieran surgiendo y enfrentándolo, él tenía que concentrarse en derribarlas antes de ir a ayudar a la castaña. Después de un tiempo, dejo de escuchar los gritos y aquel silencio fue incluso más aterrador que su llanto. Ahora, por fin estaba libre de ir en su búsqueda.

Seguía estando en la Mansión Malfoy, pero el salón donde antiguamente había sido torturada estaba vacío. De hecho, toda la mansión parecía abandonado, sus pasos resonaban en los pisos de mármol mientras avanzaba por los pasillos con varita en mano. Un solo sonido venia del final de las escaleras, un tenue gemido perfectamente identificable debido al ensordecedor silencio que lo rodeaba. Siguió avanzando guiado por el sonido hasta una habitación cuyas puertas estaban entreabiertas, el interior estaba en semipenumbras, pero las siluetas que se retorcían en el interior, envueltas la una en la otra sobre la cómoda cama, eran perfectamente reconocibles.

—Oh Draco —gimió Hermione, mientras cabalgaba apasionadamente sobre el regazo del rubio propietario de la mansión. Ajena completamente a su presencia, no así su amante quien lo miraba fijamente con un par de ojos acerados brillando de satisfacción con su dolor.

—Dime que quieres preciosa — la instaba el rubio a decir.

—A ti, te quiero a ti —era su respuesta entregada.

—A quien perteneces.

—A ti, soy tuya en cuerpo y alma. Té amo

Aquellas simples palabras fueron como dagas clavándose en su corazón, desgarrándolo sin piedad mientras su antiguo némesis se regodeaba en su miseria.

—A si es Hermione, eres mía, completamente mía y siempre lo serás —y luego procedió a poseerla con un ímpetu que rayaba en el sadismo, mientras su antiguo amor se retorcía de placer rogando por más.

Ella nunca se había entregado a él de esa manera, jamás le había rogado así. Sus encuentros estaban llenos de ternura y amor y aunque a veces sus caracteres explosivos los llevaban al sexo de reconciliación, nunca se permitió cegarse por el deseo y lastimarla. Aunque a ella aparentemente no parecía importarle, de hecho, se veía como si lo deseara, como si ansiara cada cosa que viniera de ese rubio snob sin importar lo que esto fuera.

"Esto es por lo que estás luchando" —se escuchó una voz susurrándole al oído, aunque nadie más estaba ahí—. Por esto es por lo que estás arriesgando tu vida... ¿Crees que ella te mirará de nuevo si lo hace? ¿Crees que te devolverá su amor?

—No. —fue su rotunda respuesta.

"Entonces no lo hagas. Ella se lo buscó, fue su culpa por elegirlo, se lo merece por puta. Date la vuelta y márchate, no vale la pena seguir."

Aquella voz se escuchaba tan convincente, tan seductora, parecía estar hablando directamente a una parte podrida de el que se afanaba por sepultar, a la parte donde nacía el resentimiento, donde brotaban los celos y los deseos de venganza, donde la ira anidaba alimentada por todas sus inseguridades.

"Jamás serás suficiente ante sus ojos, no importa lo que hagas, aun si das tu vida en esta empresa, ella solo tendrá ojos para él y nadie más, mucho menos un perdedor como tú."

Ron bajó el rostro derrotado. Aquellas últimas palabras le escocían por estar teñidas de asquerosa verdad, las lágrimas brotaron de sus ojos sin que pudiera evitarlo.

"Deberías dar la vuelta y dejarlos a su suerte"

—¡No! —dijo tajante, sorbiendo su nariz—. Nada de lo que dices es nuevo para mí. Tus palabras son irrelevantes.

"¿Crees que siendo un héroe ella al fin podrá reconocerte?"

—Se que no lo hará. Ni siendo el mismo Harry Potter. Pero ese no es el motivo por el que estoy aquí. He venido a salvar a un ser inocente, y no pienso dar marcha atrás no importa con que me enfrentes. —apunto la varita hacia la imagen frente a él y se concentró en el hechizo— ridiculus —susurro y aquel par de amantes que cabalgaban con pasión se distorsionó a la imagen de una muñeca montando un caballo de juguete. Luego sonrió.

"Astuto" —susurró la voz antes de que el escenario nuevamente cambiara.

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—Se está tardando mucho —susurró Hermione mirando a través de la ventana como el sol se ocultaba en el horizonte.

—Las pruebas para caballeros no son fáciles y algunas veces puede llevarles días, en el mejor de los casos —le respondió distraídamente Sir Lamorak de Gales, el encargado del cuidado de la biblioteca.

Llevaba toda la tarde en ese fascinante lugar, en un intento un tanto infructuoso por distraerse, pero cada que un nuevo ejemplar llamaba la atención, su mente viajaba hacia la habitación donde su antiguo novio estaba librando su batalla.

—¿Quiere decir que permanecerá encerrado en ese lugar por días? —preguntó preocupada— ¿qué pasará con las comidas? ¿No le permitirán al menos un descanso para alimentarse?

—Descuide mí Lady, no hay nada de qué preocuparse.

—Pero es que… —se detuvo cuando aquel caballero levantó la mano para detener su diatriba.

—El tiempo en la sala espejo ocurre de diferente manera que aquí. Mientras que adentro pueden haber pasado días, aquí solo van a tomarle unas cuantas horas. Algunas veces ocurre al revés, todo depende del corazón del aspirante a caballero.

—La sala espejo —murmuró— ¿Qué clase de pruebas son las que tiene que pasar?

—Como bien habéis deducido, por el nombre de la sala, un caballero debe enfrentarse a su peor enemigo en ese lugar, así mismo. Debe dejar de lado sus temores, sus anhelos y sus desgracias para ascender a un plano espiritual prístino que lo haga digno de ser envestido con el manto de Pendragón. De otra manera, las sombras pueden apoderarse de su corazón en el momento menos pensado poniendo en riesgo la vida de inocentes, no podemos permitirnos algo así, en especial no desde lo que pasó con Lancelot y Mordred.

Hermione sabia ahora un poco más sobre aquello. Perdido entre los estantes de la biblioteca, encontró lo que parecía el diario personal de Morgana. O, mejor dicho, el diario la encontró a ella. Había sacado una serie de libros al azar que llamaron su atención y se había instalado en una de las rusticas mesas del lugar, conforme fue descartando libros de su torre elegida, llegó a uno que no recordaba haber seleccionado. Era pequeño, poco llamativo y forrado en cuero negro, sus páginas parecían en blanco a primera vista.

"Esto lo he visto antes" —había pensado Hermione. Pero luego de cortarse la yema con el filo de la hoja y que una gota se derramara sobre las páginas, el libro brilló y fue cobrando forma.

En ella narraba la vida de Morgana Le Fey, escrito por su propio puño y letra.

Sucedió en una época en que la religión católica se estaba consolidando en los países sajones, antagonizando con el culto a la madre tierra de los celtas. Taliesin Merlín de Britania, preocupado porque la antigua sabiduría fuese borrada por completo, ideo un plan para impedirlo. Se aprovechó de la obsesión del rey Uther Pendragón por Lady Igraine, la madre de Morgana, y se ofreció a ayudarlo a yacer con ella a cambio de que el hijo engendrado en dicha unión le fuese entregado para educarlo personalmente.

Lo que el rey desconocía era que Lady Igraine provenía de un linaje mágico ancestral. Su madre había sido la suma sacerdotisa de Ávalon, lugar que posteriormente ocupara su hermana Viviana, la mayor, mientras que la menor, Morgause era una squib.

Luego de la muerte de su padre, el duque Gorlois, Morgana fue enviada con tan solo dos años con su tía a Ávalon, para ser educada en las artes de la magia, mientras su madre era llevada al castillo del rey y obligada a desposarse con él. Posteriormente dio a luz al príncipe Arturo, quien fuera entregado a Merlín cumpliendo así con lo pactado y por eso ellos nunca se conocieron.

Tiempo después, siendo ellos muy jóvenes, se encontraron en uno de los festejos dedicados a la fecundidad, Morgana era tan hermosa que el príncipe heredero quedo prendado de ella. A pesar de su rechazo inicial, el príncipe Arturo no cesó en su tarea de cortejarla y seducirla hasta que irremediablemente terminaron enamorados. Morgana estaba destinada a heredar el puesto de suma sacerdotisa de su tía, por lo que tenía prohibido contraer nupcias con un ser no mágico, mientras que el príncipe Arturo ya estaba comprometido con la princesa Ginebra, hija del rey Leodegrance, matrimonio que se efectuaría tan pronto subiera al trono. Mantuvieron entonces un romance oculto a los ojos de los demás, teniendo a la luna como testigo y al manto de la noche como su guardián.

Fue cuando Uther murió y el príncipe Arturo fue llamado a cumplir con su deber que las cosas se complicaron. Merlín se había afanado en educar al nuevo rey en el culto a la Madre, para que una vez que tomara la corona, fuera la balanza que mantuviera el equilibrio entre los muggles y los magos, sin embargo, este se negó rotundamente a subir al trono si no era de la mano de Morgana para sorpresa de Merlín, por lo que no tuvo más remedio que confesarle su parentesco con ella. Horrorizado, el rey se dejó llevar por su maestro y desposó a Ginebra dándole la espalda a quien había jurado amar hasta la muerte.

Morgana enamorada, había dado la espalda a todo para lo que fue criada. Huyó de Ávalon para escapar con Arturo y vivir su historia de amor a la luz del sol, renunciando así a su puesto de suma sacerdotisa y todo lo que ello conllevaba. Sin embargo, cuando llegó al lugar pactado él nunca apareció. Creyendo que su gran amor podría estar en peligro se dirigió a Camelot, pero al llegar se topó con que el hombre por el que había dejado todo se había casado con otra y como única explicación solo tuvo el rechazo de su gran amor sin poder entender las razones de este.

Fue tanto su dolor, que destrozada y sin pensarlo maldijo ese matrimonio condenando a la nueva Reyna a la infertilidad.

Derrotada, permitió que Merlín la recluyera en un convento, donde siendo un ser mágico fue humillada, maltratada, exorcizada y torturada, sufriendo los horrores de la ignorancia que los muggles tenían hacia el mundo mágico. Cuando descubrió que estaba embarazada huyó del convento y se refugió en el bosque, siendo auxiliada por las ninfas cuando el momento del parto llegó.

Un rumor entre las criaturas del bosque llegó a los oídos de Merlín, se decía que un pequeño con sangre real había nacido. Para él esto resultaba inaudito, así que les estuvo dando caza para borrar aquel desliz incestuoso incurrido por un rey que se suponía era intachable. Morgana recurrió a la magia para desvincularlo entonces del linaje real y de este modo salvarlo… lo que paso después coincidía mucho con los relatos muggles, al final Mordred fue envenenado por la codicia de su tía Morgause y terminó asesinando a su propio padre, aun cuando Morgana hizo todo para evitarlo.

El solo pensar que su propio hijo acabara con la vida de Draco le causaba escalofríos.

—Draco —susurró viendo el ocaso. ¿Qué estaría haciendo en ese momento? ¿La recordaría?

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Por su parte, Ron se encontraba en una llanura cubierta de pastos y flores, descansando a la sombra de un frondoso árbol sobre una manta que había servido para el pícnic que acababa de compartir con la Hermione de su imaginación.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunto el pelirrojo, viendo como la luz se filtraba a través de las ramas de los árboles.

—¿No es obvio? Estamos pasando el tiempo juntos —le contestó sonriendo una castaña recostada parcialmente sobre su cuerpo, mientras trazaba dibujos con su dedo índice sobre su pecho.

—Ya veo, la pregunta es ¿por qué? —no podía negar que estaba sumamente a gusto y que esta era una de las fantasías más recurrentes de su vida, al grado de estar a punto de olvidar el motivo por el que estaba ahí.

—¿Acaso no lo sabes? —inquirió quien en aquella última semana era su compañera.

Habían vivido como una pareja una vez más, sin pleitos, sin interferencias, solo amándose. No era real, eso él lo sabía. Ni siquiera en sus mejores momentos con Hermione su vida fue tan pacífica como lo estaba viviendo en ese momento. Una de las razones que reforzaban su creencia de que todo aquello era completamente falso.

—Una vez, cuando estábamos en primer año —comenzó a narrar Ron— Harry llegó corriendo a la habitación hablando de cómo podía ver a sus padres a través de un espejo. Me llevó bajo su capa de invisibilidad y mientras el trataba de presentarme a su familia yo estaba viendo otra cosa. Me veía a mí mismo como prefecto, capitán de quidditch y sosteniendo la copa mientras todos a mi alrededor me felicitaban. Creía que aquella cosa podía ser capaz de predecir el futuro, pero Harry dijo que de ser así el sería capaz de ver a sus padres y eso era imposible, porque ellos estaban muertos. Entonces leí las letras que enmarcaban el espejo. Decía "Oesed, esto no es tu cara sino de tu corazón el deseo".

—Qué lindo. ¿Era eso lo que ansiaba tu corazón de niño?

—Lo era, así como esto es lo que ansiaba mi corazón de adulto. Pero no es real.

—¿Qué quieres decir? —preguntó la castaña ante un Ron que se separaba de ella y se ponía de pie.

—Te he deseado por mucho tiempo, te he amado desde hace tanto que apenas puedo recordarlo. En algún momento, creí que así tendría que ser mi vida contigo y me aferré a la idea. La fui siguiendo como un burro tras una zanahoria y en algún punto me olvidé de mí y junto con eso de todo lo demás. Juré que no volvería a pasar. No permitiría que volviera a pasar. No viviré en un sueño para hacer tolerable la cruda realidad y esa es que tú no estás conmigo, que no me amas, que tal vez nunca lo hiciste.

—Pero tú me amas. —suplicó la réplica del amor de su vida.

—Lo hago. Tal vez lo haré siempre, es por eso que estoy aquí. No para tenerte de vuelta, el objetivo no es hacerme a mi feliz. El objetivo es salvar la vida que crece dentro de ti —y como si hubiese sido invocado, el vientre de la chica brilló y en el apareció un pequeño bultito. Se acerco a ella y la abrazó con todas las fuerzas de su desgarrado corazón—. Quiero que seas feliz Hermione, no soporto verte llorar, pero tu felicidad no depende de mí y hay pocas cosas que puedo hacer para garantizarla. Aunque si pudiera, ten por seguro que lo haría.

—Ron…

—Pero tampoco estoy aquí por ti. Tengo una misión y no voy a dar un paso atrás hasta cumplir con la meta. Te hice una promesa. —Se separó apenas de ella dándole un último beso como despedida. —Gracias. — le susurró acunando su rostro y poniendo su frente sobre la de ella. —te agradezco por el tiempo que me hiciste el hombre más dichoso del mundo, en verdad fui feliz a tu lado. Me dolió horrible saber que ya no me amabas y te lloré el tiempo necesario para honrar la memoria de nuestro amor. Pero ya no más. Nuestros caminos, aunque paralelos, se han separado, pero siempre estaré a tu lado cuando me necesites, cuentas conmigo incondicionalmente. Se feliz Hermione —dio un paso atrás liberándola de su abrazo, con la garganta obstruida por las emociones y los ojos nublados por las lágrimas. — Es momento de dejarte ir.

Y con estas últimas palabras la imagen idílica frente a él se fue disolviendo como una gota de pintura arrastrada por el mar.

Todo a su alrededor cambio nuevamente y de pronto se encontró un salón rodeado de caballeros que lo felicitaban golpeando su espada contra su escudo.

—Felicidades Ronal Weasley —dijo Sir Bedivere quien precedía en ese momento. Otros once lo acompañaban rodeándolo—. Habéis pasado con éxito las cinco pruebas para convertiros en un caballero de Camelot.

—¿Cinco? —preguntó perplejo, a él le parecieron muchas más que esas.

—La prueba de habilidad. —explicó Sir Kay el Senescal a su izquierda— donde se midió vuestro dominio y control en el arte del combate sin veros afectado por distracciones externas. —A Ron se le vino a la mente los gritos de Hermione mientras estaba combatiendo a los dementores.

—La prueba de coraje. —dijo Sir Bors el Desterrado a su derecha— donde tuvisteis que enfrentaros a vuestros miedos más profundos sin claudicar.

—La prueba del espíritu. —Sir Tristán de Leonis habló tras él— donde os visteis enfrentado a tentaciones que pusieron a prueba vuestro autocontrol, demostrando con eso que no seríais consumido por deseos de venganza ni emociones negativas.

—La prueba de la carne —dijo Sir Gawain— Donde se midió vuestra capacidad de soportar el dolor, no solo físico si no emocional. El dolor causado por el apego hacia las personas y su separación.

—Y finalmente la prueba de percepción. —dijo nuevamente Sir Bedivere frente a el— donde se evaluó vuestra capacidad para distinguir la ilusión de la realidad, para no dejarse llevar por el engaño no importa cuán tentador sea. Estas cinco pruebas las habéis superado con éxito. De rodillas, joven aspirante.

Ron, impresionado de haber superado lo que se esperaba de él, aun cuando él creía que le estaban evaluando otras cosas muy distintas, se puso de rodillas con humildad y agachó la cabeza. El caballero desenvainó la espada y la colocó sobre su hombro izquierdo muy cerca de su cuello.

—La última prueba. Deberéis repetir el juramento de caballería en voz alta, si vuestro corazón está preparado. — Los once caballeros que rodeaban al pelirrojo, sacaron uno a uno su espada levantándola, uniendo las puntas — En el círculo de la tabla bajo la santa espada, un caballero debe jurar ser fiel al código que no tiene fin, ya que éste es Interminable como un anillo cerrado por el honor. ─ Repite

—"Un caballero jura valor, Su corazón solo conoce la virtud, solo empuñará su espada en defensa de los desvalidos y su poder sostendrá a los débiles. Su palabra dirá sólo verdad, aun si con esto os lleva a la muerte, y su ira deshará la maldad─. Concluyó el caballero acercándose al auror. ─ ¡Este es vuestro juramento! ─ sentenció con firmeza dándole un fuerte manotazo que se estrelló en el rostro del pelirrojo partiéndole el labio. ─ ¡Y esto es para que Nunca lo olvidéis! Levantaos Sir Ronald, caballero de la Orden de Pendragón. ─ concluyó Sir Bedivere ofreciéndole un lugar en aquella mesa, mientras los demás hacían retumbar sus espadas contra ella.

Sir Galahad miraba la escena hinchado de orgullo, a pesar de todo y del paso del tiempo, la familia seguía siendo digna.

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Después de lo que a Hermione le pareció una eternidad Ron salió de aquella extraña sala, vistiendo un sucio y sudoroso ropaje de escudero, con una sonrisa que a la castaña le pareció la más hermosa que le hubiera visto.

—¡Lo logré! nos permitirán el acceso al Santuario – dijo un emocionado y maltrecho pelirrojo levantando a la castaña por la cintura.

—¡Oh Ron, estaba tan preocupada por ti! — gimió la joven.

—No tienes por qué, soy un hombre muy fuerte y un auror bien entrenado.

-—Mira cómo estás —dijo pasando la yema de sus dedos por las heridas y moretones que tenía el chico en la cara lastimándolo— ¿Te duele?

—Solo un poco, pero no es nada del otro mundo.

—Espera —Hermione buscó en su bolsa un pequeño frasco de díctamo, humedeciendo su pañuelo con la ambarina sustancia, lo pasó delicadamente por cada una de las heridas del pelirrojo, curándolas casi instantáneamente. — Cuéntame que tanto hiciste allá dentro— preguntó curiosa

—Después, ahora vamos al comedor que me muero de hambre.

Aquella noche, un extraordinario banquete se celebró en honor al nuevo caballero, quien esta vez lucia con orgullo la túnica con el escudo del dragón sobre su pecho. Sus habitaciones cambiaron a unas más acogedoras, pero Ron estaba tan cansado que poco le importó eso. A diferencia de la noche anterior, apenas su cabeza tocó la almohada su conciencia huyó al reino de los sueños.

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Para llegar a Ávalon tenían que partir casi al amanecer, cuando la niebla estaba tan densa que apenas podía distinguirse la nariz. Tuvieron que subir a una barca la cual Ron se encargó de conducir.

El sonido de los remos al importunar las tranquilas aguas, era el único sonido que rompía el sepulcral silencio. En un par de ocasiones Hermione intentó sacar plática preguntando nuevamente sobre lo que había ocurrido en la prueba, pero Ron no había querido ahondar al respecto, así que terminaron hablando sobre el descubrimiento del diario de Morgana y lo que ahí se narraba.

Cuando los primeros rayos del sol bañaron el firmamento, un extraño halo mágico los envolvió, se sintió como atravesar una cascada de agua helada y luego, la isla de Ávalon apareció ante sus ojos.

A medida que remaban, diminutas centellas parecían salir de las cristalinas aguas, como si pequeñas hadas bailaran alrededor de los remos hasta llegar a la colina donde desembarcaron.

Un dulce olor a flores silvestres les dio la bienvenida, junto con el trinar de los pájaros que cantaban en sus nidos, resguardados en fuertes ramas de los cientos de árboles que se esparcían por todo el paisaje.

—Bienvenida a Ávalon, hogar de Morgana le Fay y donde según la leyenda descansan los restos del Rey Arturo.

Era un lugar hermoso, había una colina que se elevaba como una isla en medio de los pantanos y una sutil bruma lo rodeaba dándole un aspecto mágico y mítico.

—¡Esto es increíble Ron! ¡¿De verdad estamos en Ávalon?! – gimió la castaña al borde de las lágrimas presa de la emoción.

-—Es cierto Herms, todo esto es verdad. Anda vamos y ten cuidado al pisar que está un poco resbaloso.

Hermosas criaturas se cruzaban a su camino, curiosos a cada paso que daban. Un bello unicornio se inclinó como saludándolos, un majestuoso Pegaso cruzó el firmamento, pequeñas hadas revoloteaban cual mariposas, mientras el aromático olor de las flores inundaba el ambiente. Hermione no pudo evitar pensar que seguramente tanto Luna como Hagrid se sentirían felices de visitar ese lugar.

Un imponente castillo hecho de la misma montaña se alzaba majestuoso ante sus asombrados ojos. Al acercarse las monumentales puertas se abrieron dándoles la entrada haciendo un estruendoso ruido.

Ingresaron a una gran estancia llena de vegetación donde un enorme ataúd reposaba. Sobre él la escultura del antiguo rey portando majestuoso su corona estaba tallada en piedra; entre sus manos la famosa espada Excalibur era sostenida y a sus pies una inscripción rezaba. "Hic iacet sepultus iclitus rex Arthurus in insula Avalonia. (Aquí yace sepultado el Rey Arturo, en la isla de Ávalon). Hermione acarició respetuosamente el ataúd conocedor ahora del gran amor que se tuvieron. emocionada de comprobar que el mito era cierto.

A un lado del ataúd, la imagen bellamente cincelada en piedra de Morgana le hacía guardia. Ron se arrodilló frente a ella y con voz fuerte y clara que hizo eco en el lugar dijo.

—Señora del Lago, Reyna de las Hadas, permíteme ser digno de tu presencia y tu sabio consejo.

Por un momento no ocurrió nada, así que repitió.

—Señora del Lago, Reyna de las Hadas, permíteme ser digno de tu presencia y tu sabio consejo.

—Tal vez no desea ser molestada —sugirió Hermione desilusionada. Pero Ron no había llegado tan lejos para dar la vuelta ahora.

—Señora del Lago, Reyna de las Hadas, permíteme…

Un extraño remolino lo interrumpió. Entro por la puerta, trayendo gotas de rocío, hojas y pétalos de flores. Una carcajada que nada le envidiaba a las de Bellatrix fue arrastrada por el aire. Antes de poder procesarlo, Ron saco su varita y resguardo con su cuerpo a la castaña quien había hecho otro tanto.

—¿Quién desea ser aconsejado? — se escuchó la imponente voz de una mujer mientras el viento los rodeaba antes de asentarse alrededor de la estatua de Morgana y darle forma.

—Yo, Sir Ronald Weasley —dijo inseguro cuando vio como la mujer de piedra iba cobrando vida ante sus ojos.

—No os conozco Sir Ronald, ¿Quién sos vos? —pregunto aquella hermosa mujer quien ahora estaba frente a ellos. Como si segundos antes no estuviera hecha de un material sólido, Morgana Le Fay se acercó a la tumba del rey Arturo depositando tiernamente un beso sobre sus fríos labios— hola amor —le susurró, luego se volvió hacia sus visitantes. — ¿Y bien?

—Solo un insignificante mortal que se postra ante su belleza y su magnificencia —dijo posando una rodilla sobre el piso agachando la cabeza, al verlo Hermione hizo lo mismo haciendo una reverencia.

Morgana le Fay los observo curiosa, distaba mucho de ser la mujer tantas veces pintada por los distintos autores de la época medieval. Era verdaderamente hermosa, alta, estilizada y elegante, de tez blanca, con unos ojos tan azules y profundos como el mismo mar, su boca era tan roja que sus labios parecían sangrar. Su larga cabellera negra trenzada con hilos de oro descansaba en uno de sus hombros descubiertos en el escote de aquel sublime vestido que se movía como si la briza otoñal soplara.

—Mi nombre es Morgana le Fay, Suma sacerdotisa de Ávalón descendiente directa de Anglesey y de Taliesin Merlín de Britania. Hija de Igraine y el duque Gorlois de Cornualles. ¿Qué deseáis de mí? — dijo la dama mientras flotaba alrededor de la pareja como estudiándolos.

—Necesitamos su ayuda para desvincular la esencia mágica del hijo nonato de Hermione de su familia paterna y de este modo salvarle la vida.

—Eso es algo muy difícil y complicado de hacer, requiere de un gran sacrificio. ¿Estas dispuesta a hacerlo para salvar a tu hijo? — dijo dirigiendo su profunda mirada en los ojos miel de la chica provocando que todo su cuerpo se estremeciera.

—¿…Q..ue tengo que hacer? —dijo casi en un susurro.

Morgana sonrió y haciendo un movimiento con su mano apareció frente a la chica a Draco Malfoy. Hermione sintió que su piel se erizaba, ahí estaba el hombre que más amaba en esta tierra, sonriéndole y dándole aquella mirada que siempre le hacía sentir que todo estaría bien pasara lo que pasara.

—Debes matar la esencia mágica del hombre que amas —sentenció rodeándola— Condenándolos a él y a su descendencia a ser un squib por toda la eternidad. Debes decidir quién es más importante en tu corazón, el amor del hombre que te traicionó o la vida del ser que se gesta en tus entrañas — Morgana veía divertida la indecisión de la chica — Anda, solo debes apuntar con tu varita y decirle con todo el odio y desprecio que sientas Magicamortem…es fácil, él te lastimó, te engaño fingiéndote un amor que nunca sintió…ese es el camino para romper todo lazo mágico de tu hija con la familia de su padre.

Hermione abrió desmesuradamente los ojos al escuchar de los labios de la dama del lago que su pequeño en realidad era una niña. Levantó su varita apuntando al rubio, dispuesta a proteger a su bebé. Su mano temblaba, su cuerpo entero temblaba, lo veía a los ojos y todos los momentos maravillosos que vivió a su lado volvieron a su mente.

—Yo…Yo…no puedo…no puedo hacerle eso a Draco, lo siento — gimió Hermione dejando caer la varita mientras gruesas lágrimas bañaban su rostro.

—Ya veo, tu amor por él es más grande que cualquier cosa viva, y eso será tu perdición —dijo la sacerdotisa más para sí.

—¿No hay otra manera? — preguntó el pelirrojo tratando de brindar confort con sus brazos a su amiga, dividido entre el dolor de ver a Hermione una vez más sufrir por ese imbécil y la desesperación de no poder hacer nada para terminar con todo eso.

—Tal vez…— sentenció la hechicera flotando alrededor del auror y poniendo a dormir a la chica en sus brazos.

—¿Qué cosa? ¿Dígame qué tengo que hacer?

Morgana lo observo con los ojos entrecerrados y una sonrisa torcida en los labios.

—Tu cabello me recuerda a alguien. Un tipo llamado Galahad, un caballero. Leal como un perro y terco como una mula, tenía un temperamento bastante explosivo pero un gran corazón, lo cual lo hacia un gran tonto, como tú.

—Amar a alguien no te convierte en tonto, te da fuerzas.

—¿Te sentiste fuerte cuando ella te rompió el corazón?

—Se sintió poderosa cuando su odio acabo con la vida del hombre que amaba.

El semblante de Morgana cambió, parecía casi empequeñecida.

—No fue mi odio el que lo llevó a la tumba, fue mi dolor. Rompí el vínculo mágico que unía a mi hijo con su padre y el volverlo un aquí lo destrozó. Arturo era un estupendo mago. No pude soportar la culpa. Deje de ver a mi hijo como una especie de penitencia y como castigo su alma fue envenenada por mi tía. Él era un bebé tan hermoso —dijo entre lágrimas— pero cuando atravesó el corazón de Arturo con su espada desee jamás haberlo traído al mundo.

—Juro, por mi honor de mago y de caballero, que eso no tendrá que pasarle a esta pequeña y que la protegeré con mi vida de ser necesario.

—¿Tanto la amas? ¿Aunque no lleve ni una sola gota de tu sangre?

—Un amigo me enseñó que no se necesita de la sangre para llamar a alguien familia.

─Hay un vínculo muy fuerte entre tú y ese ser que aún no nace. Puedo sentir tu Awen en esa pequeña. ¿Qué hiciste para lograrlo?

─Lo necesario y más para que ellas estén bien.

─Ya veo...─ Dijo Morgana deteniéndose frente al auror, posando una de sus manos en su pecho a la altura de su corazón, clavando sus penetrantes ojos en los celestes del chico. ─ Entonces… tal vez haya esperanza. Su amor insensato podría haberla condenado —le dijo mirando el cuerpo flácido de Hermione entre los brazos de Ron. — Pero quizá el tuyo llegue a ser tan grande que pueda salvarla. Pero debo advertirte una cosa caballera…La pequeña que se gesta en el vientre de la mujer que amas...esa niña…la primera en generaciones, es un ser puro con gran poder que estará cubierta de una nube de rencor y odio del cual tu no podrás protegerla, aunque hagas hasta lo imposible para evitarlo

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─ ¡¿Así que eso hiciste?!─ Gritó Draco colérico encarando al pelirrojo. ─ ¡Me deslindaste mágicamente por completo de mi hija! ¡Por eso el árbol de mi familia nunca registró su gestación ni nacimiento! ¡Por eso nunca pude comprobar hasta ahora que ella es mía!

─ ¡Claro que lo hice Malfoy! Y lo volvería a hacer mil veces, esa niña era más mía que tuya, yo le di parte de mí, la vi nacer, la vi crecer y con cada sonrisa robarse un pedazo más de mi corazón. Si, tú la engendraste, pero yo fui y soy más padre de ella que tú.

─ ¿A qué se refirió Lady Morgana con las últimas palabras que te dijo? ─ murmuró Rose, estaba verdaderamente trastornada al darse cuenta por todo lo que tuvo que pasar su padre para protegerla de su familia biológica.

─A que, a pesar de todo mi esfuerzo, el odio de los Malfoy's terminó alcanzándonos.