18. REUNIÓN


Hinata se sintió aliviada cuando la tarea del día tocó a su fin. Estaba agotada, sucia y pegajosa a causa del sudor. Apenas parecía la señora de una gran mansión. Mechones de cabello negro asomaban por el pañuelo cayéndole por la espalda y, entre sus senos, podían verse gotitas de humedad pues se había desabrochado el corpiño para que la brisa refrescara su piel.

Desde que habían entrado los muebles, ningún hombre había puesto un pie en la casa, pues todas las tareas pendientes precisaban una mano femenina. Colocaron sábanas sobre las de plumas y fregaron los platos y los guardaron en los armarios.

Hinata estaba tan absorta frente a la ahora impecable chimenea discutiendo con Karui las cosas que todavía quedaban por hacer para que la casa fuera más acogedora para los Yamanaka, y confeccionando una lista de objetos útiles que podían traer de Harthaven, que no se dio cuenta de la presencia de un hombre.

Estaba de espaldas a la entrada, escuchando atentamente cada palabra que Karui pronunciaba. Con el vestido manchado y el delantal atado por debajo del busto, tenía el mismo aspecto que el resto de los criados. Un extraño que se hubiera acercado por detrás podría haber pensado que era una chica de color, pequeña y esbelta.

Eso fue precisamente lo que pensó el señor Hoshigaki cuando la vio junto a Karui. Entró en la estancia a grandes zancadas para llamar la atención de las dos mujeres, pero sólo cuando sintió una brutal palmada en las nalgas y la voz del hombre atronó su oído, Hinata se percató de su presencia.

—¡Vaya! Qué linda muchachita tenemos aquí —exclamó—- Anciana, ve a decirle a su amo que el señor Hoshigaki está aquí, pero no te apresures. Voy a degustar este exquisito bocado mientras estás ausente.

Hinata, indignada, se volvió bruscamente mientras Karui lo miraba boquiabierta, horrorizada. Hoshigaki no se mostró demasiado sorprendido al descubrir el color de la piel y de los ojos de la muchacha. Pensó que se trataba de una esclava, y no se imaginó ni por un instante que estaba insultando a una Namikaze. Se pasó la lengua por los labios, regocijándose con la visión del escote de Hinata y, al cogerla del brazo, esbozó una sonrisa lasciva.

—Bien, dulce dama, parece que se me han adelantado. ¿Tu amo quizá?— inquirió—. Tiene buen gusto, he de reconocerlo. —Le hizo un gesto a Karui para que se fuera—. Fuera, anciana. —La miró con los ojos entornados—. Y no te vayas de la lengua si no quieres que te la arranque de tu negra cabeza.

Karui y Hinata gritaron al unísono.

—¡Cómo se atreve! ¡Cómo se atreve! —exclamó la muchacha, indignada, intentando desasirse de él. Karui blandió la fregona, gritando.

—¡Déjela! Váyase de aquí, basura blanca. El señorito Naruto le hará picadillo.

Hoshigaki avanzó un paso para propinarle un revés a la criada, pero se vio sorprendido por el ataque de Hinata que le cruzó la cara de un bofetón.

—¡Déjela! —ordenó la joven. El hombre se llevó la mano a la mejilla volviéndose hacia ella, desconcertado.

—¡Vaya con la pequeña bruja! —exclamó. Hinata le lanzó una mirada llena de furia. Señaló la puerta.

—Váyase ahora mismo de aquí —espetó entre dientes—. Y no vuelva jamás.

El hombre la atrajo hacia sí.

—Creo que te excedes al hablarme de ese modo, cariño.

Hinata empezó a golpearlo en el pecho exigiéndole que la soltara, pero él no hacía más que reír, aprisionándola brutalmente con el brazo y sofocando sus golpes con un abrazo sudoroso.

—Sé que deseas proteger a la vieja —dijo entre risas—, pero lo estás haciendo mal. Lo único que tienes que hacer es ser cariñosa conmigo. ¿Qué es lo que tiene tu amo que no tenga yo?

Karui lo golpeó con la fregona al tiempo que Hinata clavaba en su empeine uno de sus tacones puntiagudos. Hoshigaki profirió un alarido y perdió el equilibrio, desplomándose en el vestíbulo.

Al ver delante de él a la enorme anciana, con los ojos inyectados en sangre, blandiendo la fregona, y la gata salvaje esgrimiendo una pastilla de jabón como si fuera una daga, huyó despavorido.

Al bajar el primer escalón del porche, la enorme pastilla de jabón le golpeó en la nuca y fue a parar al patio, seguida de Hoshigaki, que cayó de espaldas al suelo. Se levantó jadeando, enfurecido por haber sido el objeto de abuso de dos sirvientas, y encima mujeres. La pequeña se enfrentó a él desde el porche con ira en los ojos.

—Ahora márchese, y deprisa —le espetó con una mueca de desprecio—. O mi amo hará que se arrepienta de no haberlo hecho.

—¡Pequeña zorra! —exclamó Hoshigaki —. Yo te enseñaré lo que es bueno.

Avanzó un paso, amenazante, y la fregona le pasó rozándole el semblante, y manchándolo de agua sucia. Karui se colocó delante de la muchacha y se dirigió al hombre, encolerizada, a un ritmo intencionadamente pausado.

—Ahora, señor Hoshigaki. Si alguna vez vuelve a ponerle la mano encima a esta Namikaze, le pegare en la cabeza con esta fregona con tanta fuerza que para sacársela tendrán que esquilarle como a una oveja.

La réplica de Hoshigaki se vio interrumpida por el ruido sordo de unos pasos que se acercaban a toda prisa detrás de él. Se volvió y descubrió al amo de Harthaven aproximándose con una expresión de rabia en su rostro enrojecido.

En ese breve lapso, Hoshigaki comprendió lo que era estar cara a cara con la muerte. Había insultado a la esposa de un Namikaze, y no sólo de un Namikaze, sino de Naruto Namikaze, conocido por su mal carácter.

Hoshigaki quedó paralizado, incapaz de articular palabra, y palideció. El miedo rezumaba por cada poro de su piel. Lo poco que oyó Naruto fue suficiente para desatar su furia. Sólo era capaz de ver al hombre que yacía ante él, envuelto en una especie de neblina rojiza que limitaba su visión.

Deseaba oír cómo los huesos de aquel hombre crujían entre sus manos y, al acercarse, descargó sobre él su puño sediento de sangre.

Sus nudillos se estrellaron en su mejilla y su ceja derecha, abriéndole una brecha y haciéndole girar sobre sí mismo. Naruto se apartó para volver a golpearle, pero Hoshigaki puso pies en polvorosa, con una agilidad sorprendente para su edad y su físico. El mayor de los Namikaze no estaba dispuesto a dejar escapar al hombre y, cuando estaba a punto de alcanzarlo, Menma se interpuso en su camino.

Al ver las ansias de sangre en la mirada de su hermano, se abalanzó sobre él, y ambos cayeron al suelo. Intentó sujetarlo, pero Naruto se zafó y se puso en pie. Menma levantó la cabeza, y vio a su hermano correr en dirección al carruaje que se alejaba a toda velocidad. Hoshigaki se incorporó del asiento agitando un puño en el aire antes de reemprender su huida.

Naruto se calmó contemplando el camino ahora desierto. Se sacudió, se arregló el cabello con las manos y ayudó a Menma a incorporarse. Miró hacia la casa y su rabia se tornó en preocupación por Hinata. Al llegar al primer escalón, se detuvo frente a su esposa con el entrecejo fruncido.

Hinata lo abrazó mientras le besaba, llorando, el cuello y el pecho. Limpió el rostro de su esposo con el delantal, luego se secó las lágrimas. Naruto comprendió que su esposa se hallaba al borde de un ataque de nervios y la condujo con ternura hasta una silla para intentar apaciguarla.

Un rato después. Naruto interrogó a Karui y, al oír la historia completa, Menma estuvo a punto de tener que usar la fuerza para contenerlo. Naruto se levantó y juró que mataría a Hoshigaki. Al oírlo, a Hinata le dio un vuelco el corazón.

—Por favor —rogó al tiempo que tiraba de la mano de su esposo. Luego llevó la mano de éste a su vientre para que sintiera al bebé moviéndose enérgicamente. Lo miró a los ojos con una sonrisa dulce mientras le acariciaba la mejilla—. Ya he tenido suficientes emociones por hoy —añadió—. Acabemos y vayámonos a casa.


Cuando Sai Yamanaka vio por primera vez la casa que habían arreglado para él y su familia, pensó que se trataba de la mansión de los Namikaze y comentó que era muy bonita. Naruto, Menma y Hinata lo miraron sorprendidos y el primero se apresuró a corregirlo. El hombre quedó boquiabierto y tardó varios minutos en recuperarse. Luego se volvió hacia su esposa.

—¿Has oído, Ino? —preguntó, incrédulo—. ¿Lo has oído? Ésa va a ser nuestra casa.

Por primera vez desde que se conocían, la mujer habló con los ojos arrasados en lágrimas.

—Es demasiado bonito para ser verdad —afirmó. Miró a Hinata para asegurarse de que lo que había dicho su esposo era cierto—. ¿Vamos a vivir aquí? —inquinó, todavía insegura.

Hinata asintió para confirmárselo y dedicó a su esposo una sonrisa afectuosa por la bondad que había demostrado con esa gente.

—Venga conmigo —murmuró Hinata suavemente, cogiéndola del brazo—. Le enseñaré la casa por dentro.

Mientras las dos mujeres entraban seguidas por el señor Yamanaka, Menma le dio un ligero codazo a su hermano, que se había quedado embelesado contemplando a su esposa.

—Una buena obra más, Naruto, y serás su caballero andante — bromeó.


A medida que el mes de marzo avanzaba, los días fueron cada vez más cálidos y soleados. Naruto comprobó que la puesta en marcha del molino requería la mayor parte de su tiempo.

Casi no veía a su esposa ni estaba en casa. Él y Yamanaka hicieron numerosos viajes del molino a los campos de tala, río arriba. Grandes balsas de troncos flotaban corriente abajo para descansar en las rebalsas tras el molino, aguardando las primeras dentelladas de las sierras.

La mayor parte de las destartaladas chozas que habían albergado a los esclavos tuvieron que ser reparadas. Dos familias y media docena de hombres solteros se desplazaron desde Nueva York a petición de Yamanaka para que sumaran su experiencia a la cuadrilla.

Los días calurosos y polvorientos y las noches frías y húmedas se habían convertido en una rutina aburrida sin Naruto ni Menma en casa.

Hinata intentó vencer la monotonía y encontró breves momentos de distracción. Un chubasco primaveral interrumpió la sequía del mes y preparó el terreno para una noche de lluvia torrencial.

Los días posteriores trajeron consigo una agradable metamorfosis de la tierra. Hinata se sorprendió ante el cambio repentino provocado por las lluvias. De la noche a la mañana el marrón quemado y seco del invierno fue sustituido por el verde fresco y floreciente de la primavera.

Las magnolias llenaban el aire con su aroma intenso y cascadas de glicinas púrpura caían de los árboles de los que colgaban. Azaleas, adelfas y gran variedad de lilas alegraban con sus vivos colores los bosques. Los cerezos silvestres adornaban los valles estrechos y cerrados mientras los patos y las ocas surcaban el cielo. Una fauna abundante animó de nuevo los bosques.

En medio de este esplendor, Hinata sintió que se acercaba el momento. Era muy raro que se aventurara a salir a pesar de la belleza de la tierra. Se sentía torpe y lenta, pero siempre que deseaba moverse había una mano para asirla. Cuando Naruto estaba en el molino o en los campos de tala río arriba, era Menma, o Karui, o Yuka; siempre había alguien cerca.

Una veintena de amigos de la familia se acercaron a presentar sus respetos y dar la bienvenida a Naruto. Era viernes por la tarde cuando llegaron. Por la mañana se habían cocinado una variedad de platos y todo estaba preparado para asar la ternera y el cerdo. Varios niños se encargaban de vigilar que los asados no se quemaran. Los barriles de cerveza habían sido enfriados en las aguas heladas del arroyo.

El reverendo Fairchild, su esposa y sus siete hijos fueron los primeros en llegar. Poco después lo hizo el enorme carruaje negro de Chiyo Gokyōdai, que pasó por delante de la mansión sin detenerse. La fiesta se fue animando con el transcurso del día.

El reverendo Fairchild se dedicó a vigilar a los hombres que bebían demasiado y a buscar entre los arbustos a las parejas de jóvenes que se tumbaban para intercambiar algo más que frases poéticas.

Naruto ordenó que sacaran varios barriles de cerveza y los depositaran bajo los árboles. Menma hizo lo propio con un tonel de whisky añejo. Los ánimos se alegraron. Varios barriles de cerveza que habían traído los invitados fueron destapados para compararlos con los de los Namikaze.

Los niños correteaban por el magnífico césped al tiempo que vaciaban jarra tras jarra de limonada. Las mujeres, reunidas en grupos, cosían sus dechados mientras los hombres admiraban a los caballos y a las señoras, incapaces de decidir qué barril contenía la bebida más dulce.

Fue Sari Seki la que atrajo la atención en un momento de la tarde. Llevaba un atrevido vestido de escote bajo bastante caro, y un vendedor barrigudo de mediana edad la perseguía sin cesar con intenciones muy claras para todo el mundo menos para ella. La joven eludía sus zarpas con una risa estridente, abrumada ante la atención inusual de un hombre y la ausencia de la mano restrictiva de su madre.

Hinata abrió los ojos de par en par al ver a la hasta hacía poco joven retraída, ahora riendo y coqueteando con su pretendiente, ofreciendo a sus toqueteos una resistencia simbólica. A su lado, la señora Gokyōdai mostraba su enfado resoplando sonoramente y clavando su sombrilla en el suelo.

— Nae Seki maldecirá el día en que le dio libertad a su hija — sentenció la anciana—. Esa pobre niña acabará con el corazón roto. A él sólo le interesan su ropa lujosa y sus encantos, pero sin promesas, y la chiquilla ha estado demasiado tiempo protegida para saber lidiar con un hombre y especialmente con ése. Pobre niña, necesita una mano que la guíe.

—Me dio la impresión de que era una joven muy reservada — murmuró Hinata, azorada por el cambio producido.

— Sari, querida, no es joven —comentó la señora Gokyōdai —. Y ciertamente parece que ha perdido su timidez. La señora Gokyōdai sacudió la cabeza con tristeza.

—Es evidente que como no ha conseguido pillar a un Namikaze, Nae la ha abandonado.

La anciana echó un vistazo a Hinata. Ésta, a pesar de su estado, estaba bellísima y transmitía ese misterio que poseen todas las embarazadas.

Llevaba un vestido azul cielo de organdí con volantes de encaje en el cuello y en los puños, y llevaba el cabello recogido, formando suaves risos, con cintas azules. Aun en un estadio tan avanzado de gestación, era la envidia de muchas.

La gran dama prosiguió, mirando ahora directamente a Hinata.

—A estas alturas ya debes saber que Sari se había fijado en tu marido, aunque no entiendo, pobre niña, dónde vio que tenía una posibilidad. Era extraño que mirara dos veces incluso a las jóvenes más hermosas de la iglesia, y luego, claro, estaba Sāra, que debemos admitir que es una mujer hermosa. Incluso entonces Sari abrigó alguna esperanza, pero el día que te vio, creo que entendió que sus sueños habían llegado a su fin. Fue una lástima el modo en que Nae le hizo creer que Naruto se fijaría en ella. Él no sabía ni que la niña existía.

Asintiendo en dirección a Sari, afirmó categóricamente—: Lo que está ocurriendo ahora es culpa de su madre, pero ella se queda sentada en su casa maldiciendo a Naruto sin pensar en su hija —concluyó en tono de ira, y clavó la sombrilla en el suelo para enfatizar sus palabras.


Naruto y Menma se aproximaban por el camino cuando, de pronto, Sari, al tratar de evitar a su torpe pretendiente, salió corriendo de debajo de unos árboles chocando con ellos. Naruto se apartó, la saludó y continuó su camino sin prestarle atención.

Al reconocerlo, la pobre niña abrió los ojos y palideció. Se quedó contemplando su espalda fijamente, muy desalentada; su sola presencia acababa de arrebatarle el regocijo del día. Observó que el hombre tomaba asiento junto a su esposa.

Sari continuaba ofuscada cuando el birlocho llegó y se detuvo frente al grupo.


Al ver descender a Sāra del carruaje exquisitamente vestida, dejando a su admirador perplejo ante su apresurada marcha, Hinata depositó la aguja en su regazo y esperó a que se acercara.

Sāra sonreía alegremente acercándose resuelta y saludando a voz en cuello. Su nuevo admirador bajó del carruaje y la siguió, pero ella hizo caso omiso de él concediendo toda su atención a su antiguo prometido. La mujer frunció el entrecejo al ver cómo éste se levantaba y se colocaba detrás de la silla de su esposa. Fue entonces cuando Sāra reparó en ella.

—Cielo santo—exclamó, sonriendo con desdén y mirándole el vientre—. Esto probablemente va a arruinar tu figura el resto de tu vida.

—¿Qué sabrás tú de eso, Sāra? —inquirió Menma con sarcasmo.

Sāra hizo caso omiso y dio una vuelta sobre sí misma para lucir su atuendo y también su figura voluptuosa.

—¿Les gusta mi nuevo vestido? —inquirió—. He encontrado el diseñador más talentoso del mundo. De un rollo de tela y un poco de hilo hace maravillas como ésta. —Arrugó la nariz con aversión—. Pero es un hombrecillo muy extraño. —Miró a Hinata con mordacidad—. Pero si es uno de tus compatriotas, querida. — Dicho esto se alejó hacia un grupo de jóvenes que había cerca de ellos. Entretanto, su pretendiente saludó a Naruto.

—He oído que te has casado, Naruto —comentó Dango Mitsuki con un marcado acento sureño.

Naruto deslizó las manos sobre los hombros de Hinata al presentársela a Dango.

— Dango y Menma fueron a la escuela juntos —le explicó a su mujer.

—Es un placer conocerlo, señor Mitsuki —murmuró Hinata con una sonrisa.

El hombre miró primero su vientre y sonrió. Luego alzó la vista y contempló su rostro sorprendido ante la visión.

—¿Ésta es tu esposa? —inquirió, incrédulo—. Bueno, Sāra dijo...

Se calló al darse cuenta de lo que había estado a punto de escapársele. Le había parecido muy extraño cuando Sāra se había puesto a despotricar contra la pordiosera que había hecho brujería para arrebatarle a Naruto.

Le había resultado difícil creer que Naruto se hubiera mostrado tan ansioso por que lo pillaran o que fuera la clase de hombre capaz de acostarse con una muchacha poco apetecible y mucho menos casarse con ella. Debería haber sabido que ese hombre elegiría a la mujer más hermosa para calentar su lecho.

—Creo que se han burlado de mí —se disculpó—. Tienes una esposa encantadora, Naruto.

Sāra regresó a tiempo de escuchar los últimos comentarios y lo miró con rabia agarrándole del brazo. Luego se volvió hacia Naruto con una sonrisa.

—Querido, tus fiestas son las más espléndidas —comentó con coquetería—. Incluso cuando estábamos sólo nosotros dos, nunca fueron aburridas.

Naruto se inclinó para interesarse por el estado de su esposa haciendo caso omiso a los comentarios de Sāra, pero Chiyo no se calló.

—Parece que adoras las fiestas, Sāra —apuntó—. En cuanto a los hombres... no es usual que limites tu afecto a uno solo.

Menma se echó a reír de buena gana guiñándole un ojo a la anciana. Sāra les lanzó una mirada furiosa. Luego se volvió hacia Hinata a tiempo para ver cómo se acariciaba la mejilla amorosamente con la mano de Naruto y murmuraba una respuesta a su atento marido. Los celos la consumieron.

Bajó la mirada y vio el pañuelo que la joven estaba bordando con el monograma de Naruto. Entornó los ojos y en tono malicioso preguntó:

—¿Qué es lo que tienes ahí, querida? ¿Estás perdiendo el tiempo con la costura? Pensé que tendrías cosas más importantes que atender estando casada con Naruto. —Echó un vistazo a éste—. Pero claro, supongo que hay muy pocos placeres que puedas disfrutar estando el embarazo tan avanzado. En cuanto a mí...

—Coser es un arte noble, Sāra—la interrumpió la señora Uzuki, muy atenta a su bordado—. Harías bien en aprender. Mantiene ocupada las manos y aleja la mente de actividades menos atractivas.

Sāra comprendió que no conseguiría arruinar el día de Hinata rodeada de tantos entrometidos que la protegían, así que se alejó vencida por el momento, pero no derrotada. Tendría más oportunidades de hacer trizas a la joven, y era muy paciente. Sonrió a su nuevo enamorado y le restregó la mano contra sus senos para provocarlo. No era tan atractivo como Naruto ni la mitad de rico, pero serviría hasta que consiguiera meter a ese semental arrogante y talentoso en su cama.

Como cualquier otro soltero dispuesto, Dango empujó a Sāra detrás de un matorral y la abrazó apasionadamente. Ahora le tocaba a él provocarla con su cuerpo, y la besó con los labios separados y deslizando su mano por debajo del corpiño para acariciar la carne abundante y cálida.

—Aquí no —murmuró Sāra, apartándolo—. Sé de un lugar en los establos.


Karui salió por la puerta principal con una bandeja con limonada para las señoras. La señora Gokyōdai la saludó calurosamente mientras le servía.

—¿Estás preparada para dejar este antro de perversión y venir a vivir conmigo, Karui? —inquirió—. Los viejos tenemos que estar juntos, ¿sabes?

—No, señora —repuso Karui entre risas—. Dentro de poco voy a tener un nuevo Namikaze y el amo tendrá que darme una patada si quiere que me vaya de este lugar y deje a la señorita Hinata. Ni una yunta de mulas del señorito Naruto podrían alejarme de aquí.

La criada arrancó la risa de todos los presentes. Se volvió hacia Hinata, preocupada por su bienestar.

—¿Cómo se encuentra, señorita? No permanezca demasiado tiempo aquí sentada que se cansará. Ese bebé va a llegar pronto; no hace falta que le meta prisa. Señorito Naruto, no la deje hacer demasiado, ¿me oye?

—Te oigo, Karui —respondió Naruto, risueño.

Era ya de noche cuando les avisaron que la carne estaba lista y sacaron antorchas para iluminar la cena. Sobre una mesa larga dispusieron los sabrosos platos que las diferentes familias habían traído y los invitados se dedicaron a ellos con avidez.

Cortaron la ternera y el cerdo sobre él horno y colmaron los platos que iban presentándose conforme la fila avanzaba. Hinata y Naruto dieron la vuelta a la mesa, seleccionando los guisos más apetecibles.

Él le indicó una serie de recetas totalmente desconocidas para ella que creía serían de su agrado. Al dirigirse hacia los hornos, Hinata contempló su plato bastante sorprendida.

—Estoy tan gorda que no me veo ni los pies, y aun así, mira cómo me lo he llenado. —Alzó un pan de maíz riendo y le ofreció un bocado a Naruto—. Tendrás que ayudarme, Naruto. Eso es todo lo que tienes que hacer.

Él se echó a reír y la besó tiernamente en los labios.

—Haría cualquier cosa para complacerte, cielo. Cualquier cosa — susurró.

Al regresar a sus sillas, Hinata observó a Naruto apoyar el plato sobre sus rodillas y cortar un sabroso pedazo de carne con expresión de dicha.

Ella vaciló, sin saber dónde poner la comida ante la falta de regazo. Su marido alzó la vista y soltó una sonora carcajada al sorprenderla observando su barriga, indecisa. Se levantó cogiéndole el plato y fue en busca de una mesa pequeña.

—Creo que podrás apañarte con esto —comentó al colocar la mesa delante de ellos.

Mientras estaban sentados. Naruto alcanzó a ver a Killer B al final del porche, tallando una rama con violencia. Le intranquilizó ver el mal genio del viejo y le hizo señas para que se acercara.

—¿Qué te ocurre? —preguntó cuando el criado estuvo a su lado. Killer B lanzó una mirada a Hinata y tardó un poco en contestar.

—He visto sabandijas en el establo, capitán.

—¿Sabandijas? —inquirió el hombre arqueando una ceja. El criado arrastró los pies y miró de soslayo a la joven.

—Sí, capitán, sabandijas.

Naruto reflexionó sobre el asunto durante un momento y luego asintió entendiendo lo que había querido decir.

—Está bien, Killer B. Coge un plato y calma tus pensamientos con un trozo de ternera, y olvida lo que hayas visto u oído.

—Sí, capitán —contestó Killer B. Cuando se hubo marchado, Hinata miró a su esposo preocupada.

—¿Ha encontrado Killer B ratas en las caballerizas?— Naruto se echó a reír.

—Podríamos llamarlo así, cielo.

La fiesta continuó hasta bien entrada la noche. Naruto llevó a Hinata a dar un paseo entre sus invitados y luego la sentó en medio de las señoras.

Un grupo de hombres lo fueron a buscar y se lo llevaron para no devolverlo hasta altas horas de la noche. Hinata permaneció sentada en silencio, escuchando la charla de las señoras de mediana edad sobre sus enfermedades y preocupaciones.

La señora Gokyōdai se había retirado hacía rato a uno de los dormitorios de la planta superior y la señora Uzuki se había ido a casa con su marido y sus hijos. Naruto tomó la mano de Hinata para ayudarla a levantarse de la silla.

—Señoras, debo rogarles que disculpen a mi esposa —comentó—. Ha tenido un día muy duro y necesita descansar. Espero que no les importe.

Todas se apresuraron a asegurarle que no les importaba e intercambiaron sonrisas al observar la atención con que Naruto tomaba del brazo a su esposa mientras subían por las escaleras. Una vez en el interior de la casa, Hinata dejó escapar un suspiro de alivio.

—Gracias por rescatarme —murmuró—. Me temo que deben de haber pensado que soy bastante aburrida. No sabía qué decir para impresionarlas, y además esa silla era muy incómoda.

—Lo siento, cariño —se disculpó Naruto—. Si lo hubiera sabido habría venido antes.

La muchacha apoyó la cabeza en el brazo de su esposo y esbozó una sonrisa.

—Creo que deberás subirme en tus brazos. Estoy tan cansada que creo que no voy a poder yo sola—. Naruto se detuvo y la cogió en brazos.

—Bájame, Naruto, era una broma —suplicó Hinata—. Peso tanto que vas a hacerte daño—. Él soltó una carcajada.

—Lo dudo, querida. Sigues tan ligera como una niña.

—Bueno, bueno, bueno. ¿Qué es lo que tenemos aquí? —inquirió una mujer detrás de ellos, sin duda la voz suave y melosa de Sāra.

Naruto se volvió lentamente con su esposa en brazos y se encontró con la expresión burlona de su ex prometida.

—¿Haces esto cada noche, Naruto? —preguntó ésta con mofa—. Tu espalda va a resentirse, cariño. Sabes que deberías cuidarle más. ¿Qué harías si te rompieras la espalda? Te aseguro que ya no podrías serle útil.

—He levantado a mujeres más pesadas en mi vida, Sāra, incluyéndote a ti —replicó inexpresivo—. Yo diría que mi mujer aún tiene que engordar un poco para igualar tu peso.

La expresión de burla fue sustituida por una de odio, pero Naruto se volvió y continuó hablando sin mirar atrás.

—Por cierto, Sāra, deberías ir a peinarte —observó—. Tienes paja en el cabello.

Hinata esbozó una sonrisa triunfal al mirar a la mujer por encima del hombro de su esposo mientras estrechaba sus brazos alrededor de su cuello.

Como Sāra continuaba observándolos, Naruto llevó a Hinata a su dormitorio en lugar de dirigirse directamente a la sala de estar.

Una vez en los aposentos de su esposa, él se repantigó en una silla mientras ella se desvestía tras un biombo. Estaba tan deformada que prefería ocultar su desnudez. Esperaría a recuperar su figura y a poder tentarlo con su cintura delgada, entonces dejaría que la contemplara encantada...