18
La sospecha se retorcía en su interior como una serpiente venenosa, lista para atacar al menor movimiento.
Había demasiadas cosas que no encajaban. Y descubrirla recorriendo a escondidas la torre en medio de la noche lo había sacado de sus casillas.
Albert había vuelto a su cámara, profundamente preocupado por las contradicciones que percibía al observar a Candy. Por un lado, parecía una joven bondadosa, inocente y vulnerable, ansiosa por hacerse un lugar en su nuevo clan. Pero, en otras ocasiones, sus actos eran decididamente sospechosos, más todavía debido a su parentesco con Sleat. Pese a lo que él le había dicho sobre devolverla a su familia al final del período de prueba, ella había intentado seducirlo con aquel vestido revelador. ¿Su intento de tentarlo con el vestido podía tener algo que ver con su tío y con sus razones para estar allí? Sleat tenía otros propósitos con aquel enlace, de eso estaba seguro; lo que no sabía era si Candy formaba parte de ellos.
También había notado su palidez cuando empezó la historia de la bandera del Hada; es más, su incomodidad durante el resto de la noche era evidente. Pero no fue hasta que entró en sus aposentos y se encontró con que ella no estaba cuando las dudas que bullían en su interior estallaron. No había olvidado su extraña conducta en las cocinas. Y cuando salió a buscarla, al descubrirla deambulando por los pasillos de la torre, abriendo puertas como si estuviera buscando algo, sus sospechas se intensificaron. En aquel momento estaba furioso, no solo con ella, sino también consigo mismo por lo mucho que deseaba creer que ella no fuera otra cosa que lo que parecía.
Se mantenía vacilante delante de él, y el fuego, detrás de ella, formaba un halo alrededor de los llameantes cabellos dorados. Lo miraba con desconfianza, como un gato que percibe el peligro. Se le acercó un paso más.
—¿Qué estáis haciendo aquí?-repitió. Ella se encogió ante el tono de su voz. Pero su temor no lo disuadiría. Le iría bien ser testigo de su ira. Conocer las consecuencias que tendría una traición. Esta vez, Albert no se dejaría convencer por unos comentarios sugerentes; quería respuestas. No era la primera vez que ella actuaba de manera extraña o que miraba en sitios donde no debería.
—No podía dormir-explicó ella, nerviosa—. Buscaba la biblioteca que mencionasteis; creía que podría coger un libro para leer.
—Deberíais habérselo pedido a Deidre. O esperado a que yo volviera.
—Era tarde y no quería despertarla.-Lo miró a la cara, adelantando la barbilla, desafiante—. Y no estaba segura de que volvierais.
Era una excusa plausible, pero ¿podía creerla? Su mirada penetrante escudriñó su cara, buscando señales de engaño. Pero cuando bajó los ojos, su cuerpo se puso en estado de alerta. Se le tensaron los músculos y un pequeño pulso empezó a latirle en la garganta. Albert estaba tan concentrado en el hecho de haberla encontrado dando vueltas por los pasillos que no se había dado cuenta de cómo iba vestida. Mejor dicho, desvestida. Dios santo, si se le veía todo.
Con la luz del fuego iluminándola desde atrás, veía las curvas y contornos de su figura con tanta claridad como si hubiera estado desnuda delante de él. Veía la alta firmeza de sus pechos. La cremosa perfección de su piel suave y aterciopelada. Los pequeños y tensos pezones del tamaño de diminutas perlas que se erguían altivas debido al frío. Su cintura era estrecha y sus caderas suavemente redondeadas. Sus piernas eran esbeltas y sorprendentemente musculosas. No como las de un hombre, sino con unos músculos largos, finos y bien formados. Imaginó cómo sería tener aquellas piernas largas y fuertes debajo de él. O rodeándole la cintura, mientras él se hundía dentro de ella.
Frenó el hambriento descenso de sus ojos. No se atrevía a bajar más la vista, o no podría resistirse a tomarla allí mismo. No podía mirar el delicado vértice donde se unían sus piernas. Dio un paso atrás, con el cuerpo tan tenso de deseo que pensó que podría estallar. En la frente le aparecieron unas finas gotas de sudor. Su reacción física ante ella era tan fuerte que, por un momento, olvidó su furia.
Pero pronto volvió a él con toda su fuerza. Por Dios que se lo advertí, pensó.
—¿Por qué estáis fuera de vuestra habitación vestida así?-La señaló con un ademán brusco—. ¿No oísteis nada de lo que os dije antes?-¿Era consciente de lo que le hacía?
Tal vez sí.
Instintivamente, ella se ajustó más la ropa. Albert estuvo a punto de gemir. La tela se estiraba, tensa, sobre aquellos pechos llenos y suculentos. Las dulces puntas de los pezones lo excitaban. La fuerza de su deseo se levantó, dura, debajo de su plaid.
—Sí que os escuché, pero no es-es-esperaba encontrar a nadie-tartamudeó—. Si me enseñáis dónde está la biblioteca, volveré a mi habitación.
—¿No esperabais encontrar a nadie? ¿No comprendéis-la voz le temblaba— que yo podría haber sido cualquier otro?-Cualquiera de sus hombres podría haber visto su desnudez con la misma claridad que él. La idea lo volvió medio loco.
¿Se había propuesto tentarlo de nuevo? ¿Volverlo loco de deseo? Albert se esforzó por dominar las emociones encontradas que luchaban en su interior. La irritación y la duda persistente daban a su voz un filo agudo como una espada.
—¿Por qué os encuentro registrando los oscuros pasillos del castillo? ¿Qué estáis buscando?
Los ojos de Candy se abrieron alarmados. Intentó explicarse.
—Me malinterpretáis, Albert. Buscaba un libro. No sabía dónde encontrar la biblioteca. Es tarde y no se oía ningún ruido. Pensé que todos se habían ido a dormir.
Él la cogió bruscamente por los brazos, apretando a la par que aumentaba la rudeza de su voz.
—¿Cuál es vuestro juego, Candy? ¿Es que aquel maldito vestido no era suficiente?
—Os equivocáis. Podéis estar seguro de que no os buscaba.-Su voz se atenuó hasta convertirse en un susurro—. Habéis dejado muy claro que no me queréis.
Aquellas palabras eran un error. Sólo era un hombre, y ella lo había provocado demasiadas veces: incitándolo con su belleza, con sus trajes provocadores, con su talante travieso, con sus seductoras sonrisas. Con la presión de sus suaves nalgas contra su verga dura como una roca. Sus ojos enternecedores, unos ojos que desgarraban su indiferencia. Era su esposa a prueba. ¿Quién iba a culparlo si la tomaba? Nadie. Se esperaba que lo hiciera. Le pertenecía... durante un año.
La contención se hizo pedazos en su interior. La quería. La deseaba más de lo que había deseado nunca a una mujer. No sentía la cauta reserva que sentía con las sirvientas. No había ninguna distancia. Ningún control. En ese mismo momento, el cuerpo le ardía con un fuego imposible de contener.
La atrajo hacia él, estrechándola con fuerza contra su pecho y su entrepierna, dejando resbalar las manos por sus caderas. Saboreando la suave sensación de su cuerpo moldeado contra el suyo, cogió las tensas curvas de sus nalgas y la levantó apretándola contra él. Palpitaba de deseo.
—Te equivocas, Candy. Te deseo.-Su voz era cada vez más sorda—. ¿No sientes lo mucho que te deseo?
Los ojos de la joven se abrieron como platos.
—¿Es esto lo que querías, Candy? ¿Querías que te acariciara?-Movió la mano para cogerle el pecho, frotando la dura punta con el pulgar, sonriendo cuando ella soltó un suspiro de asombrado placer. Bajó la cabeza hasta la curva del cuello, enterrando la nariz en la cálida esencia de lavanda de sus rizos de seda. Sus labios rozaron su cuello y su garganta, besándola hasta llegar a la oreja. Al tirar del tierno lóbulo de la oreja con los dientes, notó cómo se estremecía—. No solo quiero tocarte, quiero saborear cada pulgada de tu cuerpo.-El tono gutural de su habla se acentuó con la promesa sensual de sus palabras, brotando de su lengua con un susurro acariciador.
Notó el desbocado latir del corazón de Candy contra su pecho. Finalmente, incapaz de resistirse por más tiempo, bajó la cabeza y cubrió sus temblorosos labios con los suyos. Esta vez la besó con toda la pasión que tenía encerrada en su interior desde el momento en que la vio. Por cada vez que ella lo había tentado para que la besara, la tocara, la hiciera suya. Su boca se movió contra la suya, exigente. Saboreándola. Devorándola.
La inocencia de su reacción casi lo hizo caer de rodillas.
Tenía el corazón desbocado y la sangre le latía en los oídos. Albert no tenía bastante. La besaba con una urgencia que no admitía una negativa. Separándole hábilmente los labios, deslizó dentro la lengua. Su sabor a miel lo hizo desear más. Dios, qué dulce era. El beso se hizo más profundo, más ardiente, más desesperado. Penetró en las dulces cavernas de su boca y le acarició la lengua hasta que se enroscó en la suya.
Albert gimió, sorprendido por la intensidad de la respuesta sensual de Candy. La estrechó con más fuerza. Sus senos se apretaron con fuerza contra su pecho y el fuego que había en sus cuerpos casi disolvió las finas capas de ropa que los separaban. Estaba ardiendo. Ansiaba sentir el roce de los tensos pezones sobre su piel desnuda, mientras se frotaba contra ella.
Pronto los besos no bastaron. Necesitaba verla, tocarla, volverla loca de deseo, igual que ella lo había vuelto loco a él. Deslizó las manos por la suave seda de la bata y la separó. Después de desatar los lazos de seda del cuello, le abrió el camisón.
Inspiró con fuerza. Su imaginación no le había hecho justicia. Sus pechos eran perfectos: altos, redondos y pecadoramente generosos. Con reverencia, los cogió, probando su peso en las encallecidas manos. Su piel era del alabastro más fino, con las puntas de un rosa delicado. Sus miradas se encontraron. Él sostuvo la mirada asombrada de ella mientras le acariciaba la piel aterciopelada, viendo cómo sus ojos se llenaban de pasión cuando hizo girar la dura punta entre los dedos y la apretó muy suavemente, haciendo que el pezón se arrugara y se volviera de un profundo color rojo que le hacía la boca agua. Dios, iba a probarla.
La espalda de Candy se arqueó, empujando el pecho con más fuerza dentro de su mano.
Su reacción le dejó la mente en blanco. La súbita sensación de pura pasión lo golpeó con fuerza y el deseo lo aferró como una garra de hierro, mientras descendía al lugar donde ya no era posible dar marcha atrás.
...
A Candy le parecía que su cuerpo no era suyo. Él tenía un dominio absoluto sobre ella. Se sentía impotente. Consumida. Una oleada tras otra de sensaciones desconocidas la inundaban. Desde el primer sabor de sus labios hasta la exigente invasión de su lengua, su cuerpo se despertaba bajo aquel toque maestro.
El choque inicial ante el abrasador calor de su mano en el pecho se había convertido en maravilla. Luchó por recuperar el aliento cuando sus dedos le frotaron ligeramente la recién adquirida dureza y su mano amasó la plenitud de su seno.
Pero cuando su boca se deslizó por la sensible punta, estuvo perdida. Un dolor agudo y maravilloso le alcanzó directamente el corazón. Temía moverse, no quería romper la belleza de aquel espectacular momento de despertar. Un despertar que le abría un rastro de fuego desde el pecho hasta la unión de las piernas, volviéndola consciente de que esa zona entre las piernas estaba viva; su inocente adormecimiento hecho pedazos por un latir frenético y tembloroso. Viva y estremecida de expectación por no sabía qué. Él seguía chupando, rodeando el endurecido pezón con la lengua, mordisqueándolo con los dientes hasta hacer que una presa se rompiera dentro de ella. El ardor se le extendió por la piel y se precipitó entre sus piernas. Nunca había imaginado que pudiera haber una sensación tan perfecta. Tan buena.
Le temblaban las piernas. Se aferró a los anchos hombros para sostenerse. Él chupó con más fuerza y ella arqueó la espalda, acercando las caderas a su calor. Sus demandas se hicieron más desenfrenadas.
El choque inicial que había sentido al principio cuando él la abrazó tan íntimamente y apretó la prueba de su deseo contra ella se había convertido en una necesidad inconsciente. Lo quería firme y duro entre sus muslos, quería sentir el poder de su erección. Saber que la deseaba tanto como ella lo deseaba a él. Balanceó las caderas contra él. Cuando él gimió, el placer se extendió por su interior como si fuera lava líquida.
Ahora él la sostenía, con las manos de ella abiertas sobre los músculos de granito de sus brazos y hombros. Quería sentirlo, recabar fuerzas de su poderoso cuerpo. Aquellos músculos se tensaron bajo las puntas de sus dedos, y con un gruñido masculino la estrechó con más fuerza. Dios, era asombroso. Candy no sabía qué le estaba pasando. Aquella extraña sensación de impotencia. En lo único que podía pensar era en él. Caliente y duro, abrazándola.
Notó su mano en la pierna, por debajo del camisón, subiendo por el muslo. Candy se quedó paralizada. Estaba cada vez más caliente, más húmeda, mientras el deseo fluía entre sus piernas. Sus pensamientos se desbocaron en mil direcciones diferentes. Una punzada de incertidumbre apareció en los restos de su consciencia.
No lo haría.
Sí que lo haría.
Con un último tirón en el pecho, él levantó la cabeza para mirarla a la cara, mientras su dedo se deslizaba por su cuerpo. Un pequeño suspiro se le escapó de lo más profundo de la garganta. Sus ojos se abrieron de par en par, aturdidos por aquel contacto tan íntimo. Se sentía confusa mientras el deseo superaba rápidamente la información de su mente. Era demasiado, y demasiado rápido. Pese a su misión, era inocente. Una mujer a la que no hacía tanto ni siquiera habían besado. Por un momento, la inocencia intervino. Le cogió la muñeca. Su cuerpo se retorcía en una angustia confusa. Por favor, pensó. ¿Por favor, para o, por favor, más? No lo sabía. Eso era lo que ella quería; había tentado al destino con su ropa de cama, pero ¿por qué se sentía tan insegura?
Debió de expresar sus pensamientos en voz alta, haciendo pedazos su momento, demasiado breve, de conexión, porque tan bruscamente como había empezado, terminó. Albert levantó la cabeza, con los brillantes ojos azul cielo encendidos de pasión, y la soltó bruscamente.
Candy comprendió que lo que quería decir era: Por favor, más. Pero ya era demasiado tarde.
Se tambaleó hacia atrás. Tenía las piernas tan débiles como las de un potrillo recién nacido. Se llevó la mano a la boca, segura de que debía de estar morada y magullada por la presión de sus labios. Sentía un anhelo salvaje por algo que no comprendía, y lo único que deseaba era verse arrebatada de nuevo por la dulzura de su poderoso abrazo.
—Esto no debería haber pasado nunca-dijo él, con la respiración entrecortada y una voz ronca.
También él estaba afectado. Candy dio un paso hacia él y le apoyó las manos en el pecho, ofreciéndosele de nuevo.
—Pero ha pasado.
—Un incidente desafortunado.-Esta vez, oyó la firme determinación en su voz, mientras le apartaba las manos.
No me quiere. El rechazo latía como una herida abierta.
—¿He hecho algo mal? ¿No te complazco?
Él miró largamente su ropa desordenada. Avergonzada, Candy ató rápidamente las cintas de su camisón. Y cuando su mirada de acero volvió a ella de nuevo, sintió algo más. Vergüenza. Vergüenza por su reacción y por las escandalosas intimidades que le había permitido, por lo rápida y completamente que había sucumbido a sus caricias, por los ansiosos sonidos de placer que habían escapado de sus labios. ¿Qué debía de pensar de ella? Había gemido y se había aferrado a él como una ramera. Aun sabiendo que tenía la intención de devolverla a su familia.
Bajó la mirada al suelo. Se sentía humillada por la traición de su cuerpo. No creía poder mirarlo nunca más a la cara sin pensar en lo que él le había hecho. En la manera en que su boca había despertado el placer en su pecho, en cómo había acariciado su centro mismo. Él la contemplaba.
—Me complaces mucho. Como complacerías a cualquier hombre. Eres una mujer hermosa, con un cuerpo hecho para el placer.-Un latigazo de dolor la hizo retroceder. Sus palabras le arrancaban la piel, volviendo a abrir unas heridas que nunca cicatrizaban. Él solo veía su cara. Ella pensaba que lo que acababan de compartir era especial—. Cada hombre tiene un límite. Si quieres seguir siendo doncella cuando te marches, no continúes con tu peligroso juego.
Candy tragó saliva, alzando los ojos tentativamente, inquisitiva.
Él la inmovilizó con una mirada que parecía ver a través de ella. El corazón dejó de latirle por un segundo.
—No soy un hombre con el que se pueda jugar, Candy. Harás bien en recordarlo.-Hizo una pausa, lanzando una última mirada a su ropa de noche—. Por tu bien espero que solo estuvieras buscando un libro.
Dio media vuelta y la dejó sola con el crujir del fuego. Candy se estremeció, no sabía si de deseo o de temor.
...
Hasta aquí por hoy querida lectoras. Gracias por seguir por acá. :*
