Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la trama a JAnnMcCole. Yo solo traduzco.
Capítulo dieciocho
El Fantasma de la Opera
"¡Sangre…! ¡Sangre…! ¡Eso es algo bueno! ¡Un fantasma que sangra es menos peligroso!" ~Gastón Leroux.
BELLA
Sentada frente a mi tocador, no podía quitar mis ojos del estúpido juguete. Mi madre siempre fue como el guasón, jugaba con la mente de las personas mientras nos recordaba que siempre estaba allí, al acecho. De alguna forma hizo que este juguete llegara a mí sin aparecer en ninguna de las cámaras y sin que los guardias la notaran. No lo entendía. Incluso siento tan retorcida, cada vez que miraba a mi vientre, sentía a mi garganta cerrarse mientras luchaba con las emociones que me inundaban. Él todavía no estaba aquí y sabía que moriría por él… ¿Cómo mi madre podía estar tan decidida en destruirme? A pesar de sus problemas con Charlie, yo salí de ella, era parte de ella y aun así quería matarme.
—Luces increíblemente hermosa. —Edward se ubicó detrás de mí, encontrando mi mirada en el espejo.
No pude evitar sonreír, girándome para echarle un mejor vistazo. Allí se encontraba, ni a un metro detrás de mí, vestido en un esmoquin completo, zapatos negros brillantes e incluso peinó su cabello.
—¿A dónde vamos? —Me había regalado un vestido nuevo, largo, azul, de seda, gasa, corsé y con un enterito de Alexander McQueen. Cabía mi estómago perfectamente y sabía que tuvo la ayuda de Angela con esto, pero era hermoso y algo lujoso para una noche normal.
—La respuesta correcta es "gracias, cariño, y tú también luces hipnotizante". —Hizo un puchero, intentando arreglar su pajarita.
Poniéndome de pie, tomé su corbatín.
—A excepción de tu cabello, luces hipnotizante… ahora, ¿a dónde mierda vamos?
—Tampoco tienes idea de cómo hacer esto, ¿no? —Sonrió, mirando hacia mi intento fallido de hacer un moño.
—Ni un poco. —Reí, soltándolo—. Pero ¿acaso no es lo que hacen las buenas esposas? ¿Arreglar las corbatas de sus maridos?
—¿Lo es? Creo que el hecho que no puedas atar una pajarita es encantador. —Besó mi frente antes de mirar a mi espejo.
Cruzándome de brazos, simplemente lo miré por un momento.
—Te la estás jugando en grande aquí, esposo, y no me has dicho a dónde vamos todavía.
Suspiró.
—Vamos a una cita.
—Edward, te he dicho que…
—No te gustan las citas. Lo sé, pero yo sí. Y como el matrimonio se trata de llegar a un acuerdo, voy a ignorarte.
—Lo siento, imbécil, pero ¿cómo esto es un acuerdo? —No iba a ser sobrepasada por él solo horas después de lo que su madre hizo. Todavía seguía algo furiosa por haber tenido un baby shower con mujeres que no conocía y que ni me agradaban.
Poniendo los ojos en blanco, sacó dos entradas de su chaqueta y me los dio.
—Bianca e Falliero. —Mis ojos acariciaron cada palabra lentamente, como si no pudieran creer lo que estaban viendo, antes de levantarse para mirarlo.
¿Cómo lo supo?
Amaba esa ópera. Fue la primera que había visto con mi padre.
No estaba segura de qué más decir, pero…
—A ti no te gusta la ópera.
—No. —Se inclinó contra mi vestidor—. Es por eso que es un acuerdo. Esta noche, solo quiero verte disfrutar, no como la jefa, sino como tú misma.
—Son la misma, pero gracias —susurré. Él realmente no entendía lo mucho que esto significaba para mí. No estaba segura de qué pasaba conmigo, pero tuve que luchar contra las lágrimas que se asomaban—. ¡Mierda! ¡Malditas hormonas! —gruñí, intentando no arruinar mi maquillaje.
Posando una mano en mi cintura, me llevó hacia él y todo lo que pude oler fue miel y canela dulce a mi alrededor. No dijo nada, simplemente me abrazó y me aferré a él, absorbiendo su aroma. No era la primera vez en estos meses que lloraba por las cosas más pequeñas frente a él. Llorar no era algo que me gustaba hacer, me era extraño y lo prefería así. Él no me decía que estaba bien, y no le prestaba mucha atención. Simplemente me aferraba hasta que estuviera calmada y entonces nunca volvíamos a sacarlo a colación. Estaba agradecida de eso. Me hacía sentir más en control de mí misma, de mis alrededores, me hacía sentir segura… Él me hacía sentir segura, cuando jamás creí que lo necesitaba.
—¿Edward?
—¿Sí?
—Tenemos que irnos, o llegaremos tarde.
Riéndose, me soltó, pero antes de apartarme de él, pasé mis manos por su cabello varias veces. No esperaba que gimiera, pero lo hizo y se inclinó hacia mis manos, como si estuviera acariciando a un león.
—Jamás peines tu cabello, me encanta como es —le susurré, apartándome un poco y haciendo que se lamiera la comisura de sus labios mientras me miraba. Sus ojos ardían con deseo y lujuria—. Te amo como eres.
Su pecho se infló rápidamente antes de relajarse, como si hubiera estado conteniendo el aliento sin haberse dado cuenta. Tomando mi mejilla en su mano, pasó su pulgar sobre mis labios, seguramente quitando labial corrido, pero no me importaba. Podía ver el gran autocontrol que estaba ejerciendo, pero también podía ver su verga palpitando contra sus pantalones, luchando contra su bragueta, queriendo ser libre y estar dentro de mí. Su pulgar acarició mis labios antes de moverse hacia mi mejilla.
—Deberíamos irnos, vamos a llegar tarde —susurró, apartándose de mi vestidor y observando sus dedos sobre mi piel. Parecía maravillado ante el camino que realizaban desde mi rostro hasta mis pechos.
—Eso depende de lo rápido que seamos —susurré en respuesta, tomando su mano y besando su palma antes de girarme.
—Diablos, Bella —gimió, levantando mi cabello con una mano y agarrando mi pecho con la otra. Besando mi cuello, le dio un apretón a mi pecho, acariciándolo casi con reverencia.
—Mmm… —Fue el único sonido que pude hacer ya que su mano dejó mi pecho y se movió hacia mis muslos, levantando suavemente mi vestido.
—Dios, te amo —susurró, mordiéndome la oreja.
Llevando una mano detrás de mí, tironeé de sus pantalones.
—Edward, te necesito ahora.
—Con placer —jadeó, apartando mis manos y rápidamente desabrochándose sus pantalones. Aferrándome al borde de mi tocador, él no perdió el tiempo; me tomó por las caderas, levantó mi vestido y se frotó contra mi culo antes de enterrarse suavemente dentro de mí.
—¡Ah! —gemí, dejando que mi boca se abra. El espejo frente a nosotros añadía emoción, poniéndome más húmeda mientras lo veía dominarme. Él también observaba con una sonrisa diabólica mientras embestía cada vez más profundo, con una mano en mi cadera y la otra en mi cabello. Podía sentirlo palpitar dentro de mí, llenándome… era jodidamente hermoso y quería más. Inclinándose, besó mi espalda, succionando con fuerza mi piel.
—Mierda —gimió, soltando mi cabello y mi cadera, ahora aferrándose al vestidor. Me cogió con tanta fuerza que todo, incluso ese estúpido oso, cayó al suelo.
—Edward… —gemí—. Estoy… ah, mierda.
—Córrete conmigo, amor —susurró, tomando velocidad. Ni siquiera podía ver bien, mucho menos hablar coherentemente.
—¡Mierda, Edward! —Con ojos entrecerrados, lo miré mientras se corría, sus ojos rodaron tanto hacia atrás y sus labios se abrieron para soltar un suspiro placentero, antes de que sus músculos se relajaran.
—Sexo increíble estando embarazada, chequeado —jadeé, completamente cogida y feliz.
—Esto es solo sexo antes de la ópera, no puedo esperar al después. —Sonrió, saliendo de mí lentamente.
EDWARD
Dios, ella sabía cómo volver loco a un hombre. Mi plan era simple: llevarla a la ópera, aceptar mi trofeo de esposo del año, pasar la noche en los brazos del otro e intentar ignorar toda la mierda que había pasado en el baby shower. Pero al momento que ella dijo "te amo", no pude controlarme. La deseaba y, Dios, iba a tenerla de cualquier forma que pudiera. Nuestra vida sexual había quedado en suspenso en las últimas semanas, pero en un momento, una embestida, volvió a la vida con ganas y me preguntaba por qué habíamos bajado el ritmo en primer lugar.
Le llevó una hora esconder el hecho que habíamos acabado de coger como perros salvajes antes de poder salir hacia la ópera. Aquellos que fueron lo suficientemente afortunados de conseguir entradas tendrían que esperar hasta que lleguemos allí… después de todo, yo estaba financiando esta producción. Durante todo el camino hacia aquí, sus manos estuvieron enlazadas con las mía. Pero, ni me miró a los ojos y sabía que estaba procesando todo. Siempre estaba procesando, a veces pensando de más. Ella estaba acostumbrada a no tener emociones, a ser fría, y aun así sus muros estaban cayendo. Podía verlo y, si yo podía, entonces ella también. Ella estaba intentando encontrar un balance entre quien había sido obligada a ser y quien era realmente.
Ella fue obligada a ser… una sádica despiadada. Pero la mujer que se encontraba frente a mí, inclinándose contra la baranda como una niña en una tienda de caramelos, observando a los cantantes de ópera cantando con toda su alma abajo, era mi verdadera esposa. Debajo del hielo, debajo del sexo, las peleas y las balas, había una mujer que tenía muchas pasiones. Ella lucía totalmente maravillada por los cantantes en el escenario; sonreía sin dificultad, incluso en la oscuridad de nuestro palco podía ver que estaba completamente relajada.
Ella los observaba, yo la observaba a ella.
—Amor.
—Shh —me siseó, sin molestarse en levantar la vista—. Contarino está ofreciendo a su hija Bianca para que se case con Capellio, el cual es un enemigo de la familia, con esperanza de terminar la guerra entre las familias.
—Suenan como nosotros.
Eso llamó su atención. Levantó la mirada hacia mí, arqueando su delicada y castaña ceja.
—No exactamente, escúchala. —Tomó mi mano, inclinándose contra el diván rojo en el cual estábamos sentados.
Respirando profundamente, escuché el lamento en su voz mientras lloraba ante su destino. Parecía como si estuviera rogándole a la audiencia que la ayudara. Sin embargo, mi italiano no era tan fluido como para entender todas las palabras que estaba diciendo.
—¿Por qué está tan triste? —susurré.
—Está enamorada de Falliero, un héroe militar. Su canción se llama Della Rosa Il Bel Vermiglio —respondió.
No estaba seguro de por qué le gustaba esto tanto. Una parte de mí se preguntaba si ella había amado a alguien así y si estaba infeliz de haberse casado conmigo.
—Edward, mi mano.
No me había dado cuenta que se la estaba apretando.
—Mierda, perdón. ¿Estás bien?
—¿Crees que me gusta esto porque puedo identificarme con ella? —Sacudió su cabeza. Era raro que ahora pudiera leer mi mente.
—No —mentí.
Gracias a Dios, teníamos un palco privado.
Si no, hubiéramos sido capaz de ver todas las miradas envenenadas que eran dirigidas hacia nosotros.
—Esta es una de las primeras obras a las que me llevó mi padre. La odiaba hasta que me dijo que esta era la historia de Renée y él. Me dijo que él era Falliero, me contó todo lo que tuvo que hacer para detener a mi madre de casarse con el hombre equivocado. Desde ese entonces, cada vez que iba a verla, los imaginaba a ellos actuando sus vidas.
—¿Quieres irte?
No respondió, sus ojos marrones se ensancharon mientras veía a los cantantes en el escenario.
—¿Bella? Amor, ¿qué pasa?
Sacudió su cabeza y señaló hacia la cortina roja a un lado del escenario. Se hizo hacia adelante en su asiento para observar bien. Miré hacia dónde ella lo hacía, viendo a la pequeña actriz italiana bailar alrededor de dos hombres que la deseaban. Sin embargo, nadie estaba allí. Me volví hacia Bella, ella se echó hacia atrás con ojos vacíos y completamente llorosos.
—Bell…
—Pensé que la vi a Renée de pie en una esquina. Estaba vestida de blanco y luego desapareció. Pasó tan rápido.
Volví a mirar, y de nuevo no vi nada. Afortunadamente para nosotros, la luces lentamente se encendieron mientras llegábamos al interludio y las cortinas se cerraban.
—Nos vamos. —Me puse de pie, sacando mi teléfono. Ella estaba aquí, la encontraría, pero no podía hacer eso con ella tan cerca del peligro y no mientras se encontraba vulnerable.
Ella, sin embargo, puso sus hermosos ojos marrones en blanco para mí.
—Edward, ni siquiera estoy segura de que la vi.
—¿Cuándo has dudado de tus instintos? Si la viste, ella está aquí. Confío en ti.
—O puede ser mi cerebro de embarazada. Juro que mis instintos han estado totalmente…
Su teléfono comenzó a vibrar tan fuere en su bolso que interrumpió su frase. Nos miramos por un momento antes que ella lo sacara y, obviamente, era de un número privado. Estiré una mano para tomarlo, pero ella la empujó, respondiendo ella misma.
—Madre querida, ¿eras tú detrás de las cortinas?
—Has vuelto mi trabajo mucho más difícil, Isabella. No vas a estar a salvo en ningún lugar. —La voz falsamente dulce salió del teléfono.
—Tú lo sabrías, ya que aparentemente me sigues a todos lados.
—Basta de estos juegos, Renée, muestra tu rostro así puedo reventarla —siseé al teléfono. Quería mucho más que dejarla inidentificable, pero, desafortunadamente, ella seguía siendo la madre de mi esposa.
—Correte lungo piccolo bastardino irlandese. Le donne stanno parlando. —Y con eso, cortó.
Apártate, chucho irlandés. Las mujeres estamos hablando.
El hecho de que supe lo que dijo probaba que mi italiano estaba aumentando, así como mi temperamento.
La mandíbula de Bella estaba tensa mientras las luces se atenuaban y las voces en el teatro se convertían en susurros, para después desaparecer. Escaneando los asientos de abajo y el escenario, la busqué, el fantasma de una madre que venía con el único propósito de hacer de nuestras vidas un infierno.
—Maldita sea ella por arruinar esto —susurró Bella, levantándose de su asiento y tomando su abrigo. Le abrí la puerta para encontrar a Ben y Seth, vestidos como si fueran parte del servicio secreto, esperándonos.
—Señora, señor, ¿está todo bien? —preguntaron, enseguida buscando sus abrigos.
—Busquen el coche, nos vamos. Estén atentos, Renée está por aquí cerca —ordenó Bella antes que yo pudiera decir una palabra. Incluso embarazada, seguía demandando respeto e irradiaba autoridad.
Sacando sus armas, caminamos tan rápido como el vientre de Bella nos permitía por los pasillos y hacia la escalera principal que se encontraba en la entrada. Seth caminaba a dos pasos detrás nuestro, Ben a la derecha de Bella y yo frente a ella. Ni bien salimos del teatro, el viento nos sopló mientras entrabamos a la noche fría de Chicago. Jacob estacionó tan rápido que las ruedas chillaron sobre el pavimento.
Antes que él pudiera abrir la puerta, un disparo, un simple disparo avanzó rápidamente a mi lado y la sangre cálida saltó a mi rostro. En ese momento, mi corazón se detuvo, me giré y vislumbré sus ojos marrones, completamente ensanchados mientras caía. El tiempo parecía detenerse, las gotas de sangre colgaban en el aire y por lo que parecieron horas, no pude escuchar nada, ni siquiera podía recordar cómo respirar. Había sangre a todo alrededor de ella, demasiada sangre, como vino tinto derramándose sobre una alfombra blanca, manchándola para siempre.
No es de ella. ¡No es de ella!
Mi cerebro me gritaba, obligándome a moverme otra vez y a dejar de mirar la sangre. Parpadeando por lo que parecía ser mucho tiempo, Seth y Jacob protegían a Bella mientras ella se sentaba sobre sus rodillas, la sangre corría por su vestido y sus manos. La bala le había errado, se había tambaleado por el peso del cuerpo de Ben mientras caía.
Jacob gritó, echando un vistazo hacia atrás mientras las sirenas se acercaban a nosotros.
—La policía está en camino, señor, tenemos que irnos.
—¡No lo vamos a dejar en la maldita calle! —siseó Bella, observando el agujero que ahora había entre los ojos de Ben.
—Bella, no…
—¡Dije que NO! Y esa fue una puta orden —espetó—. ¡No vamos a huir, no lo vamos a dejar y vamos a hacer que esa perra pague!
Me arrodillé a su lado, sin importarme que el líquido que estaba debajo de mí fuera sangre. Parecía salir de él como si fuera un río sin fin. Ninguno de los dos habló; yo simplemente porque estaba agradecido que no haya sido ella. En ese momento, mientras la vi caer, cuando pensé que había sido disparada, fue el peor momento de mi vida.
—¿Estás bien? —susurré y ella me fulminó con la mirada como si le hubiera hecho la pregunta más estúpida. Sin embargo, miré hacia su estómago, que estaba lleno de sangre. No era de ella, pero aun así había caído.
—Está bien. Seth me atrapó antes de que pudiera caer —fue todo lo que dijo antes de apartar su vista de la mía y volvió su vista hacia el hombre que yo a penas conocía, pero que le debía todo.
—La policía está aquí —dijo Seth, guardando su arma y finalmente mirándonos. En sus ojos había una tormenta formándose con más fuerza que la Madre Naturaleza podía crear—. ¿Qué quiere que hagamos? —preguntó él, mirándome.
Miré por encima de mi hombro hacia los cuatro coches, cada uno con luces rojas y azules. Los ocupantes saltaron fuera de sus vehículos sin siquiera esperar a que se detuvieran por completo. Sabía que esto era solo el principio, la primera oportunidad para que estos servidores puedan ganar reconocimiento al trabajar con los Cullen, ya sea para ganancia personal o para la gloria policial. Solo Dios sabe.
—Denle una declaración. Luego vayan a beber, va por mi cuenta. Lloramos por nuestra pérdida y entonces encontramos a esta perra y la quemamos viva.
Fue todo lo que dije antes de que los gritos comenzaran como si vinieran a salvarnos.
—¡Señor, señora, vengan con nosotros! ¡Estamos controlando la zona! ¿Están heridos? ¿Necesitan atención médica?
Yo solo quería una cita, no que las malditas puertas del infierno se abrieran.
¡Adiós, Ben, siempre te recordaremos! *el que ve los vídeos de Te Lo Resumo Así Nomás, entiende jajaja*
Entramos en recta final, solo nos quedan diez capítulos más. Todavía estoy decidiendo si sigo la tercera parte. En otras noticias, comencé una nueva traducción llamada Little Dreamer, muchas ya lo vieron en mi grupo. Es muy linda, completamente diferente a esta historia. Espero que pasen por ahí.
Saludos y gracias por leer :)
