Capítulo Veinte

Era la cuarta vez que fallaba el saque. Su frustración no podía ser tan evidente, aunque tampoco estaba tan concentrado como para atribuirlo a su torpeza. Una parte tenía que ver con su mal genio y la otra a la molesta voz de Rutherford, tratando de acallar el llanto de la pequeña Alumi.

¿Quién en su sano juicio llevaba a una niña de apenas semanas de nacida a un partido de squash?

—Con esto creo que he ganado tres veces consecutivas—dijo con agrado Silver.

Él bufó, quitándose la playera blanca para secarse el sudor.

—Si no te conociera mejor, diría que eres un fraude—comentó el castaño.

—¿Fraude? ¿Acaso se puede hacer fraude en un deporte de raqueta? —respondió divertido—Mejor di, que ya vas en declive. Pronto cumplirás 31.

No quería ni recordarlo.

Silver palmeó su espalda, ofreciéndole a invitarlo a cenar. Aunque para ser francos, seguía teniendo algo de aversión a convivir con su nuevo estilo de vida. No es que Rutherford le pareciera irritante, pero Alumi lloraba demasiado. Y todo lo agradable de su esposa, se evaporaba casi al instante. Ya no había las mismas cenas deliciosas caseras. La casa era un desastre.

—Ten, sostenla—dijo ella, entregándole a la bebé.

Hacer maniobras para acomodarla en sus brazos se volvió algo habitual las cinco veces que se habían visto después del parto. Encima de botarle a su hija, ahora compartía con su esposo un amoroso beso. Alumi había parado de llorar, solo para tirarle del cabello.

—Padre, excelente esposo. Todo un ganador—dijo acariciando su mejilla—¿No es acaso el espécimen masculino más perfecto del mundo?

Roló los ojos, sin poder evitarlo, por su evidente referencia. Ella seguía molesta. Pero él seguía aún más molesto con Silver por haberle comentado su incidente con Anna, el aborto, la declaración amorosa, su no respuesta al asunto.

—Eres perfecto, Silver.

—Sí, sí, sí—dijo acercándose a ellos—Toma a tu hija, voy a bañarme.

—¡Oh, vamos! Si te queda tan bien la faceta de padre.

Entonces desvió su atención a Silver, quien no dudó en tomar de inmediato a la niña de sus brazos ante su gesto iracundo.

—No, no, déjasela—intervino su esposa—Para que se vaya acostumbrando, así como tiene sexo, seguro le sale otro detalle por ahí de nueve meses—comentó de mal modo—¿O no es verdad, querido? ¿Que tu vida sexual no para?

Hao comenzó a reír, mordiendo su labio inferior.

—¿Acaso quieres que te haga un bebé para que lo compruebes?

Eso fue suficiente para hacerla sonrojar hasta la médula, lo cual era su objetivo. Silver lo conocía, así que prefirió enfocarse en su niña que lloraba en sus brazos.

—¿En qué momento te volviste un descarado? —replicó la mujer.

—Rutherford, siempre he sido un descarado. No sé por qué te extrañas—dijo guiñándole el ojo—Silver, la próxima vez, evita traer más distracciones.

Rutherford no dejó de quejarse, ni siquiera cuando lo vio desaparecer en los vestidores, no sin antes coquetearle a la chica del mostrador. Pero él parecía divertido cada vez que lograba explotarla hasta el límite.

—¡Cómo puedes no decirle nada!

—¿Y qué quiere que le diga? —preguntó el hombre, calmando a la bebé—Él es un adulto, sabe lo que hace con su vida.

—Es un idiota—conjuró, tomando a a la bebé de vuelta—Si cree que Anna lo va a esperar toda la vida está muy equivocado.

Silver dirigió su mirada hacia el lugar donde Hao había entrado y sólo tenía certeza de dos cosas. Acorde a lo que le dijo ese día, que lo vio desesperado y casi pálido con la confesión de Anna. Sabía que sólo había un panorama claro para él en esas cuestiones.

—No creo que él quiera que lo espere—dijo con pesar—Y no va a cambiar de decisión, esa relación para él ya está muerta.

Lo probaba todos los días. En cada ocasión que salía de fiesta. Pasó muchas noches en vela haciendo toda clase de posiciones con muchas chicas. Las mujeres a las que tanto estaba acostumbrado, aquellas que como él, preferían ver el alba que dormir acurrucados. Ni siquiera se había ido de su oficina cuando volvió su actividad social.

Recordó que incluso dejó una revista en dónde catalogaban que el galán estaba de regreso. Lo dejó a propósito en el escritorio para que Anna lo viera y se desilusionara de él, que borrara de su mente todas esas fantasías amorosas. Más nunca fue necesario. Lo supo porque, ella no le volvió a dirigir una mirada de complicidad. Ni siquiera se tomaba la molestia de verlo a menos que eso fuera necesario.

Anna era demasiado profesional como para botarlo con todo el trabajo, sin tener un reemplazo en su lugar. Mas no protestó ni volvió a tocar temas de índole personal. Parecía como si siempre hubiesen operado en esa dinámica. Demasiado madura para él, con sus intentos de quebrarle el corazón, de que lo odiara. Pero nunca consiguió una vista de ella, más allá del monitor.

Casi tres meses después de la última vez que la vio. Todavía podía evocarla a la perfección. En especial cuando visitaba la cama de interesantes modelos rubias. Ahora parecía más su fetiche, algo que antes de ella, él ni siquiera consideraba. Esa noche después de perder, durmió con dos a la vez. ¿Si eso lo hacía feliz? No lo sabía, pero era la vida que prefería. Libre, sin ataduras, sin amores que lo comprometieran al dolor. Práctico, con sus emociones al día.

Observó los árboles desde su balcón, eran poco más de las seis de la mañana cuando comenzó a trabajar en el campo. Pronto maduraría la cosecha y tendría más trabajo del que ya se había encargado. Cogió el overol viejo de la silla, su uniforme en las últimas semanas. Tras su último trabajo con la cafetería en Harlow, pensó que lo mejor era laborar a tiempo completo con su padre.

Él también tenía almacenaje del cual nadie se ocupaba. Sin contar con todos los pendientes fueron dejando al venir con mayor afluencia al campo. Sí, otras veces les hubiese reñido por ser unos cínicos. Era la menor, pero eso no implicaba que fuera a cargar con todas las responsabilidades. En esta ocasión, necesitaba ocupar su cabeza en cualquier cosa que no fueran sus sentimientos destruidos.

No comprendía cómo podía seguir enfrascada en ese dolor a la menor provocación. No es como si nunca hubiese tenido fracasos. A parte de Lyserg contabilizaba dos más, aunque de menor intensidad. En esta ocasión, le costaba mucho darle vuelta a la página. Y eso que llevaba practicándolo desde antes de marcharse del despacho. Ya ni siquiera lo miraba más de lo necesario. Ahora quizá extrañaba hacerlo.

—Idiota…—se dijo, amarrando su cabello—Él ni siquiera te recuerda.

Cómo podría hacerlo, su hermana Suzzette le había enseñado una publicación en donde estaba muy acaramelado con un par de chicas.

Para su fortuna, nunca dijo que eran pareja. Sino más de uno la hubiera señalado de idiota, como ella misma se llamaba. Se limitó a decirles que eran grandes amigos, que su relación laboral había sido tan buena, que derivó en una relación más personal. Ethan y Justin lamentaron su falta, en especial porque tenía buena charla. Claro ellos no dirían lo mismo si supieran toda la calamidad previa.

Todos quedaron satisfechos con esa explicación, mas no su madre. Ella aun la veía con algo de tristeza. Cosa que odiaba. Pero hasta cierto punto lo encontraba lógico, ella conocía a la perfección sus momentos melancólicos, fue con la única con quien se mostró vulnerable por lo de Lyserg. Esta vez, se juró a sí que nadie vería su dolor, más allá de unos simples suspiros.

No esta vez, esta vez sería más fuerte. Resolvería todas sus carencias emocionales con el tiempo, pero mientras no lo perdería llorando en los rincones de la casa. Cuando volvió de su jornada en compañía de los perros, no se sorprendió de ver a su madre en la cocina horneando algunas galletas. Sus nietos llegarían a visitarla el fin de semana.

—¿Y papá?

—Hablando con Suzzette. Tu hermana está embarazada—comentó alegre—Me dijo que no lo comentara con nadie, dijo que en la comida del domingo nos los dirá.

El sorbo de jugo de naranja le supo amargo.

—¿Por qué esa cara? ¿No estás feliz? Te acabo de dar una exclusiva.

Sonrió un poco, quitando por un momento su mala experiencia, claro que lo estaba.

—Sólo pensaba en Maisie, es lindo que tenga con quien jugar.

—Lo sé—dijo su madre—Espero que algún día, tú también me des esa dicha de ser abuela.

Suspiró, terminando de verter el líquido del vaso en el fregadero.

—No creo llegar a esos extremos. Además, eso quita tiempo, encontrar una pareja y luego criar niños… no—negó lavando el vaso que había usado—No vale mucho la pena.

—¿Por qué? Antes pensabas lo contrario.

Claro que lo pensaba. Pero al ver y analizar las circunstancias, ya no sabía qué pensar. Su misma hermana se casó con su primer amor. Su madre, igual. En el caso de sus hermanos variaba, pero todos tenían buenos prospectos. Justin se había casado con una chica con la que salió ocho años. Ethan estaba por comprometerse tras tres años de relación. Ella estaba en cero. Si quería hacerlo en ese estilo, tardaría. Y vaya que tendría que hacerlo, porque no quería volverse a equivocar del mismo modo tres veces.

—¿Es por Hao?

—No lo tomes en cuenta, a veces digo tonterías—descartó de inmediato la rubia—Me da gusto tener un bebé nuevo en la familia. Apuesto que eso animará a Justin para encargar uno.

Su madre le sonrió y se acercó a ella.

—Anna, sabes que siempre contarás con nosotros para todo. No siempre necesitas ser esa chica fuerte e imparable—dijo tomando su mejilla—Mamá está aquí si la necesitas.

—Lo sé—dijo apartando su mirada—Mamá yo… yo…

—Está bien, Anna…—dijo abrazándola—Si no te sientes lista, está bien. Pero trabajando como loca no te hará bien.

Ambas rieron, mientras aquella sutil palmada la hizo respirar con mayor fluidez.

—¿Qué hay de mi chica inglesa que solía ir a comprar un helado? ¿O la chica con estilo? Últimamente sólo tienes tierra en la cara y hueles a vinagre de manzana.

—No suena como la londinense que se fue a buscar otro tipo de vida.

—Exacto—convino su madre—¿Por qué no te arreglas y vamos por un helado al parque?

—¿Y qué hay de Suzette? Seguro querrá que le prepares algo para comer. No puedes dejar a tus invitados solos.

Ella la miró pensativa, hasta que fue por las llaves del carro y se las entregó.

—Bueno, eso no impide que tú vayas por ese helado—dijo con una sutil sonrisa—Ahí conocí a tu padre, no sé, quizá encuentres un chico lindo.

—Claro….

—Vamos no seas tan escéptica. ¿Quién te metió esas ideas tan apáticas?

No pudo objetar nada. Se vistió con uno de sus vestidos negros y calzó unas zapatillas no tan altas. Lo único en lo que le daba razón es que necesitaba un tiempo de calidad para ella sola. A esas alturas ya ni siquiera se reconocía, ¿dónde estaban sus tiempos libres? Ahogados en la melancolía.

Eran casi las seis de la tarde cuando llegó al parque y compró un barquillo de vainilla. Pocas personas transitaban, algunos lo hacían solo para pasear a sus mascotas. Mas no vio nada diferente a lo que vio siempre que venía en compañía de su familia. Decidió dar una vuelta, al menos eso liberaría un poco su cuerpo de la tensión.

Observaba una familia jugar con un disco volador cuando tropezó con algo. Su instinto de inmediato hizo que pusiera en alerta sus reflejos. Sus manos tocaron el pavimento de piedra. Para su fortuna, los raspones eran leves. El helado, por el contrario, estaba derritiéndose en el asfalto. Un hombre le ofreció su mano para levantarse, la tomó, sacudiendo su vestido.

—¿Está bien?

—Sí, estoy bien—afirmó de inmediato.

Reconoció al padre que jugaba con su hijo al disco. Él le sonrió y regresó al césped, donde lo esperaba su familia. Lamentó su torpeza. Ahora también hacía el ridículo en público. Notó que era un pie con lo que había caído. Para ser más específicos, una persona escondida debajo de la banca: un vagabundo. También observó que estaba encogido en su sitio, tratando de cubrirse lo mejor posible en ovillo.

Además de su aspecto, olía bastante mal. Era mejor que se alejara, pero antes decidió recoger los fragmentos del cono que había dejado tirado. Estaba por recoger el último cuando sintió que el sujeto la cogía de la muñeca. Sintió un grave estremecimiento, incluso pensando que la atacaría, pero lejos de hacer eso, tomó con velocidad el pedazo de barquillo en el piso para llevárselo a su boca.

Fue un hecho que en sí la tomó por sorpresa. No pudo evitar verlo con mayor fijeza, todo su aspecto era un asco. Sus cabellos estaban incluso compactos, mas pudo reconocer en ellos el color. También en sus facciones, oscurecida por la mugre y el golpe en la mejilla izquierda. Era… increíble, de no ser porque muchas veces lo admiro mientras dormía, no lo creería.

—¿Hao?

Continuara


¡El capítulo 20! Aunque es el 19 si no contamos el prólogo. Me da tanto gusto llegar hasta este número y ver qué tanto ha progresado la historia. Me siento muy feliz por eso. Agradezco todos sus comentarios. Ay, sé que les fue difícil el anterior, es que de verdad no encuentro puntos tan sensibles en Hao como para que ceda tan rápido, considerando que solo conocío a Anna como medio año. Pues está dificl que cambie tan abrupto de opinión. Como siempre es un placer leerlos. Justos hacemos de esta cuarentena algo más tranquilo. Gracias por seguir leyendo. Y a ver que les parece este capitulo, sobre todo el final.