Les voy a contar algo divertido. Actualicé todos los capítulos hasta ahora para cambiar los guiones cortos a largos. Todo es tu culpa, Sabr1, me hiciste caer en su bella estética jajaja Les traigo un nuevo capítulo... todavía soy nueva con esto de los guiones así que disculpa sensei Sabr1 si aún no los manejo. Espero que disfruten, y eternos agradecimientos a todos ustedes por acompañarme en esta locura. Gracias por sus lindas palabras, espero contestar algunas dudas del capítulo anterior en este jajaja Linda semana a todos!


Capítulo 18

El frío en el departamento de Hao era terrible. Le parecía extraño, ya que podría jurar que estaban en medio del verano. Aun así, caminó hasta la estufa eléctrica, envuelto en una manta, y estiró sus manos para sentir un poco de calor.

Las paredes del lugar eran grises, al igual que el resto de los muebles. Definitivamente no lo había decorado él. Sin embargo, ahí vivía.

Sus gatos emergieron desde las sombras. En algún momento de su vida tuvo tres, pero aparecieron muchísimos más. Se acercaron a él, y ronroneaban alrededor de sus piernas, buscando afecto.

Hao arrastró una silla frente a la estufa, y dejó que la calidez lo envolviera.

Era lo único que lo reconfortaba en esa triste habitación. Y sus gatos, por supuesto. Pero, a pesar de esa compañía felina, se sentía solo.

Alguien comenzó a tocar la puerta, llamando su atención de inmediato.

—Visitas —pensó en voz alta—. Qué extraño.

Debería sentirse emocionado, pero en realidad se sentía insultado de que alguien interrumpiera así sus pensamientos deprimentes. Ese era un momento reservado para el auto desprecio, no para recibir gente en su departamento.

Se acercó a la puerta de mala gana, sujetando firmemente la manta contra su cuerpo.

El desconocido siguió tocando la puerta insistentemente, irritando de sobremanera a Hao. Él no alcanzó a maldecir al intruso porque la puerta se abrió de golpe, revelando a su hermano menor.

—¿Qué demonios? —preguntó el Asakura, viendo a su gemelo, varios años mayor que él, entrando a su departamento.

—¡Hola, hermanito! —dijo él, abrazándolo fuertemente. Hao se sacudió, intentando de que el imbécil lo dejara tranquilo—. Yo y los chicos te queríamos venir a visitar, ya sabes, para que no estés solo con tus gatos.

—¿"Los chicos"? —interrogó Hao, cruzando los brazos—. ¿A quién diablos trajiste aquí, Yoh?

Su hermano rio despreocupadamente, y avanzó al interior del departamento, seguido por un adolescente. Su piel era blanca, su cabello era rubio. Su mirada desinteresada era igual a la de su madre.

—Tío Hao, este lugar apesta a gato —dijo Hana, mirándolo con asco—. ¿Y qué es esto? —preguntó, tocando con repulsión la manta con la que se estaba cubriendo—. Pareces una anciana.

—¿Hana? —preguntó Hao, mirándolo con incredulidad. ¿En qué momento había crecido tanto?

—¿Quién más, tonto? —dijo él, dándole un golpe en el hombro—. Deberías darte un baño, tú también apestas a gato.

Hao trató de procesar lo que acababa de ocurrir. ¿Ese mocoso era su pequeño sobrino?

—¡Tío Hao!

El Asakura cayó al suelo. Encima suyo, dos niños pequeños con ojos marrones lo observaban divertidos.

—¿Y ustedes quién mierda son? —preguntó, más confundido que nunca.

Los niños lo miraron tristemente, y comenzaron a llorar, corriendo hasta las piernas de Yoh.

—Ay, Hao —le dijo él, acariciando la cabeza de los niños—. Sabes que a Anna no le gusta que digas esas palabras frente a los chicos.

—Es un caso perdido —contestó Anna, entrando por la puerta con una infanta en sus brazos—. No lo puedes culpar, nunca será un padre.

—Pero tiene a sus gatos —dijo Hana, con una sonrisa burlona.

Hao se mantenía en el piso, observando a la familia de su gemelo mirándolo con gracia.

—Ya chicos, tranquilos —decía Yoh, mientras trataba de consolar el llanto de los niños, que se hacía cada vez más fuerte—. Todo estará bien. Excepto para ti, Hao. Tú siempre estarás solo.

El mayor no podía creer lo que estaba ocurriendo. Anna y Hana sonreían divertidos, mirando al Asakura en el suelo. Hao intentó de levantarse, pero sus gatos se subieron sobre él, hasta asfixiarlo. Lo último que logró escuchar fue el llanto estruendoso de los niños pequeños.

Y cuando despertó, siguió escuchando ese mismo llanto.

Ya, Hana. Todo está bien.

Escuchó la voz de su hermano desde el pasillo. En la oscuridad, sujetó una almohada contra su rostro y ahogó un grito. Todas las noches con lo mismo.

Terminó de gritar y, enredado en sus sábanas, rodó sobre su cama hasta ver la mesa de noche en donde se encontraba su alarma. Eran las cuatro de la mañana.

Se levantó, y caminó con dificultad a través de su habitación. Abrió la puerta, y vio a Yoh y a su sobrino en medio de su paseo nocturno.

—No de nuevo…—dijo Hao, haciendo que su hermano volteara a verlo.

—No sé qué le pasa —admitió Yoh, meciendo al bebé contra su hombro—. Sus primeros días en casa dormía toda la noche.

—Busca el ticket de devolución —masculló el mayor, tallándose los ojos—. Salió defectuoso.

Su gemelo lo miró enfadado, pero continuó caminando a través del pasillo, tratando de calmar a su hijo. Hao suspiró y masajeó el puente de su nariz. Era su hermano el que se había convertido en padre, pero él también sufría las consecuencias.

—¿Qué quieres, Hana? —escuchó a Yoh hablándole al bebé, como si fuese a responderle.

Hao recordó su sueño. Qué sueño, había sido una pesadilla. No sabía qué prefería, que su sobrino creciera para dejar de ser un dolor de cabeza, o que se convirtiera en adolescente y continuara siendo un dolor de cabeza. Puso los ojos en blanco, no había escapatoria.

Anna salió de su habitación, cubriendo su boca mientras bostezaba.

—Mi hijo no salió defectuoso —le dijo a Hao, mirándolo con desprecio.

—¿Cómo rayos escuchaste eso? —preguntó él, alzando una ceja.

—Mis sentidos se agudizaron al convertirme en mamá —contestó con ironía, golpeándole la nuca a su cuñado—. Imbécil.

Hao evitó responderle, y la observó en silencio caminando hasta su gemelo, mientras se sobaba donde lo había golpeado.

—¿Aún nada? —le preguntó la rubia a Yoh, parándose sobre la punta de sus pies para apoyar su mentón sobre el hombro de su novio.

—No quiere nada conmigo —respondió el castaño, mirándola cada vez más desesperado.

—Déjame intentarlo de nuevo —susurró ella, extendiendo los brazos para que le entregara al bebé.

Anna recibió al pequeño y lo acunó en sus brazos, tarareando una canción de cuna mientras paseaba por el pasillo. Milagrosamente, el llanto de Hana cesó gradualmente. Yoh la miró con la boca abierta.

—Supongo que quería una canción —dijo él, encogiendo los hombros rendido.

—Claro —Hao miró a Anna alejándose con su sobrino— Me despiertan, pero nadie me canta.

Ella lo observó sobre su hombro, sin dejar de tararear. Su voz era dulce, pero su mirada lo mataba. Entró a su habitación con el bebé, y cerró la puerta detrás de ella.

Yoh suspiró cansado, y talló sus ojos aguantando un bostezo.

—¿Por qué siguen durmiendo con Hana? —preguntó Hao, apoyándose contra la pared. —El mismo día en que nació estuve toda la noche corriendo para terminar su habitación. Él ya cumplió dos semanas, es más que suficiente para que se independice.

Su hermano menor se rascó la cabeza, sonriendo ante la insistencia de su hermano sobre el tema.

—Ya te dijimos, no nos sentimos cómodos aún.

—¿Con eso te refieres a ti y a Anna o sólo estás siendo su portavoz?

—A ambos —contestó Yoh, caminando hasta estar frente a su gemelo—. Piensas que es exagerado. Yo también hubiese pensado que estoy siendo ridículo, pero supongo que no sabes cómo es hasta que tienes un hijo.

El agotamiento era evidente en su voz, pero también la felicidad.

—Lo entenderás cuando seas padre —agregó el menor, soltando una risa despreocupada.

Hao rememoró su pesadilla, y se le revolvió el estómago.

Tú siempre estarás solo.

Eran estupideces. Su subconsciente estaba jugando en su contra.

Sintió la mano de su gemelo sobre su hombro, sacándolo de sus pensamientos.

—Buenas noches, hermano. —se despidió, dirigiéndose a su habitación.

Hao lo observó yéndose, y bufó molesto. De seguro Yoh se quedaría dormido en pocos segundos, mientras él estaría luchando, tratando de quitarse esas horribles imágenes de familia feliz de su cabeza.

Al igual que Hao, Yoh volvió a su cama. Anna ya estaba recostada en ella, después de haber metido al bello durmiente en su cuna. Levantó las mantas desde el extremo de la cama, con cuidado de no destapar a su novia.

—¿No me vas a tararear nada? —preguntó él divertido, recostándose junto a la rubia. Él la rodeó con sus brazos, y ella instintivamente lo abrazó de vuelta.

—Si me dejas dormir, tal vez —susurró, sin voltear a verlo.

Lo escuchó reír silenciosamente, y luego sintió un beso en la mejilla.

—Buenas noches —le dijo, abrazándola con un poco más de firmeza.

Volvió a besarla en la mejilla. Y luego detrás de su oreja. Otro beso en el cuello, después en el hombro. Sintió que se acercaba más a ella, haciendo desaparecer cualquier distancia entre sus cuerpos.

—Yoh —susurró ella, sintiendo los labios de su novio alejarse de su piel.

—Sí, lo sé. —contestó, apoyando su mentón sobre su hombro descubierto—. Perdona, es sólo que…—

—Yo también quiero —contestó Anna, como si estuviese leyéndole la mente—, pero no me siento cómoda con Hana aquí. Además, el médico dijo que esperáramos cuarenta días después del parto.

—Lo sé —repitió Yoh, irritado.

—Y tendrás que esperar a que me acomode a este nuevo cuerpo —agregó ella, intentando que la vergüenza no se notara en su voz.

—No sé a qué te refieres —dijo el castaño, dándole otro beso en el cuello—. Adoro este cuerpo.

Ella puso los ojos en blanco, sin embargo, sonrió. Se había mirado al espejo varias veces, tratando de acostumbrarse a su nueva figura. Ya le habían dicho que tardaría varios meses en recuperarse totalmente tras haber tenido a su hijo, pero ella estaba ansiosa por volver a su antigua delgadez. Trataba de ignorar sus nuevas curvas, su abdomen irregular, las estrías y su nueva talla de sujetador. Sabía que era una idiotez preocuparse por eso, pero no podía evitarlo. Yoh le repetía todos los días que la adoraba, pero ella no podía adorarse a sí misma. No todavía.

—Lo adoras sólo porque tengo los senos más grandes —le contestó, dándole un codazo. Lo escuchó quejarse, pero luego rio.

—No lo negaré ni lo confirmaré —dijo Yoh, bostezando contra la espalda de la rubia—. Buenas noches, preciosa.

—Duérmete luego —le ordenó, cerrando los ojos con las mejillas rosadas. A veces le costaba creer que, a pesar de llevar tanto tiempo junto a él, siguiese teniendo ese efecto en ella.

A la mañana siguiente, Hao se sorprendió al ver a su hermano y a su cuñada desayunando en la cocina.

—Buenos días, Hao —saludó su hermano, señalándole una encimera —. Te dejamos un plato ahí, por si quieres comer con nosotros.

El mayor alzó una ceja —No puedo creer que al fin hayan decidido desayunar como la gente normal. Pensé que su plan era fusionarse con Hana para no perderlo de vista.

—Está allí —dijo Anna, apuntando con la mirada a un cochecito junto a la mesa—. No hagas mucho ruido, está durmiendo.

Hao puso los ojos en blanco. Lo único que hacía su sobrino era comer, dormir y ensuciar los pañales. Se acercó al coche para echarle un vistazo a la pequeña bestia. Sus ojos estaban cerrados, y sus mejillas redondas rosadas. Vestía con un simpático trajecito celeste, que él había elegido para su sobrino.

—Al fin le pusieron algo con estilo —murmuró, dando media vuelta para recoger su plato de comida de la encimera.

No quería admitirlo, pero sentía una calidez en su pecho al ver esa pequeña bolita durmiendo plácidamente. ¿Sería ternura? Sintió náuseas, él no era así.

—Necesitamos que hagas unas compras por nosotros —le habló la rubia, entregándole una lista que estaba doblada sobre la mesa de comida.

—Recién llegué y ya me estás dando órdenes —bufó, recogiendo el papel de mala gana.

—Iría yo —dijo Yoh—, pero sabes que tengo que ayudar a Anna. Aun no puede hacer mucha fuerza.

—Esa es una excusa para que se queden aquí descansando. Yo no soy el criado de nadie —replicó el mayor de los gemelos, comiendo molesto su comida.

—Tú dijiste que nos podías ayudar —recordó su hermano, observándolo divertido.

Hao lo miró con seriedad, y bebió un sorbo de jugo. Inhaló y exhaló, tratando de mantenerse sereno. Yoh siempre había sido un asco en las mañanas, y Anna era mucho peor. El mayor de los Asakura solía tener un buen despertar, pero era difícil mantener esa buena actitud cuando había pasado tantas noches de sueño mediocre.

—No dormí bien —le explicó a su hermano, con un implícito "Lo siento" al comienzo de su oración.

—Ninguno de nosotros duerme bien —contestó la rubia, bebiendo un poco de té—. Eso no significa que tengas que ser un idiota al respecto.

—Ahorraré mis comentarios, porque nadie te puede ganar —dijo Hao, dándole una media sonrisa.

Yoh rio, mirando a su hermano con gracia —Esa es una de las muchas lecciones que aun no aprendo.

Anna negó con la cabeza en silencio, ignorando los comentarios de los gemelos. Pero estaba de acuerdo, nadie podía ganarle.


El verano en Tokio no era misericordioso. El calor era insoportable, haciendo a Hao sudar como si hubiese hecho tres horas de ejercicio seguidas. Había tenido que sujetar su cabello en una coleta, ya que era bastante incómoda la sensación de su pelo contra su cuello.

En otros tiempos hubiese amado sus vacaciones, pero ese año le había tocado quedarse en casa, con la nueva familia de su gemelo.

Caminó hacia el supermercado, hastiado del sol. Maldijo el día en que le prometió a Yoh que estaría con él. Hao debería estar en alguna piscina, bañándose con una linda chica. No asándose.

Observó en la entrada del supermercado a Matty, que lo miraba con una sonrisa maliciosa.

—Te ves tan patético —le dijo, riéndose en su cara—. No pensé que ser tío te caería tan mal.

—Cierra la boca —le ordenó, mientras ambos caminaban juntos hacia el interior del establecimiento.

Había aprovechado de avisarle a su amiga que iría a hacer las compras para verla un rato. Apenas había tenido vida social las últimas semanas, así que sus adrenalínicos panoramas consistían en hacer mandados, y otras cosas igual de aburridas.

—¿Qué tal tu sobrino? —preguntó ella, con esa sonrisa demente que la caracterizaba.

—Duerme de día y despierta de noche—contestó él, cogiendo una cesta para echar los víveres que Anna le había encargado—. Es casi como un vampiro.

—Se nota que es familiar tuyo —contestó Matty, mirando las estanterías del supermercado con fascinación—. Que bien que vinimos hoy, hay muchas cosas en oferta.

—Espléndido —dijo el Asakura, poniendo los ojos en blanco—. Mira en lo que me he convertido, Matty. La criada de mi hermano.

—Créeme, no eres el que tiene el peor verano del mundo. Yo tengo que ir a clases para aprobar Historia.

—Eso es tu culpa, te dije que estudiáramos juntos todo el año. —Hao la miró alzando una ceja, y luego desvió sus ojos a la lista de compras—. Debe estar bromeando si piensa que compraré todas estas porquerías.

—Déjame ver —pidió la pelirroja, asomándose para leer la lista. Comenzó a reír, divertida—. ¿Por qué tantos dulces? Faltan como dos meses para Halloween.

—Son para Anna —contestó él, negando con la cabeza— El médico le dijo que dejara de comer tanto azúcar, pero no le hace caso.

—Tan preocupado por su cuñadita —se burló ella, siguiéndolo por el pasillo mientras él echaba cosas más saludables al cesto de compras— Dime, ¿es verdad eso que dicen? ¿Qué los pechos te crecen tres tallas cuando amamantas?

—¿Por qué me andaría fijando en eso? —preguntó Hao, ofendido.

—¿Quién no se fijaría en eso? —dijo Matty, sonriendo aún más cuando notó la incomodidad de su amigo—. ¿Qué pasa, Hao? ¿De pronto te pone nervioso hablar de senos?

—Es la novia de mi hermano —comentó, lanzando un paquete de arroz en el cesto con furia. Siguió caminando, hasta que notó que la pelirroja se había detenido, observándolo con incredulidad—. ¿Y ahora qué?

—Te gusta Anna —dijo ella, con los ojos abiertos como platos. Hao tomó aire, listo para negarlo—. ¡Te gusta Anna!

—¡Ya cállate! —le ordenó, saltando sobre su amiga para cubrirle la boca.

—¡Estás todo rojo! —escuchó la voz de la chica, aun debajo de la palma de su mano—. Es la primera vez que actúas así con alguien.

Hao la soltó, y cruzó los brazos sobre su pecho. —El calor te pone estúpida, Mattilda.

—Siempre eres tan descarado, un sinvergüenza —dijo ella, poniendo sus manos sobre sus caderas—. Pero el sólo hecho de pensar en ella te altera.

Él negó con la cabeza, desviando la mirada. Vio que a su alrededor no había nadie conocido, y soltó un largo suspiro.

—No me gusta —aclaró, hablando con un tono de voz más bajo que de costumbre— La quiero, y creo que es atractiva.

—¿Pero no te gusta? —preguntó Matty, levantando una ceja.

—Por supuesto que no —dijo él, con total inseguridad. La chica tenía razón. Nunca se había sentido así con alguien. Pero prefería no pensar en ello—. Además, es la novia de mi hermano y la mamá de mi sobrino.

—No le des tantas vueltas al asunto —sugirió la muchacha, acariciando la espalda de su amigo, a pesar de sentir la humedad causada por el sudor sobre su ropa—. Es como lo que pasó cuando comenzaste a salir con Marion, pero al revés.

Ese era el gran consuelo de Hao. Recordó que, en un principio, Yoh se sentía atraído a Marion, obviamente por algo físico, ya que apenas hablaban. Nunca se atrevió a hacer nada al respecto, ya que era la amiga de Hao, y sabía que había algo entre ellos. Sin embargo, poco después de que Hao y Marion se convirtieron en una pareja, Yoh conoció a Anna, y todo cambió.

Hao estaba convencido de que lo suyo también sería algo pasajero. Había desarrollado otro tipo de sentimientos por Anna, pero lo atribuía a pasar tanto tiempo con ella. Siempre pensó que era hermosa, pero vivir con la rubia los había acerado mucho más. Suspiró, ya encontraría a otra chica y esa estúpida confusión adolescente desaparecería de su corazón.

—¿Yoh sabe que estás teniendo ese tipo de pensamientos hacia su novia? —preguntó Matty, notando que Hao estaba perdido en sus propios pensamientos.

Él la observó como si fuera obvio —Claro que lo sabe.

—¡¿Tuviste el coraje de decirle que te gustaba su novia?! —exclamó ella. Su amigo nunca dejaba de sorprenderla— Tienes pelotas.

—No le he dicho nada —dijo el Asakura, intentando de distraerse mirando el estante con víveres.

—Pero ¿cómo …?

—No es necesario que se lo diga —explicó él, rascándose detrás del cuello. —Sólo lo sabe y ya.

Recordó a su hermano, pidiéndole que dejara de coquetear con Anna. Recordó ese diálogo que nunca tuvieron flotando en el aire. Las palabras sobraban. Siempre había sido así entre ellos. Mentiría si dijera que no le asustaba, pero muchas veces se entendían como si fuesen la misma persona.

Hao podría apostar que Yoh no volvería a tocar el tema con él. No era necesario, él ya sabía lo que pasaba por su mente.

—Ustedes y su magia de gemelos —susurró Matty, ajena a esa relación tan estrecha—. Pero tampoco le has dicho lo que ocurrió con Marion esa vez, ¿acaso él…?

—Sabe que le oculto algo —interrumpió Hao, cogiendo unos paquetes de fideos, depositándolos en la cesta.

—¿Por qué no le has dicho?

—¿Con qué propósito? —preguntó él, esforzándose por ocultar el disgusto que le causaba recordar ese tema— Además, ya pasó hace mucho. Está superado.

—No te creo —contestó ella con simpleza, fijándose nuevamente en los alimentos expuestos.

—Allá tú —le contestó, arrugando la lista de compras en su mano, guardándola en el bolsillo de su pantalón.

—Perdóname, pero no creo que tus recurrentes pesadillas en donde te quedas solo y nunca tuviste una familia indiquen lo contrario.

—Son sólo pesadillas —aseguró. Sabía perfectamente que su subconsciente le gritaba que tenía asuntos sin resolver, pero era imposible darle un cierre a esa cuestión. Era posible que dejara todo eso atrás después de haber formado una familia por cuenta propia, pero faltaban muchos años para que ocurriera.

—Ok, hablemos de otra cosa —Matty notó el semblante serio en su acompañante, por lo cual prefirió no seguir presionándolo—. Lo último que diré al respecto, es que necesitas una novia.

Hao puso los ojos en blanco. Creía lo mismo, pero no tenía las energías para asumir esa responsabilidad. Disfrutaba de la compañía femenina, pero los noviazgos eran otra cosa.


Yoh se encontraba en la sala de estar, recostado sobre el sofá de tres cuerpos, con Hana sobre su pecho. Veía un programa de naturaleza en la televisión, con el volumen muy bajo.

La ballena azul, también conocida como rorcual azul, es una especie de cetáceo misticeto de la familia Balaenopteridae. Su tamaño medio es de…—

—¿Balano… qué? —se preguntó a sí mismo, confundido.

—…y pesan entre cien y ciento veinte toneladas, aunque hay registros de ejemplares…

Yoh miró sorprendido las imágenes en la pantalla.

—¿Escuchaste eso? —le dijo al bebé recostado sobre su cuerpo, mientras su padre lo sujetaba con ambas manos— ¡Cien toneladas! No te gustaría encontrarte con una de esas cuando estás nadando, ¿eh, Hana?

Hana hizo un ruido, similar a un balbuceo, a lo cual Yoh asintió —Sí, también me daría miedo.

El castaño continuó viendo la televisión. La voz del narrador era profunda, y muy relajante. Sus ojos se desviaron hasta su hijo, que se había quedado dormido sobre él. Yoh sonrió, y soltó un bostezo. Entre la respiración del bebé, y el sonido del programa, sus párpados comenzaron a sentirse pesados. Había sido una semana muy dura, pero valía la pena. Notó que su propia respiración se hacía cada vez más profunda, y el rostro de su hijo se hacía cada vez más borroso. Cerraría los ojos, sólo un par de segundos.

—Yoh —dijo Anna, haciendo que abriera los ojos de golpe.

—¡Estoy despierto! —contestó él, sujetando con firmeza al bebé que aún dormía en sus brazos.

Anna suspiró. —Ve a descansar un rato, yo me quedo con él.

—No, no, tranquila. —dijo Yoh, aguantando un nuevo bostezo—. Me estoy quedando con él para que tú descanses.

—No puedo —admitió ella, cruzando los brazos—. Intenté dormir, pero se me hizo imposible.

Anna se había acostado en su cama, pero no logró conciliar el sueño. Trató de dormir por unos minutos, pero pensaba en todo momento en su bebé. Nunca creyó que iba a causarle tanta ansiedad estar lejos de él.

Yoh la miró con culpa —Creo que llegaste en buen momento…

Anna negó con la cabeza —Ve arriba. Sé que extrañas tomar siestas, y al parecer ya no volveré a dormir tranquila jamás.

—Si tú no duermes, yo tampoco.

—Si ninguno duerme, Hana tendrá a dos padres muy agotados.

La rubia se inclinó sobre Yoh, y le dio un beso en la frente. —Ve a tomar tu siesta, Asakura.

—¿Segura?

Ella asintió. Yoh se sentó sobre el sofá, aun abrazando al pequeño. Anna se sentó junto a él, y recibió al bebé en sus brazos. El castaño se levantó, y volvió a mirar con remordimiento a su novia. La rubia suspiró —Siesta, ahora. Es una orden.

Yoh rio y se dirigió a su habitación, bostezando libremente hasta lanzarse sobre su cama.

Anna miró a su hijo y agradeció que estuviese durmiendo tranquilamente. A veces lo observaba y podría jurar que tenía el ceño fruncido. Se mordió el labio, sabía que ella era difícil, y rogaba porque su hijo tuviera un carácter más dócil que el de ella. Aunque aún era muy luego para saberlo, él tenía pocos días de vida.

Sintió la puerta de la entrada abriéndose, y agradeció que Hao hubiese perdido la costumbre de anunciarle a medio mundo que había llegado a casa. Con esa gracia ya había despertado innumerables veces a su hijo, que se sobresaltaba y lloraba asustado. Esperó un poco, esperando su ensordecedor portazo. Pero nada. Suspiró aliviada, y sintió la tensión en sus hombros desaparecer.

Observó a Hao asomarse, deteniéndose en su lugar al instante de verla. Supuso que era porque notó que estaba con Hana, y también entendió el mensaje que sus ojos serios le enviaban. Continuó caminando, con la bolsa de compras en mano y se dirigió a la cocina.

Reapareció, y caminó hasta sentarse junto a ella. Sonrió en silencio al ver a su sobrino descansando.

—Es tan lindo cuando no está llorando —susurró, mirándola divertido.

—Mi hijo siempre es lindo —aclaró ella, imitando su tono de voz—. ¿Trajiste todo lo que te pedí?

—Todo menos tus dulces —confesó, contemplando a Anna inhalando lentamente, a punto de gritarle algo—. Shh, Hana está dormido —le dijo, poniendo un índice sobre los labios de la rubia.

—Bien jugado —susurró ella, soltando un suspiro derrotado.

—¿E Yoh? —preguntó Hao, cuidando el volumen de su voz.

—Lo mandé a dormir —contestó con una pequeña sonrisa.

El castaño rio silenciosamente. Cuando Hana dormía, todo era paz en la casa. Sobre todo, porque Anna ya no podía estar gritando por ahí. Lo único que oía era el sonido de la televisión, apenas audible. Se fijó en su sobrino. Fue inevitable recordar al mocoso irreverente con el que había soñado. Y la soledad que había sentido.

—¿Quieres cargarlo? —preguntó Anna, sacándolo de su abstracción—. Pero tienes que hacerlo con cuidado.

—Claro que puedo cargarlo, no soy un idiota.

La rubia puso los ojos en blanco. Tomó al bebé y lo puso en los brazos de Hao, que para variar se ponía tenso.

—Relájate —le dijo, observándolo contraer los hombros.

—Estoy relajado —mintió él, tratando de lucir calmado sin éxito.

—Tienes que acostumbrarte, eres su tío —explicó ella, tomando una de las manos de Hao para reacomodarla detrás del cuello del bebé—. Debes tener cuidado, él no apoya la cabeza todavía.

Hao no contestó nada. Estaba distraído sintiendo la mano de Anna sobre la suya. Maldijo internamente, eso no podía estarle pasando. La escuchó soltar una breve risa, y vio que lo observaba con gracia.

—En serio, creo que nunca te había visto tan tenso.

—¿Qué dices? —preguntó él, dando una media sonrisa—. No estoy tenso.

—Si quieres lo sigo cargando yo.

—No, yo puedo —afirmó, moviendo ligeramente los hombros para aflojar sus músculos—. Además, tengo que practicar para cuando tenga mi propia familia.

—No seas tonto… —Hao observó a Anna, sus ojos miel fijándose en él.

Tú siempre estarás solo

—…Ya tienes una familia.

Sintió una calidez en su pecho, y logró relajar su cuerpo por fin. Quería reírse sonoramente. Quería burlarse. Quería responderle con algún sarcasmo.

Pero una sonrisa honesta se formó en su rostro.

Anna también sonrió. Era extraño ver esa expresión en él, sus ojos grandes y brillantes, tan similar a Yoh. Sin embargo, no comprendía esa reacción. Le había dicho algo obvio.

—Entrégame a Hana antes de que te pongas a llorar —se burló ella, extendiendo los brazos al muchacho.

Y la típica sonrisa de Hao volvió.

—¿Llorar? No te daría ese gusto, Kyoyama —dijo él, levantándose del sofá con su sobrino acunado sobre su pecho.

—Ya te he visto llorar, Asakura —contestó Anna, levantándose junto a él, estirando nuevamente sus brazos —¿Acaso olvidaste cuando vimos esa película?

—Te dije que se me metió algo en el ojo —le entregó el bebé con cuidado, notando que se movía en su ensoñación.

—Baja el volumen —dijo Anna, poniendo a Hana contra su pecho. —Iré a dejarlo a su cuna. ¿Puedes preparar algo para comer?

—¿Puedo? Sí. ¿Quiero? Mmm…

La rubia puso los ojos en blanco —Eres imposible.

Hao contempló a su cuñada dejando el lugar. Suspiró y caminó hasta la cocina, pensando en qué cocinar. Iba sonriendo como un estúpido, pero nadie lo estaba mirando, así que no le importaba. Anna tenía razón, él ya tenía una familia. Tenía que dejar de lamentarse por algo que nunca tuvo y agradecer por su presente que, a pesar de las dificultades, era bastante decente.

Escuchó el sonido del teléfono de la casa, deteniéndose en su lugar. Caminó hacia el aparato, pero dejó de sonar. Supuso que Yoh o Anna habían contestado. Se encogió de hombros, sintiéndose afortunado. Los únicos que llamaban a ese número eran sus familiares, y no tenía ganas de charlas con sus padres, mucho menos con sus latosos abuelos.

Dio media vuelta y retomó su rumbo hacia la cocina. Pero, cuando llegó, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Su corazón comenzó a latir agitado, sin comprender bien la razón. La felicidad que había sentido hace pocos instantes había sido reemplazada por una sensación desoladora.

Llevó una mano a su pecho, tratando de calmarse. ¿Qué diablos estaba pasando?

Sólo pudo pensar en una ilógica explicación.

Subió rápidamente por las escaleras, encontrando en el pasillo a su hermano. Tenía el auricular del teléfono en una mano, y su mirada reflejaba una tristeza infinita.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó, caminando hasta su gemelo.

Sus ojos marrones, tan parecidos a los de Hao, estaban vidriosos. Intentó pronunciar una palabra, pero sus labios quedaron semiabiertos, sin lograr articular ni un sonido.

Se abrió la puerta de la habitación que Anna e Yoh compartían, y la rubia miró confundida a Hao, que se encontraba a mitad del pasillo. Luego vio a su novio, y la preocupación llegó inmediatamente.

—Yoh, ¿qué pasa? —le dijo, caminando hasta él. Puso una mano sobre su mejilla, intentando de que él la mirara de vuelta.

—Es… —tragó saliva, y Hao caminó hasta ellos con esa funesta sensación llenándolo por completo— Es la abuela… acaba de fallecer.