20. Todo lo que perdimos

Las bombas caían alrededor, y Harry se encogía dentro de su trinchera, aterrado pero alerta, esperando el momento adecuado en que sabía que tendría que saltar de su refugio para avanzar. Sentía una extraña lucidez, un control absoluto compatible con el bombeo acelerado de su corazón, y a diferencia de otras batallas que ya había vivido, sentía también una confianza plena. Cuando saliera de su agujero, iba a alcanzar su objetivo, y luego iba a vivir.

La orden de ataque llegó, y Harry saltó adelante. Avanzó sin descanso, disparó con eficacia, anestesiando sus escrúpulos, arengó a su pelotón a que lo siguiera y, como no había dudado en ningún momento, alcanzó y controló el poblado que le habían marcado como objetivo.

Y en el poblado, ya libre de enemigos, ocurrió el milagro. Un ruido lo alertó cunado ya pensaba que su pelotón lo había barrido, y se acercó a una choza, de nuevo arma en ristre, temiendo que la misión exitosa se torciera en el último momento. Entró con todas las precauciones, y de pronto identificó el ruido. Parecía increíble, pero lo que escuchaba, ahora con toda nitidez, era el llanto de un bebé. Un sonido que debía serle estridente y desagradable, pero que por contra lo llenó de alegría. Se arrodillo para sacar al bebé, de quizá unos días de vida, de bajo una serie de palmas que había caído del techo de la choza, y lo sacó, llorando pero vivo, llorando pero con aspecto saludable, llorando pero deseando callarse, como calló en cuanto Harry se lo apoyó en el pecho y lo acunó con una naturalidad que no sabía que tenía. Y, en medio de la guerra, se sintió feliz.

Harry despertó lentamente cuando el autobús se detuvo en no sabía qué parada. Miró a su alrededor, y se dio cuenta de que caía la tarde, y de que había llegado a San Francisco. Bajó del autobús y se dirigió a los baños. Allí, mientras de lavaba las manos y se refrescaba del viaje, se echó un vistazo en el espejo, y lo sorprendió ver su rostro con una sonrisa oreja a oreja. No solía despertarse tan animado y feliz, porque sus pesadillas sobre la guerra solían dejarlo agitado y triste. Pensativo, se encaminó a su piso, a encontrarse con Cho.

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Ginny sabía que los reproches iban a llegar, pero no esperaba que fuera tan pronto, ni de la forma en que ocurrió. Ni su padre ni Ron abrieron la boca en toda la cena, pero Fleur mantuvo una conversación superficial con la que envolvió a Molly y Bill durante los dos platos de la cena con una habilidad que hizo que la apreciara de una forma nueva. No consiguió, sin embargo, introducir a George en la cháchara, aunque lo intentó varias veces con alusiones directas y miradas conminatorias a que colaborara en suavizar el ambiente.

El gemelo no se dio por aludido hasta los postres, y mejor que no lo hubiera hecho.

-Bill, hace un rato ha llamado Oliver– comentó George, en respuesta a una insinuante mirada de su cuñada que claramente le pedía que llenara el silencio que se había hecho en la mesa. Improvisando, siguió.- Quería comentarte algo de la embotelladora.

Arthur se irguió en la cabecera de la mesa.

-¿Qué embotelladora?- dirigió una mirada acusadora a Ron, que se quedó aún más pálido de lo que llevaba todo el día. - ¿No os he dicho mil veces que no quiero enredarme en negocios raros? ¿Qué tiene de malo el viñedo tal y como está?

-Papá, el viñedo no tiene nada de malo, pero este momento es una oportunidad para cambiar a mejor… para crecer - intervino Bill, conciliador. Molly intentó advertirle de que cambiara de tema, pero el guante ya había sido lanzado, y Arthur lo había recogido, encantado de enzarzarse en una pelea.

-¿Cambiar a mejor? Los cambios nunca son a mejor. ¿Qué tiene de malo no cambiar? – Arthur se levantó airado y tiró la servilleta sobre la mesa. - Hay cosas que no han cambiado en cien años, en mil años,… hacemos el vino igual que ya lo hacían los romanos, y en lo que a mí respecta, no hay por que cambiar. ¿Sabéis otra cosa que no debería cambiar? – un dedo acusador se dirigió de uno en uno contra todos sus hijos. - El matrimonio, la familia. Un hombre conoce a una mujer, la corteja, le ofrece un hogar y se casan, y entonces tienen hijos, hijos que obedecen a sus padres. ¡Esa es la forma de hacer las cosas, Ginny!

Ahí estaba. Había esperado tener esa conversación por la mañana, pero su padre había quedado tan anonadado que ni siquiera habían llegado a discutir. Parecía que el momento de la pelea iba a ser la cena. Pues Ginny no pensaba achantarse. Se levantó de la silla también y se encaró con su padre.

-Las cosas no ocurren como las planeas, Papá, y las reglas de Las Nubes no siempre funcionan fuera de aquí. El mundo no es perfecto, los países empiezan guerras en las que muere gente inocente, los negocios quiebran, los hombres no respetan su palabra y las mujeres nos embarazamos sin estar casadas.

-¡Ah, qué fácil es echarle la culpa al mundo! ¿El mundo no te ha tratado bien, Ginevra Weasley? ¿Qué te ha faltado a ti en este mundo? ¿Comida, casa, estudios, una familia que lo ha dado todo por ti?

-¡No estoy diciendo eso! ¿Por qué todo lo conviertes en un asunto de familia? ¡Es mi vida, Papá! En el mundo real pasan cosas, buenas y malas, y yo soy una mujer adulta para tomar mis propias decisiones, y quizá te sorprenda esto, pero no puedes manejarlo todo.

-¡Ah, claro, una mujer muy adulta que toma sus propias decisiones, como mentirle a toda su familia presentándose aquí con un marido falso! – Arthur hizo un gesto burlón que su voz crispada desmentía.

Ginny no tenía defensa para eso. Aún, así, se defendió.

-Fue un error, lo admito. No tenía que haberos mentido, pero tú también mientes. Dices que el problema es que no estoy casada, pero no es verdad, porque cuando me presenté casada con Harry, tampoco te valía. El problema no es que vaya a ser madre soltera, el problema es que no te he pedido permiso a ti, que me he atrevido a hacer la vida por mi cuenta. Por eso también te enfadas con Bill porque ya no vive aquí, o con Ron porque quiere montar la embotelladora: todo va bien hasta que alguien te lleva la contraria, porque no te importa realmente lo que quieren tus hijos, sino lo que quieres tú.

-Ginny, cállate.- la intervención de Molly, que hasta ese momento había seguido la discusión con expresión doliente, sorprendió a padre e hija. – No sabes lo que dices.

-No, déjala, déjala. Ella lo sabe todo, tiene excusa para todo, para sus enredos y mentiras, incluso para meter a ese pobre tipo, Harry, en este asunto.

-Harry no es un pobre tipo. – resopló Ginny.

-Lo que tú digas. ¿No es que lo sabes todo y que eres adulta para tomar sus decisiones? Pues con las últimas te has lucido, hija. Espero que las próximas sean mejores porque ahora ya no sólo te implican a ti, ahora vas a ser madre y tus decisiones afectan a más personas, aparte de a tu anticuado padre. Felicidades, Ginny. Bienvenida al mundo de los adultos.

Arthur salió por la puerta del comedor, hacia el exterior de la casa, y se perdió en la noche mientras el resto de la familia se sumía en el silencio.

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Arthur Weasley estaba borracho, muy borracho. Pese a dedicarse al mundo del vino, y a su origen irlandés que le había transmitido una gran familiaridad al tratar con el alcohol, nunca se había deslizado por la pendiente de la ebriedad. Una vez pasada su primera juventud, podían contarse con los dedos de las manos las veces que realmente se le había visto pasado de copas, y llevaba a gala el saber disfrutar de la calidad de un caldo, y no de su cantidad. Pero lo ocurrido aquella noche, más bien todo lo de la última semana, lo había sobrepasado ampliamente, y con tal de evitar seguir con la pelea con su hija, había decidido salir de La Madriguera y emborracharse metódicamente, con toda la intención de caer redondo en su cama, o en donde pillara, y dormir sin pensar, con la esperanza de que cuando por fin se le hubiera pasado la curda, todo el inmenso embrollo de su hija con Harry resultara ser un mal sueño.

Y por eso le había ordenado a Seamus que le trajera una manta y tres botellas de su mejor brandy hasta uno de los viñedos cercanos a la casa, donde él mismo encendió una de las estufas que se usaban en las heladas y procedió a descorchar una de las botellas, invitando al peón a acompañarlo, cosa que hizo durante un rato; pero cuando se quedó solo, pasó a la siguiente. Molly, avisada por el empleado de confianza, lo observaba con preocupación desde la venta ad e su dormitorio, pero decidió que era mejor dejar estar las cosas y que se enfriaran un poco.

Mas Arthur no se estaba enfriando, sino todo lo contrario. El alcohol le hacía ver con claridad, o eso pensaba, que sus hijos lo habían tratado como a un viejo chocho y estúpido, al que no se puede contar la verdad porque no puede afrontarla y al que además es fácil engañar porque no está al día de las cosas de la vida moderna. Y no era el hecho de que su hija estuviera embarazada sin haberse casado lo que le hacía hervir la sangre, sino el hecho de que hubiera creído que podía engañarlo, y de que era mejor engañarlo que afrontar la verdad. No creía haber educada a sus hijos para eso, y no podía soportar el descubrir ambas imposturas de golpe. Por eso bebía, y por eso abrió sin dudarlo la tercera botella.

Estaba empezando a caer algo del frío de la madrugada, y se arrebujó en la manta mientras daba un largo trago del ardiente licor. A pesar de estar ya ebrio, detectó la llegada de alguien por el camino de la finca, e intentó enfocar la vista.

-¿Quién va?

-Señor Weasley… soy Harry, Harry Potter. – contestó, dejando el camino para acercarse.

-¡Malnacido! – Weasley se tambaleó hacia el joven.- Llegaste a mi casa, con engaños, ¡te sentaste a mi mesa y me mentiste!

-Veo que Ginny ya ha hablado con usted. – Harry intentó un tono conciliador.- Lo siento mucho, señor Weasley, no fue mi intención….

-¿No fue mi intención? ¡Demonios! – Weasley arrojó la manta en la que había estado envuelto, y arrolló las botellas a su alrededor.- ¡Te metiste a la cama de mi hija, bajo mis propias narices! ¿Qué buscabas con todo esto? ¿Qué querías sacar de esta historia?

-¡Lo siento, señor Weasley! Yo sólo quería ayudarla porque… - Harry se acercó, alterando aún más al dueño del viñedo.

-¿Ayudarla? ¡Querías aprovecharte de su situación! – Arthur cogió a Harry por las solapas de la chaqueta y lo traqueteó.- ¿Por qué ibas a montar toda esta farsa? ¿Por qué?

-¡Porque la quiero! ¿No veo lo especial que es su hija? – Harry no lo había expresado en voz alta hasta ahora, ni siquiera mientras Cho lo dejaba, pero al decirlo lo sintió verdadero y real.- ¿Lo hermosa, fuerte y especial que es? ¡Y lo quiere a usted, y no quería hacerles daño, por eso mintió! Pero podemos arreglarlo, podemos hacer que sea verdad, yo la quiero y puedo casarme…

-¡Estás casado, cabrón! ¡Casado con otra, y no quiero que te vuelvas a acercar a mi hija! – Harry se deshizo del agarre de Weasley, e intentó dirigirse hacia la casa, donde empezaban a verse luces.

-¡Ginny! ¡He conseguido la anulación! Mi mujer me ha dejado, cuando he vuelto a casa ya tenía los papeles preparados…- se giró de nuevo hacia Arthur, intentando explicar lo que casi ni había llegado a asimilar aún.- Ella no me quería, no quería una vida conmigo, y yo…. Yo sólo quiero a Ginny, señor Weasley, vivir con ella, criar juntos a su hijo,…

-¡No! – Arthur empujó a Harry y trastabilló al hacerlo, impactando en la estufa. A cámara lenta, ésta se inclinó y cayó sobre las cepas, derramándose las ascuas sobre la maraña de maderas secas que servían de apoyo a los sarmientos. Una suave ráfaga de aire encendió las brasas, y un segundo después el alcohol derramado en el suelo prendió, junto con la manta, y comenzó el incendio.

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Las siguientes horas pasaron como en un torbellino, y sólo mucho tiempo más tarde, cuando ya medio viñedo había sido destruido por las llamas, pero se consiguió poner a salvo La Madriguera y extinguir el incendio, sus habitantes pudieron reunirse, agotados, con las caras y las manos negras de la lucha contra el fuego, y hacer recuento de lo perdido.

George había perdido sus zapatillas, porque cuando empezó a escuchar los gritos de su madre, que se había lanzado a atizar las llamas del viñedo con nada más que la escoba de la cocina, y se vio rodeada por las llamas que se propagaban a una velocidad de vértigo, saltó de su cama y se precipitó a salvarla a riesgo de tropezar él mismo y verse también rodeado. Pero, como Hermione había predicho en numerosas ocasiones, lo único que necesitaba George para volver a andar era la motivación adecuada.

Fleur había perdido cualquier atisbo de glamour cuando se abalanzó sobre la campana que coronaba la torre de La Madriguera y la hizo repicar como una loca, avisando a todos los empleados y de paso al pueblo de que algo malo pasaba. Sólo cuando las sirenas de los bomberos del pueblo devolvieron su eco, la joven francesa dejó su labor para agarrar a sus hijas y ponerlas a vaciar cubos de agua sobre la zona de la casa más cercana al fuego, para evitar que se incendiara al subir la temperatura.

El tío Billius perdió su sempiterno poncho cuando lo mojó en la alberca para atizar las llamas que amenazaban la bodega; cuando le ganó la pelea al fuego, toda su ropa estaba hecha jirones, tiznada y con quemaduras, pero su brandy gran reserva se había salvado.

Bill perdió la piel de sus manos al izarse sobre el alero del tejado para manejar desde allí una manguera y ayudar a controlar el fuego que amenazaba con rodear la casa y propagarse a los viñedos más lejanos. Pero consiguió no perder el equilibrio y aguantar allí hasta que llegaron los refuerzos del pueblo.

Seamus perdió las dudas que tenía sobre el entusiasmo de Lavender hacia él cuando la vio llegar en la misma camioneta en que llegaban otros empleados y amigos, y lo primero que hizo fue localizarlo y darle un espectacular beso, antes de ponerse a dar órdenes para organizar una cadena de gente que transportara cubos de agua hacia las últimas viñas.

Hermione estaba convencida de haber perdido un par de años de vida, el primero por el sobresalto de oír el aviso de fuego desde La Madriguera. Cuando se plantó allí con sus padres y sus botiquines, sintió que perdía otro al menos al ver a Ron saltando por en medio de una cortina de fuego para alcanzar el almacén donde se guardaban los vehículos, evitando el peligro de que estallara el combustible. Incapaz de seguir mirando, empezó a transportar cubos de agua hasta que los primeros quemados requirieron su atención profesional. No fue menor su sorpresa cuando llegó para ayudar a transportar a los heridos Draco Malfoy, que le dedicó una mueca de suficiencia y empezó a organizar su evacuación.

Arthur perdió de golpe la borrachera, el enfado y las fuerzas, y sustituyó todo eso por una abrumadora sensación de horror y culpa por el incendio que había causado, sentimiento que estuvo a punto de postrarlo en el momento más crítico de su vida. Pero la visión de Harry, que de inmediato se quitó la chaqueta y empezó a atizar las brasas intentando, infructuosamente, que el fuego no se extendiera, lo hizo reaccionar y lanzarse a activar las bombas de riego para llevar el agua lo más cerca posible del viñedo.

Ginny perdió la cuenta de los motivos por los que amaba a Harry al verlo abalanzarse sobre su padre para apagar las pavesas que amenazaban con prender en su ropa, y luego ayudarlo a levantarse y seguir batallando sin cesar, sabiendo que si había vuelto era porque su historia no había acabado con la despedida en la estación, sino que podía tener una continuación. Y cualquier continuación sería buena, porque nada que tuviera que ver con Harry podía ser malo.

Harry perdió quemado el poco equipaje que tenía, incluyendo el certificado de anulación de matrimonio que Cho le había hecho firmar cuando regresó a San Francisco y la encontró con un tal Lockhart en la cama. La explicación que le había dado sobre el haberse dado cuenta de que se había acostumbrado a otro estilo de vida y de que en el fondo su matrimonio había sido una locura de guerra le hubiera sonado cínico, si no fuera porque en realidad él pensaba algo parecido, y sentirse un hombre libre para volver a buscar a Ginny había sido el mejor regalo que jamás le habían hecho. Mientras luchaba contra las llamas sólo podía pensar que ojalá pudiera pedir otra copia del documento de anulación desde el registro civil de Las Nubes, para no tener que volver a la ciudad para nada, porque no quería volver a separarse de Ginny Weasley hasta el fin de sus días.