Capitulo 16 Hinata


Hinata miró al señor Namikaze. La emoción marcaba aún más las líneas de alrededor de su boca y sus labios.

—¿Está seguro, señor Namikaze?

— Totalmente —dijo él, con voz fuerte y firme, sin rastro de duda.

Hinata contuvo la respiración mientras el corazón le latía salvajemente en el pecho. Miró a los niños, que la miraban con ojos expectantes. Aunque quería aceptar con toda su alma, por primera vez desde que llegó tuvo miedo.

El señor Namikaze le tomó la mano en las suyas, y le alzó la barbilla para mirarla a la cara.

—Forjaremos una buena vida, Hinata Hyūga.

No dijo ni una sola palabra de amor, pero ella tampoco esperaba ninguna. Sabía que él le estaba dando todo lo que podía.

Miles de preguntas se agolparon en su mente.

¿De verdad era eso lo que quería? ¿Podía ella ser la esposa que él necesitaba?

Deseó tener una señal de los cielos que le confirmara que el suyo sería un buen matrimonio. El estruendo de un trueno. Unas ráfagas de viento. Un relámpago en el cielo. Pero no hubo nada. Al final, se dio cuenta de que para casarse con él sólo necesitaba volver a creer en ello.

— Creo que el matrimonio es una excelente idea —dijo ella, en tono bajo. Él sonrió y de repente su rostro rejuveneció visiblemente.

— Bien —dijo, levantando a Shinachiku en brazos—. Vamos a buscar al reverendo. La sorpresa la paralizó durante unos segundos.

—¿Quiere que nos casemos ahora? Naruto se encogió de hombros.

— Aquí no se llevan los noviazgos largos. Además, pasarán unos cuantos meses antes de que volvamos al pueblo y más aún antes de que encontremos a otro reverendo para que nos case. No quiero esperar más.

Hinata se sintió presa del pánico y los nervios. Desde su llegada habían estado en una relación totalmente paralizada, y ahora todo cambiaba a unas velocidades vertiginosas.

—¿De verdad está completamente seguro de esto?

La profunda intensidad de la mirada masculina la hizo sentir como si la estuviera acariciando.

— Completamente —le aseguró una vez más, y le ofreció la mano. Hinata la tomó y sonrió.

— Vamos a buscar al reverendo, señor Namikaze. Naruto le apretó los dedos.

—¿No crees que ya es hora de que me llames Naruto? Ella sonrió.

—Naruto.

Satisfecho y feliz, Naruto llevó a Hinata y a sus dos hijos en busca del reverendo. Las horas que siguieron fueron algunas de las más felices en la vida de Hinata. Por primera vez desde la muerte de sus padres, sintió que había encontrado su lugar en el mundo. Nunca se había sentido tan en paz consigo misma como entonces.

Mientras observaba a Naruto hablando con el reverendo Umino, se dio cuenta de repente de que aquel matrimonio ya no era para ella tan sólo una cuestión de conveniencia. Amaba a Naruto Namikaze con una fuerza que la sacudía hasta lo más profundo de su ser.

Entendía y aceptaba que él nunca podría amarla como había amado a Sakura. Pero sentía que su corazón tenía amor suficiente y de sobra para los dos. Trabajaría más que nunca para asegurar la felicidad de su nueva familia.

La ceremonia nupcial fue muy sencilla. Ni trajes elegantes, ni flores especiales, ni anillos de boda. Sólo Naruto y ella, uno al lado de otro, bajo la sombra de un árbol delante del reverendo, con los niños y los habitantes del pueblo reunidos a su alrededor.

La señora Gokōdai se llevó el pañuelo a los ojos para secarse las lágrimas.

— Sabía que tengo un don especial para emparejar a la gente —dijo, casi entre sollozos—. Es un don, nada más que un don.

Shikamaru palideció ligeramente y se apartó unos pasos de ella. No quería darle ideas. Naruto dirigió una mirada de soslayo a Hinata y le guiñó un ojo.

— Será un buen matrimonio.

Ni una sola palabra de amor, pero ella mantuvo la creencia de que el amor que sentía sería suficiente para los dos.

— Será bueno.

—Queridos amados en el Señor, nos hemos reunido hoy aquí... —empezó el reverendo Umino.

Las palabras flotaban en el aire mientras ella observaba el perfil de Naruto, la barba incipiente que empezaba a cubrirle la mandíbula fuerte y cuadrada, el pelo rubio que le caía sobre el cuello de la camisa. Seguramente, cuando se casó por primera vez, había ido bien afeitado y con traje.

— Hinata Hyūga, ¿aceptas a Naruto Namikaze como legítimo esposo en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe?

— Sí —susurró ella.

Naruto le apretó la mano, pero, ella sintió que la de él estaba fría. Se dio cuenta de que estaba nervioso. ¿Seguía pensando que estaba cometiendo una equivocación?

—Y tú, Naruto Namikaze, ¿aceptas a Hinata Hyūga como tu legítima esposa, en la salud y la enfermedad, hasta que la muerte os separe?

Naruto alzó el mentón y respondió solemnemente:

—Acepto.

A Hinata la reconfortó ver que él no hacía la promesa de fidelidad a la ligera.

—Entonces, por los poderes que me otorga el territorio de Konohagakure, yo os declaro marido y mujer. Naruto, puede besar a la novia.

Naruto se volvió a mirar a Hinata. La miró desde su altura, y en sus ojos había una mezcla de felicidad y alivio. Nerviosa ante su primer beso como mujer casada, Hinata miró los labios sensuales y recordó que la última vez que lo había besado casi pudo saborear la pasión en él. Su cuerpo esperaba ansioso el contacto.

Naruto inclinó la cabeza y le rozó los labios con los suyos. Quería ser un beso casto. El cuerpo de Hinata explotó con un deseo incontenible, y ella le rodeó el cuello con los brazos. Naruto la sujetó por la cintura y la estrechó contra su cuerpo. El beso se hizo más profundo, y como a lo lejos Hinata escuchó los gritos y vivas de los presentes. Estaban dando todo un espectáculo, pero la verdad era que no le importaba en absoluto.

Naruto interrumpió el beso, y miró hacia la multitud que se agolpaba a su alrededor, como si deseara que se desvanecieron.

—Más tarde, señora Namikaze. Más tarde.

La grave y sensual voz masculina estaba cargada de promesa y Hinata deseó tener ya lo que iba a sentir más tarde.

Las gentes del pueblo no los dejaron marchar. No todos los días tenían una boda en el valle, y todos quisieron aprovechar y disfrutar al máximo de la celebración. Los hombres hicieron varios brindis por la pareja, mientras las mujeres no paraban de dar consejos a Hinata.

A lo largo de toda la velada, Hinata esperaba con creciente impaciencia el momento en que su esposo y ella pudieran estar solos. Su esposo. Sonreía cada vez que pensaba en esas dos palabras.

Varias veces levantó la vista, y se encontró los ojos de Naruto en ella. La intensidad de su mirada la dejaba sin respiración, y la hacía desear con impaciencia que el día se acabara y pudiera estar a solas con él.


Al atardecer, Hinata se alejó para disfrutar de un momento de tranquilidad junto a los álamos que se alzaban a la orilla del arroyo. Se arrodilló y humedeció el pañuelo en las aguas frescas para refrescarse un poco la cara y el cuello.

Entonces escuchó que alguien se acercaba. Sin querer renunciar al maravilloso momento de intimidad, permaneció escondida detrás de los álamos, convencida de que los recién llegados pronto se irían.

—Parecen una pareja feliz —estaba diciendo la mujer. El hombre gruñó.

—Respira. Eso es lo único que a él le interesa.

— Yo diría que se aman —respondió la mujer.

— Amor —El hombre soltó una carcajada—. Kurenai, Namikaze es un tipo inteligente. Si quiere seguir manteniendo el rancho no le queda más remedio que casarse. Aquí una mujer es tan importante como un arado.

La mujer soltó un bufido.

—Escúchame bien, Asuma Sarutobi, cuando te metas en la cama esta noche y te sientas solo, no vengas a mí buscando consuelo. Te vas al establo y te acurrucas al lado del arado nuevo que te has comprado —le espetó ella, y se fue con pasos dignos y la cabeza bien alta.

—Por favor, Kurenai... —dijo él, saliendo tras ella.

Hinata sintió la tensión que le agarrotaba las entrañas mientras las palabras del hombre resonaban una y otra vez en su cabeza. Se levantó despacio, metiéndose el pañuelo húmedo en la manga. El señor Namikaze... Naruto se había casado con ella porque la apreciaba, no por necesidad económica. Haciendo un esfuerzo para apartar las dudas de su mente, Hinata regresó a la fiesta.

Mucho más tarde, cuando habían aceptado muchos más consejos de los que nunca iban a necesitar y después de acostar a los niños en la carreta, permanecieron de pie, el uno junto al otro, bajo la noche estrellada. Estaban muy cerca, pero sin tocarse.

Dios, cómo amaba a ese hombre.

Hinata le tomó la mano en la suya. Los dedos de Naruto eran cálidos, fuertes, y él la miró, aunque en sus ojos no había rastro de sus sentimientos.

—Me prometí a mí misma no hacer una cosa, pero lo he hecho —dijo ella.

Naruto le acarició la palma ante la mano con el pulgar, pero estuvo un rato callado, sin decir nada. Por fin preguntó.

—¿Qué es?

Ella apretó los labios. Nunca había tenido tanto miedo en su vida.

—Me he enamorado de ti. Él le acarició la mejilla con los nudillos.

— Eres una mujer maravillosa, Hinata Namikaze.

Una punzada de frustración recorrió el cuerpo de Hinata. Quería escucharle decir que él también la amaba. Quería que él desvaneciera los temores que tuvo desde el principio. Pero Naruto no era el tipo de hombre que hacía promesas en vano.

Respiró profundamente.

—Sé que no puedes volver a amar. Y creo que he aprendido a aceptarlo.

Naruto le enmarcó la cara con las manos.

-Hinata.

La mente de Hinata empezó a divagar, y ella siguió hablando, casi a borbotones, queriendo creer sus propias palabras.

— Y no se puede decir que no haya amor en nuestro matrimonio. Yo te amo y tú, bueno, sientes cierto respeto por mí. Creo que es muy posible que tengamos un buen matrimonio.

Naruto le alzó la barbilla con el dedo y le acarició la suave piel del cuello.

—Creo que tendremos un magnífico matrimonio.

Se inclinó hacia ella y la besó en los labios, dejando un suave sabor mezcla de sal y whisky en ellos. Hinata se pasó la lengua por los labios. ¡Cómo deseaba acariciarlo! Se apretó contra él y lo abrazó. Estar en sus brazos era una sensación totalmente natural, como si llevaran juntos toda una vida.

Él la apretó con más fuerza y ella sintió su erección.

—La última vez que te toque prometí no volver a hacerlo —susurró él—. Por muchas ganas que tuviera. No quería tomar lo que no podía dar.

Ella apoyó la mejilla en su pecho, y escuchó los fuertes latidos de su corazón.

—Ahora estamos casados.

—Tú te mereces una noche de bodas adecuada en una cama de verdad—dijo él.

A Hinata no le preocupaban ni las sábanas de seda ni las habitaciones elegantes. Si él le hubiera dicho que la amaba, la noche habría sido perfecta.

«Dime que me amas»

—Una manta bajo las estrellas es más que suficiente.

Naruto bajó la cabeza y la besó apasionadamente en los labios. Ella lo deseaba tanto que apenas podía respirar.

Cuando él la soltó, notó que le flaqueaban las rodillas y que apenas podía mantenerse de pie. Él la tomó de la mano y se acercó a la parte posterior del carro para recoger unas mantas.

Comprobaron que los niños estaban profundamente dormidos, y después recorrieron de la mano los veinte pasos que separaban el carro de un viejo roble. Allí el suelo era blando y estaba cubierto por una gruesa capa de hierba.

Naruto extendió la manta en el suelo bajo la atenta mirada de Hinata. Su cuerpo temblaba de anticipación. Intentó imaginarse cómo sería hacer el amor con él ahora que era su esposa. ¿Sentirían la misma pasión?

Él se sentó en la manta. Se quitó las botas, y el cinturón, dejando ambas cosas junto a su mano derecha. Después la miró y dio unas palmaditas en la manta, a su lado.

—Siéntate.

Con la otra manta enrollada en los brazos, Hinata se sentó a su lado. Lo miró, de repente insegura sobre qué debía hacer. Aquel momento no tenía nada que ver con el salvaje abandono que los había poseído a los dos la noche en el establo.

Supuso que ahora le tocaba a ella desvestirse. Con gesto rápido, se desabrochó las botas y las dejó en el suelo a su lado. Después fue a quitarse las medias.

Los dedos fuertes de Naruto le apartaron las manos.

—Déjame.

El calor de su voz le hizo alzar la cabeza. El fuego que brillaba en los ojos masculinos le cortó la respiración. Aquella noche prometía ser tan erótica como la primera que habían compartido en el establo.

Hinata se humedeció los labios, dejó la manta a un lado y se recostó hacia atrás, apoyándose en los codos. Levantó una pierna y se la ofreció a él.

Lentamente, la mano de Naruto se deslizó por su pierna sobre la rodilla y hasta el borde de las medias. Recorrió con el dedo la liga, y después hizo descender lentamente la media negra por la pierna. Hinata tenía la respiración entrecortada. El corazón le latía salvajemente.

Naruto desabrochó con destreza los botones de la falda. Impaciente, ella alzó las caderas, para que él pudiera bajarle las faldas. La fresca brisa nocturna acarició la suave tela de su corpiño.

Hinata se sintió malvada, indecente.

Los ojos de Naruto brillaban con oscura pasión cuando se colocó a horcajadas sobre sus caderas y la miró a los ojos. Rápidamente, se quitó la camisa. La luz de la luna brillaba sobre el pecho musculoso y el vientre liso, y marcaba la perfección del torso desnudo.

Naruto le besó los labios, y después descendió por el hueco de la garganta, a la vez que le tomaba los senos con las manos.

Cuando alzó la cabeza y buscó los botones del corpiño, ella deslizó la mano por su pecho desnudo. El corazón le latía deprisa y con fuerza, y la respiración era rápida y entrecortada.

—Te late muy deprisa el corazón —dijo ella.

—Te deseo.

Naruto desabrochó los diminutos botones que descendían en hilera entre sus senos. Después separó las dos partes del corpiño de algodón y se las quitó por los hombros. Las puntas erectas de sus pechos se alzaban sobre los montículos blancos que se asomaban por encima del corsé y el fino corpiño.

Naruto besó cada uno de los senos, y después volvió a su boca. Con la lengua exploró los suaves y delicados labios.

Hinata deslizó las manos entre sus cabellos, y aspiró su olor.

En sus brazos, tenía la sensación de que el mundo era perfecto. Deslizó las manos por su espalda hasta las nalgas, y después siguiendo el camino del cinturón buscó la hebilla. A tientas, tras varios intentos, logró desabrocharla. Después hizo lo mismo con los botones del pantalón y metió la mano hacia abajo.

Naruto contuvo la respiración, como si le hubieran quemado.

—Me estás volviendo loco. Ella soltó una risita.

—Me alegro.

Él la miró desde su altura, el rostro de marcadas facciones medio iluminado a la luz de la luna. Poseía una intensidad en la mirada que hacía arder cada célula de la piel femenina.

Naruto cubrió el cuerpo de Hinata con el suyo y la besó en la boca. Esta vez no se contendría. Ninguno de los dos. Empezaron a tirar y a quitarse lo que les quedaba de ropa hasta que quedaron desnudos bajo la manta.

Naruto la besó otra vez, esta vez empujando con el muslo entre sus piernas. Ella separó más las piernas, sin desear nada más que sentirlo dentro de ella.

Naruto besó el pecho desnudo, succionando los pezones hasta endurecerlos por completo. Hinata tragó saliva, y hundió los dedos en su cabello.

Naruto presionó con la punta de su erección en su centro más sensible. Ella notó la humedad y el deseo dentro de su cuerpo, que la estaba casi enloqueciendo. Levantó las caderas, preparada para aceptarlo por completo.

La pasión borró de un plumazo todas las barreras y, con un suave movimiento, Naruto la penetró. Su cuerpo, caliente y húmedo, se cerró con fuerza a su alrededor.

-Hinata.

Naruto susurró su nombre con una voz tan ronca que ella apenas la reconoció.

—Hinata. Hinata.

Hinata entendió cuál era la intención detrás de aquel murmullo. Naruto le estaba haciendo el amor a ella. No había nadie más entre los dos.

Levantó las caderas para aceptarlo por completo.

Y cuando él la poseyó con total profundidad, empezó a mover las caderas con un movimiento rítmico que la excitó mucho más. Cuando los dedos de Naruto se deslizaron hasta su centro más húmedo y la acariciaron, ella dejó caer la cabeza hacia atrás y exclamó:

— ¡Naruto!

No estaba segura de qué era lo que le estaba haciendo, pero le encantaba. Pronto su cuerpo empezó a subir más y más alto hasta que por fin no pudo contenerse más. La sangre le hervía en las venas.

Se sintió caer por un precipicio imaginario y su mundo explotó. Gritó el nombre de Naruto y clavó las uñas en su espalda. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron y unas intensas oleadas de placer surgieron de sus entrañas y la recorrieron por completo.

Naruto empezó a moverse cada vez más deprisa hasta que por fin sus músculos se tensaron. Con la frente cubierta de sudor, pronunció su nombre una vez más y explotó en su interior.

Durante unos largos momentos, él permaneció tumbado sobre ella, con la cabeza enterrada en el hueco de su garganta, la respiración acelerada. Suavemente, Hinata le acariciaba el pelo con los dedos mientras saboreaba todas y cada una de las sensaciones que la embargaban.

Jamás olvidaría aquel momento.

Por fin él se incorporó ligeramente y se apoyó sobre los codos. La besó en los labios antes de rodar sobre la manta y tenderse de costado. La apretó contra su pecho, y se acurrucó junto a la suave espalda desnuda. Cubrió con la manta sus cuerpos unidos y cálidos, y después le tomó un seno con la palma abierta de la mano.

Acurrucada contra él, Hinata se sentía plenamente satisfecha. Al menos en aquel momento, todo era perfecto.

—Te Amo —susurró.

Él la besó en el hombro y la abrazó aún con más fuerza.

Hinata contuvo la respiración, sin moverse, esperando alguna palabra de cariño de los labios masculinos. Pero él no dijo nada.