¡Hola! ¡Aún vivo!

*pose de zombie*

Esta pandemia (y eventualmente, mis muchos días de descanso laboral) me ayudaron a decidirme publicar otra vez. Y digo "decidirme" porque sigo acumulando capítulos xD

También le he dado mi atención a otras historias que –de la misma forma- sigo acumulando en la oscuridad jejeje

En fin, lo que no ha variado es mi amor por el Sesshome (Sessh/Kag) que sigue vibrante UwU *inserte cientos de corazones*

Así que les dejo este capítulo, con mucho lofff. Y como saben, algo en lo que NO escaseo, es en mis capítulos largos Jijiji (Este es otro de ellos xD)

La razón de mi felicidad: No fue una casualidad.

"Debes venir mañana a casa… o de lo contrario vendré a buscarte."

En cuestión de unos minutos el ambarino se había subido al auto, en el asiento del copiloto. La costosa unidad se puso en marcha, dejando a una Kagome apenada y confundida. Sus últimas frases de advertencia al parecer le habían desconcertado al grado de dejarla inmóvil. ¿Y era para menos? Tan solo una hora atrás se encontraba tomando una relajante ducha en la intimidad de su hogar, con el último pensamiento de que le vería.

Para colmo, cuando avanzó los pasos para llegar a la puerta de su casa, se dio cuenta de que el señor Mioga estaba conduciendo… Sus emociones anteriores fueron reemplazadas eventualmente por el espanto y la vergüenza. Eso quería decir que el anciano había estado en el carro todo el tiempo, y que había visto cuando el ambarino la abrazó como lo hizo.

Quería gritar o quizás brincar, agitarse de alguna forma para exteriorizar un poco el tornado de emociones que sentía en ese momento, pero en su lugar tuvo que echarse sobre su cama buscando refugio. Inconscientemente apresó una de sus grandes almohadas y puso mucha fuerza en ello. El calor del abrazo que había recibido seguía aferrado a ella. Pero justo ahora eso no hacía más que recordarle que estaba feliz.

El hecho de que la había abrazado la hacía casi tan feliz como el de que él había venido a buscarla y a pedirle que regresara. Él. Sorprendentemente el joven que creyó frío y distante, y más con ella.

Quizás a la mañana siguiente eso le parecería un sueño. Ahora no podía dejar de sonreír. Significaba que después de todo ella sí estaba equivocada, ¿no? Y aquella relación que creyó que existía con Kagura Kazekara, fue un malentendido.

Él sentía algo por ella, por Kagome, ¿qué exactamente? No tenía idea, y no quería pensar en eso aún. Pero que la mirase y la buscara ya era mucho a decir verdad... Pensar que días atrás estaba triste por creer que había perdido toda posibilidad a su lado, todo eso se debía a una idea errónea que tenía en la cabeza. Miró el techo de su habitación, sus ojos tenían de nuevo esa luz. Cómo iba a poder aguantar hasta la mañana... esta vez él sí la estaría esperando, porque se lo dijo.

.

.

.

Desde la cama, recorrió con sus orbes la inmensidad de su habitación, detallando que en cada espacio tenía algún recuerdo con la mujer que recién acababa de visitar, alguna imagen qué apreciar. Podría dedicarse a pensar en eso las siguientes horas, pero ese ejercicio lo había practicado hasta el cansancio últimamente. Además, lo que realmente importaba ahora no era el pasado sino el presente, lo que sucedía justo ahora y que justamente ocurría porque él había decidido actuar.

Y porque ya no soportaba más la espera.

Aún no averiguaba por qué Kagome se había querido alejar de él, pero lo haría. Y entonces aclararían juntos lo que sea que fuera para que ella nunca más tomara tal determinación. La quería cerca de él a partir de ahora…

Cerca de él…

Recientemente se descubrió tan empático. Preocupándose sobremanera por los sentimientos de la azabache, porque no quería poner en peligro su felicidad, y por sobretodo su sonrisa, la cual ahora sabía que había llegado a apreciar más que cualquier cosa. Ella no había sonreído esa noche, parecía tan absorta por la cercanía que tomó que no pudo hacerlo.

¿En realidad esa mujer nunca pensó que él podría interesarse por ella? A juzgar por el asombro que quedó expuesto frente a él estaba más que claro que no, y aunque una parte de sí sabía bien que hasta él mismo se hubiese sorprendido, ahora más que todo le producía ternura, ternura y cierta contrariedad porque ella se creyera tan insegura.

Tenía tanto que quería averiguar, tanto que solucionar junto a ella... Y súbitamente volvió a sonreír. Sonreía ante el caudal de ideas que tenía. Y entonces tuvo deseos de dormir...


A la mañana siguiente, en el recibidor de un departamento, una mujer mayor y una niña intercambiaron miradas entre sí. Desde su lugar ambas observaban expectantes hacia la escalera, llevaban minutos esperando así a cierta azabache.

´´´´– ¿De verdad pasó? Todavía no puedo creer lo que me cuentas, Kagome. Aunque también estoy un poco confundida, pero te noto tan feliz…

La azabache sonrió.

–Tienes razón, Sango. Estoy feliz… pese a que exactamente no sé qué significa el que lo esté. –mencionó con sinceridad, mientras con sus dos manos se colocaba uno de los sarcillos. –Solamente sé que él desea que vaya, y eso me alegra mucho.

´´´´–Debes confesarle tus sentimientos, Kagome. –le recordó frenéticamente aquella voz que salía de su teléfono sobre su peinadora. –El que haya ido a buscarte no significa que sabe que estás enamorada de él. Y así no podrán formalizar nada.

– ¿Formalizar?

Vaciló antes de hablar más. "Una relación"

–Entonces, ¿crees que es necesario que se lo diga ahora? –su voz tembló ligeramente. Y llevó sus ojos confundidos hacia el celular. –Sango, a ciencia cierta él no me confesó nada como para formalizar algo.

Rememoró, a excepción de todo lo que su loco y ocurrente corazón había deducido por sí solo cuando su mirada se cruzó con la de él, no había algo.

´´´´– ¡Amiga!, un hombre no puede abrazarte como si nada pasara. Si fuera Miroku pensaría que es un atrevido sinvergüenza…

–Pero Sesshomaru no es como Miroku. –completó lo que la castaña quería acotar. Eso era cierto. –Sin embargo, tiene una habilidad sobrenatural para que no comprendamos lo que pasa por su mente.

´´´´–No tienes que preocuparte por eso, Sesshomaru nunca trataría de lastimarte, Kagome. No es un hombre de coquetear. Todo esto parece importante para él… hablo en serio, amiga.

La azabache no pudo evitar esbozar una sonrisa, las palabras de Sango provocaron que de apoco mermara su incertidumbre. Aún así, el nerviosismo seguiría intacto. Sus emociones estaban a flor de piel esa mañana. Observó su reflejo en el espejo y después la imagen de su amiga en la pantalla del dispositivo, estaba sonriéndole en una felicitación. Por fin empezó a descender por las escaleras, a lo que su público suspiró.

La azabache al verlas juntó las manos en señal de súplica al tiempo en que tomaba su bolsa.

–Díganme que no me demoré tanto en secarme el cabello para nada.

– ¡Kagome!, claro que no. Te ves muy bonita. –Rin estaba contenta, y la miró de pies a cabeza. –Hoy me voy contigo en la camioneta y nos tomamos una fotografía.

La pelinegra mayor sonrió, eso significaba que a pesar de que siempre había preferido dejarse los rizos naturales, el cabello lizo le quedaba bien, y para variar, las botas altas negras sobre el jean le hacían ver más alta, decidió usar una blusa de color vivo.

–Lo tienes muy largo, –le dijo la anciana, refiriéndose a su cabellera. – ¿Y bien, tienes una cita hoy?

El color rojo apareció en sus mejillas con violencia. –No. Voy a donde trabajo, como siempre...

A decir verdad ella misma se reconocía tan emocionada y hasta atontada como si fuera a cualquier lugar menos a trabajar. ¿Iba a trabajar? Si era honesta ya no había mucho que una enfermera pudiera hacer, es más, ya no era necesario que siguiera con el mismo horario, aun así, nunca se fijó un plazo hasta el cual fuera a ser requerida, y tampoco le molestaba ayudar por lo pronto al ambarino en lo que necesitaba.

En el fondo, quería pensar que iba a seguirlo viendo, eso era lo que había pensado cuando regresó de su viaje. Pero lo cierto es que las posibilidades eran pocas. Ahora, sin embargo y de manera inesperada, parecía que tendría muchos motivos y esperanzas para seguir confiando en que era posible algo más allá.

Ambas hermanas subieron al auto y se marcharon. Inconscientemente Kagome deseaba que el camino se hiciera largo. Estaba inquieta. Tiempo después ya circulaban por las calles cercanas a la Mansión, cosa que aumentó su nerviosismo. Algo en su expresión debía ser alarmante porque no pasó mucho antes de que sintiera la mirada del conductor por el espejo retrovisor.

–Muchacha, ¿de casualidad no te has metido en algún problema?

Kagome pestañeó. – ¿Eh?, Totosai. ¿Por qué me pregunta algo como eso?

–Traes una cara como de que vas a un tribunal.

– ¿Tanto así? –inquirió, y rio ante la broma. Entonces negó con la mano –Todo está bien, no se preocupe. Solo estoy nerviosa.

–Menos mal, pues entonces nos vemos más tarde. ¿A la misma hora de siempre?

Kagome volteó a los lados, no se había dado cuenta de que ya el auto se había detenido y de que ya estaban dentro de la propiedad Taisho, entonces no escuchó la pregunta. Se giró hacia la puerta y salió del auto, olvidando su bolsa en el trayecto y teniendo que devolverse a abrirla otra vez para sacarla.

¿Por qué estaba tan nerviosa? "Si no me controlo van a pensar que me he vuelto loca" Se dijo.

Lo cierto es que estaba de buen humor, así que respiró hondo, vencería esos nervios con la alegría que en el fondo también la embargaba. Firmemente se encaminó a la entrada. Y tras toparse con la imagen del jardinero y su señora les saludó con la mano, ellos no tardaron en reconocerla.

– ¡Kagome! Aunque nos habían dicho que venías no quería creerlo hasta que no te viera. –la azabache recibió un abrazo efusivo de la cocinera. –No sabes lo mucho que nos hiciste falta estos días.

–Discúlpenme. No quería causarle problemas.

–Nada de eso, niña. Ven conmigo, entremos.

Se sumió en una conversación mientras cruzaba el recibidor. Al parecer la mayor había tenido que lidiar con una gran presión de Yaken esos dos días, que a su vez estaba terriblemente estresado por el mal humor del "Joven Taisho". No pudo evitar que dicha narración le causara gracia.

–Qué te digo, niña. Pero ahora ya todo estará bien porque llegaste. Mírate no' más... Si pareces una flor de las que cultiva Mioga. –le aduló con ese peculiar acento que la caracterizaba.

La pelinegra se sonrojó, la verdad es que seguramente era su felicidad la que adornaba su semblante ese día. Lo viera como lo viera ya era para ella una ocasión especial.

–Más tarde haremos un delicioso pastel de fresas y chocolate, ¿qué te parece?

– ¿Un pastel?, ¿de veras? –era la primera vez que harían tal. Los ojos debieron haberle brillado al imaginarse al joven peliplata degustándolo, entonces tuvo un recordatorio. –La verdad nunca antes lo he preparado, así que solo le ayudaré. Además este día estoy un poco torpe. No he podido sujetar algo sin dejarlo caer antes...

–Tonterías, muchacha.

–Pero si no exagero, –exclamó con una voz temblorosa mientras le seguía con la vista. –no quiero que el joven Sesshomaru se...

–Lo harás bien.

A su espalda, se escuchó una voz profundamente varonil, y como resultado una corriente le recorrió la columna. Ella detuvo su habla al ser interrumpida, y el corazón le dio un vuelco. Antes no se había percatado tanto de ese escalofrío que le recorría.

Se volvió hacia la figura a unos metros tras ella y encontró un lugar donde anclar su mirada. Él estaba ahí... El ambarino mostró por instantes una intensa mirada de reconocimiento que la estremeció más. Ella sonrió de vuelta, recobrando todo el esplendor que solo esos encuentros le provocaban.

–Hola.

No pudo evitar mirarlo de cuerpo completo, sin importar qué ella siempre le veía mejor, y no solo llevada por su profesión; ahora sabía que lo que sentía por él le hacía querer saber que estaba bien y que su recuperación había sido tan buena que estaba casi completamente... perfecto, pese a que todavía debería emplear por lo menos una muleta y algunos ejercicios. La noche anterior ni se había podido fijar en eso.

–Buenos días.

Después de reafirmar su buen estado, y reparar en que estaba vestido como para salir, volvió a mirarle a los ojos sin dejar de sonreír. Y la anciana Shoga debió haberse percatado de algo porque también se sonrió.

–Qué bueno que ya todo vuelva a la normalidad. Ya hasta el joven tiene mejor cara...

–Shoga. –nombró. Y sus ojos dorados apuntaron hacia ella por unos instantes.

–Pero si solo dije la verdad. –se defendió. –A propósito, que no se te olvide que harás ese pastel más tarde, Kagome. Con su permiso, me voy a ver qué está haciendo Mioga.

–Espere, pero si acabo de decirle que yo...

La anciana desapareció tras la puerta sin más, dejando a la chica con su recordatorio en la boca. La azabache no pudo hacer más que resignarse a la pícara naturaleza del gesto de la anciana. Aún si estando sola se sentía más nerviosa, y no tenía ideas concretas sobre algo qué decir... Sesshomaru le había robado las palabras con su sola presencia, y ella no quería evocar inapropiadamente un recuerdo de la noche anterior. Si bien, sabía que en algún momento lo hablarían.

Él empezó a moverse y ella casi da un brinco, el ambarino se encaminó hacia la mesa de grano pulido, donde estaba una jarra de cristal con agua. Zapato, pantalón y camisa de vestir, un conjunto que le quedaba muy bien, salvo por el detalle de que traía un yeso en el pie, que por cierto pasaría desaparecido ante lo imponente de su porte, único en muchos sentidos.

Entonces sí tenía intenciones de salir a alguna parte. Se mordió el labio inferior.

– ¿Acaso quieres preguntarme algo, Kagome?

– ¿Eh? –sintió la cara caliente al tener su atención de vuelta. –No, nada. Solo era una curiosidad. Es un buen día para que empieces a salir. Te hará bien.

Le brindó una cálida sonrisa que destilaba felicidad. Sesshomaru deseó capturar esa escena, más al anticipar el rubor que sabía que adornaría sus mejillas ante el solo hecho de cruzar sus ojos chocolates con los propios. Dejó el vaso a un lado.

–No por ocio. Por cierto Shoga tiene instrucciones de ir por víveres hoy, –empezó a trasladarse nuevamente. –si prefieres puedes ir con ella a comprarlos.

La chica pensó que esa era una mejor idea. –Bueno, supongo que podría...

Él salió de la cocina y ella lo siguió, dejando al aire su respuesta, se extrañó al no haberse topado con Yaken hasta ahora. No escuchaba su chillona y muy inoportuna voz apresurándola por alguna parte de la casa, lo cual era muy difícil. Cuando el ambarino empezó a subir las escaleras y ella le siguió con una de las muletas, quiso hablar, para dejar de sentir los fuertes latidos de su corazón.

–No he visto a Yaken desde que llegué, ¿fue a alguna parte?

–Salió. Parece que Inuyasha le pidió un favor.

–Pensé que no se llevaban nada bien. El carácter de ambos es…

Le miró de reojo. –No tienen opción.

–Espera, ¿o sea que Inuyasha tampoco está aquí? –inquirió, para ese entonces ya estaba por entrar a la habitación. Desvió la vista hacia la próxima puerta, recámara del susodicho.

–No. Además escuché que está saliendo con alguien.

– ¿Inuyasha? –su pregunta salió perpleja, muchísimo a decir verdad. ¿Inuyasha con novia?, ¿desde cuándo?, ¿quién? Nunca había escuchado nada de eso antes. El ambarino no contestó, no era necesario. –Vaya, ahora que lo pienso debí haber estado tan distraída que no me di cuenta...

Hasta entonces caía en cuenta de que no había sido muy atento de su parte para con Inuyasha actuar como lo había hecho los últimos días, y se sintió culpable; creía ser su mejor amiga, pero ni siquiera conocía ese acontecimiento. Incluso la noche que fue a hablar con esta, lo hizo porque estaba inquietado y solo quería ayudarla. Ella no había sido totalmente sincera con él, quizás por eso el chico no le había comentado nada acerca de su relación. Se preguntó si Sango, Miroku o Shippo no habrían sentido lo mismo ahora que estaba tan enfrascada en su propia tormenta.

Y vaya tormenta… aunque parecía llegar a su fin.

Tenía la vista gacha, entonces se encontró casi chocando con la amplia espalda masculina. Él se había detenido antes de llegar a la cama. Kagome sintió un nudo en el estómago cuando la miró de reojo.

– ¿Estás bien?

No era normal que se quedara callada de pronto y por algo de tiempo. La pelinegra, a poca distancia pudo percibir que ahora la miraba diferente. Sus ojos eran más cálidos, ¿estaba preocupado por ella?

–Sí, tal vez solo necesite hablar un poco con él... Sin embargo, –respondió algo dudosa, en tono bajo. –creo que no eres la primera persona que me pregunta algo como eso hoy... Me pregunto si de veras tendré tan mala cara...

Él se giró de frente a ella, y dio un paso para aproximarse más. Kagome iba a alzar su rostro antes pensativo pero él se adelantó con una mano en su mentón. Ella no se sorprendió mucho, ya le había tomado el rostro antes, aunque esta era primera vez que lo hacía para detallarla sin tapujos.

–A decir verdad creo que no la tienes.

Kagome tuvo una lucha mental. ¿Era eso un cumplido? De ser así era la primera vez que le decía algo de que ella era...

No reprimió una curvatura de labios. Era tan nuevo y mágico que ahora él opinara sobre su apariencia, irónicamente ella tenía más que decir de todo cuanto le había admirado desde hacía tiempo atrás. Justo ahora seguía embelesada frente a la sublimidad de sus varoniles facciones. Aunque sintiéndose acompañada en ese mar de emociones, era más llevadero, porque así era como una parte de sí se sentía, acompañada. Pese a esto, una pregunta le surgió… ¿Cómo la vería él realmente en esos momentos?

El ambarino dejó de tomar su mentón y dirigió su atención a un mechón de cabello que caía ligero, sí había reparado en que estaba mucho más lizo, sus ojos chocolates se veían más grandes bajo su flequillo y era más difícil no sumirse en su brillo, el contorno de su cara se veía más marcado.

Ella bajó los ojos, debía estar roja ante su escrutinio.

–Sesshomaru, yo...

Tal vez había llamado de más su atención, ahora se sentía diminuta y temblorosa. Le habían dicho que con ese estilo se veía más estilizada, y por ese día quería lucir más como él. ¿Pero habría sido buena o mala idea?

–Kagome.

– ¿Mm?

Ella volvió a conectar sus miradas.

–No dejaré que te vayas otra vez.

Estaba reafirmándoselo... No, había una súplica escondida en sus palabras. Se hizo evidente cuando luego la envolvió en un abrazo.

La pelinegra dejó escapar el aliento y se entregó a su calidez. Con el rostro escondido por su hombro, ella casi parecía una niña en su pecho a pesar de que las botas tenían tacón. Al respirar inhaló su perfume, tremendamente varonil. Era la segunda vez que era él quien la abrazaba, aunque la noche anterior no había tanta calma e intimidad a su alrededor. Muchos recuerdos pasaron por su mente, y se alegró más por el desenlace que todo había tenido; el que estuviera ahí en ese lugar de vuelta, y descubriendo que el que hubiera llegado a su vida no era una casualidad más. Cerró los ojos.

Lo quería tanto que podría llegar a necesitar su contacto para sentirse viva de ahora en adelante. Solo el suyo. Fue consciente más que nunca de esa naciente realidad, y en una mínima parte de su razón, temió.

¿Podría ser que se arrepintiera alguna vez de sumergirse en eso?

Él se separó de ella, y vio sus ojos húmedos. Una vez más se sintió curioso y atento, porque comprendía sin que le dijera que se debía a que estaba feliz con él, y no a tristeza o dolor como cualquier persona pensaría. Aunque aún no le decía por qué se había alejado esos días.

–Discúlpame, –habló la joven respecto a su estado. –no sé por qué me empeño en preocupar a los demás...

Elevó una mano para secarse la humedad que recién brotaba, posiblemente ese era el momento en que debía haber abierto su corazón y lo había entorpecido. Lo cierto es que le gustaría dejar de ser tan emocional. Pero, ¿y quién podría serlo ante la fuerza de ese sentimiento que tan solo crecía en su pecho?

Al elevar la vista se fijó en lo iluminado que estaba el espacio, era luz natural. Y entonces advirtió que las cortinas estaban corridas.

–Abriste la ventana.

Quiso acercarse al balcón, dejando que el calor abandonara su rostro, así como el sonrojo.

–Fue por las cesiones. –comentó de pronto con voz plana. –Pero no sirvió.

Ella volteó a verlo, y sabiendo que se refería a sus ejercicios de rehabilitación con Yaken, sonrió.

–Pero el señor Yaken no es el único que tiene la culpa, ¿o sí?

Si el peliplata fuese expresivo, habría rodado los ojos; tontas rutinas de rehabilitación, tonto Yaken… y tonta ella por no estar haciéndolas con él.

Kagome rio un poco más y se volvió al balcón. Recordó las veces que había tratado de hacer que el ambarino le hiciera caso y abriera el gran ventanal por iniciativa propia, pero nunca tuvo ni el más remoto éxito, y pese a eso ahora él lo hacía. Sesshomaru no la siguió inmediatamente, sino después de ver cómo el sol iluminaba su cabello, y su flequillo era sacudido ligeramente.

Kagome expuso su rostro al viento, y entonces pudo apreciar toda la parte trasera de la casa. A un costado de la vista alcanzó a distinguir a través de los árboles más altos el techo de la pérgola. Esa imagen trajo a su memoria entonces el día que estuvo ahí la última vez. Sus labios, sin que ella fuera consciente, pasaron a formar una línea recta. Pero antes de que evocara de más la zozobra de esos días sintió que Sesshomaru se acercaba a su lado por el costado derecho.

La mano izquierda del ambarino estaba junto a la suya en la balaustrada, rosándola voluntaria o involuntariamente. El espacio no era muy amplio, pero ambos podían permanecer en él sin incomodidad uno al lado del otro.

–Hay algo que quiero preguntarte. –habló él, más en un intento de avisar que de pedir permiso. – ¿Por qué te marchaste ese día?

Después de oírlo, ella vaciló antes de decidirse a responderle, lo cierto es que debía ser honesta con él, pero no sabía exactamente por donde empezar. Él no le veía fijamente, sino al jardín.

– ¿Sabes? Conocí a la señorita Kagura por casualidad...

El peliplata posó su mirada en ella, impasible.

–Fue ayer, en un parque. –quiso narrar, su voz era suave y pausada. –Conversamos un rato... sobre ti. Me contó que le salvaste la vida hace algún tiempo.

–Tú pensaste que existía una relación entre nosotros, ¿no es así?

Ella le vio momentáneamente antes de contestar. El ambarino como siempre era más contundente y prefería ir al grano.

–Bueno es que... los vi juntos ese día en la pérgola. –"muy juntos"… Habría pensado añadir. –Y era la primera vez que la veía aquí así que...

Sesshomaru estuvo muy atento a sus expresiones, en ese momento la imagen a la que la pelinegra hacía referencia se presentaba en su mente. La escena de Kagura y él, aparentemente tomados de la mano. Entonces entendió gran parte de lo que ocurrió.

– ¿Fue por eso por lo que te fuiste rápidamente?

La vio desviar los ojos hacia su costado izquierdo, ocultándose de él. Distinguía cierta vergüenza en ella, o simplemente el recuerdo no era agradable. La azabache deslizó la mano unos escasos centímetros hacia sí, claro que se sentía apenada. Naturalmente él se había enterado de que salió corriendo sin más aquella mañana, y aún si eso fue lo único que pudo hacer en ese momento de pánico, no estaba segura de que él lo entendiera todavía.

–No quería que nadie me viera, y menos ustedes. Solo… sentí como si… estuviera sobrando. –esa última palabra no fue fácil de pronunciar. Sin embargo, así mismo era exactamente como se sintió. Y aún ahora le aterraba inmensamente la sensación, como si pudiese volver a experimentarla. –A decir verdad nunca supe si tenías novia o… amigas. Así que no sabía qué pensar en ese momento.

Creía que era invisible para ti…

La pelinegra no pareció querer agregar algo más. Él se giró, quedando de frente a esta que todavía se apoyaba en la balaustrada.

–Y dime, ¿todavía crees que puedo tener algo con ella? –inquirió finalmente en voz baja.

Kagome se encontró vacilante por unos momentos; se podría decir que habían llegado al punto central de la conversación. Ahora ¿qué esperaría él que respondiera, qué desearía?… En realidad empezó a dudar acerca de ese asunto solo después de terminar de hablar con la chica de ojos rojos en aquella banca, pero definitivamente fue la visita de él lo que hizo que esa conclusión fuera desechada de su mente. Se atrevió a voltear y observarlo a su lado.

–No. –aseguró, –Pero ella está enamorada de ti. Parece gentil y es bella…, no era raro que pensara que era tu novia.

Saber que no lo era le permitía decir aquello sin sentirse del todo mal. Estaba diciendo lo que realmente pensaba, e incluso pudo encorvar ligeramente los labios. Pero volvió a mirar hacia el jardín. Sesshomaru pudo leerla, pero no entendía por qué se cerraba tanto. Era como si quisiera compararse…

–No te equivocas. En efecto, Kagura es una mujer con indudables cualidades, y no es una mala persona.

La azabache se permitió sentirse mal por un instante. Entonces percibió cuando el ambarino volvió a tomar posesión de su mano derecha, esta vez provocando que ella se virara ligeramente de frente hacia él.

–Pero no siento nada por ella. Nunca lo sentí, ni lo sentiré en el futuro.

Se esforzó por no reparar en el timbre suave de su voz, lo cual nunca fue fácil para ella, aún y cuando en el pasado le hablaba de forma tosca.

Él no liberó su mano, al contrario, la entrelazó con la suya y la dejó caer a un lado de ellos.

–Tú ya deberías saberlo, pero no es así, por lo que…

Kagome entreabrió los labios, quería decir algo, pero no entendía del todo sus palabras. Sesshomaru apretó en su costado la pequeña mano, llamando su atención y deteniendo sus cavilaciones. Y sin mucha prisa ocupó su segunda mano en tomar la otra de ella.

–Te lo diré directamente: Me gustas. –le dijo sin vacilar, sin apartar ni un momento sus ojos de ella. Lo que quería era disipar todas sus negaciones. –Y en adelante, no pienso fingir como que nada me pasa contigo.

El corazón de la azabache latía desenfrenado, ella estaba conmocionada, pero aún con el peso de su profunda mirada dorada cerca de la suya, no apartó su vista. Finalmente aceptaba que su sueño se había hecho realidad, y el calor en su cara de pronto fue muy llevadero porque aquél a quien quería le confesaba un interés romántico de vuelta. Sus labios se abrieron…

–Sesshomaru, yo también…

Su corazón tenía una fiesta… solo faltaba que ella confesara lo que sentía. Pero… pero por alguna razón, no pudo hablar. No pudo decir lo que quería decir porque eso no era otra cosa que un "te amo", y no podía ser menos que eso. Pero eso no era lo que él había dicho.

Lo que ella sentía bien podría ser mucho más grande, y sabía que era tan grande que había quedado expuesto ante él, pero a lo mejor como un enamoramiento. Sesshomaru la veía atenta, toda confusión reinando entre el brillo de esos grandes ojos chocolates, sino fuera porque juraría estar escuchando sus latidos acelerados dudaría de lo que ella sentía. Así que se contentó con hacerla sonrojar más, al deslizar en una caricia sus largos dedos entre los de ella.

Kagome sintió su rostro arder, y peor aún, sus piernas flaquear. Su mirada era realmente cálida en ese momento, nunca antes la había percibido así, sencillamente sentía que era demasiado para su pobre razón. La cual no hacía más que gritarle una palabra que no dejaría salir.

Casi se dio un golpe mental. De la forma que fuera, ahora la atracción entre ambos era mutua y eso era lo que importaba. El peliplata tomó un poco de distancia dispuesto a ingresar a la habitación. Ella contempló su espalda alejarse conforme cada paso…

Yo sé que lo que siento por ti es amor… Pero tú… ¿me amas?

Se obligó a moverse de su sitio, lo observó frente a la mesa de noche que estaba al lado de su cama, se estaba colocando un reloj, sus movimientos eran expertos y elegantes.

Estoy contigo, y siempre que lo quieras estaré a tu lado. Entonces tú me…

Se mordió el labio, se moría por decirle algo. Si bien, había cosas que no sabía, había otras que sí: ella quería estar a su lado y hacer que esa atracción en él creciera hasta ser un auténtico y puro amor, quería expresarle que por su parte estaba feliz, que aceptaba sus sentimientos a pesar de que nunca los esperó, que la tenía caminando en las nubes con su confesión.

Y él supo sus intenciones, pese a que no la veía directamente no lo necesitaba, ya estaba resuelto a esperar el tiempo que fuera necesario. Entonces se adelantó.

–Sí espero ese pastel.

– ¿Eh?

Él se volvió hacia ella. La chica recordó las palabras de la cocinera y asintió casi con torpeza, se refería al pastel de fresas que ella en un principio también quiso con ansias darle. Iría de compras con la señora Shoga para tener lo necesario.

Ciertamente, él también iba a salir, pero no con ellas. Kagome se preguntó si tardaría mucho. Entonces él terminó de hacerse una coleta en el cabello sin la mínima dificultad. Reparando en que ella aún no se movía de su sitio para salir de la habitación.

–Voy a la corporación; necesito salir de este encierro.

Ella quiso curvar sus labios. De nuevo él había leído sus pensamientos y se había adelantado. Supuso que se trataba de alguna empresa de las de su familia, nunca habían hablado de eso porque en su condición parecía imposibilitado –por coacción más que por decisión propia– para trabajar. Probablemente era tiempo de que volviera a su vida ordinaria, o por lo menos, empezar. Al final sí sonrió.

–Gracias… por decírmelo.

Sesshomaru, que sostenía la perilla de la puerta, se detuvo; su ternura e inocencia lo conmovieron en gran medida. Sonrió secretamente antes de abrir la puerta blanca de madera y salir. Bajaron las escaleras. Allí los esperaba la cocinera.

– ¿Ya se va, joven? Yaken acaba de llegar.

–Sí, Shoga. Dile a Mioga que las lleve a comprar, –indicó más como una orden. –yo voy en el auto, con Yaken.

–Está bien. Entonces vámonos de una vez, Kagome, –afirmó enérgicamente. –no tenemos tiempo qué perder.

Cuando el peliplata salió de la casa y estaba por abordar el automóvil, Kagome y compañía también estaban saliendo para irse en una segunda unidad que estaba detrás de la del joven ambarino; traían unas bolsas reutilizables que al parecer era una manía de la cocinera; buen hábito, por supuesto. Ya listos para irse, la azabache sintió su mirada sobre sí. Acomodó una sonrisa y alzó como pudo una mano en señal de despedida.

–Que les vaya bien, hasta pronto.

–Nos vemos.

Le escuchó decir, era una despedida muy típica de él, Kagome presintió que él le decía más que eso, aún si el que se despidiera era una clara señal de que iba en serio con lo que le confesó, sus ojos y sus palabras hablaban entre líneas, y tuvo que suprimir un suspiro. Se subió a la parte trasera junto a la mayor y pudo ver cuando el auto negro se puso en marcha, el señor Mioga no tardó en subirse para imitar al anciano Yaken y echar a andar la camioneta.

–El jovencito Taisho amaneció de buen humor hoy, –exclamó la cocinera con un aire extraño. –si hasta más apuesto se ve, ¿verdad?

La pelinegra volteó a verla en seguida al sentir que movía el brazo para darle un pequeño empujón. El anciano Mioga no tardó en intervenir.

–Shoga, por favor, ya deja de avergonzar a la señorita Kagome, ¿no ves lo roja que se puso?

– ¿Yo?

Los dos rieron al unísono, lo que hizo que Kagome se confundiera más y no supiera a donde poner la mirada.

–Hablando de eso, señor Mioga, ¿sabe si ellos empezarán a trabajar con regularidad?

–No todavía. –informó el viejo. –El señor Sesshomaru es muy terco y quiso ir a la empresa porque seguramente es ahí donde se incorporará cuando se haya recuperado por completo. ¿Qué te parece eso, vieja?

– ¡Caramba, Mioga! No me habías contado eso.

Kagome alternó la vista de uno al otro. – ¿Por qué le sorprende tanto, señora Shoga?

–Porque eso significa que el joven Taisho se quedará a vivir aquí... Y no volverá a Alemania.

–No me parecería extraño que pronto recibiéramos la visita del señor Inu.

Kagome no le prestó mucha atención a la última parte, más bien, pensó que hasta ese momento no había reparado en esa posibilidad. Ahora que sabía que podría irse, pero que planeaba quedarse, se sintió muy feliz. Una dicha que ella bien sabía que se debía a que lo que pasaba entre ambos no tendría que someterse al distanciamiento. La sonrisa que se plantó en su cara no se desvaneció en ningún momento. Porque incluso en medio de las compras recordaba que lo que elegía, sería para él.


El olor dulce inundó la habitación entera, opacando incluso el olor de la comida que la anciana había preparado para el almuerzo.

–Esa mermelada se ve deliciosa, niña.

La azabache había conseguido recetas de varias mezclas diferentes, finalmente quería encontrar la más apetitosa.

– ¿Lo dice de verdad? Lo mismo dijo con el merengue italiano del pastel, así que ya no sé si creerle.

–Niña, que te digo la verdad. Cómo no va a quedar bien si te ayudé yo, y además le has puesto tanto empeño.

La azabache no pudo evitar notar algo implícito en el comentario. Y una tercera voz irrumpió.

– ¡Ay, qué bien huele! ¿Están horneando un pastel?

El ambarino entró rápidamente con dirección a un punto en específico.

–Hasta que llegaste.

Pasando por alto el tono recriminatorio en la voz de su amiga, se acercó a ella. – ¿Qué es eso que tienes ahí?

–Ni se te ocurra probar. –amenazó, con esa voz aterradora que esta vez sí alarmó al joven. –Eres un traidor, Inuyasha.

–Feh, ¿por qué me dices traidor, Kagome?

–No te hagas, Inuyasha. –se colocó las manos en las caderas. Aún sin soltar la batidora de mano. –Ya sé que tienes novia y no me lo quisiste decir.

–Ah, ¿lo decías por eso?, pues no es mi novia, Kagome. ¿Cómo crees que no te diría algo así?

–Entonces sí estás saliendo con una chica.

–Bueno…

Kagome lo vio tratando de buscar las palabras para no ofender de ninguna manera su dignidad de mejor amiga. Su cara ruborizada era un claro recordatorio de lo malo que era Inuyasha para ocultar sus sentimientos. La pelinegra no pudo menos que sonreír. Sonrió sin disimulo, porque en eso ellos dos se parecían mucho. Y era estupendo que su amigo tuviera alguien por fin. Sabía que era un chico con un gran corazón.

– ¿Cómo se llama, eh?, ¿la conozco?

–Oye espera, hace un segundo estabas enojada, Kagome. –acusó.

– ¡Pero ahora no lo estoy y te pregunté su nombre!

.

.

.

La hora del almuerzo transcurrió sin que cierto peliplata abandonara la cocina, la azabache tuvo que resignarse a cocinar el resto de los postres sintiendo el peso de su mirada. Un par de horas en el que recordó por qué solo ella había sido la mejor amiga de Inuyasha antes que los demás: por su paciencia.

Aún así, fue ameno hasta que él se empecinó con probar una de las muestras y no le quedó de otra.

–Eres el colmo, Inuyasha.

Se quejó mientras ponía frente a él un trozo de pastel sobre una fina pieza de porcelana. El peliplata sonriente no demoró en tomar un utensilio y llevarse una mascada a la boca. La reacción fue digna de grabar.

–No seas dramática, Kagome. –le restó importancia. –Tenía antojo de algo dulce.

–Pero solo te pedí que esperaras a la merienda. Acababas de almorzar.

Ella casi se lleva una mano a la frente, con su amigo no cabía remedio; se suponía que el primero en probarlo iba a ser su hermano mayor. Finalmente dejó escapar un suspiro cansino y se dedicó a mirarlo comer apresuradamente, por lo menos ese deleite debía significar que estaba muy bueno el bocado y era lo que ella quería. Sonrió al ver que en su descuido se estaba ensuciando la zona cercana a la boca tal cual niño.

Antes de poder decirle algo escuchó la puerta de la entrada abrirse. No tardó en oír la voz de Yaken, habían vuelto. Su amigo levantó la cara cual canino.

– ¿Sesshomaru no estaba aquí?

Horas en casa y apenas venía reparando en que su hermano no estaba. Kagome le lanzó una mirada recriminatoria, y vio rápidamente que su rostro estaba peor que antes.

– ¡Inuyasha!, después no te quejes si te pones como vaca. No hables con la boca llena, mira como tienes la...

Cuando el ambarino mayor apareció por fin en la cocina, ella no pudo concentrarse en algo más que en él.

– ¡Caray, casi había olvidado lo que es el ambiente de las oficinas y la calle! –Exclamó el anciano entrando visiblemente agotado. –Nada como estar en la casa. Sí señor.

–Buenos tardes, señor Yaken. –le saludó de la forma más amable. –Qué bueno verlo de nuevo.

Sonrió en su dirección, sabía bien que él no le correspondería como ella pero poco le importó. La realidad es que hasta a él podía extrañarlo cuando se ausentaba. Como esperó, él no profirió más que quejas de ella y del bullicio de la ciudad, pero no dejó de sonreír debido a eso. Entonces el peliplata reparó en su hermano menor, sentado en el mesón.

–Inuyasha, –le llamó desde su lugar. – ¿qué sabes tú de la posible visita de nuestro padre?

– ¿Nuestro padre viene a Tokio? –devolvió la pregunta, ajeno a la suciedad que tenía en la cara. Al mayor casi le da un tic al ver las manchas. –A propósito, no me digas que fuiste a la empresa hoy.

–Veo que no sabes nada. –concluyó, paseando los ojos por su cara manchada. –La directiva me contó que los había llamado para comunicárselos. Parece ser que está por llegar.

– ¡Feh! Qué terco eres, apuesto a que ni te anunciaste, ¿o sí?

– ¡El señor Sesshomaru no necesita anunciarse! –Saltó Yaken, a lo que Inuyasha se puso de pie frente a él, con cara burlona.

– ¿Ah sí? Pero apuesto a que la empresa se puso como loca cuando llegó después de tantos años. Y para variar eso fue por tu incompetencia, anciano.

– ¡Ay, ¿cómo te atreves, niño engreído?!

La discusión era casi predecible, esos dos eran tan intolerantes. Sesshomaru desvió la mirada hacia la pelinegra. Ella advirtió su atención, intercambiando miradas silenciosas. Él también estaba muy tolerante ese día, si hubiese estado de su humor habitual ya los hubiera hecho callar. Kagome no sabía cómo hacer que los dos cesaran en su confrontación. Pero la mirada apacible del peliplata le dio a entender que no debía inquietarse en lo absoluto.

A decir verdad, nada de lo que pasara a su alrededor importaba si ella estaba. Su presencia era como un bálsamo, pero aunque la estuviera consumiendo con la mirada ella no lo comprendía así. E inocentemente correspondía a su contacto.

Si ella supiera…


Continuará…


Ñee, no fue tan largo como lo dice el contador de palabras de word xD

Sessh y Kagome dieron un gran paso. ¿A que no? Pero estoy un poco confundida... ¿Qué tal ven a estos tórtolos?

Bueno, Kagome reconoce no solo estar "enamorada", verán, hay una diferencia entre un enamoramiento y el sentimiento de amar a alguien.

Sé que hay muchas formas en las que Sesshomaru suele confesar sus sentimientos, y también muchas palabras. Yo opté por el sencillo "Me gustas", ya que he visto que dicha frase va más acorde con los de personalidad poco expresiva. Por supuesto, al igual que Kagome, no descansaremos hasta conseguir otras palabras… pero tengan paciencia. Y díganme qué opinan sobre esto.

Los quiero un montón.

¡HASTA PRONTITO!