Las cosas habían cambiado drásticamente y Jane no entendía por qué. Intentó preguntarle a Maura, pero siempre se encontraba ocupada y no lograban hablar por más de un par de minutos. Maura no le mentía. Sabía que no lo hacía por las sirenas o cuando se escuchaba su asistente de fondo. Las dos estaban ocupadas, solo que en esos días Maura lo estaba más. Así fue hasta el viernes de esa semana, cuando tres días sin apenas hablar habían pasado.
Ese viernes todo cambió cuando se sentaba en su escritorio con la taza de café que apenas se había preparado, y que casi suelta al escuchar a Frost mencionar el nombre de Maura.
—Sí, los tiene Jane, pero se lo pido y te los mando—. Había dicho, y Jane apretó la mandíbula ¿Qué estaba pasando? Frost no le dijo nada sobre la llamada, solo le pidió la carpeta que estaba al costado del escritorio y la tomó cuando ella no le respondió. Lo siguió con la mirada hasta que le dio la espalda, dirigiéndose a la máquina de fax.
Jane volvió a mirar la pantalla apagada de su celular y soltó un suspiro, decidiéndose a enviar el texto que había dejado escrito minutos atrás.
"Necesito hablar esta noche contigo"
Era directo y conciso. Maura lo leería cuando tuviera chance y hasta ese momento ella estaría tranquila. Esperando. Guardó el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón y comenzó a caminar de un lado a otro más desesperada que antes. Enviar el mensaje no había ayudado a calmar su mente en lo absoluto.
Angela la observaba en silencio desde la cocina. Había comenzado a notar algo diferente en su hija desde hace unos días. No estaba muy clara qué era exactamente, pero definitivamente algo estaba mal. Y ahora, observando cómo caminaba de un lado a otro como perro enjaulado, no podía hacer más que preocuparse e intentar ayudarla de algún modo.
—Jane, ¿Puedes sentarte?
Frankie, que bebía de su cerveza, miró a su madre y luego a su hermana.
—Sis. —Sostuvo su brazo, deteniéndola y tirando suavemente de ella para que sentara a su lado. Angela le agradeció con la mirada antes de darse vuelta y seguir cocinando— ¿Qué pasa? ¿El caso va tan mal? Hace tiempo que no te veía tan... ¿desesperada?
—No es el caso.
Frankie tenía la sospecha que se trataba de la belleza de mujer que su hermana tenía como amiga. Tenía que ser eso. ¿Qué otra explicación podría haber cuando su humor cambió de repente cuando su madre preguntó por la doctora?
—¿Todo bien con Maura?
—Sí… bueno, no sé. No estoy completamente segura. No hemos hablado mucho desde que regresó a Nueva York.
—¿Pasó algo entre las dos? —Susurró, asegurándose de que su madre no estuviera prestando atención.
La pregunta la había desconcertado un poco. No entendía a qué se refería o por qué estaba susurrando. Intentó recordar si habían discutido, pero no había sido así.
—No. La acompañé al aeropuerto y todo estaba bien.
—¿Acaso le dijiste algo en el aeropuerto?
—¿Qué? ¿Por qué suena como si me estuvieras acusando de algo?
—Jane… solo intento ayudarte a entender qué te pasa.
—Perdona —susurró doblándose de hombros, soltando un suspiro.
Intentó recordar cada momento en el aeropuerto. Algo que ya había hecho constantemente desde aquel día.
FLASHBACK
Esperaron hasta el último momento, como siempre. Ella y Constance se habían despedido de ella mucho antes, quedando de acuerdo en reunirse con Maura a la hora de abordar.
—Tal vez podría irme contigo —dijo en broma, aunque en el fondo deseaba que fuera posible.
Maura sonrió con tristeza. Las dos escucharon atentamente cuando anunciaron el abordaje del vuelo por primera vez.
—Esa es mi señal —dijo con resignación—. Te llam… —Sus palabras se ahogaron cuando sintió el esbelto cuerpo de Jane colisionar con el de ella. Solo le tomó unos segundos para recuperarse de la sorpresa y corresponder al abrazo con la misma fuerza. Nunca imaginó que un abrazo podría sentirse tan íntimo como se sentía en ese momento.
—Gracias por estos días, Maur —susurró sobre cabello dorado, estrechándola con más fuerza—. Ha sido el mejor cumpleaños que he tenido. —Se calló al escuchar que su voz se entrecortó.
—Jane…
—Tranquila. No es nada —contestó entre lo que terminó siendo un sollozo y una risa ahogada.
Maura ladeó la cabeza, conteniendo –o eso intentaba- sus propias emociones. Su mirada estremecía a Jane de pies a cabeza; la tristeza reflejada en esos ojos avellana era tanta que provocaba un pesar en su pecho.
—Perderás tu vuelo… —Le recordó, limpiándose la humedad de sus mejillas.
Maura hizo caso omiso a sus palabras.
—Jane… —repitió, y esta vez logró que la mirara a los ojos—. Volveré pronto —No era lo que quería decirle, pero su cerebro había tomado el mando.
Maura se separó lentamente, extrañando ya su cercanía. Extrañaría despertar a su lado… poder mirarla cuando sonreía, sin límites de tiempo ni de llamada. Lo que más iba a extrañar era el poder sentirla.
Jane volvió a encontrarse con sus ojos cuando sintió una leve caricia en su mejilla. No fue hasta entonces que se dio cuenta que Maura le sostenía el rostro entre sus manos, acariciando suavemente su mejilla con los pulgares.
—Cuídate, por favor —susurró antes de besar su frente. Jane soltó un suspiro tembloroso y cubrió las manos de Maura con las suyas. No le importaba cómo se verían o lo que las personas que caminaban a su alrededor podrían pensar. El mundo había desaparecido. "Tu mundo se detiene y yo no encuentro una explicación..." Las palabras de Maura retumbaron en su cabeza, estremeciéndola por completo.
—Te quiero —susurró antes de que los labios de Maura se separaran de su frente. No lo había pensado; esas dos palabras que habían nacido de su interior y florecieron de sus labios. Abrió los ojos buscando alguna reacción en el rostro de la mujer, pero esta se mantuvo impasible. Los labios de Maura se separaron y Jane esperó a escuchar algo, cualquier cosa, pero esos labios carnosos se sellaron al escuchar el anuncio del vuelo una vez más.
—Tengo que apresurarme —intentó sonreír.
—Tú también cuídate. —Sonrió y dio unos pasos atrás. Maura asintió nuevamente, esta vez con una sonrisa más ancha y honesta antes de darle la espalda y alejarse.
—¿Jane? —La voz de su hermano la sacó de sus pensamientos.
—Solo está ocupada —No sonó muy convincente.
Frankie la miró por varios segundos, intentando deducir qué era lo que estaba dando vueltas en la cabeza de su hermana. Pensaba que estaba loco por considerar si quiera lo que estaba pensando en ese momento, pero no podía evitarlo; nunca antes había visto a su hermana tan afectada –en todos los sentidos- como lo estaba con Maura. Jane sonreía con ella como rara vez lo hacía; la forma con la que la miraba sin siquiera ser consciente... Si no estuviera casada y fuera heterosexual, podría apostar su vida que el brillo que aparecía en la mirada de su hermana con el solo mencionar el nombre de la mujer, era el de una persona enamorada.
—Janie —llamó Ángela desde la cocina, acercándose a ellos con una libreta en la mano— ¿Qué te parece esto? —preguntó señalándole una receta.
—¿Para qué es esto?
—Para recibir a Gabriel.
Frankie puso los ojos en blanco y Jane le dijo que le parecía bien. Gabriel se comería cualquier postre que tuviera chocolate.
—Eso es si regresa —murmuró Frankie antes de tomar otro sorbo de su cerveza.
—¡Frankie! ¿Qué te he dicho de decir esas cosas delante de tu hermana?
—Estoy aquí. —Les recordó Jane con sarcasmo.
—Tú eres la única que parece tener un problema, Ma.
—Frankie tiene razón.
—¡Jane!
—¿Qué? – Se dirigió a Frankie y le preguntó —¿Crees que en la siguiente cena familiar anuncie que se mudará a Nueva York?
Frankie estalló en risa.
—Es posible.
—No lo puedo creer. —Sus dos hijos la miraban sin poder dejar de reír. Angela resopló y regresó a la cocina.
La sonrisa de Jane flaqueó por un instante y volvió a sonreír de oreja a oreja cuando su hermano le habló.
—Los resultados estarán en una hora Doctora Isles —avisó el asistente, esperando que la doctora terminara de cambiarse en el cuarto de baño. Habían estado todo el día terminado las autopsias. Lo que había comenzado por una simple consulta del FBI, terminó involucrándola en el caso por completo.
Maura emergió con un vestido azul marino y tacones del mismo color, aunque un poco más oscuros, casi negros.
—Aún tiene las gafas.
—¡Oh!... Lo olvidé. —No era la primera vez que lo hacía esa semana. También se había dejado el cabello recogido en una coleta, pero su asistente no le comentó al respecto.
—Avísale al laboratorio que necesito los resultados en media hora a más tardar.
—Pero doc… —Se tragó sus propias palabras cuando la mujer le lanzó una mirada retadora— De inmediato, Doctora Isles. Le tendré los resultados en media hora.
—Bien. Gracias.
—Por cierto. Una señora la está esperando afuera.
Maura no esperaba ninguna visita y rogaba que no fuera otro agente del FBI.
—Dile que puede pasar. —Se sentó en su silla, cerrando los ojos por unos segundos.
Unos segundos de descanso ya no eran suficientes.
—¿Qué le hiciste a ese muchacho para que saliera de tu oficina como perro con el rabo entre las patas?
—¡Ella! —exclamó sorprendida. Ella nunca había visitado la morgue. Siempre había dicho que tan solo la idea de ir a una le daba escalofríos— ¿Qué haces aquí?
—Tu oficina es mucho mejor que eso allí afuera. —Ignoró la pregunta de momento. Se acercó al escritorio y dejó un café sobre él. Maura le lanzó una mirada a la copa y luego la miró a los ojos—. Es para ti. Necesitas descansar Maura, la cafeína no te mantendrá en pie por mucho tiempo.
—Estoy bien.
Ella suspiró. No le diría que su cansancio era visible. Estaba segura que Maura no había dormido en las últimas veinticuatro horas.
—¿Al menos has comido?
—Mi asistente me ofreció un sándwich de pollo.
—¿Eso es todo? – preguntó incrédula.
—No tengo mucho apetito.
Ella le dio la vuelta al escritorio y alzó el rostro de la rubia con los dedos bajo su mentón, examinándola. Era un gesto maternal que siempre había hecho desde que tenía memoria. No podía ocultarle algo a Ella; la conocía tanto como su madre, tal vez más.
—¿Qué está pasando, Maura? —Preguntó en voz baja—. Las dos sabemos que desde que regresamos de Boston te has enterrado en trabajo.
—Porque tengo mucho trabajo —explicó y volteó su rostro.
Ella volvió a cruzar los brazos.
—Siempre que necesites hablar, no importa sobre qué, puedes contar conmigo, ¿Lo sabes, verdad?
—Lo sé —susurró evitando su mirada preocupada. Se sentía culpable de que Ella tuviera que acudir hasta un lugar que detestaba para poder hablar con ella. Para asegurarse de que estuviera bien.
Ella había notado algo diferente desde que se unió a ellas en el aeropuerto; el cambio súbito en la rubia la había alarmado al igual que a Constance. Las dos habían decidido que era a causa de la despedida, pero ahora, casi dos semanas después, comenzaban a pensar que se trataba de otra cosa. Maura apenas había tenido un respiro del trabajo.
Maura suspiró agradecida cuando alguien tocó la puerta y su asistente se asomó disculpándose por la interrupción.
—Perdone Doctora Isles, pero el agente Dean la está esperando.
—Gracias, Dave. Avísale que estaré con él en un momento.
Ella volteó la cabeza al escuchar ese nombre y esperó a que el asistente cerrara la puerta, para acercarse y echar un vistazo a través de la ventana. No eran ideas suyas, sabía que ese nombre se le hacía familiar.
—¿Ese no es el esposo de Jane? —Volvió a mirar a Maura que se había puesto de pie y se alisaba el vestido con las manos.
—Sí.
—¿Qué hace él aquí? ¿Estás trabajando con él? —preguntó incrédula.
—Sí, Ella.
Se había quedado muda y Maura pudo imaginar todo lo que estaba pasando por su cabeza.
—Es agente del FBI. Estoy consultando en un caso.
—¿Con el FBI? —preguntó, incrédula.
—Sí.
—¿Disculpen?
Las dos dirigieron la mirada hacia el hombre que ahora se asomaba por la puerta.
—Perdonen la interrupción.
—No te preocupes Dean. Te presento a Ella.
—Ella. —Se quedó pensando por unos segundos— ¿Nos hemos conocido?
—Buena memoria. Si, puede ser que me haya visto en la exposición de Constance Isles. Estaba usted con su esposa.
—Cierto, cierto. Un gusto conocerle finalmente.
—El gusto es mío —dijo con serenidad, examinándolo de pies a cabeza con disimulo.
—Maura. —Se dirigió a la doctora con una sonrisa—. Todo está listo ¿Estás segura de esto?
La doctora solo asintió en silencio.
—Te estaré esperando afuera cuando estés lista. Ella, siento que este encuentro sea tan breve —dijo antes de disculparse nuevamente por la interrupción y salir.
Ella cerró la puerta con más fuerza de la intencionada.
—¿De qué estaba hablando? ¿Segura de qué?
—Sabes que no puedo divulgar sobre mi trabajo.
—Maura —dijo con un tono fuerte y una pizca de preocupación.
—No puedo, Ella.
—Al menos asegúrame que estarás bien. Que no debo preocuparme.
Maura permaneció en silencio por un instante. ¿Cómo podía asegurar algo incierto?
—Me cuidaré.
No convenció mucho a Ella, pero no dijo nada y la siguió hasta la salida, despidiéndose con un fuerte abrazo.
—Pasa por la casa esta noche. Necesitas alimentarte bien y sabes que tu madre también está preocupada. Le hará bien verte.
—Lo intentaré – susurró antes de separarse y entrar en un SUV negro con Dean.
—No estoy muy seguro sobre esto, Dean. No tiene el entrenamiento suficiente.
—Dijo que podía hacerlo y sabe de lo que está hablando. No encontraremos a alguien más capacitada con el poco tiempo que tenemos. Además, tendremos los refuerzos si todo se va a la mierda.
—Ahí viene nuestro informante.
Dean se acercó a Maura.
—¿Estás lista? —Preguntó comenzando a cuestionarse su decisión. Si con un poco más de tiempo podría encontrar a alguien más...
—Es ahora o nunca —contestó, intentando sonar más segura de lo que se sentía.
—Tengo entendido que oficialmente es tu primer encubierto.
—Sí, aunque en teoría sé lo que debo hacer—. No iba a comentar algo al respecto, pero decidió que era mejor callar y conservar la seguridad que sentía en esos momentos.
—Bien. Recuerda que solo tienes que hacerte pasar por una doctora regular, no eres jefa, no trabajas para el estado de Nueva York. Te llamas Erika y trabajas en Mercy Hospital ¿Entendido? Solo tienes que ver el estado del jefe. Intenta escuchar y recordar todo lo que digan. Irás a oscuras, son muy cuidadosos y paranoicos.
—A ciegas —repitió con la mente en blanco— ¿Cómo me comunicaré con ustedes?
—Yo iré contigo, seré tu enfermero. Solo nuestro informante sabe que trabajo para el FBI. Conocen a todos los agentes que están trabajando en el caso.
—¿No te conocen entonces?
—Así es. —El celular de Maura sonó y vio la foto que se había tomado con Jane el día de su cumpleaños. Jane la estaba llamando. Jane podría darle la seguridad que le faltaba... Estuvo a punto de contestar pero la voz de Gabriel hizo a un lado sus intenciones.
—Necesitaré tu celular —avisó extendiendo su mano para que se lo entregara—. No podemos arriesgar que te identifiquen.
Maura asintió y observó que tenía una alerta de mensaje de texto de Jane. Podía sentir la mirada de Dean y el apuro que sentía, así que asintió y presionó el botón al costado hasta que el celular se apagó y se lo entregó.
—Estoy lista.
—Puedes hacerlo —murmuró cuando se acercaban con el informante.
—Párense contra la pared y abran las piernas —ordenó el hombre en la puerta mientras otros dos observaban.
—Vengan muchachos estos son los médicos —dijo el informante que se calló cuando el hombre alto con la pistola en la cadera le lanzó una mirada penetrante. Maura tragó en seco y separó las piernas hasta donde su vestido se lo permitió.
—Vaya, vaya… qué tenemos aquí —dijo uno de los hombres con un tono que hizo que el asco se apoderara de ella. No podía soportar que sus asquerosas manos la tocaran. Dean giró la cabeza y la miró a los ojos—. Qué piel más suave, ¿doctora…? —preguntó, deslizando las manos por sus piernas hasta agarrar sus nalgas.
—Doctora Erika Sekwiz –contestó entre dientes.
—Tengo que revisar por aquí – susurró el hombre a su lado, subiendo las manos en camino a los pechos, pero Maura lo detuvo con un manotazo.
—Un poco de respeto —reprendió.
El hombre la miró estupefacto por uno instantes antes de dirigirse a sus hombres y soltar una carcajada.
—Parece que tenemos una brava en nuestras manos. Me gusta.
Siguieron al mismo hombre por unas escaleras hasta el segundo piso y la habitación al final del pasillo. A Maura le dieron una pequeña maleta con solo lo necesario para hacer unas pruebas y sacar sangre. Estaba siendo observada por varios hombres. Sus manos comenzaron a temblar ligeramente y Dean le pasó el siguiente tubo, manteniendo su mirada en ella por un segundo más de lo necesario, intentando comunicarle que todo estaba bien. Maura asintió un poco más relajada y aceptó el tubo.
Los muchachos en la calle siete están teniendo problemas —avisó un joven que recién entraba en la habitación— ¿Estos quiénes son?
—La doctora y su asistente.
—¿Por qué te me haces conocida? —preguntó frunciendo el ceño.
—Soy la Doctora Sekwiz, ¿Has estado en el hospital Mercy? —Preguntó con naturalidad. El hombre no respondió; sacó el celular del bolsillo del pantalón y se acercó a Maura. La foto fue tomada antes de que pudiera siquiera darse cuenta de lo que estaba pasando. Otro clic y la foto de Dean fue tomada también.
—Quiero saber todo sobre la mujer en la foto. El enfermero también. Tienes cinco minutos —ordenó y terminó la llamada.
Maura y Dean se miraron en silencio. Dean lanzó una mirada hacia la ventana al costado de la habitación, rogando que los agentes hayan notado su señal.
—Aléjate de él y levanten las manos —ordenó el mismo hombre.
Dean dio unos pasos hacia atrás, alejándose de las ventanas.
El celular volvió a sonar y los dos tragaron en seco. Ni siquiera había pasado un minuto. A Maura no le extrañó; había estado en periódicos y revistas, encontrar una foto de ella o su identidad sería un trabajo muy fácil.
—¿Doctora Sekwiz? —Se acercó a ella y le mostró la foto que le habían tomado para la revista de arte y luego la de su identificación— Más bien "Doctora Isles"
Los tres hombres apuntaron sus armas hacia ella.
—No pensé que fuera prudente usar mi nombre real… dada mi posición —dijo y sorprendió a Dean, aunque este se mostró indiferente. Los dos rogaban que no encontraran nada que la uniera a la policía.
—Hmmm —El hombre siguió mirando la pantalla del celular— ¿Acaso el arte es un hobbie de usted? —Maura asintió y el hombre susurró entre dientes que era una pérdida de tiempo. Maura tuvo que morderse el labio para no objetar a su comentario.
El informante le lanzó una mirada a Dean, asintiendo levemente. En pocos segundos una granada aturdidora estaba rodando por el suelo.
—¡Granada! —gritó uno de los hombres antes de que el destello los cegara.
Maura sintió unos brazos agarrarla y tirarla al suelo. Estaba desconcertada y su visión apenas estaba regresando. Pensaba que lo que escuchaba eran disparos, pero no estaba completamente segura. El ruido de la explosión de la granada había incapacitado su audición.
—¡Maura! ¿Maura me escuchas? Todo está bien —decía Dean, apoyándola contra la pared —Oh Dios —susurró al mirarse la mano y ver sangre. Maura, aún desconcertada, miró hacia abajo y ahogó un gemido al ver la sangre correr a lo largo del brazo.
—¿Me dispararon? —quería asegurarse de que fuera real lo que estaba viendo y no solo ideas suyas. No sentía dolor, pero pensó que era debido a la adrenalina que corría por sus venas.
—Agente Dean, necesita atención médica. Ya viene una ambulancia en camino.
—¿"SWAT"? se preguntó sintiéndose aún más aturdida. ¿Con qué tipo de criminales había estado lidiando?
—Estoy bien —aseguró, pero sus ojos se pusieron en blanco y calló a los pies de Maura.
Jane entró corriendo por el pasillo del hospital. Había tomado el primero vuelo a Nueva York cuando el compañero de Gabriel le dio las noticias.
—Soy la esposa del agente Dean —fue lo único que pudo decir ante la mirada de la recepcionista. Le faltaba el aire por haber subido las escaleras en vez de tomar el elevador.
—Habitación 401.
—Gracias. —Intentó caminar por el pasillo esta vez ya que una enfermera le había pedido que no corriera. Pasaba por la sala de espera cuando divisó el número 401 en la puerta que hacía esquina. La preocupación que la había estado comiendo por dentro y el apuro que había sentido durante las últimas dos horas y cuarenta minutos se desvanecieron en un segundo cuando una mujer que no conocía entró en la habitación 401.
—¿Señora, se encuentra bien? —preguntó una niña que estaba sentada en la sala de espera. Jane la miró sin decir una palabra y luego al hombre a su lado que se disculpó con la mirada.
No había ignorado a la niña, la había escuchado, pero solo pudo brindarle una leve sonrisa como respuesta. Sus pies comenzaron a moverse, uno y después el otro, pesadamente hasta abrir lentamente la puerta de la habitación 401, solo para cerrarla al instante. Lo que había visto la había dejado desconcertada. Se apoyó en la pared al lado de la puerta y cerró los ojos volviendo a ver las imágenes de esa mujer desconocida acercarse al rostro de su esposo y la sonrisa plasmada en el rostro de él. Quería entrar y demandar una explicación, pero no podía moverse. Se sentía enferma, como si su temperatura corporal subiera y bajara a la vez. Tenía un nudo en la garganta y sentía que podría vomitar en cualquier segundo.
Una enfermera se acercaba y le sonrió antes de detenerse enfrente de la habitación. Jane la recordaba; era la misma enfermera con la que la recepcionista había estado hablando, en sí ella había sido la que le había dicho el número de la habitación.
—¿Se encuentra bien? Está pálida —preguntó en voz baja— ¿Quiere que la acompañe a sentarse? —volvió a preguntar cuándo Jane asintió y desistió cuando volvió a mover la cabeza, pero esta vez negando. —Me deja saber si necesita algo. —dijo antes de abrir la puerta de la habitación.
—¿Cómo se encuentra, Agente Dean? —Preguntó y luego se presentó a la mujer—. Soy Karla, la enfermera a cargo de Dean.
—Diana.
La habitación estuvo en silencio por unos instantes antes de que se escuchara la voz de la mujer nuevamente.
—¿Cómo está mi esposo? —preguntó Diana.
—¿He? —Había estado segura que la mujer que se había presentado como esposa del Agente Dean se encontraba afuera.
—Perdone a Diana. No es mi esposa.
—Aún —añadió entre risa y Gabriel forzó una sonrisa.
—Entiendo —murmuró Karla después de unos incómodos segundos, mirando disimuladamente hacía la puerta entreabierta, esperando que se abriera por completo en cualquier segundo. Pero no fue así.
Jane no fue consciente de cómo o cuándo había caminado hasta la sala de espera. Ahí había estado con la cabeza en otro mundo hasta que la niña de antes le volvió a hablar, mostrándose más preocupada que antes. Esta vez le respondió, aunque no dejaba de pensar en lo que había escuchado, en lo que había visto.
—Estoy bien —le dijo a la niña aunque miraba al hombre que concluyó ser el padre. El hombre se disculpó y entretuvo a la niña para que la dejara tranquila. No la molestaba, era solo que apenas podía articular alguna palabra, siquiera pensar en algo más que no fuera en lo que había descubierto. ¿Cómo era posible que? No… ni siquiera podía concebir la idea.
La enfermera la miró con una expresión en blanco cuando salió de la habitación. Jane la siguió con la mirada hasta que se sentó al lado de la recepcionista y fuera de su vista. La enfermera sabía que había escuchado y por eso evitaba mirarla a los ojos. Tal vez ella haría lo mismo si estuviera en sus zapatos.
La tal Diana salió de la habitación unos minutos después y Jane apretó la mandíbula al verla mejor. Sus ojos brillaron con lágrimas y reunió todas sus fuerzas para ponerse de pie. Se limpió las lágrimas de la decepción y la traición que sentía en ese momento y respiró profundamente antes de exhalar con fuerza.
—¡Jane! —Se mostró sorprendido de verla. Tal vez porque Diana apenas había salido de la habitación. ¿Acaso estaba preocupado de que la hubiera visto? ¿De que haya descubierto su mentira? ¿Desde cuándo le estaba mintiendo?
—Vine lo más pronto que pude. Me llamó tu compañero —dijo, fingiendo preocupación y una sonrisa, acercándose a él.
—Le dije que no te llamara, exagera las cosas y podía decírtelo yo mismo.
"¿O tal vez porque no querías que la viera?" pensó y apartó el cabello de la frente de Gabriel.
—Igual hubiera venido, amor —susurró, sintiendo lo amargo que ahora se sentía esa palabra en sus labios.
—Gracias por venir. —Tiró suavemente de su brazo y la besó en los labios. Jane lo hizo demasiado breve pero no lo suficiente para que sospechara algo. ¿Qué iba a hacer? No quería explotar en ese lugar. No quería hacer un escándalo. No perdería la poca dignidad que le quedaba.
Alguien abrió la puerta, pero Jane no miró en su dirección. Tenía la mirada enfocada en el rostro de Gabriel, examinando cada cambio, notando como se tensó, cómo pudo mantener su leve sonrisa, pero no evitar que su rostro palideciera.
—Oh. Hola —dijo un poco nerviosa.
"Entonces sabe quién soy… claro" pensó, mordiéndose la parte interior de la mejilla.
—Jane Rizzoli, esposa de Gabriel —se presentó sin extenderle la mano, clavando la mirada en los ojos verdes de la mujer.
—Diana Bennet, compañera del Agente Dean.
—¿En Washington o Nueva York?
—Washington.
—Oh… —su respuesta la había tomado por sorpresa, pero ahora todo tenía sentido—. ¿Está trabajado el caso de Nueva York, entonces?
—No… solo vine porque…
—Jane, ¿La estás interrogando?
—¿Qué? Solo preguntaba porque en su condición sería raro que estuviera en el campo en un caso. ¿No?
Diana se colocó las manos sobre el abdomen, tragando en seco.
Jane no podía más. En su cabeza recordaba todas las veces que Dean tuvo que quedarse en Washington. El tiempo que estuvo "trabajando" en su caso 'clasificado', razón según él de no haber regresado a casa, de no haber estado para su cumpleaños. Lo que más le dolía era que ahora se daba cuenta que su esposo no había desistido con tener un bebé por entenderla a ella y su situación, sino porque ya había encontrado a alguien más.
—Agente Bennet, ¿Me permite un momento a solas con mi esposo?
La mujer asintió mirándola a los ojos por primera vez. Diana se dio vuelta y caminó rápidamente hasta la puerta. No fue hasta ese momento que una fragancia conocida inundó los sentidos de la morena y sus ojos se cristalizaron de inmediato.
Jane ahogó una carcajada, sintiéndose perder la poca cordura que le quedaba. Gabriel la miró extrañado por su actitud pero no hizo comentario alguno y se limitó a mirarla. Jane dio un brinco en la camilla, sentándose a su lado e ignoró que Gabriel se mordió el labio ahogando el gemido de dolor por la punzada que sintió en su costado.
—Siempre me he considerado una buena detective, sabes —comenzó a decir con amargura y la mirada fija en el color beige de la pared detrás de la cabeza de su marido—. Siempre me lo han dicho mis compañeros aunque tiendo a negarlo. En el fondo siempre he pensado que podría ser mejor. Soy mujer y tengo que serlo; tengo que ser mejor y esforzarme diez veces más que ellos para recibir el mismo reconocimiento.
—¿Jane?
Su esposa le lanzó una mirada penetrante que hizo que se tragara sus palabras.
—Pero cuando fallas al ver algo que está en tu cara... comienzas a cuestionarte qué tan buena eres de verdad.
—Jane… —intentó incorporarse un poco pero Jane lo detuvo, fulminándolo con la mirada.
—¿Desde cuándo? ¿¡Desde cuándo, Gabriel!? —alzó el tono de voz cuando no obtuvo respuesta.
—No…
Jane se levantó de repente para colocar un poco de distancia entre los dos porque juraba que no podría contenerse por mucho más.
—Ahora entiendo por qué dejaste de insistir con lo del bebé. "La familia" —sintió el ardor en sus ojos y cerró los puños con fuerza. No le daría el placer de ver sus lágrimas—. El perfume... cómo ¿!como pude ser tan estúpida y creer ciegamente!? Me lo diste porque es el que ella usa. Ni siquiera cuenta te diste que nunca lo he usado. Me mentiste ese día, pero desde cuándo... tiene que ser más de seis meses... ¿Antes de que nos casáramos?
—No es lo que piensas —interrumpió.
—Fui tan ingenua al pensar que era porque me entendías. Porque habías comprendido que no era el momento, que no estaba preparada. —Se cubrió la boca con su mano—. Tan ingenua.
—Jane puedo explicar.
—Las explicaciones no son necesarias. Todo está muy claro, demasiado. Mi abogado te contactará lo más pronto posible.
—No hagas esto.
Jane lo miró incrédula ¿Cómo se atrevía?
—Recogeré mis cosas. Contacta mi abogado porque no quiero ni siquiera escucharte una vez más. No me llames. No quiero verte. —dijo con firmeza y salió de la habitación como un relámpago.
Caminó en vueltas por los pasillos hasta detenerse y apoyarse en la pared. Sus piernas habían perdido sus fuerzas y necesitaba un apoyo, un descanso… si tan solo pudiera detener todos sus pensamientos y dejar su mente en blanco…
No estaba segura de lo que sentía, eran tantas cosas… aunque la rabia destacaba sobre todo. Quería gritar con fuerza pero en vez de eso se dio la vuelta y su puño tuvo un encuentro con la pared. Una y otra vez. Quería sentir cualquier cosa que remplazara el dolor que estaba sintiendo en su pecho.
—No creo que lastimarte resuelva algo —dijo una voz que reconoció al instante. Intentó ocultar la mano detrás de su cuerpo, consciente de que la persona la había visto golpear la pared.
—Ella ¿Qué haces aquí?
La mujer ladeó la cabeza.
—Es un hospital, querida —dijo entonces.
—Oh… —murmuró y poco a poco fue cayendo en cuenta del significado de sus palabras—. ¿Constance está bien? —Abrió los ojos desmesuradamente cuando Ella negó—. ¿!Maura!?
—Pensé que el agente Dean ya te habría dicho —dijo con amargura.
—¿Qué? ¿Le pasó algo a Maura? —Preguntó con urgencia.
—Le dispararon —dijo y Jane sintió cómo su mundo comenzaba a dar vueltas—. Tu marido la llevó encubierta a una de sus misiones. —El desprecio era palpable en su tono.
—¿Gabriel? ¿Por qué haría eso? ¡Maura no tiene el entrenamiento…! ¡Oh, Dios! Maldito sea. ¿Dónde está? ¿Cómo está?
—Primero necesitaré que te calmes, Jane. Maura se encuentra bien en estos momentos. Primero acompáñame para que una enfermera atienda tu mano.
Ella permaneció de pie con los brazos cruzados, mirando a Jane mientras la enfermera le curaba la mano.
—Karla es la enfermera a cargo de Dean y Maura. Creo que podría explicarte su condición un poco mejor —había sido lo único que Ella dijo.
Karla miró a Jane a los ojos antes de asentir y comenzar a hacer su trabajo. Jane se había tensado visiblemente al ver quién era la enfermera.
—Gracias —dijo Jane en voz baja y Karla la miró insegura; no sabía si se refería a curarle la mano o por antes. De todas formas, le contestó diciéndole que solo hacía su trabajo.
—La Doctora Isles pasará la noche en el hospital —comenzó a decir Karla—. La herida no fue muy profunda, solo le rozó el brazo pero perdió mucha sangre.
—Llegó inconsciente al hospital —dijo Ella.
—Relaja los dedos, por favor —pidió la enfermera cuando Jane hizo un puño.
—Perdón.
—Despertó unos segundos después de llegar, aunque ha estado durmiendo desde entonces —comentó Ella—. Apenas ha comido desde que llegamos a Nueva York. Estoy segura que no ha dormido más de 10 horas en toda la semana.
—Estará bien, solo necesita descansar —aseguró Karla al terminar de vendar la mano.
—Gracias otra vez, Karla —agradeció Ella antes de que la enfermera saliera de la habitación. Ella se volteó hacia Jane y se acercó, observando el vendaje—. ¿Duele?
Jane negó con la cabeza.
—¿Se conocían? Karla y tú.
—No pero… —dudó en decirle pero hacerlo tal vez ayudara en algo—. Me presenté como la esposa de Gabriel y cuando fui a verlo… Karla vio a Gabriel con su amante —pausó intentando recuperar las fuerzas—. Sabía que yo estaba afuera escuchando todo…
—¿Qué…? —Todo lo que había escuchado de Gabriel hasta ahora habían sido cosas buenas. Maura le había comentado que era un marido ejemplar… o al menos eso creía—. Lo siento.
Jane evitó su mirada y se enfocó en sus manos, notando en ese entonces el brillar de su anillo. Ella observó en silencio cómo se lo quitaba. Se preguntaba en qué estaba pensando, aunque tenía una buena idea ya que había vivido por lo mismo hace muchos años.
—No quiero hablar del tema ahora. Aún estoy procesando todo lo que ha pasado hoy. Solo quiero ver a Maura y asegurarme que está bien.
—Claro, te llevaré a su habitación. La última vez que la vi estaba durmiendo.
—No importa. Con verla será suficiente.
Ella mantuvo una expresión neutral y asintió antes de dirigirse hacia la habitación de Maura con la morena siguiéndola en silencio.
—Constance fue a casa a atender unos asuntos y buscarle ropa limpia. Estaré en la sala de espera —le avisó cuando llegaron a la puerta.
—Gracias, Ella —dijo con voz queda.
Jane juntó todo su valor para alzar la mirada cuando cerró la puerta detrás de ella. Maura no debía estar ahí, era ella la que siempre estaba en estas condiciones, no Maura. En algún momento le exigiría una explicación a Gabriel. Se mordió el labio cuando se acercó y estudió el vendaje alrededor del brazo. Su respiración era lenta y constante y su rostro reflejaba todo el cansancio acumulado del que Ella le había hablado.
—Hola —susurró con una sonrisa angustiada. Acercó un poco más la silla y se sentó tomando la mano de Maura entre las suyas—. He estado preocupada por ti… debí insistir más, molestarte más —sonrió, acariciando lentamente su mano con el pulgar—. Pude haber prevenido esto… si tan solo —cerró los ojos con fuerza, reprimiendo las lágrimas.
Maura comenzó a abrir los ojos lentamente al sentir las caricias en su mano y se sorprendió al ver el cabello largo y oscuro que tanto conocía.
—Jane… —murmuró unos instantes después.
—¡Maura! —Se levantó de la silla instintivamente y se acercó lo más que pudo — ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?
—Bien. No tienes que preocuparte. Estoy bien—. Alzó su brazo lentamente y limpió con el pulgar la lágrima que corría por el rostro de Jane.
—No puedo evitarlo. Maura, esto… responderá por esto —dijo con firmeza, mirando fijamente el vendaje.
—Jane… No. Es Gabriel… ¿Cómo está? Me dijeron que estaba en cirugía. Eso me dijo la enfermera la última vez que la vi.
—Yo diría que está perfecto —dijo con tono seguro.
—¿Jane?
A Maura nunca se le había dado muy bien el sarcasmo.
—Está bien, Maur ¿Por qué no me dijiste nada? Ya estaría en el aeropuerto de no ser por Ella.
—No he tenido chance. Ni siquiera tengo mi celular. Gabriel lo tomó antes de empezar… ya sabes.
—¿Ya comenzaron con una investigación interna?
Maura asintió.
—Bien. —Se dijo a sí misma, aun sosteniendo su mano.
—Jane… ¿Qué pasó?
Siguió la mirada de Maura hasta la mano vendada y suspiró.
—No es nada… cosas del trabajo.
La rubia ladeó la cabeza, mirándola en silencio por varios segundos antes de alzar la mano nuevamente y tocar el ceño de Jane con el dedo índice.
—Sabes que…
—Sabes cuando miento. —Bajó la mirada avergonzada y Maura colocó el dedo índice bajo su mentón, haciendo que la mirara. Estaba furiosa y tenía que hacer algo antes de que se diera cuenta.
Maura la contempló en silencio. No había pasado desapercibido la ausencia de su anillo, hubiera sido imposible cuando la huella del aro había quedado en su lugar. Quería preguntarle si había pasado algo con Gabriel pero en ese momento tocaron la puerta y segundos después Constance se asomó saludando a Jane.
Jane se excusó para darle tiempo a solas y se dirigió hasta la sala de espera donde se encontró con Ella que estaba demasiada concentrada en la pantalla de su celular como para percibir su presencia.
—Constance está con Maura ¿Quieres un café?
—Eso sería perfecto. Gracias.
Las dos caminaron en silencio hasta el elevador sin decir ni una sola palabra.
—Estoy sorprendida. Este café no está tan mal.
Ella le brindó una sonrisa antes de hablar.
—He estado intentando convencer a Constance para que no haga una denuncia. Ya hay una investigación interna que lleva el FBI.
Jane permaneció en silencio.
—Tu esp… el agente Dean estará involucrado.
—Soy consciente de ello, probablemente solo le den una baja de una semana o menos.
—Maura no estará de acuerdo.
—Lo sé.
—No le dijiste —dijo en un tono más bajo y Jane asintió.
Ella cruzó las piernas y tomó otro sorbo de café en silencio.
—Maura es como una hija para mí. Me preocupa verla distraída, descuidada con su bienestar —suspiró—. Algo ha cambiado desde que regresó de Boston.
Jane se irguió en la silla, sintiéndose inexplicablemente nerviosa.
—Te necesitaba en su vida. Era feliz con sus pinturas y su trabajo pero tú… tenerte a ti le ha dado… luz. Nunca la había visto sonreír como lo hace cuando habla de ti.
—Estás preocupada —confirmó con la mirada perdida—. Preocupada de que le haga daño, de que ya lo haya hecho.
Ella abrió los ojos sorprendida por sus palabras, recuperándose antes de que la detective se percatara. Jane dejó el café a un lado y, finalmente, la miró a los ojos.
—No puedo prometerte nada, Ella. Sí te puedo asegurar que no deseo hacerle daño. Maura ha encendido una luz en mí también. A veces es cálida y otras veces quema. Me confunde y me tranquiliza. Es una guerra constante en mi interior. Lo último que quiero en este mundo es hacerle daño.
Ella escuchaba atenta y tomó otro sorbo de café al sentir su boca secarse.
—Mi situación en estos momentos es… complicada. No estoy lista. —Frunció el ceño sintiéndose agotada por todo lo que había ocurrido ese día.
—Entiendo…. Hace años estuve en tus zapatos. Era el padre de mis hijos —explicó.
Las dos permanecieron en silencio por varios instantes, escuchando el bullicio de las personas y el chirrido de las sillas a sus alrededores.
—Te has dado cuenta —susurró Jane sin apartar la mirada de los ojos de la mujer que la miraba perpleja.
—¿Qué? —No quería suponer.
Jane negó con la cabeza.
—No me hubieras dicho todo esto si no fuera así.
Ella se mantuvo inexpresiva ante sus palabras.
—Maura es como una hija para ti y tú eres como una segunda madre para ella. No... no he podido hablar con nadie más, creo que ni yo lo he comprendido aún. No le haré daño a Maura, por lo menos no a propósito. Es lo último que deseo hacer y haría cualquier cosa por evitarlo. Yo... —Tragó en seco, sosteniendo la copa de café con fuerza, ignorando el dolor de su mano lastimada. Ella la observaba con una suavidad en su mirada que la conmovió y le dio el empujón que necesitaba para ser honesta—. Siento que no soy tan diferente a Gabriel...
Ella frunció el ceño sin poder evitarlo; no se esperaba aquella confesión.
—Hay momentos que... —Su visión se nubló otra vez—. A veces sentía, siento, que mis sentimientos le pertenecen a ella... que desde que la conocí comencé a caer por un precipicio y no pude hacer nada para detenerlo. No puedo hacer nada para evitarlo. Y no he actuado en esos sentimientos, pero no dejo de sentirme culpable al ser consciente que estoy casada con alguien mientras... mientras mi corazón le pertenece a otra.
—Jane...
—La quiero —le admitió con un nudo en la garganta. No tienes idea de cuánto. —pensó y tragó en seco, bajando la mirada, evitando mirarla.
Ella permaneció inmóvil por varios segundos antes de ponerse de pie. Jane alzó la mirada, sorprendida al verla de pie a su lado y aún más al darse cuenta que la estaba abrazando. Ella la abrazó con un poco más de fuerza al sentirla temblar.
—No tienes que hacer nada si no estás lista, querida. Gracias por confiar en mí.
Jane asintió y se limpió el rostro por una vez más ese día, poniéndose de pie cuando la mujer se separó. Ella hizo un mechón de cabello oscuro a un lado y le sonrió amablemente de una forma tan maternal que sintió un alivio recorrer todo su cuerpo.
—Confía en que todo saldrá bien.
Jane asintió y se giró, metiendo las manos en los bolsillos. Ella la siguió con la mirada hasta que subió en el elevador y, cuando las puertas se cerraron, se dejó caer el la silla, procesando la confesión de la morena.
Nota: Gracias a todos que me han enviado mensajes. Todo bien, solo que unas semanas estresantes. Recuerden que les voy actualizando de la historia por el Twitter, también.
