Mi visitante esperó en el centro del vestíbulo, hermosa hasta lo increíble, pálida y absolutamente inmóvil, sin apartar sus penetrantes ojazos negros de mi rostro.
Me temblaron las rodillas durante un segundo y estuve a punte de caerme. Después, me arrojé sobre ella.
—¡Ruby!, ¡oh, Ruby! —gimoteé mientras colisionaba contra su cuerpo.
Había olvidado lo dura que era; como correr de cabeza hacia una pared de cemento.
—¿Emma? —había una extraña mezcla de alivio y confusión en su voz.
La rodeé con los brazos e inspiré para inhalar al máximo el olor de su piel; no se parecía a ningún otro, no era floral ni especiado ni cítrico ni almizclado. Ningún perfume en el mundo podía comparársele. Mi memoria no le había hecho justicia en absoluto.
No me di cuenta del momento en que el jadeo se transformó en otra cosa; sólo fui consciente de estar sollozando cuando Ruby me llevó hacia el sofá del salón y me acomodó en su regazo. Era como intentar acurrucarse en una piedra fría, pero una piedra que se amoldaba confortablemente a la forma de mi cuerpo. Me acarició la espalda a un ritmo dulce, a la espera de que recobrara el control de mi persona.
—Lo… siento —balbuceé—. ¡Es sólo… que estoy tan feliz… de verte!
—Está bien, Emma. Todo va bien.
—Sí —sollocé; y por una vez me pareció que así era.
Ruby suspiró.
—Había olvidado lo efusiva que eres —comentó con cierto tono de desaprobación en la voz.
Levanté la vista y la miré con los ojos anegados de lágrimas. Ruby tenía el cuello rígido e intentaba apartarlo de mí al tiempo que apretaba los labios firmemente. Los ojos se le habían vuelto oscuros como la brea.
—¡Oh! —bufé al percatarme del problema. Estaba sedienta y yo olía de un modo apetecible. Había llovido mucho desde la última vez que había tenido que preocuparme de esas cosas—. Lo siento.
—Es culpa mía. Ha pasado ya mucho tiempo desde que salí de caza. No debería permitirme estar tan sedienta, pero hoy tenía mucha prisa —me dirigió una mirada deslumbrante—. Y hablando del tema, ¿podrías explicarme cómo es que estás viva?
Su pregunta me devolvió a la realidad y cesaron los sollozos. Me di cuenta de qué había pasado y cuál era la razón de que Ruby estuviera aquí.
Tragué saliva de forma audible.
—Me viste caer.
—No —negó con los ojos entrecerrados—. Te vi saltar.
Apreté los labios mientras pensaba en una explicación que no pareciera una chifladura.
Ruby sacudió la cabeza.
—Le dije que esto terminaría ocurriendo, pero no me creyó. «Emma me lo prometió» —remedó su voz tan perfectamente que me estremecí por el impacto mientras el dolor se deslizaba por mi pecho—. «Ni se te ocurra seguir mirando en su futuro» —continúo ella, imitándola—. «Ya le hemos hecho bastante daño».
»Pero dejar de mirar no significa que se deje de ver —prosiguió—. Te juro que no te vigilaba, Emma. Es sólo que estoy ya en sintonía contigo, y no me lo pensé dos veces cuando te vi saltar, me metí en el avión. Sabía que sería demasiado tarde, pero no podía quedarme sin hacer nada. Así que me planté aquí con la esperanza de que tal vez podría ayudar a David de algún modo y vas tú y llegas… —sacudió la cabeza, esta vez confusa. Se le notaba la tensión en la voz—. Te vi caer en el agua, y esperé y esperé a ver si salías, pero no fue así. ¿Qué pasó? ¿Y cómo has podido hacerle a David una cosa así? ¿No te paraste a pensar el daño que esto le causaría? ¿Y a mi hermana? ¿Puedes hacerte una idea de lo que Regina…?
La atajé en cuanto pronunció su nombre. La habría dejado continuar, incluso después de darme cuenta del malentendido en el que ella se encontraba, sólo por oír el perfecto tono acampanado de su voz, pero era hora de interrumpirla.
—Ruby, yo no intentaba suicidarme.
Ella me miró, dubitativa.
—Entonces, ¡¿me estás diciendo que no estabas saltando desde un acantilado?!
—No, pero… —hice una mueca—. Era sólo por diversión.
Su expresión se endureció.
—Había visto saltar a algunos amigos de Graham —insistí—. Parecía… divertido, y como me aburría…
Ella esperó.
—No se me ocurrió pensar que la tormenta afectaría a las corrientes. En realidad, no pensé mucho en el agua — Ruby no se lo tragó. Vi con absoluta claridad que ella seguía creyendo que había intentado suicidarme. Decidí dirigirla en otra dirección—. Pero si me viste allí, ¿cómo es que no viste a Graham?
Ladeó la cabeza, distraída, y yo continué:
—Es verdad que posiblemente me habría ahogado si Graham no hubiera saltado detrás de mí. Bien, de acuerdo, no era cuestión de probabilidades, me hubiera ahogado seguro, pero lo cierto es que Graham me sacó del agua y supongo que me arrastró hasta la playa, de esa parte no me acuerdo. Quizás estuviera más de un minuto debajo del agua hasta que él me atrapó. ¿Por qué no viste eso?
Ella torció el gesto con perplejidad.
—¿Te sacó alguien?
—Sí. Graham me salvó.
La miré con curiosidad mientras una serie de pensamientos enigmáticos pasaban fugazmente por su rostro. Algo le había molestado… ¿Que su visión hubiera sido imperfecta? No estaba segura. Entonces, ella se inclinó de modo deliberado y me olisqueó el hombro.
Me quedé helada.
—No seas ridícula —murmuró al tiempo que me olfateaba un poco más.
—¿Qué haces?
Ignoró mi pregunta.
—¿Quién te acompañaba en la calle hace un rato? Daba la impresión de que estabais discutiendo.
—Graham Black. Es… mi mejor amigo, o algo así. Al menos, lo era… —cruzó por mi mente la imagen del rostro enfadado y traicionado de Graham; me pregunté qué seríamos el uno para el otro a partir de ahora.
Ruby asintió y pareció preocupada.
—¿Qué?
—No lo sé —comentó—. No estoy segura de lo que pueda significar.
—Bueno, al menos, no estoy muerta.
Ella puso los ojos en blanco.
—Se comportó como una necia al pensar que podrías sobrevivir sola. Nunca he conocido a nadie tan dispuesto a jugarse la vida estúpidamente.
—Sobreviví —señalé.
Ella estaba pensando en algo más.
—Bueno, si las corrientes eran demasiado fuertes para ti, ¿cómo se las arregló Graham?
—Es… fuerte.
Ruby enarcó las cejas al percibir una nota de renuencia en mi voz.
Me mordí el labio durante un segundo. ¿Era o no era un secreto? Y si lo era, entonces, ¿a quien se debía mi lealtad? ¿A Graham o a Ruby?
Qué difícil es guardar un secreto, pensé. Si Graham lo sabía todo, ¿por qué no Ruby?
—Mira, él es… algo así como un hombre lobo —admití de forma atropellada—. Los quileutes se transforman en lobos cuando hay vampiros cerca. Ellos conocen a Henry desde hace muchísimo tiempo. ¿Estabas ya con Henry en aquella época?
Ruby se me quedó mirando boquiabierta durante un momento y después se recuperó, parpadeando rápidamente.
—Bien, eso explica el olor —murmuró ella—, pero ¿también justifica el hecho de que no le viera? —puso cara de pocos amigos y su frente de porcelana se arrugó.
—¿El olor? —repetí.
—Hueles fatal —explicó ella de forma ausente, todavía con gesto de contrariedad—. ¿Un licántropo? ¿Estás segura de eso?
—Muy segura —le prometí; hice un gesto de dolor al recordar la pelea de Paul y Graham en el camino—. Tengo la sensación de que no estabas aún con Henry la última vez que hubo licántropos aquí, en Forks.
—No, no nos habíamos encontrado todavía —Ruby seguía perdida en sus pensamientos. Repentinamente se le dilataron los ojos y se volvió a mirarme con una expresión de consternación—. ¿Tu mejor amigo es un hombre lobo?
Asentí avergonzada.
—¿Desde cuándo sucede esto?
—Desde hace poco —dije, y mi voz sonaba a la defensiva—. Se convirtió en lobisón hace sólo unas pocas semanas.
Me fulminó con la mirada.
—¿Un licántropo joven? ¡Eso es todavía peor! Regina tenía razón, eres un imán para el peligro. ¿No se suponía que te ibas a mantener al margen de los problemas?
—Los hombres lobo no son nada peligrosos —refunfuñé, aturdida por su tono crítico.
—Hasta que pierden los estribos —sacudió la cabeza de un lado al otro con energía—. Estas cosas sólo te pasan a ti, Emma. Nadie debería haber estado mejor que tú cuando los vampiros nos marchamos de la ciudad, pero tú tenías que involucrarte con los primeros monstruos que te encontraras.
No quería discutir con Ruby. La idea de que estaba realmente ahí, de que podía tocar su piel marmórea y escuchar su voz como la de un carillón mecido por el viento, aún me hacía estremecer de alegría. Pero ella tenía que fastidiarlo todo.
—No, Ruby, en realidad los vampiros no se fueron, al menos, no todos. Y ése ha sido el verdadero problema. Mérida me habría capturado a estas alturas de no ser por los licántropos. Aunque, desde luego, si no hubiera sido por Graham y sus amigos, Facilier me habría atrapado antes que ella, claro, así que…
—¿Mérida? —susurró ella—. ¿Facilier?
Asentí, un poco intimidada por la expresión de sus ojos oscuros. Me señalé el pecho.
—Soy un imán para el peligro, ¿recuerdas?
Sacudió la cabeza otra vez.
—Cuéntamelo todo, pero hazlo desde el principio.
Pasé por alto el principio soslayando el asunto de las motos y de las voces, pero le conté todo lo demás hasta el desastre más reciente. No le gustaron mis poco convincentes explicaciones sobre el aburrimiento y los acantilados, de modo que me lancé sobre la parte de la historia referida a la extraña llama que había atisbado en el agua y aventuré mi suposición. Sus ojos se estrecharon tanto entonces que se convirtieron en ranuras. Era raro ver su mirada tan… tan peligrosa, como la de un vampiro. Tragué saliva a duras penas y continué con el resto de la historia, lo relativo a Harry.
Ella lo escuchó todo sin interrumpirme. De vez en cuando sacudía la cabeza y la arruga de su frente se volvía más profunda hasta que pareció permanentemente grabada en el mármol de su piel. No dijo nada, y al final se quedó inmóvil, impresionada por la pena ajena de la muerte de Harry. Pensé en David; volvería pronto a casa. ¿En qué condiciones se encontraría?
—Nuestra marcha no te hizo bien alguno, ¿a que no? —murmuró Ruby.
Solté una carcajada, aunque sonó algo histérica.
—Pero ésa no es la cuestión de todos modos, ¿verdad? No creo que os marcharais por mi bien.
Puso cara de pocos amigos y miró al suelo un momento.
—Bueno… supongo que hoy he actuado de forma algo impulsiva. Probablemente no me debería haber entrometido.
Sentí cómo la sangre huía de mi rostro y se me hacía un vacío en el estómago.
—No sigas, Ruby —susurré. Mis dedos se cerraron en torno al cuello de su blusa blanca y empecé a hiperventilar—. Por favor, no me dejes.
Abrió los ojos aún más.
—De acuerdo. No voy a ir a ninguna parte esta noche —dijo, pronunciando cada palabra con precisión minuciosa—. Respira hondo.
Intenté obedecerla, aunque apenas sabía dónde tenía los pulmones.
Me miró a la cara mientras yo me concentraba en respirar. Esperó hasta que me calmé para hacer un comentario.
—Qué mala pinta tienes, Emma.
—Hoy he estado a punto de ahogarme —le recordé.
—Es algo más profundo que eso. Estás hecha una pena.
Aguanté el dolor que su frase me produjo sin rechistar.
—Mira, lo estoy haciendo lo mejor que puedo.
—¿Eso qué quiere decir?
—No ha sido fácil. Me estoy esforzando.
Frunció el ceño.
—Se lo dije —comentó para sus adentros.
—Ruby ¿con qué pensabas que te ibas a encontrar? —suspiré—. Quiero decir, además de verme muerta. ¿Esperabas hallarme saltando de un lado para otro y cantando canciones de una comedia musical? Creo que me conoces un poco más.
—Así es, pero albergaba la esperanza…
—Pues entonces, supongo que no soy yo la que tiene el monopolio del mercado de la idiotez.
Sonó el teléfono.
—Ése debe de ser David —aventuré mientras me ponía en pie de un salto. Aferré la mano pétrea de Ruby y la arrastré conmigo hacia la cocina. No tenía la menor intención de dejarla fuera de mi vista.
—¿David? —contesté al descolgar el aparato.
—No, soy yo —dijo Graham.
—¡Graham!
Ruby escudriñó mi expresión.
—Sólo me estoy asegurando de que sigues viva —comentó Graham con amargura.
—Estoy bien. Te dije que no era…
—Ya. Lo sé. Adiós.
Graham me colgó.
Suspiré, dejé caer hacia atrás la cabeza y me quedé mirando al techo.
—Esto va a ser un buen problema.
Ruby me apretó la mano.
—No les emociona que me encuentre aquí.
—No especialmente, pero no es asunto suyo de todos modos.
Ruby me rodeó con un brazo.
—¿Y qué vamos a hacer ahora? —musitó ella. Pareció hablar consigo misma durante un momento—. Cosas que hacer… Atar cabos sueltos.
—¿Qué es lo que hay que hacer?
Su rostro se volvió repentinamente cauteloso.
—No lo sé con seguridad. Necesito ver a Henry.
¿Por qué se tenía que ir tan pronto? Sentí una opresión en el estómago.
—¿No puedes quedarte? —le supliqué—. ¿Por favor? Sólo un poco. Te he echado mucho de menos —la voz se me quebró.
—Si tú crees que es buena idea… —sus ojos mostraron su descontento.
—Sí. Puedes quedarte aquí, a David le encantará.
—Tengo mi casa, Emma.
Asentí, descontenta pero resignada. Ella dudó mientras me estudiaba.
—Bueno, al menos necesitaría ir a por una maleta de ropa.
La abracé impulsivamente.
—¡Ruby, eres la mejor!
—Además, creo que debería ir de caza ahora mismo —añadió con la voz estrangulada.
—Ups… —di un paso hacia atrás.
—¿Podrías mantenerte apartada de los problemas durante una hora? —me preguntó con escepticismo. Entonces, antes de que pudiera contestarle, alzó un dedo y cerró los ojos. Su rostro se suavizó y quedó en blanco durante unos momentos.
Después abrió los ojos y se contestó a su propia pregunta.
—Sí, creo que estarás bien. Al menos, por lo que se refiere a esta noche —hizo una mueca. Incluso al poner caras, su rostro seguía pareciendo el de un ángel.
—¿Volverás? —le pregunté con voz débil.
—Te lo prometo. Estaré aquí dentro de una hora.
Miré fijamente al reloj que había encima de la mesa. Ella se rió y se inclinó rápidamente para darme un beso en la mejilla. Se fue inopinadamente.
Respiré hondo. Ruby iba a volver. De pronto, me sentí mucho mejor.
Tenía un montón de cosas de las que ocuparme mientras la esperaba. Lo primero de todo era darme una ducha. Olisqueé mis hombros mientras me desnudaba sin conseguir detectar el aroma a agua salada y a algas del océano. Me pregunté qué era lo que quería decir Ruby con lo de que yo olía mal.
Volví a la cocina después de ducharme. No hallé indicios de que David hubiera comido recientemente y probablemente estaría hambriento a su regreso. Tarareé algo entre dientes, sin hacer ruido, yendo de un lado para otro de la cocina.
Mientras el estofado del jueves daba vueltas en el microondas, puse sábanas y una vieja almohada en el sofá. Ruby no las necesitaría, pero David tenía que verlas. Fui cuidadosa en lo de no mirar el reloj. No había motivos para sufrir un ataque de pánico; Ruby lo había prometido.
Me apresuré a cenar, sin apreciar el sabor de la comida. Lo único que sentía era el dolor de la garganta en carne viva cada vez que tragaba. Sobre todo tenía sed; debí de beberme casi dos litros de agua hasta quedar saciada. La sal que se había acumulado en mi cuerpo me había deshidratado.
Fui a comprobar si era capaz de ver la tele mientras esperaba…
… pero Ruby ya me aguardaba sentada en su cama improvisada. Sus ojos tenían el color del caramelo líquido. Sonrió y palmeó la almohada.
—Gracias.
—Has llegado pronto —dije eufórica.
Me senté a su lado y apoyé la cabeza sobre su hombro. Ella me envolvió con sus brazos y suspiró.
—Emma, ¿qué vamos a hacer contigo?
—No lo sé —reconocí—. De verdad que lo he intentado con todas mis fuerzas.
—Te creo.
Nos quedamos en silencio.
—¿Sabe…? ¿Sabe ella…? —inspiré hondo. Era muy difícil decir su nombre en voz alta, incluso ahora que sí era capaz de pensar en ella—. ¿Sabe Regina que estás aquí? —no pude evitar la pregunta. Era mi pena, después de todo. Ya me las apañaría con ella cuando Ruby se fuera, me prometí a mí misma, y me puse enferma sólo de pensarlo.
—No.
Sólo había una manera de que esto fuese verdad.
—¿No está con Henry y Cora?
—Se pone en contacto con ellos cada pocos meses.
—Oh —debía de estar por ahí, disfrutando de sus diversiones. Concentré mi curiosidad en un tema más seguro—. Me dijiste que volaste hasta aquí… ¿Desde dónde venías?
—Me hallaba en Denali. Hacía una visita a la familia de Elsa.
—¿Está Jefferson aquí? ¿Te ha acompañado?
Ella sacudió la cabeza.
—No está de acuerdo con que yo interfiera. Prometimos… —dejó que su voz se apagara y después de eso cambió el tono—. ¿Y tú crees que a David no le importará que me quede aquí? —preguntó, preocupada.
—David cree que eres maravillosa, Ruby.
—Bueno, eso lo vamos a comprobar ahora mismo.
Como era de esperar, a los pocos segundos oí cómo el coche patrulla aparcaba en la entrada. Me levanté de un salto y me apresuré a abrir la puerta.
David caminaba arrastrando los pies por la vía de acceso, con los ojos fijos en el suelo y los hombros caídos. Avancé para encontrarme con él; apenas me vio hasta que le abracé por la cintura. Me devolvió el abrazo con fuerza.
—Cuánto siento lo de Harry, papá.
—Lo cierto es que le vamos a echar mucho de menos —murmuró David.
—¿Cómo lo lleva Sue?
—Parece aturdida, como si aún no fuera consciente de lo que ha pasado. Sam se ha quedado con ella… —el volumen de su voz iba y venía—. Esos pobres chicos. Leah es un año mayor que tú, y Seth sólo tiene catorce… —sacudió la cabeza.
Mantuvo sus brazos apretados estrechamente a mi alrededor aunque habíamos comenzado a andar hacia la puerta.
—Esto… Papá… —me figuré que sería mejor avisarle—. ¿A que no adivinas quién ha venido?
Me miró sin comprender. Su cabeza giró alrededor y descubrió el Mercedes al otro lado de la calle, ya que las luces del porche se reflejaban en la satinada pintura negra. Antes de que pudiera reaccionar, Ruby estaba en la entrada.
—Hola, David —dijo con voz apagada—. Siento haber llegado en un momento tan triste.
—¿Ruby Mills? —fijó la mirada en la figura esbelta que estaba de pie frente a él, como si dudara lo que sus ojos le decían—. ¿Ruby, eres tú?
—Soy yo —confirmó ella—. Pasaba por aquí.
—¿Está Henry…?
—No, he venido sola.
Tanto Ruby como yo nos dimos cuenta de que él en realidad no preguntaba por Henry. Su brazo se apretó con más fuerza contra mi hombro.
—Se puede quedar, ¿no? —supliqué—. Ya se lo he pedido.
—Claro —dijo David mecánicamente—. Estamos encantados de que estés aquí, Ruby.
—Muchas gracias, David. Sé que es un momento de lo más inapropiado.
—No, en realidad, es lo mejor. Voy a estar muy ocupado haciendo lo que pueda por la familia de Harry; será estupendo para Emma tener a alguien que le haga compañía.
—Te he puesto la cena en la mesa, papá —le dije.
—Gracias, Emma.
Me dio otro apretón antes de dirigirse hacia la cocina.
Ruby regresó al sofá y yo la seguí. Esta vez fue ella la que me atrajo hacia su hombro.
—Pareces cansada.
—Sí —admití y me encogí de hombros—. Las experiencias cercanas a la muerte me ponen en este estado. Oye, ¿y que pensará Henry de que estés aquí?
—No lo sabe. Cora y él están de caza. Sabré algo de él dentro de unos días, cuando regrese.
—Pero ¿no se lo dirás, no… cuando ella vuelva? —le pregunté. Ella sabía a quién me estaba refiriendo.
—No. Me arrancaría la cabeza —dijo Ruby con tristeza.
Solté una carcajada y luego suspiré.
No quería dormir, prefería quedarme levantada toda la noche hablando con Ruby. No tenía sentido que estuviera cansada después de haberme pasado buena parte del día tirada en el sofá de Graham, pero la experiencia del ahogo me había dejado realmente exhausta y era incapaz de tener los ojos abiertos. Descansé mi cabeza en su hombro pétreo y me dejé ir hacia una paz y un olvido que nunca hubiera esperado conseguir.
Me desperté temprano, después de un sueño profundo y sin pesadillas, sintiéndome descansada pero con los músculos agarrotados. Estaba en el sofá, arropada bajo las mantas que había preparado para Ruby, desde donde podía escucharla hablando con David en la cocina. Parecía que él le había preparado el desayuno.
—Dime, David, ¿ha sido muy malo? —preguntó Ruby con voz queda; al principio pensé que se estaban refiriendo a los Clearwater.
David suspiró.
—Ha sido espantoso.
—Cuéntamelo. Quiero saber exactamente qué ocurrió después de que nos marchásemos.
Hubo una pausa mientras se cerraba la puerta de una alacena y se apagaba un botón de la cocina. Esperé, muerta de vergüenza. David comenzó a hablar muy despacio:
—Nunca me había sentido tan impotente. No sabía qué hacer. Hubo un momento durante aquella primera semana en que temí que sería necesario hospitalizarla.
»No comía ni bebía ni se movía. El doctor Gerandy andaba por aquí mencionando palabras como «catatonia», aunque no le dejé acercarse. Me daba miedo que la asustara.
—Pero ¿terminó saliendo de esa situación?
—Hice venir a Mary Margaret para que se la llevara a Florida. Era sólo porque yo no quería ser el que… por si Emma tenía que ir a un hospital o algo así. Albergaba la esperanza de que estar con su madre la ayudara, pero ¡cómo se revolvió cuando empezamos a empaquetar sus ropas! Nunca la había visto con un ataque como ése. Ni siquiera es una persona a la que le den berrinches, pero hija, ese día se puso hecha una fiera. Arrojó sus vestidos por todas partes y gritó que no podíamos obligarla a marcharse, y al final rompió a llorar. Pensé que sería un punto de inflexión, así que no discutí cuando insistió en quedarse aquí y al principio dio la impresión de que se recuperaba…
La voz de David se desvaneció. Era duro escucharle contar eso, saber la pena que le había causado.
—Pero… —le apuntó Ruby.
—Volvió a la escuela y al trabajo; comía, dormía, hacía las tareas y contestaba cuando alguien le preguntaba algo, pero estaba… vacía. Tenía los ojos inexpresivos. Había un montón de detalles pequeños, como, por ejemplo, que no volvió a escuchar música. Encontré un montón de discos rotos en la basura. No leía y nunca permanecía en la misma habitación donde hubiera una tele encendida, aunque lo cierto es que hasta entonces tampoco le había gustado mucho. Finalmente comprendí que ella evitaba todo aquello que le pudiera recordar a… ella.
»Hablábamos poco, ya que temía decir algo que le molestara, se estremecía por las cosas más pequeñas y nunca hacía nada por propia voluntad. Sólo se limitaba a contestar si le hacía una pregunta directa.
»Estaba sola todo el tiempo. No volvió a llamar a sus amigos, hasta que después de un tiempo ellos también dejaron de telefonearla.
»Todo esto parecía como La noche de los muertos vivientes . Todavía la oigo gritar en sueños…
Casi podía ver cómo se estremecía, y yo temblé también al recordarlo. Luego, suspiré. No había conseguido engañarle nunca, en absoluto, ni durante un segundo.
—Lo siento mucho, David —dijo Ruby con voz apesadumbrada.
—No ha sido culpa tuya —lo dijo de un modo que dejaba perfectamente claro a quién responsabilizaba de todo—. Siempre has sido una buena amiga para ella.
—Sin embargo, ahora parece estar mejor.
—Sí. He notado una mejoría de verdad desde que empezó a salir con Graham Black. Al volver a casa, tiene un poco de color en las mejillas y cierta luz en los ojos. Parece algo más feliz —hizo una pausa y su voz se había vuelto diferente cuando volvió a hablar—. Graham tiene alrededor de un año menos que ella y sé que Emma siempre ha pensado en él como un amigo, pero creo que ahora quizás haya algo más, o al menos su relación parece haber cambiado en esa dirección —David dijo esto de una forma casi beligerante. Era un aviso, no para Ruby, sino para que ella se lo hiciera llegar a Regina—. Graham es maduro para su edad —continuó, todavía a la defensiva—. Ha cuidado físicamente de su padre del mismo modo que Emma cuidó emocionalmente de su madre. Eso le ha hecho madurar. También es un chaval apuesto, le viene por parte de madre. Ha sido bueno para Emma, ¿sabes? —insistió David.
—Entonces está bien que pueda contar con él.
David inspiró muy hondo y se rindió ante el hecho de que Ruby no se opusiera.
—Vale, tal vez esté exagerando un poco las cosas… No lo sé… Incluso cuando está con Graham, hay veces que veo algo en sus ojos y me pregunto si alguna vez he llegado a darme cuenta de cuánto dolor siente en realidad. No es normal, Runy y… y me asusta. No es normal en absoluto. No es como si alguien la hubiera… dejado, sino como si alguien hubiera muerto —la voz se le quebró.
Era como si alguien hubiera muerto, como si yo hubiera muerto. Porque había sido algo más que perder el más verdadero de los amores verdaderos, aunque no fuera uno de esos amores que matan, porque no había bastado para matar a nadie. También era la pérdida de un futuro al completo, una familia entera… toda la vida que yo había escogido…
David prosiguió con un tono desesperanzado.
—No sé si va a poder superarla alguna vez. No sé si está en su naturaleza el poder curarse de una cosa así. Emma siempre ha sido una personita tenaz. No pasa nada por alto ni cambia de opinión.
—Sí, ése es su estilo —asintió Ruby de nuevo con una voz seca.
—Y Ruby… —David dudó—. Tú sabes cuánto te aprecio y estoy seguro de lo feliz que está de verte, pero… estoy un poco preocupado por el efecto que pueda tener tu visita.
—Yo también, David, yo también. No habría venido si hubiera tenido idea de lo que había pasado. Lo siento.
—No te disculpes, cielo, ¿quién sabe? Tal vez sea bueno para ella.
—Espero que tengas razón.
Hubo una larga pausa mientras los tenedores rascaban los platos y David masticaba. Me pregunté donde escondía Ruby la comida.
—Ruby, tengo que preguntarte algo —dijo David con torpeza.
Ruby estaba tranquila.
—Adelante.
—¿Va a venir Regina a visitarla también? —inquirió. Noté la ira reprimida en la voz de David.
Ruby contestó con aplomo y un tono de voz suave.
—Ni siquiera sabe que estoy aquí. La última vez que hablé con ella estaba en Sudamérica.
Me envaré al escuchar esta nueva información y presté más atención.
—Eso es algo, al menos —bufó David—. Bueno, espero que lo esté pasando bien.
La voz de Ruby se aceró por vez primera.
—Si yo estuviera en tu lugar, no haría suposiciones —sabía cómo podían llamear sus ojos cuando empleaba ese tono.
Una silla se separó rápidamente de la mesa, arañando de manera ruidosa el suelo. Me imaginé que había sido David al levantarse; no albergaba duda alguna de que Ruby no habría hecho semejante ruido. El grifo se abrió y un chorro de agua se estrelló sobre un plato.
No parecía que fueran a seguir hablando de Regina, por lo que decidí que ya era hora de levantarme.
Me di la vuelta y reboté contra los muelles a fin de que chirriaran. Luego bostecé de forma audible.
Todo estaba tranquilo en la cocina.
Me estiré y gruñí.
—¿Ruby? —pregunté de forma inocente; la ronquera que todavía me raspaba la garganta añadió un toque muy apropiado a la charada.
—Estoy en la cocina, Emma —me llamó Ruby, sin que hubiera rastro en su voz de que sospechara que había escuchado a escondidas su conversación, pero a ella se le daba bien ocultar estas cosas.
David tenía que marcharse ya, porque estaba ayudando a Sue Clearwater a hacer los arreglos pertinentes para el funeral. Habría sido un día muy largo sin Ruby. No habló de irse en ningún momento y yo no le pregunté. Sabía que su marcha era inevitable, pero me lo quité de la cabeza.
En vez de eso, hablamos sobre su familia, de todos menos de una persona.
Henry trabajaba por las noches en Ithaca y enseñaba a tiempo parcial en la universidad de Cornell. Cora estaba restaurando una casa del siglo XVII, un monumento histórico situado en un bosque al norte de la ciudad. Killian y Zelena se habían ido a Europa unos cuantos meses en otra luna de miel, pero ya estaban de vuelta. Jefferson también estaba en Cornell, esta vez para estudiar Filosofía. Y Ruby había estado efectuando algunas investigaciones personales referentes a la información que yo había descubierto de forma casual la pasada primavera. Había conseguido identificar con éxito el manicomio donde había pasado los últimos años de su existencia humana. Una vida de la que ella no tenía recuerdos.
—Mi nombre era Ruby Lucas —me contó con voz serena—. Tenía una hermana pequeña que se llamaba Cynthia. Su hija, mi sobrina, todavía vive en Biloxi.
—¿Has conseguido averiguar por qué te llevaron… a ese lugar? ¿Qué llevaría a unos padres a ese extremo? Incluso aunque su hija tuviera visiones del futuro…
Se limitó a sacudir la cabeza con mirada pensativa.
—No he conseguido averiguar demasiado sobre ellos. Repasé todos los periódicos viejos microfilmados que hallé. Se mencionaba muy poco a mi familia, ya que ninguno pertenecíamos al círculo social del que suele hablar la prensa. Estaba anunciado el compromiso de mis padres y el de Cynthia —el nombre salía de su boca algo vacilante—. Se notificaba mi nacimiento… y mi muerte. Encontré mi tumba, y también hallé mi hoja de admisión en los viejos archivos del manicomio. La fecha de la admisión y la de mi lápida coinciden.
No sabía qué decir y, después de una corta pausa, Ruby cambió el rumbo de la conversación y habló de temas más superficiales.
Los Mills estaban todos juntos de nuevo, salvo esa única excepción, para pasar en Denali —con Elsa y su familia— las vacaciones de Pascua que les concedían en Cornell. Escuché con demasiada avidez incluso las noticias más triviales. Ella nunca mencionó a aquella en quien yo tenía
más interés y se lo agradecí en el alma. Bastaba con escuchar las historias de la familia a la que una vez soñé pertenecer.
David no regresó hasta después del crepúsculo y parecía más extenuado que la noche anterior. Iba a volver a la reserva a primera hora de la mañana para el funeral de Harry, por lo que se acostó pronto. Yo me quedé otra vez con Ruby en el sofá.
David casi parecía un extraño cuando bajó las escaleras antes de que se hiciera de día, vistiendo un traje viejo que yo nunca le había visto con anterioridad. La chaqueta le colgaba abierta; supuse que le estaba demasiado estrecha para poder abrocharse los botones. La corbata era un poco más ancha de lo que se llevaba ahora. Caminó de puntillas hasta la puerta en un intento de no despertarnos. Le dejé marchar, fingiéndome dormida, y Ruby, tendida en el sillón abatible, hizo lo mismo…
… pero se sentó en cuanto él salió por la puerta. Bajo el edredón, estaba completamente vestida.
—Bueno, ¿y qué vamos a hacer hoy? —me preguntó.
—No lo sé. ¿Ves que vaya a suceder algo interesante?
Ella sonrió y sacudió la cabeza.
—Todavía es temprano.
Todo el tiempo que había pasado en La Push había hecho que abandonara un montón de tareas en casa y decidí ponerme manos a la obra. Quería hacer algo que le facilitara las cosas a David; quizás lograra que se sintiera mejor si regresaba a una casa que estaba limpia y en orden. Empecé con el baño, que era lo que mostraba más señales de abandono.
Mientras trabajaba, Ruby se apoyó contra la jamba de la puerta y me hizo preguntas desenfadadas sobre mis, bueno nuestros» compañeros del instituto y de las cosas que habían pasado desde su ausencia. Su rostro mostraba una expresión despreocupada y carente de emoción, pero sentí su desaprobación cuando se dio cuenta de lo poco que podía contarle. O quizás la que hablaba era mi conciencia culpable después de haber estado escuchando a hurtadillas su conversación con David en la mañana del día anterior.
Estaba sumergida en detergente hasta los codos y restregaba el fondo de la bañera cuando sonó el timbre de la puerta.
Miré rápidamente a Ruby. Su expresión era de perplejidad y cierta preocupación, lo que era extraño; nada tomaba a Ruby por sorpresa.
—¡Ya voy! —grité en dirección a la puerta principal al tiempo que me levantaba y me dirigía a toda prisa al lavabo para enjuagarme los brazos.
—Emma —dijo Ruby con cierto rastro de frustración en su voz—. Tengo una sospecha bastante certera sobre quién puede ser y creo que es mejor que me marche.
—¿Sospecha? —repetí. ¿Desde cuando Ruby tenía que sospechar algo?
—Si es una repetición del mayúsculo fallo de mi visión de ayer, entonces, lo más probable es que sea Graham o uno de sus… amigos.
La miré fijamente mientras intentaba sacar conclusiones.
—¿No puedes ver a los hombres lobo?
Ella torció el gesto.
—Eso parece.
Estaba evidentemente irritada por este hecho, muy irritada. El timbre sonó otra vez, dos veces, con rapidez e impaciencia.
—No tienes que irte a ninguna parte, Ruby. Tú estabas aquí primero.
Rió con su risita plateada, aunque esta vez tenía un matiz oscuro.
—Confía en mí. Dudo que sea buena idea reunirnos a mí y a Graham Black en la misma habitación.
Me besó la mejilla velozmente antes de desvanecerse por la puerta del cuarto de David y a través de su ventana trasera, sin duda.
El timbre sonó de nuevo.
