Disclaimer: BNHA y sus personajes, no me pertenecen.
Summary: Bakugo Katsuki iba en contra de los intereses de su familia y nunca estuvo verdaderamente interesado en heredar la empresa de su abuela, él hacia su vida a su modo. Pero cuando su cuenta es congelada y su departamento alquilado, necesitará la ayuda de la nueva inquilina para jugar fuego contra fuego contra su familia... Claro, si sobrevivía al infierno que implicaba convivir con él.
Aclaratoria: Ésta es una obra propia y todos los derechos son reservados.
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CHAPTER XX: 18 de Abril.
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Cada dieciocho de abril desde hace cinco años se había convertido en un día dedicado, más que nada, a dejarlo olvidado en algún rincón de su mente, agotándose a sí mismo con trabajo a tope para evitar pensar que la fecha le había marcado tan fuerte a tal punto de que los días previos a él, sueños recurrentes con su padre no lo dejaban dormir en forma. Solía soñar verlo a la distancia, siempre alejado de él, algunos sueños se convertían en pesadillas cuando visualizaba un avión cayendo en picada, despertándolo justo antes del impacto con el cuerpo temblando y el rostro cubierto por un sudor frío, presa del miedo.
Cada dieciocho de abril desde hace cinco años solía pasarlo solo, evitaba ver a sus amigos, por más de que éstos insistieran en visitarlo o acompañarlo, él prefería dedicar esa fecha al trabajo, nublar sus pensamientos con actividades que lo hicieran pasar su luto en silencio.
Pero ese dieciocho de abril él lo había recibido en la casa de sus amigos, bebiendo, riendo de sus tonterías, acompañado por una nueva persona en su vida a quien tenía recostada por su hombro, escuchando las historias de su círculo de amistad, bebiendo ante cada confesión. No se había dado cuenta que eran pasadas las doce cuando llegó a su departamento junto a Ochako con una erección sin nombre y una vergüenza encima porque la mujer lo notara.
Ese dieciocho de abril vio a Ochako sentada en la mesa del comedor degustando el pie de limón que ella preparó para él y terminó acompañándola. Le gustaba verla comer, tenía una gracia particular porque lo hacía meciéndose a un ritmo muy suyo, como si de tanto amar la comida, terminara bailando en su sitio. Era genuinamente encantadora, tanto así que comenzaba a darse cuenta de sus sentimientos hacia ella; los tenía desde hace un tiempo, es cierto pero nunca se puso a pensar demasiado en el asunto, finalmente había una barrera profesional que los separaba.
―¿Estás molesto conmigo? ―Rompió el hilo de pensamientos que lo ahondaban. Él la miró sin comprender de dónde venía esa pregunta. La vio encogerse de hombros con decepción―. No me has hablado mucho desde que regresamos. ¿Tan penoso fue mi baile?
Es cierto, él había guardado silencio el trayecto hasta el departamento, rogando por entrar a su baño y solucionar el problema que ella había generado con su baile momentos atrás. ¿Penoso baile? ¡Penosa erección, diría él! Se sonrojó como un adolescente; junto a Ochako volvía a sentirse como uno. Le dedicó una sonrisa ladina.
―Me provocas muchas cosas, Cara de Ángel, cosas que no me animo a admitir aún… ―Se halló diciéndolo con tanta sinceridad que dentro suyo, dejó de existir alguna carga pesada. Se sentía bien sincerarse con ella y principalmente, consigo mismo. Ambos habían llevado tantas mentiras a lo largo de su convivencia juntos que era la primera vez que decía algo con tanta verdad. Él no apartó sus ojos de ella, tampoco la vio alejarse de su mirada―. Pero no creo que pena sea una de esas.
―¿Por qué nunca me lo dijiste? ―La escuchó preguntar, él sólo pudo sonreír para sí.
―¿Acaso habría cambiado algo? ―No, nada habría cambiado, se respondió a sí mismo.
Estuvieron un momento mirándose, estudiándose, compenetrándose en el mundo tras los ojos ajenos. Lo siguiente que sintió fue la mano de Ochako tomando el cuello de su camisa jalándolo hacia ella para estrellar sus labios con los suyos, fue brusco, es cierto pero la mujer no tardó en endulzar aquella brusquedad con sus labios, con su lengua.
La primera vez que besó a Ochako fue para brindar credibilidad a una mentira frente al padre de ésta, ella lo culpó por eso y es cierto, no quería besarla sólo por una farsa; en esos momentos que ella lo atrapó en su beso, todo era tan genuino que no se detuvo a pensar en nada más que en profundizar en esos labios que lo traían loco desde hace mucho tiempo. Tenía una mano en el pie de limón y la otra en la cintura de la mujer. Todo en ella era tan cálido, pensó.
El beso sólo fue el inicio de todo lo demás, de cómo sus labios y su lengua recorrieron cada rincón de su cuerpo y los de ella en el suyo. Se sintieron tan profundo, tan propios que el éxtasis los halló amándose hasta el cansancio. Y cuando todo terminó, cuando él se alejó de ella y fueron a ducharse juntos, continuó compenetrándose en su piel con cada beso, cada caricia, cada suspiro que le arrebataba.
Ese dieciocho de abril no tuvo sueños ni pesadillas con la muerte de su padre; de hecho, no recordaba haber dormido tan bien en mucho tiempo. Comenzó a abrir los ojos, fue una ardua tarea, tenía el cuerpo tan relajado, tan pesado; fue acostumbrándose a la luz del cuarto, al aroma que desprendía su cama y a la mujer que tenía debajo suyo y en cuyo pecho, él descansaba su cabeza.
Ochako seguía durmiendo, su rostro sólo podía albergar serenidad. Él no quiso moverse, no quería perturbar su sueño. Volvió a recostar su cabeza en sus senos y se abrazó a ella, fundiéndose en el aroma que desprendía.
Volvió a quedarse dormido.
Uraraka despertó de a poco, recomponiéndose de la fatiga que traía encima. Sintió un peso sobre ella, parpadeó un par de veces para acostumbrarse a la luz que se colaba entre cortinas y vio a Katsuki recostado sobre sus pechos, abrazándola como si fuese su única tabla de naufragio. Sonrió al verlo así, apreciar su rostro dormido era una de sus nuevas aficiones, aquel arrebato de tranquilidad que podía hallar en el semblante de Bakugo Katsuki era tan efímero como un suspiro.
Miró a su alrededor, la cama era un lío de sábanas caídas, ambos cuerpo cruzando el colchón como si no tuvieran suficiente espacio. Halló su teléfono sobre la mesa de noche así que con cuidado de no despertar a Katsuki, tomó el móvil corroborando que eran las nueve de la mañana. Se maldijo a sí misma por no haber puesto despertador, debía salir cuanto antes si quería llegar a tiempo al trabajo.
Volvió a mirar a Katsuki dormido y la tentación de tomarle una fotografía fue más grande que su preocupación por llegar tarde al trabajo. Enfocó la cámara en modo selfie captando la imagen de los dos allí, ella portando una camiseta suya y él con su rostro dormido. Click.
―Juro que a la siguiente foto que me saques, tiro tu teléfono por la ventana ―Escuchó la ronca voz de Bakugo, sorprendiéndola.
―Creí que seguías dormido ―Dijo ella viéndolo acomodarse para mirarla. Tenía legañas en los ojos y la mirada aún muy adormilada, mas su ceño fruncido regresó―. Buenos días.
Sonrió y se llevó ambas manos al rostro de Katsuki, acariciando sus mejillas. Él cerró los ojos un momento ante el tacto.
―¿Qué hora es? ―Preguntó conteniendo un bostezo.
―Las nueve en punto.
―Carajo, es tarde ―Dijo pero no se molestó en apartarse de ella. Seguía con sus manos en su rostro y él esbozó una sonrisa ladina al verla debajo suyo. Podía acostumbrarse a esa imagen con facilidad―. Le diré a Sato que llegaré tarde.
―Pero si salimos ahora, llegaremos para antes de las nueve menos cuarto. Estaremos a hora ―Dijo ella mirando su teléfono nuevamente.
Katsuki se apoyó en sus brazos para no ejercer peso sobre Ochako, tomó el móvil de la mujer para devolverlo a la mesa de noche, ella lo miraba curiosa ante sus acciones. Él acomodó su cabello, acercó sus labios a los de ella y los besó despacio. Ochako cerró los ojos al sentirlo.
―No me iré sin antes desayunar ―Respondió contra su oído, erizándole la piel a la mujer. Fue sintiendo los labios de Katsuki delineando la curvatura de su barbilla, bajando por su cuello.
―¿Qué hay en el menú, Chef? ―Preguntó Ochako sin poder borrar la sonrisa en sus labios.
Katsuki introdujo sus manos bajo su cintura y así, rodar para tenerla encima de él. Uraraka rio a carcajadas ante el movimiento, tenía el cabello hecho un desastre y la playera de Bakugo por encima de sus anchos muslos. Ella se acomodó sobre el vientre del hombre, sintió las manos de éste sobre sus muslos y su mirada delineando cada ángulo en su cuerpo.
―¿Qué tienes para ofrecerme? ―Preguntó él.
Ella sonrió con un adorable sonrojo en sus mejillas. Se llevó sus manos a la tela de la playera para quitársela y dejar al descubierto sus pechos ante él. Katsuki no necesitó otra invitación más que esa para sentarse en la cama y atrapar los labios de Ochako con los suyos en beso arrebatador, dirigiendo sus manos a sus pechos para acariciarlos despacio.
―Tenemos diez minutos ―Dijo Uraraka deteniéndolo. Él lo miró con el ceño fruncido―. No me mires así, mi jefe me ha suspendido por llegada tardía.
―Tu jefe es un cretino.
―Me lo han dicho ―Respondió Ochako entre risas, sintiendo los labios de Katsuki bajando a la naciente de sus pechos, empujándola para acostarla sobre el colchón y quedar encima suyo.
Los besos fueron el detonante de su pasión ya despierta, las caricias y las mordidas vinieron después y donde se acunaban los labios, también lo hicieron los dedos. El éxtasis los volvió a hallar, él dentro de ella y sin duda, fue el mejor desayuno que tuvieron en mucho tiempo.
Ochako salió del baño tras terminar de aplicarse una capa de base en el cuello y donde la piel aún era visible entre la solapa de su camisa, no quería llamar la atención de nadie principalmente en el trabajo que ya estaba retrasada. Se acomodó la cintura de sus pantalones largos color negro y limpió el resto de polvo que cayó sobre su de tonos rosa pastel.
―¿Cuánto maquillaje te aplicaste? ―Inquirió él con diversión. Ella exhaló un suspiro.
―Más de lo que debería pero es tu culpa.
―¿Mi culpa? ―Preguntó él terminando de preparar dos tazas de café―. No parecías muy molesta cuando te dejaba esos chupones.
―Olvídalo ―Ella rodó los ojos para acercarse a él; el hombre ya se encontraba vestido con pantalones grises y una camisa negra. Ochako recordó la fecha en particular―Eso huele bien ―Dijo Uraraka tomando una de las tazas que le tendió y recostándose contra la mesada, dio un sorbo a su capuccino caliente―. Irás… ―No sabía cómo tocar el tema sin sentir que estaba inmiscuyéndose demasiado―. ¿Irás al templo?
Katsuki asintió sin mirarla, revolvía su café negro y se lo llevó a los labios dando un sorbo profundo. Al hombre le encantaban las bebidas calientes.
―Pasaré después al trabajo ―Respondió mirándola―. Sato sabe de la fecha, no me preguntará nada. En cuanto a ti…
―Le dejé un mensaje sobre una emergencia y que ya estaba en camino al trabajo ―Dijo ella, lo vio asentir―. Katsuki ―Llamó y él la miró a los ojos. Era extraño llamarlo de ese modo, aunque claro, durmieron juntos, ya no necesitaban formalidades―, nada cambiará entre nosotros, ¿verdad?
―¿Te refieres por el trabajo? ―Preguntó él y ella asintió.
―No quiero que esto ―Dijo señalándose a ambos―, nos afecte. Yo… No quiero sentir que…
Las palabras se atoraban en su garganta. No quiero sentir que estoy haciendo algo malo, era lo que buscaba decir pero la sola idea de mencionarlo, la hacía sentir mal. Katsuki lo sabía, sabía su temor, sentir que estaba recibiendo un trato particular por liarse con su jefe o decepcionar a sus padres. Él lo sabía.
Katsuki dejó la taza sobre la mesada para acercarse a ella, llevó ambas manos a su cabeza y peinó su cabello tras las orejas. Ella levantó sus ojos hacia él.
―Seguiré haciéndote la vida imposible, de eso no hay duda ―Ella rio por lo bajo―. Somos libres una vez entramos por esa puerta ―Dijo refiriéndose a su propio departamento―. No le debes nada a nadie.
―Gracias.
―Termina tu café y márchate. No querrás otra suspensión. ―Ochako lo miró alterada, él sólo tomó su taza para alejarse de ella.
―¡Pero…!
―El tiempo corre, Cara Redonda. ―Respondió entrando a su cuarto.
Ochako exhaló un suspiro cansino y se terminó el café de un tirón. Quizá debió de especificar que no debían de volver tanto a la normalidad. Dejó el departamento con presura, tenía el tiempo contado y por más de que el tramo a su trabajo no era demasiado, tampoco podía darse el lujo de caminar con tranquilidad.
El elevador fue descendiendo hacia plantaba baja y una vez llegado allí, salió a toda prisa. Su mirada se cruzó con la de Asui Tsuyu, sentada en la recepción con una mirada perdida en una taza de café negro entre sus manos. Ochako la saludó a la distancia, corroborando lo que ya sabía: despertarse tras una ronda de nunca, nunca y alcohol, no fue fácil para nadie.
Iba camino a cruzar las puertas del edificio cuando la llamaron, rompiendo la quietud de la planta baja.
―¡Chako! ―La voz de Mina a sus espaldas llamó su atención, deteniéndola en su sitio para ver a su amiga acercarse a ella―. ¿Vas para el trabajo? Ya es tarde.
―Sí, me desperté tarde sólo eso ―Respondió Ochako caminando hacia la salida junto a su amiga.
Ashido la observó mientras cruzaban las puertas del complejo, notando la sonrisa en la castaña y la presencia de base de maquillaje tanto en su cuello como la naciente del cuello de su camisa. Sonrió con victoria.
―¡Te lo cogiste! ―Dijo la mujer con emoción sin mediar su voz, llamando la atención de los que se encontraban a su alrededor. Ochako se sonrojó terriblemente, mirando a su alrededor y percatarse que más de un transeúnte las observaban entre sorprendidos y curiosos por el repentino grito. Ochako tomó la mano de su amiga para agilizar la caminata―. ¡Carajo, Eijiro me debe dinero, sí que sí!
―¿De qué estás hablando? Yo no…
―Oh, por favor ―Respondió Mina deteniéndose para mirarla a los ojos, Ochako intentó apartar su mirada pero la persistencia en la pelirrosada era más fuerte―, conozco esa sonrisa en los labios y eso en tu cuello son chupones muy mal disimulados. Dormiste de maravilla y sin duda Bakugo tuvo algo que ver.
―¿Tanto se nota?
―¡Já! ¡Lo sabía! ―Ochako sólo podía sonrojarse más y más―. Es que era obvio después de ver su cara cuando subiste a la mesa a bailar. Bakugo estaba loco por ti, no me extraña que terminaras en la cama con él. Eijiro insistió en que no iba a pasar nada entre ustedes, pero mi Eiji es aún tan inocente. La carne fue más fuerte.
―No hables tan fuerte.
―¿Tienes pastillas de emergencia? ―Ochako se detuvo un momento al recordar aquel pequeño detalle. Se llevó una mano a la frente. Cuando dormía con Tenya siempre cuidaban el detalle de la protección con preservativos pero el día anterior estaba tan fuera de sí que no se recordó en implementarla, incluso esa mañana lo hicieron sin protección―. Así que estaban tan calientes como para recordar ese detalle.
―¡Mina!
―Tranquila, vamos a la farmacia y lo compramos. No es nada de otro mundo. ―Ochako asintió a las palabras de su amiga. Debía agradecer que tenía a Mina como amiga, la mujer siempre pensaba en todas las cosas con precaución aunque su personalidad podría ser un poco impulsiva, tenía la mente fría para casos de emergencia.
Llegaron a la farmacia a varias cuadras de su departamento, pero una vez ingresaron, Ochako quedó de piedra al ver a Utsushimi Camie tras el mostrador de la farmacia, portando la bata blanca y hablando con una de las clientas que terminaba de hacer su compra.
La rubia las reconoció cuando se acercaron a ella.
―Mina, Ochako-chan ―Saludó la mujer con una sonrisa―, ¿cómo están?
―Camie-san, no sabía que trabajabas aquí ―Respondió Ochako sonrojada de la vergüenza.
―Sí, aunque no hemos hablamos demasiado ―Dijo sencillamente la mujer―. ¿En qué puedo ayudarlas?
―Quisiera unas pastillas de emergencia, por favor ―Respondió Ochako, la sonrisa felina en Camie sólo aumentó el sonrojo en sus mejillas. De todas las químicas farmacéuticas que pudieron atenderla, debía ser la amiga-novia del hombre en cuya cama despertó.
―Noche divertida, ¿eh? ―Comentó sonriente―. Tienes base en tu cuello.
―Te dije que era muy evidente ―Añadió Mina a su lado avergonzándola.
La mujer le tendió una caja con su pedido y tras pagar por el producto, sonrió a Camie. Aunque ésta fue a buscar su bolso, ambas clientas la observaron con atención. La rubia regresó con un pequeño bolso de maquillaje, sacando una esponja y colocando una gota de su base, fue arreglando la evidencia impregnada en su cuello. Ochako veía de reojo a la mujer quien le daba consejos de cosméticos para ese tipo de marcas.
―Gracias, Camie ―Dijo Ochako con una sonrisa―. De verdad, no quería llegar con el cuello así.
―Es lo de menos. Ya sabes, las chicas nos cubrimos entre nosotras ―Respondió la rubia guiñándole el ojo―. Por cierto, ¿cómo está Tsuki?
―Bien, irá al templo hoy.
―Me lo imaginaba ―Respondió Camie―. Supongo que no fui muy justa contigo el otro día. No quise incomodarte, es sólo que…
―No tienes que preocuparte, Camie-san ―Respondió Ochako mirándola a los ojos―. Quien no fue justo contigo fue Katsuki.
―Entonces, asunto olvidado ―Sonrió la rubia―. Hey, no sabía que lo llamabas por su nombre. ―La sonrisa felina en Utsushimi regresó, al igual que el sonrojo en Uraraka.
―¿No llegarías tarde al trabajo, Chako? ―Preguntó Mina de pronto. Ochako asintió―. ¡Fue un gusto, Camie!
Las dos amigas se despidieron de la química para marcharse de allí. Mina acompañó a Ochako un tramo más antes de detenerse.
―Bien, también debo ir al trabajo ―Respondió Mina.
―Gracias por cubrirme.
―No hay de qué. ―Sonrió a su amiga―. Luego tienes que contarme a detalle sobre tu noche con Bakugo. A juzgar por tu cara y esa base, no fue algo accidental.
Ochako sonrió sencillamente. Se despidieron para marcharse cada una por el camino que conducía a sus trabajos. Uraraka se llevó sus dedos a su cuello, levantó un poco el cuello de su camisa para intentar ocultar los chupones que evidenciaban su noche. Sonrió para sí, incapaz de ocultar aquella emoción que subía por su cuerpo al recordar a Katsuki dejándoselos en su piel.
Bakugo estacionó su auto cerca de la entrada del templo, recogió su ramo de rosas blancas con jazmines y cerró su puerta con seguro. No había mucha concurrencia de personas que ingresaban al cementerio ese día, para su alivio, no le gustaban los sitios sobrecargados de personas. Antes de ingresar, encendió su cigarrillo y guardó su cajetilla en el bolsillo de sus pantalones; había cosas que no podía hacer sin un cigarrillo en los labios.
Llegó hasta donde se encontraba la lápida de su padre viendo a su madre de pie frente a ésta con un ramo de rosas blancas descansando al pie de la misma; la ausencia de su abuela en aquel sitio llamó su atención pero no dijo nada por un largo rato. Dio una calada profunda para acercarse hacia ella y con una reverencia en respeto a la memoria de su padre, depositó su propio ramo junto al de su madre.
―¿Dónde está la vieja? ―Inquirió de pronto a su madre.
Mitsuki miró a su hijo sin decir nada al principio. La ausencia de su abuela era extraño en esa fecha en particular. Era el único día, desde hace cinco años, que los tres convergen en un mismo sitio sin estar gritándose unos a otros.
―Ha tenido un contratiempo ―Respondió su madre. Vio a su hijo formular una sonrisa ladina.
―¿Contratiempo? ¿Así lo llama ahora?
―No es lugar, Katsuki.
―Me importa una mierda. ―Dio otra calada a su cigarrillo y vio la mano de su madre extenderse hacia él. Bajó la vista a ésta y luego la miró a los ojos. Comprendió su pedido; sacó la cajetilla de cigarrillos de su bolsillo y le entregó uno que le ayudó a encender.
Madre e hijo fumando frente a la lápida de su padre, una escena extraña, principalmente porque ambos yacían en silencio. Mitsuki cruzó sus brazos y con una de sus manos, tomó el cigarrillo para exhalar el humo de su boca, elevándose hacia el cielo.
―¿Aceptarás nuestra tregua?
―¿Tengo otra opción? ―La vio formular una sonrisa por lo bajo―. Ochako está de acuerdo. Sólo no hagan nada raro frente a ella.
―¿Ahora te importa la inquilina? ―Mitsuki miró a su hijo, éste sólo se encogió de hombros. Su madre sonrió―. Ahora comprendo el interés de Shoen en ella.
―¿Dónde está? ―Volvió a preguntar mirándola a los ojos. Mitsuki no apartó su mirada de su hijo, había inquietud en su mirada. La fecha los ponía sensibles, quizá pero Katsuki sabía que si su abuela no estaba allí era por algo verdaderamente importante.
Mitsuki dejó salir el humo de su boca, regresando su atención a la lápida frente a ambos. El nombre de Bakugo Masaru parecía más triste que nunca.
―Desde hace unos días no se ha levantado de la cama ―Explicó―. Tiene problemas para respirar y su bastón ya no parece ayudarla a sostenerse. Es muy orgullosa como para usar silla de ruedas o pedirme ayuda, maldita costumbre de los Bakugo.
Katsuki sonreiría ante aquella maldición de su madre pero la situación no le generaba gracia alguna.
―Volvió a hacerse estudios ―Siguió hablando Mitsuki―. Shoto ha estado mucho tiempo con ella, haciendo papeleos que, cuando pregunto, sólo me responde "es confidencial". Carajo, soy su vicepresidenta, tengo todo el puto derecho de saber qué sucede.
―Tú lo has dicho ―Respondió Katsuki―, es la maldita costumbre de los Bakugo.
Mitsuki dejó escapar una sonrisa ladina.
―Como sea, le hará bien saber que Uraraka y tú irán a la casa el lunes ―Sonrió a su hijo―. Al menos un día, me gusta no discutir contigo.
―No te acostumbres ―Respondió Katsuki.
Mitsuki rio por lo bajo. Se mantuvieron en silencio un momento, cada quien metido en sus propios pensamientos. Su madre recibió una llamada entonces, se alejó de él para responder. Katsuki seguía de pie mirando la lápida de su padre, siempre le había resultado algo tan frío para alguien como Masaru, quien se caracterizaba por su calidez.
―Debo irme ―Escuchó a su madre cuando regresó hacia él―. Saluda a Uraraka de mi parte.
Katsuki no respondió a sus palabras, su madre se marchó y él permaneció un momento más allí. El sitio poseía muchos árboles y un caminero de piedra con arbustos a los costados que guiaban a la entrada del templo. Él era aún muy niño cuando vino por primera vez al templo para visitar la tumba de su abuelo, Bakugo Murasaki, no tenía recuerdos de él, había muerto antes de que él naciera.
Su padre lo trajo por primera vez a los cuatro años, caminaron juntos sobre el caminero de piedra que llevaba al templo y recordaba ver a su abuela encendiendo un incienso, llevaba un traje negro.
Cuando su padre murió, volvió a ver a su abuela con un traje parecido y encendiendo un incienso cada año. Cada año, salvo ese. Su ausencia generaba preguntas, principalmente porque ni siquiera Mitsuki sabía qué sucedía con ella. Bakugo Shoen era por mucho, alguien que podía hacer bajar la cabeza a cualquiera con su temperamento, pero también era de las que guarda silencios sepulcrales cuando algo va mal.
Regresó su vista a la fría lápida de su padre, dio una úlima calada a su cigarrillo para, con una reverencia, despedirse de su padre y marcharse de allí. Apagó el resto del cigarrillo contra el muro de piedra que se encontraba en la entrada, se dirigió a su vehículo después. Sacó su teléfono y corroboró que era cerca de las once de la mañana. Bastante tarde, sin embargo, era la primera vez que no deseaba ofuscar su mente con trabajo, no quería ahogar la memoria de su padre entre pedidos o supervisar platillos.
Encendió el motor, dejó el predio del cementerio sin un rumbo fijo, pero definitivamente Towers no era el lugar donde quería llegar. Ese día quería rendirle culto a la memoria de su padre pero no en un frío cementerio.
Condujo un buen rato, Drive de Incubus sonaba en la radio mientras él se alejaba del centro mismo de Tokio. Recordaba un lugar en particular, recordaba que cuando era aún un adolescente y entre sus tantas discusiones con su abuela, se había fugado de la casa con la intención de llegar lo más lejos posible. Lo más lejos posible de su familia. Tenía quince años, explotaba con facilidad y siempre terminaba alejándose cada vez más.
Llegó hasta una de las zonas elevadas de la ciudad y en donde los edificios iban haciéndose un poco menos asfixiantes. Estacionó el vehículo bajo la sombra de un cerezo y descendió del mismo para apreciar un parque lleno de árboles de cerezos en plena floración, el pasto dejó de verse verde para ser usurpado por la alfombra rosa que lo cubría. Camino hacia el interior del parque, lo recordaba a la perfección.
Luego de aquella fuga sin mucho sentido, terminó tan agotado que se dejó caer sobre el pastizal verde bajo sus pies. La brisa de la tarde acarició sus hebras rubias, dejándolo descansar por un momento. Escuchó la voz de su padre un momento después, se sentó en el suelo y giró a verlo con el aliento desbocado y su rostro cargado de preocupación hasta que lo vio sentado en el suelo. Masaru volvió a respirar con tranquilidad.
Se sentaron en un banco y por más de que Katsuki ya esperaba la reprimenda por su parte, Masaru permaneció en silencio mirando al frente, apreciando los árboles que los rodeaban. Katsuki miró a su padre y éste le devolvió la mirada con una sonrisa pequeña. En lugar de hablar de la razón por la que terminó fugándose de su casa, Masaru señaló un banco en específico, llamando su atención.
―Allí conocí a tu madre ―Dijo el hombre con una sonrisa boba en sus labios. Katsuki dirigió su vista al lugar indicado―; estaba leyendo un libro cuando una pelota de fútbol me golpeó en la cara.
Katsuki lo vio reír por lo bajo.
―No sabía qué sucedía, tenía la nariz sangrando, recuerdo que empapé con sangre las páginas de mi libro y entonces ella se acercó hacia mí. "¿Qué mierda haces sentado allí? ¿Esperas que te golpeen?", fue lo primero que me dijo.
―Carajo, hasta parece que la escucho ―Ambos rieron por lo bajo.
―Mitsuki llegó hacia mí y tomó su pelota para después fijarse en mi nariz rota ―Continuó hablando su padre―, me ayudó a llegar al hospital y me repetía que para leer uno tiene una biblioteca. No supe si fue por la sangre que me chorreaba, pero no podía dejar de verla embelesado. Fue amor al primer golpe.
―Asco.
Su padre rio para atraerlo hacia sí con su brazo. Katsuki no se opuso al tacto, le gustaba los abrazos de su padre aunque no lo dijera.
―Corrí en tu búsqueda, estaba aterrado porque te sucediera algo. Sé cómo pueden ser las peleas con tu abuela ―Continuó―, pero cuando llegué aquí y te vi en el suelo, el miedo desapareció y vino a mí éste recuerdo. No importa qué tan malo pueda ser una situación, Katsuki, siempre podrás ver que habrá algo más a tu alrededor que te haga valorar el momento y comprenderás que no todo es oscuro.
Katsuki se dirigió al mismo banco que aquella vez compartió con su padre, dirigió su mano hasta el respaldo de madera del mismo antes de sentarse. A diferencia de aquel día, esa mañana los árboles de cerezo caían como lluvia, tiñendo todo entre rosa y blanco. Se acomodó contra el respaldo, recordando a su padre.
Sí, ese era el modo que quería recordar a su padre, no en un maldito y frío cementerio.
Recordó la anécdota de sus padres conociéndose en ese mismo parque, un accidente los hizo encontrarse, recordaba que su padre le había dicho que, tras su curación en el hospital, volvió al mismo parque buscando a la misma joven de cabello rubio erizado de aquel día y que ésta le había rechazado muchas veces antes de, finalmente, aceptar a salir con él.
Pensó en Ochako, recordó el día que se conocieron y el modo en el que su relación cambió, de cómo pasaron a odiarse a terminar liados en la cama. Sonrió para sí. Había algunas cosas que le recordaban a su padre cuando veía a Ochako, principalmente su calidez.
Ese día no fue a trabajar, le notificó sin muchos detalles a Sato y un nos vemos en la casa a Ochako. Había pasado cinco años evitando esa fecha, nublándola con trabajo y responsabilidades para no pensar en la ausencia de su padre; ese día, sin sueños o pesadillas sobre él, pudo finalmente rendir un día de luto en forma.
Regresó al departamento cerca de la noche con una caja de mochis de chocolate, vio la televisión encendida en la sala y a Ochako acostada en el sofá, completamente dormida. Era sábado, un día muy ajetreado en el restaurante, sin duda debía de estar agotada. Dejó la caja en el comedor y se acercó a ella, sonrió al verla con aquellos shorts cortos y una playera suya. Llevó una de sus manos a su espalda, acariciándola despacio, circulando su tacto hasta llegar a su trasero.
Ella comenzó a abrir los ojos y sonrió al verlo.
―Ese es mi trasero, Katsuki.
―Estoy al tanto de eso ―Respondió él.
―No tienes que ocultarlo, sé que te gusta mi redondez ―Dijo ella enderezándose del sofá, aquella frase llamó su atención―. Me lo dijiste cuando estuviste enfermo.
―Eso no cuenta, maldita sea ―Él estironeó sus cachetes en reprimenda, mientras ella jalaba sus cabellos en respuesta.
Verla sonrojada y maldiciendo mientras jalaba su pelo lo hizo sonreír, apretó sus mejillas entonces y besó sus labios, sorprendiéndola. Ella dejó de ejercer fuerza con su cabello, correspondiendo el beso.
―¿En dónde has estado? ―Preguntó ella al finalizar el beso.
Katsuki jaló de ella para levantarla y rodearla con sus brazos, hundió su rostro en el cuello de la mujer, escuchándola suspirar ante el contacto de su aliento contra su piel. Se había vuelto adicto a ella en tan poco tiempo.
―¿Está todo bien? ―Preguntó al abrazarlo. Katsuki asintió―. Es un alivio, temía que tuviese que esperar a que duermas para comer esa caja.
Katsuki mordió el cuello de Ochako y ella se alejó de él para ir a por su caja de dulces.
―¿Cómo mierda sabías que eran mochis? ―Preguntó Katsuki viéndola caminar hacia su habitación con un mochi en la boca.
―¿Acaso importa? ―Preguntó con una sonrisa, sentándose en su cama. No necesitó otra invitación más que esa.
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