Vigesimoquinto

Tal vez había sido malvada en otra vida, o quizás lo estaba siendo en ésta y por eso el karma se esmeraba en joderme.

Ya dije que solía hacer una gran montaña de un pequeño problema. Que un insignificante contratiempo lograba que todo revolviese mi mundo y nada tuviera sentido. Y mi situación en aquellos días con los pequeños conflictos que tuve que afrontar, no me lo ponían nada fácil para no perderme más de lo que ya estaba. De hecho, ni siquiera era yo, y eso era algo que hasta el chico que vende los periódicos en la esquina de Broadway Avenue podía percibir al verme pasar.

Esquivar a Kurt y a Santana compartiendo apartamento era una odisea difícil de llevar a cabo. Tanto es así que mis mentiras se multiplicaron hasta tal punto de llegar a creérmelas yo misma. Eso sin sumarle como me sentía cuando salía. Fuera de mi hogar todo se volvía mucho más complicado de superar, cuando en realidad debía ser mi salida, mi escape y mi única opción para olvidarme un poco de lo que estaba viviendo.

Mi rutina diaria se veía terriblemente afectada por mi falta de concentración, por mi escaso interés en ser la perfeccionista que siempre había sido, y en mostrar la cara menos agradable de cuantas podría llegar a tener. Y siendo actriz por vocación, juro que son muchas las que puedo mostrar.

Verme tan afectada en esas situaciones solo lograba que quien menos debiera interesarse, lo hiciera por motivos aparentes. Como por ejemplo me estaba sucediendo en aquella mañana de jueves.

Dos horas de clase. Ni pliés, ni battement tendu, ni el rond de jambe par terre. Jamás en mis dos años practicando ballet, había tenido unas horas tan desastrosas como las que tuve aquel jueves. Y evidentemente no pasó desapercibido para Brian, ni para ninguna de mis compañeras, por supuesto. De hecho, había estado tan descentrada que el toque de atención me llegó justo cuando poníamos punto y final a aquella clase, y me citaba en su despacho con el semblante serio.

En otra ocasión habría enloquecido al caminar por el pasillo que me llevaba hasta su oficina, pero en aquel instante ni siquiera me apetecía verle.

Tal vez suene raro, y, sobre todo, caprichoso, pero Brian había dejado de existir para mí como lo había estado haciendo durante los dos últimos años. Mi corazón, muy a pesar mía, se había fijado en él por pura diversión, o tal vez como preparación para lo que estaba por llegar.

Estoy convencida de que no sería consciente de lo que me sucedía con ella, si antes no me hubiera sentido así por él. Y sí, hablo de ella porque Quinn es una chica, y era la culpable de que yo dejase de pensar en mi profesor día y noche.

Admitir que me había enamorado sería patético, estrambótico, hilarante, absurdo, da igual el adjetivo que le adjudicara, cualquiera de ellos le vendría bien. Porque mis ideales acerca del amor me recordaban constantemente que una persona no se enamora en un día, ni en dos semanas, ni en un mes. Sin embargo, aquello que me amordazaba y me provocaba tantas ganas de llorar, y de huir a la vez, no podía ser otra cosa más que eso. Que un enamoramiento casi enfermizo que me llevaba a querer perderme para siempre, y olvidarme que algo así podría sucederme de manera tan repentina.

No tenía ni idea de lo que era el amor verdadero, pero si te hacía sentir así, prefería no saberlo ni sentirlo nunca.

Tener esa imagen del amor tan destructiva no me hacía bien. Yo era una chica alegre, siempre lo fui. Pensaba que el amor era lo mejor que te podía pasar en la vida, y que todo o casi todo lo justificaba. Pero conocerla a ella me abrió los ojos de la peor manera posible.

Sus ojos, su sonrisa, su encantador acento y la dulzura con la que podía llegar a acariciarme, me hicieron enfrentarme por primera vez a una situación que realmente dolía. Como si hubiese pasado de niña a mujer en un par de horas. Como si tuviese que elegir entre mi vida o la de mis padres. En este caso, la felicidad de Santana ocupaba el lugar de lo más preciado que tengo en mi vida, como son mis padres. Y tener que anteponer su felicidad a mi ilusión me estaba destrozando.

Una semana entera, mejor dicho 9 días completos, con sus mañanas, sus tardes y sus noches. 9 días en los que veía como Santana seguía su curso de intentar conquistarla, y mi corazón se rompía cada vez que la veía salir diciendo que se iba a encontrar con ella. 9 días desde que la vi por última vez en la acera de la cafetería, llena de confusión y algo de pena por mi desplante. 9 días sin saber absolutamente nada de ella. 9 días de completo martirio.

Confieso que la desilusión aumentó al ver que Quinn ni siquiera insistió en hablar conmigo después de mi huida a las puertas de la cafetería. De hecho, incluso me enfadé y me sentí ofendida. Ni siquiera un simple mensaje, ni una estúpida llamada o una pregunta a Santana en tantos días, era demasiado rencor para alguien que supuestamente se había vuelto loca por mí. Quinn parecía haber aceptado tan bien que no le diese una oportunidad, que no llegaba a comprenderlo.

Yo en su lugar habría insistido un poco más. No sé, tal vez averiguar el verdadero motivo por el que tomé aquella decisión. Pero ella no. Me dejó ir sin más, y no volvió a interesarse más. Y muy a mi pesar, y aunque he de confesar que era lo mejor para mi relación con Santana, estaba convencida de que no lo haría en los siguientes días.

—¿Puedo pasar? —pregunté tras golpear la puerta con suavidad. Permanecía entre abierta, y pude ver a Brian sentado frente a su ordenador.

Estaba serio, demasiado. De hecho, creo que nunca lo había visto con aquella expresión.

—Sí, sí, pasa Rachel, estaba esperándote —respondió al tiempo que cerraba de golpe el ordenador y esperaba a que yo accediera.

Eso hice. Con algo de nervios y temerosa, me adentré en el despacho y esperé a que me invitara a sentarme. Pero aquel gesto de protocolo no llegó. Brian se levantó y se colocó frente a mí, ocupando un trozo de la mesa para sentarse y escrutarme con la mirada.

Confieso que me sentí un tanto extraña por su intensa mirada, no solo hacia mis ojos o cara, sino hacia el resto de mi cuerpo. Fue bastante confuso verle actuar así, y eso hizo que mi inseguridad aumentase.

—¿Qué, qué ocurre? —balbuceé tratando de hacerle reaccionar.

—Eso quisiera saber yo —dijo centrándose por fin en mis ojos—. ¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás así?

—Si, si te refieres a mi falta de concentración, lo siento, lo siento de veras. Prometo que no volverá a suceder —me excusé.

—¿Tienes problemas en casa o algo así?

—¿Qué? No, no. Está todo bien —fingí—. Es solo que, bueno esta época no es la mejor para mí. Ya sabe, visitas, cenas, compras, unos vienen otros van, mucho trabajo.

—El año pasado no estabas así.

—Sí, bueno, no sé, supongo que este año es más intenso. Pero, de verdad —volví a insistir—. Todo está bien. La semana que viene lo haré todo perfecto. Te lo prometo.

—Más te vale, Rachel —sonó serio—. Apenas te quedan unos meses para acabar y sería estúpido que dejases de lado ahora todo. Ahora es cuando más necesito que te esfuerces. ¿Lo entiendes?

—Claro, lo entiendo —asentí rápidamente—. Lo haré bien, puedes estar tranquilo. Todo volverá a la normalidad.

—Bien —musitó eliminando el gesto serio que mantenía mientras me miraba. Aunque no vi una sonrisa en su lugar, sino algo más confuso.

Brian volvía a escanearme, a fijarse con detenimiento sobre mi cuerpo o mi vestimenta, no lo sé. Solo sé que volvía a hacer que me sintiera algo insegura, y sin saber muy bien cómo actuar.

—Si no tienes que decirme nada más, será mejor que me marche —dije tras varios segundos en silencio—. En dos horas tengo que estar en la cafetería y…

—Espera —se levantó de su improvisado asiento—, aún no he terminado.

—Oh. ¿Y bien? ¿Qué, qué ocurre?

—Bueno, me has dicho que todo volverá a la normalidad en las clases —dijo al tiempo que me rodeaba y se acercaba a la puerta que quedaba detrás de mí—. ¿Eso significa que también volverá la normalidad conmigo?

Tuve que analizar bien aquella pregunta antes de responder, porque no sabía qué intenciones tenía al hacérmela. Su voz y tono no eran del todo naturales y eso me desconcertó. Aunque la verdadera convulsión me la provocó el pequeño pero delator sonido del seguro de la puerta. El breve Click me hizo comprender que Brian había cerrado la puerta desde dentro, y eso no me gustó en absoluto.

—No...no entiendo —murmuré buscándolo con la mirada. Fue lo mejor que hice. Jamás esperé encontrármelo a un palmo de mí con aquella mirada tan desconcertante, o tal vez debía decir intensa—. ¿Qué, qué sucede? —balbuceé intimidada.

—Rachel, no vamos a jugar más. Suficiente paciencia he tenido contigo, y creo que ya va siendo hora que tomemos esto como los adultos que somos.

—¿Qué? —susurré temiéndome lo peor.

Y sí, tal vez un par de semanas atrás ver a Brian de aquella forma y devorándome con la mirada, habría supuesto el culmen de la felicidad más absoluta. Pero en aquel instante no era más que algo que me intimidaba, y me daba miedo. Ni siquiera me apetecía hablar con él.

—No te hagas la inocente. Llevas un mes sin dejar de provocarme, Rachel. Y soy un hombre, no soy de piedra y es evidente que tú tampoco lo eres cuando estas delante de mí —respondió al tiempo que deslizaba su mano con suavidad por mi mejilla, apartando varios mechones de pelo que caían de mi moño—. Tengo que admitir que nunca me había fijado en ti, pero últimamente es imposible. No sabía que tenía una mujer como tú tan cerca.

—Brian —musité reaccionando a tiempo. Aparté su mano con sutileza de mi cara y di un paso atrás—. Creo, creo que estás confundido —balbuceé sin saber muy bien qué hacer para salir de aquella situación.

—¿Confundido? —volvió a acercarse—. Soy tu profesor. ¿Te haces una idea de lo que me estoy jugando al acercarme así a ti? No, no te lo imaginas. Pero sé que eres madura, sé que… —tragó saliva al tiempo que volvía a mirarme con descaro— Sé que podemos entendernos perfectamente y acabar con esta tensión.

—No, no hay ninguna tensión —me excusé.

—¿Y las flores? ¿Y tus miradas? ¿Y tus movimientos delante de mí? ¿Crees que soy de piedra?

—No, no, espera. Creo, creo que te has confundido. Las flores no eran más que un detalle de agradecimiento —respondí tan rápido como pude. De hecho, casi me atropellaba con las palabras—, y los movimientos solo son parte del baile.

Mentirosa.

De nuevo mentía como nunca antes lo había hecho, o mejor dicho como nunca antes de aquel último mes había hecho.

Era evidente que las flores llevaban un mensaje íntimo, y la intención de regalárselas era exactamente a lo que él se refería. Al igual que mis insinuaciones y mi manera de mirarlo. Que Quinn me hiciera creer que era sexy y sensual fue lo que provocó que yo actuara así frente a él. Pero no volví a hacerlo desde que las dudas por ella se instalaron en mí.

Me negaba en rotundo a dejarme llevar en algo que ni siquiera me apetecía en aquel instante, y si para evitarlo tenía que mentir, lo iba a hacer sin dudas.

—No juegues conmigo, Rachel —volvió a atacar sujetándome esta vez por la cintura y acercándose tanto a mi rostro, que empecé a sentir su respiración sobre mis labios. Estaba completamente colapsada, y él se estaba aprovechando de su intimidante personalidad.

—No, no estoy jugando, Brian —lamenté—. Por favor, necesito, necesito marcharme.

—Luego —susurró justo cuando volvía a acariciarme, esta vez deslizando sus dedos por mi cuello—. Ahora tú y yo nos vamos a divertir.

Estuve a punto de hacerlo, pero por suerte fui lo suficiente valiente como para no dejar que sus labios me atraparan, y lo esquivé justo a tiempo. Supongo que le desconcerté. De hecho, yo también lo hice al ver cómo había logrado sortearlo y la puerta se presentaba ante mí como mi única escapatoria.

—¿Dónde vas? —se revolvió rápido— ¿Qué haces?

—Brian, yo, yo lo siento, pero creo que no debería estar aquí —me excusé sin querer mirarle, tratando ya de abrir el pestillo que mantenía la puerta perfectamente bloqueada.

—Rachel —volvió a acercarse a mí—, no te asustes, yo solo quiero lo mismo que tú. Vamos a pasarlo bien, nada más.

—No me toques —esgrimí al notar como su mano volvía a buscar mi cintura—. Por favor, no, no te acerques.

—¡Hey! No me jodas, ¿eh? Has estado calentándome todo este tiempo y ahora vienes con esa actitud.

—No, no he estado haciendo eso —espeté notando como los nervios me estaban impidiendo abrir la puerta con rapidez—. Creo que te he confundido, y lo siento, pero yo no, yo no busco nada, Brian. ¿Ok?

—¡Escúchame! —sonó rudo, casi como amenaza y yo me temí lo peor. Estaba a punto de gritar, y lo iba a hacer si no fuera por cómo se apartó de mí. Imaginé que él supo que lo haría también, y eso le pondría en una situación bastante comprometida—. Ok, todo ha sido una confusión —bajó el volumen de su voz—. Te pido que me disculpes.

—Déjame salir, por favor —supliqué sin poder controlar el ataque de nervios que me acusaba.

—Te dejaré salir si te tranquilizas. No ha pasado nada aquí. ¿De acuerdo? Deja de temblar y relájate.

—Lo haré si abres la puerta —lo miré con recelo y parece que funcionó. Brian se acercó de nuevo sin dejar de mirarme, y desbloqueó el dichoso cerrojo para que pudiese abrir la puerta sin más y marcharme. Y eso era lo que estaba a punto de hacer cuando vi cómo me permitía el paso, aunque su voz volvió a detenerme.

—Lo siento Rachel —musitó—. Ha sido un error. ¿De acuerdo? No, no saquemos las cosas de quicio.

Asentí, pero no porque estuviese de acuerdo con sus palabras, sino porque supe que de esa manera podría escaparme de allí de una vez. Y no estaba equivocada.

Fue tan grande la bocanada de aire que tomé al llegar a la calle, que los pulmones me dolieron al notar el frio. Aunque rápidamente volverían a subir de temperatura por culpa de colapso de lágrimas y llanto que me atizó tras ser consciente de lo que acababa de vivir.

Es probable que mi dramatismo infundado me hiciera ver aquella situación como algo realmente horrible. Que me hiciera sentir que estaba a punto de ser forzada por mi propio profesor, al que supuestamente adoraba. Es probable que mi mente se imaginara la escena más ruda, más desafortunada y amenazante, sin duda. Pero el terrible malestar que me invadió de repente ya no tenía excusa.

Me había sentido tan insegura frente a él, que no podía evitar llorar como si de una niña pequeña se tratase.

Pensándolo fríamente, Brian solo hizo lo que ciertamente yo le había incitado a hacer. No tenía excusas y no podía sentirme privada de mi derecho a ser femenina, sensual o sexy cuando quisiera, porque él tenía razón.

Lo había estado tentando. Había estado coqueteando con él y mostrándole una cara mía que ni siquiera sabía que tenía. Y dio resultado. Como bien dijo, era un hombre y no era de piedra, y yo podría llegar incluso a comprenderlo. Pero mi situación personal en aquel momento no iba a aceptar algo así, aunque fuese la culpable.

Tal vez Quinn tenía razón al decirme que jugaba en otra liga. Que trataba de una forma diferente a las mujeres a como yo lo había idealizado. Que tal vez no era un príncipe azul, educado y embaucador que se despedía con un beso en la mejilla tras haberte invitado a cenar en el lugar más romántico de la ciudad, y te pedía matrimonio con un diamante. Fue mi error no creer que solo era un hombre que se deja llevar por su instinto. Y que tener un encuentro sexual furtivo en su propio despacho con una de sus alumnas, no era más que una excitante fantasía que, a buen seguro, ya habría cumplido con otras.

Y tal vez ser consciente de todo ello, y mi desestabilizado estado anímico tras sufrirlo, hizo que el aire que debía ayudarme a tranquilizarme, solo lograse hacer estallar el nudo de nervios en mi estómago y las lágrimas saliesen sin control alguno de mis ojos.

Caminé. Caminé con rabia intentando huir de allí. Tratando de lograr que el frío me ayudase a dejar atrás el mal trago, y mi desesperante situación emocional. Como si el caminar sin poder contener el llanto en una avenida repleta de personas, fuese la mejor solución para calmarme.

Evidentemente no lo era, pero sí me iba a ayudar mucho más que encerrarme en el metro y permitir que cualquier paranoico me inquietase con su mirada. Porque otra cosa no sé, pero psicópatas paranoicos que te devoraban con la mirada había por todos lados. No había esquina o callejón en aquella ciudad, que no se presentara con alguien dispuesto a acosarte de alguna manera, y no siempre de forma violenta.

Una mirada, una risotada, un movimiento extraño o un simple insulto. Nueva York tenía más de 8 millones de habitantes, y un gran porcentaje de ellos estaban pirados.

Y yo no me quedaba atrás.

Lo cierto es que, tras recorrer varias manzanas sin dejar de llorar, supe que mi imagen bien podría equipararse a alguno de esos paranoicos en los que pensaba. Si yo fuese una de esas transeúntes que se cruzaban conmigo, ni siquiera me iba a detener a mirarme. Probablemente me esquivaría y evitaría en todo momento cualquier contacto visual por miedo a alguna reprimenda.

Pero se ve que esa actitud solo la tenemos los que vivimos en este país. O tal vez los que nos hemos contagiado de la multicultural paranoia de esta ciudad, no lo sé. Porque al parecer, y después de lo que ya conocía, en Brighton no era habitual huir de una esquizofrénica que caminaba a pasos forzados por una gran avenida, mientras las lágrimas dejaban un reguero ennegrecido en sus mejillas por culpa del rímel.

Tal vez nos habían mentido al decirnos que los ingleses eran fríos y distantes. O tal vez si era cierto, pero existía una excepción. La excepción que siempre rompe la regla.

A punto estuve de golpearla con mi pierna al notar como me sujetaba del brazo y me paraba en seco en mitad de la acera. Menos mal que no lo hice. Su altura y su fuerza, más el odio que me tenía, podrían haberme causado más problemas que los que yo podría crearle con una simple patada.

—¿Estás sorda? —me recriminó.

—¿Qué? ¿Qué, haces?

—¿Cómo? Llevo un minuto llamándote y me ignoras —volvió a recriminarme, como si ella tuviese derecho a algo así—. ¿Qué diablos te pasa?

—¿Me estabas persiguiendo? —cuestioné lanzando una mirada hacia Bleu. Sí, era ella, pero no la Fabray por la que yo estaba perdiendo la cabeza, o, mejor dicho, había perdido la cabeza, sino la otra. La jirafa.

Emma me miraba desconcertada al tiempo que atinaba a soltar mi brazo. No pude reconocerla bajo la enorme capucha del abrigo que vestía, hasta que no escuché su voz y vi a Bleu. Aunque lo que realmente creo que me sucedió es que no terminaba de comprender es que ella estuviese hablándome.

—¿Qué dices idiota? —recuperó su típico tono—. Has pasado por al lado mía y te he visto así. ¿Qué te pasa? —se interesó, y yo me confundí— ¿Quién es la maleducada ahora? —Ni siquiera era consciente de que me había cruzado con ella. Hasta tal punto llegaba mi estado de shock en aquella tarde— ¿Por qué lloras?

—Déjame en paz, Emma —atiné a responder al tiempo que me giraba y emprendía de nuevo el trayecto, pero a ella no parecía gustarle, o no estaba dispuesta a que eso sucediera.

No me dijo nada, pero sí hizo algo para lograr que volviera a detenerme. Y lo hizo utilizando a mi amigo, a Bleu.

Apenas había recorrido un par de metros cuando lo vi posicionarse frente a mí y lanzarme un ladrido que me paralizó. De hecho, me mostró los dientes como nunca antes lo había hecho, consiguiendo que mi desconcierto aumentase, y también, por qué no, algo de temor.

—Bien hecho chico —dijo ella al llegar junto al animal e interponerse en mi camino —. ¿Dónde vas? —me volvió a cuestionar.

—¿Me quieres dejar en paz? No quiero hablar contigo.

—Ok, no hables conmigo, pero al menos deberías agradecerme que he tenido la delicadeza de detenerme y dejar que te despidas de él —miró al animal, que había vuelto a recuperar su tranquila y parsimoniosa actitud.

—¿Qué? ¿De qué hablas?

—Bleu se va de viaje. La estúpida de mi hermana cree que lo mejor es que regrese con mi abuela, así que dudo que lo vuelvas a ver más. A menos que de una patada te haga cruzar medio mundo.

¿Locura? ¿Realmente me había vuelto loca?

Puede que mis pensamientos no fuesen los más acertados para aquella situación, pero no tenía otra manera de tratar de desbloquearme del shock en el que me encontraba.

Emma había logrado que mi desesperante llanto lleno de rabia y confusión, quedase fulminado por una extraña pena al escuchar sus palabras. Ni siquiera mis ganas de gritarle a ella fueron suficientes para evitar volver a sentirme sumisa y desconsolada, pero esta vez de verdad.

Solo era un perro. Uno más de tantos como hay en el mundo. Uno que no había vivido conmigo, ni se había criado gracias a mí. Un simple perro provocador de mi desbarajuste emocional. Él era el culpable de todo lo que me había sucedido desde hacía ya casi dos meses, y no podía odiarlo.

—¿Cómo, como que se va de viaje? —repetí sin poder evitar mirar al animal, que parecía ser consciente de lo que hablábamos.

—Es el consejo que una veterinaria le ha dado a Quinn. Bleu está depresivo, o algo así, porque echa de menos a mi abuela y, bueno, Quinn ha organizado todo para enviarlo a Australia con ella. De hecho, ha tenido que viajar hasta Baltimore para arreglar unos papeles con unos familiares de mi padre. Es una locura. ¿Cómo vas a enviar a un perro solo a Australia? Pues lo hacen, y la empresa de mensajería lleva a un tipo que se encarga de cuidarlos durante el vuelo. ¿Te lo puedes creer? Deberían dejar viajar a alguna de nosotras con él.

Confieso que no presté demasiada atención a lo que Emma me comentaba, porque seguía centrada en Bleu y su inminente aventura. De hecho, llegué a imaginármelo sentado en una butaca de cualquier avión, contemplando por una de las ventanitas como el océano se expandía bajo él, y sonreía al saber que se iba a reunir con su verdadera amiga. Con su compañera durante tantos años.

Sé que es absurdo imaginarlo así, cuando lo más normal es que aquel viaje lo hiciera dentro de una jaula. Pero mi imaginación prefería verlo de esa manera. Al menos así evitaba dejar escapar otra tanda de lágrimas sin sentido.

Sin embargo, y aunque no estuviese prestando atención a las palabras de Emma, si era consciente de que me estaba hablando, y no gritando o rebuznando como solía hacer cada vez que se dirigía a mí. Me estaba hablando, explicándome e incluso, confesándome que no estaba de acuerdo con ello. Estaba buscando mi apoyo de alguna manera y eso era raro. Muy pero que muy raro.

—Deberías decirle adiós. Conociéndote estoy segura de que montarías un drama si te enteras que se ha ido y no has tenido tiempo a despedirte.

Aquello si lo escuché nítidamente, y aunque mis ojos se fijaron en ella buscando alguna pizca de sarcasmo, no pude evitar acercarme al animal y acariciarlo.

Ni siquiera me provocó repulsión cuando vi cómo su lengua azulada dejaba varios lengüetazos en mis manos. Me acerqué, lo acaricié y terminé regalándole un extraño abrazo que el animal parecía entender perfectamente.

No hablé, pero no porque no quisiera, sino porque no tenía palabras.

Hacía escasos 30 minutos estaba viviendo la situación más tensa y desagradable de cuantas había vivido en mi vida, y ahora estaba despidiéndome de un pequeño amigo, noble y fiel como ninguno, que siempre había esperado lo mejor de mí. Un pequeño amigo que había cambiado mi vida, daba igual si a peor o a mejor.

No podía estar triste. Pude ver el brillo en sus ojos, pero no había lágrimas como la última vez que lo miré así. Y eso me hizo entender que él ya sabía que iba a volver a ser feliz junto su adorada compañera. A pesar de los más de 15.000 kilómetros que los separaban, él ya sabía que iba a volver a verla. Y eso era más que suficiente para sonreír, y no llorar.

—¿Cómo, como está Quinn? —musité sin dejar de acariciarlo, sin poder evitar volver a pensar en ella.

—Mal, pero sabe que es lo mejor, igual que yo —fue sincera—. Me jode muchísimo, le rompería los dientes a todo el que se pusiera frente a mí de la rabia, pero es lo mejor para él, sin duda.

—Te entiendo —susurré comprendiendo por primera vez su actitud. O tal vez la rabia que me había provocado Brian, había logrado que mi empatía con ella fuese más fuerte—. Yo haría lo mismo.

—Tonterías —masculló con humor—. Eres muy poca cosa como para enfrentarte a nadie.

—Emma, no tengo ganas de discutir —la interrumpí—, así que, por favor, te pido que…

—Yo tampoco —no dejó que continuase—. Pero veo que es la única manera de que dejes de llorar y vuelvas a ser tú. Rachel. ¿Qué diablos te pasa? —volvió a interesarse y esta vez me sorprendió. Y lo hizo porque realmente parecía preocupada por mí.

No supe que responder ante tal alarde de estima, pero de nuevo mis ojos reaccionaron y las lágrimas no tardaron en asomarse a ellos. Tuve que recuperar la compostura y alzarme para al menos quedar a su altura. Aunque eso fuese físicamente imposible—. ¿Te ha pasado algo? —volvió a insistir—. Mira, ya sé que no te caigo bien, ni tú a mí, pero no soy tan inhumana como para verte en ese estado y no preocuparme.

—No tienes que preocuparte —musité tras aclararme la garganta—. Solo he tenido un mal día y llorar es lo único que me desahoga.

—No te creo. ¿Por qué ibas a tener un mal día hoy jueves, que supuestamente te lo pasas divirtiéndote con los músculos de ese profesor de cuarta de ojos azules?

Exagerada, sí, pero juro que mi mandíbula llegó a tocar el suelo tras escucharla hablar.

—¿Cómo sabes eso?

—A estas alturas, toda Nueva york sabe que Rachel Berry vive por y para ese tipo. Aún me debes un bombón como el que le entregaste a él —me amenazó divertida—. Soy mucho más guapa que él y no necesito vestir mayas para demostrar que mi culo está mucho más firme.

—Basta —mascullé evitando aquel continuo ataque que no me ayudaba en nada —No quiero hablar de él. ¿Vale?

—¿Vienes de allí no?

—¿Cómo sabes eso? ¿Me estás espiando?

—Te veo el tutú —bromeó.

—¿Qué? —me miré desconcertada— ¿Qué dices de tutú?

—Es que eres realmente patética —soltó sin poder contener una risotada—. Te estoy viendo el moño ese que llevas y ese bolso por el que asoma un lazo rosa como los que Quinn utilizaba cuando quería ser femenina. A menos que seas la más hortera del país, apuesto a que llevas unas puntas ahí metida. Y a menos que seas imbécil y te guste ponerte esos zapatos para pasear, juraría que vienes de tus clases.

Debería haberle gritado, pero inexplicablemente terminé conteniendo una extraña risa mezclada con el sollozo que aún seguía palpitando en mi garganta. Y la situación se volvió realmente surrealista.

—¿Por qué sales llorando de clases de ballet? Creí que te gustaban. ¿Te has caído y todo el mundo te ha visto el tutú? —volvió a bromear— ¿O es que has olvidado el desodorante y míster musculitos te ha dicho que hueles mal?

—Basta, por favor.

—Oh, entiendo, has querido violarlo y ha salido huyendo. ¿Verdad?

No debí hacerlo. De hecho, aquel tipo de broma empezaba a divertirme hasta que escuché la última de las ocurrencias. La sonrisa extraña se esfumó de mi cara y sin poder explicarlo, me aparté de ella dejándola de nuevo a solas en mitad de la acera.

Acababa de recordarme lo que me había sucedido, aunque no fuese exactamente aquello, y no supe qué hacer o decir. Así que lo mejor era huir. Pero Emma Fabray tenía muchas similitudes con su hermana en ese aspecto, y no me iba a permitir el lujo de desaparecer sin más.

—¡No me jodas, Rachel! —la escuché exclamar detrás de mí, siguiendo mis pasos—. No me jodas, no me digas que el mierda ese te ha hecho algo.

Tuve que volver a detenerme. Emma no habló, sino que gritó y aquella frase la pudieron escuchar varias personas que en ese momento pasaban junto a nosotras.

—Basta, no ha pasado nada —traté de explicarme para evitar una confusión mayor.

—¡Rachel! —volvió a dirigirse a mí con el gesto completamente descompuesto—. ¿Me estás hablando en serio? ¿Ese tipo ha intentado…?

—No ha intentado nada —le excusé—. Solo he discutido con él porque, porque ha habido una confusión, nada más.

—¿Segura? Porque tienes cara de haber pasado miedo.

—No, no, soy, soy así de dramática —volví a excusarme, pero esta vez a mí misma—. Todo está bien, no ha pasado nada. Solo una confusión y…

—Rachel —me interrumpió —. Eso es un tema serio. Me da igual que sea tu profesor o el príncipe de Inglaterra, no puedes permitir que nadie haga…

—No ha hecho nada, te lo aseguro —la tranquilicé. Por un momento creí que era ella quien había vivido la situación, en vez de yo—. Solo un mal entendido. Nada más, hemos hablado y está todo solucionado.

—¿Y por qué lloras?

—Lloro porque, porque soy idiota. Llevo dos años enamorada de él y hoy me he dado cuenta de que no lo estoy —dije tratando de convencerla—. Soy así de patética, ya lo sabes.

—¿Por qué no te creo?

—Porque eres inglesa y desconfías de todo el mundo —traté de bromear, aunque no surtió efecto alguno en ella. Emma parecía estar realmente preocupada y eso me desconcertaba aún más en aquel día.

—Ya, ya te he dicho que tengo ganas de romper dientes, puedo empezar por él, si quieres.

—No, su sonrisa es hermosa —añadí sabiendo que su respuesta no era más que una estupidez por tranquilizarme—. Déjalo estar, yo estoy bien.

—Ok —tensó la mandíbula—. Si tú lo dices, tú sabrás.

—¿Cuándo, cuando se marcha? —miré de soslayo a Bleu, tratando de cambiar de conversación.

—En unas horas, estoy esperando que la idiota de mi hermana llegue de Baltimore.

—Ok —susurré acercándome de nuevo al animal, a quien volví a acariciar con dulzura, y también más tranquila.

No supe por qué, pero ver la actitud protectora de Emma me hizo bien. Jamás imaginé una reacción así de ella, precisamente de ella, para defenderme. Y eso me agradaba. Tal vez no todo estaba perdido entre nosotras. Tal vez sí tenía corazón, aunque la educación le faltase.

—¿Santana lo sabe?

—Supongo que sí. Se pasa las horas hablando con Quinn. Son unas cotorras.

—Ok, imagino que no servirá de mucho, pero… Si necesitáis algo en lo que pueda ayudaros, no tienes más que pedirlo. Y… Bueno, puedes decirle a Quinn que estoy para lo que necesite —añadí notando como la desilusión y la pena regresaban a mí. Pero esta vez sin nada que ver por lo sucedido con Brian. Era ser consciente de que la rubia estaba haciendo justamente lo que yo le pedí con Santana. Que se acercara a ella y se olvidase de mí.

—Podrías decírselo tú —respondió dejando que Bleu se acercara a ella para que le colocase la correa—. Estoy segura de que le hará más ilusión que si se lo digo yo —esbozó una traviesa sonrisa, pero yo la ignoré.

—No, no quiero interrumpirla demasiado —me excusé—. Díselo por favor. ¿Ok?

—Como quieras, Tucán —espetó recuperando su habitual tono agridulce—. Deberías irte antes de que te confundan con una…

—Ya, ya me voy —no permití que dijese lo que a punto estuvo de soltar. Prefería seguir guardando aquella imagen preocupada y dulce que me había mostrado minutos antes—. Gracias por todo.

No respondió, y no me importó que no lo hiciera. Seguía siendo Emma, la jirafa Fabray, y no iba a dejar que su orgullo quedase demasiado debilitado por la preocupación que le provoqué. Sin embargo, no tuvo impedimentos en demostrarme que, a pesar de todo lo que nos sucedía a las dos, de nuestros enfrentamientos y ese extraño odio que parecía tenerme, podía contar con ella. Supuse que su amistad con Santana era lo suficientemente fuerte como para actuar así conmigo. Y que probablemente lo hacía por ella, no por mí. Pero daba igual. Después de aquel horrible día, aquel encuentro con Emma y a pesar de la marcha de Bleu, logró animarme y tranquilizarme lo suficiente como para regresar a mi apartamento, y evitar que tanto Kurt como Santana descubriesen mi estado.

Tenía completamente claro que ninguno de los dos iba a saber lo que me había sucedido. Decírselo suponía tener que confesarle que había rechazado a Brian cuando más interesado estaba, y eso me llevaba a explicarles el motivo de mi rechazo. Y no. No estaba dispuesta a seguir mintiendo acerca de mis sentimientos hacia Quinn. Lo mejor que podría hacer era omitirles todo.

Al menos así lo creí yo.