17

La senda de la muerte. Los nuevos amigos de Octavia.

El repiqueteo de algo metálico golpeando contra el suelo de azulejos sacó a Lexa de un sueño profundo. Se incorporó alarmada, medio dormida, buscando su espada.

—Lo siento —dijo Bellamy, sonriendo con expresión avergonzada—. Estaba ajustándome mi cota de malla.

Lexa lanzó un profundo suspiro que terminó en bostezo, se desperezó y volvió a tenderse sobre la manta. La imagen de Bellamy vistiéndose —ayudado por Raven— le recordó a la semielfa que les aguardaba una dura jornada. Lincoln también se estaba abrochando su cota de mallas, mientras Drogo le sacaba brillo a la espada que había encontrado. Lexa tuvo que hacer un esfuerzo para no pensar en lo que podría ocurrirles durante la jornada. Aunque la milagrosa curación del bárbaro había abierto un cierto optimismo en sus mentes. Era evidente que los antiguos dioses los protegían. Sin embargo, la sombra de la muerte que se había cernido sobre ellos aquella noche, había afectado profundamente los sentimientos de Lexa, puesto que los elfos veneran la vida y, a pesar de que creen que la muerte de un ser es un paso positivo hacia un nivel superior de existencia, no dejan de angustiarse ante el misterio de lo desconocido que ésta representa. Lexa obligó a su parte humana a tomar posesión de su alma durante ese día en el que se vería obligada a matar y, tal vez, a afrontar la muerte de uno o más de aquellos a los que quería. Recordaba cómo se había sentido el día anterior, cuando creyó que podían perder a Drogo. Frunció el ceño y se incorporó bruscamente, sintiéndose como si acabara de despertar de un mal sueño.

—¿Está todo el mundo en pie? —preguntó rascándose la barbilla.

John se acercó a ella y le dio un pedazo grande de pan y algunas sobras de carne de venado seca.

—En pie y desayunados —gruñó el enano—. Te podrías haber pasado todo el Cataclismo durmiendo, semielfa.

Mientras comía un poco de venado sin demasiado apetito, Lexa torció la nariz y husmeó.

—¿Qué es este olor tan extraño?

—Una de las pócimas de la maga. —El enano sacó un trozo de madera y comenzó a tallarlo enérgicamente. Las virutas volaban—. Ha machacado una especie de polvos, les ha añadido agua y, después de removerlos, cuando ya olían de esta forma tan asquerosa, se los ha bebido. Prefiero no saber de qué se trata.

Lexa asintió y continuó masticando el venado. Octavia leía su libro de encantamientos, murmurando las palabras una y otra vez hasta que se las aprendía de memoria. La semielfa se preguntó si el mago dispondría de algún tipo de hechizo contra los dragones.

Por lo poco que recordaba sobre la tradición popular —el elfo bardo, Quivalen Soth, se lo había enseñado años atrás—, sólo los encantamientos de los mejores magos podían afectar a los dragones, los cuales tenían su propia magia —tal como había tenido oportunidad de presenciar el día anterior.

Lexa contempló a la joven y frágil maga, quien estaba absorta en su libro, y movió la cabeza. Octavia era poderosa para su edad, y sin duda alguna era ingeniosa e inteligente, pero los dragones eran más viejos, habitaron Krynn antes de que los elfos —la más antigua de las razas— caminaran por esas tierras. De todas formas, si el plan que habían acordado la noche anterior salía como esperaban, no tenían por qué encontrarse con el dragón. Sencillamente, confiaban en hallar su cubil y huir con los Discos. Era un buen plan, pensó Lexa, aunque lo más probable es que les fuera tan útil como unas señales de humo en pleno huracán. Empezó a invadirle la desesperación.

—Bien, ya estoy preparado —anunció jovialmente Bellamy. Ataviado con su resistente cota de malla, el guerrero se sentía muchísimo mejor. Esa mañana, el dragón no significaba más que una pequeña molestia. Mientras silbaba, desafinando, una vieja marcha, pensaba en la última cosa agradable que les sucedió después de abandonar Solace, la cena en el Bosque Oscuro. Lincoln también llevaba la cota de malla cuidadosamente ajustada. Se había sentado a cierta distancia de sus compañeros y, con los ojos cerrados, realizaba el ritual secreto de los caballeros, preparándose mentalmente para el combate. Lexa se puso en pie, sintiéndose rígida, por lo que se movió un poco para agilizar la circulación y relajar la tensión de sus músculos. Los elfos no realizaban ningún ritual antes de la batalla, excepto el de disculparse por jugar con la muerte.

—Nosotros también estamos preparados —dijo Daenerys. Vestía una pesada túnica gris hecha de cuero blando y ribeteada en piel, y había trenzado su largo cabello de oro y plata.

—Bueno, acabemos con esto de una vez por todas —suspiró Lexa mientras recogía el arco y las flechas, que Drogo había obtenido en el campamento de draconianos, y se los colgaba al hombro. Además llevaba una daga y su espada larga. Lincoln tenía su espada de doble puño. Bellamy llevaba el escudo, una espada larga y dos dagas. John había sustituido el hacha de guerra que había perdido con una perteneciente a un draconiano. Raven llevaba su vara jupak y una pequeña daga que había encontrado, de la cual se sentía muy orgulloso, por lo que se sintió profundamente herido cuando Bellamy le dijo que les sería de gran utilidad si se topaban con algún conejo. Drogo se había atado a la espalda su espada larga y aún llevaba la daga de Lexa, y Daenerys sólo llevaba la Vara. Vamos todos bien armados, pensó Lexa apesadumbrada, aunque no creo que nos sirva de mucho.

Los compañeros salieron de la cámara de Mishakal. Daenerys, que iba en último lugar, al pasar frente a la estatua de la diosa, la tocó levemente con la mano y murmuró una oración. Raven iba delante, brincando alegremente, con su coleta balanceándose de un lado a otro. ¡Por fin iba a enfrentarse al dragón! Siguiendo las instrucciones de Bellamy, se dirigieron hacia el este; tras atravesar otros dos pares de puertas dobles y doradas, llegaron a una sala circular. En el centro había un alto pedestal cubierto de limo; era tan alto que ni el mismísimo Drogo pudo ver lo que sostenía, si es que sostenía algo. Raven se lo quedó mirando pensativo.

—Intenté escalarlo ayer noche —dijo—, pero era demasiado resbaladizo. Me gustaría saber qué hay ahí arriba.

—Bien, sea lo que sea, permanecerá siempre fuera del alcance de los kenders —le contestó enojada Lexa, mientras se acercaba a estudiar la escalera de caracol que descendía perdiéndose en la oscuridad. Los escalones estaban rotos y cubiertos de hongos y plantas podridas.

—La Senda de la Muerte —dijo Octavia de repente.

—¿Cómo dices? —saltó Lexa.

—La Senda de la Muerte. Así es como se llama la escalera.

—¡Por el nombre de Reorx! ¿Cómo lo sabes? —gruñó John.

—He leído cosas sobre esta ciudad.

—Es la primera noticia que tenemos de ello —le dijo fríamente Lincoln—. ¿Qué más sabes que no nos hayas dicho?

—Muchas cosas, caballero —le respondió Octavia arrugando la frente—. Mientras mi hermano y tú jugabais con espadas de madera, yo pasaba el tiempo estudiando.

—Sí, estudiando lo oculto y lo misterioso. ¿Qué es lo que ocurrió realmente en las Torres de la Alta Hechicería, Octavia? Dudo que consiguieses esos maravillosos poderes sin dar nada a cambio. ¿Qué es lo que sacrificaste en esas torres? ¿Tu salud... o tu alma?

—Yo estaba con mi hermana en la torre —explicó Bellamy. En su rostro, habitualmente alegre, brillaba una expresión de furia—. La vi enfrentarse a magos y a hechiceros poderosos, utilizando sólo unos sencillos encantamientos. Los venció, pero le destrozaron el cuerpo. Me la llevé agonizante de aquel terrible lugar, y... —el inmenso guerrero titubeó.

Octavia, acercándose rápidamente a su hermano gemelo, posó su huesuda y gélida mano sobre su brazo.

—Ten cuidado con lo que dices

Bellamy respiró entrecortadamente y tragó saliva.

—Yo sé lo que mi hermana sacrificó —dijo con voz ronca levantando orgullosamente la cabeza—. Nos está prohibido hablar de ello, pero tú me conoces desde hace muchos años, Lincoln Brightblade, y te doy mi palabra de honor de que puedes confiar en mi hermana tanto como confías en mí. Y si llegara un día en que esto no fuera así, que a ambos nos sobrevenga la muerte.

Al escuchar esta promesa, los ojos de Octavia empequeñecieron. Contempló a su hermano con expresión sombría y pensativa. Sus labios se torcieron y un serio semblante fue diluyéndose, apareciendo de nuevo su mueca de cinismo habitual. El cambio era sorprendente: un segundo antes, el parecido entre ambos hermanos era notable, ahora, eran tan diferentes como las caras opuestas de una moneda.

Lincoln dio un paso hacia delante y, sin decir una palabra, estrechó con firmeza la mano de Bellamy. Luego se volvió hacia Octavia, incapaz de mirarle sin revelar su repulsa.

—Acepta mis disculpas, Octavia —dijo escuetamente el caballero—. Deberías estar orgullosa de tener un hermano tan leal.

—Oh, claro que lo estoy.

Lexa miró a la maga de reojo, dudando si el tono de sarcasmo que había creído percibir en sus palabras era sólo imaginación suya. La semielfa se pasó la lengua por sus resecos labios y notó un amargo sabor.

—¿Puedes guiamos por este lugar? —le preguntó con brusquedad.

—Podría si hubiésemos venido antes del Cataclismo —contestó Octavia—. Los libros que estudié se remontaban a cientos de años atrás. Durante el Cataclismo, cuando la montaña ígnea cayó sobre Krynn, la ciudad de Xak Tsaroth cayó desde el acantilado. Por lo que veo, esta escalera está todavía intacta, pero más adelante... —se encogió de hombros.

—¿Hacia dónde conducen estas escaleras?

—A un lugar llamado la Cámara de los Antepasados, donde yacen las criptas de los antiguos obispos y reyes de Xak Tsaroth.

—Mejor que sigamos adelante —dijo secamente Bellamy—. Lo único que conseguimos de esta forma es asustarnos todavía más.

—Sí —asintió Octavia—. Debemos irnos, y rápido. Nos queda tiempo hasta la noche, mañana esta ciudad será invadida por los ejércitos del norte.

—¡Bah! —Lincoln frunció el ceño—. Puede que sepas un montón de cosas, ¡pero esto es imposible de saber! De todas formas Bellamy tiene razón, debemos marchamos. Yo iré delante.

Lincoln comenzó a descender cuidadosamente por las resbaladizas escaleras y los ojos de Octavia —empequeñecidos y destellando hostilidad— siguieron atentamente al caballero.

—Octavia, ve con él, ilumínale el camino —ordenó Lexa, haciendo caso omiso de la enojada mirada que Lincoln le dirigía al oírle—. Bellamy, tú baja con Daenerys. Drogo y yo iremos en la retaguardia.

—¿Y nosotros, qué? —rezongó John dirigiéndose a la kender mientras ambos descendían tras Daenerys y Bellamy—. En medio, como de costumbre. Unos fardos que no sirven para nada...

—Puede que allá arriba haya algo —dijo Raven mirando hacia el pedestal. Evidentemente, no había oído ni una sola palabra de la conversación—. Una bola de cristal para la adivinación, un anillo mágico como el que tuve una vez... ¿Alguna vez te hablé de mi anillo mágico? —John gruñó y la kender siguió parloteando mientras bajaban por la escalera.

Lexa se volvió hacia Drogo.

—Tú has estado aquí, seguro que has estado, hemos visto a la diosa que te dio la Vara. ¿Bajaste por aquí?

—No lo sé —contestó abrumado el bárbaro—. No recuerdo nada. Lo único que recuerdo es el dragón.

Lexa se quedó callado. El dragón. Todo remitía al dragón. La criatura amenazaba los pensamientos de todos ellos, ¡Y qué débil parecía el pequeño grupo contra un monstruo surgido de las más oscuras leyendas de Krynn! ¿Por qué nosotros? Pensaba Lexa con amargura. ¿Existe algún grupo con menos aspecto de héroes que nosotros? Siempre disputando, refunfuñando y discutiendo; la mitad desconfía de la otra mitad. «Hemos sido elegidos». Esta idea tampoco le reconfortaba demasiado. Lexa recordó las palabras de Octavia: "¿Quién nos eligió y por qué?" La semielfa comenzaba a hacerse la misma pregunta.

Descendieron lentamente por la empinada escalera que giraba y giraba, penetrando cada vez más en el interior de la montaña. Al comenzar el descenso, la oscuridad era total, pero más adelante comenzó a clarear y Octavia pudo apagar la luz de su bastón. Al poco rato Lincoln levantó la mano, indicándoles que se detuviesen. Ante ellos se extendía un corto corredor que desembocaba en una gran puerta arqueada a través de la cual se entreveía un amplio espacio. Por la puerta se filtraba una luz grisácea así como un hedor húmedo y putrefacto. Los compañeros aguardaron durante unos instantes, escuchando atentamente. Se oía un sonido de agua que parecía provenir de abajo, de más allá de la puerta, y que casi ahogaba cualquier otro sonido. No obstante, a Lexa le pareció oír algo más —un chasquido agudo— y más que oír, sintió en el suelo golpes y vibraciones. Pero no duró mucho, y el chasquido no se repitió. Luego fue aún más extraño; se oyó un sonido metálico salpicado de estridentes y repentinos chillidos. Lexa dirigió a Raven una mirada de interrogación.

La kender se encogió de hombros.

—Yo no tengo la clave —le dijo inclinando la cabeza y escuchando con atención—. Nunca había oído nada igual, Lexa, excepto una vez... —hizo una pausa y sacudió la cabeza—. ¿Quieres que vaya a ver qué es?

—Sí, ve, pero ten mucho cuidado.

Raven se deslizó por el corredor, saltando de sombra en sombra. Cuando una kender quiere pasar desapercibido, hace menos ruido que un ratón corriendo por una mullida alfombra. Raven llegó a la puerta y se asomó al exterior. Ante ella vio lo que en otro tiempo debió haber sido una amplia sala de ceremonias. Octavia la había llamado la Cámara de los Antepasados. A la derecha, parte del suelo estaba destruido y agujereado, y de allí salía una bullente neblina blanca que despedía un olor fétido. Había más grietas de gran tamaño y grandes pedazos de baldosas colocados a modo de mojones de tumbas. Tanteando cautelosamente sus pasos, la kender entró en la sala. A través de la niebla, podía entrever en la pared sur una oscura puerta... y otra en la pared norte. Aquel sonido extraño y estridente venía del sur, por lo que Raven caminó en esa dirección. De pronto, detrás suya, oyó de nuevo los golpes y vibraciones y sintió que el suelo comenzaba a temblar. La kender regresó a la escalera rápidamente. Los demás también habían oído los ruidos y estaban todos arrimados contra la pared con las armas en la mano. El ruido aumentó y se convirtió en un crujido prolongado. En aquel momento, diez o quince redondeadas figuras cruzaron apresuradamente la puerta arqueada. El suelo tembló y las figuras se evaporaron en la niebla. Se oyó otro agudo chasquido y luego... silencio.

—¡En nombre del Abismo! ¿Qué ha sido eso? —exclamó Bellamy—. Esos no eran draconianos, a menos que ahora resulte que existe una especie baja y voluminosa. Además, ¿de dónde venían?

—Venían de la zona norte de la sala —dijo Raven—. Hay una puerta allí y otra en la zona sur. El sonido estridente viene del sur, que es hacia donde se han dirigido esas cosas.

—¿Qué hay en el este? —preguntó Lexa.

—A juzgar por el rumor de agua cayendo, supongo que un gran salto de agua —respondió la kender—. El suelo está destrozado, yo no aconsejaría tomar esa dirección.

John olisqueó.

—Huelo algo... algo que me resulta conocido. Pero no sé qué es.

—Yo huelo a muerte —dijo Daenerys estremeciéndose y apretando la Vara contra su pecho.

—No, es algo peor —murmuró John. De pronto sus ojos se abrieron de par en par y su rostro enrojeció de rabia y de furor—. ¡Ya lo sé! ¡Un enano gully! —exclamó, asiendo el hacha—. ¡Esas miserables criaturas son enanos gully! ¡Pues no lo serán por mucho tiempo...! ¡Los convertiré en pestilentes cadáveres!

Comenzó a correr tras ellos, pero Lexa, Lincoln y Bellamy consiguieron sujetarlo antes de que llegase al final del corredor.

—¡Cállate! —ordenó Lexa al farfullante enano—. ¿Estás seguro de que se trata de enanos gully?

El enano, enojado, se deshizo del agarrón de Bellamy.

—¡Seguro! ¡Tan seguro como que me tuvieron prisionero durante tres años y…!

—¿Es verdad eso? —preguntó Lexa asombrada.

—Por eso nunca te dije dónde estuve estos últimos cinco años. Pero juré que me vengaría. Mataré a todos los enanos gully que se me crucen en el camino.

—Esperad —interrumpió Lincoln—. Los enanos gully no son malvados; por lo menos no tanto como los goblins. ¿Qué pueden estar haciendo aquí viviendo con los draconianos?

—Esclavos... —comentó Octavia fríamente—. Sin duda alguna, han vivido aquí muchos años, seguramente desde que la ciudad quedó abandonada. Cuando los draconianos fueron enviados aquí, tal vez para vigilar los Discos, se encontraron con ellos y los utilizaron como esclavos.

—Entonces quizás puedan ayudamos —murmuró Lexa.

—¡Enanos gully! —farfulló John—. ¿No irás a confiar en esos pequeños y pestilentes...?

—No, por supuesto que no podemos confiar en ellos, pero casi todos los esclavos ansían traicionar a sus amos; los enanos gully, como casi todos los enanos, son sólo leales al verdadero jefe de su clan. Si lo que les pidamos no es algo que ponga en peligro su sucia piel, seguro que podremos comprar su ayuda.

—¡Vaya, sólo me faltaría ser el sirviente de un gully! —exclamó John con repugnancia. Arrojando el hacha y la bolsa al suelo, y cruzándose de brazos, se puso de espaldas a la pared—. ¡Vamos! Id a pedirles ayuda a vuestros nuevos amigos. Yo no iré con vosotros. ¡Ya lo creo que os ayudarán! ¡Os llevarán hasta las mismísimas fauces del dragón!

Lexa y Lincoln intercambiaron miradas de preocupación, recordando el incidente del bote. John podía llegar a ser increíblemente tozudo, y Lexa creía que esta vez no lograrían convencerlo.

—No sé... —suspiró Bellamy moviendo de un lado a otro la cabeza—. Es un desastre que el enano no venga; si conseguimos que los enanos gully nos ayuden, ¿quién mantendrá a esa escoria en su lugar?

Sorprendido por la perspicacia de Bellamy, Lexa sonrió y le siguió la corriente.

—Supongo que Lincoln.

—¡Lincoln! —el enano dio un respingo—. ¿Un caballero que sería incapaz de apuñalar al enemigo por la espalda? Necesitáis a alguien que conozca a esas asquerosas criaturas...

—Tienes razón, John. Supongo que tendrás que venir con nosotros.

—Tenlo por seguro —refunfuñó John, recogiendo sus cosas y comenzando a caminar por el corredor. A los pocos segundos se giró—. ¿Venís?

Ocultando sus sonrisas, los compañeros siguieron a John a la Cámara de los Antepasados. Caminaron pegados a la pared, intentando evitar aquel suelo traicionero, y se dirigieron hacia el sur siguiendo el mismo camino que habían tomado los enanos gully. Encontraron un pequeño pasaje que iba en esa dirección y luego giraba bruscamente hacia el este. Una vez más oyeron el crujido; el chirrido metálico se había detenido. De pronto oyeron detrás suyo el sonido de unos pasos.

—¡Los enanos! —exclamó John.

—¡Atrás! —ordenó Lexa—. Preparaos para sorprenderlos, debemos evitar a toda costa que den la alarma.

Se apretujaron contra la pared con sus espadas desenvainadas. John, con expresión de ansiosa impaciencia, sostenía en la mano su hacha de guerra. Volvieron la mirada atrás, hacia la amplia sala, y vieron aproximarse a otro grupo de bajas y rechonchas figuras. De pronto el primero de los enanos gully los vio. Bellamy se plantó frente a los pequeños seres y levantando su inmenso brazo ordenó:

—¡Alto! —Los enanos gully le miraron con curiosidad e inmediatamente desaparecieron por una esquina en dirección este.

Bellamy, sorprendido, se volvió a mirarlos.

—Alto... —repitió, esta vez con menor convicción.

Uno de los enanos gully se asomó de pronto por la esquina y se llevó un sucio dedo a los labios.

—¡Shhhhhhh! —Luego la rechoncha figura desapareció. Volvió a escucharse el crujido, y el chirrido metálico comenzó de nuevo.

—¿Qué estará sucediendo? —preguntó Lexa en voz baja.

—¿Son todos así? —inquirió Daenerys con los ojos muy abiertos—. Tan sucios y andrajosos, y con el cuerpo cubierto de llagas.

—Y la inteligencia de una castaña —gruñó John.

Cautelosos, tomaron el mismo camino que los enanos gully, doblando por la esquina en dirección este. Ante ellos se extendía un corredor largo y estrecho, iluminado por antorchas que titilaban y humeaban en la sofocante atmósfera. La luz se reflejaba en las paredes, que estaban mojadas e impregnadas de humedad. Varias puertas entreabiertas comunicaban con la cámara.

—Las criptas... —susurró Octavia.

Lexa se estremeció. Unas gotas de agua cayeron sobre su cabeza. El chirrido metálico sonaba cada vez más cercano. Daenerys le tocó el brazo y señaló. Lexa vio que al final del largo corredor había una puerta abierta, más allá de la cual se abría otro pasadizo formando una intersección en forma de «T». El corredor estaba lleno de enanos gully.

—¿Por qué se habrán puesto todos en fila? —preguntó Bellamy.

—Esta es nuestra oportunidad para averiguarlo —respondió Lexa. Cuando comenzaba a caminar en dirección a ellos, Octavia le tocó el brazo.

—Dejadme esto a mí.

—Mejor que vayamos contigo —dijo Lincoln—. Sólo para cubrirte la espalda, si es necesario.

—Claro. Pero, sobre todo, no me interrumpáis.

Lexa asintió.

—John y Drogo, haced guardia en este extremo del corredor. —El enano abrió la boca para protestar pero, encogiéndose de hombros, se situó al lado del bárbaro.

—Permaneced detrás mío —ordenó Octavia, comenzando a caminar por el corredor. Sus ropajes crujían al rozar con sus tobillos, y el bastón de maga golpeaba suavemente el suelo a cada paso. Le seguían Lexa y Lincoln, quienes se mantenían pegados a las goteantes paredes. De las criptas salía un aire helado. Lexa se asomó a una y vio el oscuro contorno de un sarcófago, iluminado por una chisporroteante antorcha. El féretro estaba tallado y decorado en oro, aunque ya no relucía. El ambiente era opresivo y sofocante, y varias de las tumbas parecían violadas y saqueadas. Por un instante, Lexa vio un esqueleto sonriéndole burlón en la oscuridad, y se preguntó si los espíritus de los muertos estarían planeando una venganza contra ellos por haber turbado su descanso. Hizo un esfuerzo para volver a la realidad, que ya era suficientemente desoladora. Al llegar al final del corredor, Octavia se detuvo. Los enanos gully le miraban con curiosidad, sin prestar atención al resto del grupo. La maga, sin decir palabra, metió la mano en una pequeña bolsa que llevaba atada al cinturón y sacó varias monedas de oro. Los ojos de los enanos gully brillaron. Uno o dos de los que estaban al frente de la fila se acercaron a Octavia para verla mejor. La maga sostuvo en alto una de las monedas para que todos pudiesen verla, luego la lanzó al aire y la moneda... desapareció. Los enanos gully dieron un respingo. Octavia, después de hacer girar su mano, la abrió enseñándoles la moneda. Los enanos aplaudieron en desorden y, boquiabiertos, se acercaron más a la maga.

Los enanos gully —o Aghar, como también se les denominaba—, eran realmente una raza de miserables. Dispersos por todo Krynn, eran la casta más baja de la estirpe de los enanos, y vivían sucia y miserablemente en lugares que otros seres vivos, incluso animales, habían abandonado. Como todos los enanos, se agrupaban en clanes, y algunas veces convivían varios juntos a las órdenes de los diferentes reyes de cada uno o de un solo rey, que ostentaba todo el poder. El resto de sectas de los enanos siempre se había avergonzado de los enanos gully, puesto que a la habitual seriedad y laboriosidad característica del enano, los gully anteponían la indolencia y la vida disipada y, ni siquiera, eran buenos herreros, el máximo orgullo de un enano. En Xak Tsaroth vivían tres familias: los Sluds, los Bulps y los Gulps. Octavia estaba rodeado por miembros de estos tres clanes. Había enanos de ambos sexos, a pesar de que no resultaba nada fácil diferenciarlos. Las mujeres no tenían pelos en la barbilla, pero los tenían en las mejillas y llevaban unas deshilachadas faldas, abrochadas a la cintura, que les llegaban hasta las huesudas rodillas. Aparte de esta diferencia, eran exactamente igual de feas que sus compañeros masculinos. Los enanos gully, al margen de su desastrosa apariencia, llevaban normalmente una vida risueña y alegre. Sin embargo, todo parecía indicar que no estaban atravesando un período de tiempo demasiado feliz.

Octavia, con una destreza maravillosa, hizo bailar la moneda sobre sus nudillos, haciéndola bajar y subir por sus dedos. Después la hizo desaparecer y en unos instantes, reaparecer en la oreja de uno de los asombrados enanos gully, quien contempló a la maga absolutamente fascinado. Este último truco produjo una momentánea interrupción en la actuación, pues los Aghar agarraron a su compañero y le miraron escrupulosamente la oreja; uno de ellos incluso metió el dedo para ver si había más monedas dentro. Esta actividad cesó cuando Octavia extrajo de otra bolsa un pequeño pergamino enrollado. Lo abrió con sus largos y delgados dedos y comenzó a leerlo recitando pausadamente:

Suh tangus moipar, ast akular kalipar. —Los enanos gully lo observaban cautivados.

Cuando la maga acabó de leer, el pergamino comenzó a arder y se hizo cenizas, apareciendo un humo de color verdoso.

—¿Qué significa esta escena? —preguntó Lincoln con aire de sospecha.

—Ahora están hechizados —replicó Octavia—. He formulado un encantamiento de amistad.

Lexa vio que la expresión del rostro de los enanos había cambiado, pasando de un tibio interés a un abierto y desenfadado afecto por la maga. La tocaban y acariciaban con sus sucias manos y parloteaban en su amorfo lenguaje. Lincoln miró a Lexa alarmado. Lexa adivinó el pensamiento del caballero: Octavia hubiese podido formular ese encantamiento sobre ellos. Lexa oyó un ruido de pasos y se giró hacia donde estaba Drogo. El bárbaro señaló a los enanos gully, indicándole con los dedos que diez más se dirigían hacia ellos. Los recién llegados pasaron a su lado, casi sin mirarlos. Cuando vieron la conmoción que había alrededor de la maga, se detuvieron bruscamente.

—¿Qué pasar? —preguntó uno de ellos mirando a Octavia. Los enanos gully hechizados se agolpaban alrededor de la maga, tirando de su túnica y arrastrándola por el corredor.

—Amiga. Esta nuestra amiga —todos hablaban una tosca variante del idioma común.

—Sí —dijo Octavia con voz suave y amable, tan suave y tan amable que Lexa la miró sorprendida—. Todos sois mis amigos —continuó la maga—. Ahora decidme, amigos, ¿a dónde lleva este corredor? —Octavia señaló hacia el este. Inmediatamente se oyó un murmullo de respuestas.

—Corredor llevar esa dirección —dijo uno señalando hacia el este.

—¡No, llevar esa otra! —dijo otro señalando hacia el oeste.

Se originó una pelea, y los enanos gully comenzaron a darse empujones y a pegarse. Empezaron a volar puños y un enano gully derribó a otro, pateándole y gritando a todo pulmón:

—¡Esa dirección! ¡Esa dirección!

Lincoln se volvió hacia Lexa.

—¡Esto es ridículo! Conseguirán que acudan todos los draconianos que haya en los alrededores. No sé qué es lo que ha hecho esa maga loca, pero tienes que detenerla.

No obstante, antes de que Lexa pudiese intervenir, una gully se ocupó del asunto. Metiéndose en la reyerta, comenzó a repartir puñetazos entre los dos combatientes con tal ímpetu que ambos quedaron tumbados en el suelo. Los demás, que habían estado animándolos, se callaron inmediatamente y la recién llegada se giró hacia Octavia. Tenía una nariz gruesa y bulbosa, y un cabello tieso y desordenado. Vestía un traje deshilachado y lleno de parches, zapatos gruesos y unas medias caídas a la altura de los tobillos. Sin embargo, parecía ser alguien importante entre los enanos gully, pues todos le obedecían con respeto, tal vez porque llevaba una bolsa inmensa y pesada colgada del hombro. Al caminar arrastraba la bolsa por el suelo, lo que le hacía tropezar de tanto en tanto. Evidentemente, la bolsa era muy importante para ella ya que cuando uno de los enanos gully intentó tocarla, se giró en redondo y le cruzó la cara de un bofetón.

—Corredor llevar a grandes jefes —dijo indicando con la cabeza en dirección al este.

—Gracias, querida —le dijo Octavia alargando una mano para tocar sus mejillas. Pronunció unas palabras: —Tan- lago, musalah.

Mientras las decía, la enana gully lo contemplaba fascinada. Lanzando un profundo suspiro, la miró con adoración.

—Dime pequeña, ¿cuántos jefes hay?

La enana gully frunció el ceño, concentrándose. Alzó una sucia mano.

—Uno —dijo levantando un dedo— y uno, y uno, y uno. —Mirando satisfecha a Octavia, levantó cuatro dedos y dijo—: dos.

—Empiezo a estar de acuerdo con John —rezongó Lincoln.

—Shhhh —dijo Lexa. En aquel momento dejó de oírse el sonido chirriante. Los enanos gully miraron inquietos hacia el corredor y, nuevamente, el agudo chasquido rompió el silencio.

—¿Qué es ese ruido? —le preguntó Octavia a su hechizada adoradora.

—Latigazo respondió la enana gully sin emoción alguna. Alargando una sucia mano, agarró la túnica de Octavia y comenzó a tirar de ella hacia la parte este del corredor—. Jefes enfadarse. Nosotros ir.

—¿Qué trabajo realizáis para los jefes? —le preguntó Octavia intentando no moverse de donde estaba.

—Nosotros vamos. Vos veréis. —La enana gully tiraba de ella—. Nosotros abajo. Ellos arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Arriba. Venir. Vos acompañarme. Venir abajo.

Octavia, transportada por un tropel de enanos gully, se giró hacia Lexa y le hizo una señal con la mano. Lexa repitió la indicación a John y a Drogo, y todos comenzaron a caminar tras los enanos. Aquellos que habían sido hechizados por Octavia, permanecían apiñados a su alrededor, intentando estar lo más cerca suya posible; los demás trotaban por el corredor. El chasquido restalló una vez más. Los compañeros siguieron a Octavia y a los Aghar hasta una esquina donde volvió a oírse el chirrido, esta vez mucho más fuerte. Al oírlo, a la enana gully se le iluminó el rostro. Ella y los demás enanos se detuvieron; algunos se sentaron, apoyándose contra las paredes cubiertas de limo, otros se dejaron caer al suelo como sacos. La enana permaneció cerca de Octavia, asiendo una de las mangas de la túnica de la mago con su pequeña mano.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella—. ¿Por qué nos hemos detenido?

—Esperamos. Turno nuestro no aún —le informó la enana.

—¿Qué haremos cuando sea nuestro turno?

—Ir abajo.

Octavia miró a Lexa y movió la cabeza. Decidió intentarlo de nuevo.

—¿Cuál es tu nombre, pequeña?

—Monroe.

Bellamy resopló e inmediatamente se tapó la boca con la mano.

—Bien, Monroe —dijo Octavia en el más dulce de los tonos—, ¿sabes dónde está el cubil del dragón?

—¿Dragón? —repitió Monroe atónita—. ¿Queréis dragón?

—No. No queremos el dragón, queremos el cubil del dragón, saber dónde vive el dragón.

—Oh, mi no saber esto —Monroe negó con la cabeza, y al ver la desilusión que se reflejaba en el rostro de la maga, le apretó la mano—. Pero yo llevaros ante el Gran Bulp. El saber todo.

Octavia arqueó las cejas.

—¿Y qué camino hemos de tomar para ver al Gran Bulp?

—Abajo —dijo ella sonriendo alegremente. El sonido chirriante se detuvo y se escuchó el chasquido del látigo—. Ser nuestro turno de ir abajo ahora. Vos venir. Vos venir ahora. Ir a ver Gran Bulp.

—Espera un momento —Octavia se desembarazó del agarrón de la enana gully—. Debo hablar con mis amigos— Caminó hacia Lexa y Lincoln—. El Gran Bulp debe ser el jefe del clan, tal vez sea el jefe de varios clanes.

—Si es tan inteligente como toda esta pandilla, no sabrá ni dónde tiene la cabeza. Será mejor que no le hablemos del dragón —dijo Lincoln malhumorado.

—Lo más seguro es que lo sepa —dijo John de mala gana—. Los enanos gully no tienen muchas luces, pero recuerdan cualquier cosa que hayan visto u oído, aunque lo difícil es conseguir que lo expresen con palabras de más de una silaba.

—Entonces será mejor que vayamos a ver al Gran Bulp —dijo Lexa apesadumbrada—. Si pudiésemos saber qué significa toda esta historia del arriba y abajo, y ese chirrido...

—¡Yo lo sé! —exclamó una voz.

Lexa miró a su alrededor. Había olvidado totalmente a Raven. La kender llegó corriendo desde la esquina, su coleta danzaba de un lado a otro, y sus ojos brillaban de regocijo

—Es un mecanismo elevador, Lexa —dijo—. Como en las minas de enanos. Una vez estuve en una mina, fue maravilloso. Tenían un elevador que trasladaba las piedras arriba y abajo. Bueno, pues éste es exactamente igual. Bueno, casi igual. ¿Sabes...? —De repente le entraron unas risitas y no pudo continuar. Los demás se le quedaron mirando mientras la kender hacía un esfuerzo para controlarse.

—¡Utilizan una gigantesca marmita de cocina! Cuando una de esas cosas, esos monstruos draco-algo, chasquea su inmenso látigo, los enanos gully, que están en la fila esperando su turno, corren hacia allí y saltan todos dentro de la marmita, la cual está enganchada a una inmensa cadena enrollada a una rueda dentada. Los dientes encajan con los eslabones de la cadena... ¡eso es lo que chirría! La rueda comienza a girar y la marmita desciende, y al poco tiempo sube otra marmita…!

—Grandes jefes. Olla llena de grandes jefes —dijo Monroe.

—¡Llena de draconianos! —exclamó Lexa alarmada.

—No venir aquí —dijo Monroe—. Ir hacia allá... —señaló con un vago movimiento.

Lexa se sentía inquieta.

—O sea que esos son los jefes. ¿Cuántos draconianos hay junto a la marmita?

—Dos —dijo Monroe agarrándose firmemente a la túnica de Octavia—. No más de dos.

—En realidad hay cuatro —dijo Raven con una mirada de disculpa por contradecir a la enana gully—. Son de los pequeños, no aquellos grandes que formulaban encantamientos.

—Cuatro —Bellamy flexionó los brazos—. Creo que podremos manejar a cuatro.

—Sí, pero hemos de hacerlo de forma que no se presenten quince más —opinó Lexa.

Volvió a sonar el restallido del látigo.

—¡Venir! —Monroe tiró de Octavia con impaciencia—. Nosotros ir. Jefes enfadarse mucho.

—Supongo que tanto da que vayamos ahora como que vayamos más tarde —dijo Lincoln encogiéndose de hombros—. Dejemos que los enanos gully actúen como de costumbre. Los seguiremos y sorprenderemos a los draconianos. Si una de las marmitas está aquí arriba esperando para ser cargada de enanos, la otra deberá estar en el nivel inferior.

—Sospecho que sí —dijo Lexa volviéndose hacia los enanos gully—. Cuando lleguéis al elevador, eh..., a la olla, no subáis a ella. Simplemente apartaos a un lado y no os metáis en medio, ¿de acuerdo?

Los enanos gully observaron a Lexa con suspicacia. La semielfa suspiró y miró a Octavia. Sonriendo levemente, la maga repitió las instrucciones de Lexa. Al momento, los enanos gully comenzaron a sonreír y a asentir entusiasmados.

El látigo restalló de nuevo y se oyó una voz severa:

—¡Dejad de haraganear, escoria, o cercenaré vuestros asquerosos pies para que tengáis una excusa para ser tan lentos!

—Bien, veamos quien acaba con los pies cercenados —dijo Bellamy.

—¡Esto ser divertido! —exclamó con solemnidad uno de los enanos gully.

Los Aghar trotaron por el corredor.