Gemelos
Max detuvo los pasos con el aire entrecortándose. Por un momento el tiempo se detuvo, y creyó que todos sus órganos también.
Una potente energía la atravesó por la espalda, plantando unos tediosos escalofríos en el interior. Estallaban como chispas entre sus tripas. La sensación de un alma chocando directamente con la suya no era nada agradable. El nivel de impresión que dejó en el centro de su pecho se le hacía insostenible.
Descendió los ojos con el cuerpo congelado y se encontró a la cierva frente a ella en posición de defensa.
Rachel la había atacado.
Antes de que Max cumpliera su misión la embistió, traspasándola en consecuencia. Su pelaje se encontraba más erizado que nunca y la observaba con dolor y frustración. Una frustración que le hizo recordar cuando en el pasado le pegó aquella tremenda cachetada. Sus ojos transmitían la misma impotencia.
¿Por qué…?
Se preguntaba Max con el bate en alto, dolida por su acción. No la entendía. Su oscurecida mente no era capaz de comprender en ese momento porqué quería evitar que matara a su asesino. Y mientras más observaba sus ojos, más le hacía titubear y confundirse. La cierva le mantenía la mirada con dolor. Max podía ver la tristeza en sus pupilas, sin embargo, el sentimiento no llegaba a su corazón. Otra vez. Otra vez un lado de ella gritaba que llegara, que por favor algo la despertase, pero era imposible. Sus ojos eran la fiel prueba de ello. Comparados a los de la cierva, no expresaban nada más que la nada misma y una pizca de lo que fue un gran rencor, pues, la acción pasada de Rachel se lo estaba llevando por completo.
Y sus bramidos entristecidos más.
Dime… ¿por qué?
Comenzó a bajar el bate lentamente. La cierva, al verla flaquear, se acercó sigilosa y puso una pata encima de su pie.
Ese maldito te asesinó. No puedo entenderte.
Max pasó la vista a Nathan. El chico temblaba en la puerta del autobús. Su tiempo también parecía haberse detenido al ver a su padre salir del auto.
No puedo entender… nada. ¡Nada!
Max apretó las muelas al borde de la locura y en un arranque estrelló el bate contra una ventana del bus. Con fuerza, con ira. Con todo lo que tenía.
Para así no golpear a Nathan.
El ruido de los vidrios estallando provocó que Nathan se volteara con unos desquiciados ojos. Max le dio la bienvenida con otros indiferentes que lo estremecieron. Nathan se esperaba encontrar con una asustada presa, no con un enemigo tan violento. ¿Y qué pasaba con esa mirada? Lo acuchillaba.
—Tú… de verdad estabas aquí. —masculló Nathan con el dedo tiritando en el gatillo del arma. Max levantó el mentón sin cambiar su inexpresiva mueca. Lo analizó. Nathan no estaba en condiciones de atacarla, no con su padre de testigo. Estaba lejos, pero seguro escuchó el ruido de la ventana rompiéndose, no tardaría mucho en encontrarlos. Nathan no tenía tiempo para reaccionar. Entonces, Max quizás podía ¿negociar? ¿Salvarse? ¿Dejarlo ir? Lo que quería Rachel. Porque definitivamente la detuvo para que no lo matara por alguna razón que aún desconocía.
Por ella, solo por ella…
—En realidad no lo estoy. No pertenezco aquí. —contestó Max con tranquilidad.
—¿Huh? —Nathan levantó el arma y clavó la punta en su frente. La cierva bramó, asustada. Max ni se inmutó. No podía. Su mente no estaba allí sino muy lejos, impidiéndole sentir el terror— ¿Qué mierda quieres decir con eso?
—Lo que oíste. Estás frente a la Max equivocada.
Nathan frunció las cejas y enterró más el arma en su piel, enrojeciéndola.
—¡No me jodas, perra! ¡Estoy harto de ti! ¡Voy a matarte de una puta vez!
Max empezó a dibujar una arrogante sonrisa y removió el bate de la ventana. Lo llevó a la mejilla de Nathan, quién lo espió de soslayo. Comenzaba a sudar. Estar frente a ella lo estaba poniendo incoherentemente nervioso.
—Si disparas, te romperé la cabeza.
—Ja, no puedes ser más rápida que un revólver. Te falla.
Max alzó una coqueta ceja.
—¿Quieres probar?
Nathan tragó saliva comenzando a sentir una extraña adrenalina en el pecho. Esa Max en absoluto se parecía a la que conocía, a la debilucha chica que secuestró para evitar que hablara de más y que incluso pensó en fotografiar debido a esa misma debilidad. Esta persona le hacía frente, lo amenazaba y provocaba. ¿Era cierto lo que dijo, entonces? ¿Esa Max no era la misma? Examinó bien sus fríos ojos y sin querer se tropezó con un travieso pensamiento que lo perturbó tanto como lo llenó de un inmediato alivio que necesitaba: esa Max era como él. En sus ojos podía hallar la misma locura que él mismo sentía hacía tiempo. Una locura que pocos entendían. Era como verse en un espejo. Esa mirada era una que sacrificaría lo que fuera para lograr su cometido. Unos ojos dispuestos a asesinar.
Max arqueó la otra ceja ante su silencio.
—¿Quieres probar o no? —inquirió, girando la punta del bate en su mejilla.
Los labios de Nathan temblaron entre asustados y emocionados. La misma emoción que sentía con su fallecido profesor, Jefferson, a quien no tuvo otra opción más que matar, pues, lo estaba por traicionar.
¿Somos parecidos?
Pensó Nathan, manteniéndole la mirada a la que se suponía debía ser su presa. Max le sonrió con malicia y de pronto se sintió consolado, acompañado. Los oscuros ojos de Max lo entendían. Pero no podía sentirse así. Tenía que matarla. Ella sabía demasiado. Esos ojos tenían que ser una mentira, una ilusión. Ella no podía parecerse a él, nadie podía parecerse a él.
Nadie podía estar más perdido que él.
Max detalló cómo se humedecía los labios con una indecisa expresión. ¿Por qué estaba dudando? No era justo. Que dudara le hacía querer aprovecharse de ello.
—Probar… ¿Probar qué exactamente? —Nathan comenzó a caminar hacia ella sin quitar el revólver de su frente. Max se fue hacia atrás y terminó tropezando con un asiento. Cayó sobre él y levantó el rostro para verlo. Los ojos de Nathan brillaban expectantes— ¿Qué es esto? ¿Estás seduciéndome? ¿Tú?, ¿una nerd?
Max torció el rostro, curiosa. Qué cambio repentino, pensó. Tal vez podía usarlo a su favor.
No, espera… Corrección: esto es lo mejor que podría pasar.
Max soltó una burlona risita y sacudió la cabeza.
—Ya quisieras, enfermo.
Nathan adoró la maldad que huyó de su risa. Cada vez lo confirmaba más. Esa Max quizás, y solo quizás, se parecía a él. No tenía miedo, no sentía nada. Era ideal. Su reflejo ideal.
—¿Qué estás esperando? ¿No ibas a matarme? —preguntó Max desde lo bajo, hundiendo la punta del bate en su mejilla. Nathan esbozó una torcida sonrisa— ¿O tienes miedo de que tu papi te descubra? Ya debe estar buscando por acá. Hice el suficiente escándalo como para llamar su atención.
Nathan arrugó la frente, desfigurándose, y quitó el arma de su frente. Nombrar a su padre fue un grave error. Se sintió traicionado.
—¡Tú…!
Con brutalidad agarró el cuello de su playera y se sentó encima de ella. Max sofocó un quejido cuando el peso de su cuerpo abrió más la herida en su pierna. La cierva, perdiendo la paciencia, se puso al lado de Nathan y le bramó furiosa. Bramido que solo tuvo un significado para Max.
¡No la toques!
—¿Estás jugando conmigo, perra? —Nathan la impulsó hacia él por la playera— ¿Crees que le tengo miedo?
—Lo creo —respondió Max sin perder la compostura. Si lo hacía, estaba muerta—. Y si no es así, ¿por qué estás dudando? Vamos, mátame.
Nathan titubeó más al escucharla. Esa nueva Max parecía conocerlo muy bien, lo cual no le agradaba, pero por desgracia al mismo tiempo sí. Porque toda su vida estuvo buscando a alguien que lo comprendiera. Toda, toda su maldita vida. Encontrarla justo ahora… Justo a punto de ejecutarla, debía ser un infortunio más de todos los que tuvo que pasar.
—¿Por qué dudo…? —repitió Nathan en un vacío murmullo, llevando el arma a su cabeza. La clavó en su sien; Max hundió más la punta del bate en su mejilla con unos filosos ojos—. Porque tú eres como yo.
El aire de la heroína se perdió por esas puntiagudas palabras.
¿Soy… igual que él?
—Estás dispuesta a matarme ¿no?
Max abrió los ojos lentamente hasta dejarlos ensanchados. Se asqueó. Se asqueó tanto que una agria sensación subió por su garganta, cerrándola.
—Hacía tiempo que no me sentía tan acompañado —prosiguió Nathan con una guasona voz, deleitándose con su petrificado estado— ¿Podría ser esto… amor?
Max volvió la mirada a él con el rostro tan tenso como todos los músculos del cuerpo. Inaceptable. Ella no era como él. No podía serlo. ¡Ella no era una asesina!
Parpadeó, perpleja por su propio razonamiento, y miró a la cierva, quién ahora gruñía por lo bajo tan enfadada que juró que se convertiría en un demonio. Nadie, absolutamente nadie tenía el derecho de tocar a su Maxine como ese maldito lo estaba haciendo.
¿Esto es lo que querías evitar?, ¿que me convirtiera en él?
Pensó Max, observándola con pesadumbre.
—Finalmente encontré a mi alma gemela… Es una lástima que tenga que matarte. —Nathan llevó una mano a su mejilla y la acarició con una suavidad que la impresionó. Contrario a sus violentas palabras, las yemas de Nathan se movían con cuidado sobre su piel, como si hiciera lo posible para no lastimarla. La desconcertó. Un asesino no podía tener un tacto tan suave. Y no podía estar sonriendo con tanta sinceridad.
—¿Qué… estás haciendo? —preguntó Max en un inquieto murmullo. Nathan bajó las pupilas, pensativo, y continuó recorriendo su piel, bajando por su garganta con los dedos.
—Nat-
—¿Color favorito? —preguntó Nathan de pronto.
—¿Huh?
—¿Cuál es tu color favorito? —repitió, empujando el arma contra su cabeza—. Contesta.
Max intercaló los ojos en sus apagadas pupilas, que ahora lucían tan tranquilas como su pregunta. Lo más sabio era responder y no cuestionarlo.
—… Azul.
—¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre? Además de fotografiar. —prosiguió, pasando la mano a su cabeza. Empezó a acariciar su cabello, acomodando unos desordenados mechones detrás de su oreja. Max se dejó acariciar cada vez más alterada por dentro. Debía seguirle el juego si quería escapar con vida de ese autobús, pero le estaba costando demasiado.
Dios… Está totalmente loco. ¿Qué le pasa? Este tipo de verdad no tiene nada que ver con el Nathan que conozco.
—Tocar la guitarra.
—¡Oh! ¡¿De verdad?! —Nathan asintió con sorpresa. La cierva también se sorprendió; no sabía eso de ella. En realidad, ¿qué otras cosas no sabía de Max? Nunca le hizo esas básicas preguntas. ¿Por qué no las hizo? De repente se encontró interesada en el cuestionario, aunque hubiera preferido hacerlo ella y claramente en otra situación— ¿Tocas bien?
—Me defiendo.
—Hm… Qué loco, una nerd tocando la guitarra. No te veía así, Max. Terminaste siendo toda una rockera. —Sonrió de lado, sacudiendo su cabello—. Yo toco el bajo.
—¿En serio? No sabía.
—Porque nunca lo dije. Es solo un pasatiempo.
—Oh…
Max tragó saliva tratando de no parecer absolutamente intranquila por su cambio de actitud. Nathan hablaba con naturalidad, tal como si estuvieran charlando normalmente en la academia y no con un arma apuntándole la cabeza y un bate incrustado en la mejilla de él.
—¿A qué viene esto, Nathan? No tenemos tiempo para-
—¡BANG! —gritó de repente, impulsando el revólver contra su sien. Max se sobresaltó con el corazón pidiendo clemencia—. Estamos conversando, no interrumpas con estupideces. —Sus ojos se oscurecieron y Max se silenció— ¿Qué te gusta fotografiar?
Max corrió el rostro recuperando el aire de a poco; no parecía querer entrar por su nariz. Nunca le habían hecho un cuestionario así. Casi que se sentía importante. Lástima que la entrevista se estaba llevando a cabo dentro de un autobús abandonado y con su vida en peligro.
—Momentos. —contestó.
—¿Qué momentos?
—Un momento casual, normal. No me gusta tanto que posen, sino que la toma sea natural. Creo que ahí se desvela la verdad de la persona fotografiada.
—Oh… Interesante. Piensas como yo.
—No. —Max regresó la mirada a él, disgustada—. Tú buscas un momento de desesperación, yo busco uno de plenitud.
Nathan rodó los ojos, cínico, y dejó caer los hombros.
—Me gusta la desesperación, ¿qué tiene de malo?
—No tiene nada de malo mientras no lastimes a otros, y eso es lo que haces.
—¿Como tú? Tus ojos me dicen que quieres matarme. ¿En qué mierda te diferencias de mí? No me vengas con clases de moral, Caulfield.
Max se tragó sus próximas palabras. Tenía razón. ¿En qué se diferenciaba de él? Realmente quería matarlo, y lo hubiera hecho si no fuera por la interrupción de su fiel compañera. Aceptarlo le hizo bajar la cabeza odiándose por completo. Quería escapar de su mente, hacer lo que fuera con tal de no asumir la realidad.
Nathan la contempló desde lo alto y levantó su mentón con la punta del arma.
—No te avergüences, Max. Está perfecto que seas como yo, que quieras matarme. No lo ocultes más. Somos perfectos tal como somos. Nadie tiene porqué entenderlo, excepto yo. Yo soy el único que te entiende.
Max cerró el puño con fuerza.
No… No soy como tú.
—¿Sabes lo que más me jode de esta puta sociedad, Max? Que son todos unos hipócritas de mierda. Todos tienen pensamientos incorrectos, todos pensaron alguna vez en hacer una cagada, ¡todos desean ver a alguien muerto! Pero nadie lo dice. Se la pasan diciendo lo contrario para poder ser aceptados. Patético. Lo que nos diferencia de ellos es que nosotros estamos dispuestos a llevar a cabo esas cagadas. Somos honestos ¡y valientes! Los demás son unos putos cagones. Ja, ¡me hacen reír! Haciéndose pasar por buenas personas; ayudando a los demás, chupándoles las medias… No me jodan. Hacen eso solo para levantar su propio ego, para no sentirse taaan malas personas. ¡Me dan asco! ¿Qué se hacen los humildes cuando en realidad son peores personas que nosotros? Ponlos en una situación crítica y verás lo egoístas que son. ¡Patéticos hasta la muerte! ¡¿Quién mierda son ellos para juzgarnos?! —exclamó Nathan, presionando el arma contra su garganta. Max tragó saliva como pudo—. Si ahora mismo yo matara a un violador, ¿me juzgarían? Te apuesto a que sí. Pero sabes bien que por dentro se alegrarían aunque estuviera cometiendo un asesinato. ¡Por dentro festejarían porque estaría haciendo justicia! La que ellos no se animan a hacer. ¿Qué mierda es matar a una persona, entonces? ¿Tengo derecho a hacerlo si ese tipo es una mierda? ¿Todo depende de cómo lo vea la sociedad? ¡Una sociedad de hijos de puta y totalmente superficial! ¡No me jodan más! Esa gente no es confianza, Max. Son mentirosos, ¡son falsos! ¡Son pura mierda!
Fuertes palabras, fuerte convicción. Esas palabras atravesaron el sentido de justicia de Max, dejándola suspendida. No le hacía bien escucharlo, la confundía. Todo lo que creyó correcto en su vida se desmoronaba. Era como si hubiese encontrado en él una parte de sí misma que no quería reconocer. Y de verdad no quería aceptarlo, pero un lado suyo muy enojado con la sociedad le daba la razón a Nathan. ¿Quién no se la daría? Era una realidad que la mayoría de las personas y sus buenos actos eran una farsa. Una fachada. Ella misma probó esa crudeza en carne propia. No obstante, aunque hubiera personas que no valiesen la pena aún quería creer en los demás. Se negaba a rendirse ante ese discurso tan cruel. No todos eran así. Sus padres no eran así; Chloe no era así, Rachel no era así. Ella misma no podía ser así.
No… ¡Yo no soy así!
Nathan esbozó una ganadora sonrisa al notar la duda en sus ojos. Siendo sinceros, no se la esperaba. Creía que su violenta presa iba a defenderse ante lo dicho, pero no. No pudo decir nada. Esa Max era una caja de sorpresas. Un lado de ella le daba la razón aunque no lo aceptara en palabras, y Nathan no podía sentirse más orgulloso de abrirle los ojos antes de que su vida se acabara.
—¿Sabes? Es una lástima que tú y yo empezáramos con el pie izquierdo. Nos hubiéramos llevado de puta madre si no hubieras decidido seguirme como un perrito —continuó Nathan con un dejo de burla—. Hasta podríamos haber cogido y todo. Ya sabes, una bueena revolcada. Todavía podemos hacerlo. Sería una digna despedida.
Max palideció al escucharlo. Todo lo que Nathan dijo antes perdió importancia con esa peligrosa propuesta. Ahora sí que tenía miedo. Miedo de ser abusada. Prefería la muerte antes que eso.
No fue la única impactada por aquella propuesta. La cierva, ya fuera de sí por el descaro de Nathan, empezó a morderle la pierna sin conseguir resultado alguno. El enfado que sentía sobrepasaba cualquier otro en vida y no vida. Parecía un lobo rabioso mordiéndolo.
—¿Oh, eso? Tenemos el tiempo contado. Imposible. —contestó Max con una inocente expresión. Debía mantenerse firme aunque quisiera salir corriendo. Mostrar debilidad empeoraría la situación. La expresión de Nathan había cambiado por una depredadora. Por poco y podía oler sus hormonas despertando.
—Es tiempo suficiente.
—¿Tan poco duras?
Nathan se echó a reír cual desquiciado. Max le siguió con la misma histeria.
—Tienes razón, nerd. Mi amigo no se va a conformar solo con unos minutos. No hay nada que hacer, esta cita terminó.
—Si no hay nada que hacer, ¿para qué mierda querías saber mi color favorito y lo demás?
—Para poner esas cosas en tu tumba cuando te mate.
Max tragó pesado y reforzó el agarre en el bate.
—Qué considerado.
Nathan llevó su rubio cabello hacia atrás con soberbia y puso de nuevo el arma en su sien.
—¿Últimas palabras, gemela?
Max respiró profundo, despertando. Un poco, al menos un poco. Gemela… Que la comparara con él le hizo confirmar la razón por la cual Rachel se negaba a que cometiera ese asesinato. Sonrió resignadamente. Debía recordar agradecerle a la cierva si llegaba a salir con vida de ahí. Agradecerle por salvarle el alma. Max no iba a matarlo para protegerse, lo iba a hacer por venganza. Ni siquiera se percató cuándo su sentido de justicia se desintegró, pues, su mente justificó su futura acción como un acto de defensa. Pero no lo era. Claro que no lo era. Solo se estaba dejando llevar por el rencor. Ella, una mujer absolutamente racional, dejándose llevar. Increíble.
Entrecerró los ojos comprimiendo las lágrimas.
Estuve a punto de convertirme en lo que más odio.
Bajó el rostro, ensombreciéndose. Quizás merecía ser disparada, pensó. Sin embargo, los bramidos de la cierva no le dejaban profundizar ese pensamiento, solo reforzaban la idea de aferrarse a la vida para protegerla. No importase el costo, no importase la forma, tenía que escapar de ese asesino para volver al pasado y revivir a Rachel y Chloe.
Pasó la vista a la ventanilla. El padre de Nathan lo buscaba desesperado por todo el vertedero. Podía verlo gracias a los faroles de su auto. Gritaba el nombre de su hijo con enfado y un dejo de preocupación. No le importaba mojarse por la lluvia. Todo dejó de importar cuando, posiblemente, se enteró de las macabras movidas que hizo su hijo.
Se acordó tarde.
Pensó Max.
Te acordaste tarde de ser padre. Tu hijo ya dejó de ser tu hijo.
—Tu papá viene hacia acá —dijo Max con aburrimiento. Nathan alzó una ceja y echó un rápido vistazo por encima de su hombro— ¿Desde cuándo sabe lo que tienes en manos?
—Pensé que no lo sabía. Qué cagada, el viejo se avivó. Supongo que no puedo perder más tiempo. —Volvió el rostro a ella y puso el dedo en el gatillo—. Tengo que matarte ahora.
—¿No te descubrirá si lo haces?
—Si lo descubre no me quedará otra que matarlo a él también.
Max le mantuvo la mirada sin sorpresa alguna y cerró los ojos con una altanera sonrisa.
—¿Llorarás al hacerlo? Es tu padre, después de todo.
—Es un padre de mierda. Nunca me apoyó en nada. Al contrario, me usó para sus beneficios personales.
—Pero sigue siendo tu padre.
Nathan no dijo nada. Se limitó a dibujar una desolada sonrisa que le dio esperanzas. Y una idea. Lo conocía, y a esa sonrisa también. A esa altura del partido conocía muy bien las debilidades de aquel chico, y, como él dijo, una de ellas era su búsqueda por encontrar a una persona que lo comprendiera. Ser dependiente, esa era su máxima debilidad. Max podía aprovecharla. Jugar con su mente hasta liberarse. Era la única alternativa que le quedaba. En sus planes no entraba pedir ayuda a los gritos al padre de Nathan. No podía ser descubierta y además posiblemente saldría perjudicada. Su padre, al igual que el de Rachel, era la mafia en persona. Con tal de no arruinar la reputación del apellido haría lo que fuera para limpiar las fechorías de Nathan, dejarlo como inocente y a ella como a una loca. La cárcel no le sonaba apetecible. Allí no podría volver al pasado, tenía que mantenerse en su lugar. En el vertedero. Usar sus poderes para escapar tampoco era una opción. Estaba segurísima que solo podría usarlos una vez, y esa vez tenía que ser para regresar al pasado. Su cerebro no aguantaría ningún viaje más. En sí, desconocía si lograría aguantar el que tenía en mente.
Todo indicaba que tenía que recurrir a la inestable cabeza de ese chico.
—Sí, lamentablemente es mi padre. —contestó Nathan luego de un pensativo silencio de su parte.
—Hm… ¿Y no te importa?
—Algo. Si es posible quiero evitar matarlo, pero no puedo evitar matarte a ti. Me joderás varios planes si sigues viva. No me queda otra opción.
—Siempre hay otra opción.
—¿Estás rogando por tu vida, Max?
—No. Nunca haría eso, menos a un hijo de puta como tú.
Nathan agrandó la sonrisa, complacido por su respuesta.
—En serio… estás tan diferente. —Inclinó el rostro hacia el suyo. Max podía sentir su agitada respiración sobre su piel. Estaba emocionado— ¿Y bien?, ¿no tienes un último deseo? Se acaba el tiempo.
Qué insistente… Eres tú el que lo tiene ¿no?
Pensó Max observando a la cierva de soslayo, quien continuaba a su lado mirándola totalmente frustrada por no poder ayudarla. Rogó que le perdonara lo que estaba por hacer. Realmente lo rogó. Pero aunque la perdonara, posiblemente nunca lo olvidaría. Max misma no olvidaría lo bajo que estaba por caer con tal de tomar la delantera. Sin embargo, no podía flaquear. El osado plan que flotaba en su cerebro era el único que se le ocurría y, según sus estadísticas por la conversación pasada, funcionaría. Debía aferrarse a él por su vida.
—Tengo uno. —contestó, volviendo lentamente los ojos a él. Nathan se sorprendió por el cambio en su mirada. Había un travieso brillo en sus pupilas que le hizo acelerar las palpitaciones. Conocía ese brillito. Lo había visto en varias chicas más de una vez y en más de una fiesta del Vortex, o, en su defecto, en su habitación luego de la fiesta. Cuando ese brillo aparecía la siguiente acción ya estaba escrita. Sin embargo, aunque fuera muy atractivo, no podía confiarse viniendo de su presa.
—¿Oh? —inquirió Nathan, hundiendo la punta del arma en medio de sus pechos— ¿Qué será?
Max le sonrió con la mayor sensualidad que pudo encontrar y, tentando a la suerte, llevó una mano a su cabello. Lo sujetó por detrás e impulsó su rostro hacia el suyo con rudeza. Como a él le gustaba.
—Ya sabes cuál es ¿no? —ronroneó a escasos centímetros de sus labios, refregando su cabello de arriba hacia abajo—. No hay tiempo para hacerlo, pero al menos podemos despedirnos… así. Yo ya no tengo nada que perder, gemelo.
Excepto todo.
Nathan bajó la mirada y detalló su boca penetrantemente. Hambruna, deseo. Esos entreabiertos labios delineando una incitante sonrisa le brindaron una sensación de poder absoluto que lo atacó de golpe, cegándolo, llevándolo a ser impulsivo. Primitivo.
Poder sobre ella.
Ni siquiera llegó a preguntarse el porqué su presa quería besarlo, que ya estaba acortando la distancia y agarrando su garganta con fuerza, cerrando los dedos en ella. Max entrecerró un ojo, asfixiada por el agarre, y sus labios fueron robados con brusquedad por los de Nathan.
El bate cayó al suelo.
Rudo; violento, seco. Tóxico. Ese beso fue el peor que recibió en su vida. Lleno de odio y placer por parte de Nathan, Max recibía esos pesados sentimientos no solo en sus labios, los cuales eran golpeados con fiereza mientras movían el rostro besándose, sino también en su vientre, pues, la entrepierna de Nathan comenzaba a entusiasmarse más rápido de lo que pensó. La sensación de poder lo excitaba. Y el bulto que ahora la empujaba le asqueaba.
Quiso gritar.
Se llenó de repulsión, de asco total. Y la cierva más. Nunca la escuchó bramar tan desaforada como en ese instante. Ese desgarrador bramido escondía desesperación; confusión, celos. Ganas de desaparecer con tal de no verla. Rachel no entendía nada y al mismo tiempo entendía todo. Max no quería besarlo, quería engañarlo.
Y lo estaba haciendo.
Mientras fruncía los dedos contra su corto cabello, fingiendo placer y sintiendo como Nathan enlazaba sus lenguas y apegaba su semierecta entrepierna contra ella, con la otra mano muy sigilosamente Max atrapaba el arma que le apuntaba el pecho. Abrió los ojos, hallando los de Nathan furiosamente cerrados, y rió por dentro en una victoria.
Caíste.
De un tirón se la robó y lo empujó, provocando que se desplomara sobre el suelo con el desconcierto tatuado en el rostro. Nathan no llegó a incorporarse que Max lo hizo primero. Le apuntó directo a la cabeza, limpiándose la boca con asco. Las ganas de matarlo solo habían aumentado.
La cierva detalló la perpleja expresión de Nathan y una risa histérica nació en su interior. Lo sabía. Sabía que su Maxine jamás la traicionaría. La entrenó tan bien que el orgullo la invadía a pesar de lamentar haber visto aquella escena. Rachel también hubiera hecho lo mismo. Exactamente lo mismo para librarse de él: jugar con su lado más primitivo.
Si no puedes con ellos… úneteles, pero solo por un minuto. Bien hecho, linda. Aplausos para ti.
—En serio… Eres tan básico. —Max sonrió de lado, burlona. Nathan parpadeó, reaccionando, y la observó con odio— ¿De verdad no pensaste que era una trampa? Qué idiota.
—Puta… ¡Hija de puta! —exclamó él, levantándose de golpe. Max clavó el revólver en su pecho con una peligrosa mirada.
—Te mueves y te mato. Y, como bien dijiste, sabes que quiero hacerlo —amenazó. Nathan levantó las manos sin borrar la furia en el rostro—. Date vuelta, y mejor que calmes a tu amiguito.
Nathan refregó los dientes mirándose la entrepierna. Sí que estaba entusiasmada. Su pantalón apuntaba directo a Max, y, a todo esto, empezaba a molestarle al no poder consolidar su excitación. Odió haberse calentado solo por un beso y más con su presa. Pero ¡hey! estaba tratando con su alma gemela, ¿cómo no iba a excitarse y caer ante ella?
—¿No te gusta? —preguntó Nathan con una despreciable sonrisa, refregándose la entrepierna con la mano— ¿Por qué no le das un besito? ¡Muuuaaa!
Max arrugó la frente y clavó el arma en su entrepierna. Nathan se entumeció.
—¡Date la puta vuelta o te la vuelo!
Nathan no tuvo otra opción más que voltearse insultándola en silencio. Max puso el arma en su espalda y se acercó a su oído.
—Ahora… vas a ir corriendo con tu papi y le dirás que aquí no pasó nada ¿de acuerdo?
—No vas a salir de esta, perra. Aunque me vaya ahora volveré mañana. Y si no estás aquí te encontraré. —La voz de Nathan resonó tan iracunda que Max fue incapaz de no sentirse complacida por ello.
—Mañana ya no estaré, imbécil. —Lo empujó con el arma y sin dejar de apuntarle continuó—. Vete a la mierda.
Nathan, a regañadientes, empezó a caminar hacia las escaleras del autobús. Su plan había fallado, pero al menos una cosa seguía intacta: la actitud de su gemela. No podía negar que era tan despreciable como él.
—¿Por qué no me matas? ¿Te cagaste, zorra? —preguntó, riendo por lo bajo.
—No vales la pena. Prefiero que sufras en vida por todo lo que hiciste. Y, solo para que lo sepas, si llegas a tratar de hacer algo le dispararé a tu padre.
Nathan se paralizó.
—Sé que en realidad no lo quieres muerto, así que piensa bien lo que harás.
Y entonces, cambió de opinión. Su gemela lo superó. Matar a un inocente que no tenía nada que ver era estar absolutamente fuera de sí. En su sentido de justicia, Nathan tenía razones para matarla a ella y tuvo razones para matar a Chloe. Las dos lo podían hundir. ¿Pero su padre qué demonios había hecho? Incluso los sociópatas tenían reglas; Max no las acataba. Era como si fuera un animal salvaje. De repente se preguntó qué la incentivaba tanto como para abandonar su humanidad.
—De verdad lo mataré. No me importa una mierda nada, Nathan. Tu padre es escoria, no habrá nada que lamentar. Gracias a él no puedo ni ir a la puta policía para contarles lo mierda que eres. Suficiente excusa para matarlo ¿no crees?
Claro que no lo mataría. Ya se encontraba lo suficientemente lúcida como para no hacerlo. Sin embargo, Nathan todavía pensaba que sí era capaz. Debía aprovechar la imagen que dejó en él. Debía seguir actuando aunque lo único que quería hacer era caer de rodillas y llorar desconsoladamente por sus pasadas acciones y el agotamiento mental que sentía. Un gran agotamiento. A pesar de que ella ofreció el beso, se sentía abusada porque en realidad no quería hacerlo. No quería venderse ante él. Ante el asesino de su novia. ¿Gemelos? ¿Gemelos dijo? Ja, gemelos las pelotas. Su cuerpo le daba asco en ese momento, tanto, que quería arrancarse la piel.
Nathan no pudo responder a su peligrosa amenaza. Jaque mate; perdió y lo asumió. Se limitó a comenzar a bajar los escalones del bus con lentitud, pero no sin soltar en el medio una frase que terminaría de hacerle perder el equilibrio a la heroína. Al menos en algo debía ganar.
Le destruiría la psiquis.
—¿Lo ves, Max? Eres como yo, estás totalmente loca. No..., eres peor que yo. ¡Y me encanta! —Giró el rostro con una macabra sonrisa—. Pensar en matar a mi padre... Te superaste a ti misma. Eres mi chica ideal, Caulfield. Ven a buscarme cuando te des cuenta que nadie más que yo puede entenderte.
Max desvió el rostro para no verlo. Porque si lo veía tal vez le dispararía. Tenía miedo de no poder controlar la ira.
Vete. Camina más rápido. ¡Vete de una puta vez! ¡Desaparece!
Imploró en sus pensamientos. Estaba a punto de quebrarse; su mente era un remolino de emociones nada agradable. No se soportaba. No solo por haber caído tan bajo como para recurrir a un plan que iba en contra de todos sus principios, sino por lo que quiso hacer desde el inicio y que, si se volvía para mirar a Nathan, todavía le resultaba una idea atrayente: matarlo. Sin embargo, ella en el fondo de su corazón no quería matar a nadie. Simplemente por estar aferrada a una idea fija perdió de vista el verdadero objetivo.
Se perdió en sí misma. En un bucle de completa oscuridad.
Max detalló cómo Nathan terminaba de bajar del bus con el entrecejo fruncido y se alejaba lo suficiente para encontrarse con su padre. Empezaron lo que le pareció una pelea. Su padre movía las manos exasperado y Nathan solo lo llevaba por la espalda de vuelta al auto, para luego meterse en el suyo, no sin antes girar el rostro y dedicarle una mirada llena de rencor al autobús. A Max. Las llantas de ambos chillaron y la heroína soltó un cansado suspiro cuando ambos autos comenzaron a alejarse del vertedero.
Por fin…
Bajó el arma. Su dedo temblaba en el gatillo. Su cuerpo temblaba en general. La cierva la miró y se acercó a ella a paso lento. Estaba a punto de pararse en dos patas para darle un afectuoso abrazo, pero Max se desplomó de rodillas antes de que lo hiciera. El arma se patinó por su mano.
Y su cordura también.
—Rachel… —Se tapó el rostro y frunció los dedos sobre su piel, rasguñándose—. Rachel… Rachel…
La cierva buscó sus ojos preocupada por lo vacía que sonaba su voz. Se asustó al hallarlos. Entre sus dedos las pupilas de Max se divisaban como dos grandes puntos negros a punto de estallar. Desesperados, enloqueciendo. Tocando fondo después de tanto aguantar.
No… ¡Su mente se va a quebrar!
Se impulsó hacia Max para salvarla y unos fuertes brazos la rodearon. La cierva se estremeció cuando la sintió en su totalidad. Realmente la sintió. Mucho más que antes. No solo a su cuerpo, sino también a sus intensas emociones.
Max se abrazó a su lomo con fuerza y enterró el rostro en su largo cuello.
—¡Rachel, perdóname! —Sollozó, refregando la cara contra su pelaje— ¡Perdóname! ¡No quería matarlo! ¡De verdad no quería! ¡No sé qué mierda me pasó!
La cierva bajó los párpados entristecida y al mismo tiempo aliviada por haber recuperado a su compañera.
—¡No quise hablarte mal! ¡No quise besarlo! ¡No quise que nada de esto pasara! ¡Créeme, por favor!
Te creo.
Apoyó el mentón en su hombro y frotó el rostro contra la mejilla de Max, percibiendo cómo sus lágrimas se derrumbaban en su pelaje. Sentía su dolor profundo. Muy, muy profundo. Le atravesaba el alma.
Siempre te creeré, Max. Estoy de tu lado.
Max alejó el rostro y la miró con los ojos enrojecidos. La cierva se alegró al ver en ellos esa amabilidad que bien conocía. Blandos, hermosos… Max estaba volviendo en sí, poco a poco, pero lo estaba haciendo.
—Me salvaste. Me salvaste de cometer el peor error de mi vida. —Volvió a abrazarse a ella—. Tú eres… mi despertador, Rachel. De verdad lo eres.
La cierva cerró los ojos y empezó a lamer su mejilla en un consuelo, llevándose sus lágrimas. Era todo lo que podía hacer.
—Perdóname…
Max no paraba de disculparse. Y así permaneció un buen rato. Abrazada a ella llorando, con la pierna ardiendo y el cerebro más. Se detestaba. No se conocía. Si no fuera por Rachel se hubiera perdido para siempre. ¿Cómo pudo dejarse llevar por algo tan banal como la venganza? ¿Desde cuándo tenía esa oscuridad en ella? ¿Cuándo perdió tanto el control?
Se aferró más a su lomo, asustada de sí misma.
Despertar… Realmente debía hacerlo lo más pronto posible. Despertar por completo. De lo contrario, todas sus decisiones terminarían en una desgracia.
Levantó el rostro aspirando el llanto por la nariz.
Mis decisiones pueden dañar a la gente que quiero… Sí. Ahora lo entiendo, anciano.
Continuará.
