¡YAHOI! Bueno, vamos mejorando, ¿no? Además, el de hoy es un pelín más largo que los de estos días de atrás. Así que venga, a por ello (?).
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.
¡Espero que os guste!
Prompt de hoy: corredores (nascar).
A toda velocidad
Sentía la adrenalina correr por sus venas, haciendo hervir su sangre. El rugido del viento, el olor a asfalto, a goma quemada, el ensordecedor sonido del motor…
Estaba en su elemento. Giró el volante en una curva para intentar hacerla lo más cerrada posible: su especialidad. Aceleró al máximo nada más salir de la curva y en cuestión de segundos ya había cruzado la meta. Desaceleró poco a poco hasta detenerse por completo. Salió del coche y se quitó el casco. Su amigo y asistente, Shikamaru Nara, ya estaba a su lado, cronómetro en mano. Le lanzó una toalla y él la cogió, agradecido, para secarse el sudor de la cara.
―¿Qué tal?
―Has mejorado tu tiempo en cinco segundos. ―Él asintió, conforme.
―Bueno, eso debería servir para aplacar a los patrocinadores'dattebayo. ―Shikamaru asintió.
―Sí, supongo que valdrá. ―Se encogió de hombros―. Pero si no ganas la próxima carrera… ―Un gruñido salió de su garganta―. Eh, no la tomes conmigo. Llevas casi un año sin ser número uno en ninguna competición. El top 3 no vale a todos, Naruto, no en este deporte. Mira Fernando Alonso: hace años que no se come un rosco y va saltando de escudería en escudería como cambia de calzoncillos todos los días… O eso supongo. ―Naruto tensó la mandíbula.
―Lo sé, Shikamaru, lo sé. Solo… he tenido una mala racha. Eso es todo. ―Shikamaru alzó una ceja, pero se abstuvo de hacer ningún comentario.
―Bueno, recuerda que mañana por la mañana vendrá tu mayor patrocinador para echar un vistazo a todo, incluido a ti. Asegúrate de venir descansado y despejado. Por favor. ―Naruto suspiró.
―Te lo prometo'dattebayo. Me iré directamente a casa. Palabrita del niño Jesús. ―Shikamaru puso los ojos en blanco ante la burla de su amigo y empleador.
Lo vio darse la vuelta e irse, directo a darse una ducha y cambiarse. Meneó la cabeza en cuanto la espalda enfundada en un traje naranja acolchado desapareció de su vista.
―Presiento que mañana va a ser un día muy problemático…
Estaba de muy mala leche. Su mayor patrocinador había quedado en ir a verlo entrenar a primera hora de la mañana, pero ya pasaba del mediodía y por allí no había aparecido ni el tato. Lo cabreaba. Lo cabreaba mucho el hecho de que Hiashi Hyūga se creyera con el derecho a mangonearlo como le diese la realísima gana.
Si no fuese porque necesitaba su apoyo, si no fuese porque encontrar patrocinadores con pasta era un horror, si no fuese por… ella…
Sacudió la cabeza y empezó a restregar de nuevo la carrocería del coche con furia, negándose a que los malos pensamientos y sentimientos hicieran mella en él. Ya no era un niño. Era un adulto, hecho y derecho, que sabía afrontar sus decepciones y frustraciones.
Estaba restregando el capó con fuerza, haciendo que el jabón salpicara su camiseta de manga corta, empapándolo, cuando escuchó el sonido de unos pasos acercándose.
Todo su cuerpo se puso rígido y hasta la respiración se le cortó.
Los pasos eran el repiqueteo firme y constante de unos tacones sobre el suelo, pero el sonido era tan tenue que podías adivinar que su dueña flotaba más que andaba sobre el suelo.
Y él reconocería ese particular forma de andar en cualquier parte. Así estuviera rodeado por una masa de personas, todas calzando tacones.
Se negó a darse la vuelta o a dar muestra alguna de reconocimiento. Volvió a mover las manos, a frotar la superficie del coche con la esponja con parsimonia, tranquilamente, como si no se hubiera percatado de la presencia que acababa de entrar en la sala.
Sintió cómo la persona se detenía justo detrás de él, como respiraba hondo. Sintió satisfacción al darse cuenta de que ella también estaba afectada.
―Naruto-kun. ―Cerró los ojos y maldijo a su débil corazón por ponerse a latir frenético. Puso una máscara de indiferencia y se giró. Saludó con un cabeceo a la mujer que estaba allí, ahora frente a él.
―Hinata. ―No pudo evitar recorrerla de arriba abajo con la mirada. Llevaba un vestido que parecía una camisa en color blanco, con una chaqueta de ante color marrón para protegerse del frío. La chaqueta tenía flecos en los bajos, imitando así el estilo vaquero americano. Un sombrero a juego con la chaqueta la protegía del sol del mediodía y, en los pies, calzaba unos botines al más puro estilo country.
Estaba preciosa y muy juvenil. Ella se removió, incómoda, sintiendo calentarse sus mejillas ante su escrutinio. Se aclaró la garganta para llamar su atención. Él parpadeó y luego volvió de nuevo la atención al coche.
―Creía que iba a venir el viejo. ―Hinata abrió la boca para regañarle por haber llamado de esa forma tan despectiva a su padre pero casi al mismo tiempo la cerró. Suspiró y meneó la cabeza.
Ella ya no tenía derecho a decirle nada.
―Papá tenía unos asuntos que atender. Me pidió… me pidió que viniera yo en su lugar. Espero que no te moleste. ―Lo vio encogerse de hombros y se sintió ligeramente ofendida.
Había tenido que casi suplicar a su progenitor para que la dejara venir en su lugar. Había tenido un poco de ayuda de Hanabi, su hermana pequeña, y también de Neji, su primo. Ambos sabían lo importante que sería esa visita para ella. Finalmente, habían conseguido remover un poco la conciencia del patriarca de la familia Hyūga y le había dado su permiso para acudir en representación suya, para ver cómo le iban las cosas a su deportista estrella.
Esperó unos minutos, allí, de pie, observando esa recia y delgada espalda moverse al compás de los movimientos vigorosos de las manos masculinas. Casi pareciera que quería dejar reluciente como un espejo el coche.
Shikamaru entró en ese momento y se quedó quieto en la entrada del taller. El ambiente estaba tan tenso que podía cortarse con un cuchillo. Carraspeó y ambos se giraron a mirarlo.
―Hinata, hola. Me alegra volver a verte.
―Shikamaru-kun. ―Se estrecharon las manos a modo de saludo.
―¿Vienes a controlar un poco?―Ella sonrió.
―Solo un poco. ¿Cómo ha ido todo?
―Si vienes conmigo al despacho, te cuento. Naruto, tú ve preparándote. Estoy seguro de que Hinata querrá verte correr. ―No hizo ademán de haberlo oído, pero fue plenamente consciente del momento en que su asistente y la joven mujer abandonaron al fin el taller.
Una vez a solas, lanzó la esponja contra el cubo que aguardaba a un lado, en el suelo, con tanta fuerza que este volcó y mojó todo el suelo. Soltó una palabrota y enderezó de nuevo el cubo, metió la esponja dentro y fue en busca de una fregona o algo para limpiar el desastre.
Mientras restregaba el suelo una y otra vez se dijo que debería haberse controlado mejor. Estaba seguro de que Hinata había percibido su turbación, así como él la de ella. Volver a verla después de seis meses sin saber nada de ella… Había sido mucho peor de lo que había imaginado.
Porque Hinata no solo era la mujer que lo traía loco, sino también la persona que le había roto el corazón en miles de pedazos diminutos que aún no había sido capaz de juntar. Él le había dado todo, absolutamente todo lo que era. Y él había sido tan ingenuo de pensar que ella le correspondía en la misma medida. Él la amaba, habría hecho cualquier cosa para hacerla feliz.
Pero, al parecer, Hinata no estaban tan entregada a su relación como él creía.
Lo había dejado, abandonado, destrozándole el alma y el corazón.
Sabía que había tenido sus razones. Sí, claro que había razones, razones muy poderosas para su proceder. Y por mucho que la prensa del corazón se empeñase, sabía que esas razones no tenían nada que ver ni con que ella quisiese a otro ni con que a él lo emparejasen con toda modelo, actriz y cantante con la que lo veían.
No. La principal razón tenía nombre y apellidos y un lazo consanguíneo con Hinata: Hiashi Hyūga, el padre de ella y su principal patrocinador.
Nunca le había gustado que su primogénita y heredera anduviese por ahí con un corredor de tres al cuarto salido de la nada, sin más oficio ni beneficio que su habilidad tras el volante. Si le daba su dinero era simplemente por publicidad, marketing puro y duro. Naruto llevaba en su coche y en su uniforme el logo y el nombre de Hyūga.
Así se habían conocido él y Hinata, cuando apenas empezaba en esto de las carreras profesionales.
No fue un flechazo, como muchos podrían pensar. Él apenas reparaba en el tembloroso patito que se sonrojaba cada vez que lo miraba y que tartamudeaba cada vez que le hablaba. La tildó de rarita desde el minuto uno.
No obstante, poco a poco Hinata había ido cogiendo confianza con él, a raíz del trato regular. La primera vez que la vio y la escuchó reír no pudo evitar enmudecer, fascinado al ver que todo el rostro femenino se iluminaba y resplandecía con sincera alegría.
Ahí se dio cuenta de que Hinata nunca fingía al estar con él. Se mostraba tal cuál era y eso Naruto llegó a agradecérselo muchas veces, comenzando a estar harto ya de las adulaciones excesivas y sin sentido del mundillo del famoseo.
Más de una vez le pidió ser su acompañante a algún evento: desfiles de moda, galas benéficas, festivales de arte y de cine… Él no entendía de ninguna de esas cosas, pero Hinata sí, al haberse criado en un ambiente elegante y cosmopolita. Era su salvación para no parecer un burdo inculto ante tanta gente que lo miraba a menudo por encima del hombro por no tener ni siquiera un mísero graduado escolar.
Muchos habían expresado abiertamente su disgusto ante que la hija de Hiashi Hyūga lo tuviese bajo su ala. Hinata había aparentado que aquello no le importaba, y estaba seguro de que durante un tiempo había sido así porque, sino, no le habría devuelto el beso que le dio la noche en que descubrió que estaba enamorado de ella hasta la médula. Ni tampoco le habría dejado hacerle el amor casi todas las noches después de aquella, entregándole además con ello su primera vez.
¡Todo era una jodida mierda, maldita sea! ¡Si tan solo tuviese una estúpida carrera universitaria! ¡Si tan solo hubiese nacido en una familia más adecuada…
Hinata creía que hacía lo correcto al dejarlo, que lo protegía. Se había enterado por Shikamaru que Hiashi había amenazado con retirarle su patrocinio si Hinata no cesaba de inmediato su relación con él.
Con un mensaje le había dejado. Un-jodido-mensaje.
Si hubiese tenido la oportunidad de hablar con ella cara a cara la habría convencido de que hacer eso era una soberana estupidez. La habría convencido de que perder el patrocinio no sería tan grave como ella pensaba. Tenía contactos, habría podido encontrar nuevos patrocinadores.
Todavía podía encontrarlos.
Se frotó la nuca, relajando la tensión y echando a andar hacia la puerta, para cambiarse para la exhibición que haría en unos minutos.
Sí. Todavía… todavía estaba a tiempo. Había hablado con Sasuke Uchiha, un antiguo amigo del colegio con el que había perdido el contacto. Se habían encontrado hacía como un año en una de esas galas benéficas. Se alegraron mutuamente de la coincidencia y Sasuke se había ofrecido a ayudarle en su carrera deportiva, en nombre de la empresa de su familia.
Estaba a punto de cerrar el trato cuando Hinata, estúpidamente, había decidido cortar con él. Se había enfadado y había decidido entonces que estaba mejor sin ella. ¿Para qué quería a su lado a una mujer que no confiaba en él?
Ahora se arrepentía de no haberla buscado, de no haberle exigido más explicaciones ni de haber calmado todos sus temores y de no convencerla de que él podía cuidarla, de que juntos serían capaces de comerse el mundo. Su orgullo y su corazón herido lo habían cegado, pero el tiempo le había hecho ver que había sido una tremenda equivocación.
Porque él la amaba. Ella lo amaba. Y uno de los dos tenía que dar el primer paso si no querían ser infelices por el resto de su vida.
Decidido, se puso su traje de carreras y cogió el casco. Uno de los chicos ya habían sacado el coche recién lavado a la pista. Por el rabillo del ojo, vio a Hinata y a Shikamaru salir al borde del circuito, hablando sobre negocios, seguramente. Sonrió al ver la figura femenina, bella y resplandeciente bajo la luz del día.
Se prometió dar lo mejor en aquella exhibición de rutina. Luego, recuperaría lo que estaba seguro que seguía siendo suyo.
El corazón de Hinata.
Con ese pensamiento en mente, se metió en el coche y arrancó el motor, comenzando a dar vueltas en la carretera. Desde la banda, Hinata se quedaba sin respiración y temblaba cada vez que el vehículo que conducía el hombre al que amaba derrapaba. Los accidentes eran comunes en este deporte, y siempre tenía el corazón en un puño cada vez que Naruto corría.
―Vaya… ha hecho mejor tiempo que nunca―dijo Shikamaru, parando el cronómetro justo en el momento en el que Naruto completaba la décima vuelta. El coche se detuvo a varios metros de ellos y su conductor salió con paso seguro del mismo.
Hinata sintió que no podía respirar al verlo andar hacia ellos, alto y erguido como un dios pagano, con la chaqueta del traje abierta y el casco bajo el brazo. Shikamaru se alejó para hablar con los chicos del taller, dejando a Naruto y a Hinata a solas.
―¿Y bien? ¿Qué te ha parecido?―preguntó Naruto, sacudiéndose el sudor del corto cabello rubio mientras echaba a andar hacia la zona de descanso. Hinata lo siguió y lo vio dejar el casco sobre un banco y abrir una nevera portátil y sacar una botella de agua para beber dos buenos tragos.
―Ha estado… bien. ―Naruto dejó de beber y la miró con una ceja alzada, medio divertido.
―¿Solo bien? Vaya, entonces no voy a tener mi beso'dattebayo―dejó salir un suspiro exagerado; Hinata abrió los ojos como platos al oírlo.
―¿Q-qué?―Naruto se puso serio y dejó la botella de agua de vuelta en su sitio. Luego, avanzó hacia la joven. Hinata sintió sonar todas las alarmas en su mente y retrocedió a medida que él iba hacia ella.
Hasta que su espalda topó con una pared. Se quedó quieta, apenas sin respirar, cuando el cuerpo alto, fuerte y poderosamente masculino se cernió sobre ella. Naruto apoyó las manos a cada lado de la cabeza de Hinata y su aliento le golpeó la oreja cuando él acercó la boca a ese apéndice de su cuerpo, provocando placenteros escalofríos que le recorrieron la espina dorsal.
―Hinata… ¿no lo sientes? ¿No sientes como late mi corazón?―A Hinata se le calentaron las mejillas cuando el pecho del rubio se pegó al suyo. A través de las capas de ropa, Hinata pudo oír―y sentir―el alocado latir de su corazón, acompasado por sus propios latidos, que eran salvajes y frenéticos. Naruto clavó entonces sus orbes azules en los perlados de la chica. Con delicadeza, le levantó la barbilla con el dorso de su dedo índice y ella obedeció, sumisa, necesitando sumergirse en esos pozos del color del cielo por última vez… ―. A toda velocidad, Hinata. Mi corazón late a toda velocidad. Solo por ti. ―Hinata notó que las lágrimas le anegaban los ojos.
―Na-Naruto-kun… ―Él la interrumpió con un beso, negándose a escuchar sus reclamos o argumentos para que la dejara libre.
Antes muerto que volver a dejarla escapar.
Sus labios se movieron exigentes pero gentiles sobre los femeninos, bebiendo de cada gemido y de cada roce de su lengua como si fuera el último.
―Hina… ―La abrazó contra él cuando se separaron, fuerte, casi con desesperación―. No pienso volver a perderte, ¿me oyes? Así que no me abandones, porque pienso perseguirte hasta el mismísimo infierno, de ser necesario. Te amo, ¿lo entiendes? Te amo. Y no voy a renunciar a ti. Nunca. ―Hinata se echó a llorar entonces a lágrima viva, aferrándose a las ropas de él.
Porque secretamente había deseado que él la buscara y la besara y la abrazara como estaba haciendo ahora.
Y tampoco pensaba volver a soltarlo.
Nunca.
Jamás.
Fin A toda velocidad
Bien, final feliz, capítulo algo más largo, romance NaruHina a tutiplén... ¿qué más queréis? ¿Oro? ¿Joyas? ¡Pues ahorrad, tunantes! ¡Que la menda no tiene un duro! (?).
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Lectores sí.
Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
