¿Por qué estaba soportando eso?

Realmente no entendía por qué se estaba tomando tantas molestias en cuidar a alguien que no era absolutamente nada para ella.

Sin importar cuantas veces ese pensamiento diera vueltas en su cabeza, no encontraba una respuesta sólida a la forma en la que actuó en el antro. La vio de reojo, sin apartar por mucho tiempo su vista de la carretera, verificando si se encontraba bien.

Su cabeza estaba apoyada en la ventana del copiloto, el cinturón de seguridad debidamente colocado en ella y sus extremidades flácidas sobre su muslo; claramente estaba noqueada. Internamente agradecía que no fuera como el típico borracho que causaba problemas o que se ponía a llorar sin razón aparente.

Fijó su vista de nuevo al frente, pensando; buscando alguna clase de excusa o explicación para decirle a sus padres algún motivo para llevar a una persona a su hogar, y para empeorar las cosas: en estado de ebriedad. Gruñó bajo, imaginando la sarta de babosadas que le diría Kai al verla llegar con ella y sobre todo por lo hermosa que era.

El viaje fue corto, no había nada de tráfico debido a lo tarde que era. Se estacionó frente al Gym, notando que las luces estaban apagadas.

Raro.

Bajó rápido del carro, acomodando su mochila al hombro para después dirigirse a la puerta del copiloto. Con sumo cuidado, abrió la puerta, sujetando a su maestra de los hombros para que no se lastimara. Le quitó el cinturón y, con algo de dificultad, la sacó apoyándola en su costado mientras se aseguraba que el carro estuviera debidamente cerrado.

- Vamos, miss. Ayúdeme un poco. – le ordenó, pasando su brazo sobre sus hombros para sostenerla.

Su única respuesta fue una especie de gruñido o queja, no estaba muy segura, pero al parecer le llegó el mensaje porque empezó a medio caminar a su lado. Con dificultad, abrió la puerta y atravesaron el oscuro gimnasio. Conociendo el recorrido de memoria, no fue problema para ella encaminarse a donde se encontraba la puerta para ir arriba, pero estuvo en más de una ocasión a punto de caer debido a su acompañante.

Las escaleras fue lo más complicado, ya que la señorita Winters no quería seguir ayudándola. Suspiró, cargándola para así subir más rápido. Todo estaba en completo silencio y oscuridad, ni siquiera los ladridos de Olaf al darle la bienvenida como normalmente lo hacía eran presentes, ni la presencia de Gerda o Kai podía verse en ninguna parte.

Realmente era muy raro.

- No me… baño…

La escuchó decir algo, pero con esas oraciones incompletas y en voz baja no entendió nada, hasta que la vio llevar su mano para cubrir su boca es que comprendió que iba a suceder. Corrió directo al baño, acercándola al retrete justo a tiempo para verla devolver todo lo que había tomado esa noche.

No pudo evitar arrugar su nariz, deseando con todas sus fuerzas no estar presenciando ese momento, pero no dejaría que por ese rato de incomodidad algo le pasara mientras no estaba cuidándola. Le sujetó el cabello, sobando su espalda suavemente evitando mirar hacia el desastre intestinal.

Estuvo un tiempo así, escuchándola quejarse por el malestar e incomodidad de la acción, hasta que por fin las arcadas terminaron. Su frente estaba empapada de sudor, su pelo se pegaba a su cuerpo debido al esfuerzo que hizo. Imaginando el detestable sabor que debía de tener, le ordenó que se enjuagara la boca con un poco de pasta dental.

Aún seguía ebria, pero tal vez debido a que expulsó la mayoría del líquido que mantenía en su cuerpo, parecía haber cobrado un poco de lucidez; pero solamente un poco. Con dificultad siguió la orden que le dio con movimientos torpes y lentos. Cuando terminó, Anna la guió hasta su cuarto, ayudándola a que caminara bien y no muriera al dar un paso en falso.

La sentó en su cama, manteniendo un ojo en ella al verla tambalearse un poco. Con cuidado le quitó sus zapatillas, imaginando la tortura que debía de tener al pasar tanto tiempo usándolos. Viendo como el sudor se deslizaba por su piel, cruzó por su mente que se diera un baño, pero sería peligroso que lo hiciera sola y no había ninguna posibilidad de que Anna le ayudara a bañarse.

Sin más, se levantó y fue a su armario, buscando algo que pudiera darle a usar de mientras. Buscó entre sus cajones algo que fuera cómodo para ella, pasando de alguna playera de Spider-man a otra del traje del Capitán América; pero toda su ropa era o demasiado grande o tendría que forcejear para ponérselo. Quería algo fácil de poner y no tener que invadir mucho su espacio personal. Sacó un short corto de entrenamiento, y al parecer tendría que pedirle prestado una de las camisas de Kai.

- Ok, Miss. Tome esto, para que pueda cambiarse y dormir a gusto sin su vestido. Solo iré un momento afuera por una camisa para que ya pueda descansar. – habló, procurando que su voz fuera clara y entendible para la mayor.

Pero no recibió respuesta alguna, lo cual le preocupó un poco. Alzó su vista, topándose con esos orbes zafiro viéndola fijamente. Había algo en su vista, algo que le hizo sentir nerviosa y que un extraño escalofrió recorriera toda su espalda.

A pesar de que su cuarto estaba en penumbras, la luz del baño se filtraba por la puerta iluminando ligeramente el lugar, haciéndole posible ver su rostro. Sus ojos parecían tener un brillo en ellos, uno que no podía describir pero que le hacía sentir su interior vibrar, sus labios estaban ligeramente abiertos y respiraba de forma irregular y pesada.

Se quedó petrificada, observando ese hermoso rostro con detenimiento. Sus ojos recorrían con lentitud cada centímetro de su sedosa piel, deleitando a sus pupilas con la imagen de ella, deteniéndose en sus labios que atraían su vista como si de un imán se tratase. Se veían tan suaves, apetecibles, tan deseables que, por un fugaz momento, la idea de acercarse y besarlos pasó por su mente. Estaba a punto de alejar su vista ante tal pensamiento, de terminar con eso de una vez, cuando vio como su lengua se asomó y lamió lentamente su labio inferior.

- Anna… - su voz sonaba ronca, en un tono bajo pero cargado de algo que Anna no entendía pero que hizo a su corazón comenzar a latir desbocado.

Sin más, se levantó de prisa y salió al pasillo quedando de pie ahí, dejando a la mayor en su cuarto sin decirle nada. Sentía sus manos temblar ligeramente, su cuerpo vibrar de pies a cabeza, su boca estaba extrañamente seca y su corazón parecía a punto de salirse de su pecho.

¿Qué diablos había sido eso? Nunca había visto a la Señorita Winters comportarse de esa forma, y mucho menos hablar con ese tono de voz tan… ¿suave? No sabía siquiera cómo nombrarlo, pero que claramente estaba ahí hace un momento. Hizo una mueca, dándose cuenta por primera vez de la incomodidad que tenía en su entrepierna. Bajó la vista, viendo como su pantalón formaba un notable bulto en esa área.

Maldita sea, ¿por qué ahora? No tenía tiempo para darse un baño en ese momento, y todavía faltaba que le entregara una camisa a su invitada para que pudiera dormir. No le tomó importancia, ignorando el dolor que sentía al moverse. Entró a la habitación de sus padres, caminando directo al armario para sacar la primera camisa que encontró.

Una vez en su posesión, regresó a su habitación con la vista clavada en el piso. Se encaminó a donde estaba sentada la mayor y solo le extendió la playera. Esperó unos segundos a que tomara la prenda, pero nada pasaba, hasta que unas frías manos la tomaron de la muñeca y la jalaron con fuerza.

Lo siguiente que supo es que estaba acostada en su cama, con la otra persona sentada en su regazo y besándola insistentemente. Sentía esos fríos labios moverse sobres los suyos, tratando de hacerle seguir su ritmo. Anna se quedó en blanco, parecía no entender que estaba pasando hasta que una mordida en su labio inferior y una lengua introduciéndose en su boca la hicieron reaccionar.

El sabor de menta combinado con el alcohol danzaba en su aliento. No, eso no estaba bien, no en el nivel de intoxicación que tenía. Sería estarse aprovechando de alguien que no tenía consciencia de lo que estaba haciendo, y más importante, de a quién se lo estaba haciendo.

Trató de quitársela de encima, de decirle que parara y se alejara, pero esos labios y lengua seguían demandando su atención. Dios, ¿cómo algo tan equivocado y prohibido podía sentirse tan bien? Escuchó como ahogaba un gemido en su boca al sentirla mover su cadera justo donde estaba el bulto en su pantalón.

No pudo aguantar más...

Respondió al beso con la misma ferocidad, saboreando de esos labios que minutos antes anhelaba por besar, entablando una batalla con su lengua en busca de dominar a la otra. Sus manos viajaron a su cuerpo, descubriendo su piel desnuda y sin rastro alguno del vestido.

Suavemente acarició su sedosa y blanquecina piel, rasguñándola ligeramente en el proceso, haciéndola erizarse bajo su tacto y un gemido gutural emerger de ella. Sonrió en el beso, no pudiendo evitar el sentir cierto grado de satisfacción con eso. No duró demasiado, ya que una fuerte embestida la hizo gemir a ella en su lugar.

Echó su cabeza hacia atrás, sujetándola de la cadera para aplicar más fuerza al movimiento. Escuchó una suave risa sobre ella al tiempo que mordía suavemente su cuello, haciéndola soltar un ligero jadeo. Sintió como se alejaba de ella lentamente, sus manos sobre su estomago de soporte.

Abrió poco a poco los ojos, sin saber cuándo exactamente los había cerrado, y su aliento escapó de sus pulmones ante la vista que presenció. Su maestra estaba sentada sobre ella, su cabello era una cascada de rubio platinado detrás de su espalda, con su labio inferior atrapado entre sus dientes y completamente desnuda de la cintura para arriba. No pudo más que admirarla, ver su pecho subir y bajar al ritmo de su respiración, esos erectos pezones clamando por ser atendidos.

Intentó tragar saliva, sintiendo de pronto su boca tan seca como un desierto. No sabía qué hacer, no sabía qué tenía que hacer a continuación, pero la molestia que anteriormente tenía ahora era insoportable. Su pantalón la estaba lastimando de tan apretado que estaba, dándose cuenta que su miembro estaba completamente erecto en su interior.

La vio sonreír, una sonrisa sensual y cargada de deseo en todo su esplendor. Agarró las manos que estaban en su cadera y comenzó a subirlas lentamente por su cuerpo. Anna respiraba agitada, su corazón latiendo a mil por hora y sus manos sentían una especie de hormigueo al deslizarse por su piel.

La fue guiando por su vientre, su cintura, sus costados hasta que las posicionó sobre su pecho, incitándola a dar un suave apretón que la hizo lanzar su cabeza hacia atrás y gemir en voz alta. Anna quedó maravillada de la textura bajo su palma; de lo suave, firmes y de buen tamaño que eran sus pechos. Los acarició lento, sintiendo como sus pezones giraban en la palma de su mano, para después darles un fuerte apretón.

- Ahh… Anna…

Gimió su nombre, como pidiéndole algo urgentemente, rogando por darle la ansiada liberación. Empezó a mover su cadera sobre la ropa, aplicando la fuerza necesaria mientras soltaba una serie de gemidos. Anna no pudo evitar que su cadera se moviera a su ritmo, aplicando la presión adecuada a sus pechos y pellizcando suavemente sus pezones.

Eso solo provocó que se moviera con mayor insistencia, expresando su placer al cielo mientras apretaba sus manos sobre las de Anna para aumentar la presión. Se movía con insistencia, con urgencia, con desespero hasta que, de pronto todo su cuerpo empezó a temblar quedándose completamente quieta en su regazo.

- ¡Oh Dios, Anna..! ¡ANNA!

Pasaron los segundos, viendo su cuerpo estremecerse de vez en cuando mientras disfruta de la euforia que cursaba su ser hasta que se acostó sobre el pecho de Anna, ocultando su rostro en su cuello respirando agitadamente, recuperándose de lo que pareció ser un orgasmo.

Estuvieron de esa forma, con la mayor descansando sobre su pecho y Anna sintiendo cada vez mas incomodidad y dolor en su entrepierna en aumento. Quería moverse, quería terminar con ese malestar que la estaba volviendo loca. Lo podía sentir palpitar, demandando ser liberado y terminar con lo que sea que deseara para saciarse.

- ¿M-miss? ¿Señorita Winters? – habló, en voz baja, tratando de hacerle saber lo que quería y que la sacara de su sufrimiento.

Pero toda la respuesta que obtuvo fue un suave ronquido cerca de su oído y la respiración cálida y lenta en contra de su cuello. Estaba dormida, se había quedado dormida justo después de su momento de libertad dejándola a ella con el asta en alto.

Gruñó un poco, resignándose a quedar a medias. Suavemente; la acostó en la cama, le puso la camisa y la acomodó para que siguiera durmiendo apropiadamente. Queriendo terminar con su sufrimiento lo más rápido posible, fue a su ropero y agarró lo primero que encontró para después entrar al baño.

Se desvistió a toda velocidad, queriendo finalizar con eso de una vez por todas. Abrió la regadera, sin molestarse a abrir el agua caliente y se metió bajo la lluvia de agua. Esperó; esperó varios minutos a que el agua fría hiciera su efecto de costumbre, pero al pasar 10 minutos y no ver ningún cambio, no le quedó de otra más que tomar acción.

Dudando, lo tomó entre su mano, sintiendo lo duro y caliente que estaba ante el tacto frío de su piel debido al agua que recorría su cuerpo. Lo sintió palpitar, su respiración siendo irregular y pesada por la simple acción. Comenzó a mover su mano, cerrando sus ojos para evitar ver lo que estaba haciendo, pero su mente se vio inundada de imágenes de su maestra.

De su piel, la forma en la que se movía encima suyo, de la forma tan sensual y erótica que sonaba su voz y esa forma tan demandante y llena de éxtasis en la que dijo su nombre al llegar al pináculo de placer.

Sus ojos estaban fuertemente cerrados, su mano moviéndose rápidamente mientras gemidos escapaban de su boca y una corriente eléctrica recorría todo su ser. No le tomó mucho tiempo terminar, estaba al límite antes de siquiera empezar a hacerlo. Con un gruñido, sintió su vientre contraerse y comenzar a liberar su excitación, liberando una gran cantidad de su esencia en el acto.

Continuó moviendo su mano, tratando de prolongar ese momento tanto como podía, disfrutando de ese fugaz instante en su vida en el cual no sintió ni pensó nada negativo de sí misma. Al estar completamente flácido, lo soltó, tratando de recuperar el aliento mientras se sujetaba a la pared. Sus piernas temblaban, todo su cuerpo se sentía extrañamente ligero y cansado al mismo tiempo.

Sabía lo que había hecho, no era estúpida en ese tema, pero era la primera vez en su vida que lo hacía sin sentir alguna clase de repudio hacia la acción y logrando llegar hasta el final. Por primera vez en mucho tiempo sintió que lo que había hecho estuvo bien; que no había nada malo en lo que acababa de experimentar y que era completamente natural.

Terminó de ducharse, se cambió a un short negro y playera del escudo de Superman y se fue a la sala. Miró el sillón, no queriendo realmente pasar el resto de la noche ahí pero no deseando regresar a su cuarto y que volviera a ocurrir lo mismo con su intoxicada visita. Suspiró resignada, entró a su cuarto por el vestido que estaba en el suelo y lavarlo, para después ir al cuarto de sus padres para tomar prestado una almohada y cobija.

Acomodó su improvisada cama lo mejor que pudo y se acostó en ella, con la idea de poder dormir un poco. Pasó sus brazos detrás de su cabeza y se quedó viendo el techo, analizando los eventos de hace unas horas. No comprendía qué había pasado en ella para haber reaccionado como lo hizo en el antro al verla en peligro, cuando la vio siendo forzada a algo que no quería hacer y haberlas llevado a lo que sucedido minutos atrás.

El simple hecho de ver las manos de ese hombre en ella, hizo que estallara alguna clase de bomba en su interior. El por qué la había llevado a su casa cuando bien pudieron haber ido a un motel con camas separadas y así cuidarla en un ambiente neutral para ambas. ¿Qué tenía ella que la hizo reaccionar de esa forma? ¿Qué la hizo hacer cosas a las cuales no estaba acostumbrada? ¿Qué había en esa mujer que su cuerpo rápidamente se adaptó a su toque como si lo estuviera anhelando toda su vida?

Anna se sentía… tranquila, inusualmente calmada. Sentía una clase de paz interior que no sabía que podía tener. Después de mucho tiempo, sentía su cuerpo liviano, como si le hubieran quitado un enorme peso de sus hombros que no sabía siquiera que estaba ahí. Cada fibra de su cuerpo vibraba por una corriente de entusiasmo y anticipación que no comprendía de dónde venía.

Intentó dormir, pero el sueño jamás llegó a su cuerpo y el sol ya se había alzado por el horizonte. No queriendo perder más el tiempo, y deseando descargar ese golpe de energía que poseía, se levantó a hacer el desayuno. Preparó lo que más le gustaba: hotcakes con chocolate caliente. Para cuando terminó, el sol se había movido bastante de su posición anterior, y su cuerpo aún vibraba de energía almacenada.

Se asomó en su cuarto, verificando que su maestra todavía estuviera dormida. Una vez confirmado eso, entró rápido y sacó su ropa de entrenamiento junto con sus vendas y bajó al gym. Se cambió de ropa, acomodó los guantes en sus manos, vendó sus pies para evitar alguna lesión y amarró su cabello en una coleta. Se tomó unos 5 minutos en calentar y estirar sus extremidades, teniendo especial cuidado para no desgarrarse algún músculo por error.

Terminado eso, se paró frente al saco de box. Cerró sus ojos, controlando su respiración y centrando su mente en lo que debía de hacer. Al abrirlos comenzó con su entrenamiento; puño, codo, patada, rodilla, repite.

Su mente estaba enfocada en sus movimientos, en cada golpe dado correctamente. Estaba en su punto, totalmente concentrada en su cuerpo, movimientos y respiración. Se sentía en su zona segura, en su hogar, al estar frente a ese saco de boxeo y liberar todos esos sentimientos reprimidos de su alma era por lo que esperaba todos los días.

Se detuvo por un momento, sintiendo sus músculos arder de esa forma que tanto le gustaba por el esfuerzo; su respiración era laboriosa mientras la adrenalina corría por sus venas. Intentó controlar su respiración de nuevo, con sus manos empuñadas en su costado y su vista clavada en el centro del saco.

En ese momento que tuvo de descanso, su mente viajó de nuevo a lo ocurrido en el antro, viendo como si estuviera pasando en ese instante la escena que la hizo enfurecer. De nuevo ese golpe de ira y furia explotó en su sistema, deseando con toda su alma haberle hecho sufrir mucho más que solamente un hombro dislocado y unos cuantos golpes. Volvió a lanzar los golpes a su objetivo, descargando ese torrencial de emociones que la embargaron de pronto. Hasta que un ruido a su espalda la hizo detenerse.

Al voltearse, se sorprendió de ver a la Señorita Winters acompañándola, imaginando que dormiría más por la cantidad de alcohol que debió haber consumido. Observó su rostro, sorprendiéndose al verla sonrojarse y sintiendo un cosquilleo recorrer su cuerpo cuando se dio cuenta que miraba cada parte de su cuerpo con una mirada parecida a la de horas atrás.

Cuando habló y le preguntó el motivo de su estancia ahí, Anna no podía creerlo, no podía creer que haya olvidado lo sucedido anoche. Trató de examinarla, averiguando si de verdad no recordaba lo que había pasado o solo estaba fingiendo demencia, pero no encontró nada que le hiciera pensar que estaba mintiendo. No respondió, no sabía realmente qué decir, así que su vista bajó al piso deteniéndose en su muñeca al notar una especie de moretón.

Tomó su mano sin pensarlo, sintiendo una descarga eléctrica recorrer su cuerpo con el simple roce de piel con piel pero hizo lo posible por no mostrar emoción alguna. Examinó de cerca la marca, no era nada que haya provocado alguna fractura pero si quedaría el moretón por un tiempo. Sutilmente acarició su piel, teniendo el deseo de poder tocarla con más libertad pero soltando su mano a regañadientes.

Después de decirle que había sido ella quien la cuidó y la trajo ahí, la guió de nuevo arriba para que pudieran desayunar lo que había preparado. Le indicó que tomara asiento mientras pasaba lo que hacía falta. Su cuerpo se erizó al escucharla soltar ese gemido de aprobación al probar el chocolate, haciendo que su mente volara a cuando había hecho exactamente el mismo sonido pero en diferentes situaciones.

Al escuchar su nombre, se le quedó viendo esperando a que continuara con lo que sea que iba a preguntar; explicándole lo que había pasado la noche anterior y la decisión inmediata que tomó para poder cuidar de ella. Vio como lentamente se formaba una pequeña sonrisa en su rostro, sus ojos mostrando gratitud por lo que había hecho y algo más, había algo que no supo nombrar en el fondo de esos ojos zafiro que le hicieron sentir cosquillas en el estómago.

La mano de la mayor sujetó la suya, tensando su cuerpo un momento por el repentino contacto. Su pulgar acariciaba lentamente sus nudillos, dándole esa mirada que hacía sentir su estómago un poco extraño. Estaba asombrada, su cuerpo parecía de verdad aceptar su toque, no tenía ese deseo casi desenfrenado de alejarla. Al contrario, parecía querer un poco más de esa delicada caricia. Sin pensarlo, dio la vuelta a su mano permitiéndose volver a sentir esa aterciopelada piel bajo su toque.

Después de eso, ella intentó sacarle plática, preguntando algunas cosas personales que no estaba preparada para responder. Dio respuestas cortas, no quería hacerla sentir ignorada pero tampoco respondería a lo que no quisiera hacerle saber. Al terminar el desayuno, la vio levantarse y tratar de juntar los platos, como algo automático de hacer para ella, pero Anna la detuvo para hacerlo ella misma.

Empezó a lavar los trastes, no sabiendo qué más hacer o decir. Estaba debatiéndose internamente entre qué hacer y el lavar el plato en su mano, cuando un frío toque en su espalda la hizo congelarse de todo movimiento. Se movía lentamente, delineando lo que sabía era el tatuaje en su espalda con la punta de sus dedos. Intentó controlar su respiración, pero un suspiro se escapó de sus labios cuando recorrió cierta parte de su espalda.

El toque tan suave y delicado con el que trazaba las líneas del tatuaje era algo nuevo para Anna. La escuchó preguntar por la rama, contestando con el nombre correcto de ese magnífico árbol japonés. Por un momento, no solamente sintió sus dedos en la espalda, sino que se había acercado lo suficiente para que su aliento golpeara su piel desnuda, provocándole escalofrió en esa área.

Pero todo se vio interrumpido cuando Kai apareció momentos después, haciendo las preguntas que no había considerado como contestar hasta ese momento. ¿Debía de mentir y ocultar su identidad? Parecía ser lo adecuado para no perjudicarla, pero no era la forma de pagarles por su amabilidad de todos esos años.

Recibió la respuesta que estaba imaginando, el tono de desaprobación era evidente en su voz al saber la identidad de la platinada, pero al escuchar los motivos de su presencia y el mandarle un mensaje discreto con la mirada, fue suficiente para que dejara el tema por ahora. Y como cualquier padre, no podía pasar la oportunidad de hacerla quedar en ridículo, más aún con ese comentario de ser abuelo.

La sangre subió tan rápido a su cabeza que le hizo sentir mareada, y todo lo que pudo hacer fue lanzarle un trapo con el que se estaba secando las manos. Sabía que le iba a preguntar por qué había dicho eso Kai, así que sacó el tema de su vestido ya limpio y fue a traerlo para que se lo pusiera. No tardó demasiado en cambiarse, ya con las zapatillas puestas y su cabello ligeramente acomodado.

Su aliento quedó atrapado en su garganta, al verla a plena luz del día con ese fantástico vestido. Vagamente recordó la forma en la que Kristoff la describió; como una diosa en presencia de simples mortales, con ese vestido acentuando las curvas de su cuerpo y el contraste tan perfecto que hacía el color con su tono de piel y su cabello siendo una cascada rubia platinada bailando en su espalda con cada paso que daba.

Estuvo por poco tiempo después de eso, agradeciéndole por lo de la noche anterior y por el desayuno. Anna solo asintió, acompañándola hasta su carro y después verla partir rumbo a su casa. Quedó viendo por donde se había ido el carro, aun cuando ya no se veía rastros de él a la distancia.

¿Qué debía de hacer a partir de ahora?

Entró de nuevo, buscando en su mochila su celular que desde anoche no lo había checado. Se asustó por un momento de la cantidad de mensajes sin leer y llamadas pérdidas que mostraba su pantalla de inicio. Los mensajes eran de Kai, diciéndole que Olaf estaba en el veterinario porque tenía algo atorado en la garganta mientras que las llamadas eran todas de Gerda.

Ahora sabía por qué nadie le dio la bienvenida anoche.

Iba a guardar de nuevo su celular cuando vibró en su mano en ese instante. Pensó en ignorarlo, pero se acordó de Olaf y nuevamente lo encendió, esperando leer buenas noticias de su querido amigo. Pero el mensaje no venía de Kai o Gerda, ocasionando que los vellos de su cuello se erizaran y sintiera sudor frío bajar por su espalda. Era un solo mensaje, una sola oración el que causó que de pronto se sintiera ansiosa.

Dragon:

Se acerca un evento importante la próxima semana, donde siempre.

¡Maldición! ¿Por qué ahora? ¿¡POR QUÉ PRECISAMENTE AHORA?! Pasó su mano por su cabello, sintiéndose como león enjaulado sin razón alguna. De pronto tuvo la sensación de las paredes de su cuarto empezar a cerrarse, disminuyendo el espacio y haciéndole sentir asfixiada en ese diminuto entorno. Debía de salir de ahí, tenía que despejar su mente antes de volver a destrozar otro saco de box.

Se arregló; poniéndose un pantalón de mezclilla rasgado, una camiseta blanca y un hoddie azul marino con el logo de un control de X-box al frente. Caminó por las calles de la ciudad, viendo a las personas ir y venir, cada quien en su asunto y solamente enfocados en su andar. Después de una caminata de 30 minutos, llegó a la dirección de la veterinaria que le había mandado Kai.

Entró a Veterinaria Grimm's, encontrando a una mujer quizá un poco mayor que ella, con una bata blanca y cargando un pequeño gatito en sus brazos. Su cabello negro llegaba a su barbilla, de tez clara y labios pintados de rojo.

Su gafete tenía escrito "Blanca Nieves" como nombre. Se acercó a ella y le preguntó por el estado de Olaf. Al parecer, debido a que había estado demasiado ocupada y no había tenido el tiempo suficiente para sacarlo a pasear, se había estresado y comenzó a mordisquear lo que tenía en su camino. Por suerte, llegaron justo a tiempo; de no haberse dado cuenta de su situación, se habría asfixiado.

Le agradeció a la veterinaria, preguntando si podía ver a su amigo por un rato, a lo que Dr. Nieves respondió que no habría ningún problema. Lo vio acostado en su transportadora, con un tubo en su brazo y sus platos de comida y agua a un lado. En cuanto la vio, comenzó a mover su cola pero no se levantó de su lugar.

Anna simplemente sonrió, regañándolo en voz baja por haberse comido lo que no debía y prometiéndole que lo sacaría a pasear en cuanto saliera de ahí. Estuvo con él, acariciando su cabeza y orejas, hablándole de cualquier cosa que le pasara por la mente; tratando de hacerlo sentir mejor y olvidara brevemente de las cosas.

Perdió la noción del tiempo ahí, solo fue consciente de que era tarde porque la veterinaria le dijo que estaban por cerrar y que debía de retirarse. No quería irse y dejar a su cachorro solo en ese lugar, pero la Dr. Nieves le aseguró que dentro de unos días estaría como nuevo y tendría el alta para regresar a casa.

De nuevo le agradeció por cuidar a su amigo y emprendió su camino de regreso. Al llegar, pudo notar las luces encendidas en el segundo piso, diciéndole que sus padres habían regresado. Subió las escaleras con calma, escuchándolos hablar y reír de algo como todos los días. Los saludó caminando a su cuarto, se sentía exhausta por la falta de sueño. Minutos después, unos suaves toques en su puerta llamaron su atención.

- ¿Anna? ¿Puedes venir a la sala un momento? – escuchó la voz de Gerda detrás de la puerta de su cuarto.

- En un momento iré.

Sus pasos alejándose fue su única confirmación de que la había escuchado. Se puso el primer pans y camiseta que encontró y salió para ver qué pasaba. Kai la estaba esperando sentado en el sillón, con una taza de café en sus manos, sonriendo cuando la vio aparecer por el pasillo.

- Ven, Anna. Siéntate conmigo. – dijo, palmeando al lado de él para que tomara asiento.

Anna obedeció, juntando sus manos, sintiéndose extrañamente nerviosa. Kai bebió de su taza, sin decir nada más, solo el ruido que se escuchaba en la cocina era todo lo que podías oír. Tomó la taza con ambas manos, bajando la mirada y viendo el contenido dentro cuando empezó a hablar. Hablaron, como lo hacían de vez en cuando, contando lo que habían hecho en su día.

La tensión que tenía al principio fue desapareciendo, remplazado por un aire relajado y familiar entre ellos; riendo y bromeando como lo habían hecho incontables veces desde que era una niña. Hasta que las risas lentamente pararon, dejándolos en un cómodo silencio que pronto se vio interrumpido por la voz de Kai.

- Dime realmente que estaba haciendo la Señorita Winters aquí anoche. – demandó con suavidad, aun cuando su voz sonaba calmada podía sentir el significado en esa oración.

- Te lo dije antes; hubo un problema en el antro y ella no podía estar sola en su estado de ebriedad, no sé dónde vive y la única opción en la que pensé fue en traerla aquí para cuidarla. – contestó, resumiendo la situación, procurando que tanto su voz como su expresión revelaran nada.

Lo escuchó murmurar bajo, como si estuviera analizando lo que acababa de escuchar con lo que presencio. Anna mantenía su vista clavada en sus manos entrelazadas, dándole tiempo a que estudiara la inusual situación que tuvo que pasar anoche. Por el rabillo del ojo lo vio alzar la vista, mirándola intensamente, estudiando su expresión para lo que tenía pensado decir.

- Anna, sabes que puedes contarme todo lo que quieras sin temor alguno, ¿verdad? – volvió a preguntar, sonando comprensivo y con algo de duda.

Anna sabía eso, sabía que podía contarle lo que sea a ellos sin tener miedo alguno de lo que podrían pensar o creer de ella. Sabía con certeza que, fuera lo que fuese que quisiera contarles, ellos seguirían amándola de la misma forma; que nada cambiaría sin importar lo que les contara. Pero hay ocasiones, momentos en la vida en los que sin importar que tan cercano o querido sea alguien, que uno guarda secretos que nadie imagina; secretos que nunca han visto la luz del día y que posiblemente jamás lo haría.

Este era uno de esos días.

- Lo sé, papá. – confirmó, con una pequeña sonrisa en el rostro, a la cual Kai devolvió.

- ¿Pasó algo entre la Señorita Winters y tu anoche? – y ahí estaba, la pregunta que estaba deseando jamás llegara.

Su mente regresó a lo sucedido anoche, a lo que había transcurrido entre ellas dos de forma tan inesperada y surrealista, que jamás en la vida creyó que sería la protagonista de tal situación de telenovela. Disimuladamente tragó saliva, cuadró sus hombros y miró de frente a su padre, intentando transmitir toda la seguridad que poseía en ella.

- Nada pasó entre ella y yo. – confirmó, asombrándose momentáneamente de que su voz sonara convincente cuando ella misma dudaba de ello.

Estaba analizando su rostro, buscando en lo más profundo de su mirada, asegurándose de que fuera cierto lo que ella acababa de proclamar en voz alta. Pasaron unos eternos segundos, hasta que pareció estar completamente convencido de lo que encontró en su rostro era la verdad de lo sucedido. Lo escuchó reír un poco, para después levantarse y revolver un poco su cabello con una sonrisa burlona en su rostro.

- Me sorprende que pudieras contenerte tanto. No cualquiera tiene ese poder de autocontrol al estar con una hermosa mujer en ese tipo de situación. De haber sido cualquier otra persona, hubiera tomado ventaja del momento. – se acercó un poco a su oído, susurrando lo siguiente. – Estoy orgulloso de ti.

Dicho eso, siguió su camino a la cocina, dejándola con una presión en el pecho por las palabras. No las merecía, no era merecedora de tal sentimiento. Había hecho justamente eso, se había aprovechado de alguien que no tenía control de su cuerpo ni su mente y había hecho algo horrible.

'Lo siento.'

Se levantó del sofá, deseándoles buenas noches a sus padres para ir a encerrarse en su cuarto. El resto del fin de semana fue lento, sintiendo cada vez más culpable por lo que había pasado y preocupación por la salud de Olaf. No había dormido bien, y el poco sueño que lograba conciliar estaba lleno de sueños donde su maestra era la protagonista principal. Donde ella no se quedaba dormida encima suyo, sino que su mente hacía volar su imaginación provocando que amaneciera con una erección y tuviera que encargarse de eso en su habitación.

El lunes llegó como siempre, iba y venía de sus clases como todos los días; nada nuevo en su rutina. Se tomaba su tiempo antes y después del gym, y como ya era habitual, llegó unos minutos tarde a la clase. Sin siquiera haber tocado la puerta para hacer saber su presencia, la maestra le hizo una seña con mano para que entrara, con su vista fija en los documentos de su escritorio.

La clase pasó extrañamente rápido, su vista se fijaba en ella de vez en cuando sin poder evitarlo. Sus ojos siendo atraídos por su presencia como imanes, hasta que de pronto ella anunció el final de la clase.

Anna tenía sus dudas de si recordaba o no. A algunas personas les pasa que, al tomar demasiado, no recuerdan mucho al día siguiente pero van recuperando conforme pasan los días. La observó un rato, viendo como respondía a lo que sea que sus compañeros le estuvieran preguntando. Y como si estuviera leyendo su mente, sus miradas se toparon por un momento, haciéndole sentir de nuevo esa sensación graciosa en el estómago.

Fue muy breve el encuentro de sus miradas, ya que ella rápidamente apartó la vista pero pudo ver claramente como su blanquecina piel se tintaba de rosa sobre sus mejillas. No comprendía, ¿había hecho algo para que apartara su vista? ¿Tenía alguna especie de resfriado? Después de todo, estaban a mediados de Octubre, la temperatura empieza a bajar poco a poco en el área.

Sintió su celular vibrar en su bolsillo, recordándole que tenía que ir al restaurante ese día. Guardó sus cosas y salió del salón dirigiéndose a la salida de la escuela. Una vez fuera, miró hacia el cielo, respirando profundamente ese fresco aire del lugar. Diciembre estaba a nada de llegar, las calles pronto estarían cubiertas de nieve blanca y podría jugar con Olaf sin problema.

Se colocó sus audífonos y dio "play" a su lista de reproducción, comenzando su camino hacia donde sabía estaba el restaurante, disfrutando de la canción y la letra que ahogaba el sonido externo. Y fue en ese momento que se dio cuenta de algo; estaban a mediados de octubre, lo que significaba una cosa para la escuela y sus alumnos.

- Halloween…