Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la historia.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor.

Hay OOC


17} LA CORSARIA Y LA DAMA


El carruaje dio una sacudida y a la mujer que iba en su interior se le escapó un bufido poco elegante. Uno de los muchos que había mascullado desde que su hijo se personase en Konoha Hill contándole lo que quería, y del tiempo que disponía para lograrlo. A partir de ahí, todo se había precipitado a la carrera. Se puso manos a la obra y dio órdenes para que le preparasen una bolsa de viaje con unos cuantos artículos de belleza, algunos productos de aseo y unas pocas joyas.

Luego, pidió que se reunieran con ella en el salón a su criada personal y al ayuda de cámara de Naruto, Lee, para que su hijo les explicase de qué iba todo aquel jaleo. Una vez al tanto, solo quedaba ponerse en marcha. Y ahora estaba allí, acercándose al puerto de Londres, después de haber soportado un trayecto infernal, dispuesta a conocer a una muchacha de la que poco o nada sabía.

Observó a su heredero con el ceño fruncido. Parecía nervioso y preocupado. También ella lo estaba, porque lo que le había contado él, como si se tratara de un folletín por entregas, aún la tenía confundida. Naruto le había hablado de un encargo real sin entrar en muchos detalles, y después se había referido a una joven y a una invitación de la reina Tsunade. Todo ello dándose vueltas por el salón. No había entendido gran cosa, salvo que su hijo se encontraba en un aprieto y necesitaba que la tal joven aprendiera modales para manejarse en palacio, y todo ello en pocos días.

No había pronunciado ni una palabra de sentimientos, pero lady Kushina conocía muy bien a su hijo. Demasiado bien. Si se tomaba tanto interés por una mujer era que debía haber amor por medio. ¿Se habría enamorado por fin? La embargó una súbita alegría, pero también le asaltaron las dudas. ¿Quién era esa joven? ¿Por qué era necesario enseñarla a comportarse? ¿Es que acaso se había encariñado de una casquivana?

—Necesito saber hasta qué punto es vulgar.

Naruto, sumido en sus pensamientos, miró a su madre y, a la defensiva, respondió:—¿Vulgar? ¿Qué quieres decir, madre?

—Es, ¿cómo decirlo?... ¿Es muy ordinaria esa joven?

—Es muy inteligente.

—¿En qué aspecto?

—Pues... —vaciló—, en todos. ¿Qué importancia tiene?

—Naruto, cariño. —Se inclinó un poco para tomar una de las manos masculinas entre las suyas—. No puedo hacer de una ramera una dama, de la noche a la mañana.

—No es una ramera, señora mía.

—Si entendí bien una ínfima parte de los pormenores que has tenido a bien contarme, se anda moviendo de puerto en puerto.

—También yo me muevo por ellos, madre. ¿Qué lugares piensas que frecuento cuando capitaneo uno de mis barcos o trabajo para la Corona?

—No hace falta que levantes la voz, Naruto.

—No lo estoy haciendo.

—Sí que lo haces.

Naruto suspiró y se echó hacia atrás, recostándose en el asiento. Cerró los ojos y miró en su interior para ver los de Hinata, acobardados por tener que acudir a presencia de Tsunade y su corte. Ella, a la que no le amedrentó batirse a muerte con Kashin o jugarse la vida por defender el barco de la Reina.

—Lo lamento. Y lamento haberte embarcado en esta locura, madre, pero es que para Hinata es muy importante.

—Y para ti, por lo que deduzco.

—Lo es. No sé si te he dicho que quiero a esa mujer.

—No, no lo has hecho, pero tampoco hace falta ser una lumbrera para intuirlo, hijo. —Le regaló una sonrisa condescendiente—. De acuerdo, veremos lo que se puede hacer con esa jovencita, aunque entenderás que, antes de conocerla, es difícil asegurarte nada.

—¿Habrá algo que no logre mi maravillosa madre?

—No me des coba, Naruto. Ni soy un hada madrina ni tengo varita mágica.

Naruto cambió de asiento para colocarse junto a ella y abrazarla por los hombros. Besó con cariño su cabello y afirmó, lisonjero:—Puede que carezcas de varita mágica, pero sí que eres un hada.

—No te creas que adulándome así las cosas van a ser de otra manera.

—Tú solo inténtalo. Por favor.

Lady Kushina pasó las yemas de sus dedos por el mentón de su hijo. Por supuesto que haría lo que fuera menester por él. Hasta sería capaz de convertir a una bruja en señorita, si ella había conseguido calentar el corazón de su heredero.

Hinata acudió a atender una llamada de la puerta, abrió y se topó con Naruto acompañado de una dama.

Lady Kushina la examinó de arriba abajo, discretamente, desde luego. No sabía exactamente lo que esperaba encontrar, pero sin duda no imaginó que fuera una muchacha de larga cabellera azulada, unos perlas grises en una cara preciosa que quitaban el aliento, de mirada quizá un tanto penetrante pero directa y afable, enmarcada toda ella en un cuerpo menudo y armonioso. Eso sí, enfundado lamentablemente en un vestido simplón al final de cuyo ruedo adivinó unas... ¿botas?

Era evidente que su aspecto era mejorable, a pesar de lo cual, lo primero que pensó la Condesa de Konoha es que había visto ese rostro con anterioridad. Acaso fuera solo una sensación, pero esos rasgos... Intentó hacer memoria, sin conseguir ubicarlos por más que se repitiera que ella había visto esos ojos antes.

Naruto instó a su madre a que pasara y Hinata se hizo a un lado un poco intimidada ante el porte señorial de la recién llegada.

—Hinata, ella es lady Kushina, Condesa de Konoha. Milady, esta preciosidad es la mujer a la que amo. Desde hoy y durante algunos días, vuestra pupila.

Ambas se estuvieron midiendo, expectantes y en silencio en esos primeros instantes, como si ninguna de las dos supiera qué decir, o no se decidiera a hacerlo. En el fondo, Hinata hubiera querido pedirle que se marchara, y de paso mandar a Naruto a freír gárgaras por ponerla en tal compromiso ante esa mujer. Era evidente que ella no podría acercarse, ni por asomo, a la clase que emanaba aquella dama que la observaba con el ceño ligeramente fruncido, pero de mirada gris violeta y abierta que transmitía confianza. Hizo una breve flexión de rodilla, lo mejor que pudo.

—Le agradezco que haya venido, madame.

La condesa estuvo encantada con su tono de voz, dulce y educado, nada estridente. No era mal comienzo. Si sus modales se aproximaban una décima parte a lo que se apreciaba de inicio, no iba a ser demasiado complicado conseguir su objetivo. Se volvió hacia su hijo, lo empujó hacia la puerta y ordenó:—Déjanos a solas.

—Si puedo ayudar...

—No puedes. Hinata y yo... Puedo llamarte Hinata, ¿no es así?

—Sí, milady.

—Bien. Pues tú y yo vamos a tener una pequeña charla. Adiós, Naruto.

—Pero...

—¡Adiós! —Le cerró la puerta en las narices, dejándole en el pasillo.

Sentada ya frente a lady Kushina, Hinata trataba de controlar sus nervios. Con las rodillas unidas y las manos fuertemente entrelazadas sobre ellas, apenas se atrevía a enfrentar su mirada. Sabía que estaba siendo evaluada, como si de una yegua se tratara; se sentía de una parte irritada y de otra, vulnerable. Pero era inevitable que la condesa se tomara un tiempo para conocerla.

—Cuéntame algo sobre ti, Hinata.

—¿Cómo debo llamarla, señora?

—Kushina es mi nombre.

—Pero Naruto os presentó como condesa y yo...

—Naruto habla más de la cuenta la mayoría de las veces. Si vamos a convivir durante unos días, y estás a todas horas llamándose señora, condesa, o milady, no conseguiremos establecer un mínimo de naturalidad entre nosotras, ¿no crees? —Le sonrió dulcemente—. Kushina estará bien. Y ahora, dime, ¿estás dispuesta a seguir mis consejos, aunque te incomoden?

—Sí, señora.

—Naruto me ha dicho que de aquí a pocos días debéis presentaros ante nuestra soberana.

—Tenemos una invitación, en efecto. Milady, perdonad: ¿conocéis mucho a Naruto?

—Así es. —Pasó por alto el trato, creyendo entrever una punta de celos en la pregunta de la joven—. Se puede decir que le conozco desde que nació.

—Comprendo. Me dijo que vos erais su mejor amiga.

—¡Vaya! —Soltó una carcajada— Me alegra escucharlo. ¿Y qué hay en cuanto a tu relación con él, Hinata?

—Lo amo, señora.

Se distendieron los labios de la dama en una sonrisa plenamente satisfecha por tan rotunda afirmación. Pero no todo era tan sencillo como que ambos declarasen su amor. Ni mucho menos. Había vallas que saltar, barreras que sortear. Naruto ostentaba un apellido ilustre y un título que entroncaba con antepasados de una nobleza de siglos, emparentados con la realeza, hasta el punto que ella misma guardaba un lejano vínculo de consanguinidad con la mismísima reina de Inglaterra.

Por tanto, imaginar a aquella muchacha casándose con su hijo, con el Conde de Konoha era, además de una chifladura, una estupidez inasumible. No pertenecía a su clase. ¡Dónde se había visto que una mujer de la plebe se pudiera unir a un conde! Sabía que a su hijo le importaban bastante poco las normas sociales, y a ella le sucedía otro tanto; si había que sacar los pies del tiesto, se sacaban. Hasta Su Majestad lo hacía en según qué ocasiones. Pero de ahí a permitir una unión de semejantes características, había una distancia insalvable.

Porque, aun en el caso de que ella, como madre, no pusiese impedimentos y diese su bendición, y Naruto se saltase todos los convencionalismos sociales, Tsunade no permitiría que uno de sus nobles y hombre de su plena confianza se desposara con una plebeya.

Dejando a un lado sus cavilaciones le pidió a Hinata que le narrase, a grandes rasgos, los orígenes de los que provenía, que le confiase algunas facetas de su vida, su instrucción y sus conocimientos. Mientras la escuchaba, observaba el movimiento de sus manos, su actitud corporal, el modo en que se expresaba. Por supuesto, había mucho que pulir, pero cuando Hinata acabó, Lady Kushina tenía claro que se encontraba ante una mujer que carecía de los modales requeridos para la ocasión encomendada, pero también ante una mujer inteligente, con base cultural y sagaz. Se trataba, pues, de adecuar todo ello a una disciplina que requería del refinamiento, la cortesía y la elegancia que se le suponen a cierta clase de señoritas.

—Aquí poco podemos hacer, Hinata. Ni es lugar adecuado, ni dispongo de los medios a los que te tienes que habituar ni contamos con los espacios idóneos. Te propongo que nos traslademos a mi casa.

—No quiero ser una carga, señora.

—Tonterías. No te preocupes por eso. Necesitamos un arreglo de ese cabello, purificar la piel de tus manos y suavizar ese cutis. Entenderás que no puedo instalar en esta posada a mi criada personal, así que poco más hay que hablar. Mete en una bolsa lo que creas que vas a necesitar y apurémonos, que el tiempo apremia.

—Si así lo queréis, milady...

Anochecía y sobre Londres seguía lloviendo, una lluvia fina, que no molestaba, pero que no parecía tener fin. El carruaje frenó ante una mansión de planta rectangular en piedra rojiza, de dos alturas, tejados de pizarra negra y ventanales alargados, circunvalada toda ella por un jardín no demasiado grande, abrazado el conjunto por una cancela forjada.

A Hinata le gustó su sobriedad. No esperó para abrir la puerta y saltar a tierra.

—Lección número uno: una dama espera a que le abran la puerta y le ofrezcan la mano para apearse. —Escuchó la suave recriminación de lady Kushina mientras tendía, precisamente, su mano a un lacayo, a quien agradecía con su mejor sonrisa la gentileza, protegiéndose de inmediato bajo el paraguas que él sostenía.

—Lo siento. Pero es que me parece un absurdo si puedo bajar yo sola.

—Incluso así.

—Disculpad —se excusó con el criado, quien le correspondió con una inclinación de cabeza y la miró con simpatía.

Se accedía a la casa por un caminito que serpenteaba desde la verja de entrada, flanqueado por macizos de flores, de boj y aligustres recortados con esmero.

—A Naruto le gustaría esta casa.

—Naruto ya la conoce.

—¡Ah! Sí, claro.

Lee llegó tras ellas con el equipaje, que dejó en el hall de entrada, intercambiando una mirada significativa con la condesa de la que la joven no se percató.

A Hinata se le abrieron los ojos como platos ante lo que se encontró. Desde el hall, un espacio ovalado de brillantes suelos de mármol blanco y negro, se abría, alfombrada en rojo, una escalera amplia en cuyas paredes una serie de retratos de porte regio, que debían de ser de antepasados, parecían darle la bienvenida. Desde las lámparas se expandía una luz dorada que arrancaba centelleos a la pareja de figuras de bronce que hacían guardia, una a cada lado, al inicio de la escalinata.

—En el cuarto azul, Lee.

—Sí, milady.

Hinata siguió a aquel personaje que portaba sus pertenencias, escaleras arriba, sin dejar de observar todo a su paso. Se adentraron por una galería y el criado accionó el picaporte de una puerta, cediéndole el paso. Depositó el petate sobre una amplia cama y ella se dio una vuelta por la habitación mirándolo todo. Nunca había estado en un cuarto semejante, elegante y a la vez hogareño. Una mullida alfombra cubría casi por completo las baldosas del suelo, armonizando con las cortinas, los cojines y la tapicería de los sillones. Por entre los visillos, descorridos, verdeaba una parte del jardín.

—Nos hemos permitido prepararle el baño, señorita. Detrás del biombo.

Por un momento, se encontró fuera de lugar, incluso avergonzada. Hasta el criado de lady Kushina parecía un caballero, de tal forma que, de no saber que era precisamente eso, un sirviente, casi se sentía tentada de pedirle permiso para hablar. Desde luego, aquel no era su mundo.

—Gracias, señor...

—Mi nombre es Lee, señorita. Si necesita alguna cosa, tire del cordón que hay junto al cabecero de la cama.

—Gracias —repitió.

Bajó Lee al gabinete, donde le esperaba Lady Kushina. Se quedó de pie, a la entrada, con las manos cruzadas a la espalda.

—¿Te has encargado de dar permiso a los del servicio?

—Como el conde ordenó, milady. En casa solo quedamos su ayudante personal y yo. Bueno... Me he permitido no incluir en la salida a Linda, la cocinera, aleccionándola, sin duda, sobre la... farsa. Pero si vos, milady, lo deseáis...

—No, no. Has hecho bien. Pero recuerda: ninguno de los tres ha de abrir la boca. Cuando Naruto se presente aquí, será solamente un amigo. Ni se os ocurra llamarle milord o cosa similar, únicamente señor Naruto.

—Por supuesto, milady.

—Bien. Porque si todo este jaleo sale mal, vamos a tener problemas. Gracias, Lee, puedes retirarte.

Él, sin embargo, remiso a abandonar el gabinete, aun comentó:—Milady... Esperemos que funcione, aunque no sé si actuamos correctamente.

—¡Que me aspen si yo lo sé!

—Si me es permitido decirlo, me parece una locura.

—Por una vez estamos de acuerdo.

—Tampoco sé si milord ha calibrado las consecuencias.

—Mucho me temo que no. Está enamorado.

Lee se retiró dejando a la condesa a solas.

En Lady Kushina se manifestaba cierta irritación por el hecho de haberse dejado embaucar por su hijo para cooperar en esta comedia, aunque, por otro lado, consideraba que no dejaba de ser un reto que se le antojaba atractivo. Hacía mucho tiempo que nada la motivaba demasiado, empezaba a estar hastiada de las reuniones sociales a las que se veía obligada a acudir y su vida se había convertido en pura monotonía.

Bueno. Habría que refinar un poco a Hinata Hyuga en un período muy corto, lo que ya era un aliciente y, en el peor de los casos, no dejaba de ser, cuando menos, una distracción a la que no pensaba renunciar. Ya vería, después, la mejor forma de quitar a Naruto a la muchacha de la cabeza. Porque no era una mujer para él.

Durante los siguientes días no hubo descanso ni para Hinata ni para la condesa, que finalizaban sus jornadas rendidas por la reiteración de sesiones de protocolo, formalidades, apariencia personal y pruebas de vestuario.

La joven, que desde que pusiese los pies en esa casa fue accediendo a un mundo en el que el valor de la apariencia no era un aliciente sino un objetivo, se fue apercibiendo de los cambios que, poco a poco, se iban produciendo en su persona.

Se tuvo que poner en manos de Julia, que resultó ser la criada personal de lady Kushina, quien la traía de cabeza obligándola diariamente a meterse en una tina de agua caliente, frotando luego su cuerpo con cremas olorosas, aplicándole un potingue pringoso y desagradable en rostro, cuello y hombros antes de irse a la cama. Cepillaba sus cabellos un millar de veces y hacía que metiera las manos en agua jabonosa hasta que la piel se quedaba arrugada. No obstante, reconocía que se gustaba mirándose de cuerpo entero, a solas, en el espejo de su habitación.

En otras ocasiones eran las pruebas para la confección de sus vestidos, acosada y manoseada por una mujer y su ayudante, que se pasaban horas enteras probando sobre ella telas y telas, eso sí, preciosas, que aplicaban a su talle ajustándolas con alfileres por aquí y por allá.

Aquella noche en concreto, tras una tarde interminable poniéndose y quitándose los vestidos nuevos, una cena frugal y el correspondiente cepillado del pelo, Hinata estaba rendida. Apenas apoyar la cabeza en la almohada se quedó dormida.

No era esa la situación de la condesa, que solicitó de Lee le fuera servida una copa de brandy en su gabinete. Los nervios no la dejaban descansar, lo que la llevaba a desvelarse. Y no había otra razón que Hinata. Se acercaba el día de su presentación en la Corte y, si bien era cierto que había una diferencia notable entre la muchacha que le fue presentada unos días atrás y la mujer actual, no acababa de sentirse satisfecha del todo. Así pues, para relajarse un poco y aunque no era su costumbre, pensó que le vendría bien una copa.

Se la llevó a los labios, bebió despacio, cerró los ojos y echó hacia atrás la cabeza para que reposara en el respaldo del sillón. Solo permaneció así unos pocos minutos, los que tardó en irrumpir en su quietud el causante de todos sus desvelos: su hijo Naruto.

A este no se le pasó por alto el ceño fruncido de su progenitora. La besó cariñoso en la frente, pero en guardia.

—Siéntate. ¿Quieres beber algo?

—No sabía que te gustara hacerlo a ti.

—Últimamente, sí —repuso ella con cierto soniquete.

Naruto se sentó frente a ella con semblante risueño para no enturbiar aún más sus ánimos.

—¿Cómo van las cosas, madre?

—¿Qué tienes pensado respecto a esa jovencita cuando acabe todo esto, muchacho? —preguntó ella a su vez, sin rodeos.

Naruto la conocía muy bien y supo enseguida por dónde discurrían las cavilaciones de su madre. Se levantó y se sirvió la copa ofrecida meditando, entretanto, la respuesta que debía darle porque ella, naturalmente, habría estado evaluando todos los inconvenientes de su unión con Hinata. Pero no estaba dispuesto a ceder ni un palmo.

—La amo, ya te lo dije. Quiero casarme con ella.

—Tú sabes que no es tan simple.

—Antes de que me largues una perorata sobre el ejercicio de mi responsabilidad, los deberes de mi posición y el legado de mi título, que dicho sea de paso a nada va a conducirnos —la cortó—, déjame que te diga algo, madre: estoy seguro de lo que hago. Absolutamente. Nunca he estado tan seguro de lo que quiero. A decir verdad, ahora mismo estoy dispuesto a saltarme todos los convencionalismos sociales, incluido el de nuestra soberana, si ellos son un obstáculo por la procedencia de Hinata o por el modo en que se ha ganado la vida hasta ahora.

—¡Una corsaria, por el amor de Dios!

—Una corsaria, sí. Y no me importa. Lo que de verdad me importa es que quiero hacerla mi esposa.

Lady Kushina lo escuchaba con los ojos entrecerrados.

—¿Lo sabe ella?

—Si sabe, ¿qué?

—Tus intenciones y, sobre todo, quién eres y qué haces.

—Le he hablado de mis intenciones, sí, aunque no he encontrado el momento de hablarle sobre mí. Le propuse casarme con ella.

—Y ¿qué te contestó?

—Bueno... Hemos pasado un tiempo juntos y hemos hecho el amor.

—¡Naruto Uzumaki! ¡Eso no es manera de hablarle a tu madre!

Ante la explosión escandalizada de la dama, Naruto se levantó y se acabó la bebida de un trago.

—Madre, lo siento, no pretendía ofenderte, solo ponerte al tanto de mis sentimientos. No sé cómo ha sido, pero me he enamorado y no quiero renunciar a ella —confesó, sirviéndose otra generosa cantidad de brandy.

—Beber no va a solucionar nuestro problema.

—Lo sé, pero necesito calmar mis nervios.

—Bien, pues empieza por contármelo todo desde el principio, si no te importa —le azuzó—, porque no sé nada, estoy a oscuras sobre cómo has llegado a esta situación.

Él asintió. Le había dado muy escasas explicaciones, por no decir ninguna, se había limitado a vaguedades para que le ayudara a salir del atolladero, pero no se había sincerado con ella.

—Voy a resumírtelo porque es sencillo: los barcos ingleses han estado siendo atacados, abordados y sus mercancías robadas, con el consiguiente coste en propiedades y vidas. La Reina tenía información que situaba en el punto de mira de estos desmanes a un tal capitán Hyuga. Mi misión consistía en descubrir al traidor y arrestarlo. Pero Hyuga resultó ser Hinata y me atrajo desde la primera vez que la vi. ¡No pongas esa cara, madre! ¿Acaso no querías que sentara la cabeza de una vez y le diera un heredero al condado?

—No casándote con una corsaria ¡por la memoria de todos nuestros antepasados, Naruto! Y en el colmo de tus despropósitos, nada menos que con una presunta traidora a Inglaterra.

—Hinata nunca fue culpable. Se enfrentó valientemente a quienes intentaban abordar la nave de Tsunade y al hombre que había tomado su nombre para realizar las fechorías. El causante de todo murió a mis manos.

—Así que, además, mataste a un hombre por ella.

—Con inmenso placer, madre —repuso.

—Ya veo. O sea, te jugaste la vida por esa muchacha —dijo, con un punto de voz más elevado de lo usual, súbitamente enervada por el riesgo que había corrido su hijo.

—Lo haría mil veces si fuera necesario.

Lady Kushina supo que la conversación, en ese punto, ya no tenía recorrido: Naruto estaba enamorado hasta las cejas. Si se oponía a él abiertamente solo conseguiría que se enconara aún más lo que podía ser solo un capricho. Aparentaría que cedía y, si como ella creía, era tan solo un romance pasajero, él acabaría por darse cuenta de que ese matrimonio no le convenía.

No obstante, no quiso callarse una consideración más y así se lo expuso:

—¿Has pensado que es muy posible que cuando ella sepa que la has estado engañando, y conozca tu verdadera identidad, no quiera saber nada de ti? Porque carácter no le falta. Ve con cuidado, no vaya a ser que sea ella quien se quiera tomar su revancha.

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Continuará...