FLEUR DELACOUR

SUSPIRO


Bill acaricia la mejilla de su prometida. Le ha repetido cientos de veces que no pasa nada, pero allí, con la radio encendida, pendientes de cualquier noticia, hasta el mayor de los hermanos Weasley está jodidamente preocupado.

—Les han concedido la vista, mon amour —pronuncia él, con su patoso francés—. Además ellos…

—Oui, oui. Lo tienen todo controlado —interrumpe ella, con su temperamento habitual—. Lo sé. No haces otra cosa que repetirlo. Pero no parece que sea así.

Fleur suelta un suspiro y se levanta de la cama. Bill decide no presionar más. Sabe que, por muchas caras largas que les ponga, guarda un cariño especial a los gemelos.

Al fin y al cabo, de no ser por ellos, la pareja nunca hubiera existido.

En eso piensa la semiveela cuando se atusa en el tocador. En sus estúpidas apuestas durante el Torneo de los Tres Magos y el desparpajo con el que la rodearon antes de la tercera y última prueba y le señalaron la cabeza pelirroja de su hermano entre toda la multitud.

«Ha apostado por ti», dijo uno de ellos. «Y se acaba de quedar soltero».

«Pero no creo que dure mucho, así que yo aprovechaba.»

Y, aunque en un principio no hizo caso ninguno a las tontas palabras de los gemelos, sí le dejó su dirección antes de marcharse.

La radio interrumpe sus recuerdos y le traslada de nuevo al mundo real.

«Última noticia sobre el caso de Fred y George Weasley: Volverán mañana para seguir testificando.»