DEVOTO AMOR

Nota aclaratoria. Todos los personajes del anime y el manga de Candy Candy no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki, de Yumiko Igarashi quien con su arte los plasmo en papel y de Toi Animation Co. Que llevo la serie a la televisión.

Chicas esta historia es de mis primeras. No está editada. Agradezco a todas por su lectura. Subiré 5 capítulos diarios. También estará en Wattpad. Allá podré ponerle música.

Saludos!

Moon.

Capítulo 19

Todos corrieron de inmediato en su auxilio. Todos menos Albert, quien encolerizado, después de observar el llanto de su casi esposa, se dirigió a todos con su voz enérgica, tratando de controlar su cólera.

-¡Salgan todos por favor!

Ninguno se atrevió a decir nada, pues aquella voz que escuchaban era realmente imponente, así que, poco a poco fueron dejando vacía la habitación, pero cuando George estaba por salir éste le dijo.

-¿Eso que traes ahí es la "llave maestra"?.

-Si William.

-Dámela por favor –Dijo extendiendo su mano-

El francés con su rostro consternado, hizo lo que le pidió y después, silenciosamente se retiró de la alcoba cerrando la puerta tras de sí.

Entonces Albert, dando pequeños golpes con la llave sobre su mano, miró desafiante a la anciana y le dijo.

-¿Entonces tía…?

Ella, lo miraba orgullosa y altanera. Estaba segura que William quería una disculpa y ese placer jamás se lo regalaría. Lo que pensaba de la pérfida huérfana era cierto y nada la haría cambiar de parecer. Ella era "Elroy Andrew" la matriarca del clan y nunca se doblegaría ante nadie. Así que siguiendo en su postura, como si el rubio fuera un chiquillo le impuso sus palabras, mientras tomaba un abanico que estaba sobre la cómoda y comenzaba a caminar hasta quedar de espaldas a su gran ventanal.

-Por favor William… ya estas bastante grandecito para éstas tonterías. Esto es un capricho que has llevado demasiado lejos. Mira, no puedo negar que la huérfana no es fea, es más, si quisieras, sabes perfectamente que la podrías mantener en secreto como tu amante, pero abre los ojos, ella no vale nada. Sólo ocupa lo que necesites y luego de que te aburras déjala. –Dijo entre soberbia y empática, tratando de "entender" su obsesión, pero nada más-

Evidentemente enojado por aquellas hirientes palabras, Albert le contestó alzando su voz, tan autoritaria como podía llegar a ser.

-¡Hasta aquí llegó mi paciencia tía!. No hubiera querido tener que hacer esto, pero usted me obligó con su estúpido orgullo y su soberbia… –Habló mientras con fuerza apretaba la llave con su mano-

En ese momento, fue la primera vez que Elroy Andrew temió por alguna de las consecuencias de sus actos, pues observó claramente lo que su sobrino pretendía hacer. Entonces le espetó demandante.

-¡No te atreverías a encerarme!. ¡Estoy en mi casa, no tienes ningún derecho!

-Se equivoca querida tía… -Contestó mirándola fríamente y con sus palabras cargadas de seguridad- Esta es MI CASA y por lo tanto hago con ella lo que me plazca y como veo que usted no entiende de razones, ni por las buenas ni por las malas…

-¡No William por favor!. Sabes que no soporto estar limitada. –Dijo creyendo que sus palabras ablandarían el proceder del rubio-

-Pues es mejor que se acostumbre –Dijo triunfante-

Iba a dar un paso, cuando vio como la anciana se acercó lo más rápido que pudo hacia a él. Estaba furiosa. Sabía que seguramente alguna otra tontería saldría de su boca, pero no fue así, pues cuando "madame" estuvo lo suficientemente cerca, sólo sintió una fuerte bofetada en su rostro mientras le reclamaba.

-¡Eres un desagradecido!. Mira que humillarme de ésta manera. Si pretendes que me quede aquí para presenciar tu ridícula boda desde mi ventana, estás loco. Jamás aceptaré a "esa" en mi familia.

Albert la miraba fijamente y tallando un poco su enrojecida mejilla le contestó.

-Pues es una lástima… porque si no lo hace va a perderse del nacimiento de cada uno de mis hijos, porque si no cambia de actitud, no permitiré que vuelva a poner un pie en mi casa, ya lo sabe.

-Ni falta que me hace, para eso tengo mi fortuna personal y puedo vivir en la mansión de Escocia lo que me reste de vida. –Le contestó increíblemente altanera-

El con una sonrisa le dijo.

-Le informo tía, que eso no va a suceder, pues yo jamás lo permitiré.

Ella viéndolo como bicho raro, lo repasó con la mirada mientras se abanicaba. Luego le contestó.

-En verdad que has perdido el juicio William. Yo puedo hacer lo que me plazca. Siempre lo he hecho y nada ha de cambiar. –sentenció-

Albert suspiró pesadamente.

-Se equivoca de nuevo tía.

Dijo caminando ahora hacia el ventanal. Sus palabras salieron impasibles, con la lentitud de alguien que está por dictaminar una sentencia. Permaneciendo en silencio por algunos instantes. Así que después de momento de admirar lo bello que se encontraba el jardín dispuesto para su enlace, prosiguió.

-Permítame explicarle… En primer lugar, usted no puede irse a vivir lo que le reste de vida a la mansión de Escocia, porque ese lugar es mi herencia y aunque siempre he compartido todas las propiedades con la familia, bien sabe que TODO, ABSOLUTAMENTE TODO –Dijo casi deletreando su oración- me pertenece, por lo tanto, yo no autorizo que usted la habite y en segundo lugar, aunque lo hiciera no puedo mandarla tan lejos. –Dijo pensativo-.

Entonces ella lo interrumpió, mientras abría increíblemente sus ojos casi desorbitados de la impresión, pues recién cayó en cuenta de la verdad en sus palabras. Pero orgullosa como siempre le contestó.

-Pues no me importa, compraré cualquier otra propiedad pero jamás me obligarás a quedarme.

Albert dio la vuelta lentamente, respiró pesadamente, pero con esa indiferencia que es característica de una persona que se encuentra harta de otra, prosiguió con su explicación, mirándola serio y frío, con su ceño ligeramente fruncido y con sus manos dentro de los bolsillos de su pantalón, con esa presencia y autoridad que imponía su alta estatura y su gallardía.

-Cómo le decía. –Dijo ignorando por completo el anterior comentario de la anciana- En segundo lugar, no puedo mandarla tan lejos, porque muy a pesar de todo lo que usted posee, se le ha olvidado un pequeño detalle tía.

Ella desesperada como siempre lo volvió a interrumpir.

-¡Estas loco!. Mejor vete a consolar a tu estúpido remedo de novia y déjame en paz. A mi no puedes hacerme nada, soy la matriarca del clan y lo sabes perfectamente.

El caminó lentamente hasta la pequeña salita. Sabía que sólo desperdiciaría tiempo gritando como ella lo estaba haciendo, pues de igual manera, sus decisiones eran irrevocables. Entonces, después de tomar asiento en el mullido sofá, tranquilamente prosiguió mientras acomodaba su brazo por encima del respaldo de madera y la miraba un tanto nostálgico.

-Tía… ¿Recuerda cuando me mantuvo oculto durante toda mi niñez y parte de mi adolescencia?

Ella le dio una mirada desconcertada y con su cara desencajada le preguntó tan harta como estaba.

-¡Por amor de Dios William!. ¿Eso que tiene que ver ahora?

Ladeando su cabeza le espetó tranquilo.

-Contésteme tía…

Al no quedarle otro remedio así lo hizo.

-Claro que lo recuerdo, pero ya te he explicado mil veces que hice lo que creí correcto por proteger a la familia.

Albert, la miró de arriba abajo y le contestó.

-No tía, no se equivoque. Eso me lo creía hace muchos años, pero ahora que soy un hombre adulto, entendí a la perfección que bien pudo buscar otra solución pero no fue así, como bien dice "hizo lo que creyó correcto", pero aunque hubiera sido por la familia, lo que le permitió cometer semejante atrocidad con un niño, no fue eso.

-No te entiendo William. –Dijo abanicándose, pues aquella mujer que se encontraba recargada sobre su cómoda, de pronto sentía que todo el poder de su sobrino caería sobre ella-

-Lo sabe perfectamente. Usted hizo todo cuanto quiso conmigo porque era mi "tutora" y tenía todo el derecho de mandar sobre mi persona. Pues bien… le recuerdo todo esto porque la vida da muchas vueltas…

-¡William por favor explícate porque no entiendo a qué quieres llegar! –Dijo demandante, mientras continuaba moviendo el abanico que no suministraba todo el aire que hubiera querido la mujer-

Albert aclaró un poco su garganta y continuó.

-Ya que veo que no entiende lo que estoy tratando de explicarle, le voy a recordar, puesto que veo que solamente leyó lo que le convino del testamento que dejó mi padre al morir.

Elroy en ese momento, trataba de recordar el ajado documento que se encontraba guardado en la caja fuerte y al repasar en su mente a qué se refería su sobrino, aturdida por el momento, le contestó.

-¡Manda por el en éste momento, a mi no me vas a engañar!.

-Antes que nada trate de calmarse. Le pido que no me grite, pues yo no lo estoy haciendo.

Ella iba a gritarle algo pero el rubio le advirtió en un tono más autoritario.

-He dicho que se calme o todo podría ser peor…

Cuando observó que la anciana se mantuvo callada, continuó, mientras un ligero placer se instalaba momentáneamente en su corazón por verla de aquella acorralada manera.

-Así está mejor… Mire tía –Dijo cruzando una pierna- no pienso mandar a traer el testamento de mi padre porque ahora me lo sé de memoria. Lo leí hasta grabármelo en mi cabeza algunas semanas antes de tomar la decisión de que se fuera. Pero como le decía… no puede irse a ningún lado, porque como usted en el pasado hizo conmigo, ahora los papeles se revierten, pues al cumplir sesenta años y entrar en la tercera edad, dejo de tener la libertad para tomar decisiones de peso en su vida. –Terminó tranquilo-

Elroy más que espantada por aquellas palabras le preguntó.

-¿De qué hablas?

Moviendo la cabeza en negación le respondió.

-Ay tía… tía… Usted sólo recuerda lo que le conviene. Pero yo le voy a ayudar –Comentó, mientras con su mano libre acomodaba su cabello, como si no estuviera hablando de algo tan importante- Mi padre en su testamento dejó muy claro que al convertirme en patriarca, velara por el "bienestar de la familia" y que cuando usted ya no contara con las facultades mentales adecuadas para manejar "sus asuntos", yo me convirtiera en su "apoderado legal". Pues bien, le informo que eso ya sucedido desde que partió a New York. Realmente no tengo la intención de saber a quién tuvo que chantajear para que me informaran que había abordado el trasatlántico a Escocia y aunque confieso que me descuidé en eso pensando ingenuamente que acataría mis órdenes, jamás volverá a pasar, pues usted no puede gastar un solo centavo sin mi autorización. –Terminó de hablar con un alivio recorriéndole el pecho-

Elroy Andrew no podía creer aquello, pues realmente no recordaba nada de eso estipulado en el testamento de su hermano.

-Tengo que verlo… -Dijo casi en un susurro y con sus manos temblorosas que ahora sostenían el abanico cerrado.

-Ya le dije que eso no será posible. Pero después puedo mandarle una copia su gusta.

-¿Mandarme? –Dijo molesta de nuevo- ¿Es que acaso siegues empeñado en enviarme a vivir a ese asqueroso pueblo de pescadores?

-No tía. –fue su seca respuesta-

Ella pensando que un rayo de cordura había caído sobre el rubio le respondió más calmada.

-Qué bueno que recapacitaste hijo…

-Perdón, no me supe explicar bien… -Se corrigió- Lo que realmente quise decir, es que no la enviaré a St. Abbs sino que daré órdenes para que mañana mismo la internen en una "casa para adultos mayores". –Soltó sin más-

Por obvias razones la anciana se descolocó, gritándole.

-¿Pero qué te pasa?. ¡Te volviste loco!. ¿Cómo te atreves a encerrarme en un lugar como esos?.

El levantándose, caminó los escasos metros que lo separaban de la anciana y le dijo decidido y enérgico, pues aunque trató de mantener la calma, la anciana lograba llegar al límite de su paciencia.

-Sólo hago lo que creo conveniente "Por el bien de la familia". Le estoy avisando más no preguntando tía. Además, al lugar a donde irá, es un nuevo tipo de geriátrico para personas de clase alta, quienes no pueden o mejor dicho en mi caso "no quieren" cuidar de sus parientes. Lo lamento mucho, peo usted me obligó.

Ella se acercó un poco más y tomando su brazo, como nunca en su vida suplicó aterrada ante lo inevitable.

-No por favor…. Prometo cambiar

El sintió aquel extraño contacto quemarle la piel, pero controlándose, se soltó lo menos abrupto que pudo.

-Eso me lo demostrará con el tiempo, pero por ahora no le creo. Esta es mi decisión y no puede ser cuestionada, soy su "apoderado legal" y en vista de todas las acciones que ha cometido en contra de mi prometida y futura matriarca de ésta familia, me queda claro que usted no se encuentra en condiciones psicológicamente estables para decidir nada y mucho menos para que nosotros confiemos en su palabra, pues ésta no vale absolutamente nada para mi.

-William… -Dijo la anciana mujer, con lágrimas en sus ojos, pues ante todo lo escuchado, su destino estaba sellado-

Alejándose con pasos firmes hasta la puerta, le contestó.

-Es mi última palabra tía. Hoy se quedará en su habitación, aquí puede hacer lo que guste, es más, puede observar mi boda desde la ventana, porque le aseguro que de cualquier manera me casaré con Candy. El vestido es lo de menos, pues la pureza la lleva en su alma y en su bondadoso corazón, así que no me importa lo que lleve puesto mientras la despose.

-William por favor no me encierres… -gimoteó-

-Mañana el mismo George se encargará de trasladarla a la casa de asistencia que le mencioné. Por ahora, más le vale no querer hacer cualquier otra tontería, pues está demás decir que pediré una guardia para que la vigilen. ¿Entendido? –Preguntó totalmente serio, con palabras rígidas y su rostro indiferente ante las emociones de la anciana, pero al mismo tiempo firme e intimidante-

-Entendido William… -Susurró apenas audible-

-Se lo advertí tía… -Dijo cerrando la puerta-

Cuando Albert salió de ahí, sintió su corazón liberado de cierta manera. No podía negar, que por alguna razón que desconocía, a pesar de todo quería a su tía, pero también estaba consciente de que lo decidido fue lo mejor, pues en esas condiciones Elroy Andrew era una amenaza hasta para ella misma. Confiaba en que el tiempo con su sabiduría, le regalara un poco de cordura y empatía para él y la nueva familia que algún día formaría con Candy.

Toda la discusión tomo apenas algunos minutos, o realmente eso pensaba él. Pensó que al salir de la alcoba de su tía, encontraría a todos reunidos esperando por él, pero su sorpresa fue grande al observarse solo en aquel largo pasillo. Caminó algunos pasos, cuando miró como Dorothy bajaba apurada las escaleras. Al percatarse de lo agitada que se encontraba le preguntó preocupado.

-¿Qué te pasa Dorothy?. ¿Dónde están todos?

La castaña mujer, tratando de recuperar el aliento le dijo con palabras entre cortadas.

-Señor que bueno que lo encontré rápido… todos están en la habitación principal… -Decía casi sin aire- La señorita Katie enloqueció y destrozó todo y…

Pero William no la dejó terminar, pues ya se encontraba subiendo a grandes zancadas las escaleras para llegar a su dormitorio. Cuando lo hizo, observó a todos a fuera menos a George y a la rubia. Entonces, entró furioso y completamente decidido para arremeter contra la mujer, pero ante la imagen que presenciaron sus ojos quedo estupefacto. La habitación se encontraba completamente destrozada, su smoking convertido en harapos, la cama apuñalada junto con las almohadas, el dosel caído, las cortinas rasgadas, el espejo del tocador que compartía con Candy completamente estrellado, con un olor en el ambiente increíblemente viciado pues estrelló todas las pequeñas botellas de perfume que encontró de los dos. Pero lo peor de todo no fue eso, sino mirar el momento exacto cuando Katie atajada por George, soltaba de sus manos un gran cuchillo, mientras el moreno la sostenía de los brazos y por detrás de su espalda, mientras ella con el demonio por dentro, no paraba de gritar improperios en contra de Candy.

En ese momento sintió hervir su sangre. Pensaba reclamarle todo lo que venía cargando. Había tratado de ser un caballero, pero evidentemente aquella mujer de dama no tenía nada, así que tomando a Candy del brazo para protegerla, pretendió decirle algo pero la rubia se lo impidió, soltándose inmediatamente y levantándole la voz como nunca antes lo había hecho.

-¡Suéltame William!.

Albert ante estas palabras se quedó mudo y petrificado. Candy jamás le llamaba así y menos en un tono como ese. Así que haciendo lo que le pedía la liberó, pues aquella mujer estaba en verdad furiosa como en su vida la miró. Sus ojos brillaban de coraje y sus mejillas encendidas lo denotaban, junto con la vena sobresaltada de su cuello que parecía palpitar sobre su blanca piel.

Katie que se encontraba sujeta por George le siguió reclamando.

-¡Eres una maldita arribista!. ¡Te aprovechaste de William!. ¡Te lo dije una vez y te lo repito, solo sirves para calentarle la cama!. ¡Jamás tendrás lo que se necesita para ser la "señora Andrew"! –Le dijo con sus ojos rabiosos y sus expresiones desquiciadas por la impotencia de querer arremeter físicamente contra ella y no lograrlo por el francés-

Entonces Candy acercándose lentamente, cuando la tuvo justo enfrente le dijo tajante y más que furiosa.

-¡Repite lo que dijiste y te arrepentirás! – Le advirtió-

-¿Estás sorda maldita enfermera? –Le dijo entre una escalofriante carcajada- ¡Eres una cualquiera que solo sirve para satisfacer las necesidades de los hombres!. Te aseguro que en cuanto William se aburra de tu asqueroso cuerpo te dejará y vendrá corriendo a mis brazos como siempre debió ser.

-¡Cállate! –Le contestó Candy, mientras dejaba caer una fuerte cachetada sobre su rostro-

-¡Señorita Candy!

Exclamó George en automático, pues no esperaba una reacción agresiva por parte de la rubia. Entonces volteó a mirar a su muchacho, quien como él, se hallaba parado, de brazos cruzados e igual de asombrado por la escena. La mirada la sostuvieron escasos segundos, pues el moreno esperaba alguna respuesta, pero solamente escuchó de sus labios una sentenciosa palabra, en un tono inmutable y casi deletreado.

- a.

George no cabía de la impresión por la respuesta de su jefe, pero sabía bien que sus órdenes no se discutían, así que no detuvo aquella disputa entre las mujeres.

La pecosa enfermera quien era mucho más alta que Katie, se alzó cuanto pudo y le refutó con sus ojos inyectados de coraje.

-¡Jamás, escúchalo bien!. ¡Jamás volverás a dirigirte a mi de esa manera!. Una verdadera dama no anda cometiendo las sarta de estupideces que tú y lamento mucho si por lo que me doy cuenta te educaron para ser la "futura señora Andrew", porque el amor de ese hombre que tanto reclamas es completamente MIO. ¿Entendiste?. William Andrew es MIO y no pienso cedérselo a nadie y menos a una loca como tú.

-¡Estás loca! –contestó gritándole-

Otra cachetada sonó con todas sus fuerzas en las mejillas de la mujer.

-¡Que te calles te dije!. Aquí la única loca eres tú. Yo seré la esposa de William, pues no me importa lo que hayas hecho con mi vestido, de igual manera hoy me casaré con él. El jamás será tuyo y si bien me tachas de una cualquiera, yo puedo restregarte en la cara que nunca, escúchalo bien, nunca sabrás lo que se siente que ese hombre que tanto deseas te bese con la misma pasión que lo hace conmigo, jamás sentirás sus cálidas manos desbordando caricias sobre tu cuerpo, sólo en tus sueños más desquiciados imaginarás algún roce, pues nunca sabrás el placer que se siente que ese hombre que ves ahí te haga suya. –Dijo señalando al rubio sin dejar de mirarla-

-En ese momento katie comenzó a forcejear con George, en un intento fallido por zafarse de su agarre, al tiempo en que le gritaba a la rubia más incoherencias.

Justo en ese momento hizo su entrada Edward Connor. No había presenciado toda la escena, pero le bastó con los últimos insultos que escuchó de parte de su hija para la joven ahí presente y observar el cuchillo a sus pies, así como la destrozada habitación. No podía creerlo. Cuando George le avisó, jamás imaginó que las cosas se fueran a poner de aquella manera tan trágica. Por un momento días atrás, el creyó en las palabras de su hija como lo habría hecho cualquier padre en su situación, pero ahora todo era diferente. Aceptaba que ella se encontraba trastornada y obsesionada por un amor no correspondido.

Albert lo miró entrar y no le dirigió la palabra, pues al notar su desfigurado rostro, le dio un poco de tiempo para asimilar todo, pero después de algunos minutos que consideró prudente le dijo.

-Edward…lo lamento pero…

-El hombre mayor volteó a verlo y le contestó serio.

-Discúlpame a mi William por no creer en tus palabras. Es una lamentable situación –Dijo observando a su hija, quien ni se percataba de su presencia pues estaba ahora llorando desesperada-. En cuanto me habló George y me contó la gravedad de todo esto, yo me comuniqué con el médico de mi familia por si hacía falta. Si me permites, está aquí afuera junto con todos, voy a decirle que pase para que le suministre un sedante a mi hija y así poder llevármela.

-Claro.

Después de que el médico le inyectara a la muchacha una fuerte dosis de un calmante intravenoso, a los pocos minutos terminó dormida en el suelo. Cuando el médico la cargó y salió de la habitación con ella, el rubio le dijo al padre de la chica.

-Edward comprenderás que esto no puede quedar así… -Dijo en un tono sereno pero serio-

-Lo entiendo perfectamente William, pero por la amistad que hubo entre tu padre y yo, te pido por favor que no hagas nada en contra de nuestra familia. Yo entiendo lo enojado que debes estar y no estoy justificando a mi hija de ninguna forma, pues no tiene perdón lo que ella ha hecho, sólo te pido que me des la oportunidad de encargarme de éste problema por mi cuenta. Sabes muy bien que nuestra situación no es la mejor y que nos tomará algún tiempo salir a flote y si me involucro en un escándalo, la tarea se volverá casi imposible y mi esposa no tiene la culpa de nada. Fui yo quien siempre mal educó a mi hija sobrepasando la autoridad de su madre, consintiéndola en todo y en cuanto capricho quiso, pero te prometo, que si me lo permites, ella aprenderá la lección y me aseguraré de que jamás vuelva a meterse en sus vidas de nuevo. La llevaré a un centro de rehabilitación, que tome las terapias necesarias para que se reestablezca emocional y psicológicamente. Es el último favor que te pediré. –Dijo casi suplicante y tragándose su orgullo, pues sabía que el daño era irreparable-

Albert pasó ambas manos pos su cara, pues estaba por llegar al límite de la paciencia que Dios le había dado, pero recomponiéndose y al mismo tiempo poniéndose en los zapatos del buen hombre que tenía frente a él, le contestó.

-Está bien Edward. Pero si ella vuelve a molestarnos…

-Comprendo, pero no será necesario William. Te doy mi palabra. –Contestó comprometido, pues bien sabía, que si su hija hacia cualquier cosa, por mínima que fuera, la ira de "William Andrew" caería sobre su familia.

-Voy a creerte Edward… -suspiró- ahora si me permites, necesito estar a solas con mi familia.

-Por supuesto. Con tu permiso.

Continuará...