Palabra: abismo.
Rescate del abismo
I see her when I'm sleeping
Surrounded by my friends
When the singing and the laughter and the evening never ends
So I look in her eyes
Tell her all that I know what to say
Always, Tyson Motsenbocker
—Kacchan, para.
Pero no para e Izuku puede ver la sangre en sus muñecas y en sus brazos. Cada que intenta explotar la estructura de metal en donde le aprisionaron las manos suelta un quejido de dolor y a veces Izuku ve un nuevo hilo de sangre aparecer en su muñeca. Kacchan no dice nada y no deja de intentarlo. Una explosión y luego un quejido.
—Kacchan, por favor. Por favor.
Otra explosión.
Otro quejido.
—Por favor.
Al final se rinde y se recarga contra la pared de piedra, fría y llena de humedad. Echa la cabeza para atrás y se queda muy callado sin decir nada. La idea era salir y entrar. Pero la habían cagado. Los habían superado en número y no importaba lo buenos que fueran, los habían agarrado en una curva.
Los habían descubierto vulnerables, además.
—Kacchan.
—Cállate.
—Kacchan —insiste.
—Cállate.
Sabe que no es la primera vez que Kacchan pasa por algo así. Odia no poder usar sus manos, le da pánico. Lo está viendo concentrarse para respirar con normalidad.
—Kacchan, hazme caso, dos segundos —pide.
Una vez, cuando Kacchan tenía dieciséis años, lo secuestraron. Una tribu salvaje vecina que quería herir a la tribu de Río Claro. Mitsuki los hizo pedazos, pero encontró a dos de los captores gravemente heridos y a Kacchan con las manos encerradas en una caja de metal con un inhibidor de magia.
Izuku recuerda la vuelta.
No recuerda haberlo visto soltar ni una lágrima. Pero las señales siempre han estado allí. Nunca es buena idea agarrarlo por sorpresa sin que te vea. Pero lo que más odia esa esa sensación de indefensión de no poder usar las manos.
—Cállate —repite.
—¡Kacchan!
—¡Estoy intentando pensar en cómo salir de aquí!
Izuku suspira.
Intenta acercarse, jalando sus propios grilletes pero no puede. Lo más que hace es arrastrarse unos palmos por el piso del calabozo. Se pone lo más cerca que puede de Kacchan e intenta estirar las manos pero no llega a tocarlo. Lo que más quiere en ese momento. Recargar su cabeza contra su pecho y sentir los latidos de su corazón hasta que se tranquilicen.
No conoce muchas formas de consolar a Kacchan.
—Creo que tenemos que esperar —dice Izuku.
—¿Qué?
—Esperar. No nos han hecho nada. Todavía.
«Nada más». Sólo los golpes con los que llegaron allí, los que les dieron antes de encadenarlos.
—¿Te oyes cuando hablas?
—Sí —dice Izuku—. Tenemos que esperar. Si escapamos sin un plan claro, sólo vamos a conseguir que toda la maldita guardia real nos busque. Son demasiados para nosotros. Y Shouto podría estar en cualquier parte…
Kacchan se queda mirando frustrado la caja de metal en la que están sus manos. Parece que una ceja le tiembla sólo de la furia. Está apretando los dientes. No vuelve a intentar explotarla. Sólo respira hondo. Inhala y exhala lento, demasiado deliberado. Luego vuelve a echar la cabeza para atrás y suelta un gruñido bajo.
Izuku lee la desesperación en él.
Extiende una mano, pero nunca llega ni siquiera acercarse a él.
—¿Cuál es tu plan? —pregunta Kacchan, finalmente—. Además de esperar.
—Es una serie de ideas. Aun —empieza Izuku. Le gusta sentirse útil y por eso no le cuesta nada fundirse con las palabras—. Yo esperaría que Shouto bajara. Si yo fuera él, lo intentaría. Ayer fue todo… —Izuku suspira—. Dejamos caos allá a donde vamos, Kacchan. Así que esperaría que viniera a vernos. Así podemos coordinar ideas. No olvides que es extremadamente poderoso y que no está encadenado, como nosotros.
—Lo estaban vigilando.
—Kacchan.
—No. Pasado no. Lo están vigilando. Los soldados llegaron demasiado rápido.
Izuku baja la cabeza.
—Eso es de esperarse —sigue—. Es un príncipe. —Quizá nunca le habían dado el peso que realmente tenía al título de Shouto; nunca lo habían visto investido en él—. Un príncipe desaparecido que volvió a casa —corrige—. Y quizá. No, no quizá. Seguro saben que huyó. Y su padre…
Kacchan asiente.
—Lo sé, idiota. Oí todo, ¿no? Esa vez.
—Pero debe tener poder, ¿no? —murmura Izuku. Luego suspira—. Esperaría a que viniera. Ya huyó una vez de aquí, así que sabe cómo hacerlo. Y, Kacchan, él puede averiguar dónde pusieron mi báculo. Recuperarlo.
Kacchan se queda callado. Izuku puede ver, por fin, la aceptación en sus ojos, en sus facciones.
—Odio esto.
—Lo sé.
No vuelve a decir nada en un buen rato. Izuku ve moverse a Kacchan varias veces para intentar acomodarse mejor, pero le pusieron una cadena en el cuello, con un grillete que no parece muy ligero, con tal de que dejara de moverse, de intentar morderlos. No tiene demasiado espacio para estar cómodo. Izuku no le despega la mirada en un rato. Kacchan tiene los labios tensos, apretados. Si no se forzara a tenerlos así, Izuku sabe que el inferior temblaría. Nervios, miedo, el más profundo terror. No lo sabe. Quizá todo y nada a la vez. Kacchan no es tan difícil de leer como piensa, pero a veces es una mezcla de tantas cosas que Izuku acaba en la confusión.
—No voy a explotar.
Lo dice bajo, mirando a otro lado.
—Kacchan, no estaba…
—Sé lo que estás pensando —espeta—. Estoy bien.
Deku suspira.
Otra voz los interrumpe.
—Pues te ves como la mierda.
Shouto se recarga contra los barrotes. Lleva una máscara que sólo le cubre la parte de la cicatriz en el ojo izquierdo.
—Su Alteza, su padre dijo que… —Un guardia aparece detrás de Shouto. El príncipe se da la vuelta y le dedica una mirada inexpresiva.
—Puedes decirle —espeta—. Espérame en la puerta.
—Su Alteza, mis órdenes son que…
—… no puedes dejarme solo —termina Shouto. Izuku y Kacchan sólo miran la escena como público—. También puedes decirle que te obligué a que lo hicieras. O puedes omitir esa parte si quieres evitar si furia. Me da igual. Espérame en la puerta.
La emoción en la voz de Shouto siempre es difícil de leer. Su tono no varía demasiado ni tiene suficientes inflexiones. Pero aun así sus últimas palabras son gélidas.
El soldado no se atreve a contradecirlo y se marcha.
—¿Decías que me veía cómo qué?
—La mierda.
Y es cierto. Hay sangre seca en los brazos de Kacchan. Izuku no quiere pensar en cómo están sus manos.
—Idiota —espeta Katsuki.
No dicen nada.
Izuku se le queda viendo y piensa en lo que Katsuki quería que le dijera la noche anterior y no le dijo y en vez de eso está allí. Antes de poder controlarse empieza a llorar otra vez.
—Izuku —advierte Kacchan.
—Déjame en paz.
Se le rompe la voz.
Shouto se le queda viendo.
—No tengo la llave —dice después de un momento. Se encoge de hombros. «Las rejas entre nosotros», quiere decir—. De todos modos el encargado es un idiota. Puedo solucionar eso después. —Desvía un poco la mirada hacia un lado y luego vuelve a enfocarse—. Mañana es mi fiesta de compromiso —dice—. Se supone que me caso con la princesa Momo Yaoyorozu.
Kacchan bufa, con desagrado.
Shouto no hace ningún gesto.
—Es una amiga —sigue Shouto. Izuku no sabe por qué siente la necesidad de clarificar ese detalle—. Tenemos que marcharnos antes de esa fiesta.
—¿Marcharnos? —espeta Kacchan.
—A menos de que deseen quedarse aquí y morir aquí. Los van a acusar de secuestrar un a príncipe. —Shouto entorna los ojos—. Asumí que el plan era largarse…
—¿Vienes con nosotros? Kacchan se refiere a eso —aclara Izuku.
Shouto los ve y en su rostro, usualmente inexpresivo, la respuesta es obvia. Hay una pregunta pintada en sus ojos abiertos, en sus labios despegados. «¿Creyeron que no los acompañaría?».
Kacchan también la ve.
—Entonces —espeta—, ¿cuál es tu plan, princesa?
Es su manera de cerrar el tema y sus dudas. De decirle que lo siente por tenerlas. Incluirlo sin reservas.
Ojalá algún día aprendiera a decir las cosas claras la primera vez, se dice Izuku. Ojalá.
—Está noche —dice—. Vigilan mi puerta pero no mi ventana. O, bueno —sonríe—, no tan de cerca. Le pediré ayuda a Momo para conseguir alguna forma de ocultarme o disimular. Un uniforme de la guardia o…
—¿Momo?
—Puede conjurar cosas —dice Shouto—. Lo que sea. Y es lista.
—¿Y luego? —pregunta Katsuki—. Porque oigo mucho sobre ti y no mucho sobre nosotros.
—¿No crear problemas de aquí a que anochezca? —sugiere Shouto. Katsuki gruñe, lleva ya demasiadas horas allí y está cada vez más tenso. Se le ve en el cuello, en la cara, en su posición que intenta mostrar una tranquilidad que no tiene y falla. Shouto le dirige una mirada calculadora y después se da la vuelta hacia Izuku—. Las armas que les quitaron están en la armería. Tendremos que pasar por allí. No puedo ir solo. Llamaría demasiado la atención. Sólo no creen problemas. —Se recarga contra los barrotes, sus manos los rodean. Parece que las está manteniendo allí para que no le gane el impulso de intentar alcanzarlos sin lograrlo—. Volveré.
Lo dice con la voz que usan los bardos para simular una promesa de amor eterno.
O quizá es sólo la interpretación de Izuku. Pero eso le parece.
—No te atrevas a tardarte —espeta Kacchan.
Izuku sonríe, nada más.
Y vuelven a quedarse solos.
Kacchan sigue intentando relajarse, sin poder. Izuku sigue lejos, sin poder buscar su tacto. Pasan horas en silencio. La espera se hace larga, pero no tienen nada que decir. Incluso él, que usualmente murmura para sí cuando no tiene interlocutor, se mantiene en silencio. Oyen gotas caer desde el techo, producto de la humedad. Ven un par de ratas. Nadie les lleva comida e Izuku hace lo que puede para ignorar las protestas de su estómago. Kacchan duerme un rato, pero despierta cuando escuchan pasos.
Aparece un hombre frente a los barrotes, acompañado de un soldado. Lo primero que Izuku nota sobre él son las alas rojas que brotan de sus omóplatos. Ya después se fija en el cabello rubio; los ojos cafés, muy abiertos, la sonrisa aparentemente inofensiva que tiene, pero que a Izuku le recuerda y sabe a traición.
—Así que son ustedes los acusados.
—¿Acusados? —Izuku hace todo lo posible por que no le tiemble la voz.
El hombre le hace una seña al soldado que lo acompaña para que abra la puerta. Además del sonido de las cadenas moviéndose, oyen otros pasos. Aparece frente a ellos otro hombre, alto, fornido, inconfundible por la corona que llena. El rey. Enji Todoroki.
Izuku traga saliva e incluso Kacchan mira al piso.
—¿Pensaban que cualquiera podría entrar en mi palacio para secuestrar a un príncipe? —Su voz es profunda, dura.
Kacchan alza la vista, frunce el ceño. Y antes de que Izuku pueda detenerlo, abre la boca.
—Claramente —espeta—. Además, ¿quién dijo que íbamos a secuestrarlo?
—¡Kacchan!
El Rey Enji Todoroki se acerca hasta él. Pasos lentos deliberados. Tiene que acuclillarse para ver el rostro de Kacchan y lo hace. Sólo le responden unos ojos rojos furiosos. Por un momento, Izuku piensa que va a escupirle.
Luego ve la mano alzarse en un gesto demasiado rápido como para detenerlo.
La ve caer en la mejilla de Kacchan, dejar sus dedos marcados, la piel mucho más roja.
Kacchan escupe sangre.
—¿Quién dijo… —escupe, de nuevo— que Shouto no quería alejarse de este lugar de mierda por su propio pie, Su Majestad?
—¡Kacchan!
Otro golpe.
Izuku ve el pecho de Kacchan subir y bajar.
«Calla», quiere decirle, como tantas veces le ha dicho el rubio cuando habla demasiado, cuando murmura detrás de él porque no puede sacarse un tema en concreto de la cabeza. Pero no dice nada.
El Rey Enji Todoroki se pone en pie.
—No se lo llevarán a ningún lado —dice—. Y por haberlo secuestrado una vez, serán castigados al amanecer.
Izuku traga saliva.
Entiende lo que quiere decir el castigo. Shouto va a ir por ellos antes de que ocurra, pero el miedo a que un hacha se clave en su cuello y le destroce la carótida no se va.
—¿Somos chivos expiatorios? —pregunta. No agrega «Su Majestad». No le ve el caso al respeto en ese momento.
Enji Todoroki le dirige una mirada de soslayo. Izuku teme un golpe que nunca llega.
Sale de la celda y el soldado que los acompaña la vuelve a cerrar.
—¡Shouto es mucho mejor persona que usted! —exclama Izuku.
Recibe una mirada de unos ojos azules que arden con furia. Nada más. Ni una palabra.
Acaba echándose a llorar.
Las lágrimas llegan fácil, caen siempre con rapidez. Es fácil invocarlas. Lo ayudan cuando ya no puede más y les embarra todos sus sentimientos para sacárselos de encima.
—No llores —dice Kacchan. No lo dice de una manera brusca o insensible. Simplemente, lo dice—. Izuku, no llores. No llores.
Pero no puede parar.
—Nadie se va a morir.
Izuku hipa, cierra los ojos.
—Izuku, nadie se va a morir —las palabras salen de los labios de Kacchan todas atropelladas—. No importa si Shouto no viene y si tengo que reducir este castillo a cenizas para recuperar tu maldito báculo y…
—Kacchan…
Izuku entierra la cabeza entre las manos encadenadas. No le preocupa que lo vea así. Lo ha visto miles de veces. Conoce sus lágrimas y nunca le han gustado. De niños, le gritaba que era demasiado débil y él lloraba más y acababa abrazado a las piernas de su madre, que le explicaba que no había debilidad en las lágrimas. «Eres fuerte», solía decir Inko. «Nunca te rindes. No claudicas. Hay fuerza en llorar también».
—No llores, Izuku.
Esa vez es una súplica.
Después se escucha una explosión involuntaria —o intento de— y Kacchan suelta un quejido de dolor antes de apretar la mandíbula.
—Carajo.
Silencio. Por un momento, hasta que los sollozos de Izuku lo rompen.
—No importa si tengo que deshacer este palacio piedra por piedra —espeta Kacchan—. Nadie va a morir. ¿Me oíste?
Izuku asiente.
—También te quiero, Kacchan.
Y luego hipa.
No saben cuándo anochece y después de un rato Izuku ya no siente el paso de las horas. Está débil por la falta de sueño, de comida. Le duelen las muñecas enrojecidas por las cadenas, los tobillos. Ve las marcas en el cuello de Kacchan y la sangre seca en sus brazos. El tiempo pasa y no les queda más que estar ahí, tan cerca como para ver su sufrimiento pero tan lejos como para estirar las manos o el cuerpo y nunca alcanzarse. Izuku lo intenta un par de veces más y entré sus dedos y Kacchan cabe el universo entero, que está separándolos.
—Era una época oscura y el mundo conocido no vivía en paz —empieza Kacchan—. Nana Shimura acababa de morir y había dejado tras de sí su mayor tesoro y su mayor símbolo…
—Kacchan…
—Me sé la historia tan bien como tú —espeta—. La he oído miles de veces. Así que cállate y escucha. —Alza la cabeza y dirige su mirada al techo—. Su mayor símbolo: un báculo que, se rumoraba, era de origen divino. Con él, había dejado un sucesor. Un joven sin magia conocida, cabello rubio y porte de caballero, Yagi Toshinori…
El tiempo se pasa más rápido con la voz de Kacchan contando la vieja historia que les había fascinado a los dos desde niños. Izuku se olvida del hambre y del dolor y del miedo mientras escucha. Duerme un rato y se pierde con las palabras de la historia. Despierta cuando oye un par de voces.
—Podría ir con ustedes.
—Nos van a perseguir. Quédate aquí, no te arriesgues. No ahora.
—¡Sólo van a comprometerme con alguien más!
—Quédate. —Esa es la voz de Shouto—. Espera a que bajen la guardia. Hazlo como yo lo hice la primera vez. El escándalo tardará en desaparecer y no podrían hacer de ti una moneda de cambio mientras tanto.
Es una voz dura. Abre los ojos.
Lo encuentra con una mujer de cabello negro, peinado alto, a la que le sobresale el cabello detrás de la cabeza. Lleva un vestido rojo, sencillo, con detalles de alas de cuervos en el cuello y en el cinturón. Momo Yaoyorozu, adivina. El emblema de su reino es el ave.
—¿Shouto?
—Princesa, estaba empezando a creer que nos ibas a abandonar —dice Kacchan.
Shouto abre la puerta, sin hacer ruido. Se dirige primero a Kacchan y le libera las manos. Están cubiertas de sangre. Izuku lo ve agarrarlas y obligarlo a levantarlas palmas hacía él, aun cuando Kacchan intenta ocultarlas.
—Lo siento —dice Shouto.
Tarda un momento en soltarle las manos y acabar la liberarlo. Después se dirige hasta Izuku, que está mucho menos magullado. La princesa Momo Yaoyorozu los ve un poco a la distancia y, cuando están libres, le pasa a Shouto lo que lleva en las manos.
Uniformes de la guardia real.
Son tres.
—Fingimos escaparnos juntos un rato —explica ella—, para que crean que sólo somos idiotas enamorados y que no estamos liberando a nadie.
—Pensé que era mejor idea sí usaban algo que no estuviera lleno de mugre —de Shouto y les va entregando los uniformes.
Katsuki asiente, sin decir nada.
—Necesitamos recuperar nuestras cosas.
—Iremos a la armería…
—Las otras —aclara—, las que dejamos en la posada. —Empieza a cambiarse en silencio. Shouto hace lo mismo e Izuku enrojece al verlo. Kacchan, que alcanza a verlo, se ríe. Y luego le enseña una sonrisa maléfica, abriendo la boca. Izuku sabe lo que va a hacer antes de que lo haga—. Por cierto, a Izuku le gustas.
—¡Kacchan!
—¡No estoy diciendo mentiras!
—¡Kacchan!
Quería decirlo él, aunque tuviera que buscar las palabras adecuadas por una eternidad. Sabe que está completamente rojo, que su propio cuerpo lo está delatando contra su voluntad. Entonces se da cuenta de que Shouto lo está mirando. Ojos un poco más abiertos que de costumbre, mirada que lo perfora. Quizá sorpresa, quizá algo más.
—¿Es cierto? —pregunta.
Izuku traga saliva.
—Sí. —Respira hondo—. Pero entonces también es justo que sepas que le gustas a Kacchan.
Le dedica un intento de sonrisa de medio lado a Kacchan entonces, y no sabe si logra el gesto. El rubio le enseña el dedo medio y todo parece normal hasta que Todoroki voltea a verlo y entonces baja la mirada. No. Baja la cabeza, porque al parecer sus pies son lo más interesante que puede ver en ese momento.
Izuku disfruta su venganza.
—¿Es cierto? —pregunta Shouto.
Kacchan sólo alza los ojos.
—Izuku no dice mentiras —espeta.
Momo Yaoyorozu, viéndolos desde lo externo, carraspea. Tiene una sonrisita divertida, que no se le escapa a Izuku.
—No tienen mucho tiempo —les recuerda.
Shouto enrojece.
—Sí. —Carraspea. Es la primera vez que Izuku lo ve tan nervioso y siente que va a ganarle la risa. Al final, la seriedad del momento gana—. Cierto.
Izuku se acerca hasta él. Shouto es más alto y tiene que ponerse de puntitas para hacer lo que quiere hacer.
—Creo que tenemos tiempo para esto.
Le roza los labios. No más. Es apenas un toque que Shouto no alcanza realmente a responder. Sus labios son diferentes a los de Kacchan. Más suaves. Más gentiles. No mejores, no peores. Diferentes.
Izuku sonríe.
—Vámonos —espeta Kacchan, mientas acaba de cambiarse el uniforme lleno de tierra y sangre por el nuevo. Le dirige una mirada traviesa a Shouto—. ¿O también quieres un beso, princesa?
Shouto enrojece.
Cuando están listos para partir, el príncipe se dirige hacia Momo Yaoyorozu. Ella alza una mano y el regala un beso en el dorso.
—Cuida de mi madre —le pide—. Dile que volveré. A verla. Algún día. —Medio sonríe y todo en su expresión es tristeza.
Ella sonríe.
—Estoy segura de que estará esperando.
Izuku sabe que Shouto no podrá volver mientras su padre sea rey. Pero un día su hija tomará las riendas del reino y quizá Shouto no sea un príncipe escapista. O quizá sí.
Izuku deja que Shouto los guie por los pasillos oscuros del castillo. Con los cascos puestos nadie se fija en ellos dos veces y Shouto se ha cuidado de ocultar la parte blanca de su cabello, que lo delataría en un momento. Suben escaleras, se pierden entre los pasillos. Ninguno de los tres hace ningún ruido hasta que Shouto les indica que han llegado a la armería. Al abrir la puerta, alguien más los está esperando.
El hombre con alas de antes.
—Ta-Takami. —Shouto está sorprendido.
—Sabía que vendrías —dice. Están en la penumbra, así que Izuku no tiene demasiada oportunidad de fijarse en él.
—No te metas en esto. —Shouto dirige su mano hasta la empuñadura de su espada.
Takami alza una mano.
—No vine a detenerte, príncipe Shouto. —Extiende algo que al principio Izuku no distingue. Cuando le cae la poca luz que entra por una de las ventanas encima, se da cuenta de que es una espada con una empuñadura que tiene la figura de un copo de nieve—. Es la espada de tu madre.
—Es para Fuyumi.
—Tu hermana prefiere el arco —le dice Takami—. Llévatela. —Luego señala hacia la derecha—. Allá está el báculo y las armas que les quitaron a tus cómplices.
Kacchan no pierde el tiempo y se dirige hasta donde el hombre apunta. Shouto sólo lo mira.
—¿Por qué?
Takami se encoge de hombros.
—Tu padre tendrá que hacer Ministro de Guerra a alguien, ¿no?
—Quieres el puesto.
—¿Por qué no? Fuyumi será buena reina.
—¿A qué estás jugando, Takami?
Takami se ríe, bajito.
—A lo mismo que tú, príncipe —espeta—. Sobrevivir. Váyanse. Me encargaré de que nadie los siga.
—Podría costarte la cabeza —comenta Shouto.
—No te preocupes, sé jugar bien mis piezas.
Notas de este capítulo:
1) Quedó larguísimo este capítulo en relación a los demás, ¿me importa? Claramente no. Además tiene de todo y ya todo el mundo sabe de los sentimientos de todos y quedan 10 más para desarrollar su relación y atacar otros plot points. Como Touya. Por ejemplo. (Oh, sí, más drama Todoroki).
2) Ya estuvo todo muy largo, pero aprovecho para decirles que amo a Izuku como narrador, especialmente cuando se fija en Shouto o en Katsuki.
3) Adoro como Izuku y Katsuki declaran al otro. Es una cosa que quería hacer con ambos.
Andrea Poulain
