¡Hola!
Lo de retomar la historia iba enserio :)
Les dejo el siguiente cap. ¡disfruten! … ni la historia ni los personajes son míos, yo solo me divierto compartiendo :)
18. Instinto salvaje I
—¿Qué más tenemos que hacer? —preguntó Jasper.
—No te ofendas, pero suena un tanto misterioso que te muestres tan colaborador —objetó Alice con desconfianza.
—Tú con tal de protestar…
—Bueno, está bien, ayúdame a hinchar globos.
—¿Globos? ¿Celebraremos la verdadera edad de Garrett o su edad mental?, porque solo en el segundo caso entiendo el asunto de los coloridos globos.
—Sabía que era demasiado bueno para ser cierto. —Suspiró—. Venga, ¡haz algo! —concluyó, tendiéndole un puñado de globos.
Jasper los observó con una mueca de repugnancia y los apartó a un lado. Alice puso los ojos en blanco.
—¿Y ahora qué es lo que ocurre, Majestad?
—No esperarás que pose mis delicados labios sobre un trozo de plástico, ¡a saber cuántas manos lo habrán tocado antes! —explotó—. Eres muy descuidada, Alice, especialmente teniendo en cuenta que nos encontramos en medio de una catástrofe higiénica desatada por la gripe de la gallina.
—Tu estúpido discurso me está durmiendo; cállate ya. Está bien, prefiero que no hagas nada —objetó.
—¡Ya te he pillado! Lo haces para luego poder quejarte de lo poco que ayudo.
—¡Pero… si has dicho que no querías hacerlo!
—Claro, ¡ahora pon excusas! —farfulló con expresión dolida—. ¡Eres una manipuladora de cuidado!
—Esto ya es insoportable… —susurró Alice.
—Desde luego, desde luego que eres insoportable. Menos mal que al fin reconoces algo —opinó él—, mi madre siempre dice que ese es el primer paso para solucionar un problema: la aceptación. ¡Bravo, Alice!
Alice le dirigió una mueca de profundo asco. Después, conteniendo las ganas de contestarle, cogió un globo de color azul y comenzó a inflarlo hasta que adquirió un tamaño considerable. Hizo un pequeño nudo en el extremo antes de lanzarlo sobre el rostro de Jasper.
—¿Te has vuelto loca? ¿Por qué me atacas?
Continuó ignorándole e infló otro globo. También ese fue a parar a la cabeza del inglés.
—¿Qué te propones, Alice?
Un tercer globo anaranjado le dio de pleno en la cara. Alice rió. Sin embargo, Jasper pareció reaccionar. Alzó su señorial mano y la dejó caer sobre el brazo de ella con un manotazo que resonó en el silencio de la estancia. Ella le miró sorprendida.
—¿Acabas de pegarme o me lo he imaginado?
—Te lo merecías.
—¿Qué…?
Alice no pensaba quedarse de brazos cruzados. Arremetió contra él pellizcándole el hombro. Jasper, sentado en el suelo del comedor de la familia Brandon, abrió mucho los ojos.
—¡Eso ha dolido!
—Era mi intención, idiota.
—¡Serás…!
Y se abalanzó sobre ella descaradamente, empujándola a un lado y pellizcándole la mano derecha al mismo tiempo. Alice logró sobreponerse rodando sobre sí misma y le atestó un puñetazo en la pierna que provocó que Jasper se retorciese de dolor.
En ese momento se desató la guerra, y los pellizcos, manotazos, puñetazos fueron incontables. Un globo explotó cuando Jasper empujó a Alice y ella cayó sobre este.
Con la mirada repleta de rabia contenida a lo largo de todo el día, Alice contraatacó tirándose sobre Jasper, mordiéndole el hombro con ganas. Él gritó e intentó quitársela de encima a base de rodillazos; finalmente, al no conseguirlo de ese modo, rodó sobre sí mismo y terminó tumbado sobre ella. Presionó las manos de Alice contra el suelo, por encima de su cabeza, con lo que la inmovilizaba.
—¡Quítate de encima, estúpido, me estás aplastando! —se quejó.
Jasper la miró fijamente. La escasa distancia que separaba sus rostros le permitía distinguir las graciosas pecas que adornaban el contorno de la nariz de Alice, otorgándole un aire aniñado.
Ambos respiraban entrecortadamente, como si acabasen de participar en una maratón de varios kilómetros. Él se había despeinado con la pelea, y algunos mechones rubios se escurrían alborotados, rozando la frente de Alice y haciéndole cosquillas. Ella se removió bruscamente, intentando desasirse de las manos de Jasper, pero él la sujetó todavía con más fuerza, presionando su cuerpo contra el de Alice.
—Si te suelto, ¿dejarás de pegarme?
—¡Nunca! —explotó ella, y le dedicó una mirada de profundo odio.
—Entonces tendremos que celebrar el cumpleaños de tu hermano así, tumbados en el suelo del comedor uno encima del otro. —Sonrió con ironía y sus ojos parecieron brillar intensamente—. Qué interesante va a ser esto…
Un tenso silencio reinó durante unos segundos que se hicieron eternos. Alice comenzó a tranquilizarse, y sus ojos se toparon con los rojizos labios entreabiertos de Jasper, los cuales, curiosamente, se hallaban cada vez más cerca de su rostro. De forma inconsciente, cerró los ojos, despacio, como si estuviese esperando algo. Un beso, quizá.
—¡La hostia!, ¡mira qué bien se lo montan algunos!
Jasper dio un respingo, sorprendido, y se apartó rápidamente del cuerpo de Alice para hacerse a un lado. Garrett, acompañado por otros dos jóvenes, les miraba sonriente apoyado en el marco de la puerta.
—Joder con tu hermanita… —objetó uno de sus amigos entre risas.
—¡Oye, esto no es lo que estáis pensando! —logró gritar Alice, avergonzada. Se puso de pie y comenzó a sacudirse las ropas.
Jasper, todavía confuso, imitó sus movimientos.
—Ah, ¿no? —Garrett sonrió ampliamente—. ¿Estudiabais anatomía?
—¡Cállate ya! —se quejó Alice. Después se giró resentida hacia Jasper, apretando los puños—. ¡Todo esto es por tu culpa! ¡Te odio! —exclamó, antes de desaparecer escaleras arriba hacia su habitación.
Jasper se quedó allí anclado, en medio del comedor, como una marioneta sin dueño, mientras los otros tres le observaban con curiosidad. Garrett se encendió un cigarrillo y le señaló con el dedo.
—No le hagas caso chaval, así son las mujeres, no intentes comprenderlas.
—Seguro que en menos de diez minutos te envía un sms pidiéndote que la perdones o algo parecido —opinó otro de los chicos, que llevaba ambos lados de la cabeza rapados, dejando que en medio creciese una cresta de pelo parecida a la de las gallinas, al estilo punk—. Y si no lo hace, le compras una rosa fea de esas y todo solucionado.
Jasper parpadeó confundido.
—No… no, nosotros no estamos juntos.
Garrett le miró de reojo. Después sonrió y el humo de la calada que acababa de darle al cigarro se escurrió entre sus labios.
—Pues casi mejor. A mi hermana siempre le han ido las relaciones liberales.
—En realidad, lo que quería decir es que no tenemos ningún tipo de relación.
—Ya, claro, y yo voy a la universidad… ¡no te jode! —respondió Garrett, lo que provocó que sus amigos prorrumpiesen en sonoras carcajadas.
Los tres pasaron por delante de él y se dejaron caer sobre el sofá. El de la cresta comenzó a liarse un porro mientras el otro buscaba algo interesante en la televisión. Jasper recordó algo y se sentó en el sillón, cerca de ellos.
—Garrett… ¿no se suponía que tú estudiabas? —preguntó.
Él le dirigió una mirada divertida. Los tres volvieron a reír al unísono.
—Eso creen mis padres —explicó—. En realidad no hago nada. Pero si piensan que estudio me pagan mis gastos diarios, así no tengo que ponerme a trabajar —detalló—. Y Alice me encubre a cambio de que yo la encubra a ella. Ya sabes, les dice a mis padres que sale conmigo por las noches, pero luego se va con sus amigos.
Jasper le miró alarmado, abriendo mucho los ojos. No podía creer que le hiciesen aquello a la pobre Mary, con lo bien que se había portado con él. Suspiró, sintiéndose extraño por el simple hecho de estar preocupado por los problemas de otras personas que poco o nada deberían importarle.
—¿No te sientes culpable?
—¿Culpable de qué…? —Y encendió la PlayStation.
—Nada, déjalo.
—Bueno, chavalote, ¿cómo te llamas? —preguntó el chico de la cresta.
Jasper le miró de arriba abajo antes de contestar: vestía unas mallas agujereadas que se ajustaban al contorno de sus delgadas piernas y contrastaban con la chaqueta de cuero repleta de remaches y parches diversos cosidos aquí y allá del modo más desordenado posible. El inglés tragó saliva despacio.
—Me llamo Jasper… —respondió al fin.
—Encantado. —El punk le tendió una mano, y Jasper creyó que se desmayaría al estrechársela. Afortunadamente, solo se sintió ligeramente mareado cuando lo hizo—. Yo soy Esko.
—¿Esko? —preguntó, pensando que se trataba de una broma.
—Sí. Es un mote, me lo pusieron porque mi grupo favorito de música es Eskorbuto —aclaró felizmente—. pero mi nombre de verdad es Stefan. Y este es Vladimir. Es un poco callado —añadió.
El tal Vladimir también le tendió la mano, mostrándole un amago de sonrisa. Parecía más normal que el otro, aunque vestía de un modo raro: pantalones anchos, sudadera ancha, todo ancho en general…
—Bueno, ¿ya habéis preparado la cena? —le preguntó Garrett—. Ten, anda, fuma un poco —le tendió el porro.
—No, gracias. —Suspiró—. Yo… creo que será mejor que suba y hable con tu hermana.
—¡Así me gusta! Tú dale caña, chaval. A las chicas les gusta que las hagan sufrir, son así de raras.
Jasper se dirigió hacia el baño a toda prisa mientras Garrett seguía hablando. Lo primero que hizo fue lavarse las manos tres veces seguidas, después de los afectuosos saludos de Esko y Vladimir. Si todos los amigos de Garrett eran como aquellos, estaba seguro de que pasaría la peor noche de su vida. Se miró al espejo y se propuso ser fuerte. Aquello era la selva, y debía sacar a flote su instinto salvaje para lograr sobrevivir en medio del caos.
Después se dirigió al cuarto de Alice. Entró sin llamar a la puerta.
—Pero ¿qué haces? —Alice le lanzó un despertador, que chocó contra la pared, a unos centímetros de su cabeza—. Avisa antes de entrar, podría haber estado cambiándome.
—Tampoco vería nada del otro mundo. —Se encogió de hombros.
—¡No te soporto más!
—Oye, que vengo en son de paz.
—Métete esa paz por donde te quepa.
—La paz es un concepto abstracto, no puede depositarse en ningún lugar concreto, ¿entiendes?
—¡Por Dios, lo que una tiene que aguantar! —Alzó la vista al cielo, desesperada.
—Mira, quizá deberíamos intentar llevarnos bien durante las próximas horas. No quiero morir en pleno cumpleaños de tu hermano y, ciertamente, esos tipos parecen estar a punto de atacarme de un momento a otro. Temo por mi vida.
—Todo lo haces siempre por interés —se quejó Alice.
—¡Pero es un interés positivo!
—¿Sabes?, ya me he cansado; esta vez no pienso ayudarte.
Fijó sus ojos en Jasper y esperó encontrar tristeza y desolación en su rostro; sin embargo, él sonreía de un modo misterioso.
—Como quieras, tendremos que ir a malas entonces —dijo—; por explicarlo de otro modo: si no me ayudas contaré la verdad sobre la falsa vida estudiantil de Garrett y tus habituales salidas nocturnas.
Alice abrió la boca de par en par, alucinada. ¿De dónde había sacado el inglés aquella información? Seguramente al tonto de su hermano se le habría escapado. Jasper supo que ella se encontraba entre la espada y la pared.
—Y ahora, mi querida Alice, es hora de hacer la cena —anunció, con una enigmática sonrisa en su rostro—. Yo supervisaré que todo salga bien; ¡venga, andando!, ya basta de vaguear.
—¡Serás…!
—¿Qué soy, Alice? —preguntó, con un deje amenazador en la voz.
—Eres sencillamente… adorable —masculló ella.
—Gracias.
Jasper se dirigió hacia la escalera, y Alice se levantó dispuesta a seguirle. No tenía otra opción.
—Capullo. Eres un capullo, eso quería decir —añadió en un susurro que el inglés no llegó a oír.
Una vez en la cocina, Alice abrió la nevera y observó el interior. Miró a Jasper.
—A ver, ¿cuántas hamburguesas necesitaremos…? —preguntó Alice en voz alta, pensativa.
Jasper la miró asustado.
—¿Hambur… qué?
—Hamburguesas.
—¡Aparta, niña cutre! —exclamó, le dio un empujón y la hizo a un lado bruscamente—. ¡Hamburguesas, dice! ¡Ni que estuviéramos en un bareto de mala muerte, en mitad de la carretera, en medio de la nada! —farfulló—. ¿Qué será lo próximo?, ¿patatas fritas con katchup, ketchup… o como se diga?
—Se llama Ketchup, y sí, realmente pensaba hacer patatas fritas.
—¡Oh! —Se llevó una mano al pecho—. Me agotas. Eres una cría, Alice, ¡vete a jugar con tus braguitas de Piolín!
Alice frunció el ceño, confusa.
—¿Qué has dicho?
Él se giró y la miró fijamente. El cafe de sus ojos parecía más claro, como si la frialdad se hubiese disipado.
—Bragas, calzoncillos… ¡Baja de las nubes, Alice! Todo el mundo usa ropa interior… menos tu hermano, por descontado.
—¡Eh, no me cambies de tema!
—¡No!, ¡no me cambies de tema tú! ¿Aquí quién es el jefe?, pensaba que eso ya había quedado claro en la habitación —añadió—. Anda, niña, ve sacando la masa para hacer los canapés.
Alice se cruzó de brazos y le miró como si estuviese completamente loco.
—¿He oído bien?
—No lo sé, eso tendrás que preguntárselo a tu otorrino —comentó—. Pero no dudes de mi pronunciación, mi dicción es perfecta.
Ella se echó a reír.
—¿Eres consciente de que ni con diez bandejas de tus ridículos canapés lograrás saciar el apetito de los amigos de Garrett?
—Ese no es mi problema: eres tú quien tiene que hacerlos… —le recordó—. Yo solo te diré de qué los tienes que rellenar —añadió con un ligero retintín.
