Nunca preguntó por ella, y ellos tampoco se la mencionaron. No era que no quisiera saber cómo era su vida, una parte de él siempre estuvo interesado en conocer su estado, su paradero y, para ser sincero, al principio parecía imposible sobrevivir sin ella. Se había habituado tanto a tenerla de nuevo en su vida que no hubo amor ni descubrimiento suficiente en sus viajes para que él pudiera olvidarla, pero eso era porque no existía esa posibilidad, y Sakura se lo dijo al despedirse. Sin embargo, cuando Mikoto dijo que ella se había quedado, él no se imaginó que se refiriera a la vida del clan Uchiha: el vínculo que ella desarrolló con su familia no se debilitó solo por haberlo perdido a él. Después de irse, a ella le costó trabajo recuperarse, pero no se permitió a sí misma caer a causa de sus sentimientos. Se hizo fuerte y aceptó todo lo que Itachi le entregó tras el divorcio: la casa, una cuantiosa herencia que podría utilizar en cualquier momento que viera oportuno, y manutención por el resto de su vida, a menos de que ella señalara lo contrario, y sin importar que ella tuviera una pareja nueva de forma legal, sin olvidar el pago del resto de su educación profesional que ya se había planificado con anticipación.

Los documentos de su divorcio habían aclarado todos estos puntos, que sin importar lo que sucediera se volverían responsables de Sakura Haruno, y ella se vio tentada a rechazar todas las atenciones, pero lo consideró un último recuerdo de su relación. Sin embargo, la chica había sido lo suficientemente astuta para tomar su herencia a invertirla en el imperio de la familia. Ahora tenía acciones suficientes para ser un miembro digno de voto, pero Itachi tenía los derechos a menos de que ella cambiara de parecer, porque confiaba en él. Al terminar la fiesta de cumpleaños de Sasuke, este se sintió un poco afectado por la información, así que tuvo que tomar un trago en la sala de estar, junto a su familia. El personal de la mansión se encargaba de la limpieza, a su alrededor, rellenando copas y llevándoles bocadillos. Su sobrino se había dormido hace unas horas y ahora solo había adultos activos.

—¿Qué otra cosa me perdí? —cuestionó, aturdido.

—Pareces interesado, a pesar de que nunca preguntaste por ella en los últimos tres años —admiró su hermano, ganándose una mirada de reproche de parte del menor.

—Le dije que te contara —comentó, Izumi—. Pero él dijo que Sakura no querría eso. Ella empezó a venir de visita después de que yo insistiera en que no pasaba nada —explicó—. Nos encontrábamos una vez al mes en la ciudad para charlar, tu madre se unió en un par de ocasiones. Al final, la convencimos de venir, o nos invitó a su casa.

—Ella sigue viviendo en ese hermoso lugar que le compraste —agregó, Mikoto—. Vive sola.

—No es necesario que me hables de su estado civil —respondió, rápidamente.

—Es la tía favorita de mi hijo —interrumpió, Itachi—. Ella no pregunta por ti, aunque todos sabemos que quiere escuchar algo. Aun cuando me sentí débil al notarlo, ella me pidió que nunca le dijera nada. No sé en qué tipo de trato terminaron, pero me queda claro que ella no te odia por haberte ido. Como sea, ha sido de gran ayuda, apoya a la familia y siempre está aquí en días importantes.

—¿Qué opinan los Haruno al respecto? ¿Y Temari?

—Los Haruno se abstienen —explicó, Fugaku—. Siempre lo hicieron, aunque se presentan en la casa de su hija. Temari, por otro lado, mantuvo a Sakura fuera de la atención del público.

—Ella no acude a eventos sociales desde su divorcio, a menos de que sean privados o asista con sus amigas. Ha sido muy bien recibida por los medios, y durante sus estudios empezó una fundación para el cuidado mental de niños y niñas —dijo, Mikoto—. Se ganó una posición especial en Tokio, Sasuke. Su familia la ayuda, es grandioso. Ha avanzado mucho, independiente al clan.

—No creo que se haya olvidado de ti —agregó, Itachi—. Sé que no te alegra escucharlo, pero que se separaran no significa que te borraría de su mente. Si lo que quieres saber es si ella siguió adelante, debo decir que lo hizo. Tuvo al menos una relación que se hizo pública, pero esta fracasó poco después de que se volvieran a ellos los reflectores.

—Literalmente, el chico era actor —murmuró, Mikoto—. La cuestión es… ella sabe que estás en Japón, pero dijo que no vendría a verte. Está dispuesta a recibirte, la haría muy feliz.

—Cumplió veinticinco —dijo, entonces, Sasuke—. Solo fueron tres años, eso no hace diferencia con los siglos que estuvimos juntos, o los que nos formaron. Es probable que no signifique nada —un suspiro brotó de sus labios, entonces se puso de pie—. No quiero seguir escuchando.

Capítulo Veinticuatro: Corrientes de Mnemósine

Eso fue lo que dijo, ¿cierto? Sin embargo, ni siquiera él podía explicar lo que sucedió tres días después cuando, al salir del edificio—que ahora se había convertido completamente en propiedad Uchiha—, él le indicó a su chofer que lo llevara a una dirección distinta a la de su casa. Sasuke no lo sabía, pero su hermano le había dicho que se adelantara de regreso a la mansión por su cuenta con la esperanza de que su curiosidad lo arrastrara al edificio departamental, a pocas calles de la oficina, en el que vivió por varios años. Fue así que se descubrió a sí mismo, de pie, en el lobby. Analizaba la inmensidad de sus actos, se cuestionaba si era correcto llegar sin siquiera anunciarse, pero tan solo eran divagaciones sin sentido, dudas llenas de temor.

—Señor Uchiha —la voz del guardia lo sacó de sus pensamientos—. ¿Pasa algo?

—… no —se había olvidado de esa persona—. Yo solo… no sé si todavía puedo acceder al ascensor.

—La señorita Haruno no retiró su contraseña, así que no tiene que hacer un registro de visitante, señor. Ella dijo que era probable que un día tuviera que usarlo, aunque no creí que pasarían años antes de eso.

—Cierto —suspiró.

Como un empujón, las palabras del hombre lo impulsaron a presionar el botón. Solo había tres formas para poder acceder: como residente, con su contraseña; como visitante frecuente registrado por los dueños; como visitante y ya, lo que conllevaba un proceso de registro, una llamada de notificación y la compañía de un guardia hasta la puerta. Él había entrado con una naturalidad que le pareció incómodamente familiar, mientras tecleaba su contraseña. El sonido del elevador, la música había cambiado, pero todo lo demás era igual. El mismo tintinear anunció que se abriría la puerta y él caminó, atravesando la pequeña salita en el piso de penthouse, hasta que tocó el timbre del que fue su hogar. Su antiguo mayordomo lo recibió.

—Mi señor Uchiha —admiró, invitándole a entrar con su gesto—. Es una sorpresa agradable. Puedo imaginar que viene a ver a nuestra señorita Sakura.

—¿Sakura? —alzó una ceja, sorprendido de que le llamara con tanta confianza.

—Ella insistió —se excusó, al cerrar la puerta—. La señorita pasó la mañana en el hospital, en cuanto llegó apenas comió antes de ponerse a trabajar en los planes para la fundación. Ella debe estar esperándolo en su estudio.

—No me anuncié.

—No fue necesario —afirmó, más viejo de lo que Sasuke recordaba—. Hace una semana, ella dijo que probablemente usted nos haría una visita y, sin importar lo que estuviera haciendo, iba a recibirlo. Debe recordar el camino, pero, ¿quiere que lo acompañe?

—Estaré bien por mi cuenta.

No se esforzó por ocultar la intriga. A su alrededor, muchas cosas parecían haber cambiado, aunque no demasiado. Ella había agregado objetos decorativos, cambiado la ubicación de algunos muebles, mantuvo el jardín, así como otros detalles que resultaban agradables a la vista. Pero, a grandes rasgos, no parecía haber enormes transformaciones. Así, después de admirar los ínfimos detalles a su paso, se encontró a sí mismo frente a la puerta de la habitación que acondicionó para ella, justo frente a la que solía ser su oficina del segundo piso, a un lado de la baranda con vista a la sala, donde Sakura lo miró con Minthe en el pasado. Intentó cortar de tajo con las emociones que lo embargaron ante la nostalgia, así que golpeó la puerta con los nudillos.

—Adelante.

Era su voz. Le pareció tan segura, que se sorprendió un poco en su sitio, pero no dejó que eso lo sacara de equilibrio, y abrió la puerta. Lo primero que notó es que su peinado había cambiado, aunque seguía usando el cabello corto. A ella le tomó un instante desocuparse de lo que fuera que estaba leyendo, para luego alzar la vista de jade. Se quedaron de ese modo, por un instante, como si el tiempo se detuviera al encontrarse sus miradas, y en parte eso fue lo que sucedió. Sin embargo, ella bajó su pluma sobre el escritorio y, simultáneamente, una amable sonrisa se dibujó en sus labios, un gesto suave de alegría contenida, un agradecimiento mudo a poder reconocerlo luego de estos años. Él, por su parte, ni siquiera podía reaccionar del silencioso embelesamiento.

—Te ves bien, Sasuke-kun —su corazón se estrujó al escucharla llamarlo así. Él seguía en la puerta, tomando el picaporte, sin poder moverse. Ella lo notó—. Pareces más fuerte de lo que te recordaba.

—No cambiaste nada —murmuró, anonadado. Le tomó un momento más dar un paso al frente y cerrar la puerta tras de sí, para apoyarse a ella—. Uno creería que sería diferente, pero además de la forma en que llevas el cabello… eres la misma.

—Excepto que no lo somos, ¿cierto? —bromeó, un poco seria, y se puso de pie—. No sabía si me visitarías. Pensé que no querrías verme.

—¿Tú no querías que viniera?

—Esperaba que lo hicieras —respondió, rodeando la mesa—. Pero no sabía si sucedería.

—Estoy aquí —contestó, notando que ella caminaba hacia él—. No sé a qué vine, pero terminé aquí, de la misma forma en que siempre lo hago.

—Lo sé —una risita sonora brotó de sus labios, y luego extendió su mano para mover el cabello largo que caía sobre su rostro—. Eres tú —sus ojos se humedecieron por la nostalgia, pero apretó los párpados para contenerlos y sonrió con más ímpetu, volviendo a verlo—. Te reconocería donde fuera, incluso si no pudiera verte. Tu olor —bajó su mano hasta su pecho, tocándolo con cuidado, en el centro—, la forma en la que respiras, las palpitaciones de tu corazón.

—Sakura —suspiró, colocando su mano sobre la de ella.

—Tu toque.

El suelo tembló, porque Hades abrió la tierra y tomó a Perséfone en sus brazos contra su voluntad, excepto que ella había venido a besarlo primero para recordarle lo que era el afecto en su máximo esplendor, para que las memorias de un amor ardiente y desesperado se volvieran presente, pues una vez ella lo besara no podría seguir fingiendo que estos tres años los habían cambiado. Sus manos se anticiparon a su cintura, y apretó la blusa blanca entre sus dedos, prueba de la añoranza que se mantuvo en su ser cada uno de los días de los últimos años, durante su viaje. La dulce presión de los labios rosas se convirtió rápidamente en un ataque voraz correspondido, y ella le quitó el saco sin dudas, se levantó la falda negra, pero no terminó el trabajo porque él ya le había roto las medias antes de que ella pudiera bajarlas. Se negaba a aceptar que le obstaculizara una tela delgada, y tales eran sus ansias que su mano encontró el camino dentro de su ropa interior para perturbar con sus dedos la calma en sus entrañas. Ella se quejó, aunque no era por dolor, se besaron con violencia mientras chocaban con un librero, que fue un milagro que se sostuviera mientras aquellos hacían temblar a la colección médica de Sakura, quien decidía no quedarse atrás al tentar a una bestia durmiente dentro del pantalón del mayor. En un instante, se descubrió en el aire a causa de sus fuertes manos. Sí, estaba más musculoso, ¿cierto?

La subió al escritorio, le desabotonó la blusa mientras besaba su cuello, y dejó que ella se hiciera cargo de su pantalón, incluida la calurosa crisis que sufría su miembro. No pasó demasiado tiempo antes de que encajara su pelvis entre las piernas de ella, y a nadie le importaría que apenas se saludaron antes de descubrirse en un arrollador acto amatorio que parecía haber olvidado la amabilidad con la que se descubrieron al principio, pues las necesidades eran más fuertes que los modales, y ellos no podrían seguir respirando sin volverse uno. Por aquello se rompió una taza, algunas plumas cayeron y estaba seguro de que, en su impetuosa lucha, habían arruinado parte del trabajo de ella, pero no parecía relevante para ninguno mientras se reencontraban de una forma tan equivocada. Su voz no fue tímida, sus manos lo apretaron contra su propio cuerpo, el color de su piel lo convenció a morderla, y los dedos de ella jalaron con suavidad su cabello cuando él empujaba fuertemente más y más profundo. Se miraron como aquella noche de hace tres años, se besaron como si el tiempo no hubiera sucedido, y terminaron en un abrumador estallido de placer que los hizo pedazos en cuerpo y alma, derrotados por el instinto al olvidarse de la razón, intentando recuperar los atisbos de cordura que morían lentamente. Sin embargo, ella se le aferró para que no tuviera un pretexto de alejarse, aun cuando le costó trabajo mantener el equilibrio. Ahí estaban ambos, de nuevo. Cometiendo errores cuando apenas se vieron. Él no debió haber regresado, él no debió venir aquí. Él jamás debió haberse enamorado.

—Te eché de menos —dijo, ella, para besarla mejilla. Pero él tenía una sensación confusa, sus emociones se encontraban, y eso se expresó en su silencio—. Déjalo ser. No importa si no estás de vuelta, esto está bien.

—No es así —murmuró, él, apartándose un poco para acomodarse la ropa—. Sigo perdiendo el control cerca de ti.

—No necesitas controlarte conmigo —afirmó, poniéndose de pie para acomodar su ropa.

—Tú… me hiciste una promesa, y la rompiste —se quejó. Sin embargo, ella expresó una clara confusión en su rostro—. Dijiste que seguirías adelante y lo superarías, pero pasaste todo este tiempo con mi familia, cuando debías hacer tu vida.

—Esta es mi vida: ellos también son mi familia —lo corrigió.

—Sakura —iba a reprocharla.

—No —lo detuvo, cruzándose de brazos—. Los hiciste mi familia el día que te casaste conmigo, no van a dejar de serlo solo porque nos divorciamos. Yo cumplí con mi parte, yo hice una vida sin ti: soy una mujer importante, fuerte e independiente, aunque apenas tengo veinticinco años. ¿Sabes que ahora soy una doctora? Y también inversionista en tu compañía.

—… escuché que te graduaste.

—Pronto empezaré a formarme como cirujano —suspiró—. Escucha, no fuiste necesario para que yo sobreviviera estos tres años. Pero eso no significa que no te quisiera a mi lado, y entender la diferencia entre una cosa y la otra es lo que me hace saber que maduré.

—¿Intentas convencerme de que es suficiente?

—Intento decirte que lo que pasó aquella noche, hace seis años, no fue tu culpa —él la miró, de inmediato, como golpeado por una ofensa—. Hiciste cosas incorrectas que son difíciles de superar, eres culpable de intentar tomarme por la fuerza, eres culpable de querer matar a Kiba, eres culpable de serme de infiel, pero yo también jugué un papel importante en eso.

—¿Vas a seguir atacando a la versión de ti con la que me casé? —soltó, cínico. Esto se convertía en una discusión—. Ni siquiera lo sabes.

—No debí haberme casado contigo, en primer lugar —lanzó, tajante—. Debí haberme negado y ofrecer otra solución, debí haberlo intentado. No debí haberme mostrado sumisa, como si te temiera, solo porque en realidad me sentía arrepentida de haberte dejado atrás cuando todos los dioses y yo abandonamos nuestro lugar en el Olimpo. ¡Yo debí ir a buscarte al inframundo!

—¡Es suficiente!

—¡No! —gritó—. ¡No es suficiente porque pude ir a buscarte cuando desperté en mi primera vida como mortal! Cuando me di cuenta era demasiado tarde, pero después tuve la oportunidad y me ganó la cobardía. ¡Yo te fallé! ¡Fui una mala esposa, porque creía tener miedo! En lugar de eso, me escondí y fingí que no existías, creía que yo era igual a todos para ti y que querrías matarme. Yo sí te conocía, no como ellos, y debía saber que sería distinto. La realidad es: pude buscarte y encontrar una solución para los dos, pero renuncié sin siquiera intentarlo.

—Ya no voy a escucharte alegando sobre lo que no comprendes —dijo, fastidiado.

—Tienes que hacerlo, porque te estoy contando lo que sucedió la noche en que te encontré en tu oficina, cogiéndote a esa zorra —un escalofrío lo recorrió, así que él apretó su saco.

—Sakura…

—Iba a pedirte que empezáramos de nuevo y me propusieras matrimonio, por eso me quité los anillos, quería tener el tuyo también —de repente, las palabras de Sakura lo confundieron, pero se puso atento, dejándola hablar—. Cuando vi eso se me partió el corazón, así que llamé a mi madre, Deméter, y volé a Osaka inmediatamente para suplicarle que borrara esa noche de mi mente.

—… ¿Qué estás diciendo?

—Una noche, Sasuke —un profundo dolor se acentuó en el pecho de él, mientras miraba en su rostro un genuino arrepentimiento—. Deméter tenía que eliminar una sola noche, para que tú y yo pudiéramos estar bien. Después de borrar a Kiba y a esa mujer, podríamos intentarlo.

—Pero ella lo borró todo.

—No quería que yo te aceptara —se encogió de hombros—. Ella no podía concebir que estuviéramos juntos y fuéramos felices. Quería que me quedara con ella, supongo… Confié en ella porque era mi madre, pero yo solo le pedí que no me dejara tener en la cabeza esos dos momentos de nuestras vidas, porque era demasiado doloroso recordar que te desahogabas con otra mujer por lo que yo no quise darte al ser tan pusilánime. Quería solucionarlo, sentirme como tu esposa, otra vez. Quería que volviéramos a ser como los reyes del inframundo.

—¿Quién te dijo todo eso?

—Vino a mí, días después de que te fuiste —bajó la mirada al suelo—. Pero era demasiado tarde, no tenía sentido decirles que podía recordarlo. No hacía diferencia, porque tú tenías que hacer algo por ti, así que quería que siguieras haciéndolo, quería que fueras libre de mí y no vivieras atado a una esposa ausente que te hace pedazos. Merecías ignorarme como yo lo hice contigo.

—Me estuviste esperando tres años, ¿para que yo hiciera lo que fuera necesario?

—Oh, por favor —sonrió, suave—. Si eres capaz de esperarme durante más de mil seiscientas primaveras, ¿cómo podría no esperar a tu regreso? Si lo que necesitabas era una eternidad, entonces yo seguiría aquí, hasta que aparecieras por esa puerta.

—Si lo recuerdas, ¿por qué no me odias?

—Jamás podría odiarte, idiota —se burló, pero su voz era débil, quebrada—. ¿No ves que te amo desde el día en que abriste la tierra para hacerme tu esposa?

—Pero, la Sakura que conocí…

—Estaba avergonzada —lo interrumpió—. Te falté al respeto, te evadí, me escondí como una rata y hui de ti. Pero, desde el momento en que pusiste una corona de flores en mi cabeza, poco a poco fui comprendiendo que no éramos esa farsa. Solo era difícil recuperarnos —se encogió, apenas un poco—. Tenía que recordar lo que éramos, y tú lo hiciste posible cuando me encontraste en Yoshino.

—¿Se supone que me crea todo esto?

—No —suspiró—. Pero sabes que es verdad, porque yo nunca te mentiría.

Sasuke la miró, hundiéndose en su seriedad. Ella se mantenía firme, segura de lo que acababa de decirle, pero eso no tenía por qué cambiar nada. La admiró de vuelta, digiriendo la información, y se puso el saco en silencio mientras era analizado por los ojos de la menor. Sakura tampoco se atrevió a decir otra cosa, aun cuando tenían mucho que hablar, y los dos lo sabían. Sin embargo, el silencio perduró y ellos parecieron decidir que era mejor acomodarse la ropa, aunque no había nada que ella pudiera hacer con las medias desgarradas, así que solo se las quitó para tirarlas al bote de basura junto al escritorio, y se dedicó a arreglar el desastre. Mientras tanto, Sasuke se fajó la camisa, arregló el pantalón, revisó que las mancuernillas—obsequiadas por Sakura— siguieran en su sitio, y ella notó que las usaba. Se pertenecían de una forma tal que palabras resultaban insuficientes, así que lo expresaban con pequeños actos que podrían pasar desapercibidos, o con espectaculares deslices como el que acababa de acontecer. Su pasatiempo favorito eran los errores, el silencio, la omisión, y promesas cumplidas. Ahora, estaban en esa incómoda mudez, a diferentes extremos de la habitación, cada uno intentando suponer cuál sería el siguiente movimiento del otro, aunque simultáneamente repasaban su lamentable historia, una burla para el amor. Entonces, él se marchó.

Los ojos verdes de ella admiraron la conclusión en el rostro adulto del morocho, y decidió no recriminarle el huir a paso rápido de sus problemas sin decir media palabra o hacer un gesto, siquiera. En lugar de eso, supuso por cuenta propia lo que él pensó, y se sentó en la silla tras su escritorio, agotada. Lo entendía: él no podía parar de pensar en que ella ahora sabía todo, y lo había sabido desde hace tres años. Él intentaba comprender por qué no se había ganado su odio, pero no podía ver a través de la culpa que ella sentía. Se hicieron daño desde que él se enamoró a primera vista. Se lastimaron cada vez que ella volvía de pasar el tiempo con su madre, porque no había placer donde no existía el dolor. Se engañaron el uno al otro tantas veces como deidades, que las que lo hicieron en la vida humana parecían igual de irrelevantes, excepto que ambos se odiaban a sí mismos y entre sí, porque era adulterio sin importar que el otro no estuviera presente para reclamarlo. Lo hizo pedazos al abandonarlo, y él le destruyó la confianza en sí misma cuando la volvió a encontrar. A partir de ese punto, siguieron hiriéndose entre sí, y a sí mismos. No conocían la piedad, así que continuaron equivocándose. Nadie les dijo lo simple que podía ser vivir, así que lo complicaron. Pero, ahora, después de tres años, la venda caía de sus ojos para revelarlo: era suficiente, y no había nada de malo en quererse.

[…]

Él hizo una llamada y, en menos de una hora, ya estaba en un avión. Había pasado una agotadora tarde después de ver a Sakura de nuevo y reencontrarse de forma frenética, escuchó cosas que jamás esperó que le dijeran y ahora necesitaba un trago, el cual decidió tomar de la mano de una azafata. Usualmente, las mujeres alrededor de Sasuke eran atractivas, le coqueteaban de manera indiscriminada y él tendía a ceder con el fin de satisfacer sus necesidades. Por lo que escuchó de un comentario que Izumi intentó hacer a Itachi en secreto, su ex esposa también ejerció su libertad en este tiempo, pero ahora las largas piernas y miradas intensas, las sonrisas sugerentes, nada de eso tenía importancia porque ya había tocado con sus dedos a la primavera, una doncella a la que era adicto y recaía como un idiota. Después de consumir la droga que llenaba a sus oídos con su dulce voz, era imposible pensar en algo más.

Impaciente, tras una hora de vuelo, él bajó del avión y subió a un auto que lo esperaba. No era la primera vez que llegaba a esa ciudad, y sus intenciones se mostraban tempestuosas mientras entraba por el frente, sin importarle un carajo nada, hasta una oficina que no le pertenecía. Había ocasionado con sus ardientes ojos rojos el mismo efecto que años atrás, y traía a su lado a un par de guardias para encargarse por él, pues no tenía intenciones de matar a civiles inocentes, pero podría hacerlo. Fue así que él tomó el palacio en su poder como un conquistador, doblegó a cada ser humano que se le atravesaba y se instaló en la silla principal, haciendo que la asistente frente a las puertas de esa habitación llamara a su jefa, despavorida. No pasaron quince minutos antes de que la rubia entrara, furibunda, para verlo bebiéndose su whisky.

—Te diría que te pusieras cómodo, pero ya lo hiciste —escupió, tras empujar las puertas para hacer su entrada dramática—. Pasaron tres años, Hades. ¿Qué demonios quieres?

—"El día que la ames genuinamente", dijiste —Sasuke pasó de las palabras de Tsunade, enfocado en sus asuntos—, el día que no la quiera encaprichado… cuando no tenga intenciones retorcidas, ¿cierto? Dijiste que en ese momento recuperaría su memoria.

—… ¿estás hablando de Sakura?

—Claro que estoy hablando de ella, ¿a quién carajos le borraste la memoria ahora? —contestó, mirándole con los colores de la sangre en sus ojos—. ¡Dijiste que sería un gesto de amor sin egoísmo y, en su lugar, ella va y recuerda todo cuando la dejo! —gritó, furioso, levantándose al golpear el escritorio con sus palmas—. ¿A qué mierdas estás jugando?

—Supongo que irte es lo primero que haces porque la amas honestamente —respondió, con un veneno tal que pudo morirse de haberlo tragado—. Entonces, sí recuperó su memoria, ¿eh?

—Lo hizo —gruñó—. Y con ello se acordó de que te pidió que borraras pequeños detalles, ¡no toda su puta vida! ¿Es acaso que no conoces los límites, maldita perra loca?

—Cuida tu lenguaje, no va contigo hablarme de semejante forma —contestó, cínica.

—No fijamos que eres alguien digna de respeto, Deméter.

—Estaba protegiendo a mi hija. Tal vez te mentí, pero no me arrepiento. En realidad, no se trata de ti, Hades, pero te es imposible verlo.

—Lo único que veo es que te has metido en mi vida cada vez que has podido con tal de hacerme imposible la simple idea de tener felicidad en ella —golpeó el escritorio, nuevamente, y luego se terminó su trago—. Estás loca, Deméter.

—Voy a explicártelo solo una vez —suspiró—, así que escucha con atención: tú robaste a mi hija adorada de mi lado.

—No actúes como si ella fuera una niña.

—¡Tú te la llevaste y la convertiste en algo que ella no era! —vociferó, de vuelta—. ¡Tú eres el único monstruo aquí! ¡Me arrebataste lo más preciado para mí! Era mi niña… ¡Y tú la depravaste cuando te la llevaste a esa apestosa cueva a la que llamas tu reino!

—Ella siempre fue todo lo que te asustaba, pero no estabas dispuesta a reconocerlo.

—¡Mentiras! ¡Ella era una doncella! ¡Ella era mi hermosa hija!

—¡Yo no le toque un cabello a tu virginal criatura hasta que ella accedió a ser mi mujer! —la oficina se llenó de sus gritos, mientras la secretaria y los guardaespaldas esperaban afuera—. ¡Ella tomó la decisión, no me eches a mí la culpa por sus decisiones y su naturaleza adulta!

—¡No sabía lo que hacía!

—¡No somos como tú y mi hermano! —soltó, haciéndola callar en su sitio—. Zeus abusó de ti de una forma terrible, pero tuviste a una hija a la que amaste tanto que por poco lo perdonas… él te violó, pero yo jamás le hice eso a Perséfone y, aunque por poco sucumbo a mis instintos, yo fui capaz de detenerme con Sakura. He hecho las cosas de forma incorrecta, pero estás ciega si crees que yo no la amo, y tienes que aprender a cobrar tus deudas con quienes te deben.

—Ella era mi luz —rabió—. Ella era mi preciosa niña.

—No es tu única hija —al recordarle aquello, Deméter apretó sus manos—, y no dejó de quererte por casarse conmigo. Como su madre, te amaría por siempre, incluso cuando me amaba a mí. No es una competencia y, aunque lo fuera, ni siquiera estamos en la misma categoría.

—Es amor, a final de cuentas.

—Y tú se lo prohibiste a un punto tal en que ni siquiera podía contarle a su adorada madre que se estaba enamorando de su esposo… pudiste ser testigo de un evento como ningún otro, pudiste ser feliz con nosotros y, en lugar de eso, decidiste arrebatarnos todo.

—… estaba furiosa.

—Sigues estándolo, Deméter, pero yo no soy el culpable, y tampoco lo es Perséfone —suspiró, y luego metió la mano a su bolsillo, para dejar una tarjeta sobre su escritorio—. Este es el número de un investigador que vive en Australia, ha estado vigilando a un hombre desde hace un tiempo.

—¿Australia?

—Encontré a tu agresor —señaló, para apartarse y buscar otro vaso, dejando que ella se acercara a pasos dudosos mientras él servía dos copas—. Cuando pensé que Zeus no podía ser más retorcido, él se convierte en una asquerosa criatura rastrera.

—Lo encontraste.

—Dijo que intentaste matarlo —comentó, acercándole un vaso lleno antes de apartarse con el suyo, en un esfuerzo por evitar que lo atacara—. En parte, tu falta de poder se debe a que no lo lograste, ¿cierto? También me dijo que ustedes, junto a Hera y Poseidón, acordaron manejar las cosas así.

—Él no quería problemas.

—Sin embargo, hizo un trato con dos personas que querían derrocarlo, y tú serías un dolor de cabeza si no participabas… el único que parecía irrelevante en su plan era yo —bufó—. Escuché que Hestia no se dio por enterada.

—Tenía mejores cosas que hacer —rodó los ojos—. Y ella no habría accedido… se ha quejado sin reparos con todos porque abandonamos a su hermano. Ella siempre te quiso.

—Lo sé, la vi una vez.

—… ¿en serio? —cuestionó, sorprendida.

—Me pidió disculpas por no haberse enterado, no volvimos a vernos. Los dos sabemos que era lo mejor, y me mantengo en esa postura. Si te hubiera encontrado antes que a ella, probablemente te habría matado. Hestia me tranquilizó.

—¿Lo hizo? —alzó una ceja.

—No maté a Zeus —se encogió de hombros, para beber de su trago—. Solo le di una paliza por ser un idiota, pero el imbécil no dejó de reírse… lo vigilo para mantenerlo a raya, pero no pude matar a esa serpiente.

—Es un apodo apropiado para Orochimaru —reconoció, divertida, aunque fuera un poco, aunque había un rastro de dolor y disgusto en su expresión—. Así se llamaba cuando lo encontré, hace unos cien años… Pero no me sirve de nada que me digas en dónde está. Él ya hizo el daño que quiso.

—Algún día lo pagará, Deméter, pero ya estoy harto de hacerlo en su lugar —la miró con intensidad, para recriminarla—. Tu hija recuerda todo, pero sigue entregándose a mí sin reparo, ofreciéndome su amor. No sé si me perdona o solo lo pasa por alto.

—Ya no tengo influencia sobre ella. Ya era hora, ¿no crees? Ni siquiera me habla, mucho menos quiere verme —le hizo saber—. Debe odiarme por lo que les hice… pero Perséfone no sabe cómo fue para mí, así que puedo perdonarla por estar enojada. La cuestión es que no solo está molesta por lo que le hice a ella, sino por ti.

—Los dos hemos sido castigados por Zeus, porque no eres capaz de olvidar que lleva su sangre y terminas creyendo que yo la desperté.

—Me pregunto si algún día podrá olvidarlo.

—No hay nada que pueda hacer por ti —decidió, dejando el vaso sobre una mesita auxiliar—. Debo irme ahora.

—¿A Tokio, Sasuke? —lo miró, desafiante—. ¿O vas a dejarla otra vez?

—… creo que ya conoces la respuesta.

[Continuará…]