Al fin había llegado el día en el que tomarían la decisión más trascendental de sus vidas. Eran a penas las ocho y media de la mañana y todos estaban preparados. En la antesala del gran comedor estaban reunidos alumnos y profesores para decidir su futuro. La directora McGonagall les miró aclarándose la garganta.

- Supongo que habréis hablado con vuestros respectivos tutores de esta importante decisión.

Todos asintieron incluida Johanna. Lo suyo no fue exactamente una conversación, sino más bien un monólogo. Además no se puede decir que llegaran a ninguna conclusión, pero la decisión estaba tomada y eso era lo que importaba.

- Los que decidan quedarse, tendrán la oportunidad de ir a sus casas acompañados de sus tutores para recoger todo aquello que necesitéis para pasar el curso. – Siguió la directora. – Aquellos que por el contrario queráis abandonar el mundo mágico, seréis sometidos a un hechizo desmemorizador y podréis volver a vuestra vida. Sabed también que todos aquellos que decidáis seguir adelante con esto, podéis abandonar en cualquier momento y volver a vuestra vida anterior.

Minerva hizo una breve pausa y bebió un sorbo de la copa que tenía en la mesa.

- Los que os quedéis, seréis seleccionados para una de las cuatro casas del colegio y pasaréis a vivir en las habitaciones de vuestra casa. Allí se habilitarán unos aposentos para vosotros.

Los chicos la miraban con el rostro serio, conscientes de que la decisión que estaban a punto de tomar marcaría su futuro para siempre.

- Ahora voy a ir diciendo vuestros nombre uno a uno y me diréis la decisión que habéis tomado, luego os iréis colocaréis al lado de vuestros tutores para empezar el viaje, tanto si es solo de ida como si es de ida y vuelta.

Johanna miró de reojo a su tutor cuya mirada imperturbable era más fría de lo normal. Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.

- Benet Oliver.

El joven de 22 años se acarició la perilla y se pasó una mano por su pelo castaño siempre despeinado con cara de falsa indecisión.

- Creo que voy a quedarme. – Dijo guiñándole un ojo a Hagrid.

- Brandson Alan.

- Me quedo. – Dijo él y se levantó para ponerse al lado de Rolanda Hoch. Cogió una gomilla que tenía en la muñeca y se hizo una coleta en su media melena. – Ya estoy preparado para el viaje, nos vamos en escoba ¿Verdad? – Preguntó ilusionado.

A sus 28 años se sentía como un crío que va a montarse en un Ferrari.

- Culpepper Jerry.

El rubio se levantó y fue a colocarse al lado del profesor Potmos.

- Yo también me quedo. – Afirmó con una sonrisa.

- Dankworth Morpheus.

No me perdería esto por nada en el mundo. – Se levantó de su silla y fue al lado de la profesora Trelawney. – Sybill, será un placer que me acompañe en esta aventura. – Dijo con toda la galantería que fue capaz y acabó dándole un beso en la mano a la vieja profesora quien se sonrojó como una colegiala.

- Endless Edward.

- Encantado de seguir aquí con vosotros. – Dijo el chico.

En ese momento Johanna vio como Emma respiraba aliviada y se dio cuenta de lo mala amiga que había sido al no preguntarle por la noche que había pasado con el chico.

- Johnson Emma.

- Me quedo. – Dijo tímidamente.

Johanna le sonrió afablemente mientras la chica se ponía al lado del profesor Longbottom.

- Mcbay Johanna.

La chica se levantó sonriendo y se colocó al lado del profesor Sanape.

- Me quedo. – Dijo la chica, y añadió susurrando. – Que pena, tendrás que aguantarme mucho tiempo.

Alargó la palabra "mucho" para darle énfasis e irritar a su profesor. Pero si lo logró, no se reflejó en su rostro ni en su actitud, que seguía impasible como si se tratara de una escultura de mármol de alguien a quien le acabaran de meter un palo por el culo.

- Mason Marie.

- Obviamente, me quedo. – Afirmó la chica.

Marie se levantó para posicionarse al lado de la profesora Aurora Sinistra, mientras andaba contoneándose movía su larga y ondulada melena roa como el fuego.

- Orenson Ginger.

- Voy a seguir aquí. – Dijo con su voz suave casi en susurros.

- Rackham John.

- Sería estúpido si dejara pasar esta oportunidad. – Dijo el chico de pelo negro colocándose las gafas y dirigiéndose rápidamente al lado del profesor de estudios muggles.

- Smith Sarah

- También me quedo.

El profesor Godenhorn sonrió y le hizo señas para que fuera a su lado.

- Y por último White Magie.

- Si dijera que me voy os rompería el pleno, así que no me queda otra que decir que me quedo. – Dijo burlona

- Bueno, así que os quedáis todos. – Dijo la directora ocultando una sonrisa de satisfacción. – Está bien. El día uno de septiembre dará comienzo el curso, tenéis un día y una noche para arreglar lo que tengáis que arreglar con la ayuda de vuestros tutores. Recordad que tendréis que estar en el castillo el día uno antes de que lleguen los demás.

La profesora hizo otra pausa y siguió.

- Ya sabéis que la puerta de mi despacho está abierta para lo que necesitéis, sólo tendréis que decirle la contraseña a la gárgola que custodia la puerta: Semper fidelis.

Tras las breves palabras de la directora cada alumno fue abandonando la estancia con su tutor, hasta que solo quedaron Johana y Severus Snape, mudos y petrificados cómo estatuas. La atmósfera de la sala podía cortarse con un cuchillo. Tras unos segundos que se hicieron eternos, Johanna decidió romper el hielo.

- Bueno, yo ya me voy. Tengo un largo camino hasta Londres. Tú puedes quedarte aquí.

- ¿Y cómo piensas llegar hasta allí? – Le espetó el hombre rudamente.

- Ese no es tu problema. Ya no seré una molestia para ti. – Tras decir eso sintió una punzada de dolor. – Si hace falta haré autostop. No sería la primera vez.

- ¿Auto qué? – Preguntó furioso. – Deja de decir tonterías. Te llevaré yo. Si te pasara algo tendría que aguantar los reproches de Minerva hasta sabe dios cuando.

La chica no sabía si alegrarse o molestarse por ese comentario. Obviamente había sido grosero como de costumbre, pero parecía que en el fondo se preocupara por ella.

- De acuerdo entonces. Si es lo que quieres. – Dijo la chica. – Pero no te creas que te dejaré ir así. En Londres me conoce mucha gente y no quiero que me relacionen con alguien que viste así. – Le dijo mirándolo de arriba abajo con una mueca de asco.

- ¿Pretendes que vaya disfrazado de muggle? – Se escandalizó el profesor.

- Exacto. Tómatelo como un uniforme de trabajo.

- ¡Jamás! – Exclamó el hombre indignado.

- Está bien. Entonces iré sola. – Respondió la chica alejándose.

- Espera. – Empezó el profesor. – Si no hay más remedio. A las 10 te estaré esperando en la puerta de salida de los terrenos del colegio.

- ¿La de los dos cerditos? – Preguntó la chica.

- Esa misma. No te retrases.

El hombre se fue sin decir nada más.

Johanna corrió a su habitación. Llenó su maleta con todas las cosas para que a los elfos domésticos les fuera más fácil transportarlo todo a su nuevo cuarto. Guardó un uniforme en una bolsa para el día de inicio de curso y se vistió con ropa muggle. Se puso unos shorts vaqueros, unas deportivas y una camiseta de tirantes con un escote importante. Además cogió una cazadora vaquera por si refrescaba. Llenó su bolso con lo imprescindible y se fue.

A las diez en punto Johanna llegó a la puerta. Por el camino se había despedido de su fiel amigo Black. Las puertas de entrada eran de magnífico hierro forjado y estaban flanqueadas por dos columnas coronadas con estatuas de jabalíes alados. A pocos metros de las puertas había una pequeña caseta de vigilancia con una alta chimenea. Más allá de la puerta empezaba un largo camino de tierra bordeado por arboles a ambos lados. De repente una sombra salió de entre los árboles. Era el profesor Snape, pero estaba muy diferente a lo habitual. Llevaba un traje negro con una camisa del mismo color. Solo le faltaban unas gafas oscuras y un pinganillo en la oreja para parecer un guardaespaldas de verdad. Johanna le miró de arriba abajo y no pudo evitar pensar que estaba un poco atractivo.

- ¿Se puede saber que llevas puesto? – Le preguntó él. – No sabía que la moda muggle era ir en ropa interior.

Johanna apretó los puños con rabia y contuvo a tiempo el irrefrenable impulso de pegarle una patada en la espinilla.

- Tú por lo menos te has quitado la falda. No podía pedir más. – Dijo con resentimiento. – No perdamos más el tiempo, vámonos.

Sin decir una palabra el profesor extendió su brazo para que la muchacha se agarrara y así poder desaparecerse.