2er capítulo: LA DESPEDIDA

No lloró. Había derramado ya tantas lágrimas, que pareció que sus ojos ya se habían secado para siempre. Entró en su dormitorio y miró a alrededor. El vestido que había llevado puesto antes estaba hecho jirones, pero tendría que bastar para poder llegar hasta casa de su padre. Se envolvería en una manta, o una cortina, cualquier cosa le iría bien para cubrir las partes rotas. No le importaba nada más que salir de allí cuánto antes.

Se quitó el collar que Edward le había regalado, aquel en el que estaba gravado la palabra «esclava». Lo acarició brevemente antes de dejar ir un suspiro y dejarlo sobre el tocador. No iba a llevárselo.

Empezaba a ponerse el vestido roto cuando Mike entró seguido por dos lacayos que llevaban un baúl. Bella lo miró, estupefacta. Era el baúl que había traído con su ropa desde su casa cuando se mudó allí, aquel que Edward le había dicho que habían quemado.

Mike adivinó qué estaba pensando, porque dijo con pena:

—El señor Masen mandó guardarlo en el desván, señora. Vendré a buscarlo en cuanto se haya vestido. El resto lo estamos bajando. Hay un coche esperándola.

Cuando Mike y los lacayos se fueron, Bella lo abrió y sacó el primer vestido que encontró. Le dieron igual las enaguas, la crinolina, el corsé… se había acostumbrado a ir desnuda y tanta ropa la molestaba. Se vistió en silencio, esperando que Edward tuviera el valor de ir a buscarla, de pedirle que se quedara, de decirle lo que sentía. Pero al mismo tiempo sabía que era una esperanza vana. No lo haría. Jamás se rebajaría a demostrar una debilidad, y eso era ella para él.

Cuando Mike volvió al cabo de media hora, ella tuvo que pedirle que la ayudara a abrocharse el vestido porque no llegaba a la parte trasera. El hombre lo hizo en silencio y con corrección.

Bajó las escaleras con decisión, como si tuviera prisa por salir de allí, y así era. Quería dejar todo aquello atrás y empezar a olvidar. Sabía que su corazón tardaría en sanar, que nunca volvería a ser la misma, pero ansiaba tener algo de paz.

Cuando subió al coche, Mike se quedó un momento mirándola, agarrado a la puerta mientras los lacayos estaban terminando de colocar el equipaje.

—El señor Masen me ha dado órdenes, señora. No va a depender de su padre. La acompañaré hasta Dorset, donde el señor tiene una casa solariega cerca de Weymouth. La presentaré a la servidumbre, la ayudaré a establecerse allí y después me iré. —Bella lo escuchaba sin decir nada. Miraba al frente, hacia la pared de madera del carruaje—. El señor ordenará a su administrador que le haga llegar cada mes el suficiente dinero para que viva con todos los lujos que quiera, pero que las facturas de todo lo que atañan a la casa debe usted enviarlas a Londres y que él se encargará de pagarlo todo. —Esperó en silencio durante unos segundos—. ¿Me ha entendido, señora Masen?

—Lo he entendido, Mike. Quiero irme ya.

—Sí, señora.

Cuando Mike cerró la puerta, Bella corrió las cortinillas de ambas ventanas y se quedó completamente a oscuras. Se estiró sobre el asiento y se hizo un ovillo, agarrándose las rodillas, doblándolas hasta que le tocaron los pechos. Cuando el carruaje se puso en marcha media hora más tarde, suspiró, cerró los ojos, y se durmió.

Después que Bella abandonara el salón después de su estallido de furia, poniéndolo en evidencia delante de todos sus clientes, Edward salió hecho una furia de allí. Se encerró en su despacho y arrasó con todo mientras rugía, rompiendo cualquier cosa que se puso en su camino. Estrelló los sillones contra el fuego que ardía en el hogar, arrancó las cortinas, destrozó toda la cristalería del mueble bar; intentó volcar la mesa y, cuando no pudo porque pesaba demasiado, incluso para él, se dejó caer en el único sillón que había quedado entero, dejó caer los hombros y enterró el rostro en las manos.

—Señor. —Mike había entrado cuando la falta de ruido le indicó que Edward había terminado de exteriorizar su rabia—. ¿Qué piensa hacer?

—Permitirle que se vaya, por supuesto —contestó en un susurro. Levantó la cabeza y se dejó caer hacia atrás, apoyándose en el respaldo.

—¿Está seguro? Aún podría arreglarlo, si quisiera… —intentó convencerlo.

—No. —Su voz sonó cansada, agotada—. No pienso hacer eso.

—Entonces no debería consentir que volviera con su padre. Si me permite… le sugeriría la finca de Dorset.

—Ocúpate de todo, Mike. Cualquier cosa que decidas, estará bien para mí. —Mike asintió y empezó a retirarse, pero la voz de Edward lo detuvo—. Dile a uno de los camareros que me traiga la mejor botella de whiskyde la bodega —le ordenó—. Y no vuelvas a molestarme.

—¿No piensa despedirse?

Edward no respondió. Había inclinado la cabeza hacia atrás y cerrado los ojos. Se aferraba desesperadamente a los brazos del sillón, con tanta fuerza que se le estaban poniendo los nudillos blancos.

Mike abandonó el despacho dejándolo solo. En todos los años que llevaba junto a Edward, jamás le había visto así, y le dolía en el alma que fuera tan testarudo y se negara a aceptar que estaba total y profundamente enamorado de Bella. Era una lástima, porque estaba seguro que, si le diera la oportunidad, aquella mujer sería capaz de hacerlo feliz.

Bella llegó a Dorset al cabo de cuatro días. Blackbay Manor era una finca enorme rodeada de cuidados jardines, con un lago artificial que tenía un islote en el centro. En un pequeño embarcadero había unos botes de remos para llegar hasta ella. Lindando con los jardines había un bosque frondoso por el que discurría un arroyo.

La servidumbre se mostró feliz al recibirla. Eran pocos, ya que la mayor parte de la casa estaba cerrada y no era necesaria mucha gente para mantenerla en condiciones, pero en los siguientes días Mike se encargó de contratar a más personal siguiendo las recomendaciones de Magnus, el mayordomo. Se abrieron habitaciones, se airearon las alas cerradas, y la casa cobró vida repentinamente.

Bella decidió que, con el tiempo, podría llegar a ser feliz allí.

Tres semanas después de su llegada, cuando Mike ya había regresado a Londres, Bella sintió nauseas al levantarse. No le dio importancia, simplemente pensó que le había sentado mal la cena del día anterior, y no se preocupó. Pero al día siguiente le volvió a pasar lo mismo; y al otro.

El mayordomo mandó llamar al médico del pueblo más cercano, y el dictamen de este fue determinante: Bella estaba embarazada, y ella se encontró ante una encrucijada con una decisión muy difícil de tomar.

¿Debía avisar a Edward? Su conciencia le decía que sí, pero el temor a lo que él pudiera hacer se lo impedía. ¿Y si intentaba quitárselo? Sabía perfectamente que las leyes le apoyarían a él si decidía hacerlo; pero por otro lado, era una crueldad mantenerlo en la ignorancia. Además, ¿quién le aseguraba a ella que alguno de los criados, o todos, no lo mantenían informado de lo que allí pasaba?

Pensó en desaparecer, huir de allí. Podía acudir a su padre, pero las palabras que le dirigió el día que fue a por ella se lo impedían. «Ya lidiaremos con el problema si se da el caso». Aquella frase no auguraba nada bueno, y sospechó que su padre sería capaz de quitarle a su hijo, lo que ella más temía.

«Edward no te lo quitará —le decía su vocecita interior, la que se había mantenido callada durante todo aquel tiempo—. Incluso puede que sea lo que necesita para aceptar sus sentimientos».

Era un riesgo, pero debía correrlo. Rezó a Dios para no equivocarse, y escribió una carta a su esposo.