Arco 1: Detective Hikigaya Hachiman
Capítulo 19 - Lo único que queda
—¿Orden número 655? —llamó la camarera en medio de una cafetería moderadamente llena, con sus ojos escudriñando por los clientes reunidos en el puesto de recogida. Levanté una mano para mostrarle los números impresos en negrita "655".
—Aquí tiene, ¿un americano, sin crema ni azúcar, y un frappé de vainilla? —recitó la orden en sus manos.
—Sí —respondí de una manera podría pasar por comunicación Neandertal. Recibí con cuidado las bebidas que me ofrecía, una por una.
No se me pasó por alto la dulce sonrisa que la camarera me dirigió, cosa que me hizo sentir aún más incómodo. Bajé rápidamente la vista hacia las tazas en mis manos, causando que los anteojos se deslizaran por mi nariz. Bajé mi café expreso torpemente y empujé el puente de los lentes de vuelta a su lugar para que no siguieran obstruyendo mi visión.
La camarera dejó salir una pequeña risita, y tomé aquello como señal de retirada para salvarme de más humillación, dirigiéndome rápidamente a la parte trasera de la cafetería, donde mi acompañante de la tarde estaba sentada en una mesa de la esquina. Rumi alzó la mirada mientras me acercaba, con su cara en su habitual estado de desgana.
—Sé que no es un gran consuelo… —comencé a disculparme mientras colocaba el frappé frente a Rumi—… pero aquí tienes.
—Hachiman, está bien. Es trabajo, lo entiendo —dijo Rumi bruscamente, recibiendo la bebida y bebiendo un sorbo. Casi pude verla relajarse un poco. Una bebida fría como esa era más que apropiada para el calor horrible de hoy. Y hablando de hoy…
Sentí una punzada de culpabilidad cuando recordé la clase de día que hoy debió haber sido. Una nueva tienda de dulces llamada "Mishichi" había abierto en Ginza, y rápidamente apareció en los titulares con la historia detrás de su creación. El pastelero japonés que había abierto la tienda había viajado por todo el mundo, y aprendió los secretos para la creación de dulces tradicionales en Turquía, India, Pakistán y Bangladesh. Al regresar a Japón, modificó las recetas para ajustarlas a los paladares japoneses. Las golosinas exóticas rápidamente se ganaron un culto de seguidores.
Un dulce en particular que llamó mi atención y la de Rumi fue este pequeño orbe blanco llamado "rosh gholla". Según el post en sus redes sociales, provenía de la región Indio-Bengala y se preparaba cuajando la leche. Luego de quitar el suero, los sólidos restantes eran amasados en pequeñas esferas antes de ser cocinados en almíbar hasta que quedaran ligeros y esponjosos.
La mirada de fascinación en el rostro de Rumi me llevó a preguntarle si quería ir, preferiblemente un día en el que yo no tuviera trabajo y ella no tuviera escuela. Ella aceptó con entusiasmo y me hizo prometérselo. Luego de una semana, el plan era reunirnos en esta cafetería luego de que ella terminara de hacer sus recados en la zona, y entonces, ir en mi auto hacia Ginza para probar aquella delicadeza que ambos esperábamos con impaciencia.
Ese se suponía que era el plan, de todos modos.
Tan pronto como Rumi llegó, recibí una llamada de Min-san, haciéndome saber que Saito había conseguido la "prueba" que habíamos acordado. La hora y el lugar fueron determinados, así que ahora era mi turno de cumplir. Desafortunadamente para Rumi, esto era algo que no podía posponer. Intenté explicarle todo lo mejor que pude, pero pude notar que estaba decepcionada, a pesar de que ella tratara de restarle importancia con una cara inexpresiva.
Esto me hizo sentir aún peor, porque sabía lo mucho que ella estaba esperando esto. Rumi era una persona comprensiva y muy emocionalmente madura para su edad. Esto probablemente se debía a que su padre y su tío estaban ausentes largos periodos de tiempo debido a responsabilidades que no estaban en condiciones de dejar de lado. Rumi no resentía a ninguno de ellos por esto, e incluso estaba orgullosa de ellos.
Pero eso no me hacía sentir mejor al respecto.
Me quebré la cabeza tratando de buscar una buena solución, y finalmente decidí que mi orgullo era secundario con respecto a compensar a Rumi. Saqué mi teléfono y le envié un mensaje a una de las pocas personas en las que podía confiar. Ésta me respondió afirmativamente, y todo lo que tenía que hacer ahora era esperar luego de darle la dirección.
Tomé un sorbo de mi americano, con el sabor amargo registrándose en mi lengua. Puede que me esté volviendo loco, pero juro que el café solía tener más sabor hace un tiempo. ¿Quizá la próxima vez deba probar otro tipo de café? He oído que el cubano puro sabía a humo líquido.
—Así que, ¿a quién estamos esperando? —La pregunta de Rumi interrumpió mis pensamientos sobre el café, y levanté la vista para mirar cómo la adolescente revolvía su café lentamente, mezclando la crema batida en la bebida. Ciertamente le gustaban los dulces.
—A alguien que conozco.
—¿Tienes amigos, Hachiman? —Rumi me miró, asombrada, como si le hubiera revelado el secreto más importante del universo.
—Un conocido.
—¿Tu compañero que el tío Kenji menciona a veces?
—¿Shiba? No. Además, no voy a dejarte con otro hombre.
—¿No confías en él?
—No es sobre confianza. —Chasqueé mi lengua—. No quiero que nadie se haga ideas raras contigo. Es lo último que necesito.
—… ¿sí? —La voz de Rumi se alzó un poco al final, con algo reminiscente a la positividad, diría yo.
Nuestra charla se vio interrumpida cuando un auto acercándose a nuestra ventana llamó nuestra atención. El tráfico cerca de la cafetería era minúsculo, así que cada auto tendía a destacar a su manera. No es como si este Mercedes blanco perla con una insignia AMG necesitara enfatizar aún más su presencia.
—… ¿es ella? —preguntó Rumi con curiosidad, mirando hacia adelante.
—Debería.
—… no me sorprende que conduzca un auto así, conociéndote.
—¿Qué quieres decir?
—El auto de Shizuka es tan… eso. Y el tuyo también.
—No pareces quejarte cuando Shizuka te lleva a la escuela en el Porche.
Rumi se sonrojó—. B-bueno…
El enrojecimiento en el rostro de Rumi fue reemplazado por palidez cuando su atención volvió al mundo exterior, mientras la conductora del Mercedes blanco se bajaba. La puerta se abrió suavemente, revelando un interior de cuero negro que se vio interrumpido por la elegante pierna de Yukinoshita Yukino, mientras ésta se ponía de pie bajo el infernal sol del estacionamiento del café. Vestía ropa ligera, una blusa color crema con una falda azul marino que le llegaba justo debajo de las rodillas. Una decisión inteligente, viendo que el sol había desarrollado un repentino deseo de incinerarnos a todos.
—¡¿Qué demonios, Hachiman?! —Rumi se volteó hacia mí, escupiendo veneno.
—¡¿Q-qué?! —tartamudeé, sin esperarme una reacción tan extrema.
—¡¿Por qué está ella aquí?! —me siseó.
La puerta frontal se abrió y escuché cómo un trabajador saludaba a Yukinoshita mientras ésta entraba al pequeño establecimiento. Levanté la mano ligeramente en señal de saludo, llamando su atención. Rumi miró hacia atrás, mirando a la mayor mientras caminaba hacia nuestra mesa. No se hicieron preguntas (ni se expresaron objeciones) cuando Yukinoshita colocó su bolso de cuero blanco en la mesa circular antes de deslizar una silla de madera para sentarse justo a mi derecha. No estaba seguro de si era mi imaginación, pero el aire se había vuelto más frío, emanando de Rumi como si ésta fuera un bloque de hielo.
—Buenos días, Tsurumi-san, Hikigaya-kun —nos saludó Yukinoshita con neutralidad, sin una sílaba fuera de lugar o de tono.
—… claro, buenas —respondió Rumi en voz baja, llevando la pajilla de su frappé a su boca para sorber lentamente.
Levanté una ceja ante esto, pero no le di más vueltas antes de volverme hacia Yukinoshita—. Hey.
—… veo que llevas la ropa adecuada para una salida —comentó.
—Digo, para algo la compré, ¿no? —Miré mi cuerpo, vestido con la ropa casual que habíamos comprado en el centro comercial hace un tiempo—. Tengo que usarla. Me he estado acostumbrando.
Y cuando digo "acostumbrando", me refería a "acostumbrarme a sentarme llevando una funda pequeña de espalda". La manera en que se clavaba en mi espina dorsal me hacía sentirme como el Jorobado de Notre Dame, excepto que se debía a una hernia discal en lugar de un defecto en mi ADN (no es como si hubiera obtenido un buen resultado en ello tampoco). Era desagradable, por no decir más.
—Parece que el gato viejo ha aprendido trucos nuevos —dijo Yukinoshita con una sonrisa irónica.
Fruncí el ceño—. ¿Sigues con eso?
—Pues claro. ¿No es ésta otra evidencia sobre cómo fui capaz de reformarte en un ser humano?
—Esto está yendo más allá del "noblesse oblige" está entrando en el terreno de "complejo mesiánico".
Y además, ¿acabas de llamarme gato viejo?
—Creo que mucha gente estaría de acuerdo en que soy tu salvadora.
Abrí mi boca para responderle, pero Rumi habló antes que yo.
—¿Pueden parar? —murmuró en voz alta—. Es molesto.
—¡Sí! —expresé mi acuerdo, con mi esperanza de supervivencia siendo renovada con este nuevo apoyo—. Tiene ra-
—Es estúpido de todos modos. Todos sabemos que Hachiman es un idiota.
—Oye.
Miré fijamente a Rumi, y ésta me devolvió la mirada, sin ceder un ápice. La autoproclamada "Salvadora de los Hikigaya" usó una mano para tratar de amortiguar un indecoroso ataque de risas. Desgraciadamente, estaba siendo asediado por ambos lados, bien podría admitir la derrota antes de que las demandas empeoraran.
Dejé escapar un suspiro de cansancio, dirigiéndome a Yukinoshita una vez más—. Gracias por venir tan de improvisto. No he interrumpido nada, ¿verdad?
—En lo absoluto, no fue ningún problema —aseguró Yukinoshita—. Aunque he de admitir que estoy un poco curiosa. Es bastante raro que le pidas un favor a otra persona. El mensaje que me enviaste era vago al respecto.
—Hay algunas circunstancias atenuantes, pero para resumir: le prometí a Rumi que la llevaría a una tienda de dulces en Ginza, pero surgió algo en el trabajo. Lleva esperando esto toda la semana, y el postre sólo estará disponible durante un tiempo limitado. Sería un desperdicio si no va sólo por mí. Esperaba que tú pudieras llevarla.
Yukinoshita parpadeó unas cuantas veces y me miró con ojos llenos de sospecha—… ¿dijiste que esto fue planeado con una semana de antelación?
—Sí.
—… ¿ah, sí…?
Sus ojos azules se entrecerraron y se dirigieron hacia Rumi, quien a su vez apartó su mirada de nosotros dos. Yukinoshita pasó una mirada examinadora sobre la joven, quien se retorció bajo el escrutinio. Giré la cabeza para ver qué era exactamente lo que había llamado la atención de la abogada. No noté nada fuera de lo ordinario. Hoy no era un día de escuela, así que Rumi, en lugar de su uniforme escolar, optó por algo más casual, al igual que yo. Unos jeans azules y una camiseta roja de manga corta cubierta por un suéter negro con botones.
Se veía bastante bien.
—… mis condolencias… —dijo sombríamente Yukinoshita, casi por lástima si no supiera bien.
—No quiero oír eso de ti… —gruñó Rumi en voz baja.
—Siempre ha sido así, si te hace sentir mejor.
—No lo hace.
—Ya veo. —La comisura en la boca de Yukinoshita se movió—. Buena suerte.
—En verdad no quiero oír eso de ti.
Acababa de ocurrir una conversación en un plano superior, más allá de mi comprensión, dejándome desconcertado. Simplemente dejaron de hablar como si hubieran llegado a una conclusión a pesar de que nada de lo que dijeron era indicativo de ello. Todo lo que realmente sabía era que yo había sido mencionado… ¿tal vez?
—Entonces… —Tosí en mi puño para orientar mis pensamientos—. ¿Puedes hacerlo?
—Siento que debo. Especialmente luego de la humillación que esta chica debe estar sintiendo. Oh, Señor Inconsciente —suspiró Yukinoshita. Sus palabras se vieron acentuadas por el rostro de Rumi, volviéndose de un tono rosado.
—¿Qué? —No tenía idea de a qué se refería Yukinoshita, o de si me estaba insultando o no.
—Es igual. Fue tonto de mi parte el esperar algo. Llevaré a Tsurumi-san a esta tienda. Supongo que tendrá la dirección, ¿no?
—Dile que la ponga en tu GPS. Es un camino bastante sencillo desde aquí.
—Ya veo, entonces ya no tengo nada más que preguntar. —Yukinoshita se levantó y puso su bolso sobre su hombro antes de volverse hacia Rumi—. ¿Nos vamos?
—… deberíamos… —dijo Rumi, soltando un resoplido deprimido, con su silla sonando mientras se ponía de pie.
—Adiós, Hikigaya-kun.
—Nos vemos, Hachiman.
Vi cómo se subían al auto de Yukinoshita, y asentí cuando la susodicha me hizo un gesto de despedida antes de ponerse en marcha, uniéndose a la carretera local y eventualmente a la vía pública de más allá.
Bien, era hora de mi "cita". Pero primero, necesitaba ir a casa para cambiarme de ropa. Lo que llevaba puesto no era adecuado para la tarea en cuestión.
Necesitaba lucir menos memorable.
Puede que me quejara de que la gente no me reconociera como detective (lo cual dolía un poco, considerando que había pasado un buen tiempo en entrenamiento y luego esclavizándome durante unos años más de mi vida), pero estaba consciente de que tenía sus propios beneficios. Por ejemplo, me permitía dejar de ser un detective cuando necesitaba ser Aldeano B.
Mezclarme entre una multitud y pasar desapercibido son habilidades que desarrollé durante mi juventud. No era algo tan complejo ni que requiriera tanta habilidad como el anime y el manga lo hacían parecer, y ciertamente la gente me notaría en medio de una cancha de baloncesto sin importar qué. [1]
Hubo una vez en que hicieron un experimento social para explorar la psicología de las multitudes humanas, en el que varias personas miraron al cielo en medio de una intersección llena de gente, y observaron los resultados. Sorprendentemente, sólo se necesitó de tres personas mirando hacia arriba para que casi todos en la intersección hicieran lo mismo.
El concepto de pasar desapercibido entonces es simple: haz todo lo que los demás hacen. Mientras haya al menos otras tres personas haciendo lo mismo, la mente colmena del mar de gente te acomodará.
Me paré en la esquina de la calle vistiendo mi ropa de trabajo, ya sin mis anteojos ni mi corbata, mientras dejaba que mi pelo volviera a su desordenado estado natural. No hice contacto visual con nadie, asegurándome de mantener mi vista siempre baja. Mis manos estaban metidas en los bolsillos de mi terno abierto, que cubría una simple camisa blanca con unos cuantos botones de arriba sueltos. Me veía como el típico esclavo oficinista que intentaba relajarse luego de un día de trabajo en el que no había alcanzado ni uno solo de los objetivos de rendimiento que mi jefe, con todo el entusiasmo, me había fijado.
Sí, yo también estaría molesto.
El semáforo cambió de color y caminé lánguidamente hacia adelante. El lenguaje corporal laxo y relajado era una necesidad. La tensión era mucho más visible de lo que uno esperaría, y atraía una atención desproporcionada. La mente humana estaba programada para mantenernos con vida, así que cualquier amenaza que causara que tu cuerpo se tensara, haría que los demás, por instinto, miraran hacia ti en caso de que encontraras tal peligro e intentaras comunicarlo. Era un mecanismo de supervivencia que la evolución había concedido a una especie que vivía en grupos.
Llegué a la otra acera y una mujer chocó contra mi hombro mientras trataba de buscar algo en su bolso al mismo tiempo que caminaba.
—¡Lo siento, perdóneme! —Me hizo una rápida reverencia y se marchó a paso rápido, sin esperar mi respuesta. Vi cómo se disolvía entre las masas de bulliciosos cuerpos humanos del centro de Tokio.
Seguí moviéndome, ya que quedarme quieto mientras el resto del mundo estaba en movimiento era una manera segura de ser recordado. En unos minutos, llegué frente a una tienda de electrónicos, con un sedán negro estacionado en la calle justo delante de ella. El auto era un Toyota Crown, y aunque no era el modelo más nuevo, era fácilmente reconocible por lo popular y común que era en Japón. Las elegantes y funcionales líneas de carrocería con algunos acabados cromáticos en la parte delantera le daban un aspecto distintivo.
Interesante elección de vehículo.
La persona sentada en el asiento del conductor era Saito, vistiendo exactamente la misma ropa que cuando nos conocimos en la tienda de Min-san. El narcotraficante captó mi mirada y levantó una mano en señal de saludo. Asentí ligeramente en respuesta y caminé hacia el otro lado del auto, abriendo la puerta del pasajero y entrando. Me encontré con el olor de la tela envejecida y el sonido de un programa de radio que se estaba emitiendo a través de unos altavoces.
—Te tomaste tu tiempo —refunfuñó Saito.
Tiré exageradamente de la manga de mi brazo izquierdo y miré fijamente el reloj situado en la parte inferior de mi muñeca—. Puede que tengas que revisar tu reloj. Según el mío, llegué cinco minutos antes.
Otra cosa que aprendí en el ejército: si no llegas cinco minutos antes, llegas diez minutos tarde. Y si llegabas un segundo antes que esos cinco minutos, te convertías en el hazmerreír de los demás por ser "inútil". Se trataba de hacer que los soldados discernieran, si recordaba bien.
Saito chasqueó la lengua—. Llegué aquí antes de lo pensado. Intenté escuchar la radio para pasar el rato, pero son las mismas putas noticias en cada puta emisora.
—¿Pasó algo?
—¿No lo sabes? —preguntó Saito, sorprendido—. Algo feo acaba de ocurrir en Singapur.
—¿Singapur? —repetí, antes de recordar algo—. ¿No se estaban celebrando allí las Olimpiadas de Verano?
—Sí. Una mierda muy loca pasó hace unas horas. Unos terroristas de Laos fueron y mataron a un montón de atletas vietnamitas.
—¡¿Qué?! —pregunté, atónito—. ¡¿Cómo?!
—Bombarderos suicidas —respondió Saito, encogiéndose de hombros—. Mataron a seis atletas y a diez espectadores. Docenas más fueron heridos. Cada emisora dice un número diferente, pero todos van por ahí.
—… ¿en serio? —La información me había sorprendido—. Supongo que una célula terrorista asumió la responsabilidad.
—Eso es lo que dicen las noticias. "Blank Shell" se hacen llamar, separatistas de Laos.
—¿Los juegos siguen en marcha?
—Ni idea, creo que todavía están tratando de comprender toda esta mierda. Es un lío. Un recordatorio realmente jodido para los israelíes de allí, supongo.
—¿Israelíes? Oh… sí. Munich.
Las Olimpiadas que se celebraron en Munich en 1972 sufrieron un incidente infame que pasó a la historia como "La Masacre de Munich". Un grupo terrorista palestino, "Septiembre Negro", tomó como rehenes a once atletas israelíes y a un oficial de policía. Demandaron la liberación de los 234 prisioneros palestinos encerrados en Israel y en la Alemania Occidental.
Al final del incidente, y tras un intento fallido de rescate, los doce rehenes fueron ejecutados y sólo tres terroristas fueron puestos bajo custodia. No era como si importara, ya que Septiembre Negro demandó que fueran liberados por medio de un intercambio de rehenes, luego de que secuestraran el vuelo 615 de Lufthansa.
Todo este calvario fue considerado uno de los mayores fracasos de la comunidad internacional.
Saito asintió sombríamente—. Sólo demuestra que el mundo no es más que un enorme pozo de mierda flotando en el espacio.
—No puedo decir que estés tan mal encaminado…
—¿Cierto? —Saito esbozó una sonrisa vacía, a lo que yo hice una mueca.
El narcotraficante miró por el espejo retrovisor antes de volver sus ojos hacia mí. Asentí y me puse el cinturón de seguridad. Saito soltó el freno de mano y empujó la palanca de cambios hacia adelante mientras giraba el manubrio. Echó una última mirada a sus alrededores antes de poner en marcha el vehículo.
—Vamos a andar por ahí un rato. Para perder cualquier rastro que pueda tener —explicó mientras conducía por un camino sinuoso en medio del distrito. Saito se encargó de cambiar de caminos, colocando su auto entre vehículos de color y forma similar para perderse. Podía respetar esta precaución.
Luego de una hora dando vueltas y de pasar por la misma intersección más de cinco veces, finalmente entramos en un estacionamiento de varios pisos, donde Saito se estacionó en el primer lugar del segundo piso. Respiró profundamente y tiró del cuello de su jersey marrón antes de volverse hacia mí.
—Bien, entonces. Vayamos al grano.
Metió la mano en su bolsillo y sacó una billetera de cuero negro, la misma que había visto en la tienda de Min-san. Sacó una tarjeta blanca y me la entregó. La tomé con cautela y me quedé maravillado por la textura. Había miles o millones de marcas curvas en la superficie que reflejaban la luz de forma extraña, pero se sentía lisa al tacto. Mi cerebro estaba teniendo una tremenda crisis tratando de procesar la inconsistencia sensorial entre la vista y el tacto.
—¿Es todo? —le pregunté.
—Siiiiiiip —me respondió Saito con un asentimiento—. Como prometí, te conseguí una tarjeta asociada al nombre de "Sayama Sayato". Las credenciales deberían actualizarse dentro de 24 horas desde hace seis horas, así que… en 18 horas estarás listo.
—¿Cómo la conseguiste?
—Secretos comerciales, amigo mío. —Saito me guiñó el ojo de una manera totalmente inapropiada para alguien de su edad—. Aunque diré que alguien me debía un préstamo, y tenía un contacto con alguien grande.
—¿Está muerto entonces? —pregunté de forma inexpresiva.
—… eres un poco oscuro, ¿lo sabías?
—Lo siento.
Saito me frunció el ceño, entendiendo claramente la insinceridad de mis palabras.
—En cualquier caso… la cuenta asociada tiene 100.000 yenes. No me preguntes de dónde los conseguí, ni yo sé.
—¿Cómo la uso?
—¿Acaso tengo cara de idiota? —rió Saito—. Te daré los detalles de toda esa mierda cuando cumplas tu parte del trato. Solía jugar al póquer, sé cómo funciona este juego.
Asentí lentamente—. Me parece justo. Contactaré con mi persona tan pronto como pueda.
—¿Sí? Min confía en ti, así que supongo que yo también debo hacerlo. Y oye, la prisión sigue siendo objetivamente mejor que la morgue.
No me reí por su broma. En lugar de eso le dirigí una mirada inexpresiva, lo que lo hizo estremecerse. Me quité el cinturón de seguridad y el hombre quitó el seguro de las puertas. Mis dedos estaban a punto de abrir la puerta, pero se detuvieron a medio camino.
—Así que… —arrastré las palabras, llamando la atención de Saito—. ¿Cuándo robaste el auto?
Sus ojos se abultaron, y por un momento temí que se le salieran del cráneo—. ¡¿Qué mierda?!
—Es robado entonces —presioné para una confirmación.
—¡¿Cómo supiste?! Han pasado, como, ¡cinco malditos años! Le he cambiado la patente y todo. ¡Incluso me aseguré de pintar los paneles de la carrocería también!
—Cálmate —sonreí, divertido por su respuesta exagerada—. Esta marca es bien conocida. Los Toyota Crown son de los autos más robados en Japón. Era sólo una suposición. Gracias por admitirlo, en todo caso.
La petulancia que tenía mi voz era completamente intencional, por cierto.
—Hijo de perra —Saito respiró hondo, masajeándose la sien—. Ya veo por qué te hicieron detective. Pequeño cabrón tramposo.
Ahora era pura curiosidad lo que me impulsaba—. ¿Así que mueves drogas y robas autos? ¿Eres multitarea o algo?
—¡Está bien, está bien, está bien! —dijo Saito con violencia—. Para dejar las cosas claras, solía robar autos.
Su reacción y la manera en que enfatizó esa palabra dejó claro que iba en serio en lo que respectaba a que yo entendiera (y creyera) esa distinción.
—¿Por qué lo dejaste?
Saito se encogió de hombros—. Los autos robados no dejan tanto dinero como las drogas.
—Es verdad —tarareé pensativo, tratando de ajustar mi mentalidad a la de un criminal—. Pero es mucho menos arriesgado. Puedes esconder autos robados a simple vista, drogas no.
—Me gusta el riesgo. Le da un poco de sabor.
Vaya, esa era una respuesta que no me esperaba. Miré al narcotraficante de reojo—. ¿Por eso robabas autos? ¿Te gustaba la emoción?
—Nah, al principio no. —Saito miró hacia adelante, más allá del parabrisas, hacia el estacionamiento y el pequeño jardín que comunitario frente a nosotros—. Mi papá murió cuando yo era un mocoso, así que tuve que ayudar a mi mamá. Pero se enfermó, y necesitábamos dinero. Trabajé en unos cuantos trabajos de medio tiempo. Comencé a robar autos cuando se estaba volviendo complicado llegar a fin de mes.
—Ya veo. —La historia usual de cualquier criminal, no me sorprendía.
Mi respuesta brusca pareció darle más cuerda a Saito.
—Hice eso por un tiempo. Creo que mamá se dio cuenta, o al menos lo supuso. La vieja era demasiado lista, ¿sabes? —Saito se rió un poco, con los ojos nublados—. Pero no me dijo nada. Sólo me dio las gracias y eso. Cuando murió, no sabía realmente qué hacer, ni qué sentir.
—Además de la emoción de robar autos —conjeturé, con el cuadro de su personalidad llenándose de color dentro de mi mente.
—¡Sí! —exclamó Saito, sorprendido—. Mierda, ¿tú entiendes?
—Más o menos. Vi a algunas personas pasar por lo mismo una vez.
Algunos de los hombres de mi escuadrón en Sri Lanka eran así. Toda la esperanza parecía perdida, y no tenían nada por lo que vivir. Pero unos cuantos comenzaron a sentir esa pequeña emoción por el combate desde el fondo de sus mentes, mientras la epinefrina se disparaba y consumía sus emociones hambrientas. Vivían puramente para experimentar la siguiente batalla, siguiendo con entusiasmo los planes que yo trazaba, sin importar cuán peligrosos fueran. Comenzaron a encontrar su propio disfrute en la matanza, saboreando el salvajismo como si fuera un pasatiempo.
Y pudo haberlo sido, quién sabe. Los mantuvo lo suficientemente cuerdos como para sobrevivir un año entero.
—Entiendo. En cuanto a mí, ya nada me importaba realmente. Ni siquiera necesitaba el dinero. No es como si tuviera una gran casa o lindos autos. Sólo quería algo que hacer, supongo.
—Así que empezaste a buscar el próximo subidón de adrenalina. La siguiente dosis de euforia.
—El ansia aumentaba conforme más intensas se ponían las cosas. Comencé robando sedanes en el vecindario. Luego me recogió un grupo de ladrones de autos, y déjame decirte, esos tipos eran unos jodidos profesionales. Nos acercamos a los traficantes y sacábamos autos directamente de los lotes, era una locura. Autos de lujo, deportivos, todoterrenos, lo que fuera, lo robábamos. El 911 hizo un montón de dinero con nosotros. Cuando me cansé de eso, comencé con las drogas. Había tanto puto dinero involucrado, tanto quebradero de cabeza. Era divertido.
Una oscura sonrisa torció mis labios—. Tu definición de diversión es algo…
—Sí, es jodida —concordó Saito sin vacilar—. Pero oye, era divertido para mí de todas maneras. Me gustaba, y eso era lo único que importaba. El juego del gato y el ratón que jugaba con la policía. Hacer esas grandes ventas. Todo era parte de la experiencia.
—¿No piensas en la gente que lastimas?
Saito me miró con la misma expresión que ponía un niño cuando le mostraban un truco de magia por primera vez—. No. ¿Por qué debería? No es como si ellos pensaran en mí.
—Bueno… no puedo decir que estás mal…
—No, por supuesto que no puedes. —Saito resopló y se reclinó en su asiento—. Digo, al igual que no puedes decir que está mal el querer vivir. Sé que he jodido a un montón de gente, y que ahora estoy en sus zapatos, pero aún así, por lo menos yo quiero salir adelante. Sí, estoy siendo un cobarde, pero es lo que soy.
—Huh —remarqué pensativamente, sus palabras me sonaban familiares—. Yo pensaba de la misma manera. En realidad, casi palabra por palabra de lo que dijiste.
—¿Sí? ¿Tú también te odiabas?
—Absolutamente. Pero hice mucho menos dinero que tú.
—¿Qué demonios? ¡Perdiste por ambos lados entonces! ¿Cuál es el punto? —A Saito le dio un ataque de carcajadas desagradable. Era una risa contagiosa, así que tras unos segundos me encontré riéndome con él. Eventualmente nos calmamos, y luego de un momento de tranquilidad, Saito volvió a hablar.
—Oye… ¿Hikigaya? Gracias por la charla. La necesitaba. Una sesión de terapia rápida.
Lo absurdo de la declaración hizo que mi expresión se aflojara.
—Soy la PEOR persona posible para ser terapeuta —le dije con un tono plano, la idea era tan ridícula que ni siquiera podía encontrar la gracia en la ironía. Era sólo yo, en todo caso. Saito pareció encontrarlo gracioso y se rió alegremente.
De repente mi teléfono comenzó a zumbar fuertemente, lo cual era sorprendente, ya que últimamente había estado defectuoso en recepción de llamadas. Había una serie de números en la pantalla. Inmediatamente lo reconocí; era de Shiba.
Algo pasaba.
Contesté la llamada y rápidamente llevé el dispositivo a mi oído—. Dime.
—Senpai, tenemos un problema. —Se escuchó la voz sin aliento de Shiba. Podía oír sirenas y gritos en el fondo—. La lavandería en Shinjuku. Se incendió durante un cambio de turno en la vigilancia.
—Mierda. —Me mordí la lengua—. Iré tan rápido como pueda.
—Vale.
La llamada finalizó y me volví hacia Saito. Antes de que pudiera decir algo, el hombre me hizo un gesto con la mano para que me marchara.
—Tienes cosas que hacer, ¿no? Cosas de policías.
—Sí —dije, con algo de duda—. ¿Estás seguro? ¿No prefieres que me quede contigo hasta que encuentres un lugar seguro?
—Hombre, me la he pasado huyendo toda mi vida. Huyendo de mi papá y de su maldito cinturón, de la policía, de la pobreza, del aburrimiento, de las Familias. ¡Soy un maestro a estas alturas! Puedo arreglármelas durante un día o dos. —Me dirigió una sonrisa arrogante que mostraba las arrugas cerca de sus mejillas—. Después de eso, sin embargo, estoy jodido. Así que más vale que vuelvas para protegerme, ¿eh?
—Por supuesto —me mofé, inyectando tanto sarcasmo en mi voz como pude—. Lo que sea por la damisela en apuros.
Se rió.
—Sí, así es. Soy una jodida princesa, así que tienes que venir a salvarme, ¿vale?
Me sentí una vez más agradecido por el sistema de transporte público japonés. Era confiable, como el anciano de soporte TI de la comisaría, quien tenía un sucio sentido del humor y un talento divino para reparar cualquier impresora con unos cuantos golpes y palabrotas. Con los trenes funcionando cada cinco minutos en la hora punta, llegué a Shinjuku en 30 minutos. Rápidamente salí de la estación y corrí en dirección a la sospechosa lavandería la cual estaba seguro de que estaba involucrada con la Yakuza.
Una torre de humo negro marcó el lugar, y la calle estaba repleta de gente parada frente a la tienda, formando un muro.
Me abrí paso a la fuerza, con gritos y empujones, sin importarme aquellos que me gritaban enojados. Cuando logré pasar, me encontré con la cinta amarilla de precaución, dos oficiales se me acercaron rápidamente cuando intenté pasar por debajo. Saqué mi placa de mi bolsillo. Asintieron con la cabeza y me dejaron pasar.
Había dos patrullas y una ambulancia, cuyas luces rojas y azules parpadeaban alternando colores, bañando mi visión con cada color por un segundo antes de cambiar al otro. Un camión de bomberos estaba estacionado a un lado, mientras los bomberos observaban cómo se apagaba el fuego. La lavandería parecía estar relativamente bien, dejando de lado la niebla tóxica. Shiba estaba de pie junto a su sedán Skyline. Mientras me acercaba, mi compañero notó mi presencia con una cara de preocupación.
—¡Senpai!
—Ponme al corriente.
Shiba asintió—. Hubo un pequeño incendio en la trastienda de la lavandería. Se desconoce la hora exacta, pero fue durante una rotación de vigilancias.
—Una brecha de veinte minutos entonces. —Maldita sea. La vigilancia mantenida era una vieja herramienta para los investigadores, pero tenía un defecto fatal: el elemento humano. Organizar horas y horas de observación desgastaba a la gente, y los descansos eran necesarios. Las rotaciones eran momentos sumamente vulnerables si el siguiente vigilante llegaba tarde por alguna negligencia o circunstancia, y el anterior tenía que ir a algún lugar o se había quedado dormido por el cansancio.
—Sí, hace como tres horas —complementó Shiba, frustrado—. Los vigías vieron humo e inmediatamente llamaron al departamento de incendios y al cuartel general. Los bomberos ya lo tienen bajo control. Sólo tenemos que esperar a que nos dejen entrar.
—Mierda —maldije, llevándome una mano a la boca. Sentía mariposas en mi estómago, pero no del buen tipo, era como si alas con plumas estuvieran rozando el interior de mi diafragma. Más que mariposas, sería más exacto decir que tenía polillas revoloteando.
Pasaron casi dos horas antes de que los bomberos declararan que la lavandería era lo suficientemente segura para entrar. Para entonces, la noche ya había caído, con el cielo oscureciéndose en un púrpura profundo.
Kazuya Ryunosuke no estaba por ninguna parte, pero me habían dicho que estaba al tanto de la situación, aunque estaba fuera de la ciudad por asuntos familiares. Iba a volver a Tokio con el tren más rápido que pudiera tomar. Al menos no estaba en la lavandería cuando esto sucedió. Yakuza o no, nadie merecía morir quemado vivo. Todavía era capaz de ver esas chispas debajo de mis párpados.
La parte delantera de la tienda estaba intacta, dejando de lado el rastro negro del agua sucia y el hollín de las botas de los bomberos. No había duda de que se debía a que sólo la bodega se había incendiado. El concreto no se quemó, así que una vez cerraron las puertas, el fuego pudo contenerse fácilmente mientras se consumía a sí mismo. El olor acre del plástico quemado llenó mis fosas nasales mientras me acercaba a la parte de atrás de la tienda.
Las botellas y bolsas que había visto la última vez que vine a la lavandería estaban incineradas. Apenas se podía distinguir algo de entre los restos. El calor producido fue tal que en el caso de que haya habido drogas, no seríamos capaces de identificarlas entre todo el carbón, silicio y otros cristales formados por el fuego.
—¿Crees que se hayan dado cuenta? —le pregunté a Shiba—. De la vigilancia, quiero decir.
—Es posible —admitió Shiba lentamente. Se arrodilló para recoger una lámina de metal, dejando ver el único punto de concreto limpio debajo de ella—. Pero Hiura-san y su equipo no son aficionados, así que es poco probable. Pero sigue siendo una posibilidad.
Era conveniente, un incendio que comenzaba justo durante un corto descanso de la vigilancia. Pero todas las teorías conspirativas comenzaban como tales: encontrar patrones donde no había ninguno. Era una de las marcas de la locura.
Respiré profundamente y tomé las riendas de mis pensamientos acelerados.
Hubo inconsistencias, reconocí.
La vigilancia había durado casi cinco semanas. Mucho tiempo para ser detectado, sí, pero el día era importante. Hoy era sábado, no era uno de los días en que se vendían las botellas azules. No debería haber ninguna evidencia para esconder hoy, un incendio sólo atraería más atención. Era ilógico.
¿Significaba esto que mi hipótesis estaba incorrecta? ¿No se usaban las botellas azules para transportar drogas?
Mi compañero sacudió la cabeza—. La jefatura de bomberos comenzará con su investigación mañana. Podría llevar de uno a diez días.
Me pasé una mano por el pelo, que estaba resbaladizo por el sudor provocado por mi llegada corriendo junto a la ansiedad por no saber a dónde se dirigía este caso. Una de las principales pistas había sido derribada, tal vez de forma permanente, y no había sacado absolutamente nada de ella, salvo conclusiones hechas a partir de gimnasias mentales.
Iba a ser una larga noche.
Poco sabía yo, que mi noche apenas había comenzado.
Alrededor de la medianoche, Shiba y yo regresamos al cuartel general para registrar nuestros hallazgos y los eventos que acababan de ocurrir. La oficina estaba abierta las 24 horas del día, pero usualmente estaba muerta a estas horas de la noche.
Por ello me pareció extraño cuando noté toda la actividad en el estacionamiento. Los oficiales corrían de aquí para allá, y los autos estaban desordenadamente estacionados, como si se hubieran detenido en el primer lugar que encontraron. Shiba y yo compartimos una mirada mientras él estacionaba su Skyline, ambos preguntándonos qué estaba pasando.
Mi pregunta fue respondida poco después, luego de sentarnos en nuestros respectivos escritorios en la oficina. Estaba a medio camino de terminar mi reporte cuando oí una seguidilla de pasos desde el pasillo. El golpeteo de los zapatos golpeando las baldosas del piso se tragó cualquier sonido que mi teclado estuviera haciendo.
Un detective que sólo había visto de vez en cuando apareció en la entrada, sin aliento—. ¿Está Hikigaya aquí?
No me gustó la forma en que dijo eso.
—… ese sería yo —respondí lentamente.
—¿Tienes algún hermano o algo? ¿Desaparecido recientemente?
Mi cerebro se congeló.
—¿Qué? —pregunté, perplejo—. No, sólo tengo una hermana menor.
El otro detective parpadeó—. ¿En serio? Acabamos de meter un cuerpo en la morgue que te tiene listado como pariente más cercano.
No pensé, sólo me puse de pie y Shiba fue detrás de mí mientras seguíamos al otro detective al subterráneo, donde estaba localizada la morgue. Ni siquiera tuve oportunidad de reflexionar sobre el tiempo que había pasado desde la última vez que bajé allí. El Jefe y Shiba siempre se aseguraron de mantenerme alejado. Agradecía el sentimiento, pero odiaba ser tratado como un bebé.
—Debería estar aquí —indicó el detective, señalando hacia un cuarto de cristal en el que había un cuerpo tapado con una lona—. Acabamos de quitarle la ropa. Una mierda horripilante.
Abrí la boca para decirle a Shiba que fuera a ver, ya que el olor de aquí abajo ya me estaba mareando y no quería que se pusiera peor. Pero las palabras nunca salieron de mi boca cuando noté cierta cosa en el bote de basura del rincón del cuarto: una manga marrón colgando desde el borde del recipiente.
Una manga que pertenecía a un jersey marrón muy familiar.
Mis pies comenzaron a moverse solos. El tiempo se iba ralentizando conforme más me acercaba. No podía distinguir ningún otro color aparte del blanco brillante que cubría el cadáver. Resultaba casi cegador. Ignoré los gritos de preocupación de Shiba mientras levantaba la manta. Que extraño, mi estómago estaba calmado. Mis ojos no amenazaban con rodar hacia la parte de atrás de mi cabeza. Mi garganta no estaba hinchada y podía respirar con normalidad. La náusea que había sentido antes desapareció como la brisa en una noche de verano.
—¡Senpai!
—Estoy bien. —La más extraña calma coloreó mi voz. Me preguntaba si estaba tratando de autoconvencerme. Pero nada importaba. Escuchar al otro detective no importaba. Las luces y los sonidos no importaban. La preocupación de Shiba no importaba. La manera en que mi corazón parecía correr dentro de mi carcasa helada no importaba.
Nada de eso me importaba cuando vi el cuerpo sin vida de Saito postrado sobre la mesa ante mí, tan muerto como podía estarlo. Una horrible, asquerosa, y cínica broma se me vino a la mente.
Al menos ya no tendrá que seguir huyendo.
Tuve que aguantarme el resoplido por la hilaridad. Un comediante por naturaleza, era yo.
—¿Lo conoces? —preguntó el otro detective, caminando hacia mí.
Volví a cubrir la cara con una manta con un único movimiento imperturbable. Una acción tan suave y deliberada que resultaba escalofriante.
—No lo había visto en mi vida —respondí, con palabras tan fluidas como la orilla de un río.
Shiba no dijo nada.
—¿En serio? Pues, mierda —gruñó el otro detective, rascándose la cabeza con furia.
Me di la vuelta y me marché, subiendo las escaleras hacia los pisos superiores del Departamento de Policía. Shiba iba detrás de mí, sin detenerse ni una sola vez hasta que llegamos a la oficina. Los pasillos se volvieron de repente mucho más fríos, silenciosos, sin vida; exactamente lo que esperaba cuando llegué aquí. El caos en el cuartel general era casi una alucinación.
No supe cómo llegué a casa, ni cuando lo hice. No sentía ningún deseo de responder a los mensajes de texto que me había enviado Rumi sobre su salida con Yukinoshita. Igual, no era como si pudiera, mi teléfono llevaba rato muerto, y no me molesté en cargarlo.
Había una pila de ropa en el suelo de baldosas del baño, con el vapor dentro del lugar empapándola completamente.
Estaba sentado en la tina, con el agua puesta a temperaturas peligrosamente altas. Mi piel estaba roja por el contacto con el agua hirviendo, pero no sentía nada. Estaba cálido, pero todavía entumecido. Como si mis nervios hubieran perdido toda su funcionalidad. El agua salpicó cuando me acerqué las piernas al pecho y envolví mis brazos alrededor de mis rodillas. Las pálidas líneas de las cicatrices y manchas de piel más oscura que cubrían la parte superior de mis brazos y hombros se dejaron ver. Había marcas similares en mi pecho y espalda, y sólo habían parecido hacerse más pronunciadas con el tiempo.
Eran el testamento permanente de que yo pude haber abandonado esa jungla, pero la jungla no me había abandonado a mí. Nunca lo haría, así que simplemente tuve que acostumbrarme a ello y a todas las cosas que hice. Aceptar que así eran las cosas, y que así iban a ser mientras viviera y respirara.
Huh.
¿Significaba esto que por fin me había acostumbrado a ver cuerpos muertos?
—Ya era hora —susurré amargamente, cerrando los ojos y apoyando la barbilla sobre mis rodillas. Una gota de agua se deslizó por mi pelo, bajó por mi frente y luego por mi cara como si fuera una serpiente.
Estaba fría como el hielo.
[1] Referencia a la habilidad de Tetsuya Kuroko, del anime Kuroko no Basket.
