No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Mariel Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.
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Lo primero que vio Bella cuando despertó fue el hermoso rostro de Edward.
Yacía boca abajo, desnudo, a su lado. Se lo veía relajado e increíblemente guapo. Parecía un niño, con sus largas pestañas y el pelo revuelto. Apoyada en un codo, ella observó su espalda y sus nalgas perfectas y quiso acariciarlo, pero se contuvo. Necesitaba un respiro, y sabía que tocarlo sería muy peligroso para su maltratado coño, que le dolía cada vez que se movía. Se deslizó de puntillas de la cama, se colocó la bata arrugada y húmeda y se dirigió a la cocina a ver si encontraba algo de comer de verdad.
Estaba famélica.
Abría y cerraba alacenas sin hallar absolutamente nada comestible o al menos nada que estuviese en buen estado, cuando se sintió observada y se volvió.
Se encontró cara a cara con Edward, recostado en la barra. Se había levantado más rápido que un rayo cuando notó su ausencia. Y allí estaba, como para infartar a cualquiera, con unos jeans gastados y con la cremallera abierta por la que asomaban algunos vellos púbicos. Era evidente que no llevaba ropa interior. Su camiseta había visto también mejores días, y tenía las zapatillas deportivas sin abrochar, con los cordones sueltos. Cualquier hombre se vería desaliñado con ese atuendo, y más aún despeinado, sin afeitar y con el pliegue de la almohada marcado en la mejilla. Pero él se veía maravilloso.
Isabella pestañeó. Era tan guapo que encandilaba. Tenía luz en su mirada, y sus movimientos derrochaban sensualidad. Cada gesto de Edward era absorbido por cada parte sensible del cuerpo de ella provocándole reacciones desmesuradas, que iban desde un simple acaloramiento hasta una franca excitación, de esas que hacen doblar las rodillas y que el estómago se contraiga.
Tragó saliva para recobrar el uso de su garganta que de pronto estaba seca. Él se acercó y la besó en los labios.
—Buenos días, dulzura.
—Mmm… buenos días… ¿Buenos días? Pero si son las cinco de la tarde…
—Lo sé, pero me gusta imaginar que pasamos la noche juntos y que ahora me estás preparando el desayuno.
—Lo haría, si hubiese con qué hacerlo. No tienes nada aquí.
—Bien, ya mismo bajaré y traeré una gran pizza para alimentar a mi Barbie Hambrienta.
—No soy tu muñequita, y puedo hacer huevos revueltos, si es que estos… — olfateó cautelosa —están en buen estado…
—No. Traeré pizza. Además, necesito sacar algunas cosas del coche. Espera aquí, ya vuelvo.
Isabella se sentó con cuidado en una de las incómodas banquetas realizadas con asientos de tractor. Miró a su alrededor. Era un apartamento único, dotado de una belleza extraña y salvaje, masculino en cada detalle. Le encantaba, pero también le resultaba perturbador, y no sabía por qué.
Quizás fuera por ese aire de mazmorra, de torre de princesa confinada, de antro de lujuria… Se preguntó cuántas chicas había llevado allí. De sólo pensarlo, la sangre se agolpaba en sus sienes, y se quedaba sin aliento.
Celos, ira. Sentimientos nuevos para ella. Lujuria, pasión. Sensaciones desconocidas hasta ahora. Y todo era provocado por una sola persona: Edward.
Se oyeron voces y pasos. Él entró al departamento con una pizza gigante. Detrás venía el pobre Jeremy, tan cargado de cajas que no se le veía el rostro. Cuando se quedaron solos, Bella preguntó:
—¿Qué es todo eso?
—Ya verás, ahora comamos que yo también estoy a punto de desfallecer.
Se sentaron en la barra y en un santiamén dieron cuenta de todo el contenido de la gran caja.
—Uff. Qué rico.
—¿Satisfecha, Princesa?
—Digamos que sí, por ahora. ¿Qué es lo que traes ahí? ¿Hay un regalito para mí?
—No, en realidad es un regalito para mí… —respondió él sonriendo, y comenzó a pasarle los paquetes.
Isabella estaba alucinada. La primera caja traía, entre papeles de seda, un precioso vestido gris plata. Era recto, sin breteles, y la falda llegaba a las rodillas. Un sensual tubo de una tela exquisita, que ella no logró definir cuál era.
—Oh, qué belleza. Gracias, gracias, gracias —le dijo besándole la mejilla.
—Continúa con las cajas, hay más para ti. Es todo para ti.
Ella lo miró asombrada. Siguió abriendo paquetes; se sentía como una niña en Navidad.
¡Qué zapatos! Oh oh. ¿Louboutin? ¿Cómo los de Anastasia Steele? Gris acerado, suelas rojas. A Marie le daría algo, se infartaría sin dudas. Por cierto, debería llamarla…
Tomó nota mental de ello, pues ahora se hallaba más que ocupada. Un sobre LV haciendo juego con los zapatos. Maravilloso. Este hombre sabía cómo hacer feliz a una chica. ¡Qué buen gusto tenía!
Otra caja.
Oh Dios mío. Un conjunto de ropa interior de seda, bragas, sujetador, medias y portaligas. Todo gris, con un toque de rojo. El sujetador no llevaba breteles, y las medias tenían el borde de encaje.
Estaba maravillada; todo un ajuar de prostituta de lujo con el sello de Victoria´s Secret. Estaría feliz de dejar de ser una Barbie Rosa. Esa ropa significaba acción. Y ella quería acción.
Había un paquete más. Cuando lo abrió dejó escapar un grito. Era una especie de valija metalizada que portaba un set completo de cosméticos. Cremas, maquillaje, hasta un aparato rizador. Jamás había visto algo tan hermoso.
—Edward… no sé qué decir… No puedo creer que hayas comprado todo esto para mí.
—Sólo espero que le haya atinado a tu talle.
—Todo está perfecto, de verdad. Mil gracias, mi amor —murmuró acariciando la mejilla de él.
—Mmm… no lo sé. Creo que no he dado con la talla de la ropa interior. Pruébatela, porque si no te queda, tendré que ir a cambiarla —sonrió, pícaro, con esa risita de lado que a ella la hacía temblar.
—¿Ahora?
—Ajá.
Isabella tomó las cajas y se dirigió al sanitario ecológico. Diablos, ¡qué manera de complicar lo simple que tenía Edward! ¿No podía haber hecho un baño normal? Esto era un departamento en las nubes, no una plaza pública. Los hombres y sus caprichos. Se puso las bragas y el sujetador. Perfectos. Y como si tuviese una diosa interior que le decía al oído como pecar más y mejor, se colocó también las medias, el portaligas y los altísimos zapatos. Cuando él la vio, quedó tan perturbado que tuvo que apoyarse en la barra para no caer al suelo.
—Carajo.
—¿Qué? ¿No te gusta? ¿Hay algo que…? —preguntó ella alarmada mirándose las piernas.
—Sí, hay algo que…—respondió Edward, más agitado de lo que le hubiera gustado demostrar. Se acercó y tomó la mano de ella, mientras se tocaba la entrepierna con la otra. Sin dejar de mirarla, la guió hacia su pene, que ahora asomaba rígido —. Esto. Esto es lo que hay… Por tu culpa —le dijo, mientras contraía todos los músculos al sentir la mano de ella rodeándolo.
—¿Por mi culpa?
—Sí, y deberías hacerte cargo, si quieres conservar intacta esa linda ropita tuya…
"Ay… me muero. Pero mi vagina ya no resiste. Creo que está a punto de romperse de tanta fricción. Me haré cargo, pero esta vez no me la meterás, corazón. Te pagaré con la misma moneda".
Bella se puso de rodillas sin dejar de mirarlo. Edward alzó las cejas y abrió los increíbles ojos verdes. No se esperaba algo así…
"Bueno, querido. Me veo como una puta, ¿por qué no comportarme como tal? Veremos ahora que piensas de la Barbie Hambrienta".
—Oh, veo que tenemos un problema aquí. Ya lo sé, es por mi culpa. No te preocupes, mi amor, que intentaré… solucionarlo —dijo Isabella con aires de mujer de mundo.
"No sé de donde saco valor para decir y hacer esto. Yo no llevo una diosa interior. Yo llevo una ramera interior, que en este momento se dedica a hacerle un trabajito en el miembro digno de un primer premio. Se supone que no sé hacerlo, pero creo que sí lo sé, a juzgar por sus reacciones. Yo sé lo que él desea. Quiere que deje de lamer el envoltorio, que abra el paquete y me lo coma. Bueno, eso hago. Ay, madre mía. A esto yo llamo paquete. A esto yo llamo regalo. No seré una experta, pero me sobra entusiasmo".
Estaba de rodillas, en ropa interior de fantasía, chupando como una desesperada el enorme pene de su hombre. Y le gustaba, y cómo…
De pronto, él la apartó y la inclinó sobre la barra de la cocina. La manejaba como la Barbie Puta en que se había transformado, y eso la excitó aún más. Bella tenía los pechos aplastados sobre el frío mármol, cuando sintió que Edward le apartaba la braga y le introducía el enorme pene. Ella cerró los ojos… Aún le dolía un poco, pero le gustaba. Ya no era dueña de sus actos: su vagina era quien mandaba, y le mostraba a él cuánto le agradaba tenerlo, contrayéndose rítmicamente para darle placer. Y lo logró, porque él se derramó dentro de ella, jadeando en su oído. Fue más de lo que podía soportar. También Isabella explotó y su cuerpo retrocedió para sentirlo más adentro aún. Eso era el cielo Momentos después, Edward se incorporó, y luego la besó.
—Cuando te haces cargo, te haces cargo— le admitió guiñándole un ojo, dejándola sin palabras.
Más tarde Isabella llamó a Marie. La dejó hablar para apaciguar su enojo y luego inventó una excusa de estudios.
—… así que llegaré más o menos a las…
Miró a Edward alzando las cejas para que le dictara la respuesta. Él le mostró las dos manos extendidas.
—… a las diez. Sí, ni un minuto más, abuelita. Te amo.
Él rió. Menos mal que Marie aun lo creía en New York, porque si no…
—¿Abuelita? —preguntó Edward sonriendo de lado— Oh, ven Caperucita. Ven con el lobo. ¿Qué prefieres? ¿Ojos grandes para mirarte mejor o boca grande para comerte mejor?
Después de todo lo que habían hecho, esas inocentes palabras consiguieron que ella se pusiera roja como Caperucita.
—¿No lo sabes? Bien, entonces tendrás de los dos. Y luego te volverás a poner lo que te compré, intentaremos desenredar tu precioso cabello, tarea que nos llevará un buen rato, e iremos a cenar. ¿Te gusta la idea?
Le gustaba. Mucho. Ojos, boca… y cualquier otra cosa que el lobo deseara.
Asintió, y luego emprendió la conocida ruta por la escalera al placer.
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Y… creo que es un buen momento para terminar nuestro maratón de la historia jejeje actualizaré alguna de mis demás historias n.n
Espero hayan disfrutado nuestro maratón jejeje no olviden dejar un lindo comentario.
¡Nos leemos pronto!
