Capítulo 17

Un torrente de lágrimas se derramaba de los ojos de Emma cuando abrió la puerta del cuarto intentando ahogar los sollozos. A su lado estaba el coronel, compadecido del estado en que ella se encontraba.

‒Señorita Swan‒dijo él, pasándole un pañuelo ‒Regina Mills está detenida y continuará tras las rejas mientras investigamos a fondo. No se preocupe, la muerte de su hermano no quedará impune.

‒Quiero ver a Regina‒dijo ella, casi en automático

El recorrido hasta el cuartel donde Regina estaba detenida fue largo. Emma se quedó en silencio algunos minutos antes de echar a andar y detenerse delante de ella, delante de la mujer que amaba y odiaba en aquel momento.

‒¿Emma? ¿Qué estás haciendo aquí? Este sitio no es…

‒Mi hermano acaba de fallecer‒dijo Emma, interrumpiendo sus palabras

‒Lo siento mucho

‒¿De verdad lo sientes?

‒Pues claro que lo siento

‒Entonces, ¿por qué le disparaste?

‒¡Yo no le he disparado a nadie! ¿Estás loca?

‒Saliste tras él armada y furiosa. Y antes de morir, dijo que fuiste tú quien le disparó

‒Nunca me mancharía las manos con un ser tan despreciable como él.

Como si las palabras de Regina la hubiesen golpeado, Emma tambaleó hacia atrás, aturdida. Ella sabía lo que Regina pensaba de su hermano porque más de una vez lo había dejado muy claro. Herida ante la dureza con la que había dicho eso sin importarle su dolor por la pérdida, Emma se giró y en silencio se marchó.

Regina respiró hondo, parpadeó varias veces y visiblemente se estaba obligando a contener las lágrimas. Intentaba mantener la calma, y se apartó de los barrotes para no golpearlos con fuerza, sin embargo retrocedió cuando su abogado de la capital apareció en su campo de visión.

‒El coronel ha confirmado que David dijo tu nombre antes de morir.

‒Que haya mencionado mi nombre no significa que yo lo haya matado‒rebatió Regina

‒Quizás no fuera así si la gente no te hubiera visto amenazarlo con una pistola.

‒¡Yo no disparé a aquel infeliz!

‒Yo te creo, Regina. Pero el coronel ya ha dejado claro que mientras no reciba el análisis de balística que ha sido enviado a la capital, te mantendrá presa.

‒No tiene pruebas en mi contra

‒De momento, las declaraciones son suficientes. Y como tienes influencia en la capital, alegó que podrías interferir en los análisis de la bala.

‒Maldito coronel…

‒No te preocupes, Regina. No se tardará mucho porque todo ha sido enviado a un laboratorio privado. En cuanto tengamos los resultados de que aquel disparo no salió de tu arma, estarás libre.

‒Está bien, gracias

‒No hay nada que agradecer. Estaré en la ciudad hasta que esto se resuelva. Hasta luego.

Sentada en la cama pequeña e incómoda que sería su única compañía por algunas noches, Regina dejó escapar un largo suspiro. Su vida era un caos. Mientras se recostaba, se pasó la mano por los cabellos, exhausta, intentando apartar de su mente las acusatorias palabras de Emma.


Cuando la luz de la mañana se inmiscuyó entre las gradas de hierro de la pequeña ventana en lo alto de la celda, Regina se levantó sobresaltada. En cierto momento el cansancio la venció, y en algún momento de aquella oscura y fría noche, consiguió algunos minutos de sueño.

‒Buenos días, Regina

Regina pareció confusa mientras se giraba en dirección a la voz.

‒¿Aurora? ¿Qué haces aquí?

‒He venido a verte y a traerte algo de comer.

‒Gracias

‒Elsa vendrá más tarde.

‒¿Cómo están las cosas en la hacienda?

‒Está todo bien, no te preocupes. No voy a preguntarte cómo estás porque imagino que nada bien‒dijo ella, acercándose un poco a los barrotes ‒Es un duro golpe ser acusada de algo que no se ha hecho, sobre todo cuando nos dan la espalda y se marchan cuando más lo necesitamos…

‒Si te estás refiriendo a Emma, es mejor que te detengas ahí.

‒Disculpa. Solamente pienso que debería haber esperado los resultados de los análisis antes de marcharse.

Con el asombro estampado en su rostro, Regina se detuvo en mitad de la celda. Con el pulso acelerado, dio un paso al frente y sus puños se cerraron alrededor de los barrotes fríos y herrumbrosos.

‒¿Emma se ha marchado?

‒Sí, Regina. ¿No te dijo nada?

‒Es mejor que vuelvas a la hacienda, Aurora‒murmuró Regina, cambiando de tema sin dudar. ‒Gracias por la visita.

Algunas horas después de la marcha de Aurora, Elsa apareció confirmando finalmente la historia. Emma había dejado la ciudad con su hijo.

‒¿A dónde ha ido? ¿Y por qué?‒preguntó Regina, sin querer creérselo.

‒No sé, Regina. Lo único que dijo fue que necesitaba un tiempo lejos de todo y de todos. La muerte reciente de la madre y del hermano, por lo que parece, han destrozado sus nervios.

‒Lo entiendo…Pero se ha marchado sin decirme nada, ni un adiós.

‒Bueno, ella piensa que tú disparaste a su hermano. Es más, el pueblo entero piensa lo mismo.

‒¡Pero no fui yo!

‒Yo te creo

‒¿Por qué ella no?

‒Es diferente. A pesar de todo, era su hermano. Han pasado muchas cosas desde que os conocisteis y me parece normal que su cabeza esté hecha un lío. Intenta no pensar en eso…

Después de la partida de Elsa, Regina se recostó boca arriba y durante largos minutos se quedó encarando el techo. Y durante las horas que siguieron, se dio cuenta de que no era necesario que se dejara llevar por el sufrimiento. Al comienzo, cuando se enamoró de Emma y semanas después la mandó a casa de su madre porque imaginaba que nunca sería correspondida, Regina creyó que la vida que conocía y los planes que había hecho de formar una familia se habían acabado y sencillamente tendría que lidiar y aceptar eso. Pero estaba equivocada. Había alternativas, y no desmoronarse era una de ellas.

Unos días después, los exámenes balísticos realizados en la capital llegaron a manos del coronel, comprobando, efectivamente, que la bala que había matado a David Swan no había salido del arma de Regina. Al llegar a casa tras ser puesta en libertad, ignoró los saludos, pasó por delante de todo el mundo y siguió derecha al cuarto. Sus oscuras cejas se arquearon de asombro cuando sus ojos divisaron el collar de esmeraldas encima de la cama. Con largas zancadas atravesó el cuarto y abrió las puertas del armario. No había nada de Emma. Realmente se había ido. Algunos golpes en la puerta llamaron su atención. Al abrirla, se encontró frente a frente con Ruby.

‒Patrona, ¿tiene un minuto?

‒Habla

‒Solo quería decir que la señora Emma no…

‒Cállate‒Regina la interrumpió ‒Siempre estás encubriendo sus mentiras y haciendo correr rumores. Pero ya basta…¡Ya no trabajas más en esta hacienda!


‒¿La patrona te despidió? Pero, ¿por qué?‒preguntó Eugenia, la voz rota y los ojos llenos de lágrimas

‒Dijo que yo encubría las mentiras de la señora y esparcía rumores

‒Voy a hablar con ella…

‒No, abuela. No quiero que acabe desquitándose contigo y te eche a ti también.

‒Pero no tienes a donde ir.

‒Voy a buscar a la señora

‒¿Sabes a dónde fue?

‒No exactamente. Pero sé quién lo sabe. Ahora voy a hablar con doña Elsa sobre mi carta de despido.


‒¡No tenías derecho a descargar tu rabia sobre Ruby y despedirla!‒exclamo Elsa

‒Tengo derecho de despedir a quien quiera porque esta hacienda es mía‒rebatió Regina, su voz era serena, pero afilada como una navaja y fría como el vacío del espacio.

‒Eugenia está allí, en la cocina, llorando porque su única nieta está en la calle sin tener a donde ir.

‒No es mi problema…‒hizo una pausa y se acercó a la ventana. Ahora, su voz salió rota y algo amarga, con cierta carga despreciativa ‒Si solo era eso, puedes retirarte.

Algunos días después…

‒Allí está quien va a arrancarte a Emma de la cabeza ‒dijo Elsa, señalando a Aurora que parecía tener problemas con uno de los caballos.

Regina la observó mientras ella intentaba levantar la pata del animal. Con un trozo de gaza en las manos, parecía estresada y agitada, y los ojos azules se encontraron con los de Regina.

‒Ve a ayudarla‒dijo Elsa, dándole un golpecito en su brazo.

‒No voy a lugar alguno‒murmuró Regina, pero en cuanto cerró la boca, Aurora la llamó

Vacilante y sin la menor gana, Regina se acercó

‒Está muy agitado. ¿Podrías calmarlo mientras termino la cura?

Asintiendo, Regina comenzó a acariciar al animal. A lo lejos, Elsa le lanzó una sonrisita insolente que hizo que ella revirara los ojos.

‒Aurora, Regina y yo vamos a tomar algo a la ciudad para celebrar mi cumpleaños. ¿Quieres venir con nosotras?‒preguntó Elsa

‒Bueno, antes de nada, felicidades. Y si no es molestia, sí, acepto‒dijo ella

‒Gracias. Y claro que no es una molestia, ¿no, Regina?

Mirando a la amiga con expresión seria, Regina controló el deseo repentino de lanzarla al otro lado de los establos.

Ya era tarde y tras alimentar a los caballos, Aurora fue al encuentro de ambas. Mientras Elsa y Aurora conversaban, Regina miró más detenidamente y vio que la veterinaria era tan hermosa como la amiga le había comentado. Pero aún así, Regina no se dejó perturbar, mantuvo la conversación distendida y se concentró en la batalla que había en su interior por Emma. Sin embargo, con el pasar de las horas, Regina notó que Aurora la miraba con más interés y aunque parecía convencida de que volver a compartir su vida con Emma era una pésima idea, dispensó su compañía, se disculpó y se marchó.


‒No comiences

Sonriendo, Elsa cerró la puerta del despacho, se sentó y se recostó cómodamente en el sillón.

‒No he dicho nada

‒No es necesario. Tu cara ya lo dice todo y sinceramente no estoy de buen humor.

‒¿Eso quiere decir que vas a seguir esperando a que Emma aparezca?

‒No estoy esperando nada.

‒Regina, en serio. Quizás sea hora de que pienses en retomar tu vida. Es bien visible que Aurora siente algo por ti. Fue a visitarte todos los días, creyó en ti, es atenta, se preocupa y…

‒Basta, Elsa. Por favor, déjame sola.

Cuando Elsa salió del despacho, Regina sintió cómo su corazón se rompía un poco más y sus ojos se llenaron de lágrimas. Eran lágrimas de rabia, impotente, porque tenía la sensación de que la amiga tenía razón.

Un suspiró desalentador se escapó de su boca cuando escuchó golpes en la puerta.

‒Con permiso, patrona. La señorita Aurora desea hablar con usted‒informó Marian.

‒Hazla pasar

Asintiendo, la criada se retiró y pocos segundos después, Aurora apareció en su campo de visión.

‒Disculpa por molestarte, pero necesito algunos medicamentos para el ganado y no puedo esperar a los productos que llegaran de la capital pasado mañana.

‒Ve con Robin a la ciudad y compra lo que necesites.

‒Robin está en la otra hacienda.

‒Entonces, ve con cualquier otro criado.

‒Bueno, no sé si recuerdas, pero están todos muy atareados con la nueva cosecha que debe salir de la hacienda mañana temprano.

‒¿Y qué quieres que haga?

‒Me gustaría que me acompañaras, si es posible

Percibiendo la duda y la incomodidad en su voz, Regina desvió la irritada mirada y entonces se levantó.

‒Espérame en el coche en diez minutos.

Tras un corto saludo con la cabeza, Aurora miró a Regina una última vez, sabiendo que su impasible expresión era pura fachada. Ella percibía los pensamientos que se aturullaban tras esos ojos castaños llenos de dolor. Por fin, sin decir una palabra, Aurora abrió la puerta y salió.


‒Bien, creo que está todo‒murmuró Aurora, mientras uno de los vendedores metía las cajas dentro del coche.

‒Es mejor asegurarse‒dijo Regina

‒No te preocupes. No te haré venir a la ciudad en las próximas semanas.

Al girarse para subir al coche, Regina de pronto se paró en seco. Sabía que los últimos días le habían afectado, física y mentalmente, y que tenía alcohol corriendo por sus venas, pero estaba bastante segura de que su visión seguía perfecta.

‒¿Qué ocurre, Regina?‒preguntó Aurora, y como no recibió respuesta, bajó del coche y sus ojos miraron en la dirección en que Regina miraba.

Al otro lado de la calle, confusa ante lo que estaba viendo, Emma sintió un escalofrío recorrer su cuerpo cuando Aurora apareció al lado de Regina. Dando un incierto paso hacia atrás, le entró el pánico cuando Regina hizo amago de ir a su encuentro.

‒No lo hagas…‒susurró Aurora, agarrándola de la mano ‒Ella te abandonó en el momento en que más la necesitabas. No te causes más dolor…

Con su corazón acelerado en su pecho, Regina sabía que lo que acababa de decir Aurora era, nada más y nada menos, que la incuestionable verdad, y eso destrozó su alma. Buscó algo que decir, alguna reacción, pero no encontró nada. Incapaz de encararla por más tiempo, Regina desvió su derrotada mirada, subió al coche y partió.

Al otro lado de la calle, Emma lloró de camino a casa, como siempre hacía cuando pensaba en Regina.