§18§

Naruto ya había elegido. Cuando Hinata recibió su mensaje, quedó abrumada por la derrota. Él había ido a encontrarse con Anko. Ya quedaban pocas esperanzas de un futuro compartido; Naruto demostraba estar atado al pasado, y nada que ella pudiera decir cambiaría las cosas.

Cuando vio su reacción, Tsunade se arrepintió de haber transmitido el mensaje. Hinata se había repuesto muy bien de las heridas recibidas, hasta que supo de las andanzas de Naruto.

Entonces se encerró en sí misma y, aunque Tsunade intentó que ella le explicara la causa, se negó a hablar.

La sola mención de Naruto la perturbaba. Después de tres días de intentar que Hinata saliera de su ensimismamiento, Tsunade decidió que esperaría hasta que regresaran sus maridos para descubrir cuál era el problema.

Sin embargo, Hinata se estaba curando. Su aspecto cambió notablemente en muy poco tiempo. Los cardenales casi habían desaparecido y el brazo cicatrizaba satisfactoriamente.

Después de cuatro días de reposo en cama, Hinata se levantó y se vistió. Tsunade fue a buscarla después de la comida y se sintió complacida al ver que estaba sentada en una silla al lado de la ventana.

—¿Cómo te encuentras hoy? —preguntó.

—Mucho mejor —contestó Hinata.

Trató de que su tono fuera alegre, pero se dio cuenta de que no había tenido éxito cuando vio que Tsunade se acercaba a ella y le ponía una mano en la frente.

—Ya no tengo fiebre —dijo Hinata—. Ya estoy bien, de verdad.

—Te estás curando muy deprisa, pero ambas sabemos que tu corazón está sufriendo. Tengo para ti una sorpresa que seguramente te hará sonreír. El padre Yamato ha insistido en hablar contigo. Si me hubiera dicho que había hablado con tu madre, le habría permitido verte antes —dijo, riendo—. No lo mencionó hasta hace poco.

Hinata sintió una gran alegría.

—¿Realmente está aquí?

—¡Bueno, al fin una sonrisa! —dijo Tsunade—. Está aquí desde ayer por la tarde. Anoche se sentó a tu lado durante varias horas, pero tú dormías. ¿Le hago pasar?

—Sí, por favor.

Cuando el padre Yamato entró en la habitación, Hinata se puso de pie rápidamente.

—¡Me siento tan feliz de verle! —exclamó.

—Si te sientas serás igualmente feliz —ordenó Tsunade, moviéndose alrededor de su paciente como una gallina con sus polluelos.

Hinata hizo lo que ella le indicaba, esperó a que el clérigo llevara una silla para sentarse frente a ella y luego preguntó:

—¿Ha tenido éxito en su viaje?

—Todo va bien —aseguró el padre, con un gesto afirmativo.

Hinata temía creerle. Tomó la mano de Tsunade y la apretó con fuerza.

—¿Está seguro?

A modo de respuesta, él levantó el medallón de Hinata y lo puso en la mano que ella tenía libre.

—Estoy seguro —dijo.

Ella empezó a sollozar.

—¿Malas noticias? —preguntó Tsunade—. ¿Te sientes mal? Dime qué te pasa, por favor.

—Está abrumada por la felicidad —dijo el padre.

—Sí, soy muy feliz —tartamudeó Hinata.

—No sabía que había perdido su medallón.

—Bueno, nunca estuvo perdido.

Tsunade estaba totalmente confundida.

—Entonces, ¿por qué...?

—No te preocupes, Tsunade.

—Me preocupo porque te quiero, hermana, como le pasa a tu esposo. Bueno, ahora les dejo solos para que puedan conversar tranquilos. Padre, espero que pueda convencerla de que Naruto no la ha abandonado.

Antes de que el cura pudiera responder, Hinata hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Preferiría que te quedaras con nosotros y oyeras las novedades que trae de mi casa.

Tsunade declinó la invitación.

— Chino está escondida debajo de la mesa; no quiere hacer la siesta. No se ha dado cuenta de que sé que se ha ocultado; puedo verla perfectamente desde el salón. Te advierto, Hinata, que prometí a Chino que podría quedarse contigo después de la siesta. Cualquiera diría que ella cree que, mientras estés aquí, sólo te debes a ella.

—Me encantaría verla.

Después de saludar al padre Yamato con una inclinación, Tsunade abandonó la habitación.

—Debe contármelo todo, padre —dijo entonces Hinata.

El sacerdote hizo un gesto afirmativo.

—Fui muy bien recibido en casa de tus padres; llevaba conmigo otra sotana para que Hanabi la usara en su viaje hasta la fortaleza de Neji. Me había enterado de que él tampoco estaba en casa; debo reconocer que no sabía muy bien qué hacer. Afortunadamente, recordé la abadía. Sabía que los monjes siempre tenían habitaciones disponibles para viajeros cansados. Hanabi y yo nos encontramos en el campo. Ella se puso la sotana cuando llegamos al bosque y a partir de entonces evitamos los caminos más frecuentados.

—Nunca podré recompensarlo por lo que ha hecho por ella.

—No es necesario. Dios nos protege, y quizá por eso no tuvimos ninguna dificultad. Tu hermana es una joven encantadora. Me hicieron mucha gracia sus puntos de vista en varias cuestiones —admitió.

El cura le relató entonces varias historias sobre su hermana.

Hinata rió encantada, y esa risa reconfortó el corazón del padre Yamato.

.

Una vez más, el factor sorpresa estuvo de parte de Naruto; ya estaban preparados para atacar cuando los norteños aparecieron por el desfiladero. Fue una batalla sangrienta y mortal, pero en sólo tres días, el enemigo quedó fuera de combate. La atención de los heridos les llevó más tiempo que la batalla en sí, y tanto Naruto como Jiraiya no marcharon hasta que el último hombre estuvo en camino.

Los soldados que necesitaban sutura fueron conducidos hasta Tsunade; eso la mantuvo ocupada desde la mañana temprano hasta muy entrada la noche. A lo largo de tres días más los rezagados continuaron atravesando el puente levadizo; todos ellos recibieron los cuidados de Tsunade.

Afortunadamente, ninguno necesitó encomendar su alma a Dios; el padre Yamato había abandonado la fortaleza de Kincaid para terminar, según dijo a Tsunade, una importante tarea en la abadía de Dunkady, cerca de las Lowlands. Creía que no podría regresar al castillo de Namikaze antes de dos semanas.

Debido al incesante movimiento, con hombres yendo y viniendo por el puente levadizo a cualquier hora del día y de la noche, nadie se dio cuenta de que Hinata había desaparecido; Tsunade advirtió su ausencia apenas una hora antes de que llegara Jiraiya. Todo el mundo la buscó por la propiedad una y otra vez.

Todo fue en vano.

Cuando Jiraiya entró en el salón, Tsunade estaba consumida por la preocupación. En previsión de la violenta reacción de Naruto, decidió que fuera Jiraiya el que hablara.

No hubo beso de bienvenida. Se arrojó llorando en brazos de Jiraiya.

—¡Oh, gracias a Dios que estás en casa! No sé dónde está Hinata. ¡Debes encontrarla!

Jiraiya no podía creer que hubiera ocurrido algo sí. Nadie podía entrar o salir sin permiso de su fortaleza. Una hora después, quería matar a los hombres encargados del cuidado de su familia.

Aun así, lleno de furia como estaba, su reacción fue mínima comparada con la de Naruto.

—¿Cómo ha podido ocurrir esto, Jiraiya? —rugió.

—¿Crees que puede haber vuelto a casa?

—Hice un alto en mi castillo para recoger algo que sabía que agradaría a Hinata. De haber estado ella allí, yo me habría dado cuenta. Puedes creerme.

—¡Lo siento tanto, Naruto! —dijo Tsunade. Se sentó y ocultó el rostro entre sus manos—. No debería haberle quitado el ojo de encima. Eché un vistazo en su habitación esta mañana antes de bajar, y me pareció que dormía.. Era demasiado temprano para despertarla; después no regresé al castillo hasta bien entrada la noche. Volví a mirar en su habitación; otra vez parecía que descansaba. Si hubiera retirado las mantas y de no haber estado tan cansada, me habría dado cuenta.

—¿Alguno de los sirvientes entró en su habitación? — preguntó Naruto.

—Avisé a todos de que no la molestaran. iPor Dios, ni siquiera sé cuánto hace que se marchó! iLo lamento tanto!

— Jiraiya, lleva a tu esposa a la cama —dijo Naruto. Siguió a su hermano hasta la mesa y retiró la silla de Tsunade para que ésta pudiera ponerse de pie.

—Nada de esto es culpa tuya, Tsunade.

Jiraiya la alzó en sus brazos.

—No has dormido nada desde hace una semana, ¿verdad?

—He estado muy ocupada atendiendo a los heridos, Jiraiya. Puedo dormir mañana. Antes tengo que encontrar a Hinata...

— Naruto y yo la encontraremos. Vete a la cama.

Ella estaba demasiado agotada para discutir con él; además sabía que, de todas maneras, no sería una gran ayuda. Ya le resultaba difícil hilvanar sus pensamientos. Apoyó la cabeza sobre el hombro de su marido.

—Te amo, Jiraiya —dijo—. ¿Qué haréis para encontrarla?

—Empezaremos por buscar en el castillo palmo a palmo. No estoy del todo convencido de que se haya marchado.

Jiraiya se detuvo frente a Shikamaru y le ordenó retener a Naruto en el salón hasta que él estuviera de regreso, luego llevó a su esposa al dormitorio.

—No olvides avisar a los niños de que estás en casa —dijo ella—. Jiraiya, necesito tenerte en nuestra cama otra vez. ¿Me despertarás cuando regreses?

Se quedó dormida antes de que él pudiera responder. Jiraiya le quitó las ropas, acomodó las mantas, la besó en la frente y volvió abajo.

Naruto y Jiraiya en persona revisaron todos los cuartos del castillo. Extendieron luego su búsqueda al exterior; cuando llegaron al puente levadizo, estaban ya convencidos de que Hinata se había marchado.

Naruto sintió que habían estado perdiendo el tiempo. Su rabia pronto se convirtió en pánico.

—Tú sabes cuáles son sus posibilidades de sobrevivir fuera del castillo —dijo a su hermano—. Si está sola, no lo conseguirá, Jiraiya. Ella...

—Sobrevivirá —afirmó Jiraiya—. y pronto me resultarás inservible si sigues con esos pensamientos.

Cuando regresaron al salón, Naruto estaba tan asustado que no podía pensar con claridad. Enloquecido, daba vueltas por la estancia, mientras trataba de imaginar dónde podía estar Hinata.

—¿Has preguntado a todos los hombres que estaban de guardia?

—Han sido interrogados, pero no por mí —contestó Jiraiya—. He mandado a llamar a dos hombres que patrullan fuera de la muralla; llegarán aquí mañana, poco después de la salida del sol.

—Dime dónde están —exigió Naruto—. Iré a verlos ahora mismo.

—No.

Jiraiya conocía bien a su hermano, de modo que estaba preparado cuando Naruto trató de marcharse. Lo retuvo con sus brazos.

—Ordenaré que diez hombres vigilen las puertas, por si acaso intentas marcharte durante la noche. Acepta el hecho de que no vas a ir a ninguna parte hasta que no nos enteremos con certeza del sitio en que puede estar. Esta noche la luna no puede ayudarnos, y tú y tu caballo os acabaréis partiendo el cuello si andas por ahí. Debes ser razonable.

—Tu no lo entiendes. Debo encontrarla. No va a ningún sitio en particular.

—¿Qué quieres decir?

— Hinata sólo quiere alejarse de mí. Me reprocha no haberla protegido de Menma. Yo debería haber estado allí. Debería haber sabido... Si algo le ocurre, si no puedo encontrarla antes...

—La encontraremos —insistió su hermano.

Shikamaru y él permanecieron junto a Naruto hasta medianoche. Después, Jiraiya subió a su dormitorio para poder dormir un rato.

Naruto quiso comenzar a interrogar a los hombres de inmediato, pero Shikamaru se negó.

—Nos llevará más de una hora encontrarlos a todos; ya han sido avisados por su comandante de que deben presentarse aquí al amanecer. Sé que no piensas dormir, pero al menos siéntate un rato, Naruto. Sé cómo lo estás pasando. En tu lugar, yo estaría hecho una furia, pero es importante que tengas la mente despejada para poder encontrarla.

Naruto sabía que tenía razón. Le resultó imposible cerrar los ojos, pero finalmente se sentó. Shikamaru se quedó dormido en una de las sillas de la entrada. Naruto le ordenó que subiera y se acostara en uno de los dormitorios. Su amigo no quiso dejarlo solo, por supuesto, pero en cuanto la sugerencia se transformó en orden, no tuvo más remedio que obedecer.

Durante el resto de la noche, Naruto estuvo solo en la oscuridad, aguardando la llegada de la aurora. Se imaginó todos los horrores posibles por los que podría haber pasado su dulce esposa, hasta que su mente se rebeló y simplemente se quedó en blanco.

Fue la noche más larga de su vida.

Al día siguiente las cosas no fueron mejor. Jiraiya y él interrogaron, uno por uno, a todos los soldados que habían estado al cuidado de la fortaleza de su señor. Ninguno sabía nada que pudiera servirles de ayuda.

En el momento en que entraban los soldados a cargo de la guardia del puente levadizo, Shikamaru hizo una sugerencia.

—¿Es posible que haya ido donde está Hanabi?

Naruto rechazó la posibilidad.

—Ella no sabía que su hermana estaba en peligro. Por cierto, ¿adónde han llevado a Hanabi?

Su hermano no tenía idea de qué hablaba. Shikamaru se lo explicó, mientras Naruto reanudaba su paseo arriba y abajo por la estancia.

En aquel momento entró Tsunade y se sentó con ellos para escuchar a los soldados.

—Ya lo creo que Hinata estaba enterada —dijo—. Yo también lo estaría si algo le ocurriera a alguna de mis hermanas. Cómo lo ha sabido, no importa ahora. ¡Oh, Dios, el medallón! —exclamó. Corrió hacia Naruto—. Yo creía que lo había perdido, pero cuando el sacerdote se lo devolvió, me dijo que jamás había estado perdido. ¿No lo comprendes? Hinata debió de enviar al padre Yamato junto a su hermana. Le dio el medallón para que Hanabi confiara en él e hiciera todo lo que le indicara. Sabía que Hinata era lista, pero esto me deja asombrada. A mí no se me habría ocurrido.

Jiraiya entonces volvió a interrogar a sus hombres; ciertamente una tarea ardua, con Naruto dando vueltas y divagando a su alrededor. Cuando terminó, ya sabían cómo se había marchado Hinata.

Había entrado un solo sacerdote; sin embargo, Nagato, a cargo de la entrada, había visto salir a dos curas.

Naruto evaluó la posibilidad de condenar su alma durante toda la eternidad, a cambio del fugaz placer que obtendría estrangulando a un hombre de fe.

—Con su permiso, milord —dijo Nagato.

—¿Qué pasa?

—Me parece que el cura no sabía que ella lo seguía. Él marchaba delante, montando un caballo castrado con manchas y llevando un caballo de carga tras él; el segundo sacerdote iba andando unos cuantos metros detras de los caballos.

—¿Y no se te ocurrió que era un proceder más bien extraño? —rugió Jiraiya.

—Era un cura pequeñajo, milord. Pensé que todavía no había sido ordenado y que iba andando para cumplir alguna penitencia.

—Ahora, todo lo que tenemos que hacer es descubrir hacia dónde iban —dijo Jiraiya.

—¡La abad la de Dunkady! —exclamo Tsunade.

—¿Estás segura? —preguntó Naruto.

—Sí.

—Si es que dijo la verdad —comentó su esposo.

—iPor todos los cielos, Jiraiya, es un hombre de Dios! Por supuesto que diría la verdad.

—Partiré de inmediato —dijo Naruto.

—Iré contigo —anunciaron Tsunade y Jiraiya al unísono.

Naruto negó con la cabeza.

—Esto debo hacerlo yo solo.

—De ninguna manera te irás sin tus hombres; no, señor —se empecinó Jiraiya.

Como no quería perder el tiempo discutiendo con su hermano, dijo a Shikamaru que fuera hasta su castillo y reuniera a los demás.

—Me alcanzarán más tarde —dijo.

Según sus cálculos, el monasterio quedaba a sólo una jornada de viaje. Si Hinata montaba el caballo de carga, sólo Dios sabía cuánto tiempo necesitaría para llegar.

Dejaría a un lado, de momento, todas sus preocupaciones salvo una: debía llegar hasta su dulce Hinata.

Sin ella, estaba perdido.

.

Hinata estaba inconsolable. No podía comer, no podía dormir; tampoco podía dejar de llorar el tiempo necesario para decirle a su hermana algo que tuviera sentido.

Pronto Hanabi alzó las manos, con un gesto de desesperación.

Después de alcanzar a Hinata un pañuelo limpio para que secara sus lágrimas, lo arrojó al cesto de la ropa sucia y se sentó junto a su hermana sobre el espartano catre de la habitación. Por última vez, según se juró a sí misma, intentaría que su hermana entrara en razón.

—Vamos, Hinata, deja ya de lamentarte. Nos han echado de la capilla por culpa del ruido que haces.

—No nos han echado. Simplemente, nos invitaron a regresar a nuestras habitaciones.

—¿Y qué me dices del querido padre Yamato? Gracias a ti no ha podido dar su misa de la tarde. ¿Por qué no nos haces caso? Dices que amas a tu esposo.

—¿Es que no lo entiendes? Cuando se fue de mi lado, él hizo su elección. No me quiere a mí ni quiere mi amor. Jamás me ha querido. Anko es parte de su pasado; jamás me perdonará lo que hice. No, no puedo regresar. Sería terrible.

La necesidad de sonarse la nariz terminó con sus protestas.

Hanabi continuaba sin entenderlo.

—Tú no llorabas nunca. Si amar a alguien hace tan desdichada a una mujer, juro que jamás me enamoraré. Espero no casarme nunca. Por el amor de Dios, ¿puedes dejar de llorar? Tal vez si regresaras y lo intentaras una vez más... Si le dijeras cómo te sientes...

—Él sabe cómo me siento; no es necesario que se lo diga. Es inteligente, Hanabi. Y yo también —agregó—. Yo sé cuándo no soy querida. No puedo hablar más de esto.

—¿Y si él viniera a buscarte?

Ella negó con la cabeza.

—No lo hará.

—Pero ¿y si lo hiciera?

Hinata suspiró.

—Pensaría que ha venido llevado por su orgullo. No regresaría con él. ¿Podríamos hablar de otra cosa?

Hanabi hizo caso omiso a la sugerencia.

—Quizá Neji no te permita regresar con nosotros. ¿Qué harás, entonces? ¿Te quedarás en la abadía hasta el fin de tus días, volviendo locos a estos pobres monjes?

—Mi hermano no me rechazará. ¿Te he dicho ya que Naruto ni siquiera sabe cuántos hermanos tengo?

—Sí, ya me lo has dicho unas cien veces. Quieres tener hijos, ¿no es así? Sí vuelves...

—Quiero tener hijos, pero no pienso dejarlos con Naruto.

—¿De qué hablas ahora? Regresa con él, Hinata. Por favor, antes de que sea demasiado tarde. Es tu marido.

—¿Dejarás de regañarme?

Hanabi decidió que ya había presionado bastante.

—Tal vez un poco de aire fresco te haga sentir mejor. Salgamos; daremos un paseo por el jardín.

—Si nos desviamos del camino, ya no estaremos en suelo consagrado.

—No entiendo.

—El camino frente a la abadía. Hay una cruz de madera en su extremo sur y otra en el norte. Si nos apartamos de él, ya no estaremos a salvo. Me parece que deberíamos quedarnos aquí. Además, en cualquier momento puede llegar Neji, si los cálculos del padre Yamato son correctos.

—Está bien. Si insistes en esconderte aquí, nos esconderemos. Al menos, quita las pieles de las ventanas para que entre el sol. Esto parece una tumba. — Hanabi no esperó a que su hermana accediera. Fue hacia la ventana, desató los cordones de algodón y retiró la pesada piel.

Cerró los ojos para protegerse de los brillantes rayos del sol, se llevó las manos a la nuca y con ellas levantó el pelo que cubría sus hombros.

—Esta brisa es maravillosa —murmuró, con el rostro radiante de placer. Se quedó allí, desperezándose, su silueta recortada en la luz de la ventana, hasta que los brazos comenzaron a dolerle.

Entonces se dedicó a contemplar el paisaje.

—¡Oh..., por Dios... son... son... enormes!

—¿Qué pasa? —preguntó Hinata.

Petrificada por el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos, Hanabi apenas alcanzó a hacer un gesto. En el extremo norte de la abadía había un ejército de gigantes extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. No menos de cuarenta hombres cabalgaban detrás del guerrero de fiero aspecto, que se había separado algo de los demás y estaba más cerca del sendero.

Todos ellos llevaban las rodillas al aire y el pecho cubierto con un trozo de tela que cruzaba desde la cintura hasta el hombro.

Algunos mostraban cicatrices. Todos necesitaban con urgencia un buen baño, un corte de pelo y ropas decentes.

Por todos los santos, eran salvajes.

Hanabi se volvió asustada.

—No puedes volver. Gracias al cielo que has entrado en razón. No, no, no puedes volver con tu marido. Debes ir con Neji. Estará muy contento de tenerte con él. Te quiere con toda su alma. ¿Por qué no me dijiste que eran... eran...? Oh, Hinata, ¿cómo has podido sobrevivir todo este tiempo?

—¿De qué me estás hablando?

Preocupada por la posibilidad de que su hermana viera lo que pasaba afuera, Hanabi sacudió frenéticamente la cabeza. Su hermana ya había tenido disgustos suficientes para toda la vida.

Ahí afuera estaba la prueba, a la vista de cualquiera. Ya tenía una cicatriz en la frente y otra en el brazo.

En su prisa por reparar su anterior insistencia, ya que desconocía los peligros que corría Hinata, tartamudeó una disculpa.

—¡Lo siento tanto! No sabía... hasta que los he visto; no sabía. No, ni pensarlo.

—¿Qué es eso tan impensable? —preguntó Hinata. Se puso de pie, con intención de reunirse con su hermana junto a la ventana.

Hanabi corrió hacia ella y la obligó a retroceder hasta el catre.

Luego corrió a la puerta y echó el cerrojo.

—Ni pensarlo, no saldrás... Sí, eso es. Vaya, qué corriente de aire. Creo que voy a volver a poner la piel.

Volvió a la ventana y espió hacia fuera, con la esperanza de que los salvajes que había visto fueran imaginarios. No, allí estaban, tan terroríficos como antes.

Sus manos temblaban cuando trató de atar los lazos que sujetaban la piel.

— Hinata, dime qué aspecto tiene tu marido.

—¿Por qué?

—Por curiosidad —respondió. Mientras continuaba intentando atar la piel, aprovechó para echar un vistazo al jefe de aquellos hombres. Causaba pavor.

—Es muy apuesto.

—Estás bromeando.

—No, es verdad. Es apuesto.

—Pero ¿qué aspecto tiene, exactamente? Descríbemelo.

—Pelo rubio y ojos celestes, nariz recta. Alto, muy fuerte. ¿Satisfecha?

—¿Lleva el pelo largo?

—Todos loS Namikaze llevan el pelo largo. ¿Qué miras?

—Al padre Yamato —respondió, sin faltar a la verdad, ya que el padre corría ahora por el sendero hacia el guerrero que iba al frente. El padre debería correr en dirección contraria, ¿verdad?

Seguramente había advertido que todos estaban preparados para la batalla.

Hinata se acercó a la jofaina para refrescarse las manos y la cara.

—Si el padre está afuera, no hay peligro; también podemos salir nosotras. Él no nos permitirá alejarnos del camino.

—¿Ha sido seguro para vosotros venir sin escolta?

—No, pero no quedó más remedio. De todas maneras, yo iba vestida de monje, y en las Highlands todos respetan a los hombres con hábito. Nadie les haría daño. Sin embargo, ahora me preocupas tú. Cuando has resuelto hacer algo, lo haces, no importa el riesgo que puedas correr, pero si decides ir a recoger flores a la colina, el padre no te lo permitirá.

—¡Tú me has enseñado a correr riesgos! —protestó Hanabi—. ¡Oh, Señor, se ha caído la piel!

Al asomarse por la ventana, vio que la piel caía a unos pasos del sacerdote. Sorprendido, Yamato alzó la vista hacia la ventana.

—¡Lo siento, padre! Se soltó —gritó Hanabi.

Inmediatamente dio un salto hacia atrás para no ser reprendida delante de los salvajes. Por otra parte, sabía que se iba a echar a reír y no quería herir los sentimientos del cura.

Él la oyó, por supuesto, pero también los Namikaze. Todos simularon no darse cuenta, excepto Shikamaru, que sonrió con evidente satisfacción.

Intrigado, Lee se volvió hacia él.

—¿La encuentras divertida?

—La encuentro encantadora.

Lee sacudió la cabeza para que su amigo supiera que estaba loco. Shikamaru asintió con un gesto y luego anunció su propósito.

—Me quedaré con ella.

—Saldrá corriendo.

—Así lo espero. No sería divertido si no lo hiciera. Es bonita, ¿no crees?

—¿Piensas casarte con ella?

—Cuando llegue el momento.

De pronto, Naruto levantó la mano. Sus amigos creyeron que les hacía callar para poder escuchar al clérigo. Pero su señor indicaba que el enemigo estaba cerca. Se limitó a apoyar la mano sobre la empuñadura de la espada. Se acercaban los ingleses.

Neji y sus hombres avanzaban por la colina. Por el ruido que hacían sus caballos, Naruto estimó en sesenta el número de soldados que acompañaban al barón. De inmediato, Lee y Shikamaru flanquearon a su jefe para protegerlo de cualquier ataque.

El padre Yamato no advirtió la tensión de los Namikaze ante la inminente batalla. Explicaba una vez más que él no había ayudado a Hinata a escapar del castillo de Kincaid ni había tenido la menor idea de que ella proyectara hacer tal cosa y que sólo después de un buen trecho y de haberse adentrado en el bosque ella se había dado a conocer, informándole que iría con él.

—¿No miró hacia atrás en ningún momento? —preguntó Naruto.

—Jamás lo hago cuando estoy en sus tierras o en las de Kincaid, porque sé que allí no corro ningún peligro. Le aseguro que tomé todas las precauciones necesarias una vez que su esposa me alertó de su presencia. Traté de convencerla de que regresáramos, pero no hubo manera, señor. No podía permitirle continuar sin mí, ¿no le parece?

Naruto sacudió la cabeza.

—Me ha asegurado que ella está bien, y eso es todo lo que me interesa. Dígale que venga.

—Se negará —replicó el cura—. Lo intentaré, por supuesto.

—Ella no se negará a una petición mía —sacó la daga de su cinturón y cortó los hilos con que Tsunade había cosido el medallón en el borde del tartán—. Por favor, déselo.

El sacerdote lo aceptó con un gesto. ..

—¿Y su mensaje?

—El medallón es el mensaje. Ella comprenderá. No puede negarse.

—Si deja la espada afuera, puede entrar conmigo —ofreció Yamato.

La respuesta de Naruto fue sugerir al cura que echara una mirada a sus espaldas.

—¡Oh, buen Dios, Neji está aquí! Iré deprisa —susurró—. No hagáis nada violento hasta que yo regrese.

—Nada haremos —prometió Naruto—, a menos, claro, que seamos provocados.

El cura recogió el borde de su sotana y volvió corriendo a la abadía.

—Deja ya de cepillarte el pelo, Hinata. El padre vuelve a entrar. Viene corriendo, en realidad. Me pregunto... ¡Oh!

—¿Qué pasa?

— Neji está aquí.

Hinata dejó caer el cepillo y se desplomó sobre el catre.

Había llegado el momento de abandonar para siempre las Highlands. Señor, ¿por qué le dolía tanto?

Las lágrimas humedecieron sus ojos. Dejó caer la cabeza, a modo de capitulación, y comenzó a rezar.

—¿Por qué es tan difícil? —dijo, llorando. Se dobló sobre sí misma y se balanceó, como si el dolor que sentía fuera físico y no un desgarro de su corazón.

Hanabi no sabía qué decir.

—No sé, Hinata. Si pudiera ayudarte, lo haría. Tu esposo podría ayudarte a sentirte mejor.

—No.

—Él está aquí.

Hinata no reaccionó.

—Seguramente eso significa...

—Está aquí por su orgullo.

—Sabía que dirías eso —dijo Hanabi.

Se asomó a la ventana y saludó a su hermano con la mano.

Neji y sus hombres estaban resplandecientes con sus cotas de malla y sus yelmos. Ella volvió la mirada nuevamente hacia los Namikaze. Parecían...

—Salvajes.

—Apártate de la ventana.

—Creo que debería saludar a tu esposo. Sería descortés ignorarlo. Ya he saludado a Neji; no debería hacerle un desprecio.

—Te aseguro que no le importará.

De todas maneras, Hanabi le saludó.

—No me ha devuelto el saludo. Neji sí lo hizo.

—Apártate de ahí —ordenó Hinata.

—Ven y mira.

—No.

Se oyeron golpes en la puerta e inmediatamente un fuerte jadeo. El padre Yamato había subido corriendo las escaleras para llegar al cuarto de Hinata.

Hanabi lo hizo pasar.

—Ella no desea verle, padre. Traté de convencerla, pero no quiere tener nada que ver con él.

El sacerdote hizo un gesto antes de aproximarse al catre.

—Su esposo me pidió que baje a verle, milady. Está seguro de que esto la convencerá —añadió, mientras ponía el medallón sobre su regazo.

Hinata contempló largamente el medallón, sin decir una palabra. Hinata se acercó para verlo e intentó recogerlo, pero Hinata lo tomó en su mano antes de que su hermana llegara a tocarlo.

Se puso de pie. Quería tirar el medallón por la ventana, por el hecho de que él se atreviera a usarlo cuando ya era demasiado tarde y por su negativa a utilizarlo cuando aún estaba a tiempo.

Entonces le vio.

—Parece cansado —musitó.

—Debe ir, milady. Será inevitable la batalla a menos que informe a su marido que se irá con él o con Neji.

Hinata se apartó de la ventana y fue hacia la puerta.

—Mi hermano no sabe que estoy aquí.

—Eso no tiene importancia —apuntó él. Bajó la escalera tras ella—. Su esposo sabe que está aquí. Es posible que Neji crea que él quiere llevarse a Hanabi.

—Tengo un medio seguro de hacerle regresar a su fortaleza — dijo Hinata.

—Dime cuál es —exigió Hanabi, corriendo para alcanzarla.

—Simplemente, le preguntaré si me ama. No será capaz de decir que sí; entonces se dará cuenta de que debo regresar a Inglaterra.

—¿Y qué pasa si él no se da cuenta? —insistió Hanabi.

—No hará nada que yo no quiera que haga.

—¿Has olvidado lo fuerte y decidido que es tu esposo? Puede conseguir lo que quiera.

—Para él, no significa no.

—Le amas, ¿no es así, muchacha? —dijo el padre.

—Sí, le amo, pero eso no basta.

El sacerdote llegó a la puerta pero no la abrió.

— Hanabi, por favor, sal tú primero. Ve donde está tu hermano y quédate con él para que sepa que los Namikaze no representan una amenaza.

—¿Cree que los soldados de Neji harían daño a los hombres de las Highlands?

—No, pero estoy seguro que los Namikaze matarían a los ingleses sin esfuerzo. Pueden ser despiadados cuando se lo proponen, y bien sabe Dios que los dominarán fácilmente.

—Sin embargo los ingleses los doblan en número...

—La cantidad no significa nada para ellos. Les he visto luchar; puedo asegurar que sé de qué hablo.

—Haré lo que me indica —prometió Hanabi.

Dicho esto, salió y corrió hasta donde estaba su hermano y lo abrazó. Habló con él durante un rato, y éste le contó la preocupación de Naruto por la seguridad de su suegra, que había llegado hasta el punto de enviar soldados para protegerla de las iras de Otsutsuki. Le dijo también que el guerrero le había caído simpático a su madre, que esperaba con mucho interés volver a verlo.

Hanabi escuchó atentamente hasta que Hinata salió de la abadía.

—Ya me contarás el resto después, cuando recoja mis cosas en la abadía —dijo, aunque en realidad estaba pendiente de Hinata.

¡Su Hermana parecía estar tan desamparada! Hanabi sólo quería protegerla de nuevos padecimientos; Neji debía tener paciencia y esperar un poco más.

—iYa vuelvo, Neji! —gritó—. Sólo quiero conocer al marido de Hinata.

Antes de que su hermano pudiera detenerla, ella se recogió la falda y corrió hacia los Namikaze.

Al padre Yamato lo habían entretenido los monjes que se asomaban por todas las ventanas de la abadía. Tuvo que asegurarles que no habría lucha en suelo consagrado y pedirles que volvieran a sus ocupaciones.

—Es sólo una reunión de familia —explicó y, que el cielo lo ayudara, porque dijo esa media verdad conteniendo la risa.

Hanabi no dirigió la palabra a los monjes, sin embargo los saludó con la mano. Varios de ellos, contagiados por su entusiasmo, devolvieron el saludo. Cuando ya se acercaba al final del sendero, uno de los Namikaze atrajo su atención. Tuvo la rara sensación de que el hombre esperaba que ella dijera o hiciera algo, y aunque él no se movió ni hizo señal alguna, ella no pudo evitar esa sensación.

Los guerreros mantenían a los soldados de su hermano bajo estricta vigilancia. Hinata, advirtió, se había detenido bruscamente. Hanabi pensó que ella estaba reconsiderando la idea de hablar con su esposo; pensó entonces en ayudarla a decidirse.

La alcanzó, la cogió de la mano y le dio un suave apretón para alentarla a seguir adelante.

Hinata no le prestó atención. Tenía la mirada puesta en su esposo. Sentía una penosa agonía estando tan cerca del hombre al que amaba y sabiendo que jamás podría volver a estar a su lado. ¿Acaso él no se daba cuenta que para ella su presencia era un tormento? Sentía que su corazón se desgarraba en mil pedazos.

Todavía se detuvo una vez más antes de llegar al final del sendero. Hanabi soltó su mano y continuó andando tras ella.

Pasó un largo minuto mientras Naruto y Hinata se miraban.

Una vez más, Hanabi quiso ayudar. Dio a su hermana un ligero empujón.

Hinata volvió a ignorarla. Respiró profundamente, sostuvo con fuerza el medallón, y dijo:

—Esto te pertenecía, Naruto.

—Todavía me pertenece, Hinata. Igual que tú. Ahora y siempre.

Ella negó con la cabeza.

—¡Es muy doloroso! —exclamó, llorando.

Naruto se quitó la espada del cinto y se la entregó a Lee antes de desmontar; luego fue hacia ella.

—Trataré de hacértelo más fácil. No llores, por favor. Sé que te he lastimado.

El sacerdote se acercó para ofrecer un pañuelo a Hinata. Una mirada de Naruto lo hizo cambiar de opinión. Retrocedió, se volvió y se acercó a Neji.

Hinata tenía la sensación de que todo el mundo participaba de ese difícil e íntimo momento. Cuando él le tomó la mano y la condujo por el sendero hacia el jardín, ella no se resistió.

Mantuvo la cabeza baja y decidió que se despediría de él cuando estuvieran a solas.

Esa falta de intimidad parecía no molestar a Naruto en absoluto.

—Sé que te he herido. Debería haberte protegido de Menma. Viviré con esta culpa durante el resto de mi vida. No espero que me perdones, Hinata, pero yo...

—No debes reprocharte lo que pasó. Debería haberte contado lo que estaba ocurriendo. Tuve intención de hacerlo, pero te marchaste antes de que pudiera reunir el coraje necesario. Entonces él se fue, y pensé que ya no regresaría. De todas maneras, eso ya no tiene importancia. Tú hiciste tu elección cuando corriste a ver a Anko.

Él se quedó estupefacto.

—¿Te sentirás mejor si te digo que ha muerto?

—iPor Dios, no!

—Muy bien, entonces —dijo él—. y si te dijera que no la desterré, pese a que ésa fue mi primera intención, ¿llegarías a darte cuenta que tuve en cuenta tus sentimientos?

Ella se volvió para mirarlo a los ojos. Naruto no sabía cuánto tiempo más sería capaz de dominar el deseo de tomarla en sus brazos. Estaba resuelto a dejar que fuera ella la que tomara la iniciativa; sabía que si no se apartaba ahora de ella, perdería su batalla. Soltó su mano, se sentó sobre el cerco de piedra y esperó a que ella se acercara.

Ella se acercó por fin, hasta que estuvo entre sus piernas extendidas.

—¿Qué ha sido de Anko? —preguntó.

—Para que entendieras, tendría que contarte todo lo referente al legado de mi padre, pero es una larga historia. ¿Quieres oírla?

En aquel momento él estaba dominado por una pena tan abrumadora que Hinata sintió que el corazón se le encogía. Su proverbial fuerza parecía haberle abandonado. Tenía la cabeza baja, los hombros vencidos por el peso que habían soportado durante todos esos años; Hinata pudo sentir el dolor de la melancolía que lo invadía.

—¿Quieres contármelo?

—Sí —repuso él, desesperado.

Ella dio otro paso hacia él.

—Entonces, cuéntamelo ahora —susurró.

Él sintió un gran alivio.

—Sé que Suigetsu te contó lo de las ruinas y que te dijo que serían demolidas una vez que yo vengara a mi padre. Quiero contarte cómo murió y qué me dijo antes de morir.

— Suigetsu me dijo que tú presenciaste la matanza y que no eras más que un niño. Me gustaría que me dijeras qué pasó, pero sólo si lo deseas. ¿De acuerdo?

Naruto asintió con la cabeza.

—Él no murió plácidamente…

El pasado comenzó a brotar de su boca con frases vacilantes, entrecortadas. Lo recordó todo: el miedo que había sentido y la desesperación. Ella lo imaginó, aún niño, arrastrándose entre brasas ardientes, apretando la espada de su padre contra su corazón, y sintió por él una enorme admiración; había demostrado tener más honor y coraje que cien nobles caballeros.

No era sorprendente que lo amara tanto.

—La exigencia impuesta por mi padre de que lo vengara se transformó en mi obsesión —dijo Naruto al final de su relato.

Ella demostró su comprensión con un movimiento afirmativo.

—Debo hacerte una pregunta.

—¿Sí?

—¿Tú exigirías a tu hijo lo que tu padre te exigió a ti?

Él no vaciló.

—Si existiera la posibilidad de que los asesinos regresaran, diría a mi hijo que se protegiera y que tratara de descubrir quién los enviaba. No querría morir con la preocupación de que un día tanto él como su familia fueran destruidos, pero no le haría prometer que me vengara, Hinata. No, jamás le pediría eso a un hijo mío.

Naruto no sabía que con esa respuesta había ganado el corazón de Hinata.

Extendió las manos para que ella pudiera ver las cicatrices que las surcaban.

—Ésta es mi herencia. No puedo quitarme estas marcas ni puedo cambiar lo que soy.

Ella tomó sus manos y besó cada palma.

—Tus manos son hermosas. Cada vez que te sientas agobiado o preocupado, sólo tienes que mirar tus manos para recordar que eres un hombre de honor y de coraje, porque eso es lo que representan estas cicatrices.

—Una esposa no abandona a un hombre honorable. Yo te he fallado.

Ella negó con la cabeza.

—Tú no me has fallado. Yo creía que tú jamás podrías desprenderte del pasado y temía que le endosaras esa carga a nuestro hijo. No perdí las esperanzas hasta que fuiste al encuentro de Anko. Creía que la preferías y no podía aceptarlo. ¿Por qué la repudiaste?

—Porque te ofendió. ¿Es que no tienes idea de lo que significas para mí? Cuando me dijeron lo que había hecho Menma, enloquecí. Sólo quería volver volando a casa para limpiarla de inmundicias antes de que los dos pudiéramos regresar. No podía tolerar la idea de llevar a un corazón puro como el tuyo ante una presencia indigna como la de ella. Por eso quise echarla. Incluso pensé seriamente en matarla.

—Los Namikaze no matan mujeres.

—No, no lo hacemos —convino él—. La iba a desterrar. No quería que volviera a usar el nombre de Namikaze. Ni que se atreviera a usar mis colores. Cuando llegué, acababa de marcharse. Pero seguí sus huellas para poder poner fin al asunto. Y entonces la vi abrazarse a Otsutsuki.

—¡Ella era la traidora! —exclamó Hinata con voz ahogada.

—Así es.

—Y entonces, ¿qué pasó?

—Te lo explicaré más tarde. Tú me dijiste que sólo debía abrir mi corazón, ¿lo recuerdas?

—Lo recuerdo.

Naruto la tomó de la cintura con ambas manos y la atrajo hacia él.

—Me estabas pidiendo que te amara, ¿verdad? Debería habértelo dicho entonces.

—¿Decirme qué?

—Que te amo.

Ella negó con la cabeza.

—No, tú sólo quieres...

—Te amo —repitió él. Por las mejillas de Hinata empezaron a correr las lágrimas. Él las enjugó con suavidad y la apretó con más fuerza—. Sé que tú me amas. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Tenías miedo? —preguntó Naruto.

—No te lo dije porque sabía que tú no me amabas. Sí, tenía miedo, pero tú no, ¿verdad?

Él se inclinó hacia ella.

—Sí, mucho miedo. Hinata, tú me causas verdadero pavor. Amarte significaba convertirme en un ser vulnerable. ¿Qué habría sido de mí si hubieras muerto? Y después ya fue demasiado tarde. No conseguí protegerme de ti, aunque en cuanto me di cuenta de que me había enamorado, volví a nacer. Uno de los dos debe morir antes que el otro, desde luego, pero los recuerdos sostendrán al que sobreviva. ¿Sabes una cosa?

—¿Qué? —susurró Hinata.

—Jamás te dejaré. Sé que mereces mucho más de lo que yo ya pueda darte. Sin embargo, ya no importa. Eres mía.

Ella se acurrucó contra su pecho.

—No te atrevas a besarme. Primero debes pedirme perdón.

—Porque fallé cuando debía protegerte.

No era una pregunta sino una afirmación. La soltó, la miró a los ojos, y trató de encontrar las palabras que pudieran redimirlo ante los ojos de ella.

—No, no me has fallado. Sin embargo, lograste romperme el corazón. ¿Cómo pudiste decirme que, después de darte un hijo, debía volver a Inglaterra? Eso fue algo muy cruel; todavía no entiendo por qué quisiste ofenderme así.

—Echabas mucho de menos a tu familia —explicó él—. y quise decirte algo que hablara de un futuro —agregó—. Y entonces, yo...

—¿Tú, qué? —urgió ella.

Naruto tuvo la audacia de sonreír al admitir su pecado.

—Te mentí.

Hinata abrió desmesuradamente los ojos, con incredulidad.

—¿Me mentiste?

—No creerás de verdad que pensaba enviarte de vuelta a Inglaterra.

—No te atrevas a reírte de mí. Yo te creí. No deberías haber mentido. Fue horrible. —La chispa que bailoteaba en sus ojos puso un punto divertido a su intento de hacerle sentir culpable—. ¿Me has mentido en alguna otra cuestión?

Él se encogió de hombros.

—Tal vez.

—Debes dejar de hacerlo ahora mismo.

—Te mentí cuando hice que Tsunade te dijera que había ido a buscar a Anko. Aunque, en realidad, tal vez no lo hiciera, porque la verdad es que fui tras ella, efectivamente, pero solamente porque estaba con Otsutsuki.

Hinata se llevó la mano a la garganta, atónita ante ese comentario hecho a la ligera.

—Tú fuiste a …

—Más tarde, amor mío. ¿Puedo besarte ahora?

—No —replicó ella—. Yo te besaré cuando llegue el momento. Las cosas van a cambiar. Desde ahora, cada vez que te vayas de casa, deberás avisarme primero. Si alguna vez me despierto y vuelvo a descubrir que te has ido, saldré a buscarte, y entonces que Dios se apiade de ti.

—Ah, muchacha, parece que me amas, ¿eh?

—Y también llevarás tu medallón. Y no estoy bromeando.

—No puedo llevarlo colgando del cuello. Se convierte en un arma —explicó—. Si lo coses al tartán, lo usaré. ¿Estás satisfecha?

Su esposa parecía radiante.

—Quiero cambiar todas las puertas de la casa. Serán muy seguras para ti, pero yo no puedo abrirlas.

—Muy bien, las cambiaremos.

—Quiero montar el semental.

—No

Ella le rodeó el cuello con sus brazos y se recostó dulcemente contra él.

—¿Lo pensarás?

—No.

Hinata reía cuando Naruto tuvo que recordarle que la iba a besar. La boca de Naruto tomó posesión de ella y durante un largo momento le expresó su amor. Ella estaba mucho más excitada que él, y sólo cuando Naruto la obligó a serenarse Hinata recordó dónde estaban.

Hinata lloró suavemente contra su cuello mientras él murmuraba tiernas palabras de amor y, cuando finalmente él le dijo que había llegado el momento de volver a casa, tuvo que esperar a que ella dejara de llorar.

Le pasó el brazo sobre los hombros y la condujo hasta el camino principal.

—¿Esta noche dormiremos a la intemperie?

—No dormiremos —repuso él—. Pero si quieres quedarte afuera, lo haremos.

—Sí. Pareces cansado.

—Tú también, Hinata. No vuelvas a hacerme pasar por este tormento. Prométeme que no volverás a dejarme, pase lo que pase.

—Te lo prometo. Ven a conocer a mi hermana. ¿Qué está haciendo, por todos los cielos? Está demasiado cerca del final del sendero. Allí no hay ningún Namikaze...

— Shikamaru está allí.

—¿Qué dices?

—Si intenta alejarse del camino, él se lo impedirá. Eso es lo que digo.

—Dile que deje de mirarla de esa forma.

—A tu hermana no parece importarle. Parece estar a gusto. También se está acercando a él.

—¡ Hanabi, ven aquí! —gritó Hinata.

Su hermana no le hizo caso.

— Naruto, haz que Shikamaru y Lee vengan aquí.

—Puedo pedírselo, pero no vendrán. Ellos han recibido una orden. Están protegiéndonos, mi amor. Deberías estar orgullosa de que se repriman.

—¿Por qué debería sentirme orgullosa?

—Querrían matar a los ingleses, por supuesto.

¡Cielo santo, se había olvidado de Neji!

—Debes venir conmigo y conocer a mi hermano.

—No.

—Si es él el que viene hacia ti, ¿dejarás que te lo presente?

Él se encogió de hombros, pero luego le impuso sus condiciones.

—Si va armado, tendré que apartarlo y discutir la ofensa con él.

Ella sabía a qué se refería.

—No vendrá armado —aseguró—. Iré a buscarlo.

—No.

La fuerza que sus palabras escondían indicó a Hinata que él no estaba dispuesto a cambiar de idea. El padre Yamato acudió en su ayuda. Momentos después, Neji se reunió con ellos en mitad del camino. Al igual que Naruto, éste iba desarmado.

Naruto no tenía ningún interés especial en abrazar a Neji, pero tampoco se opuso.

Mientras Hinata le agradecía a su hermano que hubiera ido a buscar a Hanabi, fue el padre Yamato quien se acercó hasta donde estaba ella. La alcanzó justo cuando Shikamaru le guiñaba un ojo.

El sacerdote la agarró antes de que se alejara del sendero.

—Ya puedes despedirte de los Namikaze, Hanabi. Tu hermana te agradecerá que la ayudes a conseguir la cooperación de Neji.

—¿El marido de Hinata está cooperando?

—No, no, claro que no, pero tanto Hinata como yo sabemos que jamás cooperará con un inglés. No obstante, no lo ha matado; debemos agradecer el autodominio que está demostrando en beneficio de su esposa.

Hanabi sacudió la cabeza, pero apretó el paso y luego directamente se echó a correr.

—Lamento haber tardado tanto, Neji.

La respuesta de su hermano consistió en empujarla detrás de él. Ella reaccionó empujándolo a su vez. Corrió hasta donde estaba su hermana y se sentó a su lado.

Los dos hombres siguieron mirándose como adversarios.

Hinata no tardó en impacientarse.

— Neji, ¿acaso no te alegras de verme?

Él, finalmente, dejó de mirar a Naruto y miró a Hinata.

—Sí, por supuesto. ¿Vuelves a casa conmigo?

—No. Me voy a casa con mi marido. Estamos casados, Neji; te aseguro que soy muy feliz. Dile a nuestro padre que le perdono por haberme enviado a Otsutsuki.

—No sabía de lo que era capaz ese bastardo, Hinata. Tampoco sabe que tú estás casada.

Antes de que Hinata pudiera hacer ninguna pregunta, Hanabi explicó:

— Neji cree que están viviendo en pecado —susurró, para que no la oyera el marido de su hermana.

El padre Yamato dio un paso al frente.

—Fue una ceremonia en toda regla, Neji; contó con la bendición de la Iglesia.

—¿Usted los casó? —preguntó Neji.

—Sí.

Sus ojos perlas se posaron en el cura. Era evidente que estaba tratando de decidir si le creía o no.

— Neji, por favor, dile a nuestra madre que lamento mucho que tanto ella como papá no pudieran asistir a mi boda.

Su hermano volvió a dirigirse a ella.

—¿Os casasteis en una iglesia?

—Nos casamos en una de las más hermosas capillas de nuestro Señor. No se ahorraron gastos. Había flores por todas partes y de todos los colores imaginables. Entré en la capilla bajo una marquesina de ramas verdes tan frescas que todavía estaban cubiertas de rocío y brillaban como joyas bajo las titilantes luces del cielo. El aroma del brezo nos rodeaba mientras nos prometíamos amor eterno. Tanto Naruto como yo llevábamos los más hermosos vestidos y, cuando la ceremonia fue debidamente bendecida, tuvimos nuestro banquete de bodas.

Hinata sintió que el recuerdo empañaba sus ojos. La alegría que Neji pudo percibir mientras ella enumeraba los detalles que sólo una mujer es capaz de recordar, le convenció de que se había casado como Dios manda. Además, parecía que era feliz.

—La boda fue algo mágico, ¿no es así, padre?

El sacerdote quedó conmovido por su discurso. Se secó las lágrimas, hizo varios gestos de aprobación y dijo:

—Sí, muchacha, fue mágica, y así debía ser. ¿Se da cuenta, barón, de que de no haber sido por el señor de Namikaze su hermana probablemente no estaría viva?

—Sí, me doy cuenta.

Era todo lo que estaba dispuesto a reconocer. Hinata pensó que su reconocimiento era satisfactorio. A Naruto no podía importarle menos. El recuerdo que ella tenía de su boda realmente le había conmovido, y todo lo que quería era quedarse a solas con ella y decirle lo orgulloso que se sentía de ella.

— Hinata, ya es hora de volver a casa.

—Sí, Naruto.

Hinata se puso de pie, fue hacia su hermano y lo besó en la mejilla.

—Te quiero, Neji.

—Yo también, Hinata. Oblígale a cuidarte como corresponde.

—Me cuida muy bien. Me ama, Neji, y yo le amo a él.

—Ya lo veo.

Los dos hombres se contemplaron en silencio durante un largo instante. Hinata estaba entre los dos, esperando el mutuo reconocimiento.

Finalmente, Neji cedió. Saludó a Naruto con una inclinación de cabeza. Éste, entonces, devolvió el saludo.

Hinata sabía muy bien que eso era lo mejor que podía esperar y, a pesar de que ambos eran arrogantes y obstinados, ella los amaba.

Naruto puso el brazo sobre los hombros de su esposa e hizo ademán de marcharse.

—Sólo un minuto, milord —dijo Hanabi. Dio un rodeo para evitar que su hermano la detuviera y se aproximó a Hinata y Naruto. —Milord, ¿sabe usted cuántos hermanos tiene su esposa?

Hinata le dio un codazo para que respondiera.

—Mi esposa es la séptima de ocho hermanos. Tú eres la menor, ¿verdad?

—Sí. ¿Conoce sus nombres?

— Hanabi, no es necesario que... —dijo Hinata.

—Sí, es necesario. Somos importantes para ti, y por lo tanto también para tu esposo, ¿no te parece?

—Ven aquí, Hanabi.

A ella ni se le ocurrió negarse. Fue hacia él y lo miró a los ojos.

—¿Sí?

—¿Sí, milord? —corrigió Hinata.

—Ahora es mi hermano. ¿Debo llamarlo milord?

—Sabes muy bien que hasta que él no te autorice, debes llamarlo así, y debo añadir que aún no lo ha hecho. Ambas hemos sido educadas de la misma manera.

Hanabi se echó a reír.

—Muy bien. Mi pregunta aún no ha sido respondida, milord. ¿Quiere que sea yo quien le diga los nombres de todos los hermanos?

—No es necesario. Gillian, Neji, Ko, Hannah, Sara, Ino, mi esposa y tú.

—¿Lo sabías... siempre has sabido nuestros nombres? — preguntó Hinata.

—Sí.

—¿Y entonces por qué no me dejabas hablar de ellos?

—Porque estabas lamentándote continuamente por tu familia. Hablar de ellos no habría hecho que te sintieras mejor. Y yo también quería tu lealtad. Creo que ya te lo he explicado.

Ella se recostó contra su pecho.

—Puedes volver a explicármelo cuando lleguemos a casa. Hanabi, ha llegado el momento de despedirnos. Te echaré de menos.

Su hermana la abrazó.

—Y yo aún más. Milord, olvidé darle las gracias. Neji me dijo que envió algunos hombres a mi casa para protegerme de Otsutsuki.

—¿Enviaste soldados a casa de mis padres? ¿Fueron a Inglaterra? — Hinata estaba azorada.

—Sí, es verdad —aseguró Hanabi—. A mamá le gustaron los soldados. Papá no estaba allí, pero le gustó mucho enterarse de lo lejos que había llegado tu marido en su afán por protegerme. Me preguntaba...

—¿Sí? —urgió Naruto.

Ni su esposa ni su cuñada se habían percatado de que estaban llegando al límite del terreno consagrado. Shikamaru, en cambio, estaba muy atento, a juzgar por su sonrisa. Conociendo a su amigo como lo conocía, Naruto estaba seguro de que ya había contado los pasos que Hanabi tendría que dar para dejar el refugio de la iglesia y convertirse en presa fácil.

—¿Están aquí todos los hombres? Quería dar las gracias también al que estaba al mando, pero no sé su nombre.

—Se llama Shikamaru. Pronto será jefe en el clan de su tío, ahora que su tarea conmigo ha concluido. Sí, mira, ahí está, Hanabi. Justamente, ahora te está mirando.

Ella levantó con viveza los ojos hacia Shikamaru y dio un paso hacia él.

—Mi hermano me dijo lo que usted hizo. Mi padre querrá darle las gracias por venir hasta mi casa para protegerme. Yo también se lo agradezco, Shikamaru, con todo mi corazón.

Su gaélico era como música en sus oídos, pero él se limitó a inclinar la cabeza. Señor de los cielos, a Hanabi se le marcaban los hoyuelos cuando sonreía.

—Aparentemente, a mi madre le ha caído muy bien. Se pregunta si alguna vez volverá a verle.

Naruto escuchó lo que ella decía y levantó la mirada hacia su amigo.

—Ella te lo está poniendo muy fácil, ¿verdad?

Shikamaru se echó a reír.

—Sí, así es.

Ni Hina ni Hanabi entendieron lo que Naruto había querido decir. ¿Qué era muy fácil?

Hanabi estaba a punto de partir cuando Shikamaru dijo, dirigiéndose a ella:

—Diga a su madre que volveré. Tiene algo que yo quiero.

Hanabi hubiera deseado que se explicara, pero le pareció descortés hacer más preguntas.

—Entonces tal vez vuelva a verle. No creo que me case antes de dos años, por lo menos, aunque mi padre se oponga a ello. Ya tengo edad suficiente, por supuesto, pero me he dado cuenta de que soy una malcriada sin remedio y, como no tengo la menor intención de cambiar, tendré que encontrar algún noble que me consienta, y eso lleva tiempo. Si para cuando usted llegue por casa yo ya me he casado, entonces recuerde que siempre le estaré agradecida. Adiós, Shikamaru. Que Dios le proteja.

Hizo una perfecta reverencia en demostración de respeto, besó a Hinata y a su esposo a modo de despedida, para gran sorpresa de Naruto, y volvió corriendo hasta donde la esperaba, ceñudo, su hermano.

—Echaré de menos sobre todo a Hanabi —reconoció Hinata.

—Es probable que vuelvas a verla —dijo él.

—Lo dudo —replicó Hinata—. Lamento que Shikamaru nos abandone. ¿Será Lee el que quede al mando cada vez que tú te marches?

—No, él se irá al castillo de Sarutobi. Me han pedido que designe a alguien como jefe. Necesitan a Lee, y él estará encantado.

Alzó a su esposa para montarla en el semental, luego se acomodó tras ella y se inclinó para poder decirle al oído que la quería mucho.

—Vamos a empezar de nuevo, ¿verdad?

—Si eso te hace feliz, no pienso discutir contigo. Sin embargo, ahora será más fácil, porque siempre tendré presente lo sucedido para poder ser más atento y considerado contigo.

—Ya lo eres; y no te sorprendas de que te ame tanto. Me estaba preguntando...

—¿Sí?

—Me gustaría volver a montar a pelo; si tú me acompañas, ¿me permitirás montar algún otro caballo?

—Siempre que sea dentro de los límites de la fortaleza. ¿Ves cómo trato de complacerte, mujer?

—Sí, lo veo —admitió ella—. Y ya que estás de tan buen humor...

—¿Sí?

—Podríamos hablar de la capilla. ..

Fin