HOLA CHICOS, HE VUELTO! Así es, estoy viva, siento haberos dejado tanto tiempo tirados pero en ningún momento pensé en abandonar la historia pero este verano ha sido una locura. Pero como ya ha vuelto todo a su rutina, prometo que intentaré actualizar con la misma frecuencia que antes.
A leer ;)
Capítulo 19
Natsu y yo no volvimos a hablar desde aquella noche, pero cada tarde me esperaba a la salida del trabajo y me observaba desde la acera de enfrente con su gorra de beisbol, dispuesto a acompañarme hasta casa. Me molestaba, pero no me sentía amenazada.
Pasé de él tres días en los que me siguió hasta casa. Cambió los jeans negros por unos azules, y las botas por zapatillas. Hasta de lejos se le notaban los moretones en la nariz y el labio superior. Los paparazzi aún no habían entrado en acción, aunque alguien me preguntó un día si Natsu Dragneel estaba en la ciudad; que creía haberlo reconocido, pero no estaba seguro. Probablemente sus días d paseándose libremente por Portland estaban llegando a su fin. Me preguntaba si él era consciente de ello.
Cuando le prestaba algo de atención, daba un paso adelante y se detenía frente a mí. Cierto día pasó un camión entre los dos casi sin darnos cuenta. Una locura. ¿Cómo podía seguir ahí? ¿Por qué no había regresado con Lissanna? Era imposible pasar página con él siempre presente.
Crucé la carretera cuando los automóviles se pararon en el siguiente semáforo y me lo encontré apoyado en la pared de enfrente.
-Natsu, por Dios… ¿Qué haces aquí?
Metió las manos en los bolsillos y miró alrededor, avergonzado.
-Acompañarte a casa, como cada día.
-¿En esto consiste tu vida ahora?
-Eso parece.
-¿Por qué no vuelves a Los Ángeles?
Sus ojos verdes me observaron con cautela y tardó unos instantes en contestar.
-Porque… mi esposa vive en Portland.
Se me desbocó el corazón. La sencillez de la frase y la sinceridad de su mirada me pillaron con la guardia baja. No era tan inmune a él como deseaba.
-No podemos seguir haciendo esto – le dije, rendida.
-¿Nos vamos a dar una vuelta, Lu?
Asentí.
Caminamos. Ninguno de los dos se apresuró, íbamos mirando tiendas, restaurantes y buscando bares para la noche. Tenía la impresión de que si dejábamos de andar comenzaríamos a hablar, así que vagar por las calles me sentaba de maravilla. Las noches de verano traían un gran número de gente por la calle. Todo se animaba de una manera increíble.
A mitad de camino encontramos un pub irlandés en una esquina. Se oía la música desde el exterior, una canción antigua de los White Stripes. Sin sacar las manos de los bolsillos, señaló con un codo el interior del establecimiento.
-¿Te apetece tomar algo?
-De acuerdo.
Fuimos directos a la mesa del fondo, lejos de las aglomeraciones de gente recién salida del trabajo. Pidió dos pintas de Guinness y nos las bebimos en silencio. Natsu se quitó la gorra y la dejó sobre la mesa. Dios, como tenía la cara. Ahora se le podía ver mejor y parecía un oso panda, con los dos ojos negros.
Nos quedamos mirándonos en una especie de trance. Ninguno de los dos hablaba. Su forma de mirarme, como si le hubiera hecho daño también… No podía soportarlo. Sacar a la luz el desastre de nuestra relación no iba a ayudarnos a ninguno de los dos. Era hora de trazar un nuevo plan. Teníamos que despejar el ambiente y volver a nuestras respectivas vidas. Se acabó el dolor y los corazones rotos. Definitivamente.
-¿Qué me querías contar sobre ella? – me adelanté decidida, y me preparé para lo peor.
-Tenías razón. Lissanna y yo salimos juntos durante mucho tiempo, y como probablemente ya sabrás, ella fue la que me engañó. Es la persona sobre la que hablamos.
Asentí.
-Formamos el grupo cuando yo tenía catorce años: Gray, Jerall y yo. Gajeel se unió al año siguiente y entonces conocí a su hermana, Lissanna. Eran como de mi familia. Lo siguen siendo. Ni siquiera cuando todo se torció fui capaz de darle la espalda…
-Pero la besaste aquella noche.
-No, ella me besó a mí. Lissanna y yo terminamos hace tiempo.
-Pues parece que a ella no le ha quedado claro, porque te sigue llamando.
-Se ha mudado a Nueva York, ya no trabaja para el grupo. No sé por qué me llamó, no le he devuelto la llamada.
Asentí, ligeramente aliviada. Nuestros problemas no se iban a solucionar tan rápido.
-¿Y tu corazón asimila que habéis terminado? Bueno, tu cabeza, porque el corazón no es más que otro músculo. Es absurdo atribuirle la toma de decisiones.
-Lissanna y yo lo dejamos hace mucho tiempo, te lo prometo.
-Aunque fuera cierto, eso no me convierte en un premio de consolación, en tu intento de retomar una vida normal.
-No, Lu. No es así.
-¿Cómo estás tan seguro? – pregunté inquisitiva. Le di un buen sorbo a la cerveza para calmar los nervios -. Te he estado esperando durante un mes, y pensaba que jamás volverías. Sabía que se había acabado todo, porque si lo nuestro hubiera sido tan importante para ti, habrías hablado, ¿no crees? Sabías que yo estaba enamorada de ti, así que podrías haber acabado con esta tortura mucho antes, ¿verdad?
No contestó.
-No eres más que secretos y mentiras, Natsu. Te pregunté sobre el pendiente, ¿recuerdas?
Asintió.
-Y me mentiste.
-Sí, lo siento.
-¿Lo hiciste antes o después de nuestra regla de sinceridad? – dije con sarcasmo -. No lo puedo recordar, pero seguro que fue después de la regla de no engañarnos, seguro.
No debíamos estar hablando. Todos los pensamientos y las emociones que me inspiraba me invadieron demasiado rápido.
No se dignó a contestar.
-¿Cuál es la historia de los pendientes? – insistí.
-Se los compré con el primer cheque que cobré de la discográfica que nos contrató.
-Guau, y los dos los habéis llevado puestos todo este tiempo, incluso después de que ella te pusiera los cuernos… Es realmente encantador, de verdad…
-Fue con Jerall – me cortó -. Me puso los cuernos con mi propio hermano.
Joder, eso no me lo esperaba. Esa información daba sentido a muchas cosas.
-Por eso te cabreó tanto verle con aquella fan, ¿no? Y hablando conmigo en la fiesta…
-Sí. Sé que todo eso sucedió hace mucho tiempo. Jerall regresó a casa para aparecer en un programa de televisión. Entonces estábamos en mitad de una gira enorme, tocábamos por toda España. El segundo disco había alcanzado el top ten, nos estábamos abriendo un hueco…
-Y le perdonaste para que la banda no se separara.
-No exactamente, tan solo seguí adelante. Incluso por aquel entonces Jerall bebía demasiado. Había cambiado.
Se humedeció los labios y continuó:
-Siento lo de aquella noche, Lu, mucho más de lo que puedo expresar con palabras. Cuando entraste allí… Joder. Sé lo que pareció, y me odio a mí mismo por haberte mentido con lo del pendiente, por seguir llevándolo puesto en Monterrey.
Se llevó la mano a la oreja con dolor. Había una herida visible enrojecida en el lóbulo. No parecía un agujero que se pudiera cerrar fácilmente.
-¿Qué te has hecho ahí?
-Me lo corté con un cuchillo. La cicatriz de un pendiente tarda años en curarse, así que me hice un nuevo corte cuando te fuiste para que pudiera sanar.
-Oh.
-Esperé a venir a hablar contigo porque necesitaba tiempo. Cuando prometiste que no volverías… Fue muy duro de digerir.
-No me dejaste otra opción.
Se inclinó hacia mí.
-Eso no es verdad.
-Acababa de ver a mi marido besando a otra mujer, y no me diste ninguna explicación, además empezaste a gritar que te abandonaría. ¿Qué demonios pretendías que hiciera, Natsu? Dímelo, porque he reconstruido la escena miles de veces en mi cabeza y siempre acaba igual: contigo cerrando la puerta detrás de mí.
-¡Mierda! – Se echó hacia atrás en su asiento -. Sabías que si te ibas supondría un gran problema. Deberías haberte quedado conmigo, haberme dado la oportunidad de calmarme. Funcionó en Monterrey después de la pelea del bar. Podría hacerlo otra vez.
-El sexo duro no soluciona nada – dije -. A veces hay que hablar de verdad. Tener una conversación adulta.
-Lu, vamos, intenté hablar contigo la otra noche en la discoteca – dijo -, pero se ve que tenías otra cosa en la cabeza.
Sentí que la ira me consumía, pero no hablé. Cada vez conseguía enfadarme más.
-Mierda – dijo, abatido -. Oye, mira, la cosa es que necesitaba pensar en nosotros dos, ¿entiendes? Necesitaba pensar en si estar juntos sería lo correcto. De verdad, no quiero hacerte más daño.
Hacía un mes que me había dejado hundida en la miseria. Me daban ganas de darle las gracias de manera frívola o incluso de hacerle un corte de mangas, pero me contuve; era un tema demasiado serio.
-Oh, ¿de verdad estuviste pensando en nosotros? – Reí con sarcasmo -. Fenomenal. Me encantaría poder pensar en nosotros.
Paré de balbucear lo justo para beber más cerveza. Tenía la garganta seca como una lija. Se mantuvo totalmente en calma, observándome estallar de ira.
-Entonces se acabó. – Miré a todas partes menos a él -. ¿Eso es todo lo que querías decirme?
-No – sentenció muy serio.
-¿No? ¿Hay más? ¡Vaya!
-Sí.
-Dispara.
El momento perfecto para beber.
-Te quiero.
Derramé la cerveza sobre la mesa, por las manos entrelazadas.
-Mierda – dije, pensando en su frase más que en la cerveza.
-Voy a por servilletas.
Regresó al poco tiempo y me senté como una muñeca inútil mientras me limpiaba el brazo y luego la mesa. Con cuidado, me ayudó a levantarme y me sacó del bar.
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El zumbido del tráfico y la brisa de la ciudad me despejó los sentidos. La calle me ofrecía espacio para pensar. Mis pies comenzaron a moverse, sabían que me había levantado. Las botas golpeaban el asfalto y marcaban la distancia entre él y yo, alejándome de lo que había dicho; como siempre, Natsu me pisaba los talones.
Nos detuvimos en una esquina y pulsé el botón del semáforo.
-No vuelvas a decir eso – le advertí.
-Oh, vaya sorpresa. ¿Por qué coño iba a hacer esto, si no? Por supuesto que te quiero.
-Cállate – le espeté, dándome la vuelta y enfrentándome a él.
-Muy bien, no volveré a decirlo, pero deberíamos hablar más.
-Lu…
Mierda. La negociación no era mi punto fuerte, con él no servía de nada. Quería que se fuera, o al menos eso pensaba. Si se iba, podría dejar de lamentarme y de pensar en lo que habríamos podido ser. No tendría que pensar en el hecho de que ahora creía que me quería. Qué mierda emocional. Las glándulas lacrimales se volvieron locas. Di unas cuantas respiraciones profundas para intentar controlarme.
-En otro momento. No hace falta que sea hoy – dijo con una voz razonable y cordial. Pero no confiaba en él.
-Mejor – murmuré, reprimiendo un sollozo.
Cruzamos otro bloque más hasta que nos volvimos a parar ante otro semáforo en rojo, dejando la ocasión para una conversación. Sería mejor que él no abriera la boca, al menos no hasta que consiguiera recuperarme y pensar en una solución. Me estiré la falda y me atusé el pelo. El semáforo tardaba muchísimo en ponerse en verde. ¿Desde cuando Portland se volvía contra mí? No era justo.
-Tú y yo no hemos terminado – dijo.
Sonaba tanto a amenaza como a promesa.
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El primer mensaje llegó a medianoche y me pilló leyendo en la cama. O más bien intentándolo, porque dormir era imposible.
La universidad comenzaba pronto, pero me costaba recuperar el entusiasmo habitual. Albergaba el temor de que la duda que Natsu había plantado con respecto a estudiar arquitectura hubiera arraigado en mi cerebro. Me gustaba la carrera, pero tampoco me apasionaba. ¿Importaba tanto? Por desgracia, no tenía respuestas. Muchas excusas (algunas inútiles y otra válidas), pero ninguna respuesta.
Él probablemente diría que podía hacer lo que me diera la real gana. Pero yo también sabía perfectamente lo que mi padre diría, y no sería nada agradable.
Había evitado ver a mis padres desde que regresé, algo fácil de conseguir, teniendo en cuanta que no dejaba de darle vueltas a la charla que mi padre intentó darme el segundo día después de mi regreso. Desde entonces nuestra relación se había enfriado. La verdadera sorpresa era que no me sorprendía. Nunca me había animado a hacer nada que no tuviera que ver directamente con el plan. Así que no respondí a sus llamadas en Monterrey, por una razón: ya no podía seguir diciéndole lo que quería oír, y me parecía más seguro permanecer en silencio.
Laxus intermedió entre ellos y yo, y se lo agradecí, pero no podía seguir alargándolo más. Habíamos quedado para cenar la noche siguiente. Por eso supuse que el mensaje sería de mi madre, para que le confirmara mi asistencia, es decir, que no tenía intención de evitarlos, básicamente. A veces se quedaba despierta hasta tarde viendo películas en blanco y negro cuando las pastillas para dormir no le funcionaban.
Pero me equivoqué. No era ella.
Natsu: Me besó por sorpresa, por eso no la paré al momento. Pero yo no quería.
Me quedé mirando al teléfono, muy seria.
Natsu: ¿Estás ahí?
Yo: Sí.
Natsu: Necesito saber si crees lo que te cuento.
¿Y ahora qué? Tomé una bocanada de aire profunda. Sentía frustración y mucha confusión, pero la verdadera ira ya se había apaciguado hacía mucho tiempo. No dudaba de que me decía la verdad.
Yo: Te creo.
Natsu: Gracias. Quiero decirte algo más. ¿Me dejas?
Yo: Sí.
Natsu: Mis padres se casaron por Jerall. Mamá me abandonó cuando tenía doce años. Era alcohólica. Jerall ha comprado su silencio, lleva estafándole durante años.
Yo: ¡Dios mío!
Natsu: Sí. Tenemos abogados trabajando en ello.
Yo: Me alegro.
Natsu: Le pagamos a mi padre la jubilación en Florida. Le he hablado de ti. Quiere conocerte.
Yo: ¿En serio? No sé qué decir…
Natsu: ¿Puedo subir?
Yo: ¿Ahora? ¿Estás aquí?
No esperé su respuesta. De repente me daba igual todo: ir sin maquillar, mis pantalones de pijama, mi vieja camiseta desgastada, esa que había lavado tantas veces que el color ya era un recuerdo confuso… Tan sólo necesitaba abrazarle.
Bajé las escaleras descalza con el teléfono móvil en la mano. Una sombra oscura se acercó a través del cristal congelado del portal. Abrí la puerta y lo vi sentado en un escalón.
Fuera, la noche era tranquila y silenciosa.
-Hola – dijo, u levantó la vista de la pantalla del teléfono.
El mío sonó otra vez:
Natsu: Quería darte las buenas noches.
-Acepto – le dije directamente, y lo miré sonriente -. Entra.
Sonrió tímidamente y me miró. Le mantuve la mirada. No pareció importarle mi estilo desaliñado para irme a la cama. De hecho, se le iluminó la sonrisa y se le llenó de calidez.
-¿Te ibas a dormir ya?
-Estoy leyendo. No puedo conciliar el sueño.
-¿Está tu hermano ahí?
Se levantó y me siguió por las escaleras. Sus zapatos resonaban con fuerza sobre la vieja madera del suelo. Me extrañó que no hubiera salido la señora Lucía a protestar al rellano cuando pasamos por su puerta. Era una de sus mayores aficiones.
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-No. No está – dije, y cerré la puerta -. Mirajane y él han salido.
Echó un vistazo al apartamento con interés. Como siempre, abarcaba todo el espacio. No sé cómo lo hacía, parecía un truco de magia. De alguna manera era más grande de lo que parecía, que no era poco. Sin ninguna prisa, su mirada vagó por la habitación, sobre todo en las paredes de color turquesa brillante (obra de Mirajane) y en las estanterías de libros perfectamente apilados (obra mía).
-¿Esa es tu habitación? – preguntó, señalando a mi puerta con la cabeza.
-Ah, sí. Ahora está bastante desordenada, me temo.
Me adelanté a toda velocidad y me puse a recoger algunos libros y cosas esparcidas por el suelo. Debería haberle pedido que esperara cinco minutos antes de subir. Mi madre se habría quedado horrorizada. Desde que regresé de Los Ángeles había dejado que mi mundo cayera en picado en el caos, acorde a mi frágil condición mental, pero eso no significaba que Natsu tuviera que verlo. Necesitaba una estrategia para retomar mi plan y ajustarme a él.
-Por lo general soy bastante ordenada, pero últimamente…
-No importa.
-Será solo un minuto – dije, mientras iba de un lado a otro.
-Lu – Me detuvo a mitad de camino -. Me da igual. Solo necesito hablar contigo.
De repente un pensamiento terrible me asaltó la mente.
-¿Te vas? – pregunté, con la camiseta del trabajo sucia y arrugada en la mano.
Me apretó la muñeca con más fuerza.
-¿Quieres que me vaya?
-No. Me refiero a si te vas de Portland. ¿Para eso has venido, para despedirte?
-No.
-Oh - Suspiré aliviada.
Aunque se me había puesto el corazón en un puño, los pulmones liberaron algo de aire.
-¿Qué pasa? – dijo, pero al no recibir ninguna respuesta por mi parte, me apretó suavemente contra su cuerpo -. Hey…
Di un paso hacia él con reticencia, recogiendo la ropa sucia. Buscó más mi contacto: se sentó en mi cama y me atrajo hacia él. Me dejé caer sobre la cama de matrimonio, sin ningún tipo de delicadeza. La historia de mi vida. Una vez que consiguió su objetivo me soltó la muñeca. Las manos me colgaban rendidas.
-Se te ha puesto una mirada muy rara cuando me has preguntado si me iba – dijo -. ¿Te importaría explicármelo?
-No has aparecido esta noche por la cafetería.
-Vine hasta tu apartamento y vi que la luz estaba encendida. Decidí enviarte un mensaje al móvil para ver en qué predisposición estabas después de nuestra última charla. Además, como te he dicho, aún hay cosas que quiero contarte.
-¿Sueles venir a mi apartamento?
Me dedicó una sonrisa cansada.
-Solo un par de veces – admitió cabizbajo -. Es mi forma de darte las buenas noches.
-¿Cómo has sabido qué ventana era la mía?
-La primera vez que vine a la ciudad y hablé con Mirajane me fijé en que tenía la luz encendida en la de al lado, así que supuse que esta sería la tuya.
En lugar de mirarme, recorría curioso con la vista todas las fotos que tenía con mis amigos en la pared.
-¿Te molesta que haya venido?
-No – contesté -. Creo que ya he dejado de enfadarme por muchas cosas.
-¿Ah, sí?
-Sí.
Dejó escapar un suspiro muy profundo y me miró sin decir nada. Aún tenía moretones bajo los ojos, aunque la hinchazón de la nariz se le había bajado.
-Siento mucho que Lax te pegara.
-Si yo fuera tu hermano, habría hecho exactamente lo mismo.
-¿Sí?
-Sin dudarlo.
La manía de los hombres por meterse en peleas era ilimitada.
Se hizo el silencio. No era precisamente incómodo, la verdad. A l menos no estábamos discutiendo ni pensando en romper otra vez. Ya pasó la época de sentirse inútil y enfadada.
-¿Podemos simplemente estar así, sin más? – le pedí.
-Claro. ¿Qué música tienes en tu teléfono?
Estiró una mano hacia mi iPhone y comenzó a rebuscar entre las canciones.
-¿Dónde están los auriculares? – me preguntó.
Me levanté y los saqué del desastre de mi escritorio. Los conectó y me pasó uno. Me senté a su lado, con mucha curiosidad por saber qué habría escogido. Cuando el ritmo roquero y pegadizo de Jackson, de Johnny Cash y June Carter, comenzó a sonar, le miré sorprendida. Poco a poco se puso a entonar la letra con una mueca. Estaba claro que nos habíamos casado por pura locura.
-¿Te estás riendo de mí? – pregunté.
-De los dos.
-Entiendo.
-¿Qué más tienes?
Cash y Carter dejaron de sonar y siguió buscando canciones. Le observaba la cara a la espera de una reacción a mis gustos musicales, pero solo contemplé un bostezo.
-No son tan malos – protesté.
-Lo siento, ha sido un día muy largo.
-Natsu, si estás cansado no tenemos que…
-No, estoy bien, pero ¿te importa si me tumbo?
Natsu en mi cama. Que peligro. Bueno, técnicamente ya lo estaba, pero…
-Adelante – dije.
Comenzó a quitarse los zapatos.
-¿Lo dices por educación? – bromeó.
-No, en serio. Además, legalmente la mitad de la cama es tuya – dije con una sonrisa maliciosa. Me retiré el auricular antes de que sus movimientos lo hicieran -. ¿Qué has hecho hoy?
-Trabajar en el nuevo disco y resolver algunos asuntos.
Se estiró a lo largo con las manos detrás de la cabeza.
-¿Te tumbas conmigo? – dijo, contento -. Si no, no podremos escuchar la misma música.
Me arrastré por las sábanas y llegué a su lado. Me moví un par de veces para conseguir una postura cómoda. Al fin y al cabo, la cama era mía, y él era el primer hombre que la visitaba. El ligero aroma de su fragancia me inundó, tan limpio y cálido, tan suyo. De repente me vinieron a la cabeza recuerdos, y por primera vez no iban de la mano del dolor. De todos modos, me aseguré por si acaso, pero estaba en lo cierto: no, ya no me enfadaba. Teníamos nuestros problemas, pero no creía que me hubiera engañado, y saberlo me calmaba mucho.
-Toma. – Me devolvió el auricular y comenzó a juguetear con el teléfono de nuevo.
-¿Cómo está Jerall?
Me volví hacia él, necesitaba mirarle a la cara. Observaba el perfil de la nariz y la mandíbula, la curva de los labios. ¿Cuántas veces le habría besado? No las suficientes.
-Le va mucho mejor, se está recuperando bastante bien.
-Me alegro mucho.
-Al menos afronta sus problemas de una vez. Por lo que me han dicho, nuestra madre es un maldito desastre, pero eso ha sido siempre así. Nos llevaba al parque para poder emborracharse, y aparecía en las funciones del colegio y en las reuniones de padres hasta arriba de todo.
No dije ni una palabra para que pudiera desahogarse. Lo mejor que podía hacer por él era estar allí y escucharle. El dolor y el resentimiento de su voz me partían el corazón. Mis padres tenían sus discusiones también, pero nada parecido a eso. La infancia de Natsu había sido terrible. Si tuviera a la madre delante, le habría abofeteado. Sin duda.
-Mi padre no le hizo caso durante muchos años – prosiguió -. Como era conductor de camiones de larga distancia, podía hacerlo, porque pasaba fuera la mayor parte del tiempo. Jerall y yo éramos los que teníamos que tragarnos su mierda. La de veces que hemos vuelto del colegio y nos la hemos encontrado balbuceando o inconsciente en el sofá… Nunca había comida en casa porque se gastaba el dinero en pastillas. Un día entramos y vimos que había desaparecido con la tele. Esa fue la última vez que supimos de ella. Ni siquiera dejó una nota. Y ahora ha regresado y lleva mucho tiempo atormentando a Jerall. Me saca de mis casillas.
-Habrá sido muy duro para ti saber de ella a través de Jerall.
-Él no tendría que haber tratado con ella con su cuenta. Me dijo que lo hizo para protegerme, así que parece que mi hermano mayor no es tan capullo y egoísta, al fin y al cabo.
-Natsu…
-Dime.
-Gracias por mandarme el mensaje.
-De nada. ¿Qué te apetece escuchar?
El súbito cambio de tema me dio a entender que no quería seguir hablando de su familia. Volvió a bostezar.
-Lo siento – se disculpó.
-Saint John.
Asintió y buscó la única canción que tenía de Fairy Tiail. Comenzó a escucharse el sonido de una guitarra poco a poco. Dejó el teléfono móvil sobre el pecho y cerró los ojos. Un hombre y una mujer comenzaron a cantar. El rostro de Natsu se veía relajado, en paz. Pensé que se había quedado dormido, pero me miró al terminar la canción.
-Muy buena. Un poco triste, eso sí – admitió.
-¿No crees que se quedan juntos al final?
Volvió la cara hacia mí, tan solo nos separaba un palmo. Me devolvió el teléfono con una mirada de curiosidad.
-Ponme otra canción que te guste – dijo lentamente.
Me puse a buscar en la lista de reproducción.
-Ah, se me ha olvidad contarte que alguien dijo hoy en la cafetería que te había visto por la calle. A lo mejor el anonimato aquí está llegando a su fin, ¿no crees?
Suspiró.
-Bueno, iba a pasar tarde o temprano. Tendrán que acostumbrarse a mi presencia.
-¿Eso es que no te vas a ir?
-No.
Me miró y supe que en ese momento me leyó la mente: mis miedos, mis sueños y todas las esperanzas que me esforzaba por mantener ocultas incluso para mí… Ya no podía ocultarle nada.
-¿Te parece bien? – dijo.
-Sí.
-Me preguntaste si yo podría considerar llevar una vida normal. Necesito que comprendas que no es exactamente así. Estar contigo, lo que siento hacia ti, me hace poner los pies en la tierra, pero porque me hace cuestionarme absolutamente todo. Me hace querer mejorar las cosas y ser mejor persona. No puedo huir de los problemas o ponerte excusas, porque no funcionará. Ninguno de los dos es feliz cuando las cosas van así, Lu, y lo único que quiero es que tú lo seas… ¿Entiendes?
-Supongo – susurré.
En aquel momento le quería tando que me desbordó.
Volvió a bostezar.
-Joder, perdona, estoy agotado. ¿Te importa si cierro los ojos cinco minutos?
-No.
Lo hizo.
-¿Pones otra canción?
-Voy.
Escogí Revelator, de Gillian Welch, la canción más relajante que pude encontrar. Se quedó dormido a mitad de canción. Observé como se le relajaban las facciones y se le ralentizaba la respiración.
Retiré los auriculares con cuidado y aparté el teléfono móvil. Encendí la lamparita de noche y apagué la luz del techo. También cerré la puerta para que Lax y Mirajane no le despertaran al llegar. Después me tumbé a su lado y me quedé mirándolo. Ardía en deseos de acariciarle el rostro o los tatuajes, pero no quería despertarle. Necesitaba descansar.
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Cuando me desperté por la mañana, había desaparecido. La decepción me golpeó con un sabor amargo. Había pasado la mejor noche de descanso desde hacía semanas, o meses, sin sufrir la tensión no las pesadillas que formaban parte de mi rutina nocturna.
¿Cuándo se marchó?
Al incorporarme, algo crujió en la cama: una nota. Había arrancado una hoja de uno de mis cuadernos. El mensaje era breve pero hermoso: No me voy a ir de Portland.
Review?
