Capítulo 17
Una de sus páginas de notas había volado.
Hinata no podía dejar de pensar en eso, tenía un apretado nudo de miedo en las entrañas. Había cometido un error terrible.
Condujo cuidadosamente a través de la noche nevada de Iowa, bien consciente de estar bastante más allá del agotamiento y funcionando por puro instinto. Necesitaba dormir, pero no podría obligarse a parar. Se sentía conducida, de algún modo, así que conducía.
Había perdido una de las hojas. Era simplemente una hoja de sus notas, no una de las hojas del documento, pero todavía recordaba claramente haber visto "Creag Dhu" escrito en ella mientras trataba de alcanzarla.
¿Cuáles serían las probabilidades de que uno de esos hombres no la hubiera recogido del suelo? No muchas. Tenían que saber que no la perseguían solamente a ella, sino que también buscaban algunos papeles.
Ella le había dado a Obito la posición del Tesoro; todo lo que él tenía que hacer era entender lo que era. Ella tenía que asumir que él lo haría. Después de todo, el negocio de la Fundación era la arqueología.
Obito tenía acceso a gran número de mapas antiguos, archivos, referencias cruzadas. Se enteraría de que Creag Dhu había sido un castillo del siglo catorce, y con un pequeño esfuerzo podría localizar con precisión su posición. Podría tirar de los enormes recursos de la Fundación para excavar el sitio y encontraría el Tesoro.
Por su culpa. Por su culpa.
Las palabras golpeaban incesantemente a través de su cabeza. Les había fallado a Toneri y Neji, dejando a Obito alcanzar el conocimiento por el cual los había matado.
Le había fallado a Naruto.
Debería haber hecho algo, debería haber disparado a los otros hombres si hubiera sido necesario, y debería haber encontrado esa hoja errante. Pero en todo en lo que había pensado había sido en escapar, en sobrevivir; no se había acordado del papel hasta que ya estaba en Iowa.
Realmente había disparado a un hombre. Todos los consejos de Omoi habían surtido efecto, y ella había reaccionado adecuadamente lo suficiente como para hacer algo, en lugar de simplemente agitarse violentamente por el terror y tener la esperanza de dar un golpe fortuito. Ocho meses atrás no habría tenido ni idea de cómo usar una pistola, y habría estado horrorizada de actuar así; esta tarde había usado tanto el cuchillo como la pistola. Pensando en el momento en el que había apretado el gatillo, Hinata se preguntó entumecidamente si ella era todavía la misma persona.
¿Pero qué bien había hecho? Estaba viva, sí, pero aun así había fallado a Naruto.
No había podido proteger los papeles. Obito había ganado, gracias a su negligencia.
Corroída por la culpa, mareada por la adrenalina de la lucha, eran casi las diez cuando pensó en Udon. Maldiciendo suavemente para sí misma por su falta de consideración, empezó a buscar una salida ocupada por personas y equipada con un teléfono público. Quizá simplemente no había estado prestando atención, pero parecía como si la mayor parte de las salidas no fuesen más que simples intersecciones solitarias, vías de entrada a carreteras vacías que conducían hacia fuera en la noche vacía. Ella no había debido estar prestando atención.
Había una parada de camiones brillantemente iluminada en la siguiente salida. Se deslizó en el aparcamiento abarrotado, su camioneta parecía muy pequeña comparadas con los enormes remolques que permanecían quietos, como enormes bestias durmientes con el estruendo de sus motores silenciado. Decidió que aprovechando que estaba allí llenaría el depósito de gasolina hasta arriba, así que se detuvo en el camino hacia uno de los surtidores y permaneció de pie temblando por el viento helado a medida que el tanque se llenaba. Al menos el frío la despertó. Casi se había hundido en el sopor, con los ojos medio cerrados, hipnotizados por la interminable hilera de franjas gemelas de nieve sucia, dónde las máquinas quitanieves habían despejado la carretera.
Había empezado a nevar otra vez, se percató, viendo los copos blancos soplando a través de las brillantes luces de las farolas de la parada de camiones.
Ella no podría ir mucho más lejos; estaba demasiado exhausta para luchar contra la nieve también. Ella pagó al encargado por la gasolina, luego entró en el camión y lo trasladó hacia el restaurante.
El calor de dentro se expandió directamente a través de ella, haciéndole estremecerse de alivio. Los camioneros estaban sentadas en un largo mostrador, o por parejas dentro de los cubículos alineados en la pared. Un tocadiscos de monedas tocaba alguna juguetona canción de club nocturno, y una nube de humo azul de cigarrillo revoloteaba contra el techo. Había un corredor diminuto a la izquierda, decorado con una flecha y un signo que decía "Baños" y un par de teléfonos públicos apiñados en él. Uno de los teléfonos estaba siendo usado por un enorme tipo barbudo cuya tripa estiraba una camisa de tejido térmico. Se parecía a un cruce entre Paul Bunyan y un Ángel del Infierno, pero cuando se acercó le oyó decir, "te llamaré mañana, cariño. Te quiero."
Hinata se escurrió retorciéndose detrás de él y extrajo cambio de su bolsillo. Por un cuarto de dólar consiguió una señal de línea libre. Ella pulsó los números, y luego esperó hasta que una voz grabada le dijo cuánto cambió más necesitaba para alimentar a la bestia.
Udon contestó inmediatamente, con voz ansiosa. Ella le dio la espalda al tipo gordo, y bajó la voz.
—Estoy bien —dijo, sin dar el nombre—. Pero casi me atraparon esta tarde, y tuve que irme. Solamente quería que tú lo supieras. ¿Está todo bien por allí?
—Sí —ella le podía oír tragando saliva—. ¿Estás herida, o algo?
—No, estoy bien.
—¿Fuiste tú, verdad? —su voz tembló—. Ese tiroteo en el McDonald. Hablaron en la televisión de una mujer con un camión marrón. Sabía que eras tú.
—Sí.
—La policía no sabe lo que sucedió. Todos esos hombres desaparecieron antes de que los policías llegasen allí. — Hinata parpadeó.
Esas eran noticias sorprendentes. Había esperado que los policías estuvieran también sobre su pista.
Evidentemente Obito no quería que la policía la atrapara, prefería hacerlo él mismo. Ella no sabía por qué; había visto cerca de la mitad de lo peor de la ciudad en la lista de contribuyentes, así que no tenía ninguna duda de que él podría tirar de bastantes hilos para sacar los papeles del cuarto de pruebas, o como quiera que lo llamaran. También la podría matar en su celda, y ella sería simplemente una estadística más de violencia en la cárcel.
Las consecuencias eran sorprendentes. Obito la quería viva, y la quería como su prisionera.
Una oleada de asco pasó rápidamente por su pensamiento, pero ella no lo analizó.
—Tengo que irme ahora —le dijo a Udon—. Sólo quería que supieras que estoy bien, y decirte cuánto aprecio lo que hiciste.
— Hinata —la voz se quebró en su nombre—. Ten cuidado. Mantente con vida —él hizo una pausa, y sus siguientes palabras salieron silenciosas y tensas—. Te amo —las sencillas palabras casi la hicieron trizas emocionalmente.
Había estado demasiado sola. Habían pasado demasiados meses desde que las había escuchado.
Se agarró el auricular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, y el plástico crujió bajo la presión.
No podría tratar su devoción juvenil como si fuera un enamoramiento inmaduro. Se merecía más respeto que eso.
—Gracias —murmuró—. Yo también te quiero. Eres una persona maravillosa —después amablemente colgó el teléfono, y presionó su frente contra la pared.
Junto a ella, el camionero decía más "adioses", "te quieros" y "seré cuidadoso". Colgó el teléfono y la recorrió con la mirada.
Una manaza carnosa palmeó su hombro con sorprendente delicadeza.
—No llores, pequeña —dijo confortantemente—. Te acostumbrarás a esto. ¿Cuánto tiempo llevas en la carretera?
Él pensaba que era una camionera. El asombro ahuyentó cualquier otra emoción. ¿Parecía una camionera? ¿Ella, la chica del cartel de la universidad? Bajó la mirada. Él llevaba puestas botas; ella llevaba puestas botas. Él tenía puestos pantalones vaqueros; ella también iba en pantalones vaqueros.
Gorras de béisbol coronaban sus cabezas.
Parecía una camionera. Estaba tan cansada que estaba aturdida, y nada parecía muy real. Por primera vez en ocho meses, sus labios temblaron con diversión. No se rió, pero se asombró del impulso. Reprimiéndolo, se aclaró la garganta y contempló a Paul Bunyan.
—Ocho meses. He estado conduciendo durante ocho meses —él le dio otra palmadita.
—Bien, date un poco más de tiempo. Es difícil, estar tan lejos de tu familia, pero la carga tiene que transportarse y alguien se llevará el dinero por hacerlo. Mejor que seamos nosotros, ¿no?
—Mejor —repitió ella.
Ella asintió para él y escapó fuera, hacia su camión.
Esperaba que él no la viese irse en una camioneta ordinaria, en lugar de en uno de los enormes camiones que estaban en silencio; no quería destruir sus ilusiones acerca de ella.
La nieve caía más rápido, y más camiones salían de la interestatal, rugiendo por la rampa de salida para tomar refugio nocturno en la parada de camiones.
Había un hotel de carretera pequeño, que parecía infestado de ratas al lado, y el símbolo "Cuarto Libre" estaba alumbrado. Hinata optó por no arriesgarse a conducir más lejos, y coger un cuarto antes de las noticias sobre el tiroteo se difundiesen.
El cuarto parecía tan infestado de ratas como el exterior. La alfombra estaba raída y manchada, las paredes estaban marrones, las colchas eran marrones, la pila del lavabo era marrón y no se suponía que lo fuera. Pero el calentador funcionaba, y también lo hacía todo en el cuarto de baño; aceptable.
Se metió la pistola en la pretina de los pantalones vaqueros y sacó la funda del ordenador, y una muda de ropa para al día siguiente. Si el resto de sus ropas no estaban a salvo en el camión por la noche, bien, entonces esperaba que el ladrón fuese lo suficientemente pequeño como para llevarlos puestos, porque ella no tenía energía para acarrear todo dentro.
Se desvistió, luego volvió a cargar la pistola. Las manos le temblaban, y metió a tientas las balas.
Empujó la pistola bajo su almohada, luego trepó a la cama llena de bultos y estaba inconsciente incluso antes de que su cabeza tocara la almohada.
Soñó.
—Y así vino Hinata a Creag Dhu.
Naruto escribió las palabras, la pluma rasguñando a través de la página. Él lo firmó, lo fechó, luego empezó a mirar hacia ella.
—Sí, muchacha, eso os traerá hacia mí —su atenta mirada celeste se movió sobre ella, comenzando por sus pies y demorándose en caderas y pechos antes de alcanzar su cara.
Ella hizo una respiración profunda, sabiendo lo que significaba esa mirada. Era el hombre más intensamente sexual que había conocido nunca, y el desafío de ese deseo apasionado sólo alimentaba su sensualidad. Podía sentir su cuerpo preparándose para él, volviéndose cálido, suavizándose, sus pezones irguiéndose y sus mejillas sonrojándose. El deseo excitado empezaba a arremolinarse profundamente en su vientre.
Él lo sabía, lo veía. Su boca dura tomó una curva sensual y dejó caer el cañón de la pluma encima de la mesa, girando en el alto taburete de madera para mirar hacia ella. Él tendió su mano.
—Te esperé casi setecientos largos años —dijo suavemente—. Te deseo ahora — Hinata dio los cinco pasos que la llevaban a él, sus manos se levantaron para tocar cuidadosamente la gruesa seda rubia de su pelo.
Él inclinó la cabeza, y su boca cubrió la de ella. Nadie más besaba como Naruto, pensó ella ciegamente. Su sabor era tan potente como whisky en llamas, su beso era a la vez dominante y seductor, tomando lo que él quería pero dando gozo a cambio.
Su mano grande le cubrió un pecho, frotando delicadamente su pulgar sobre el pezón endurecido. Sus manos agarraban con fuerza su pelo rubio y ella se apretó más cerca de él, temblando.
Ya habían hecho el amor tantas veces que él sabía exactamente lo excitada que estaba ella, sabía que no había necesidad de más estimulación. Con un murmullo de voces tranquilizador, él levantó tanto las faldas de ella como su kilt, y la subió a horcajadas sobre él mientras se sentaba apoyado en el alto taburete. Sus cuerpos encajaron juntos con facilidad, y ella dio un pequeño gemido de alivio a medida que su gruesa erección resbalaba dentro de ella.
Naruto se quedó sin aliento, y apretó los dientes, luego él la sostuvo más cerca y se aferraron el uno al otro, con una necesidad más intensa y más aguda que el deseo físico.
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Era ella.
Naruto se despertó, ferozmente excitado y dolorido, pero torvamente triunfante.
Esta vez él había visto su cara, la de esa maldita chica que atormentaba sus sueños, la que le vigilaba desde lugares escondidos. Se incorporó en la cama y se pasó las manos por el pelo, retirándolo de su cara mientras intentaba afirmar sus recuerdos del sueño.
Él había estado sentado sobre un taburete en una mesa alta, escribiendo algo, mientras ella se mantenía a distancia hacia un lado. No podía recordar lo que él había dicho, solamente recordaba estar mirándola fijamente, y cómo la chica le miraba a él, y el deseo ardiendo de improviso a través suyo. Alargó su mano hacia ella y fue a él, a sus brazos, y ni siquiera la había llevado a la cama sino que la había tomado allí, levantando sus faldas y elevándola encima de su lanza.
Ella era como fuego líquido, fluyendo sobre él, mantenía sus preciosos ojos perlas cerrados y su cara se inclinaba hacia atrás, exaltada, mientras ella le daba placer y él le daba placer a ella.
La sentía frágil en sus brazos, su cuerpo tierno, su piel sedosa. Ella tenía una cabellera oscura colgando por su espalda, gruesa, lisa y brillante, y sus ojos eran de un perla tan puro. Su cara.. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Su cara parecía la de un ángel, solemne y levemente distante, como si ella tuviera algún propósito más elevado.
Su frente estaba despejada y blanca, la línea de su delicada mandíbula era levemente cuadrada, y su boca...
—Ah, bien, quizá no sea un ángel después de todo —dijo en voz alta, aliviado.
Esa boca le hacía pensar en un buen número de cosas, todas ellas muy carnales.
A pesar de todo, había algo en ella que le intranquilizaba, y Naruto era un hombre que confiaba en sus instintos.
—Sí, y debería estar intranquilo, porque probablemente es una bruja —se dijo con un bufido.
¿De qué otra forma le podía vigilar sin ser vista, y podía deslizarse en sus sueños cada vez que deseaba? Bruja o no, si alguna vez aparecía en carne y hueso él tendría mucho gusto en darle en la realidad lo mismo que ella buscaba en sueños, pero no confiaría en ella.
Tenía que tener algún propósito para vigilarle. Quizá de algún modo se había enterado de la existencia del Tesoro.
Sería muy desafortunado para ella si eso fuese lo que buscaba, porque él había jurado proteger el Tesoro contra toda amenaza, fuera esa amenaza de hombre o mujer. Todavía no había tenido que matar a una mujer para hacerlo, pero su sexo no la salvaría. Si ella venía a buscar el Tesoro, aunque él se muriera de necesidad, ella tendría que morir.
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Hinata durmió hasta pasadas las once en punto, despertándose sólo cuando la camarera aporreó la puerta. Ella se puso torpemente de pie, le dijo a la camarera que volviera más tarde, y volvió a meterse en la cama. Se despertó bien pasadas las tres, atontada de tanto dormir.
Se quedó de pie en la ducha durante mucho tiempo, alternando agua caliente y fría en un esfuerzo por disipar la bruma mental. Se sentía físicamente descansada pero mentalmente agotada, como si su cerebro no hubiera dejado de trabajar en toda la noche. Había soñado continuamente, parecía que su mente repasaba la corta y violenta escena en el aparcamiento del McDonald, rebobinándolo y volviéndolo a pasar como el rollo de una película. Una y otra vez se veía a sí misma tratando de alcanzar la hoja de papel, viendo Creag Dhu escrito en ella. Podía sentir el viento llegando, sabía lo que iba a ocurrir, y una y otra vez agarraba el papel pero cada vez se escurría lejos de su alcance para caer directamente en las manos de Obito. Él lo miraba, sonreía, y decía:
—Gracias, Hinata —luego apuntaba hacia ella con una pistola y disparaba, y el sueño comenzaba de nuevo otra vez.
También había soñado con Naruto, con hacer el amor con él. Su mirada celeste la había taladrado directamente, como si él supiera que no había podido proteger los preciosos documentos que le había dado. Pero él había alargado la mano hacia ella, exigiéndole que acudiese hacia él, y ella había ido.
—Ven a mí —había dicho él—. Ahora —un violento estremecimiento la recorrió, comenzando en sus pies y ascendiendo hasta que su cuerpo entero se estremeció.
Sus rodillas cedieron y se apoyó contra la pared de la ducha, con la boca abierta y pocos gemidos saliendo de ella. No podía dejar de temblar, no podía controlar la sensación de volar.
Alguna fuerza externa tiró de ella, la desgarró, la obligó. Sus ojos se dilataron y las paredes deslucidas de la ducha repentinamente parecieron muy brillantes, como si resplandecieran.
Ven a mí. Viaja a través de los años, seiscientos setenta y cinco años. Te he dado el conocimiento. Ven a mí.
La voz creció rápidamente dentro de su cabeza, y pero venía de fuera. Era Naruto hablando, pero la voz que era baja y devastadoramente sexual en sus sueños ahora exigía con severidad, Ven a mí.
El fulgor comenzó a desvanecerse, y el estremecimiento en sus músculos se debilitó gradualmente hasta que ella estuvo de pie en posición vertical y firme. El agua fría caía con fuerza sobre ella y de prisa cerró el grifo, agarrando una toalla delgada para envolverla alrededor de su cabeza. Ella usó otra para secarse apenas.
¡Dios mío, estaba congelada! ¿Cuánto tiempo había estado de pie como un zopenco, viendo alucinaciones, bajo el agua fría? Casi le había dado una hipotermia.
Pero no había estado alucinando. Lo sabía. Había sido real. Realmente había un Poder. Lo había sentido desde el primer momento que había visto esos documentos antiguos. Por eso era por lo que ella se había visto impulsada a continuar traduciéndolos, arrastrando tanto a ellos como al portátil de aquí a allá cuando hacerlo ocasionaba un montón de problemas. Los había protegido hasta cuando el sentido común la debería haber llevado a abandonarlos.
Todo lo que había ocurrido en los pasados ocho meses la había dirigido inexorablemente hacia este momento, estando de pie desnuda y fría en una ducha pequeña y sucia en el hotel de una parada de camiones en algún lugar de Iowa, afrontando repentinamente una increíble pero clara como el cristal conclusión.
Si se podía, tenía que viajar por el tiempo. Obito tenía la hoja. Quizá eso estaba predeterminado, y no había nada que ella pudiera haber hecho sobro eso.
Pero ahora que él lo sabía, ella tenía que impedirle obtener el Tesoro, y la única forma de hacer eso era obligar a Naruto a esconderlo en alguna otra parte. O quizá — el pensamiento era absurdo, porque no estaba hecha de material heroico, sino todo lo contrario— solamente quizá, eso significaba que ella tenía que encontrar el Tesoro, y usar el Poder para destruir la Fundación.
Tenía que ir a Creag Dhu, seiscientos setenta y cinco años atrás.
Continuará...
