Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la historia.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor.

Hay OOC


18} LA JOYA


Naruto pasó una noche agitada. Dando vueltas y más vueltas en la cama recordaba machaconamente la frase de su madre, que ponía fin a su conversación antes de retirarse a sus habitaciones: «Tal vez ella quiera tomarse su revancha». Sí, naturalmente que cabía esa posibilidad, porque cualquier inicio de una pareja debería basarse en la confianza mutua y, en ese aspecto, no había sido honesto con Hinata. Y no podía excusarse por falta de oportunidades.

Había dispuesto de tiempo y de la más íntima privacidad. Jurarle amor eterno no iba a servirle demasiado porque ella estaba dando por supuesto, aunque no contestara a su propuesta de matrimonio, que estaban asentando un hipotético futuro sin trabas y con sinceridad, y él no había jugado limpio.

Bajó a desayunar con el único apetito de volver a verla, pero en el comedor se encontraba tan solo su madre. Le dio los buenos días y ella, sin responder, apenas alzó la cabeza para recibir su beso en la mejilla. Por sus ojeras y la parquedad de su saludo se deducía que tampoco había pasado buena noche y que aún estaba enfurruñada. Ocupó un lugar en la mesa hablando lo imprescindible para que la conversación no derivara en otra confrontación verbal.

Pero no hubo lugar a ello porque Hinata bajó apenas unos minutos después. Y Naruto tuvo que respirar hondo ante una apariencia que desbarataba su imagen anterior.

¡Se la habían cambiado!

Esta no era la mujer que él había conocido sobre la cubierta del Moon Sea. El ser que tenía ante él era un espejismo envuelto en una suave tela azul celeste claro. Un vestido de escote cuadrado que se estrechaba en la cintura, con mangas acuchilladas. Se había recogido el oscuro cabello bajo una redecilla, aunque algunos mechones rebeldes se le escapaban de su encierro confiriéndole a su cara una vivacidad pícara y sensual. La finísima gorguera rizada, casi transparente, acariciaba su nuca en una unión que realzaba su belleza como Naruto nunca antes la había visto.

La contempló ensimismado: hermosa, radiante y deseable.

—¡Naruto! —exclamó al verlo, presta a ir aprisa hacia él. Se reprimió de inmediato. Por un lado, porque para algo debían servirle las lecciones de estilo y por otro, porque ya había estado en un tris de rodar por el suelo al pisar el ruedo del vestido, bajando la escalera. Caminó pues despacio, como se suponía que debía hacerlo una dama, pero no se privó de observar sin recato alguno cuán atractivo lucía Naruto vestido como un auténtico caballero.

Se dio cuenta de que le había dedicado una mirada quizá demasiado continuada y saludó risueña, con la vista dirigida a la anfitriona:

—Buenos días, milady.

A su pesar, lady Kushina asintió con agrado. Hinata parecía una dama. Pero no se engañaba: solo lo parecía.

—Acompáñanos a la mesa, querida —le pidió—. Naruto ha venido para interesarse por tus progresos. Supuestamente, no podía esperar —dijo con tonillo burlón que su hijo encajó sin rechistar.

Naruto se apresuró a levantarse para retirarle la silla y ella se lo agradeció con una inclinación de cabeza, dichosa al comprobar sus miradas admirativas.

Por parte de Hinata, una vez que la criada personal de lady Kushina terminó de peinarla y la ayudó a vestirse, se había encontrado primorosa, pero ahora tenía cierta sensación de presión a la altura del pecho. Y es que no podía ser saludable llevarlos tan ceñidos, aplastados, como metidos en una coraza. Inspiró hondo, tomó la servilleta y se la colocó sobre las rodillas.

—Estás preciosa, Hinata —le oyó decir a Naruto, muy complacida, tratando que el aire le entrara en los pulmones, pero sin conseguirlo—. ¿Te encuentras bien?

Expresar directamente lo que opinaba sobre sus ropas, teniendo en cuenta las molestias que la condesa se había tomado con ella y el dinero gastado —peculio que, por descontado, ella le reembolsaría—, ni era prudente ni mostraba agradecimiento alguno, así que se lo guardó para sí. Pero no, no se encontraba bien, le faltaba la respiración. Acostumbrada a sus calzas y camisas de corte masculino, le suponía un calvario encontrarse tan ceñida, dudando si conseguiría habituarse al uso de estos vestidos.

—No creo que pueda comer nada.

—¿Y eso, querida? —se interesó su anfitriona, llevándose delicadamente una porción de queso fresco a la boca.

—Lo siento, milady, pero es que me estoy ahogando.

Rieron madre e hijo haciéndose cargo de la situación.

—Acabarás por encontrarte cómoda con esos vestidos, tesoro.

—Si no muero en el intento —gruñó, apreciando con verdadero apetito la variada exposición de alimentos que ella no iba a poder degustar.

—Respira despacio —aconsejó lady Kushina—. Toma aire de poco en poco.

—Ahora entiendo esa fama tan extendida de que las damas de alta cuna sean tan propensas al desmayo —dijo con sorna, llevándose la mano al pecho y procurando seguir sus consejos.

Naruto se rió de la ocurrencia, pero no le acompañaron las dos mujeres. Muy al contrario, se mantuvieron serias, como si no les hubiera gustado que se lo tomara a broma. Carraspeó y, para hacerse perdonar, untó un poco de mantequilla en una tostada que, galantemente, ofreció a la muchacha.

A partir de ahí la condesa y Naruto se enfrascaron en una conversación de la que Hinata no podía participar porque fue aislada, como si no estuviera presente, instalándose en ella una incomodidad que iba en aumento.

Lady Kushina daba cuenta detallada de cómo avanzaba su adaptación, mientras Naruto asentía. En ningún momento pidieron su opinión o fue invitada a entrar en la charla, y lo que era peor, ni siquiera la miraban. Se sintió desplazada, es más, sabía que lo estaba, pero haciendo gala de flema, se dispuso a comer algo.

Por supuesto, le era imposible abstraerse de la conversación, sobre todo porque le atañía a ella. Cuanto más les oía hablar, más extraño encontraba todo aquel juego ideado por Naruto, entre otras razones, porque no terminaba de ver la auténtica relación existente entre él y la condesa. Él trataba a la dama con sumo respeto; ella le tuteaba. La afinidad de pareceres era continuada, incluso se atrevería a decir que flotaba en el ambiente una camaradería en el trato que le daba que pensar.

Naruto conversaba relajado, como si en lugar de encontrarse a la mesa de una condesa estuviera en su propia casa. Cierto era que él había dicho que lady Kushina le conocía desde que nació, afirmación que ella no había desmentido, pero aun así creyó ver una familiaridad que la desazonaba.

Tuvo conciencia real de que sabía muy poco o nada de Naruto. ¿Quién era en realidad? ¿A qué se dedicaba antes de caer en el Moon Sea? ¿Con qué tipo de personas, además de con la condesa, alternaba? Ella lo juzgó siempre como un buscavidas, pero Naruto no encajaba en el perfil, sus acciones y sus amistades así lo demostraban. Daba más talla. Mucha más. Iruka había tenido más olfato que ella al advertirle que algo no le cuadraba.

Y amarlo no era suficiente para seguirlo al fin del mundo sin más, necesitaba saber de quién se había enamorado de verdad.

Continuó divagando, absorta en sus pensamientos, pero ya solo oía, ya no escuchaba la charla de sus acompañantes, fijándose el objetivo inmediato de averiguar, antes de nada, cuál era la verdadera personalidad de Naruto Uzumaki.

Una vez finalizado el desayuno y la charla que mantuvieron madre e hijo, Naruto preguntó, para satisfacción de Hinata:

—¿Tal vez te apetecería salir al jardín? Con vuestro permiso, milady —pidió la autorización de su madre.

Hinata que, por supuesto, quería quedarse a solas con él, esperó el visto bueno de la condesa, que se limitó a una simple inclinación de cabeza. Hizo intención de levantarse, pero se dio cuenta enseguida de que debía esperar a que Naruto cumpliese su rol de caballero, acudiendo a retirarle la silla.

«¡Por el amor de Dios!», pensó exasperada.

En esas circunstancias cualquier mujer venía a ser poco más que un adorno, objeto de atenciones por aquí y por allá. Y había que saber si lo hacían porque era lo socialmente aceptado o porque en la Corte eran así de remilgadas. No debían levantarse de la mesa por sí mismas, bajar de un carruaje sin el apoyo de una mano masculina, o salir por una puerta antes que un caballero se la abriera, de tal manera que no era de extrañar que al sexo femenino se le considerara débil, dependiente de los hombres y prescindible, si no fuera por el factor de la procreación. ¡Esa era la triste conclusión y a Hinata la enervaba!

Pero de esas normas de sociedad, insufribles para ella, que chocaban con su manera de pensar y de entender la vida, tenía que aprender. Y tenía que hacerlo por el respeto que le debía a la condesa, que la acogía y le prestaba los medios para su instrucción.

Cumpliendo con su papel de damisela aceptó el brazo que Naruto le ofrecía y salieron ambos.

Lee les esperaba fuera del comedor con las capas sobre el brazo, como si ya supiera de antemano lo que iban a hacer. Naruto se anticipó a colocar una de ellas sobre sus hombros y ella se cubrió con la capucha y aguardó a que el criado les abriera la puerta.

Apenas hubieron salido Hinata no se contuvo.

—¡Demonios!

—Hinata...

—¡Oh, venga ya! ¡Déjate de cosas! Ahora estamos solos. Nunca pensé que todo esto resultara tan ridículo.

—Te acostumbrarás.

—¡Ni harta de ron! —Lo miró a placer al dejar atrás la entrada de la casa y dar la vuelta a la esquina. Por fortuna, la llovizna había desaparecido y el tiempo parecía darles una tregua—. ¿Te he dicho ya que estás guapísimo?

—Una dama nunca debe regalar el oído a un hombre.

—¿De verdad?

Su risa, chispeante y diáfana, tan opuesta a las de la fingida sofisticación de las mujeres que solía tratar en la Corte, hicieron bullir la sangre del Conde de Konoha. Hinata era real, auténtica, sin afectaciones ni palabras a medias. Tomándola de la mano, ya a espaldas del edificio, protegidos de las posibles miradas indiscretas, la envolvió en sus brazos.

—Si no te beso voy a volverme loco.

—¡Caballero! —Le puso ambas manos en el pecho, deteniendo su acalorado impulso, juguetona, provocativa—. Una dama no debe permitir que...

—¡Al infierno con eso, mujer!

Sediento, bebió de su boca y ella, víctima del mismo deseo reprimido, se aplicó a sus labios con la voracidad que provoca la pasión. Hinata rodeó el cuello varonil, como si pretendiera absorber su intimidad, desinhibida y espontánea, buscando tenerlo más cerca, y, a la vez, asustada de la necesidad que se despertaba en ella al contacto físico de Naruto. ¡Lo había echado tanto de menos durante aquellos días!

Y él solo reparaba en que a Hinata no le importaba demostrar lo mucho que lo deseaba. Lo besaba con anhelo, se pegaba a su cuerpo, lo excitaba sin pudor alguno. Dejó resbalar sus manos por las caderas femeninas sin renunciar a saborear esos labios que se le ofrecían sin mesura.

—Naruto... —Suspiró ella cuando liberó su boca—, te deseo. Ahora.

Ella no parecía ser consciente de la seducción que ejercía sobre él con semejante petición, directa y sin ambages, que lo envolvió en una espiral sexual que solo podría calmar volviendo a poseerla. No confesaba que lo amaba, pero lo deseaba y eso ya era mucho.

A la carrera, tirando de ella, recorrieron el escaso trecho que les separaba de la bodega y, sin dejar de besarla, atento para no cruzarse con nadie del menguado servicio de la casa, emprendieron el ascenso por una estrecha escalera que daba a la planta noble, dirigiéndose después a una de las habitaciones.

Con el corazón bombeando alocado en el pecho, ella saboreaba la boca de Naruto y le urgía a una unión con la que soñó estos últimos días, lejos de preguntarse cómo era que él conocía tan bien las dependencias de la mansión.

Una vez en el interior del cuarto, que no era otro que el suyo propio, Naruto se volvió para asegurar la puerta; para entonces, Hinata ya había dejado caer la capa y se estaba desembarazando de sus zapatos de medio tacón, antes de subirse las faldas para bajarse las medias y desprenderse luego de la gorguera de su cuello.

Naruto ya no veía más allá. Le urgía liberarse de los botones de su levita, henchido de pasión.

Después, desembocaron en el perenne juego de los amantes. Dos cuerpos desnudos que remaban en las aguas tumultuosas de un torrente vertiginoso, que solo encontraría remanso en la quietud que les proporcionaría la liberación de sus pieles, sus alientos y sus almas unidas.

Sus embestidas eran salvajes y Hinata lo recibía todo con gran pasión, solo acallando sus gemidos con besos y caricias, ambos a punto de llegar a la cima del éxtasis.

—Ámame, Naruto —sollozó, arrastrada por el remolino de la fiebre que la encadenaba a él.

—Siempre, mi vida. Siempre.

Había llegado el tan temido día.

Hinata se paseaba como gata enjaulada, nerviosa y expectante. Se había bañado, la criada personal de lady Kushina había frotado todo su cuerpo con un aceite oloroso, aplicándole luego en el rostro, cuello y hombros unos delicados polvos que amortiguaban el ya escaso bronceado de su piel.

El peinado tirante, con raya al centro, apenas cubierto por una delicada cofia con hileras muy sutiles de hilo dorado, confeccionada de la misma tela del vestido, Lila, que hacia juego con sus ojos. La gorguera, de finísima muselina de oriente. La verdad es que se veía sofisticada, bonita, elegante, aunque demasiado suntuosa si tenía en cuenta que jamás había acudido a un acto de semejante esencia.

A pesar de su apariencia, que ella misma ponderaba, y de las palabras de la criada asegurándole que la encontraba exquisita y seductora, no conseguía calmar los nervios. ¡Cuánto mejor hubiera estado con muchas millas de agua por medio entre la Reina y ella! Pero ya no tenía solución.

Lady Kushina entró en la habitación llevando una caja forrada de raso. La miró de arriba abajo y asintió.

—Estás preciosa. Pero nadie que se precie hace acto de presencia en la Corte sin ostentar alguna joya, de modo que me he permitido poner a tu disposición unas pocas de las mías, para que elijas. Es solo un préstamo, pero me gustaría que luciese alguna, porque creo que en tu figura juvenil brillarán especialmente.

—Y yo creo que en la vuestra también, milady —alabó la joven, fijándose en el distinguido vestido de brocado azul oscuro. Los rasgos aristocráticos de la dama, su airoso porte y una elegancia innata, la dotaban de una sobriedad que ella envidiaba de verdad.

Kushina Uzumaki apenas permitió que en sus labios despertara una sonrisa.

—Hace mucho que dejé atrás mi imagen de juventud, pero agradezco el cumplido en lo que vale.

—Me tranquiliza saber que estaréis a mi lado esta noche.

Durante el transcurso de aquellos días, la condesa se había enfrentado a su convicción maternal de que su hijo se olvidara de la muchacha y, por otra parte, a la aparición de un grado de afecto protector hacia ella, consecuencia de la comunicación entre ambas, en el que había detectado en Hinata una honestidad espontánea y directa que le agradaba. Reconocía en la chica actitudes y modismos de lenguaje populacheros que la alejaban del prototipo de mujer con las que su hijo solía compartir su tiempo, pero también sabía que hacer de ella una dama solo requería dedicación.

Era un diamante en bruto y nunca había visto a Naruto tan vivo, nunca sus ojos reflejaron tanto amor y fervor por una mujer. En la mirada de la muchacha encontraba esos mismos síntomas cuando estaban cerca el uno del otro. Ella se había desposado con el Conde de Konoha enamorada, con el resultado de un matrimonio por amor, muy inusual en los tiempos que corrían, en los que las uniones llevaban aparejados acuerdos previos de conveniencia en propiedades o títulos. No quería menos para su hijo.

Por eso, poniendo en una balanza los pros y los contras, había acabado por aceptar que Hinata Hyuga era la mujer que podía hacer feliz a su hijo. El resto, no importaba. Ni siquiera el posible y más que probable reparo, si no oposición, de la Reina. Pero, de ser así, ya se encargaría ella de convencer a la soberana para que diera su bendición a la pareja.

Hinata quedó perpleja ante el pequeño tesoro que se le ofrecía: collares y pendientes que ni siquiera en un abordaje hubiera logrado como botín.

—Disculpad, milady, yo tengo un colgante que...

—No es cuestión de presentarte ante la Reina con un simple colgante, criatura —le cortó.

—No tengo palabras para agradeceros vuestra deferencia al prestarme vuestras joyas, señora, pero voy a rehusarlas. Os ruego que no os ofendáis, no es mi intención molestaros, pero me gustaría lucir la mía. Es lo único que realmente me pertenece y no ha sido objeto de saqueo.

Se fue a hurgar entre sus pertenencias y sacó un saquito de terciopelo, tiró del cordón que la cerraba y dejó caer en su mano la alhaja a la que se refería: una sencilla cadena de oro de la que colgaba un camafeo, una maravillosa labor de orfebrería representando una media luna.

Los ojos gris violeta de la Condesa de Konoha se nublaron, le recorrió un escalofrío por la espalda y su voz se endureció:—¿De dónde lo has sacado?

—Perteneció a mi madre.

—¿Tu madre? —preguntó, con los ojos llenos de asombro.

—No la recuerdo —repuso con tristeza, acariciando con la yema de un dedo la media luna, sin percatarse de la palidez que se iba adueñando del rostro de su interlocutora—. Sé que yo era muy pequeña cuando ella murió, y es lo único que conservo de ella.

—¿Quién era?

—Mi padre nunca quiso aclararme ese punto.

—¿Pero...? ¿No insististe en preguntar...? ¿No...?

—Claro que sí. Lo hice en muchas ocasiones. Como cualquier niña, siempre quería saber más. Apenas me quedaba el recuerdo de un rostro sonriente y un cabello azulado. Pero él se mantuvo firme, ocultándome su identidad. Decía que, de saberlo, acaso tuviésemos que separarnos. Sé que la amó, y yo le perdoné que me mantuviera en la ignorancia. ¡Cómo no hacerlo si noche tras noche le veía penar a causa de la nostalgia y la tristeza! Así fue hasta que exhaló su último aliento —bajó la cabeza e inspiró profundamente—. Su ultimo pensamiento fue para ella.

—Entonces, ¿no sabes nada acerca de la familia de tu madre?

—En realidad, me hubiera gustado, como a cualquier hijo, pero sin datos ni medios acabé por desistir, porque lo verdaderamente importante es que mi padre la quiso, a mí me dio la mejor infancia posible y nunca me faltó su cariño ni su protección. A pesar, señora, de que casi nadie cree que un barco sea el lugar idóneo para criar a una niña.

—Pero tu vida entre hombres, sin una madre...

—Mi vida ha sido el mar, milady —zanjó, incómoda por tanta pregunta para la que no tenía respuesta—. La inmensidad del océano, la cubierta de una nave, el amor de mi padre y, más tarde, la lealtad de los hombres que componen mi tripulación. No he conocido otra cosa. Tampoco he pedido más. ¿Hubiera cambiado algo por indagar mis orígenes? Lo dudo. Me quedo con lo único que sé de ellos, y es que separaron a mis padres cuando se amaban con locura, convirtiéndole a él en un hombre amargado que sufría lo indecible, y privándome a mí de su compañía. ¿Vos, milady, os hubieseis interesado por personas de semejante calaña?

Lady Kushina se aferró al apoyo de una butaca, espantada por la terrible duda que se iba abriendo paso en su interior. Recordó el sobresalto que tuvo la primera vez que vio a la muchacha, la extraña sensación que la embargó al mirarla a los ojos. Se resistía, de todos modos, a admitir que pudiera haberse equivocado de tal modo. Era bien sabido que la historia que acababa de contarle Hinata podría aplicarse a más de una familia inglesa que, celosa por preservar su buen nombre, había maniobrado para separar a una pareja, incluso ordenando el asesinato de uno de los enamorados, haciendo pasar luego por viuda a la dama, si los amores habían tenido consecuencias.

¿Cabía la posibilidad de que fuera un embuste de Hinata para enmascarar que hubiera adquirido el camafeo por medios ilícitos? No. No tenía sentido en una mujer que se enorgullecía de capitanear un barco de corsarios. Por tanto... ¡Calma! Una sospecha se agrandaba en el alma de Lady Kushina, pero antes de aceptar que estuviera en lo cierto, debía confirmarlo. Trató de recuperar su temperamento habitual mostrando una serenidad que no tenía.

—El camafeo será perfecto, niña. Permíteme que te lo cuelgue.

A Hinata se le llenaron los ojos de lágrimas. Un dolor penetrante le traspasó el pecho porque, no supo si por la ternura y cercanía de la señora o porque en el rincón más profundo de su espíritu se reveló la ausencia de su madre, una herida que nunca se le iba a cerrar del todo, el cariño con que la trataba la emocionaba.

Lady Kushina extendió la palma de su mano y Hinata le entregó la joya.

—No llores, niña. Tu madre estaría orgullosa si te viera lucir esta maravilla —le dijo, cerrando el broche.

—No suelo ponérmelo por miedo a perderlo, pero hoy es un día especial.

—Muy especial, sí. Y ese lugarteniente tuyo se quedará embobado cuando te vea.

—¿Iruka? ¡Oh, Dios mío! Me había olvidado por completo de él.

—Tranquila, Naruto se ha encargado de que eligiera la vestimenta adecuada y se presentará como un caballero.

—No sé si accederá a presentarse así, le gusta su ropa.

—Más le vale, si no quiere que yo misma lo desnude delante de los demás.

Hinata se redimió de su zozobra con una carcajada liberadora.

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Continuará...