Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.


CAPITULO IX

Apenas podía creer su dicha Candy. Al pasar por aquel puente que el genio bienhechor no había olvidado bajar y que estaba sobre el barranco que atravesó en aciago día con Terrence y Eliza, volvió sus ojos hacia aquel triste y sombrío castillo del que no esperaba salir jamás; los apartó al instante horrorizada, y dio gracias en lo más íntimo de su corazón a su generoso libertador.

No sabiendo qué camino tomar, resolvió seguir a la corza, que saltando iba y venía como felicitándola por su libertad.

Todo el día caminó Candy sin descanso. En vano Elroy le rogaba que se sentaran para tomar aliento, pues la joven temía ser perseguida por los de las Negras Sombras, y estaba resuelta a sufrirlo todo antes que exponerse a caer de nuevo en manos de sus enemigos. No sólo tenía que soportar su cansancio y su fatiga, sino aun que ocultarlo y alentar a su nodriza que ya no podía más; el polvo la sofocaba y el ardor del sol la consumía. En medio de tantos trabajos, se consolaba pensando que al fin encontraría a su bienhechor y se echaría a sus pies para darle gracias por tantos beneficios. «—Él —decía—, me ama sin duda y me dará consejos, y sobre todo me dirá dónde se encuentra el monte de la Mirra. Y volaré allá aunque se halle hasta el fin de la tierra. Aquella misteriosa voz me dijo que allí… ¡Oh!, ¿será posible?...» El sol se ocultó, vino la noche. Candy prestaba atento oído y tendía la vista por todas partes, pero nada oía ni veía, no se encontraba por todo aquel sitio pueblo ni quinta, casa ni choza en que alojarse, sólo de cuando en cuando veía a la corza por la profunda oscuridad que allí reinaba. Pasó de esta manera largo rato hasta que al fin se divisó a lo lejos una luz, y Candy cobró esperanza; quizá sería la fortaleza del genio poderoso y benéfico que la había protegido, y dentro de sus muros hallaría seguridad y una persona en cuyos brazos llorar y que le diera sabios consejos y le dijera si el camino que llevaba la conduciría al monte de la Mirra. «—¡Oh, sabio y prudente Albert! —exclamó—. ¿Por qué no estás a mi lado? ¿En dónde te hallarás? ¿Por qué no escucho tus prudentes avisos? ¡Ah!, desdichada, bien merezco estar ahora privada de ellos». Candy temblaba a cada ruido que oía, todo la espantaba, y por fin, haciendo el último esfuerzo, se acercó a donde divisaba la luz que era para ella el faro de la esperanza en medio de las olas de la tribulación. Llegaron, pero lo único que vieron fue una tienda de campaña a cuya entrada se hallaba echada la corza, su pequeña guía. Elroy viendo un lugar de descanso se lanzó sin más pensar dentro de la tienda, pero Candy, a quien las penas y los trabajos habían hecho prudente, asomó poco a poco la cabeza, pronta a huir al menor asomo de peligro a pesar de su grande cansancio. Nada vio que pudiera atemorizarla. La tienda se hallaba enteramente desierta, sólo se veía una mesa con sabrosa cena, pan blanquísimo y manjares sencillos pero aderezados con solícito esmero; agua pura y clarísima; y dos blandos lechos de menuda hierba. La presencia de la corza le parecía a Candy bastante motivo para creer que aquel albergue le estaba preparado por su bienhechor y entró, creyéndose allí más segura que en una fortaleza coronada de valientes y esforzados guerreros. Cenó y se acostó con la mayor tranquilidad que entonces podía gozar, teniendo únicamente por guardia y cuidador a la bella e inofensiva corza blanca.

Al día siguiente, muy temprano, con harto pesar de Elroy emprendieron su camino, y como el día anterior, anduvieron por un desierto y no tuvieron ningún encuentro; por la noche hallaron la tienda de campaña donde recogerse.

Pasaron cuatro días sin que aconteciera cosa alguna digna de referirse. Al quinto se levantaron muy temprano, se pusieron en camino como de costumbre, la corcilla comenzó a saltar y a acariciar a Candy de un modo singular; por fin echó a correr tan velozmente que les fue imposible seguirla y a poco más la perdieron de vista. Candy siguió la dirección indicada por la corza, esperando encontrarla; pero esta esperanza fue burlada, y en todo el día no la volvieron a ver. Después de algún tiempo se hallaron sin dirección; Candy se afligió y no sabía qué hacer; por fin tomó el camino que mejor le pareció, confiando en que no la abandonaría quién hasta allí la había protegido. Al anochecer vieron a lo lejos una ciudad y se dirigieron a ella. Elroy se alegró al pensar que al fin encontraría gente con quien poder comunicarse, porque ya le fastidiaba aquel largo silencio que se había visto obligada a guardar. Candy, al contrario, se atemorizaba; pues por todas partes temía encontrar enemigos; pero no sabiendo cómo tomar otro camino y siendo ya muy tarde, resolvió entrar en ella, y cansadas en extremo se sentaron cerca de una fuente.

Poco después vino una mujer a sacar agua, a la que le llamó la atención la hermosura y noble continente de la joven, acercándose a ellas les pregunto qué esperaban en aquel lugar a hora ya desusada. Candy le contestó que eran forasteras, que no sabían dónde alojarse y que rogaban las hospedara solo por aquella noche. Habiendo ella contestado que sí, se dirigieron a su casa. Llegado que hubieron a ésta, Candy saludó a los que allí vivían y se recogió en el aposento que les destinaron; pero Elroy se quedó conversando y entró hasta pasado un gran rato; se acostó y al punto se quedó profundamente dormida. Candy siempre temerosa y siempre afligida, no pudo conciliar el sueño, lo que entonces fue para ella una felicidad, pues los de la casa, creyéndolas dormidas, se pusieron a hablar en el aposento contiguo. La mujer le decía a un hombre que acababa de llegar: «—¡Si vieras quién es esa joven! Su venida puede hacer nuestra fortuna. —Pues ¿quién es ella? —preguntó el hombre. —Es Candy, la que se ha escapado del castillo de las Negras Sombras, y por quien han prometido una gran recompensa; me lo ha dicho todo Elroy, que es esa anciana que la acompaña. —Temprano daré parte al Príncipe de las Negras Sombras —contestó el hombre—, y creo que podemos contar con buenas albricias». Se acostaron, y Candy que todo lo había oído, cuando conoció que estaban profundamente dormidos, despertó a Elroy y le dijo: «—Levántate, corremos peligro». Elroy desperezándose lo rehusaba, pero ella le dijo: «—Corremos peligro; acuérdate de mi sueño»; y ya no resistió más. Salieron muy silenciosamente para no ser sentidas.

El cielo estaba cubierto de nubes que solo dejaban ver una que otra estrella y soplaba un recio viento. Decía Elroy temblando de miedo y de frío: «—Si al fin hemos de caer en manos de los de las Negras Sombras, más valía esperarnos aquí y no pasar tantos trabajos». Candy por toda respuesta apresuró el paso. Amaneció al fin el deseado día, vino la luz, y Candy tendió la vista por aquel desierto buscando a su guía, la pequeña corza, pero no la encontró en ninguna parte. Suspiró pensando en que tal vez su desconocido bienhechor ya no la protegía, mas luego se reprendió su desconfianza. «—¡Ah! —decía—, quien me ha alimentado en el funesto castillo, quien me ha sacado de la prisión no me abandonará en el desierto». Pero pasó toda la mañana sin que apareciese la corza ni cosa alguna que pudiera indicarle el camino que debía seguir.

Ya era más de medio día y aún hacía un calor sofocante. Candy se encontraba fatigada y más aún Elroy, cuando se sintieron atraídas hacia un espeso bosque. Candy dirigió la vista a aquel lado y dio un grito de terror, descubriendo entre los árboles los ojos espantables de la sierpe de siete cabezas. Quiso huir, pero, ¿a dónde? Resolvió primero morir que caer en sus manos. La sierpe la atraía. En vano intentaban resistir, el monstruo las atraía con su aliento. Candy se abrazaba de los árboles que encontraba, y cuando uno se le escapaba se asía de otro prontamente. El último árbol se le escapó por fin, ya no había de qué sujetarse sino de una zarza que encontró a su paso. ¡Ella no vacila!, se arroja entre las espinas y se abraza con sus ásperas ramas; sus manos se desgarraban, estaba toda ensangrentada; se derribó al suelo en su angustia y aún sentía el formidable impulso que la arrebataba, ya le faltaban las fuerzas y llamaba en su auxilio a su desconocido protector. El socorro no viene; ella se cree perdida, mas en el momento supremo, una flecha disparada por una mano invisible paso por segunda vez silbando junto a ella y fue a herir al orgulloso monstruo que huyó dando espantables bramidos. Candy quedó por un instante sin movimiento, rendida de fatiga por la tremenda lucha que había sostenido; pero se levantó poco después y respiro viéndose libre de su formidable enemigo y emprendió de nuevo su marcha.

Al caer la tarde sopló una brisa refrescante y consoladora que le devolvió las fuerzas. El sol en breve iba a ocultarse, llegaría la noche y las pobres viajeras no sabían dónde pasarla; la corza no se había dejado ver más. Así pues, se hallaban abandonadas en medio de tantos peligros. Elroy estaba llena de congoja, pero Candy tenía bastantes pruebas de una protección maravillosa y esperaba firmemente que a su tiempo llegaría el socorro oportuno. Resolvióse a caminar mientras les durase la luz. De allí a pocos pasos llegaron a un sitio tan fresco, tan ameno, tan delicioso, no parece pertenecer al Desierto de las Lágrimas.

Un arroyo de agua transparente como el cristal regaba la blanda y olorosa hierba, y árboles frondosos se inclinaban al peso de su fruto; el suelo estaba sembrado de flores Bellas y fragantes; un verdadero oasis en el desierto. Al llegar Candy a aquel sitio encantador sintió que se dilataba su corazón. Viendo muy fatigada a Elroy, la hizo tomar asiento sobre el menudo césped y ella misma se sentó a su lado. Al contemplar tanta belleza, se despertaron en su mente los recuerdos de lo que había oído decir a sus padres, a Albert y al Príncipe acerca de su amada patria, el hermoso jardín de Bellas Flores. Quedó absorta en estos pensamientos y gozaba de una dulce quietud, un sentimiento grato y delicioso que no había experimentado jamás. Después de un corto rato vio venir unas blancas palomas, que volando a su alrededor Parecían querer posarse sobre la joven peregrina, y luego se retiraban como jugueteando con ella. Sonrío dulcemente y corrió tras las inocentes avecillas que ya parecía que se ponían en sus manos, y luego levantando un poco el vuelo se alejaban de ella. Candy siguiendo a las palomas llegó a un hermoso jardincito entre cuyos frondosos árboles se divisaba una casita blanca adornada de flores. Las enredaderas, los jazmines y otra multitud de florecillas entrelazadas trepaban por las paredes festoneándolas y formando graciosas cortinas a la puerta y las ventanas. Embalsamaban el jardín con su suave y deliciosa fragancia, rosas, lirios y azucenas; en las copas de los árboles hacían nido tímidos y hermosos pajarillos, algunos jugueteaban entre las flores y entonaban alegres gorjeos , como dando a entender que se hallaban en un lugar donde no temían las garras del buitre ni la astucia de la serpiente. Candy no se cansaba de mirar tanta belleza; ya se fijaban sus ojos en los hermosos pajarillos, ya en las palomas. Pensó pedir posada por aquella noche en la casita, pero lo que acabó de decidirla fue ver con indecible regocijo echada a la puerta a su antigua guía, la pequeña corcita blanca.


Candy es libre y ha comenzado a volver sobre sus pasos. Nos vemos la próxima.