Capítulo 29. Cicatrices
Draco no sabía cuál de todas las puertas de ese piso era la del cuarto que estaba ocupando Harry pero por suerte la serpiente se lo indicó. Ella se lanzó reptando a toda velocidad hacia una puerta cerrada, informando a Draco de ese modo. Sin ánimos para sutilezas, Draco tocó violentamente.
—¡Harry! ¿Está todo bien? —exclamó en voz alta. Esperó unos segundos y, al no haber respuesta, volvió a golpear todavía más duro y gritó—: ¡HARRY!
—¡Draco, pero, ¿qué pasa?! —preguntó Narcisa, acercándose a él por el corredor.
Draco apenas sí se giró a verla un segundo antes de continuar aporreando la puerta y tratando de abrir el picaporte. Al ver que no giraba, usó su varita y trató un alohomora.
Nada.
—Creo que Harry está en peligro ahí dentro —jadeó Draco mientras pensaba rápidamente. Estiró un brazo hacia su madre para alejarla—. ¡Retírate, voy a volar la puerta!
—Pe-pero, ¡Draco! ¿Por qué Potter estaría en …? —comenzó a preguntar Narcisa, pero se interrumpió cuando vio a Draco muy dispuesto a cumplir lo que acababa de decir. Le hizo caso y dio unos pasos hacia atrás. Draco miró a la serpiente que, desesperada, daba vueltas en círculo justo frente a la puerta.
—¡Tú también quítate, Negra-como-te-llames! —le dijo. No tenía idea de si la serpiente lo comprendería o no, pero al parecer así fue, porque también se alejó. Draco le apuntó a la puerta—: ¡Reducto! —La madera voló en grandes pedazos y, para evitar que lastimara a Harry, de inmediato Draco apuntó a ciegas hacia dentro de la habitación y profirió—: ¡Protego!
Todavía no se despejaba el aserrín y el polvo, cuando Draco se arrojó hacia dentro de la habitación. Traspasó el umbral y se quedó repentinamente sin aire; fue cuando se dio cuenta de qué era lo que estaba pasando ahí.
Volvió a salir al corredor, donde su madre observaba todo con ojos asustados.
—¡No vayas a entrar! —exclamó Draco—. Espera aquí, ¡voy a sacarlo!
Draco se apuntó a su cabeza con su varita, se colocó un casco-burbuja y de nuevo ingresó al cuarto de Harry.
Alguien (y Draco estaba casi cien por ciento seguro de saber quién era ese alguien) había dejado ahí una maldición oscura bastante popular para asesinar a la gente mientras dormía: la ladrona de oxígeno. Se activaba en cuanto la víctima caía en sueño profundo y eliminaba todo el oxígeno del ambiente, asfixiando a los incautos que ya dormían en su proximidad.
Draco corrió hasta la cama prácticamente a ciegas pues el cuarto estaba inundado por la nube de polvo. A tientas encontró a Harry, quien estaba muy inmóvil. Draco soltó una maldición entre dientes, le apuntó con su varita y susurró un movilicorpus para llevárselo. A toda prisa, regresó a la seguridad del corredor con Harry levitando delante de él.
Una vez afuera, depositó a un inconsciente Harry en el piso y se dejó caer de rodillas a un lado. Estuvo a punto de entrar en pánico porque la piel de Harry estaba de color azul y, a pesar de estar ya en un ambiente con oxígeno, no había comenzado a respirar por él mismo.
—¡Merlín santo! —exclamó su madre, llegando a su lado—. ¿Se está ahogando? ¿Qué le ha pasado?
Draco no le contestó a Narcisa: estaba muy ocupado intentando controlar su miedo. Se quitó el casco-burbuja y comenzó a aplicarle a Harry respiración de boca a boca, algo que jamás había hecho en la vida, pero que esperaba poder hacerlo bien, porque si no... Joder, joder, pensaba frenéticamente, si Harry no despierta, si le pasa algo… De verdad iba a hacérselo pagar a Enescu del modo más sádico posible, no le importaba pasar el resto de su vida en Azkaban.
—¡Harry, oh Harry! —gritó Andrómeda, quien llegaba en ese momento— ¿Qué está pasando, por qué está así?
Draco miró a su tía de reojo: afortunadamente, Teddy no venía a su lado. Esas eran cosas que un niño como Teddy no debería presenciar. Draco volvió a aplicarse a su tarea: una y otra vez le pasó aire a Harry a través de sus labios morados y helados y, de pronto, después de unos pocos pero largos y angustiantes segundos, Harry finalmente aspiró una fuerte bocanada, tosió y se incorporó, respirando agitado pero haciéndolo por su propia cuenta.
Draco sintió que el alma le volvía al cuerpo. Se dejó caer de culo sobre el piso alfombrado del corredor mientras jadeaba para recuperar el aliento, el cual había perdido más por el miedo que por otra cosa. Andrómeda se arrojó sobre Harry para ayudarlo a sentarse.
Las dos hermanas Black estaban lívidas. Narcisa contemplaba a Andrómeda auxiliar a un debilitado Harry mientras Draco recibía el agradecimiento de la serpiente, quien se acercó a su pierna y le dio un golpecito con el hocico antes de deslizarse hacia donde el moreno estaba sentado. Se le enroscó cariñosamente alrededor de un brazo y Harry, jadeante, le dio una palmadita.
—¿Qué… qué sucedió? —jadeó Harry, mirándolos a todos, pero especialmente a Draco.
Draco pasó saliva y, todavía sentado en el suelo, respondió:
—Fuiste víctima de la maldición ladrona de oxígeno. En cuanto caíste dormido, se activó y casi te ahoga. Tu serpiente me avisó… Si no hubiera sido por ella… —No terminó la frase. Harry miró a Draco con los ojos muy abiertos. Al igual que Draco, había adivinado correctamente quién era el autor de la maldición. Draco cerró los ojos y meneó la cabeza; se sentía como un idiota—. Debimos haber revisado la casa en búsqueda de maleficios, pero es que, en serio, jamás pensé que el grandísimo cobarde se atrevería a tanto...
—Hijo… —dijo Narcisa en tono helado—: Creo que ustedes dos nos deben a Drómeda y a mí algunas explicaciones, ¿o me equivoco?
Draco intercambió una mirada con Harry, quien ya se veía más repuesto. Entonces, se dirigió a su madre. Negó con la cabeza.
—No… No te equivocas. Potter y yo tenemos algo que contarles acerca de Enescu. ¿Dónde está Teddy?
—Está echándose una siesta —respondió Andrómeda.
—¿En dónde? —preguntó Draco, levantándose lo más rápido que pudo. Andrómeda apenas le señalaba un cuarto con un dedo, cuando Draco ya iba corriendo hacia allá. Llegó y abrió la puerta de golpe. Entró y se sintió extremadamente aliviado al descubrir que ahí estaba todo normal y se podía respirar.
Teddy dormía plácidamente bajo las mantas. Tenía cara de angelito. Draco caminó hacia él en silencio, le quitó los mechones azules de la frente y sonrió. Era increíble lo mucho que ya quería a ese niño. Dio unos pasos atrás y, con la varita en la mano, aplicó revelios por toda la habitación en búsqueda de trampas o maldiciones escondidas.
No encontró nada. Por lo visto, Enescu sólo estaba aferrado a eliminar a Harry, quizá ya tan solo por las puras ganas de vengarse o de hacer sufrir a Draco.
Salió al corredor, donde Harry ya estaba poniéndose trabajosamente de pie con ayuda de Andrómeda.
—¿Cómo está Teddy? —preguntó Harry.
Draco llegó hasta él y, con cuidado, lo aferró de un brazo para ayudarle a sostenerse. Narcisa miró esa acción con los ojos muy abiertos y una ceja arqueada.
—Está bien, no te preocupes. Aparentemente, no es él el objetivo de Enescu, sólo tú. ¿Cómo estás?
Harry asintió con la cabeza y miró a Draco a los ojos.
—Bien, gracias a ti —susurró y sonrió. Miró a Draco con ojos anhelantes y añadió—: Y aquí estás otra vez, volviéndome a salvar la vida, Draco Malfoy.
Draco, sintiéndose mucho más tranquilo ya, le correspondió la sonrisa. Harry y él se quedaron viéndose sin decir nada, momento que fue interrumpido por un carraspeo de Narcisa.
—¿Se dignarán a contarnos ya qué es lo que está pasando en esta casa? —pidió de mala manera—. ¿O van a quedarse viéndose con ojos de borrego hasta que Drómeda y yo muramos de aburrimiento?
Andrómeda soltó una risita entre dientes, Draco pasó saliva y, sin guardar la varita, les dijo a las dos damas:
—Les contaré todo, claro. Pero mientras lo hago, les pido por favor que saquen sus varitas y me ayuden a revisar toda la casa por si hay más trampas o maldiciones. Todo apunta a que nuestro huésped en fuga nos dejó algunos regalitos de despedida.
—¿Enescu? —preguntó Andrómeda, quien no sonaba tan sorprendida—. Entonces, ¿él tiene algo que ver con el incidente que tuvieron anoche en la reserva indígena?
Draco y Harry asintieron. Draco convocó la varita de Harry con un accio, se la dio y, mientras se alejaban por el corredor revisando cada cuarto, Draco les narró lo que realmente había ocurrido en el bosque de los Arces Perdidos.
El punto era que, durante el almuerzo, Draco y Harry, con el deseo de no preocupar a Narcisa y Andrómeda, les habían ocultado la implicación de Enescu en el ataque del dragón piasa. Los dos habían creído que jamás volverían a saber de Enescu a partir de entonces, y Draco no podía perdonarse haber sido así de ingenuo.
Aquella falta de sagacidad de parte suya casi le había costado la vida a Harry, otra vez.
Mientras terminaban de narrarles a las dos hermanas lo que había sucedido de verdad, los cuatro terminaron de revisar toda la casa. No encontraron nada aparte de una sola cosa más: un amuleto debajo de la cama de Draco, el cual, todos sabían, estaba hecho con magia negra y servía para provocar obsesión romántica en la víctima hacia su perpetrador.
Draco no podía estar más furioso. Por lo que podían deducir, el objetivo de Enescu había sido matar a Harry y provocar que Draco se volviera loco por él, todo justo a la hora en que todos se fueran a dormir. El fallo en su plan había sido la fortuita circunstancia de que Harry hubiese necesitado tomar una siesta mientras Draco aún se encontraba despierto: eso los había salvado a los dos.
Andrómeda y Narcisa estaban tan enojadas con Enescu como con ellas mismas por haber sido engañadas por su encantadora personalidad de sofisticado y galante heredero sangre pura, especialmente la madre de Draco. Parecía habérselo tomado como una afrenta personal, y se quedó muy seria y silenciosa cuando se enteró de que Draco había estado en peligro real de morir por culpa del rumano.
Draco estaba seguro de que su madre estaba ya planeando mil y una maneras de vengarse discretamente de Enescu, y eso lo hacía sentirse orgulloso. Pero, al mismo tiempo, sabía que no sería necesario.
Él mismo iba a hacerse cargo.
—Lo que encuentro más difícil de creer —dijo Narcisa en un momento dado mientras los cuatro bebían el té en el salón, después de haber revisado varias veces la casa de cabo a rabo—, es que Enescu esté haciendo todo esto sólo por celos.
Draco negó con la cabeza.
—No son sólo celos. Hay un cierto grado de venganza en todo esto y una gran temeridad de su parte porque ya no tiene nada que perder. Harry lo humilló en Rumanía y juró que iba a hacérselo pagar. Y supongo que al ver que yo jamás iba a casarme con él, perdió la poca cordura que le quedaba. Me inclino a pensar que se ha quedado sin trabajo y no tiene un galeón en donde caerse muerto, sino… no me explico su actuar desesperado. Quizá pensó que si yo no iba a ser suyo, tampoco sería de Harry, o no sé qué podría haber pasado por su cabeza demente.
Narcisa miró a Draco con fijeza.
—¿Y… por qué razón Enescu llegó a pensar que el señor Potter tenía más posibilidades contigo que él?
Hubo un incómodo silencio en el cual Draco y Harry intercambiaron una mirada, pero Harry no tardó en concentrarse en su taza de té. Andrómeda lucía una sonrisa sabionda y parecía muy entretenida. Se aclaró la garganta y le dijo a su hermana:
—Cissy, no puede ser posible que no te hayas dado cuenta del romance que se está gestando entre tu hijo y Harry. Es algo que, yo estoy segura, tiene como quince años cociéndose.
Harry se sonrojó detrás de su taza de té y no dijo nada. Draco carraspeó y miró a su madre, quien, a su vez, lo miraba a él con cierto reproche. Él sabía que Narcisa no entendería en ese momento qué era lo que su hijo veía en el inepto de Harry Potter. No cuando habían sido rivales en el pasado y habían peleado tanto, no cuando Harry había estado a punto de matarlo en un baño.
—¿Es cierto eso, Draco? —preguntó ella en voz baja—. Entonces… lo que conversamos la tarde de Navidad…
Draco intentó que el leve calor que le subió por las mejillas no se expandiera más. Trató de tranquilizarse mientras recordaba que su madre se refería al momento en que ella le había preguntado si estaba enamorado, pues, según le había dicho, presentaba todos los síntomas. Draco echó una mirada de reojo a Harry y luego le dijo a Narcisa:
—Así es, mamá. Lamento no habértelo dicho antes, pero necesitaba asegurarme de… ciertas cosas. ¿Podemos dejar esta conversación para después? —preguntó y se puso de pie. Se acomodó la chaqueta—. Necesito encontrar a Enescu para hacerle pagar su atrevimiento. Y creo que ya sé qué es lo que voy a hacer. —Miró hacia Harry, quien, hasta ese momento, no había dicho nada y sólo había seguido la conversación con un resplandor de esperanza en la mirada—. Harry, necesito de tu ayuda para llevar a cabo mi plan. ¿Me acompañas?
Harry se levantó tan rápido de su sillón que cualquiera hubiera creído que le habían puesto un cohete en el trasero.
—Por supuesto. Pero, una cosa, Draco. ¿Este plan no va a ponerte en más peligro, o sí?
—Sí, ese también es mi temor —secundó Narcisa—. Mira, Draco, yo tengo tantas ganas como tú de cobrarle la afrenta a este señor, pero no a costa de tu propia seguridad.
Draco negó con la cabeza.
—Les prometo a todos que no es algo que nos arriesgue. Simplemente es un plan para encontrarlo y atraparlo. Quizá, de ese modo, hasta podamos entregarlo a los aurores, presentar la denuncia y ver si hay suficientes pruebas para inculparlo.
Draco les había dicho aquello para tranquilizarlos, pero la verdad era que lo que planeaba hacer con Enescu en cuanto lo tuviera enfrente… era algo completamente personal que sólo lo involucraba a él y su varita. Había estado repasando los peores hechizos y maldiciones que conocía, preguntándose cuál sería el mejor para hacerlo sufrir el mayor tiempo posible. Su objetivo era no dejar ni un pedazo entero del grandísimo imbécil, nada que pudiera ser llevado ante un tribunal. Lo iba a convertir en un despojo humano mientras le hacía saber que nadie se metía con los Malfoy sin recibir su justo merecido.
La venganza iba a ser totalmente dulce.
Harry y él subieron a la planta alta y se dirigieron hacia el cuarto que Enescu había ocupado. Draco confiaba en que el estúpido no lo hubiese limpiado a consciencia.
Desde la puerta abierta y con Harry observando detrás de él, Draco levantó su varita y exclamó:
—¡Accio cabello de Emil Enescu! —Esperaron durante un momento y, entonces, para su buena suerte, un solo y único cabello oscuro voló hasta su mano. Con una sonrisa de satisfacción, Draco lo atrapó y apareció un pequeño vial para guardarlo—. Con esto bastará para saber en dónde se encuentra el imbécil en tiempo real. Ahora, es aquí donde necesito tu ayuda, Potter —comentó y se giró hacia Harry.
Estaban tan cerca: Harry había estado casi pegado a su espalda y, al girarse Draco, habían quedado cara a cara separados apenas por un palmo. Draco pasó saliva y se sintió repentinamente nervioso.
—Soy Harry, recuérdalo —susurró el moreno, mirándolo con intensidad.
Draco no pudo evitar bajar los ojos hacia los labios sonrojados de Harry. Merlín, la verdad era que se moría por besarlo, por hacer con él muchísimo más, y no sólo eso… Necesitaba hablar con Harry largo, tendido y franco acerca de esa "relación" que ya parecía ser un hecho entre los dos... pero ese no era el momento. Tenía que atrapar a Enescu antes de que dejara el país y se largara a Europa, donde seguramente sería imposible de capturar.
—Harry… —dijo Draco entonces, levantando el vial en un intento por calmar sus ansias y volver a enfriar los ánimos—. Necesito que me lleves a tu apartamento en Washington. Tú tienes la chimenea de ese lugar conectada a la red flu de Inglaterra, ¿cierto?
Harry pareció reaccionar. Dio un paso atrás como para tranquilizarse y afirmó con la cabeza.
—Sí, pero no está conectada a toda la red flu. Sólo a unas pocas chimeneas.
Draco sonrió.
—Sin duda alguna, tendrás la de Granger, ¿no?
—Sí, pero, ¿por qué quieres hablar con ella?
Draco suspiró.
—Porque la necesitamos, Harry. Necesito pedirle su ayuda. Su influencia y contactos son vitales para algo que necesito traer desde Inglaterra. Mira, este es el plan: tú y yo vamos a irnos a Washington, tú hablarás con ella y le contarás todo lo que pasó. En cuanto se entere de lo que Pendescu intentó hacerte, va a indignarse con justa razón y querrá ayudarte a capturarlo. Es ahí donde entraré yo. Me encargaré de explicarle cómo puede auxiliarnos.
—¿Y cómo vamos a llegar a Washington? Dudo que encontremos trasladores libres, es justo la tarde del viernes antes de Año Nuevo y…
Draco puso los ojos en blanco.
—Potter, deja la falsa modestia a un lado. Tú conoces el apartamento, has estado ahí dentro. ¿No te consideras capaz de aparecerte ahí desde aquí, llevándome contigo?
Harry levantó las cejas.
—Buen punto. Creo que sí puedo hacer eso sin problema. ¿Nos vamos ya, entonces?
Draco negó con la cabeza.
—No, vamos primero a poner protecciones en la casa. No podría estar tranquilo sabiendo que Teddy, mi madre y Andrómeda están aquí solos y el idiota de Enescu podría regresar en cual…
Draco se vio interrumpido porque, repentinamente, Harry dio un paso hacia él y lo tomó suavemente de las mejillas. Se le quedó viendo con ojos brillantes y Draco se quedó quieto, emocionado, esperando por ver qué hacía el otro.
—Me encanta cuando te pones en plan de "mamá dragona", todo bravo y dispuesto a lo que sea por defender a tu familia —dijo Harry en voz baja. Draco quiso poner los ojos en blanco, pero sabía bien que Harry no estaba burlándose de él. Sabía bien que el moreno lo decía totalmente en serio—. Esa lealtad Slytherin tan tuya me excita con ganas —añadió con voz ronca.
Draco bajó los ojos y soltó un resoplido de risa.
—Eres un idiota, Potter.
Harry asintió.
—Sí, así es. Pero es tu culpa, eres tú quien me tiene así de idiota —susurró y Draco volvió a verlo a los ojos, sin saber en absoluto qué decir para restarle seriedad al momento. Harry continuó diciendo—: No tienes idea de lo mucho que te admiro y… Y ya que estamos, déjame darte las gracias por las dos veces en las que me salvaste la vida. Por otra parte, no puedo explicarte cómo me alegro de verte con bien. Allá en el bosque, cuando salí volando tras el piasa para buscarte… En más de una ocasión pensé que… te había perdido para siempre, y… Y no sabes lo devastado que me sentí.
Draco sintió que los ojos se le humedecían: no podía creer que por fin eso estuviese pasando. Pensó en decir algo, pero, entonces, Harry bajó su rostro y, antes de que Draco pudiera reaccionar, el moreno depositó su boca sobre la suya y comenzó a besarlo con una suavidad y un cariño que provocó que todos y cada uno de los pelitos de su cuerpo se erizaran con placer.
Gimoteó con aprobación y tomó a Harry del cabello. Sintió a Harry sonreír dentro del beso y, después de unos segundos, los dos abrieron sus bocas y permitieron que sus lenguas se encontraran entre sus labios.
Se besaron así durante un par de minutos y Draco pensó que iba a estallar de la felicidad: no podía creer que después de tanto, de haber pensado que había perdido a Harry para siempre y que éste nunca le correspondería, ahora estuvieran así, sabiendo lo que ambos sentían el uno por el otro, con todo un camino abierto ante ellos, con un millón de posibilidades de estar juntos y que, por fin, todo estuviese saliendo bien. Recordó cada ocasión en que la gente los había llamado "novios" y el modo en que ni él ni Harry lo habían negado: simplemente, lo habían aceptado de manera natural. Pensó en Andrómeda sospechándolo todo, en Enescu muerto de celos por ellos dos juntos, en Narcisa dándose cuenta de lo que pasaba apenas al verlos interactuar en el mismo salón.
A Draco le costaba creer que Harry estuviera enamorándose de él, pues habían convivido tan poco tiempo, pero, por todos los dioses, no iba a ponerse quisquilloso con eso.
Aquel pequeño y casi casto beso que Harry estaba dándole en ese momento no tenía nada que ver con los besos que el moreno le había dado la noche de Navidad en su loft; aquellos habían sido sólo lujuria y falta de compromiso. Este beso, en cambio, era cariño, aprecio y agradecimiento, y, todavía mucho más allá, era una dulce promesa llena de posibilidades y sentimiento.
Después de unos momentos más, justo cuando las cosas ya estaban acalorándose y Draco estaba empezando a considerar muy seriamente encerrarse con Harry en alguna habitación, éste dejó de besarlo. Renuente a separarse, se quedó pegado a él y apoyó su frente contra la de Draco. Se quedaron así algunos momentos, jadeando y tocándose. Harry acariciaba sus mejillas con los pulgares y Draco le peinaba su sedoso cabello negro con los dedos.
—Draco… —masculló Harry entonces—, no sé qué pienses tú, pero yo creo que ambos tenemos muchas cosas de que hablar, mucho que aclarar. ¿Podemos…? Quiero decir, ¿tú estás interesado en… en hablar conmigo?
Draco sonrió. Hablar. Sí, claro.
Asintió mientras respondía.
—Por supuesto que estoy interesado, Harry, y sí, sé que tenemos mucho que aclarar. Pero primero, lo primero. Vamos a tu apartamento, hagamos todo lo necesario para coger a Enescu y entonces, ya más tranquilos sabiendo que ese imbécil no anda suelto amenazando a nuestra familia, hablaremos largo y tendido.
Harry movió la cabeza hacia atrás y miró a Draco a los ojos.
—¿A nuestra… familia? —le preguntó en un tono extrañado pero divertido.
Draco abrió mucho los ojos. Carajo, debía tener más cuidado con lo que decía.
—Quiero decir, a nuestras familias. Porque tú consideras a Teddy y a Andrómeda como tu familia, ¿o me equivoco?
Harry no respondió. Suspiró y le sonrió de un modo enigmático que Draco no comprendió.
—Coloquemos las protecciones en la casa, entonces. Quiero terminar con esto cuanto antes.
De ese modo, entre los dos aplicaron cada encantamiento y hechizo de protección que pudieron recordar y, sintiéndose satisfechos, Harry lo tomó gentil pero firme de un brazo y se lo llevó junto con él en una desaparición conjunta.
La serpiente negra iba acompañándolos (Draco todavía no podía aprenderse el nombre, o no quería hacerlo, la verdad fuese dicha) porque Andrómeda así se los pidió. No quería tener aquel bicho en el rancho si no estaba Harry por ahí para supervisarlo.
Draco nunca lo aceptaría en voz alta, pero la verdad era que estaba comenzando a encariñarse con aquel reptil. No dejaba de maravillarle el hecho de que, tanto él como Harry, estaban vivos gracias a que esa serpiente había decidido acercarse a ellos; además, parecía querer tanto a Harry que resultaba enternecedor. El color de la serpiente era del mismo negro azabache que el cabello de Harry, y cuando ella se enroscaba alrededor de su cuello, ambos ofrecían un espectáculo impactante, como si ella fuera un accesorio de moda de carne y hueso magnificando el ya de por sí buen ver de aquel hombre guapísimo.
Se aparecieron en un apartamento pequeño muy poco decorado, bastante frío e impersonal, cuyo único valor parecía ser la chimenea en el salón y el barrio en el que estaba ubicado. Draco echó un vistazo por la ventana y admiró una calle cubierta por la nieve de alguna tormenta reciente. Se notaba que ahí nevaba con ganas: los vehículos muggles estacionados junto a la acera estaban cubiertos hasta el tope. Todavía no eran las cinco de la tarde pero ya estaba oscureciendo; las farolas emitían una débil luz naranja que iluminaba a las pocas personas que se atrevían a caminar por ahí.
La serpiente negra siseó y se bajó de Harry a toda prisa. Se alejó en actitud enojada hacia el interior del apartamento, perdiéndose de vista.
—Creo que no le gustó la sensación de la aparición… y no la culpo —dijo Harry con una sonrisa mientras caminaba a su chimenea y la encendía con magia. Notó a Draco admirando la nieve de afuera y comentó—: El clima aquí es horrible. Y dicen que es peor en el verano: me informé y parece que el calor y la humedad se vuelven insoportables. No entiendo cómo la gente aguanta vivir en un sitio que pasa de ser un congelador a ser un infierno.
Draco no dijo nada. De repente se acordó del deprimente hecho de que Harry estaba ahora trabajando ahí, en América. Por alguna razón se había negado a pensar en eso, pero era una realidad que, tarde o temprano, él tendría que volver a Europa dejando a Harry atrás. Se preguntó si acaso no sería ese el tema que Harry deseaba tratar con él. Quizá iba a decirle que sí, que sí gustaba mucho de Draco, pero que lo suyo no podía ser, que él tenía un compromiso en ese país y no podía involucrarse en una relación a larga distancia con él.
Aquella idea lo descorazonó por completo.
Suspiró y trató de olvidarse de eso al menos por el momento. Harry ya estaba estableciendo comunicación con la casa de Granger y Weasley. Como allá en Inglaterra ya era de noche, los encontró a ambos en su casa. Rápida y brevemente, les contó lo que había sucedido y, tal como Draco había imaginado, ambos se quedaron muy indignados contra Enescu pero también algo desconcertados ante la novedosa "amistad" entre Draco y Harry.
Draco, quien se había quedado parado junto a la ventana en un ángulo que impedía que Granger y Weasley lo vieran, fue testigo de toda la conversación sin que los otros dos se dieran cuenta de que estaba ahí escuchando. Harry terminó de contarles todo (omitiendo la parte del beso que recién le había dado a Draco en el rancho), y Ron Weasley, después de boquear durante unos segundos, dijo:
—A ver, Harry… Un momento, por favor. Te hemos dejado hablar sin interrupciones porque, bueno, la historia era buena, pero ahora… Vayamos por partes y aclaremos algunos puntos, ¿quieres? —Harry asintió y Weasley comenzó a recapitular—: Malfoy fue a Texas, se llevó a Teddy con él y tú, como buen padrino, fuiste a visitarlo. Hasta ahí comprendo bien. Pero luego, se largaron a una excursión a un bosque embrujado donde un pretendiente de Malfoy trató de asesinarte a ti DOS VECES porque pensó que, por tu culpa, Malfoy no iba a casarse con él. ¿Vamos bien?
—Bueno, eso no es del todo preciso. El segundo intento de asesinato no fue en el bosque, sino en mi cuarto del rancho, donde…
Weasley interrumpió a Harry con un grito medio histérico:
—¡Ese no es el punto, Harry! ¡El punto es, ¿por qué un pretendiente del hurón podría pensar que tú estás tan interesado en Malfoy, o éste en ti, como para atentar contra tu vida para quitarte del camino?!
Draco sonrió mucho, gozando de lo lindo de la estupefacción de Weasley y del apuro de Harry. Encontró estúpidamente reconfortante el hecho de que Harry no negara ante sus amigos que, quizá, entre él y Draco había algo. Estiró el cuello para ver las caras de las dos personas en la chimenea y notó que Granger ponía los ojos en blanco.
—Mira, Ron —dijo ella—, no hay tiempo de preguntar esas cosas. ¡Concéntrate en lo urgente, ¿quieres?!
Weasley se giró hacia su mujer y la miró con incredulidad.
—Hermione, perdona, pero creo que esto es bastante importante. ¿O sea, hay un mago demente suelto por el mundo que quiere matar a Harry por culpa de Malfoy, y no crees que el motivo es importante?
Granger se giró a ver a su marido con gesto furioso.
—¡Malfoy no tiene la culpa! ¡Él es tan víctima como Harry y las víctimas jamás son responsables de las acciones de sus agresores! ¿Y no escuchaste lo que Harry acaba de contarnos? ¡Malfoy lo salvó del dragón, a riesgo de su propia vida!
—¡Exactamente a eso es a lo que me refiero! —alegó Weasley, cada vez más indignado—. ¿Draco Malfoy, el bastardo egocéntrico que le hizo la vida imposible en el colegio, arriesgándose por él? ¿No le encuentras lo raro por todas partes? ¿ACASO NO HACE SONAR TODAS TUS ALARMAS?
Harry intentaba calmar a sus insufribles amigos mientras Draco se reía entre dientes. Aquellos dos eran tan predecibles.
—Chicos, chicos, esperen, por favor, ¿podemos concentrarnos en el punto?
—¡Por supuesto, Harry! —dijo Granger, volviéndose hacia él después de echarle una mirada furibunda a Weasley—. Me preocupa mucho que este mago ande en fuga. ¿Han pensado en ir a las oficinas de MACUSA a levantar una denuncia? ¿Hay algo en lo que podamos ayudarlos?
—Me alegro de que lo preguntes, Granger —dijo Draco entonces, caminando hacia la chimenea y entrando en el campo visual de aquellos dos—, porque, de hecho, justamente necesitamos algo de ti.
Granger y Weasley se quedaron de piedra mirando a Draco. Harry se sonrojó y murmuró algo de que iba a la cocina a preparar té. Se escabulló y dejó a Draco a solas frente a la chimenea.
—Po-por supuesto, Malfoy —tartamudeó la bruja, recuperándose rápidamente mientras Weasley continuaba con la boca abierta—. Mm, por cierto, me alegro de verte otra vez. ¿Cómo estás? —Sacudió la cabeza—. Oh, lo siento, qué pregunta más tonta. Harry acaba de contarnos todo lo que les ha pasado. Eh… Me da gusto que, a pesar de todo eso, ambos estén bien. Por cierto… Muchas gracias por ayudar a Harry con el dragón y también cuando se estaba asfixiando —añadió, suavizando el tono y la mirada.
—Malfoy, ¿qué haces tú a solas con Harry en su apartamento? —espetó Weasley comenzando a fruncir el ceño. Draco lo miró y le sonrió malévolo.
—Weasley, te aseguro que no quieres saber. Granger, volviendo a lo nuestro: no tienes que agradecer. Potter también hizo lo suyo: fue él quien voló en un palo mágico para encontrarme en el bosque, gracias a lo cual no morí desangrado.
—Oh —dijo Granger, asombrándose. Harry no les había contado eso. Simplemente les había dicho que "habían hallado a Malfoy en el bosque", sin entrar en detalles. Ella y su marido intercambiaron una mirada. Weasley la observó como diciéndole "Te lo dije"—. Oh. Bueno… y, ¿cómo podemos colaborar para ayudarles a atrapar a este lunático?
—Necesito un objeto que guardo en mi oficina. Mi secretaria te lo entregará, yo le avisaré que lo haga. Una vez que lo tengas contigo, necesito que me lo envíes lo más rápido posible. Estaba pensando que quizá sea más eficiente usar el servicio de paquetería muggle en su modalidad de urgente. Tengo entendido que envían las cosas en sus vehículos enormes que navegan por el aire.
Granger sonrió.
—Aviones. Sí, sí, tienes razón. Lamentablemente, no hay nada mágico tan rápido para atravesar el océano como los aviones, exceptuando un traslador —comentó y frunció el ceño.
—Así es. El problema es que es una reliquia muy antigua impregnada de un gran poder de magia oscura —dijo Draco como si tal cosa—. Voy a necesitar que apliques confundus a los empleados que te atiendan, o uses tus influencias ministeriales, lo que sea de tu preferencia, porque no estoy muy seguro de que sea algo que puedas sacar del país. Lo que tengas que hacer con tal de poder enviármelo.
Granger asintió.
—De acuerdo. Voy a… voy a revisar las diferentes opciones para ver qué resulta más conveniente. ¿Algo más?
—No, no creo. Ya con ese cuenco en mi poder, conseguiré averiguar en dónde se esconde Enescu. Será sencillo entonces mandar a los aurores americanos a por él —mintió y les dedicó una gran sonrisa—. Voy a hablar con mi secretaria ahora mismo para que regrese a la oficina a buscar el objeto. Ponte de acuerdo con ella para recogerlo, por favor. Su nombre es Ethel Collins.
Granger asintió. Weasley empujó un poco a su mujer para hacerse notar por Draco y comenzó a decir:
—Malfoy, te lo advierto, más te vale que n…
—Oh cielos, he dejado de escucharlos, creo que se está perdiendo la señal. ¿Estarán atravesando algún túnel? Bueno, menos mal que ya habíamos terminado. ¡Buenas noches! —exclamó Draco con una enorme sonrisa de burla y, usando su varita, cortó la comunicación.
Se quedó soltando risitas ahí en medio de la sala, cuando Harry regresó con dos tazas humeantes en la mano.
—Ah, ¿ya han terminado con la llamada? Eso fue rápido. ¿Gustas un té?
Draco soltó un resoplido.
—Valiente Gryffindor que eres. Apenas las cosas se ponen incómodas con tus amigos, tú sales huyendo.
Harry bajó la mirada y no sonrió. La alegría de Draco volvió a desinflarse como globo pinchado. Se le ocurrió de repente que quizá Harry no les había querido dar detalles a sus amigos porque, en el fondo, no planeaba comenzar ningún tipo de relación con Draco, sintiera lo que sintiera por él.
—Ya habrá tiempo más adelante para charlar con ellos —fue la respuesta (demasiado) seria de Harry. Caminó hacia el centro del salón y dejó las tazas en la mesita ratonera.
Draco decidió dejar el tema por la paz.
—Potter, yo… Necesito un teléfono para avisar a mi secretaria que Granger va a buscarla.
—Oh. Aquí hay uno en el apartamento. Allá en la cocina, junto al refrigerador.
—De acuerdo. No tardo.
Sin agregar más y evitando ver a Harry a la cara, fue a hacer la llamada.
Harry se sentó y esperó en aquella sala que hubiese sido testigo de su miseria apenas tres noches atrás, cuando había usado esa misma chimenea para hablar con Draco y éste le había dicho que, por él, podía quedarse en América el resto de su vida, sin problema.
Esas palabras todavía le quemaban como ácido, tanto en el orgullo como en el alma.
Regresar a ese apartamento era como echarle sal a esas heridas. Frunció el ceño, preguntándose por qué Draco habría actuado así aquella vez. No tenía sentido porque, apenas unas horas antes, había besado a Harry en el Ministerio y le había anunciado que, si quería más de eso, ya sabía donde podía encontrarlo.
Draco era el ser humano más fascinante que había conocido, pero vaya que le costaba entenderlo. A veces, Harry lo sentía casi como enamorado de él, y otras veces, lo percibía lejano e indiferente, como si lo odiase o no sintiese nada en absoluto. Pero durante las últimas horas había sido diferente y todo había cambiado entre ellos dos, Harry tenía que reconocerlo.
Para empezar, Draco lo había defendido del acoso de Enescu, había coqueteado con él, le había soltado insinuaciones. Ni hablar del hecho de que se había metido entre el piasa y él, salvándolo, probablemente, de que el dragón lo hiciese pedazos. Ese acto, sumado a las palabras que se le habían salido a Draco cuando estaba ardiendo en fiebre, eran por sí solos pruebas suficientes de que, sin duda alguna, Draco tenía muchos sentimientos por él.
(Aunque estaba aquel misterioso nombre que se le había escapado: Eltanin. Harry se moría de la curiosidad por saber quién podría ser.)
Y como si todo eso fuera poco, estaban también los kikapú, quienes habían establecido por su propia cuenta que Draco y Harry eran novios y se dirigían a ellos como tales, y Harry había descubierto, completamente incrédulo, que a Draco no parecía molestarle y que no movía un dedo por corregir aquella afirmación. Luego, estaba el detalle de que se refería a "su familia" como si incluyera a Harry dentro de la misma, cuestión que a Harry no dejaba de maravillarle. Tampoco había intentado rebatir lo dicho por Andrómeda a su propia madre y, por lo que Harry pudo alcanzar a comprender, le pareció que Draco aceptaba ante Narcisa que, en efecto, entre él y Harry había algo de lo que iban a hablar después.
Hablar después. Ese parecía ser el meollo de todo el asunto, ¿no? Porque luego, Harry se había atrevido a besar a Draco antes de dejar el rancho y éste había aceptado el acercamiento de muy buen talante, además de que acordó hablar con Harry cuando todo eso acabase.
Era esa charla pendiente con Draco lo que estaba volviendo loco de nervios a Harry: sentía que un millón de cosas podían salir mal. ¿Cómo demonios iba a tocar el tema de su anécdota en el baño de Myrtle? Oh sí, Draco, y hablando de cosas que tú y yo tenemos en común, ¿recuerdas al imbécil que te hizo esas cicatrices? Bueno, pues resulta que está jodidamente arrepentido y no sabe cómo pedirte perdón y mucho menos sabe si tú podrás dejarlo atrás.
Además, estaba el asunto de su trabajo perdido. No le había contado todavía a nadie que la mañana del jueves había renunciado a su puesto en MACUSA porque no deseaba que Draco sintiese que lo había hecho como una manera de presionarlo para tener una relación con él. Harry ni siquiera había tomado esa decisión pensando en Draco (pues en aquel momento, había creído que Draco lo odiaba y andaba con Enescu), sino porque realmente detestaba aquella labor, aquella ciudad y aquella gente, y anhelaba con todo su corazón regresar a casa con Teddy y todos sus demás seres queridos.
Y ahora… ahora, la posibilidad de que él y Draco pudieran tener algo, sólo confirmaba que su decisión había sido la acertada. Sólo… Sólo esperaba que Draco no se sintiera avergonzado de tener un ¿novio? desempleado, realmente estar sin trabajo no le parecía a Harry el mejor momento de nadie para cortejar a un heredero multimillonario...
Se frotó la cara con una mano y escuchó un siseo. Mahkate estaba delante de él, parecía que ya se le había pasado el enojo. Harry le sonrió.
—¿Vamos a quedarnos aquí un buen rato? —preguntó ella—. Porque tengo hambre y olisqueé ratones en las alacenas de la cocina. ¡Me voy de caza, adiós! —le informó y se alejó reptando alegremente.
—¿Para qué haces preguntas si de todas formas terminas haciendo lo que quieres? —le reclamó Harry, pero Mahkate lo ignoró. La serpiente se encontró con Draco, quien venía de regreso a la sala. Éste la miró pasar.
—¿Por qué va tan feliz?
—Dice que encontró ratones en la cocina. Seguro la muy glotona piensa que va a darse un banquete —dijo Harry, con los ojos clavados en sus botas, pensando en cómo comenzar a hablar con Draco de todo aquello que lo estaba atormentando.
Los dos se quedaron en silencio un momento, y entonces, Draco carraspeó bajito y le dijo:
—Bueno… Yo ya dejé todo listo para que Granger pueda recoger lo que necesito que me envíe y… —Suspiró entrecortadamente—. Creí que tal vez querrías regresar de inmediato a Texas, así que venía a decirte que ya podíamos irnos, pero… Pero si la Negra apenas va a cazar… No lo sé, podríamos darle un rato. ¿No lo crees? Quedarnos aquí... a esperarla. Tal vez salir a cenar. ¿Conoces algún buen restaurante en esta ciudad? Qué tontería, tú, por supuesto, no vas a conocer nada que valga la pena, ni para qué perder el tiempo preguntándote. Pero podemos buscar algo. Y… Podríamos… podríamos aprovechar para… ¿hablar?
Harry elevó la cabeza y miró a Draco, sin poder creer en lo que acababa de escuchar. No en las palabras dichas, no en la semántica de las mismas, sino en la pragmática, en el tono, en su timbre vacilante, en lo que Draco realmente estaba diciéndole sin decir.
Había sonado tan inseguro, tan nervioso, tan… casi, casi asustado, y Harry no podía haberse sentido más conmovido en toda su vida como lo estaba en ese momento. Se dio cuenta de que Draco se sentía exactamente igual que él e incluso peor.
Y eso fue todo lo que necesitó para decidirse.
Se levantó del sofá y caminó directo hacia el otro, quien sólo lo miró venir con los ojos muy abiertos, incierto de lo que Harry iba a hacer.
—Draco —suspiró su nombre casi por el puro placer de pronunciarlo. Se detuvo justo frente a él, separado apenas por unos centímetros. Draco parecía haberse quedado sin habla.
Si alguien alguna vez le hubiera dicho a Harry que el mismo Draco Malfoy en persona estaba destinado a despertar en él una ternura así...
—¿Sí-sí?
Harry le sonrió de lado.
—Sé que tenemos mucho de qué hablar, pero lo único que voy a decirte en este momento es lo siguiente: he renunciado a mi trabajo aquí en Estados Unidos. Voy a regresar a Inglaterra. Con Teddy, con mis amigos. Con… Contigo. Lamentablemente, eso significa que hoy día no soy más que un simple mago desempleado. Por supuesto, pienso buscar un nuevo puesto en el equipo que quiera contratarme, pero mientras eso pasa...
A Harry no le pasó desapercibido que, con cada palabra que le comunicaba a Draco, éste abría más y más los ojos y dibujaba una sonrisa en sus labios.
Una sonrisa.
Harry sonrió también, aliviado.
—¿En serio? —preguntó Draco, incrédulo—. ¿En serio renunciaste? Pe-pero… En la prensa anunciaban que era el trabajo soñado para cualquier veterano del quidditch.
—Para un veterano de cien años de edad, seguramente. Créeme, era un trabajo espantoso. Me habría muerto de aburrimiento y depresión a la segunda semana, sin duda alguna. Te juro que no vale la millonada que iban a pagarme. Iba a ser dinero directo a ser gastado en mi entierro.
Draco resopló de risa y confort.
—Van a demandarte, Potter. Si no te consigo un buen abogado, van a quitarte hasta los calcetines.
Harry se encogió de hombros, manifestando lo poco que le importaba.
—Pagaré el precio que sea. Venir hasta acá lo único que me ha enseñado es que no vale la pena renunciar a lo que se ama por dinero.
Draco parecía demasiado feliz por la noticia y eso hacía sonreír a Harry sin que pudiera evitarlo.
—Como sea, podemos darles pelea. Alegar que no era el trabajo que te habían prometido o algo así. Tendrás que dejarme ayudarte.
—Claro. Gracias.
Se quedaron un par de segundos viéndose a los ojos y, finalmente, Draco agregó en voz baja:
—Creo que… creo que no me habían dado una mejor noticia desde que supe que ibas a dedicarte al quidditch profesional porque eso significaba que podría admirarte a placer mientras te veía volar y jugar.
Harry sonrió tanto que le dolió la cara. Sí, era cierto que ellos dos aún tenían montones de temas importantes y delicados de los cuales hablar, pero… ya habría tiempo para eso. Mientras…
Mientras…
No supo si fue él o fue Draco quien finalmente venció la pequeña distancia que todavía los separaba; quizá, fueron los dos al mismo tiempo. El punto fue que se abalanzaron el uno sobre el otro y se fundieron en un beso ansioso y desesperado que quedaba a kilómetros de distancia del beso tierno y casi virginal que se habían dado hacía unas horas. Draco gimió con algo que parecía alivio y lujuria, lo aferró de la ropa casi rompiéndosela y Harry no pudo aguantarse más.
Mientras le comía la boca a Draco, comenzó a desvestirlo a toda prisa. Le quitó el abrigo, lo arrojó a un lado, y continuó con su elegante y costoso traje muggle. Draco permitió todo eso y le ayudó: entre los dos, pronto, sin dejar de besarse, lo tuvieron sin nada encima en su parte superior.
Harry miró de reojo las cicatrices en el pecho de Draco y apartó la vista. Le costaba tanto encarar la peor de sus obras, todavía no se sentía listo… todavía no.
Evitando mirar directamente hacia ellas, se dejó caer de rodillas enfrente de Draco y, ante los jadeos de asombro emitidos por éste, Harry cerró los ojos y mordisqueó y besó su erección aun por encima de sus pantalones cerrados. En respuesta, Draco gimoteó y lo tomó del cabello.
Harry, intentando no apresurarse pero fallando estrepitosamente, empezó a abrirle el pantalón. Se lo bajó junto a los calzoncillos. Las prendas se le enredaron a Draco en las pantorrillas y, mientras Harry regresaba su atención a su pene erecto, dándole largas lamidas y chupando la leve humedad ya presente ahí, Draco perdió el equilibrio y cayó sentado en uno de los sofás del salón.
Harry soltó risitas y se arrastró de rodillas sobre la alfombra para alcanzarlo. Draco lo vio venir y le sonrió depredador. Dios, se veía tan sensual, con su rubio cabello revuelto, su habitualmente pálida piel sonrojada por la excitación, casi completamente desnudo a excepción de la ropa enredada en sus piernas y su erección erguida y goteante esperando por él.
La chimenea continuaba crepitando suavemente, y eso y los jadeos de los dos hombres, era el único ruido que se escuchaba en la habitación, la cual estaba sólo iluminada por el fuego del hogar.
Harry le quitó los zapatos y toda la ropa a Draco, dejándolo completamente desnudo. Sin quitarle los ojos de encima, sin dejar de disfrutar el momento previo a todo, Harry se puso de pie y comenzó a quitarse su ropa a toda velocidad. Sus ojos parecían haberse quedado prendados en la figura de Draco y, Draco, a su vez, fue dejando de sonreír presuntuoso conforme Harry se desnudaba: era como si cada pedazo de piel expuesto de Harry fuera dominándole el ánimo, alejándolo del sarcasmo y de cualquier rastro de burla para dejarlo gobernado por puro deseo vasto y desgarrador.
Los ojos grises relampagueaban como plata líquida cuando finalmente Harry terminó de quitarse todo.
Draco pasó saliva y continuó esperando, sin decir nada, las pupilas dilatadas y los labios entreabiertos. Una mano se movió hacia Harry, casi imperceptiblemente, rogándole que se acercara a él.
Y oh, no había nada que Harry deseara más en el mundo que eso. Se arrodilló de nuevo entre las piernas de Draco, mirándolo a los ojos, tomándole las rodillas con cada mano y empujando para abrirlas más. Draco llevó aquella mano suplicante hacia su cabello y aferró los mechones negros entre sus dedos.
—Harry…
Harry cerró los ojos y lamió la punta de la erección de Draco, limpiando, haciendo que Draco siseara y apretara los músculos. Se devoró aquel miembro y chupó lento y tortuoso, diciéndole con aquellos actos (deseando decirle) lo mucho que lo quería y cómo deseaba besar cada rincón de su cuerpo.
Y así, con Draco sentado en el sofá y Harry arrodillado sobre el suelo entre sus piernas abiertas, éste lamió y chupó hasta que sintió el miembro de Draco lo más duro posible, y quitó su boca, provocando que el rubio gimiera con desencanto. Le acarició los muslos con las manos de modo ardiente, cerró los ojos bien apretados, respiró hondo para darse valor, y entonces, abrió los ojos y miró hacia el torso de Draco.
Pasó saliva y los ojos se le llenaron de lágrimas. Obligando a sus manos a moverse, llevó sus dedos temblorosos hasta aquellas líneas anchas, largas y blanquecinas que habían marcado la anteriormente incólume piel.
De haber sabido… si hubiera sabido.
El tacto de las cicatrices bajo sus dedos era extraordinario. Draco siseó y Harry elevó sus ojos hacia él.
—¿Te… te duele?
Draco negó con la cabeza sin dejar de observar a Harry con gesto embelesado, como si… como si aquello fuera algo que le gustara demasiado, algo que hubiese estado anhelando. Parecía estar completamente maravillado.
Harry, a punto del llanto, todavía arrodillado en el suelo, se inclinó hacia delante y le dio un beso suave a la cicatriz más inferior, una que atravesaba el ombligo de Draco. Éste volvió a sisear, apretó el agarre en el cabello negro y elevó las caderas hacia Harry, buscándolo. Harry pudo sentir la erección húmeda de Draco frotándose contra su propio pecho mientras él comenzaba a llenar de besos delicados y pequeños el estómago y el pecho del rubio.
No cesó hasta que hubo terminado de besar cada línea, huella e impresión de su obstinada terquedad adolescente que lo había vuelto arrogante y lo había empujado a probar una maldición cuyos efectos ignoraba. Había sido tan, tan, tan tonto…
—Perdóname —susurró al tiempo que enterraba su cara en el cuello de Draco y usaba sus brazos para rodear su espalda y acercarlo completamente a él. Draco le correspondió el abrazo: lo estrechó firmemente y, sin dejar de acariciarle el pelo, murmuró junto a su oído con voz dulce:
—Hace siglos que lo hice. Y necesito decirte, Harry Potter, que tú no tienes la culpa. Sé muy bien, perfectamente bien, que si yo no te hubiera atacado primero, tú jamás me habrías hecho esto.
Harry soltó un sollozo y se aferró más a Draco. Quería creer eso, necesitaba creerlo.
Draco le acarició la espalda y el cabello con movimientos suaves hasta que Harry consiguió tranquilizarse. Después de un minuto o dos, Harry, respirando hondo y sintiéndose perdonado y más libre que nunca, comenzó a percibir que de nuevo la excitación dominaba su ánimo. Empezó a besar y a morder el cuello de Draco.
Lo sintió soltar una risita que no duró mucho. Harry se inclinó más hacia Draco, devorándole la piel, acariciando todo lo que alcanzaba a acariciar con las manos. Draco inclinó la cabeza hacia el lado contrario para darle más espacio, se arqueó contra Harry y gimoteó. Bajó sus manos por la espalda del moreno y acarició su trasero con lasciva, rozando con sus dedos la suave y arrugada piel de su entrada. Tiró de él como pidiéndole que se acercara más: Harry continuaba hincado sobre el suelo y era una postura un tanto complicada.
—Harry, oh dios, Harry...
Harry se separó de Draco y se incorporó. Ante la mirada ardiente del otro, quien todavía seguía sentado en el sofá, Harry se abalanzó sobre él y comenzó a besarlo en la boca como si no hubiese un mañana al mismo tiempo que se sentaba encima a horcajadas, una rodilla a cada lado de los muslos de Draco, empujándose hacia delante, frotando su necesitada erección contra la del rubio.
Draco emitió un sonido contra sus labios que fue casi como llanto. Harry buscó a ciegas y a tientas su erección y la de Draco, las cuales estaban alineadas una contra la otra, las aferró a ambas, juntas, apretadas, piel aterciopelada, ardiente y mojada, y comenzó a acariciarlas con frenesí.
Draco y él empujándose, besándose en la boca con fiereza, mordiéndose labios y lengua, gimoteando y devorando cada quejido y sollozo que emitía el otro y, finalmente, corriéndose casi juntos. Fue Draco quien se derramó primero, rasguñando la espalda de Harry quizá hasta sacarle sangre, y Harry, al sentir su viscosa y caliente esencia empapando su mano y su erección, también se dejó caer.
Ese orgasmo fue lo mejor que había sentido en días. Fue liberador, puro y catártico. Llevó sus dos manos al pecho de Draco, el cual estaba embarrado del semen de los dos, y lo acarició gentil y amorosamente mientras ambos jadeaban y luchaban por recuperar la respiración.
Draco bajó el rostro y apoyó su frente contra la de Harry. Tenía lágrimas mojándole las mejillas.
—Draco, yo…
Draco negó con la cabeza, interrumpiéndolo. Harry comprendió. Sonrió un poco y se silenció.
Las caricias y los besos que ambos se prodigaron durante minutos completos después de eso, fue la más elocuente expresión de sus sentimientos.
