20

Cambios

Admito que desde que abandoné la secundaria no había vuelto a hacer algo como lo que estaba haciendo. Los días en los que solía reunirme con las chicas de mi equipo de animadoras para hacernos todo tipo de tratamientos de belleza caseros, quedaron muy lejos de mi vida. En la Universidad, mi única relación con las compañeras de clase era la de quedar todos los miércoles a las 11 en la cafetería del campus. Nunca tuve salidas con ellas, ni tampoco parecían hacerlo ellas sin mi presencia. Solo cuando me invitaban a alguna fiesta y poco más. Pero verme tumbada en el sofá con diez algodoncillos separando mis dedos de los pies, mientras Rachel se esmeraba en pintar mis uñas, me hizo regresar a esa época adolescente.

Después de haber dormido casi 12 horas, Rachel dio señales de vida a las 11 de la mañana, cuando yo ya empezaba a prepararle el almuerzo en vez del desayuno. Y lo hizo sin muchas expectativas para aquel día, más que la de descansar y vagar por el apartamento sin hacer absolutamente nada. Solo ver la televisión, leer o dormir.

Fue el café de la tarde lo que la logró despertar mientras yo me dedicaba a navegar por las Redes Sociales en busca de algo que me distrajese. Tuvo la genial idea de aprovechar el tiempo con algo de lo que pudiésemos sacar beneficio, y una sesión de manicura, pedicura y un tratamiento facial era perfecto. Cuando quise darme cuenta, Rachel me preparaba y pintaba las uñas, tanto la de las manos como las de los pies, y me había untado una densa y perfumada mascarilla blanca en la cara, después de obligarme a dejar que los vapores del té verde me abriesen los poros de mi piel. Por supuesto, todo aquel ritual ya lo había llevado a cabo ella misma antes que yo. De hecho, exigí ver que no provocaba daño colateral alguno que me perjudicase antes de aceptarlo en mi propio rostro.

Y lo cierto es que la sensación que me provocaba, más allá de lo molesto que era soportar la tirantez en la piel, no estuvo nada mal.

—¿Te han dicho alguna vez que tienes unas manos muy bonitas? —me dijo cuándo se esmeraba en pintar mi dedo meñique del pie.

—¿Y a ti te han dicho alguna vez que lo que estás viendo ahora mismo son mis pies, no mis manos? —bromeé, y ella me regaló una desafiante mirada. Bueno, mejor dicho, lo intentó, porque su mirada fue de todo menos desafiante.

—Ya lo sé —masculló regresando a mis pies.

—Entonces. ¿Por qué me hablas de las manos cuando me estás mirando los pies?

—Porque me he acordado, que se yo… ¿No puedo decirte un cumplido sin que le saques un por qué?

—Ok, está bien…Aceptaré tu cumplido —repliqué sin perder la diversión—. Gracias.

—Las mías no son tan bonitas.

—No son feas.

—Exacto, no son feas, pero tampoco son bonitas.

—Rachel, son manos normales y corrientes para alguien como tú. Igual que las mías, de hecho…Yo debería cuidármelas más.

—Están perfectas, y más ahora con este esmalte. No sé cómo lo haces para que todo, absolutamente todo te quede bien —dijo mostrando una disconformidad que lejos de molestarme me provocó risa—. Eres el sueño de cualquier diseñador, maquillador o peluquero que quiera lucir su trabajo. Y lo peor es que ni siquiera necesitas de ellos para estar bien. No hay derecho —se quejó tratando de contener la risa que también parecía invadirla a ella.

—Rachel…

—¿Sí? —alzó la mirada para cuestionarme, y aunque yo ya sabía lo que quería preguntarle, no creí que mi rostro enmascarado pudiese reflejar lo que pensaba. Sin embargo, noté como el suyo recuperaba una seriedad que no había tenido en todo el día mientras esperaba a que hablase.

—Verás, es probable que te moleste lo que te voy a preguntar, pero es algo que, desde ayer, no paro de darle vueltas en la cabeza. Porque, porque creo que está relacionado con lo que sucedió y…

—No —respondió interrumpiéndome, y confundiéndome a más no poder.

—¿No qué?

—No. No estaba pensando en ti, si es lo que crees.

Juro que intenté encontrarle sentido a aquella respuesta a una pregunta que ni siquiera le había hecho, pero o yo estaba completamente fuera de lugar y no comprendía nada, o bien la mascarilla de mi cara y los vapores del té verde me habían provocado alguna extraña confusión que me hacía perder el hilo de la conversación.

—¿De qué hablas, Rachel?

—Te estabas preguntando si yo pensaba en ti cuando…—Se detuvo, y lo hizo sin dejar de mirarme y mostrando un halo de confusión que solo se podía equiparar al mío. Si es que la mascarilla me dejaba mostrarlo, claro— Ok. ¿Qué estabas preguntándote? —añadió esquivándome la mirada en contadas ocasiones.

—Estaba preguntándome si realmente eres tú quien le está dando el dinero a Santana para que pague mis gastos.

Pálida. Pero no por malestar, sino por una extraña tranquilidad que pareció acusarla de repente obligándola incluso a soltar un suspiro o, mejor dicho, un resoplido que sacudía toda esa presión extraña fuera de ella.

—Oh dios. ¿Es eso?

—Eh…Sí. ¿Qué pensabas que era?

—No, nada…Nada. Creo que el olor de la quita esmaltes me está afectando —se excusó dejando el pinta uñas sobre la mesita, y abandonando su posición junto a mis pies para dirigirse hacia la cocina, donde se sirvió un vaso de agua que tomó casi de un solo sorbo. Yo esperé pacientemente hasta ver como regresaba a mí, aunque no lo hizo al sofá. Rachel terminó tomando asiento en la mesita, sin dejar de mirarme—. Ok, quieres hablar de dinero.

—Ya me has confesado absolutamente todo lo que te sucede, supongo que no tienes por qué seguir ocultándome si le estás dando dinero a Santana para cubrir mis gastos.

—¿Por qué piensas eso?

—Porque después de que me dijeras que te pagaron mucho dinero por rescindir tu contrato, es evidente que lo estás utilizando aquí. Y yo sigo sin creer que Santana haya logrado ahorrar tanto dinero. No soy estúpida.

—No, no lo eres.

—Pero lo habéis pensado —le repliqué.

—Quinn, yo pacté con Santana hacerme cargo de sus gastos cuando viniese, porque ya sabes que estoy interesada en que se haga una carrera lejos de Nueva York. Cuando supe que eras tú quien iba a ser mi chica…Quiero decir, mi…Mi promance —balbuceó un tanto nerviosa— Yo le dije que también me haría cargo de tus gastos, y ella aceptó.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque no habrías aceptado. Te pusiste histérica porque te regalé un juego de toallas. ¿Cómo no ibas a reaccionar si te digo que todo lo pago yo?

—No, no lo habría aceptado —respondí sin poder evitar que desviase la mirada arrepentida, o tal vez avergonzada—. Pero ahora que sé lo que te sucede, puedo llegar a comprenderlo, y a aceptarlo. Aunque es evidente que mis gastos se van a ver reducidos.

—Quinn, no se trata de eso. ¿Crees que me importa mucho el dinero que me dieron? Lo estoy utilizando para tratar de estabilizar el futuro de Santana, y ahora también el tuyo. Aunque no emitan la serie, a mí me han pagado lo suficiente como para poder vivir aquí por varios años. Y George se encarga del apartamento. No tengo problemas con eso. Así que no tienes por qué sentirte incomoda utilizando el dinero que yo te doy.

—Mi vida no funciona así, Rachel —me mostré seria, aunque con la mascarilla era complicado mantener la compostura—Hace años que no pienso en el dinero ni quiero que mueva mi vida. Mi único objetivo es poder ganarlo para devolverles a mis padres lo que han invertido en mi carrera, y después poder vivir yo. Nada más. Me gusta valerme por mí misma, me gusta sacar hacia adelante mi vida sin depender de los demás.

—Quinn, yo no quería que te sintieses dependiente de nosotras. Básicamente, estar aquí es como un trabajo para ti, y no podíamos dejar que te hicieras cargo de todo.

—Dejó de ser un trabajo cuando crucé esa puerta y fuiste tú quien me recibió —repliqué logrando que sus ojos me buscaran y permaneciesen varios segundos observándome—. No voy a aceptar más dinero.

—Quinn…

—No, no Rachel —la interrumpí antes de que pudiese excusarse y convencerme—. Los días que me quedan aquí, los voy a pagar yo.

—¿Pretendes pagarme el alojamiento? Porque si me estás diciendo eso, no pienso aceptarlo. Prefiero que cojas tus cosas y te vayas a un hotel —soltó un tanto molesta. Y lo cierto es que me sorprendió. No estábamos discutiendo, pero su reacción me hizo indicar que podríamos empezar una discusión en breve, y yo no pretendía que eso sucediese—. Eres mi amiga, y yo a mis amigas les ofrezco mi hogar y todo lo que hay en él. Son normas, son mis leyes…Así que, si te vas a quedar aquí, cosa que yo deseo de corazón que hagas, tiene que ser con esa condición.

—Ok —musité tragándome parte de mi orgullo. Solo porque ver cómo le temblaba la voz me hizo recordar todo lo que le estaba sucediendo. Y no podía dejarla sola estando en la misma ciudad. Ni quería—. Me ofreces alojamiento y comida, y todo lo que puedo disfrutar de tu casa, pero no vas a pagar más veces mis taxis o mis compras.

—Está bien. Si quieres arruinarte, perfecto.

—Me arruinaré con gusto —repliqué tratando de aflojar la tirantez de nuestra conversación.

—Claro, con gusto…

—Al menos no me sentiré engañada —repliqué y ella me miró justo cuando volvía a abandonar su improvisado asiento en la mesilla—. El día del centro comercial, cuando le diste un sobre a Santana…Era dinero. ¿Verdad?

—¿Qué?

—No te hagas la despistada. Te pregunté si le habías dado dinero y me lo negaste mil veces. Y tenía razón, era dinero.

—No, no era dinero. Era el teléfono y la dirección de Brittany, nada más.

—¿Qué?

—Escúchame Quinn —masculló visiblemente nerviosa—, si de verdad quieres hacerte cargo de tus cosas, perfecto. De veras, no me voy a interponer a ello. Es más, si quieres sentirte mejor, te invito a que me cumplas la apuesta y me invites a cenar al restaurante que yo elija. Pagarás absolutamente todo, si es lo que tanto quieres.

Lo hizo. Acababa de esquivarme, de evitar contestarme a lo que supuse que había sido un desliz, porque mencionarme a Brittany no parecía entrar dentro de sus planes. Me dejó claro que no era el tema que estábamos tratando al buscar de nuevo la conversación sobre el dinero, y yo supe que, evidentemente, Santana estaba detrás de todo aquello también. Probablemente la tenía bajo amenaza de patada en el trasero o tal vez romper la amistad si hablaba conmigo acerca de lo que tramaba con Brittany. Y yo acepté. Acepté dejarme llevar por su intento de distracción y no ponerla en el apuro de tener que contarme con detalles lo que sabía. Encontraría el momento oportuno para ello, sin duda.

—Iremos a cenar cuando quieras.

—Tú eres la que pagas, así que tú decides cuando —respondió regresando a la cocina.

—Ok, pues será mejor que te vayas preparando. Hoy salimos a cenar las dos —repliqué obligándola a que volviese a asomar la cabeza tras el umbral de la cocina, y me cuestionase con la mirada—. Me apetece que sea hoy.

—¿Hoy?

—Sí, es más… Me voy a quitar la mascarilla ésta de una vez, me voy a duchar y…A las 7 salimos. Así que ve pensando un buen lugar en el que cenar, porque de eso te encargas tú.

—¿Qué? Espera… Espera —corrió hasta mí. Yo ya me había desprovisto de los molestos algodones de mis dedos, y me encaminaba hacia el baño para deshacerme de la dichosa mascarilla. Ella me siguió hasta plantarse en la puerta y mirarme completamente desconcertada— ¿Hablas en serio?

—Y tan en serio. Nos vamos a cenar fuera, y pago yo. Además, no te quejes. Tú solo tienes que vestirte, así que no te va a suponer mucho —sentencié mirándome por primera vez al espejo. Horror. Ni siquiera me había percatado de mi aspecto físico, y no solo por la mascarilla. Mi pelo recogido en un moño completamente deshecho tampoco me dejaba la mejor de las imágenes, y mucho menos la camiseta 5 tallas más grande que Rachel me había prestado para evitar manchar mi ropa. Y la cual no tenía ni idea de donde había sacado. Supuse que mi cara de terror al descubrirme, también pudo percibirla ella. Rachel dio un paso colándose en el baño junto a mí, abrió uno de los armarios de dónde sacó una pequeña bolsa de algodoncillos de colores, se acercó al lavabo para mojar uno de ellos y sin pensarlo, se colocó frente a mí, dispuesta a retirar ella misma la mascarilla de mi cara. Admito que cuando vi como acercaba el algodoncillo a mi cara, rehusé y lo esquivé, hasta que la vi mirarme un tanto confusa y supe que no tenía sentido que la evitase.

Esa vez no fui yo la ilusa. Podríamos decir que en ese instante nació la Rachel Ilusa Berry de la historia.

—¿Qué haces? Es un algodón. ¿Ves? No es Kriptonita —bromeó—. Solo quiero quitarte la mascarilla.

—Pero…

—Vamos, deja que te ayude —me interrumpió decidida a realizar aquel gesto, y a pesar de la extrema cercanía que manteníamos y que yo consideraba un tanto incomoda, ella no parecía darle importancia hasta que ocurrió lo que tenía que ocurrir. Llevábamos tres semanas jugando a ser novias. Tres semanas jugando entre discusiones y caricias supuestamente fingidas. Tres semanas entre momentos tensos y besos que iban y venían sin más. Era lógico, y mucho más después de todo lo vivido, que una situación como aquella lograse ponernos nerviosas, por mucha confianza que hubiera o creíamos haber adquirido.

Apenas logró limpiar con el algodón una pequeña zona de mi frente cuando vi como posaba sus ojos en mis labios, y luego ascendía hacia mis ojos para ruborizarse como nunca antes lo había hecho. Y temblar. Porque puedo jurar que la vi temblar por una milésima de segundo.

—Puedo… Puedo hacerlo yo —susurré a duras penas, y ella cesó la limpieza para ofrecerme el algodoncillo. Volvió a mirarme a los ojos durante algunos segundos, y se apartó permitiendo que pudiese verme en el espejo.

—Voy…Voy a vestirme. ¿Ok? Supongo que te vas a duchar.

—Sí, supones bien —respondí sin saber si volver a mirarla o no. No pasó nada entre nosotras, pero a la vez algo ocurrió. Y no sé, no puedo describir ni explicar lo que fue, simplemente sucedió. Opté por acercarme al espejo y quitarme la mascarilla mientras ella seguía allí, junto a la puerta y sin dejar de mirarme.

—Está bien. Voy, voy a vestirme —repitió como si hubiese perdido toda capacidad para construir frases con más sentido y lógica. Justamente lo que me estaba sucediendo a mí, pero que yo supe disimular con simples monosílabos o sonidos que asentían a sus excusas. Porque aquello no eran más que excusas para esquivar la tensión.

No volví a decir nada más, y ella tampoco. Abandonó por completo el baño dejándome allí, inmersa en la ardua tarea de recuperar mi cara bajo los casi dos centímetros de cemento blanco que cubría mi rostro. Y después de ello me metí directamente bajo la ducha. Pensé que al acabar y regresar al salón envuelta en la toalla me la encontraría, y se daría cuenta de cómo volví a tomarme la libertad de utilizar su gel con olor a chocolate, pero para mi sorpresa no estaba allí. Ni en el salón, ni en su habitación, ni en ninguna parte de la casa. Y lo supe gracias a una nota que había pegada en la puerta de mi habitación.

He decidido que la cena de hoy es una cita, así que te espero en el True Food Kitchener. Y como te apetece mucho empezar a pagar tus cosas, no te voy a decir la dirección. ¡Pide un taxi!

Pd: Estaré esperándote dentro. No tardes, no quiero que me tomen por loca.

Rachel. B

Y una sonrisa.

No, no solo una sonrisa en mi cara tras leer la nota, y ver como sorprendentemente Rachel había sabido salir airosa de la situación, obligándonos a ambas a ir por separado y así tener tiempo para volver a olvidarnos de otro momento tenso entre nosotras. La sonrisa estaba en la nota, justo detrás de su nombre. Una sonrisa que logró lo que pretendía sin duda. Relajarnos.

Me colé en mi habitación, saqué uno de mis vestidos más coquetos, de esos que tanto odiaba Santana y tachaba de poco habitual para una ciudad como Los Ángeles. Me peiné lo más rápido que pude y decidí poner rumbo hacia el restaurante que me había indicado. No supe hasta que el taxi me dejó en la puerta del mismo, que Rachel había vuelto a jugármela. Y lo cierto es que no sé cómo no lo sospeché antes. El restaurante apenas estaba a un par de manzanas del apartamento, por lo que mi gasto fue prácticamente ridículo. Y aunque en aquella ciudad no se podía juzgar por las apariencias, el simple hecho de ver donde estaba situado, me hizo creer que no estaba ni mucho menos en un lugar lujoso y caro. No me equivoqué. El taxista me indicó por donde se accedía al mismo, ya que estaba dentro de un gran centro comercial que, en ese instante, estaba repleto de personas. Seguí sus indicaciones, y llegué hasta la mismísima puerta del restaurante. Allí no había ni maître o camarero que me recibiese y me llevase a mi mesa, dándome de nuevo la razón al considerar que comer en aquel local no me iba a arruinar de ninguna manera. Y nada más entrar en el mismo y hacer un barrido de las mesas que se disponían frente a mí, descubrí como una mano me hacía señales a lo lejos, detrás de una enorme cristalera que cubría toda la pared frontal. Rachel me sonreía al tiempo que me hacía señas para que la viese, y supuse que mi cara de confusión debió causarle mucha más risa. No tenía ni idea de donde se situaba exactamente, hasta que descubrí como existía una terraza exterior que parecía rodear el restaurante.

No dejó de mirarme ni un solo segundo, aunque su exagerada sonrisa fue disolviéndose poco a poco hasta quedar en un simple y tímido de gesto de complicidad. Un gesto que acompañó con el protocolo de levantarse para recibirme, e invitarme a tomar asiento frente a ella.

—¿Te ha costado mucho llegar? —me preguntó, no sé si con burla o realmente estaba interesada en saberlo.

—Si te refieres al dinero, unos siete dólares. Si te refieres a lo complicado del acceso, un poco —respondí tras acomodarme—. Espero que la comida no haga justicia a lo que veo, y sea realmente cara.

—¿Desde cuándo lo barato tiene que ser malo? No es necesario gastarse el sueldo de un mes en cenar muy bien y muy rico. Y yo te lo voy a demostrar.

—Rachel —me puse seria, aunque era todo fingido—. No te voy a recriminar nada, porque realmente no quiero discutir y esta es tu apuesta. Pero si algún día decido invitarte a cenar, te aseguro que no será en un lugar como éste.

—En primer lugar, este lugar es perfecto —se quejó mientras ya observaba la carta—. Vengo a menudo, y me gusta como es la comida y como te atienden. Yo no tengo la culpa de que no cumpla con tus lujosas expectativas sin sentido.

—Yo no estoy diciendo que mis expectativas sean…

—Y segundo —no dejó que continuase—. Estás muy guapa —susurró regalándome una de sus sonrisas. De esas que yo pensé que no vería en aquella noche después de la espantada. Y admito que me dejó en blanco. Sin palabras, más que una sonrisa idiota que también se adueñó de mi rostro—. ¿Me permites que pida yo? Creo que sé lo que te puede gustar.

No dije nada, simplemente asentí sin más. No tenía ni idea de lo que estaba sucediendo, pero la chica que estaba sentada frente a mí, no era la misma que apenas una hora antes había temblado al acercarse en exceso a mi cara. Y no solo temblado, sino que también se había ruborizado, y después se excusó con aquella estrategia de acudir cada una por un lado para evitar que la cuestionase, y que surgiera la incomodidad entre nosotras. No era la misma Rachel a pesar de que su sonrisa, su cara, su cuerpo, toda ella parecía serlo. Solo había algo que me hizo confirmar mis sospechas de estar ante una nueva Rachel Berry; Sus ojos. Y no pude descubrirlo hasta después de un buen rato, cuando ya incluso nos habían servido la cena.

Su mirada, el brillo que desprendían sus pupilas, y la cantidad de veces que me miraba para rápidamente esquivarme, y repetir el gesto de nuevo una y mil veces. Su mirada inquieta que me indicaba que, por mucho que tapase con toda aquella parafernalia sus pensamientos, esos seguían ahí. No había duda. Mi pillada infraganti en el baño mientras ella se relajaba había supuesto un antes y un después en nuestra relación, y no importaba cuanto hablásemos o lo que hiciéramos por olvidarnos del tema, la tensión regresaba a ella cuando hacíamos algo que nos pusiera en una situación comprometida. Y el estúpido momento tenso al acercarse para quitarme la mascarilla, rompió esa barrera que trataba de crear en su mente.

Como siempre, y a falta de marihuana, tuve que ser yo quien sacase algún tema de conversación que la hiciera deshacer esa incomodidad de alguna manera.

—Así que has venido con Santana a cenar aquí —repliqué tras ser ella quien la había mencionado para convencerme de que aquel lugar merecía la pena, y cuando ya disfrutábamos de una deliciosa cena compuesta por todo tipo de verduras salteadas, rebozadas y de mil formas más que a ella le fascinaban. Yo seguía echando en falta algo más contundente y con más sabor, como el bacon o una buena chuleta de ternera asada a fuego lento, y con mucha salsa barbacoa.

—Ajam…

—¿Y le gustó de verdad? Porque Santana se ha vuelto muy exquisita.

—Le encantó. Seguro que algún día te propone venir —añadió, y yo encontré lo que buscaba para lanzarme.

—Lo dudo. Ya le propuse salir a divertirnos y aún espero su respuesta.

—¿Qué? ¿No quiere salir contigo de fiesta? Ella siempre quiere salir a divertirse.

—Sí, siempre y cuando sea a solas, y no acompañada por Britt.

Jaque.

Estuve a punto de reír al ver su cara descompuesta, pero pude contenerme solo para poder seguir avanzando en la conversación. No solo pretendía hacerle olvidar la dichosa vergüenza, sino que también pensaba averiguar qué sabia ella del todo el asunto entre Brittany y Santana.

—¿Qué? —cuestioné mirándola— ¿Por qué me miras así?

—¿Has dicho…? Quiero, quiero decir. ¿Tú sabes que…?

—Claro, claro que lo sé. Y por lo que me has dicho antes de que le entregaste su número y su dirección, es evidente que tú también lo sabes.

—¿Y ella sabe que tú lo sabes?

—Pues sí, aunque le jodió bastante que me enterase.

—¿Cómo te has enterado?

—Me lo dijo.

—¿Ella? ¿Santana te ha confesado que está quedando con Britt? Pero si a mí me dijo que no podía decírselo ni a mi almohada, o me las vería con ella.

—Digamos que me debía un par de respuestas sinceras. No soy estúpida, y sé que algo me ocultaba. Solo he tenido que encontrar el momento para que me lo confiese todo.

—Vaya…Pues sí que has tenido que tener buenas razones para lograr esa confesión.

—Suficientes como para hacerla entrar en razón, aunque lo que está haciendo es una completa estupidez.

—¿Por qué? —volvió a cuestionarme, pero esta vez lo hizo mirándome fijamente.

—¿Por qué? —repliqué confusa— ¿Tú crees que lo que está haciendo está bien?

—No está haciendo nada malo. Solo estar con quien la necesita.

—Rachel, Brittany está casada. ¿Lo recuerdas?

—Sí, sí que lo recuerdo. Y su marido no está con ella en un momento tan importante de su carrera profesional. Se tuvo que venir sola a una ciudad desconocida. Santana solo quiere servirle de ayuda.

—Ya…De ayuda.

—¿Qué insinúas?

—Rachel, no tengo ni idea de lo que sabes exactamente, pero es evidente que se te escapa lo mejor. Santana no solo está mostrándole su apoyo, se está metiendo en su cama.

No habló. Guardó silencio por algunos segundos en los que me miró pensativa, hasta que la comida en su plato distrajo su atención.

—Es una desfachatez —murmuré tratando de quedarme con la razón que la última palabra siempre solía regalar. Pero eso no sucedió.

—No, no lo es —replicó contundente y yo la busqué con la mirada.

—¿Qué no lo es? ¿Qué Santana se esté acostando con una mujer casada no es una desfachatez? Porque yo creo que no solo es eso, sino que además es estúpido, y de mala persona.

—Es amor —me interrumpió dejándome en silencio—. Todo el mundo sabe que Britt se casó con ese chico por completa locura, y que no siente nada por él. Ellas, ellas siempre se han querido. Es como si él no existiera.

—¿De qué hablas? No me valen las excusas de que la boda fue una idiotez de Britt. Está casada, y los matrimonios se tienen que respetar. Sobre todo, cuando ella misma tuvo ocasión de casarse con el amor de su vida y decidió dejarla. No es normal, ni es justo para Brittany.

—Santana la ama. Nadie la va a amar ni comprender más que ella, y lo sabes. No se casó porque comprendió que eran muy jóvenes. ¿Recuerdas el sermón que me echaste cuando me iba a casar? ¿Ahora defiendes el matrimonio casi adolescente?

—¿Qué tiene que ver eso? —repliqué sin poder evitar alzar un poco la voz— Yo no defiendo que dos adolescentes se casen, porque no saben lo que hacen. Pero el hecho de que no te cases no te obliga a tener que abandonar a tu pareja. ¿Oh sí? ¿Crees que puedes jugar con las personas y simplemente excusarte en que lo haces porque la amas? ¿Qué derecho tiene Santana a reclamar algo que no es suyo? Britt tiene capacidad de decisión, y decidió que no quería seguir estando con ella porque la abandonó, porque le hizo daño por milésima vez.

—Pues ahora está con ella, y nadie la está obligando.

Sí. Admito que me dejó sin respuesta lógica, pero no pensaba rendirme con algo que yo defendía a muerte. Yo había sido la primera en utilizar el juego de la infidelidad cuando era una adolescente, y no es algo de lo que esté orgullosa, precisamente. Pero descubrir como mi padre engañaba una y mil veces a mi madre, me hizo comprender la importancia que realmente tenía. Yo no podía justificar mis errores en ese tema, y por supuesto tampoco iba a justificar los de los demás. Valoraba la sinceridad en una pareja. La fidelidad por encima de todo, y no me valían las excusas como las que ambas me estaban poniendo para justificar una situación que a mí me parecía deleznable.

—Tal vez deberías hablar con Brittany y saber qué opina antes enfadarte tanto con Santana.

—¿Sabes lo que de verdad me molesta? Me molesta que os excuséis en el amor para justificar absolutamente todo. Y no, las cosas no son así. No puedes hacer daño a alguien y decir que lo haces porque la amas. No puedes abandonar a alguien solo porque te agobias, y volver a ella cuando ves que empieza una vida nueva. No puedes jugar tanto con las personas. Y sí, entiendo que la boda de Brittany con ese chico es una completa locura, y tal vez no sea feliz. Pero si es así, que tome el mismo que valor que tuvo para casarse, y se separe o se divorcie. Y entonces, solo entonces comprenderé y aceptaré que quiera seguir insistiendo en Santana. Mientras eso no suceda, yo no lo voy a ver bien nunca. Jamás.

—A veces las cosas requieren de circunstancias complejas para llevarse a cabo —soltó dejándome más confundida de lo que había estado nunca.

—¿Qué? ¿Qué quieres decir?

—Pues que no puedes hablar con tanta rotundidad si no sabes lo que ellas sienten, si no has vivido lo que ellas viven —respondió con un gesto apenado que me alertó—. Yo tampoco tolero la infidelidad, te lo aseguro, pero si tuviese al amor de mi vida frente a mí y sé que no es feliz, te aseguro que haría y daría lo que fuera por lograr su felicidad. Y si para eso me tengo que alejar, me alejo.

—Brittany no es feliz porque Santana no ha querido hacerla feliz nunca.

—No digas eso, Quinn. No es agradable que digas eso de ella.

—¿Es mentira acaso? Santana no ha tenido lo que ha tenido que tener para darle todo lo que querría darle a Britt. Es ella la que se ha echado atrás en miles de ocasiones. Es ella la que siempre, siempre ha salido huyendo.

—Eran adolescentes, Quinn. No puedes juzgarla porque tuviese miedo en algunas ocasiones. Santana nunca ha dejado de querer a Brittany, y ahora está dispuesta a darle todo lo que antes no se atrevía.

—Claro, justamente ahora que Britt decide hacer su vida con otra persona —repliqué con sarcasmo—. ¡Qué casualidad! Es una cínica, una egoísta.

Negó varias veces, aunque yo sabía que mi replica no tenía discusión alguna. Yo tenía la razón en aquel asunto por mucho que no estuviera de acuerdo, y por eso no encontraba palabras que me refutasen.

—No sabía que tuviésemos pensamientos tan dispares respecto al amor —soltó de la nada, justo cuando yo trataba de comerme uno de los champiñones que iban de allá para acá en el plato.

—No son pensamientos dispares, es sensatez. Nunca hagas lo que no quieres que te hagan. ¿Recuerdas? ¿Te gustaría que te dejasen mil veces y vinieran a buscarte cuando empiezas a rehacer tu vida?

—Cada historia es un mundo, Quinn. Su historia es de ellas, y solo ellas la comprenden.

—Y mi opinión es mía, y si no les gusta pues mejor que no la escuchen.

—Dudo que te la hayan pedido —masculló llegando a bloquearme por completo. No solo mal, aquella respuesta me sentó como si me hubieran dado una patada en el estómago, como si alguien hubiese roto una silla en mi propia espalda. Me dolió, pero tuvo suerte, mucha suerte para no recibir mi réplica. Estaba dispuesta a responderle con una rabia que empezaba a ascender por mi pecho cuando nos interrumpieron, por eso tuvo mucha suerte. Porque después ya nada fue igual.

—Hola —escuché justo a mi lado, ni siquiera me había percatado de la presencia de nadie hasta que no oí su voz, y Rachel la miró extrañada—. ¿Quinn Fabray? —añadió y la confusión se apoderó de mí. Su cara me resultaba muy familiar, pero no tenía ni idea de donde la había visto.

—Sí, soy yo.

—Ya, ya sé que eres tú. ¿No te acuerdas de mí?

—Pues no, lo siento mucho. ¿Debería?

—La verdad es que no deberías, pero tenía la esperanza de que lo hicieras —me sonrió y yo busqué apoyo en Rachel. Me ignoró. Estaba más preocupada por examinar a aquella impresionante chica que decía conocerme, que en ayudarme a salir de la situación—. Nos conocimos en la fiesta del festival, me…me lanzaste la copa sobre el vestido.

—Oh, la chica del Gucci —musité pensando que no lo hacía en voz alta. Ella sonrió, Rachel no. Rachel seguía observando la escena curiosa.

—Esa misma. Disculpa si te interrumpo, pero es que justo en la fiesta me dijeron quién eras, y yo no te había reconocido. Te, te he visto entrar y no podía dejar pasar la oportunidad de pedirte algo que tendría que haberte pedido en la fiesta. ¿Te, te importa hacerte una foto conmigo? —añadió mientras yo trataba de no perder el hilo de la explicación, y me convencía a mí misma que me habían vuelto a reconocer por ser la novia de… y no una actriz. Por desgracia no me dio tiempo. Mi cabeza no paraba de pensar, pero a mi cara le dio por sonreír y aceptar la petición sin más. La chica volvió a sonreír, más de lo que ya lo hacía, y le ofreció su propio teléfono a Rachel para que nos inmortalizara en una captura.

Irónico. Debía ser yo quien le sacase a esa chica la fotografía con ella, con Rachel. Con la estrella de Broadway, no conmigo. No con una paranoica que pretendía ser algo que ni siquiera estaba segura de querer. No con quien se ofendía porque no le diesen la razón.

Tal vez aquel momento de posar frente a Rachel con aquella chica a mi lado solo duró un par de segundos, pero en mi mente transcurrió toda una vida, todo un alud de pensamientos que chocaban entre sí, y que solo arrojaban un resultado nada alentador. Tal vez necesitaba de momentos así para darme cuenta de que descubrir a Rachel y su mundo, me estaba ayudando a descubrirme a mí misma. Y que era más idiota e insoportable de lo que pensaba.

—Gracias, de verdad, muchas gracias. Y disculpa si te he molestado.

—No te preocupes.

—¿Te importa si la publico? —cuestionó mostrándome el teléfono que ya le había arrebatado a Rachel. Yo asentí con mi mejor sonrisa y no volví a decir nada más. De hecho, supuse que mi silencio fue el que hizo que la chica se marchase sin intentar nada más, gesto que Rachel no iba a tardar en recriminarme.

—Quinn, entiendo que te haya pillado en un momento un tanto tenso con nuestra conversación —me dijo sacándome de mis pensamientos—, pero tienes que aprender a fingir que todo es muy bonito, que todo es fantástico y que estás feliz de posar con una fan.

—¿Qué? —balbuceé

—Tienes que fingir que está todo bien, Quinn. Son fans, y tu carrera te guste o no, va a depender mucho de ellos. Yo entiendo que hay veces que no apetece sonreír tanto, y tampoco es agradable que te interrumpan en un restaurante, pero es algo prácticamente habitual. Y tienes que acostumbrarte a ello.

No dije nada. Guardé silencio rememorando esa última frase de Rachel una y otra vez en mi mente, como un extraño castigo, como una amenaza o un aviso, no lo sé. Solo sé que volví a mirarla y en ese instante supe que todo había cambiado en mí.

—Y enhorabuena —me sonrió con dulzura, tratando de acabar con la pequeña discusión que habíamos mantenido antes de la interrupción—. Acabas de conocer a una de esas fans que aparecerán donde menos y cuando menos lo esperes. Tendrás muchas como esa, pero al menos tienes suerte, parece una chica agradable.

—Ya, ya veo —sin prestar demasiada atención a sus palabras. De hecho, fue quedarnos de nuevo a sola y perder por completo el hilo de la conversación.

—Está bueno. ¿Verdad? —añadió Rachel centrándose en la comida— No me puedes negar que tenía razón, y la comida es bastante buena. Aunque veo que no has sido capaz de comerte todos los champiñones. Creí que te gustaban.

—Sí.

—Entonces, ¿no te apetecen? Podemos pedir otra cosa más de tu gusto.

—No.

—Hay más cosas a parte de verduras —trató de bromear—. A Santana le gustó mucho la ternera. Yo personalmente no lo recomendaría, pero como ambas compartís ese gusto por la carne.

—No, no.

—Está bien —musitó mirándome fijamente—. ¿Te encuentras bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Ajam…

—¿Y por qué me respondes solo con monosílabos? Además, tu cara no parece decir que te encuentras bien —me recriminó y yo perdí la paciencia.

—¿Has terminado de cenar? —le pregunté contagiándola del desconcierto que a mí me acusaba.

—Pues… Sí—balbuceó tras comprobar su propio plato—. Por eso te estaba preguntando si te apetece otra cosa.

—No, si no te importa, prefiero marcharme ya.

—¿Ya? ¿Por qué?

—Necesito irme, Rachel —le dije sin saber de dónde procedía esa urgencia en mí. De lo único que era consciente es que quería salir de allí, que nadie más tuviese la intención de acercarse para pedirme una foto o simplemente que me mirase. Y eso era algo realmente extraño en mí. Yo que había llegado a tener envida por no llamar la atención que Rachel solía provocar en lugares como aquel, deseaba desaparecer de la faz de la tierra y que nadie me viese—. Necesito marcharme, ya.

—Pero… ¿Te encuentras bien? —la vi como palidecía y su gesto se descomponía sin dejar de mirarme— ¿Estás bien? —insistió.

—Estoy bien, es solo que no me apetece estar más aquí. Vayamos a tomar el postre a otro lado, o que se yo. Pero quiero irme.

—Está bien, está bien. Pido la cuenta y nos marchamos —respondió a toda prisa, casi como si ella también necesitase salir de allí.

67,25 dólares. Admito que ni siquiera le presté atención a la cuenta tras pagarla, pero una vez que le aire de la calle me golpeó y dejé atrás el bullicio del centro comercial, recordé que tal vez no era demasiado caro para ser un restaurante en Santa Mónica, pero que por aquel precio habría podido comer verduras durante toda la semana, y no dos simples platos que apenas saciaron el apetito de Rachel. El mío no hizo falta, porque tras la paranoia que me entró después de la dichosa interrupción, mi estómago se negó a aceptar más alimentos por aquella noche.

Y supuse que ese mismo nudo se me empezó a notar en la cara, porque cada vez que Rachel me miraba, parecía asustarse más.

—Quinn, si te encuentras mal debes decírmelo. Podemos ir a un hospital o…

—¿Un hospital? —reaccioné al fin— ¿Estás loca?

—¡Qué sé yo! Acabamos de salir de ahí como si nos estuviesen persiguiendo, y no me dices nada más que te quieres ir. Y te miro y te veo rara. Estás… ¿Qué te pasa?

—Me he agobiado —solté casi sin pensar. De hecho, no sabía si era eso lo que me sucedía o no—. No me pasa nada, Rachel.

—¿Agobiado? ¿Por esa chica? ¿Por nuestra discusión de Santana y Brittany?

—No, no Rachel. Simplemente me he agobiado.

—Pero…

—¡Taxi! —grité sin dejar que se excusara, o buscase alguna explicación más. Me lancé a la calle dispuesta a detener al primer taxi que pasara, aun sabiendo que era más que probable que llegase antes al apartamento andando, que en el propio coche. Pero no lo pensé, y Rachel, la pobre y confusa Rachel, simplemente siguió mis pasos sin volver a mencionar palabra alguna. Solo me miraba. Me miraba asustada, a veces incluso de reojo, y yo veía como contenía una lucha interna en su cabeza por no comprender absolutamente nada. Y lo peor es que no podía explicarle lo que me sucedía, porque yo por aquel entonces tampoco lo sabía.

Fue una mezcla de sentimientos encontrados. Fue ver que nadie, ni siquiera ella que tanto había defendido el amor, me daba la razón o al menos me comprendía al no defender lo que Santana estaba haciendo con Brittany, más la interrupción de la dichosa chica del vestido reconociéndome. Y por supuesto, toda esa extraña tensión que habíamos enmascarado con la cena y la apuesta. Fueron muchas cosas las que llegaron a encontrarse en mi cabeza en aquella noche, y yo, aunque lo intentaba, tampoco era la reina de la destreza, de la empatía o el razonamiento para poder solventarlo sin colapsar. Siempre tuve mis defectos, y era consciente de que no iba a poder eliminarlos por completo. Y menos de la noche a la mañana, pero no tenía ni idea de lo que me estaba sucediendo a ciencia cierta en aquel instante. Solo sé que en tres horas había pasado de estar haciendo el vago con ungüentos en la cara y pintauñas en mis pies, a regresar al apartamento y encerrarme en mi habitación sin dar explicación alguna, después de haber sufrido la incomodidad de una situación tensa que yo no había provocado. De haberme ilusionado con una cena, y encontrarme de nuevo con la que, según Rachel, era mi primera fan espía. Tres horas que convirtieron mi cabeza en una olla exprés a punto de explotar, o algo peor. Si es que eso era posible.

Solo allí, dentro de mi habitación, logré llegar a una a la conclusión, o mejor dicho a la única conclusión que satisfizo mi necesidad por comprender qué diablos estaba haciendo al actuar así. Y no. No fue creer que Rachel me había contagiado su dramatismo bipolar. Fue saber que me había cansado. Que después de tres semanas sin dejar de darle vueltas a la cabeza por culpa de Santana, de Rachel, de Brittany, de Caroline, de la fama, de las mentiras, de los besos, de las discusiones, de mi madre, del dinero, de la psicología y muchas más cosas que no lograba ordenar, me había cansado y necesitaba un respiro. Pero ni siquiera allí, ni siquiera estando a solas conmigo misma, lograba dejar de pensar en ella.

Rachel no había vuelto a abrir la boca desde que nos montamos en el taxi, y ni siquiera le di una simple explicación cuando la dejé en mitad del salón sin saber qué diablos me estaba sucediendo. Media hora después, decidí dejar de romperme la cabeza y regresar al salón para al menos disculparme por mi actitud.

Siempre dije que Rachel tenía algo celestial que impregnaba cada sonrisa o mirada que regalaba con su complicidad, pero en aquel instante no necesitó siquiera mirarme o sonreírme para recordarme que era, probablemente, lo mejor que me había pasado desde que llegué allí.

Ni siquiera me miró. Salí de la habitación y la vi recostada en el sofá con una manta sobre sus pies y viendo una de sus tantas películas favoritas. Solo hizo un pequeño gesto con su mano, invitándome a unirme a aquella improvisada sesión de cine mientras me dejaba espacio suficiente para que me sentara a su lado.

Yo no lo hice, pero si acepté su invitación.

No me senté como quería que hiciera, sino que, en vez de eso, me dejé llevar por la necesidad de cobijarme. Y sin pedir permiso, me fui acomodando a su lado hasta adueñarme de sus piernas, y utilizar su propia barriga como almohada. Me abracé a su cintura y me giré para poder mirar el televisor, suplicando, rezando porque aquel gesto no la incomodase y supusiera algún contratiempo entre nosotras. No quería discutir, no quería tener que explicar o tener que lamentarme por ser la primera en buscar ese abrazo que nunca me atrevía a dar. Solo sentía que tenía que decir algo y lo dije.

—Lo siento —susurré esperando su réplica. Pero Rachel supo leer mi lenguaje corporal al igual que yo solía hacer con ella, y me respondió de la única manera que mi salud mental agradecería aquella noche; Con un gesto. Una caricia de sus dedos enredándose tímidamente en mi pelo, regalándome una sensación de tranquilidad y paz que nunca antes había logrado alcanzar.