23. Es como descubrir que McGonagall duerme en picardías

Cuando salgo del vestuario del gimnasio, me encuentro a Itachi y a Naruto intentando por todos los medios evitar otro encontronazo. Tanto esfuerzo resulta adorable, pero despiden tal cantidad de tensión que se puede cortar con un cuchillo. Me recojo el pelo en un moño y me dirijo hacia ellos con la intención de llevarme a Itachi antes de que se le acabe la paciencia.

—Hola. Ya he terminado. ¿Vamos a comer algo?

Itachi parece aliviado. Me coge de la mano y le dedica una sonrisa de oreja a oreja a Naruto, que no sabe cómo ponerse.

—¿Nos vemos mañana? —le pregunto, y él reacciona poniéndose colorado.

—No puedo... Mañana no estoy —responde rascándose la nuca.

—Ah.

Qué lástima. Naruto no solo es mi entrenador personal, también es mi amigo en un sitio donde tanto me cuesta encontrarlos. No tenemos mucho tiempo para vernos, básicamente porque él acaba este año y este semestre lo tiene ocupadísimo.

—¿Trabajas por la tarde?

—No, me he cogido el día libre. Tenga una cita.

Mis ojos se abren como platos; esto no es lo que esperaba oír.

—¿En serio? ¿Has conocido a alguien?

Itachi me tira de la mano y casi puedo oír el sonido de sus ojos poniéndose en blanco.

—Así es como funciona, Saku. Conoces a alguien y, si durante los quince primeros minutos no lo odias a muerte, lo invitas a cenar y a ver una peli. Si después de eso no te apetece estrangularlo, repites el proceso. No es la primera cita, ¿verdad? —pregunta, dirigiéndose a Naruto—. Se te ve muy contento, no parece que os acabéis de conocer.

—No. Se llama Mabui y... la conocí hace dos semanas. Trabaja, eh, en la librería del campus y ya le había dado algunas clases también...

Se le ilumina la cara y, de pronto, me doy cuenta de lo mucho que me alegro por él, a pesar de las ironías de Itachi.

—¡Qué bien! ¡Espero que os lo paséis genial! Y si algún día te apetece que quedemos los cuatro, solo tienes que decirlo.

La cara de espanto que se les pone a los dos es casi cómica. Vale, pues nada de citas dobles.

—¿Una cita doble con Naruto? ¿Se te ha ocurrido el mismo día que lo de presentarte para el equipo de baile a medio semestre?

Hina me mira con el ceño fruncido. Estamos en la residencia, delante de la puerta de la capitana de dicho equipo, a punto de intentar convencerla para que me haga una prueba. Muchas tienen becas de baile, otras entraron a principios de curso, cuando los clubs se publicitaban por el campus. Por aquel entonces, yo me sentía tan superada y fuera de lugar que decidí no apuntarme a ninguno. Por eso tengo tanto tiempo libre, porque cuando no estoy estudiando no tengo nada más que hacer, y últimamente me he dado cuenta de que en parte esa es la razón por la que mis pensamientos se han vuelto tan autodestructivos y por la que me cuestiono mi vida hasta el último detalle. Así que para solucionarlo he decidido empezar de cero e intentar que el foco de atención de mi vida no sea si la banda de buitres del campus me robará a Itachi o no.

—¿Qué tiene de malo que salgamos los cuatro? Itachi es mi novio; Naruto, mi amigo. Debería poder salir con los dos a la vez.

—¿Soy la única que es consciente de las ganas con las que Itachi decapitaría a cualquier tío que muestre el más mínimo interés por ti? —Abro la boca para protestar, pero Hina me la tapa con la mano—. Y no te molestes en decirme que no le gustas a Naruto porque sí le gustas.

—Está saliendo con una chica —murmuro malhumorada.

Hina retira la mano y suspira.

—Kristen Stewart también y eso no la detuvo, ¿a qué no?

Parpadeo varias veces intentando encontrar la relación, pero, antes de que pueda decirle que la comparación no se sostiene por ninguna parte, se abre la puerta de Tenten Ama y Hina y yo tenemos que apartarnos de un salto para evitar chocar con ella.

Tenten parece sorprendida de vernos aquí.

—¿Os puedo ayudar en algo?

—Puedes empezar diciéndole aquí a mi amiga que está loca si cree que puede entrar en el equipo a estas alturas —responde Hina, intimidándola con su ceño fruncido.

—Vaya —tartamudea Tenten, y es que a estas horas de la mañana nadie está preparado para Hina.

Se gira hacia mí y me mira de arriba abajo. Está comprobando si tengo el cuerpo que hay que tener para ponerse los tops ajustados y los pantalones cortos que tanto les gusta llevar.

—De hecho, tenemos una vacante. Una de las chicas se ha roto el tobillo y sin ella la coreografía no funciona. Aunque no pensábamos organizar una audición; tenemos suplentes.

Arruga la nariz y me parece ver un rayo de esperanza, algo que podría ayudarme con esta locura de plan.

—No crees que sean buenas, ¿verdad?

—Están un poco descontroladas, son novatas que no son conscientes de que, después de una noche de fiesta, bailan fatal y tienen un aspecto horrible. —Me mira con los ojos entornados—. Tú no bebes, ¿no?

—Sí bebo, aunque solo cuando necesito una dosis de valor extra.

Me acuerdo del viaje de vuelta al campus y me pongo colorada.

—¿Por qué no? Dame tu móvil y te avisaré si organizamos alguna audición. ¿Tienes experiencia previa, has competido alguna vez?

—No, pero... creo que puedo hacerlo. Aprendo muy rápido y no tengo vida social, así que no tendrás que preocuparte por si vomito durante el entrenamiento.

Sus labios se contraen en una pequeña sonrisa.

—Eso ya lo veremos.

Tenten vuelve a entrar en su habitación y a mí se me escapa una sonrisa de oreja a oreja. Grito como una quinceañera y me abrazo a Hina, que se ha quedado de piedra.

—¡No me puedo creer que lo vayas a hacer!

Me aparto, decidida a no dejarme arrastrar por su poco entusiasmo.

—Lo necesito, ¿vale? Por mí y por mi salud mental. La otra posibilidad es quedarme encerrada en mi habitación pensando en todo lo que hago mal. Necesito intentarlo, saber que...

—¿Que eres como todas las chicas a las que solo les preocupa ser populares?

Su comentario me duele, pero sé por qué lo dice. Cree que cambiaré, que me convertiré en otra persona porque hasta ahora solo ha conocido a Sakura Haruno, alias la Ermitaña Social, pero lo que no sabe es que a veces la soledad no es algo que yo escoja, sino que me viene impuesta por mis miedos, los mismos que me están cobrando un peaje a mí y a mi relación con Itachi. Ya es hora de que algo cambie.

—No lo hago para ser popular, lo hago para sentirme más a gusto conmigo misma.

Hina parpadea un par de veces, pone los ojos en blanco y me pasa un brazo por la espalda.

—No te entiendo, pero te apoyo porque soy buena persona. Ahora a la oficina del periódico, ¿no?

—Sí, por favor —respondo con una sonrisa—. Están buscando un periodista de investigación.

—Madre mía, ¿por qué no vas a lo fácil? La sección de belleza necesita desesperadamente una puesta al día.

—¿Hay sección de belleza?

—¿Ves? ¡A eso me refiero! Hummm, puede que yo también me presente. Alguien tiene que decirle a la gente que las raíces ya no se llevan.

Me río y nos dirigimos hacia las oficinas del redactor jefe. En mi cabeza, marco otro punto de mi lista de tareas pendientes.

—¿Cómo que te vas? —pregunto a gritos mientras Itachi mete lo primero que encuentra en el petate.

Estoy sentada en su cama, con un libro de texto delante y, ahora mismo, sintiéndome vilmente ignorada. Me acaba de dar la noticia y ya no puedo concentrarme.

—Solo será una semana. —Deja el petate y me besa en la frente—. El entrenador quiere que asistamos a algunos partidos de ligas profesionales y que estudiemos los vídeos. Ha conseguido apuntarnos a un programa de entrenamiento que, por lo visto, es bastante importante.

—Ah.

Intento recordar la última vez que Itachi y yo estuvimos separados y no me viene nada a la cabeza.

—¿Y te vas mañana?

—A primera hora con rumbo a Florida.

—Entonces será un vuelo corto —murmuro, y me pongo a jugar con los bajos de mi jersey.

—Eh. —Me tira de la barbilla—. Si no te parece bien, puedo...

—¡No! —Me adelanto, los ojos abiertos de par en par—. Tú ve, claro que sí. Supongo que no estoy acostumbrada a estar aquí sin ti.

—Yo no quiero acostumbrarme.

Se sienta a mi lado y me sube a su regazo. Tiene una mirada intensa en los ojos, que no se apartan de los míos. Cierra el libro y lo aparta a un lado, y yo le paso los brazos alrededor del cuello y me acurruco contra su pecho.

—No quiero agobiarte —le digo, consciente de cuáles son mis peores miedos—. No quiero ser esa clase de novia que solo quiere que pases tiempo con ella.

—Eh, ¿a qué viene eso? ¿Por qué crees que querría pasar menos tiempo contigo? Saku, si estoy aquí es porque quiero. De hecho, a veces me da miedo que te canses de mí.

Se ríe, pero es una risa forzada. No sé cómo hemos llegado hasta aquí, pero me gusta saber que tenemos las mismas inseguridades. Se equivoca, eso seguro, pero al menos me entiende.

—Eso es imposible —susurro—. Te voy a echar muchísimo de menos, pero quizá nos vaya bien.

—¿Ya te estás intentando librar de mí? Me haces daño —bromea, pero esta vez sé que no se lo toma en serio.

—Di más bien que te estoy dejando espacio para que no te preocupes por la loca de tu novia. Todo un cambio.

—Me gusta la loca de mi novia, no tengo intención de soltarla —me dice estrechándome entre sus brazos, pero cuando nuestros ojos se encuentran la expresión de su rostro es seria—. Me alegro de que por fin hayas decidido dar un paso adelante. Te lo mereces, Saku, no dejes que nadie te diga lo contrario.

Me escuecen un poco los ojos. De repente, el aire se carga de tensión y algo cambia, algo que no acabo de detectar pero que no sé si me gusta.

—Te quiero —le digo, y lo beso rápidamente, intentando obtener la confirmación de que nada ha cambiado.

—Yo también te quiero.

Me aparto y lo miro a la cara.

—¿Aún estás pensando en lo que dijo Karin?

La expresión de su cara cambia y se vuelve de piedra. No sé qué ha pasado desde la conversación en el coche hasta ahora, pero sea lo que sea le ha afectado, estoy segura, y no quiere decirme nada.

—No —responde, y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja—, pero tengo otras cosas en la cabeza.

—¿Y no me las quieres contar?

Esta versión de Itachi me asusta un poco porque, desde que estamos juntos, siempre ha sido sincero conmigo. Sea bueno o malo, siempre me lo cuenta todo y ahora sé que lo está pasando fatal porque tiene que ocultarme algo.

—No quiero que te preocupes, ¿vale? Puedo solucionarlo.

No quiere que vuelva a sacar el tema, así que me besa hasta que pierdo el sentido.

Debería estar escribiendo un ensayo de diez páginas para clase, pero en vez de eso me dedico a hacer garabatos y Rin no tarda en darse cuenta de que tengo la cabeza en otra parte. Me había refugiado en la biblioteca mientras ella hablaba por Skype con Obito, su novio, pero desde que he vuelto a la habitación, he sido incapaz de pensar siquiera en una introducción. Itachi se ha ido esta mañana y, después de estar con él todo el día de ayer, aún no sé qué le pasa.

—¿Cómo te fue en el periódico? —pregunta.

Sé que intenta darme conversación para que acabe contándole qué me ocurre. ¿Qué le voy a decir si yo misma no lo sé?

—No necesitan a nadie —respondo, y me encojo de hombros—, no tienen vacantes, pero le he enviado a una de las editoras un artículo en el que he estado trabajando y le ha gustado mucho, así que tengo posibilidades.

Rin me dedica una sonrisa cálida.

—Me alegro mucho de que hayas decidido dar un paso adelante. —Ella misma forma parte de varias asociaciones para la protección del medio ambiente, lo cual explica su entusiasmo—. Entonces ¿qué te pasa? —me pregunta con el ceño fruncido—. ¿Por qué estás tan triste?

—Nada —respondo moviendo lentamente la cabeza—, tengo un mal día. No sé por dónde empezar la redacción.

—Ah, ¿necesitas ayuda? Si quieres, te ayudo a buscar información.

Eres consciente de que tienes la mejor compañera de habitación del mundo cuando se ofrece a ayudarte a pesar de estar enterrada bajo una montaña de deberes.

—Gracias, eres un sol, pero creo que necesito consultarlo con la almohada. Quizá mañana tenga más suerte.

Rin me dedica una mirada cómplice.

—Cada vez te costará menos, ya lo verás. Al principio, lo echarás muchísimo de menos, pero, créeme, un poco de distancia nunca viene mal.

Me guiña un ojo y a mí se me desencaja la mandíbula. Espera, ¿qué? ¿La dulce Rin hablando de las ventajas del sexo postseparación? No puede ser.

¿O sí?

De hecho, se ha puesto un poco colorada después de decirlo. De repente, me río como una loca porque ¿quién iba a decir que mi compañera de habitación también tiene un lado pícaro?

Es como descubrir que McGonagall duerme en picardías.

La imagen me hace reír aún más, mientras desde el otro lado Rin me golpea con un cojín.

Cuando dejamos de comportarnos como preadolescentes inmaduras, Rin se va a dormir porque mañana tiene clase a las ocho y yo me quedo mirando el móvil a la espera de alguna noticia de Itachi. Me he prometido a mí misma que le daría unos días para estar con sus amigos y comportarse como alguien de su edad. Cuando desempeña su papel de novio, está siempre en modo protector, se siente el responsable de mi bienestar, pero no debería ser así, ¿verdad? Yo lo que quiero es un novio, no una carabina, y él necesita a alguien que no precise toda su atención.

No tengo noticias de él, a pesar de que sé que ha aterrizado hace un buen rato. Quizá está cansado, me digo. Necesita recuperar horas de sueño o puede que tenga algún compromiso con el equipo. Sí, será eso. Guardo los libros e intento dormir.

A día siguiente, me levanto temprano y canalizo toda mi frustración en la cinta de correr. Corro y corro hasta que el corazón me late tan deprisa que lo noto en la boca.

—Tómatelo con calma o te cansarás demasiado rápido —me regaña Naruto, pero no le hago caso.

Sigo sin noticias de Itachi, pero sé que sus compañeros de equipo han subido actualizaciones y eso me saca de quicio. ¿Es que no sabe que estoy preocupada? No sé qué le pasa, pero al menos podría decirme si está vivo.

—Vale, suficiente. —La cinta se detiene de forma gradual para que yo no acabe con el culo en el suelo—. Sal del gimnasio y no vuelvas hasta que te hayas librado de eso en lo que estás pensando.

Me empuja literalmente hacia la puerta y acto seguido me tira la chaqueta.

—El gimnasio no es tuyo —le espeto fulminándolo con la mirada—, no me puedo creer lo que acabas de hacer.

—Como entrenador, no quiero que te lesiones, y como amigo, me preocupo por ti. Ve a dar un paseo, airéate, escucha música triste. Luego vuelve, y si aún quieres repetir lo que acabas de hacer, por mí adelante.

Siento que se me pasa un poco el mal humor y, de pronto, me siento ridícula por haber actuado así.

—Lo siento. Sí, mejor lo dejamos para otro día.

Lo miro cabizbaja y en sus ojos aparece esa mirada de compasión que tanto

odio.

—No sabes nada de Itachi —afirma sin molestarse en preguntar, y yo agacho aún más la cabeza.

Pues sí, resulta que al final me he convertido en la chica cuya vida gira alrededor de un solo tío.

—Seguro que está muy ocupado, pero me gustaría saber que está bien. No ha escogido el mejor momento para irse.

Naruto parece incómodo. Seguro que dar consejos de pareja no está en su lista de tareas del día, pero le agradezco que lo intente.

—Yo he quedado luego con Mabui, si te apetece venir...

—¡No! De verdad, estoy bien. No estropees la cita por mí, pero me gustaría conocerla cualquier otro día, cuando no me comporte como un animal enjaulado con síndrome premenstrual.

Naruto se ríe y esta vez no se pone colorado.

—Vete a casa, Sakura, y descansa. Ya nos veremos mañana.

Me ducho, me pongo los vaqueros y una sudadera abrigada. Saco el móvil de la bolsa del gimnasio y veo que por fin, ¡por fin!, tengo un mensaje de Itachi.

Itachi: «Perdona que no te haya llamado, bizcochito. El entrenador nos tiene fritos, pero te llamaré en cuanto pueda. Te echo de menos».

Una sensación de alivio me recorre el cuerpo, pero sigo sin quitarme de encima el mal presentimiento de ayer. Itachi no es así, pero quizá estoy analizando demasiado el mensaje. Le contesto, salgo del gimnasio y vuelvo a la residencia.

Me encuentro a Hina delante de mi puerta, paseándose de un lado a otro y mordiéndose las uñas, lo cual nunca es una buena noticia. Está enfrascada en sus pensamientos, pero en cuanto me ve le cambia la cara y sale corriendo a mi encuentro.

—¿Estás bien? —me pregunta sujetándome por los hombros.

—¿Y por qué no lo iba a estar? —le digo, entre confusa y asustada—. ¿Qué ha pasado?

—Ah. —Parece un poco descolocada mientras maldice entre dientes—. ¿No lo has visto?

—¿El qué? Hina, me estás asustando.

—Mierda. —Maldice de nuevo y saca el móvil del bolsillo; no necesita mucho tiempo para cargar lo que intenta enseñarme—. Es una entrevista — empieza, mordiéndose el labio antes de continuar—. No creo que tenga mucha importancia, ¿eh?, pero algunas chicas de clase lo estaban comentando. Les he cerrado la boca, pero he pensado que tenías que saberlo por mí antes de que se saliera de madre.

—No entiendo nada y me estoy poniendo muy nerviosa, así que haz el favor de decirme qué está pasando.

¿Y si estoy teniendo un ataque de pánico? Quién sabe.

—¿Itachi está bien? Lo han entrevistado los de la ESPN y le han preguntado por su vida privada. La gente no para de hablar porque...

—¿Por qué, Hina?

—Porque ha dicho que no está saliendo con nadie, que ahora no le interesa tener pareja y que quiere centrarse en el deporte —responde de carrerilla.

Vale, respira, Sakura, respira. Tiene que haber una explicación, siempre la hay. Esto es algo muy común, la gente oculta su vida privada a la prensa, lo hace todo el mundo. No hay para tanto.

Mi pecho sube y baja como un fuelle mientras yo intento controlar el ataque de pánico que estoy a punto de tener.

—¿Y lo ha visto todo el mundo? —susurro.

—Más o menos —responde Hina arrugando la nariz.

—¿Y creen que Itachi y yo hemos roto?

—Bueno, una zorra se ha dedicado a ir por ahí contando que Itachi solo te quería por el sexo, pero después del puñetazo ya no ha dicho nada más.

—¿Le has dado un puñetazo? —exclamo.

Hina se encoge de hombros.

—¿Qué quieres que te diga? La verdad es que ha sido una mañana entretenida.

—Ah, vale. Creo que necesito sentarme.

Tengo las piernas como si fueran de gelatina. Entro en la habitación con cuidado y me alegro de que Rin esté en clase. La pobre ya ha tenido que soportar suficientes dramas.

—¿No te ha dicho nada?

—No hemos hablado desde que se ha ido, no tengo ni idea. —Me siento en la cama y cruzo los brazos sobre el pecho. Me tiembla la voz—. Pero esta mañana me ha mandado un mensaje y no ha dicho nada del artículo.

—No habría estado de más que te hubiera avisado.

—Pues sí.

Nos quedamos las dos calladas durante un par de minutos.

—¿Y ahora qué? —pregunta Hina.

—Esperaré a que vuelva antes de hacer nada.

—Supongo que es lo mejor.

—Además, esta tarde tengo una audición para el equipo de baile.

No me han dado tiempo para prepararme algo, tengo que aprenderme una coreografía y repetirla. Supongo que no tendré problemas.

—¿Estás segura de que es lo que quieres hacer?

—Por supuesto. Ya te he dicho que no voy a hacer nada hasta que hable con él, así que no tiene sentido que me cargue una oportunidad como esta por nada.

—¿Y qué pasa con la gente que le está dando bombo al tema?

—Ya veré qué hago.

Ahora mismo necesito desesperadamente una rutina, algo repetitivo que me ayude a superar la conmoción.

—Como quieras —replica Hina con evidente entusiasmo, y se dirige hacia mi iPod, que está conectado al altavoz—. Ya que estamos aquí, ¿por qué no me enseñas esos movimientos de los que hablabas antes? Tengo que inventarme un cántico para ti y necesito un poco de inspiración.

—No, por favor.

—Pero tengo que hacerlo, si hasta tengo los pompones. ¿Qué te parece un poco de S&M?