15. (Primera parte) Me repasa como si mi cuerpo fuera el mapa de la Atlántida
Ya está, voy a vomitar. Me sujeto el vientre, que no para de rugir, y clavo la mirada en el suelo inmaculado del ayuntamiento. Me entristece pensar que alguien haya invertido tanto esfuerzo en conseguir que brille más que los dientes de Ryan Seacrest para que ahora venga yo y eche la pota.
—No te muevas —me ordena Temari.
No puedo. Tengo que estar preparada porque cuando menos me lo espere ya no podré aguantarme más. ¿En qué momento accedí a pasar por esto? ¿En qué estaba pensando cuando decidí disfrazarme con un vestido bonito y pasearme por delante de toda esta gente que parece que no tiene nada mejor que hacer con su vida?
Vudú, eso lo explicaría todo. Mi madre debe de haber descubierto un nuevo pasatiempo, ahora que se ha quedado sin su club de lectura. La magia negra explicaría mi situación. Estoy sentada delante de un espejo enorme y solo llevo la bata de color rosa chillón que me ha regalado.
—Oye, entiendo que estés nerviosa, pero será mucho peor si acabas con la cara pintarrajeada como un payaso después de una violación en grupo, créeme.
Tiene razón, pues claro que sí. Doy gracias a Dios por que sea ella y no su madre la que me esté ayudando a pintarme. Karura tiene una pequeña peluquería en el pueblo y la ha contratado el comité organizador para que se ocupe del maquillaje y la peluquería de las participantes. Temari es tan buena como su madre, por eso le he pedido que me ayude.
—¿De verdad crees que puedo hacerlo?
Miedo y ansiedad son dos palabras demasiado suaves para describir cómo me siento ahora mismo. Esto no está bien, no está bien, algo dentro de mí me dice que debería montarme en el primer coche que pueda pillar y no bajarme hasta que esté en medio de ninguna parte.
Temari chasquea la lengua antes de responderme.
—Ya sabes que no soy especialmente aficionada a los concursos de belleza. Creo que es denigrante para la mujer porque la convierte en un espectáculo para entretener a la audiencia. ¿Crees que cuando las sufragistas luchaban para conseguir el derecho a voto esto era lo que tenían en mente? Estos concursos son superficiales, egocéntricos y un ejemplo de lo materialista que es el ser humano...
—Al grano, Temari, al grano.
—Ah, sí. Dicho esto, creo que vas a ganar de calle.
Sonríe y luego pone un poco de base en una esponja y me la extiende por toda la cara. Es pegajosa, incómoda y encima pica, pero tengo que llevarla si no quiero parecer un vampiro bajo la luz de los focos.
Alguien llama a la puerta y al cabo de unos segundos entra Ino. Es pronto, así que aún no se ha puesto el vestido. Lleva unos vaqueros y una camiseta. No participa en el concurso, pero ha venido a apoyarme y, sobre todo, a tener su primera cita con Sai. Estamos en una de las alcobas del ayuntamiento, que hacia 1800 fue la residencia de uno de los alcaldes del pueblo. Desde entonces, se ha convertido en una atracción turística y el sitio en el que celebrar actos como este.
—He venido para asegurarme de que no te convierta en Morticia —bromea riéndose, y se sienta a los pies de la cama.
—Je je, me están entrando ganas de hacerlo solo para no oíros más.
—Por favor, ni se te ocurra. Ya tengo suficiente con lo mío, no necesito asustar a los jueces.
Temari frunce los labios y me dedica una mirada de reproche, pero no le dura mucho tiempo. Sonríe de nuevo y me da palmaditas en el hombro.
—Cuando acabe contigo, no vas a asustar a nadie, cariño, los vas a dejar boquiabiertos. Eres preciosa, aunque no seas consciente de ello, y con la cantidad adecuada de maquillaje vas a machacar a la bruja esa.
Ah, Karin. Todo esto es por ella: machacarla, humillarla y ocupar su puesto.
—La he visto al entrar —interviene Ino—. Le estaba gritando a su madre, pobre. Por lo visto, la espalda de su vestido no es lo suficientemente abierta.
Su vestido siempre tiene que ser algo extremo, no necesariamente espectacular pero sí lo suficiente para asombrar a los jueces. Por increíble que parezca, yo aún no he visto el mío. Una parte de mí está demasiado asustada para imaginarse lo que hay dentro de la caja. El Itachi que conocí antes de la escuela militar habría preparado algún tipo de broma pesada dentro de la caja. El Itachi de ahora... Bueno, la verdad es que no sé qué va a hacer. Sé que suena estúpido, faltan apenas unas horas para que empiece el concurso y ni siquiera he visto el vestido que voy a llevar.
No soy la única a la que le preocupa el tema.
—Hablando de vestidos, ¿cuándo piensas mirar el tuyo? —pregunta Ino mientras contemplamos la caja que descansa sobre la cama.
Es como si fuera una bomba con temporizador que nos hará saltar por los aires en cuanto la toquemos.
—No quiero abrir la caja. Ni ahora ni nunca —admito, y las dos me miran con incredulidad.
—Tendrás un vestido de reserva, ¿no? Por mucho que me guste el riesgo, no creo que sea buena idea entrar desnuda.
—Ahora mismo lo último que necesito son tus ironías, Temari. El problema es que...
No sé cómo explicárselo. Nadie entiende lo difícil que me resulta confiar en Itachi. Es como si supiera que, cuando abra la caja, será como consolidar la relación que tenemos ahora mismo, por impredecible que sea. Si resulta que dentro de la caja encuentro lencería o un biquini minúsculo, sabré que nada ha cambiado. Me gusta pensar que sí que ha cambiado, que hemos avanzado mucho. Ha hecho tantas cosas para demostrarme que no es el Itachi de antes que estoy a punto de dejar de desconfiar en todo lo que hace.
—Tonterías, Sakura, te dijo que su madre estaba con él cuando lo compró. Tan feo no puede ser.
Observo el cepillito de rímel que Temari tiene en la mano y rezo para que no me lo meta en el ojo.
—Temari tiene razón.
Ino se pone de pie y se acerca a la caja. La coge, me la trae y la coloca sobre el tocador, que está abarrotado de potingues.
—Ábrela —me dice, y puedo ver la determinación que hay en sus ojos azules.
Obviamente, no tengo otra opción. Más me vale acabar con esto cuanto antes si no quiero salir ahí fuera en bata. Si lo demás fallara, aún tendría tiempo de improvisar un vestido con los volantes de las cortinas. No soy una princesa de Disney, eso está claro.
Cojo aire y me pongo manos a la obra. Quito primero el lazo, seguido del papel que envuelve la caja. Cuando solo me falta levantar la tapa, contengo un instante la respiración y lo hago. De repente, me ciega una luz blanca. Ino y Temari exclaman asombradas, pero yo no veo nada porque me estoy cubriendo los ojos con las manos. La luz de la lámpara de araña que cuelga del techo se refleja en lo que hay dentro de la caja, y me imagino más una bola de espejos de discoteca que un vestido.
—¡Es... precioso, Sakura! Dios mío, abre los ojos y mira —grita Ino, y mis temores empiezan a disiparse.
Mientras no sea rosa y brillante, todo irá bien.
Abro los ojos y me encuentro con un corpiño deslumbrante. Levanto el vestido para poder verlo entero y me quedo sin palabras. Necesito un buen rato hasta que mis ojos se acostumbren a la pedrería, y cuando por fin consigo admirarlo en todo su esplendor, me enamoro de él al instante.
Es precioso. No, precioso es quedarse corto. Lo miro y sé que el sentimiento es mutuo. Es como si alguien hubiera embotellado luz de luna y luego la hubiera rociado por toda la tela. No tiene mangas y los hombros están hechos de encaje plateado y muy delicado. Como las alas de un pájaro exótico, se extiende hacia abajo y se enrolla alrededor de la cintura, que es entallada y da paso a una falda de corte sirena que se ensancha en la parte más baja. La tela ondea entre mis dedos con tanta delicadeza que casi me da miedo ponérmelo por si lo destrozo.
Me he quedado de piedra. No puedo creerme que Itachi Uchiha sea capaz de ser tan detallista, tan atento y tan... maravilloso.
Parloteamos sin descanso mientras me lo pruebo. Me queda como un guante, acentúa las curvas que pueda tener y me marca la cintura. Estoy eufórica, Sakura la Obesa nunca habría podido llevar un vestido tan bonito como este.
Ino también tiene que vestirse, así que se va. El coordinador del concurso nos dice que tenemos diez minutos para bajar al salón principal, donde nos reuniremos con el resto de los participantes y haremos un ensayo. Me asusta la idea de compartir un espacio cerrado con el tipo de chicas que sé que habrá allí. Sé que han nacido para ganar este tipo de concursos. Seguro que les da algo cuando vean cómo llevo las uñas.
—A por ellas, campeona.
Temari me aprieta el hombro antes de irse. Resulta que, en un giro extraño de los acontecimientos, esta noche hará de DJ. Me pregunto cuánto había bebido mi madre el día que decidió contratarla. ¿Tiene idea del tipo de música que le gusta a Temari? Seguro que no es lo que quiere que escuchen las viejecitas estiradas del pueblo.
Bueno, al menos no nos aburriremos.
Al salón principal se llega a través de una gran sala que hace las veces de vestidor. La atravieso y me dirijo hacia las escaleras dobles que conducen abajo. El salón parece otro, está lleno hasta arriba de adornos florales.
En el vestidor, no puedo evitar fijarme en las chicas con las que tengo que competir. Me ven entrar y se quedan petrificadas, lo cual hace que me sienta increíblemente incómoda.
—¿De dónde lo has sacado? —me pregunta una morena un tanto desagradable mientras me señala con el dedo.
Yo frunzo el ceño, un poco desconcertada al ver que todas me miran de la misma forma. Están pasmadas, estupefactas, maravilladas y un poco cabreadas, todo al mismo tiempo.
—¿El qué? —pregunto con un hilo de voz, y es que me siento superada por la situación.
—El vestido, ¿de dónde lo has sacado?
¿Cómo les digo que me lo ha regalado un chico que, por cierto, no sé qué significa exactamente para mí? No sé por qué, pero creo que, en cuanto diga el nombre de Itachi en voz alta, seré recibida con algo parecido a la estampida de El rey león. Vale, será mejor que eche mano de mi increíble habilidad para mentir.
—Lo he comprado.
La morena que me está interrogando no se lo traga. La tengo vista del instituto, es del equipo de animadoras y no es muy fan de Karin. Solo por eso se merece todos mis respetos, pero ahora mismo me da un poco de miedo.
—Imposible. El diseñador todavía no lo ha puesto a la venta, me habría enterado. Llevo semanas en lista de espera y aún no me han contestado.
Lo dice con un tono acusador, como si fuera culpa mía que yo tenga el vestido y ella no. No tenía ni idea de que fuera de diseño y mucho menos que hubiera lista de espera. ¿Quién monta una lista de espera para un vestido?
—Y ...yo...
No sé qué decirles. Tampoco entiendo a qué viene tanto drama. Todas llevan vestidos preciosos, aunque sí que es verdad que se nota que el mío es más caro.
¿Cuánto se habrá gastado el muy idiota?
—¿Y bien?
La morena se lleva una mano a la cadera y tamborilea con unas uñas perfectamente pintadas.
—Déjalo ya, Alice, no seas patética.
Una voz rompe el silencio y mis ojos se dirigen hacia ella. Shion Fujimura, la capitana de las animadoras viene hacia nosotras con el entrecejo fruncido. Es como si tuviera poderes sobre la tal Alice. En cuanto se lo ordena, la otra se retira.
—No le hagas caso, a veces se pone un poco chula.
Shion es una chica preciosa con un cuerpo perfecto. Es rubia, pero su pelo es como la seda, suave y brillante. Hoy lo lleva ondulado y listo para el desfile. Le resalta la cara y le cae casi hasta la cintura. Tiene el cuerpo más moldeado que he visto en mi vida gracias a la gimnasia y a las rutinas de animadora. Lleva un vestido dorado y brillante, largo hasta el suelo, que le queda como una segunda piel sin parecer obsceno. Los tacones hacen que las piernas, largas ya de por sí, parezcan interminables.
Mi ego acaba de llevarse un buen revés. Shion es preciosa y encima es simpática.
—No pasa nada, gracias por intervenir. Tengo... tengo que irme.
—Espera —me dice cuando ya he dado media vuelta y me dispongo a huir.
Me vuelvo de nuevo y veo que me está sonriendo. La conozco desde la guardería, pero nunca había dado muestras de saber de mi existencia. Quizá el hecho de que yo jamás mostrara interés por tener más amigas que Karin también explique por qué hasta ahora nunca habíamos hablado.
—¿Adónde vas? Tu tocador está por aquí —me dice, y señala hacia una fila de mesas con unos espejos enormes.
Ah, claro.
—Es que..., bueno..., necesito tomar el aire.
Shion sacude la cabeza.
—No dejes que te afecte lo que te digan. Se nota que eres nueva en esto. Son como tiburones, todas. Huelen el miedo a kilómetros de distancia, así que intenta que no se te note que te intimidan.
—No sé cómo. A la mayoría ni siquiera las conozco y me miran como si se me quisieran devorar.
Ella sacude una mano, como quitándole importancia a mis palabras.
—Eso es porque le tienen miedo a Karin. No le gusta que hablen contigo o con tus amigas.
Ya lo sé, lo sabía hace muchísimo tiempo, pero aun así me duele oírlo. Nunca le he hecho nada a Karin, de verdad. Cuando me di cuenta de que era una carga para ella, me aparté de su camino. No me pegué a ella como un film adherente, que es lo que hace Karin con Sasuke, así que sigo sin saber por qué me odia tanto.
—Ah, y que tengas a Itachi Uchiha comiendo de tu mano tampoco mejora las cosas —añade en voz baja mientras las dos nos sentamos en nuestros respectivos tocadores.
La afirmación de Shion me deja sin respiración. ¿Esa es la impresión que damos cuando estamos juntos?
—No es eso. Tenemos una relación... complicada.
Abro la bolsa del maquillaje y, siguiendo las instrucciones de Temari, me doy los últimos retoques. Casi todo el trabajo es suyo. Llevo el pelo recogido en un moño sobre la nuca y mi maquillaje ya está listo. Intento no dejarme intimidar por el resultado. Me veo... mayor, no como la niña de doce años con la que todo el mundo me confunde.
Quizá Itachi también se dé cuenta.
—Pues eso no es lo que parece —replica Shion mientras se retoca el pintalabios.
Intento convencerla de que no hay nada entre Itachi y yo. Si consigo traérmela a mi terreno, puede que todas sus seguidoras dejen de fulminarme con la mirada.
Hablando de fulminar, estoy viendo la cara de Karin reflejada en el espejo y no parece muy contenta. Hasta ahora me ha dejado tranquila, pero se le nota en la cara el esfuerzo que está haciendo para no saltar. Se muere de ganas de hacer algo; llegados a este punto, casi agradecería que me atacara. Prefiero que vaya directa al grano y acabe cuanto antes a que me la juegue mientras me paseo como un pavo real por el escenario.
Las chicas y yo esperamos unos treinta minutos más hasta que aparece el presentador. Esta vez nos dice que los invitados empezarán a llegar pronto y que será mejor que hagamos el ensayo de vestuario ya. Me da miedo tropezar y partirme el cuello intentando mantener el equilibrio sobre los tacones de quince centímetros que Ino me ha obligado a llevar. Dice que necesito hasta el último centímetro si quiero competir con las «amazonas tamaño gorila» que son mis adversarias.
Tiene razón. Casi todas tienen la altura perfecta para ser supermodelos, así que agradezco los centímetros extra que me proporcionan los tacones, aunque sigo creyendo que son una trampa mortal. Mientras ensayamos, mi vestido sigue cosechando miradas. El proceso es bastante sencillo. Cuando oímos nuestro nombre, salimos del vestidor y ocupamos nuestro lugar en una de las escaleras. Somos cinco en cada lado, y desde aquí nos presentamos ante el público y los jueces. Una a una, bajamos hasta donde nos esperan nuestras parejas, que nos llevan a la pista de baile. Cada pareja tiene cinco minutos para bailar e impresionar a la concurrencia. Luego, las participantes se mezclan con los asistentes y se ganan su confianza hablando y regalándoles los oídos a los ancianos. Aquí es donde los jueces valoran la personalidad. Puedes bailar con quien quieras, pero la presión de saberse juzgado siempre está presente.
Los acompañantes llegarán con el espectáculo ya empezado, así que el ensayo tiene que ser sin ellos. Cada vez que pienso que voy a ver a Itachi, siento mariposas en el estómago. Una parte de mí quiere tirarle algo a la cabeza por haberse gastado tanto dinero; la otra preferiría que desapareciéramos los dos en nuestra burbuja. Cuando estamos juntos, solo puedo concentrarme en discutir con él o en intentar estar a la altura de sus comentarios zafios. Creo que echo de menos sus intentos interminables de ligar conmigo.
—Saku, cariño, ¿eres tú?
Mikoto asoma la cabeza en la sala, que es a donde hemos vuelto después del ensayo. Está encantadora como siempre, con un vestido de encaje color crema. Lleva el pelo recogido en un moño como yo, aunque a ella le queda mucho mejor.
No puedo evitar fijarme en que Karin se ha puesto especialmente tensa cuando ha visto entrar a la madre de su novio, que se ha sentado en una silla libre que hay junto a mí. Adoro a Mikoto, pero me gustaría que mirara hacia donde está Karin, aunque solo sea para tranquilizarla.
—Tu madre me ha dicho que te encontraría aquí. Estás preciosa, cariño, sabía que el vestido te quedaría genial —me dice, entusiasmada, y yo me pongo colorada mientras intento no volverme hacia Karin, que me está atravesando con la mirada.
—Gracias —respondo, confiando en que se me haya notado la falta de entusiasmo.
Después del incidente en el lavabo, Karin tiene una razón de peso para atacarme; no necesito provocarla aún más.
—No tienes ni idea de las vueltas que me hizo dar Itachi hasta que lo encontramos. Tuve que cancelar todas mis citas para poder ir de compras con él, pero nada le parecía suficientemente bueno para ti —explica, y sacude la cabeza como si lo recordara con cariño.
Eh, corazón, tranquilo, deja ya de derretirte.
—Después de dos días sin encontrar nada, tuve que pedir un favor. Tengo un amigo que trabaja para un diseñador muy conocido. No hace mucho operé a su hija y estaba tan agradecido que llevé a Itachi a que lo conociera. Le montó una que pensé que a mi pobre amigo le iba a dar un ataque. Nada de lo que veíamos le parecía bien para ti.
¿Es que me considera quisquillosa? ¿Cree que soy una niñata consentida que no se conformaría con nada que no fuera un vestido de varios miles de dólares?
—No te enfades con él, Sakura. Sé que a Itachi le gusta ir de chico malo. Cuando tenía tu edad conocí a muchos como él, pero cuando se trata de ti es un blandengue. —Pone una mano sobre la mía y me regala una sonrisa que me remueve algo por dentro—. Sinceramente, pensé que se mantendría fiel a su rutina de cambiar de chica cada semana, pero cuando lo veo contigo siento que aún hay esperanza. Sasuke es mi hijo, sangre de mi sangre, pero ha sido un idiota por no valorar lo que tenía.
Se me desencaja la mandíbula. Un momento, ¿es que todo el mundo sabía que a mí me gustaba Sasuke? ¿He llevado un cartel pegado en la frente todos estos años?
—No me... bueno, no me gusta, somos amigos... no, no... —farfullo, pero ella se echa a reír y me da unas palmaditas en la mano.
—No te estoy juzgando. Quiero a mis hijos por igual, pero me alegro de que uno de ellos tuviera las agallas suficientes para luchar por lo que quería.
Me guiña un ojo y yo me quedó ahí, sentada y estupefacta.
—Bueno, ya está, basta de escandalizar a la concursante. Solo he venido a desearte buena suerte y a darte esto.
Me pone una bolsa de regalo sobre el regazo y me mira expectante. Meto la mano y lo primero que toco es un envoltorio liso. Lo saco y descubro encantada que es una barra enorme de Kit Kat.
—Eso es de parte de Itachi.
Mikoto sonríe y yo le devuelvo el gesto. ¡Me ha mandado un Kit Kat! ¿Y yo qué puedo hacer frente a eso? Meto la mano en la bolsa por segunda vez y mis dedos se cierran alrededor de una cajita de terciopelo. La saco y descubro alucinada que es una caja granate de Cartier.
—Esto es de mi parte —me dice, y yo sigo sus instrucciones con sumo cuidado.
Dentro encuentro el par de pendientes de diamante más alucinantes que he visto en mi vida. Desprenden un brillo increíble, lo cual me recuerda lo mucho que deben de haber costado.
—Mikoto, n...no puedo aceptarlos, es demasiado...
—Tonterías, los tengo desde hace siglos pero nunca puedo ponérmelos. Te quedarán muy bien con el vestido.
—¿Te los puedo devolver después del concurso?
Ella responde que no con la cabeza y me cierra los dedos alrededor de la caja.
—Quiero que te los quedes.
Mikoto se va y yo me quedo descompuesta. ¿De verdad acabo de tener una conversación con Mikoto Uchiha donde se ha insinuado que le gusto a Itachi?
Pero lo peor que ha pasado es que ha ignorado descaradamente a Karin. Es como si no se hubiera dado cuenta de que estaba ahí sentada. Apuesto a que esto tendrá consecuencias.
No quiero hiperventilar, así que respiro hondo y me preparo para el concurso. Los invitados van llegando; desde aquí podemos oír las conversaciones, corteses aunque sin sentido, que se suceden en la planta baja. En cualquier momento nos sacarán de aquí y tendremos que desfilar para ellos.
—Diez minutos, chicas.
El sándwich de pavo que me he comido a mediodía amenaza con volver a salir por donde ha entrado. Respira hondo, Sakura, eso es, respira hondo y saldrás viva de esta. Después ya tendrás tiempo de quitarte los tacones de quince centímetros y de aplastar a Itachi con ellos.
—Intenta no ahogarte, gorda —me espeta Karin con una sonrisa maligna cuando pasa junto a mí para ponerse a la cola.
El vestido de seda carmesí que lleva, con un solo hombro cubierto, flota tras ella mientras camina. Está jugando sus mejores cartas, el torso y los pechos, que se intuyen a la perfección. La parte de atrás del vestido es más o menos inexistente, con una sola cinta conectando la parte de arriba con el principio de la falda. Su aspecto es tan extremado como lo es ella misma y yo no puedo evitar temer por mi vida.
La cabeza me da vueltas cuando oigo mi nombre y sé que tengo que ocupar mi sitio en la escalera. El público es muy numeroso y nos observa; al parecer, ha venido todo el pueblo. Mi madre está encaramada a su podio recitando nuestros nombres. Los acompañantes forman una línea en la pista de baile elevada que ocupa el centro del salón. El corazón me da un vuelco cuando veo los ojos de Itachi posados sobre mí. No me dejan ni un segundo mientras avanzo lentamente hasta ocupar mi puesto.
Está tan guapo, tan perfecto, que no puedo evitar un ligero tembleque. Lleva traje como el resto de los chicos, pero a él le queda mucho más... sexy que a los demás. La corbata es gris acero, sobre una camisa blanca y a juego con mi vestido, y resalta el negro de sus ojos. Cuando nuestras miradas se cruzan, me guiña un ojo y yo tengo que contener la risa.
Formo la palabra «gracias» con los labios y espero que entienda que lo digo por el vestido. Luego me doy cuenta de que no me puede ver de cuerpo entero porque me tapa la chica que tengo delante, que mide al menos metro setenta y cinco. Bueno, ya me verá cuando bajemos.
Una a una, las diez participantes nos presentamos frente a los asistentes. Veo a mi padre en medio de la multitud, pero Shikamaru no está por ninguna parte. Es muy alto, lo localizaría sin problemas, pero no está.
Una oleada de decepción me golpea. Me había prometido que vendría a apoyarme, cuando acabara de cebarse a base de pizza, claro. Entiendo que quiera evitar las miradas generalizadas, pero, si quiero seguir adelante con esto, necesito gente que no se burle de mí si me quedo sin palabras, o, mejor dicho, cuando eso pase. Shikamaru es una de esas personas.
Suena una música suave mientras, uno a uno, los acompañantes nos guían hasta los límites de la pista de baile. Cuando llego junto a Itachi, siento que el corazón se me va a salir del pecho. Me cuesta respirar y me siento tan débil que podría desplomarme en cualquier momento. Con gesto tembloroso, extiendo una mano en busca de la de Itachi, que me mira desde el pie de las escaleras con los ojos abiertos como platos.
Sé que solo pasa en las comedias románticas más cursis, pero por un momento me siento como una de esas chicas. Es como si el tiempo se hubiera detenido y solo quedáramos el chico malo con corazón de oro y yo, la chica rara con la que le gusta pasar el tiempo.
Siento un cosquilleo en la piel cuando entrelazamos nuestros dedos y me ayuda a bajar. Sus ojos se pasean descaradamente por mi cara y por mi cuerpo, y esta vez no intento esconderme. Es su vestido: si quiere mirar, que mire. Me repasa como si mi cuerpo fuera el mapa de la Atlántida y no me importa. Esto lo hago por él; toda esta pantomima es por él y ya va siendo hora de que lo admita. Siento una gratitud inmensa por todo lo que ha hecho por mí últimamente. Me gustaría agradecérselo de la mejor forma posible.
—Estás preciosa —me dice cuando nuestro momento La película de tu vida se termina, y me doy cuenta de que la gente está aplaudiendo a nuestro alrededor.
Incluso veo a Ino dando saltos de alegría, gritando y saludándome como una histérica. Me hace gracia verla así, sobre todo porque Sai, que está a su lado, no tiene ni idea de cómo actuar. Los saludo con la mano y dejo que mis ojos recorran la sala en busca de más caras conocidas. Temari me sonríe desde la cabina del DJ. Parece una profesional, con los auriculares en la cabeza y parapetada detrás de un aparato de aspecto complicado.
Mis ojos siguen escaneando la estancia mientras Itachi me lleva a la tarima que hace las veces de pista de baile. De pronto, se detienen en Sasuke, que está en un lateral, y no puedo evitar fruncir el entrecejo. ¿Qué hace ahí? ¿No debería hacer de acompañante de Karin? Me vuelvo hacia ella y veo que va del brazo de Suigetsu, el hijo del ayudante del sheriff.
Qué jeta tiene la muy bruja. Sé lo que ha pasado aquí, lo sé en cuanto veo la expresión abatida de Sasuke. Se ha deshecho de él porque todo el mundo sabe que es inepto para el baile. Obviamente, alguien tan decidido a ganar como ella no escogería a un tío con dos pies izquierdos como pareja de baile, pero aun así, ¡es su novio! Llevan saliendo tres años. Sasuke lo debe de estar pasando fatal, sobre todo viendo cómo Suigetsu le magrea el culo a Karin y ella no hace nada para evitarlo.
—¿Por qué pones esa cara? —me pregunta Itachi cuando ocupamos nuestro sitio y yo giro la cabeza para mirar a Sasuke.
Sí, a pesar de todo lo que ha hecho y dicho, no puedo evitar sentirme fatal por él. Ahí solo, con las manos en los bolsillos y los hombros caídos, parece tan... triste... Me gustaría que desapareciera su tristeza, me gustaría asesinar a Karin por atreverse a tratarlo así.
—Karin no ha escogido a Sasuke como pareja —murmuro, furiosa, y Itachi suspira.
—Créeme, Saku, a él le da igual. No está jodido por eso.
Me aprieta la mano con tanta fuerza que está a punto de hacerme daño. No entiendo qué quiere decir, pero por la forma en que aprieta los dientes sé que es mejor que cambie de tema.
—El vestido... es increíblemente bonito, Itachi. Gracias, no sé qué decir.
Él se ríe entre dientes y sacude la cabeza.
—¿Desde cuándo no sabes qué decir? ¿Ya te has acabado de leer Respuestas ingeniosas para dummies?
Le aprieto la mano con fuerza.
—Intenta no tomártelo a broma, aunque solo sea esta vez. Gracias, de verdad.
—No es para tanto, tampoco tuvimos que buscar mucho. Lo encontré en una tienda vintage a la que me llevó mi madre.
Sonrío para mis adentros al comparar la versión de Mikoto con las explicaciones contradictorias de Itachi. Sé que es él quien miente. Lo que llevo puesto no parece sacado de una tienda de ropa de segunda mano. Puede que sea un tanto analfabeta en lo que a moda se refiere, pero sé reconocer un vestido caro en cuanto lo veo.
Si prefiere quitarle importancia al gesto, eso es cosa suya. Puede que se sienta incómodo contándome el esfuerzo que le ha costado encontrar el vestido, así que mejor lo dejo en paz. Me gusta provocarle, me encanta llevarlo al límite, pero esta vez no diré nada.
De una en una, las parejas se van dirigiendo hacia el centro de la pista y empiezan a bailar. Cada vez que practicábamos, Itachi me decía que mantuviera siempre el contacto visual y ahora sé por qué. Aparte de Haru y su novio, entre el resto de las parejas no hay química. Sus movimientos parecen automáticos, ensayados y, la verdad, aburridos. Resulta especialmente interesante observar al Chico de Oro. Suigeysu Hozuki intenta inclinar a Karin hacia atrás y la deja caer al suelo. La escena es muy cómica y tengo que meterme un puño en la boca, literalmente, para dejar de reírme como una idiota. Tampoco ayuda que Temari haga sonar el «Gold Digger» de Kanye justo cuando se disponen a abandonar la pista. Temari se disculpa poniendo carita de cordero degollado y yo recuerdo por qué nos hicimos amigas.
Cuando por fin nos toca a nosotros, siento que mi cuerpo se paraliza. Itachi me tira de la mano para guiarme, pero yo estoy a punto de perder el conocimiento. Me mira, preocupado, con esa cara tan perfecta que Dios le ha dado y luego se inclina sobre mí hasta que nuestras caras están al mismo nivel.
—¿Nerviosa?
Asiento.
Me sujeta un mechón de pelo detrás de la oreja y sus dedos me rozan la mejilla, incendiando la piel a su paso.
—Míralo de esta manera: si tú fracasas, yo fracaso, y yo odio fracasar. Está chupado, Saku, podemos hacerlo —me promete.
—Es lo mismo que dijiste cuando me convenciste para que saltara desde la cabaña del árbol. Acabé en urgencias con un tobillo roto.
Se rasca la nuca y se le escapa una mueca.
—Pensé que caerías sobre el trampolín, pero da igual, esto es distinto. Y ... ya no soy el niñato estúpido de antes. Te prometo que no habrá más visitas a urgencias.
—¿Estás seguro? —pregunto, consciente de que ya me siento mucho mejor.
—Que me muera ahora mismo si estoy mintiendo, bizcochito.
Le sonrío, me cuelgo de su brazo y nos dirigimos hacia el centro de la pista.
