Epílogo: En Compañía del Ser Odiado
Sangre…
Sudor…
Gritos de dolor…
Gemidos de placer...
Luces parpadeantes entre las tinieblas de un húmedo sótano…
El chasquido de un látigo contra una valla metálica…
Y tiempo…
Ese implacable cabrón que había decidido discurrir a saltos.
Tan fugaces eran los saltos que la confusión producida era máxima. Breves destellos de conciencia y cordura que apenas eran suficientes para que Naraku ordenase mínimamente sus ideas, ni mucho menos para poder calcular cuánto tiempo había pasado desde que fue devorado por esa espiral de locura sobre la que cabalgaba.
Lo detestaba… Con todas sus fuerzas. Sabía que lo merecía pero no por ello dejaba de detestar aquello en lo que su existencia se había convertido.
Pero no os engañéis, Naraku no detestaba el dolor, la humillación o la tortura. Ni siquiera detestaba el placer que durante breves instantes le era ofrecido. Porque sí, el placer se le proporcionaba. Un placer tan extremo como el dolor, un placer que no era capaz de manejar. Se detestaba a si mismo por no poder soportarlo, por no por no ser capaz de obligar a su cuerpo a resistir despierto como para asimilarlo, por no lograr mantener la conciencia durante el tiempo suficiente como para recordarlo.
Su mente se estuvo ahogando entre pesadillas y breves destellos de realidad durante demasiado tiempo. Los intervalos de descanso eran harto insuficientes para que las heridas sanasen, los momentos de conciencia, demasiado cortos y difuminados para ser digeridos. Aún así, la reacción de su mente no era lógica, no era normal. Conocía demasiado bien los efectos de prácticamente cualquier droga como para no darse cuenta que le eran suministradas con cada ración de comida o agua, pero el agotamiento físico con el que había estado lidiando su cuerpo le había hecho descubrir esos efectos a un nivel completamente nuevo. Por eso no había manera de que pudiéramos descubrir cuánto tiempo llevaba así. Podría tratarse de días, de meses o de años. Desde luego Naraku no tenía forma de calcularlo; ni siquiera era consciente del lugar o lugares en los que había estado durante ese desquiciante periodo.
Pero hoy todo era diferente. Hoy era el primer día en mucho tiempo en el que era capaz de armar un pensamiento medianamente coherente.
Tras más de una semana de un reparador sueño sin sueños, hoy Naraku abrió los ojos de manera natural, sin que su despertar fuera propiciado por un intenso calambrazo de dolor.
Por primera vez había luz natural bañando la estancia en la que se encontraba. Por primera vez tenía libertad para mover todas sus extremidades y sus ojos eran capaces de enfocar el aspecto de la decoración a su alrededor.
No notaba resquemor en ninguna de sus llagas. Ninguna herida se abrió al incorporarse.
Sus músculos seguían todavía atrofiados pero no notaba el dolor de las costillas partidas al respirar.
Respirar…
Ese acto tan simple y automático que llevaba tanto tiempo siendo convertido en un instrumento de tortura. ¿Cuántas veces había implorado que se lo permitieran? ¿Cuántas veces había deseado dejar de hacerlo?
«Respira...»
Un recuerdo se coló por primera vez en su mente desde que fue atrapado.
Naraku lo abrazó con el ansia de un adicto, a pesar de lo psicosomático e insano que era.
—¡Respira!
Esa voz susurrante y macabra. La voz dueña del Infierno y juez implacable del cruel juego en el que Naraku tenía el papel de víctima.
La voz ordenaba a la vez que una mano le apretaba el cuello con inmensa fuerza, imposibilitando a la vez el cumplimiento de esa orden.
—N...no pue...do...—trataba Naraku de balbucear. Aunque no es que le realmente le apeteciera intentarlo. Simplemente sabía que al juez le gustaba que le implorasen. Era una de las reglas del juego. Si no lo hacía, las garras se clavarían con profundidad, el dolor barrería con el placer que se acumulaba en su vientre y la pérdida de sangre acabaría por hacer que se desmayase en pocos minutos.
—¡Respira! —comandaba la voz de nuevo tras aflojar el agarre. Entonces la guerra interior se tornaba aún más desquiciante.
No quería hacerlo.
Tenía al ser más hermoso y cruel del mundo encima, delante de sus ojos, hundido en su interior, embriagándole con su aliento. En el momento que inspirase y el oxígeno irrigase su cerebro, el dique se partiría y la sacudida de placer sería tan apabullante que haría que se desmayase, imposibilitándole disfrutar del mismo.
Pero seguir aguantando sin respirar tampoco era una opción. Lo había intentado, buscando desesperadamente la muerte en ese momento tan perfecto.
Pero su juez y verdugo no se lo había permitido, insuflándole su propio aliento en el momento en el que notaba que su víctima se desvanecía.
—¡Respira conmigo!—comandaba esa voz llena de furia mientras lo arrastraba a la fuerza de vuelta a la vida. Esa era la peor opción. Su juez se ocuparía de castigarlo inmisericordemente por tratar de escapar de su condena intentando morir.
Naraku se veía obligado a obedecer, muy a su pesar, porque sabía que haría cualquier cosa que esa voz le ordenase, incluso continuar viviendo en esa espiral de locura que lo dejaba física y psicológicamente destrozado.
Naraku sonrió. Por fin era capaz de recordar.
Miró a su alrededor y se extrañó por lo inesperado del lugar donde se encontraba. Era una estancia espaciosa y amueblada con exquisito gusto y lujosa sencillez. Una cama gigante de sábanas negras de satén, una moqueta suave de color gris y modernos muebles de tonos claros decoraban la habitación. A su derecha no había una ventana sino que toda la pared estaba formada de cristal, desvelando una vista espectacular del atardecer del centro más exclusivo de Tokyo. La completa falta de personalidad del lugar le indicaba que sin duda se trataba de la suite de un hotel y no de la vivienda habitual de nadie.
Se incorporó y con pasos algo torpes recorrió el dormitorio, la amplia sala, la terraza... Investigó sorprendido por lo cómodo, agradable y vacío del lugar elegido para ser su mazmorra. ¿Y su carcelero dónde se suponía que estaba? Acaso había estado aquí completamente solo durante todo el tiempo que estuvo durmiendo?
Tras lanzar una mirada fugaz hacia la puerta, Naraku aplazó esa decisión para después de pegarse un lavado.
En el baño y tras eliminar la peste a sudor y limpiar los restos pegajosos de su piel, se paró frente al espejo de cuerpo entero para observar su reflejo desnudo. Aunque no hubiera perdido más de tres o cuatro kilos, las huellas la perturbadora experiencia podían apreciarse a primera vista. No existía una sola porción de su cuerpo libre de marcas o cardenales; aunque eso sí, la gran mayoría, ya estaban transformadas en cicatrices Sin duda ha debido de dormir al menos una semana para que se cerrasen todas.
La más grave de ellas también había cicatrizado. Situada en su costado derecho y causada por una espada capaz de infectar, descomponer y pudrir la carne que atravesase, tenía que haber acabado con su vida a las pocas horas de producirse. Aunque la herida no fuera mortal, la gangrena era imperativa para cualquier corte producido por Bakusaiga y solo su dueño podía impedir que hasta el más mínimo rasguño no fuera letal.
Pero para gran sorpresa de Naraku, sus planes de morir fueron truncados por el mismo instrumento que había elegido para llevarlos a cabo.
La saliva de Sesshōmaru había purificado del veneno de Bakusaiga la zona y sus manos habían detenido la hemorragia, salvándole la vida. Pero poco tardó Naraku en descubrir que la lengua que curó la herida disfrutaba abriéndola de nuevo una y otra vez, llevándolo al borde de la anemia en incontables ocasiones, impidiendo que el dolor cesase o disminuyese. Sesshōmaru no lo hizo por salvarlo, lo atrapó con la intención de imponerle una condena mucho más larga y cruel que la muerte.
Muchas más heridas lo acabarían por cubrir mientras colgaba inerte en algún lúgubre sótano y las cicatrices de cada una, junto a la piel pálida y cenicienta le servían de testimonio de una experiencia que no era todavía capaz de recordar del todo.
Tal vez por ello se Naraku se sorprendió ligeramente al ver una de esas cicatrices en concreto. Aunque soñó con tenerla durante mucho tiempo, jamás creyó que tuviera posibilidad alguna de conseguirla. Se tuvo que acercar al espejo y cerciorarse pero allí estaba: en la base de su cuello y con un hematoma todavía reciente alrededor. La marca de Sesshōmaru.
Por un segundo Naraku se permitió el lujo de sentirse feliz, pero su mente ya no estaba turbia por el cansancio o los narcóticos e inmediatamente se ocupó de devolverlo a la realidad.
—Ojo por ojo, ¿eh Sesshōmaru? —murmuró con amargura. Sabía que esa marca nada tenía que ver con las que se hacen los amantes. Solo se la hizo por venganza y para poder localizarlo si intentaba escapar. ¡Claro! Esto explicaba por qué había despertado en la cama de la suite de un hotel y no encadenado o atado, colgando del techo de una mazmorra. Sesshōmaru se había asegurado de facilitarse la labor de cazarlo con facilidad, la próxima vez que tuviera que perseguirlo.
Los pensamientos de Naraku volaban desbocados tras tanto tiempo adormecidos
«No le siento por la zona… Debería aprovechar que no esta cerca y largarme cuanto antes. Aunque la puerta esté cerrada o haya una barrera, igual puedo salir por la terraza y escalar a la azotea… O podría tratar de romperla, ahora que me encuentro con fuerzas…»
Mientras planificaba la fuga, Naraku se acercó a la puerta y se concentró para tratar de percibir algún rastro de yoki, ya fuera de una kekkai o de posibles vigilantes. Nada. O sus facultades habían perdido completamente la forma o realmente no había rastro alguno de energía demoníaca en toda la planta.
Finalmente cogió la manilla de la puerta y giró el pomo, abriéndose ésta sin esfuerzo alguno y mostrando un desierto pasillo lleno de puertas iguales y dos ascensores al fondo.
Naraku no era capaz de explicarse su situación. ¿Acaso era libre de marcharse? ¿Dónde estaba Sesshōmaru y por qué lo había dejado solo durante tanto tiempo, permitiendo que se recuperara? ¿Acaso lo había perdonado? Una risilla se le escapó a causa de lo estúpido de ese pensamiento.
«Seguramente esté jugando conmigo. Se habrá aburrido de jugar con mi cuerpo y mente, y quiere meterle emoción al asunto con una nueva jornada de caza. O igual ha decidido matarme de verdad y quiere hacerlo de una manera más honorable y épica. Estrangular o dejar desangrarse a un guiñapo destrozado y sin fuerzas ni para ir a mear por su cuenta no quedaría bien en su expediente de gran guerrero. Sea lo que sea, es una oportunidad… Tan solo debo correr. Poner cuanta más distancia mejor y ... »
Mientras cavilaba, Naraku dio un paso, luego otro y otro más, hasta salir al pasillo. Siguió avanzando pero con cada paso que daba su velocidad iba disminuyendo hasta hacerle frenar totalmente a apenas a un par de metros del ascensor.
Irse… Escapar de Sesshōmaru, escapar del dolor insoportable, del placer delirante, de sentir como su mente y su alma eran deconstruidos a la mínima, hasta convertirlo en menos que cualquier bestia babeante. Escapar de las consecuencias que sus propios actos. No volver a ver jamás su mirada llena de rencor, no escuchar sus reproches llenos de desprecio, sus órdenes contundentes y contradictorias. No sentir la caricia de su látigo, la presión de su pene en las entrañas. Correr y continuar viviendo...
Naraku se estremeció y sus piernas comenzaron a temblar, haciéndole apoyarse contra la pared para no caer. Su cabeza estaba tan confusa que comenzó a pulsar de dolor.
«¿Debo aprovechar la ocasión y escapar? ¿Acabar yo mismo con todo? ¿Seguirle el juego a Sesshōmaru?»
En el momento de mayor confusión el "clin" de la llegada del ascensor a planta lo sacó del bucle. Casi deseó que apareciera Sesshōmaru, así no tendría que tomar ninguna decisión. Pero al terminar de abrirse las puertas, el histérico grito de una camarera de piso cortó en seco cualquier elucubración recordándole que se encontraba completamente desnudo y empapado en medio del pasillo.
—¡Ahhhh! ¡Pervertido! ¡Hentai! —chilló la pobre mujer, tapándose los ojos y pulsando de nuevo el botón de bajada— ¡Avisaré a seguridad, que lo sepas, maldito exhibicionista!
La situación era tan absurda que la Araña comenzó a reír, se dio la vuelta y siguió riéndose de camino a la habitación para solamente parar tras haber cerrado la puerta y echado el pestillo. Era como si la maraña de cables que habían estado cortocircuitando su mente, de repente se hubieran desenredo y volviera a ser él mismo.
La traumática experiencia le había confundido tanto que pretendía escapar de algo que ni siquiera recordaba con claridad. Lo que detestaba no eran los "castigos" en si, detestaba no poder vivirlos y disfrutarlos completamente. Detestaba su propia debilidad e impotencia, la incapacidad de poder recordar esos preciosos momentos en los que Sesshōmaru lo forzaba a gemir o a gritar.
Quizá por eso, el Daiyōkai lo mantuvo débil y drogado durante tanto tiempo. Sabía que lo que hacía no podría considerarse ningún castigo si el culpable lo disfrutaba y Sesshōmaru conocía a la perfección la faceta masoquista de la Araña.
Pero Naraku ahora se encontraba fuerte y sano. Al parecer la situación había cambiado y sería un auténtico desperdicio no quedarse a comprobar lo que el destino le tenía preparado como continuación.
Durante su vida, Kandata había sido un notorio ladrón, un asesino y un incendiario, culpable de numerosos crímenes. Más el Señor Buda recuerda un único acto bueno realizado por este hombre. Una vez, Kandata vio una pequeña araña arrastrándose por el camino cuando cruzaba un denso bosque. Inconscientemente levantó su pie para matarla, pero en ese instante se detuvo. "No, no", pensó. "Esta araña puede ser insignificante, pero sin lugar a dudas es un ser viviente. No parece correcto tomar esta vida sin razón alguna. *
Un pronunciado pitido proveniente del teléfono móvil de Sesshōmaru le hizo cerrar el compendio de relatos de Ryūnosuke Akutagawa que se encontraba leyendo al sol, sentado al sol en un banco del Shinjuku Goyen, uno de sus lugares favoritos de la ciudad.
—¿Y bien?
—Esta mañana oí un montón de revuelo en el templo. A la media hora llegaron dos ambulancias y se llevaron a un grupo de gente que no había visto entrar en ningún momento.
—¿Qué tipo de gente?
—Pues… gente religiosa… supongo. Iban todos con pinta de ir a desfilar a algún matsuri, con ropas del siglo XIV o por ahí. Pero ya no queda ninguno. Se metieron todos en las ambulancias y se largaron. El Higurashi Jinja esta cerrado y vacío
—¿Te fijaste de qué hospital eran las ambulancias?
—Del Machida.
—Bien, buen trabajo. Avísame si vuelve alguien por el templo.
Tras esta orden Sesshōmaru colgó el celular y salió del parque, subiéndose al primer taxi libre en dirección al hospital. Las palabras de Akutagawa resonaron en bucle por su mente durante el viaje completo. Había leído tantas veces ya "El hilo de la Araña" que se sabía el cuento prácticamente de memoria.
Observando la situación en el Infierno y recordando el hecho de que Kandata había ayudado a la araña, el Señor Buda resuelve que por esa única buena acción, él trataría si fuera posible de rescatarlo de allí. Entonces, mirando la superficie del estanque, se complace al descubrir sobre una hoja de loto coloreada de jade, a una araña del Paraíso, fabricando su plateado hilo. El Señor Buda toma este hilo suavemente y lo introduce por el espacio que hay entre las hermosas flores de loto, hasta las cavernosas profundidades del Infierno.
Cuando todavía era joven y orgulloso, Sesshōmaru veía a la gente en blanco y negro: los blancos que merecían vivir, y los negros (la gran mayoría) que eran cobardes, egoístas, manipuladores, inferiores... -es decir- que eran escoria, y como tal debían ser despreciados o exterminados. Ahora era capaz de entender que el concepto de bueno o malo depende bastante del punto de vista del observador y que la mayoría de las personas ya sean humanos o yokai son más bien grises. La gente es gris pero los actos siguen siendo blancos o negros, y sabía que una acción buena cometida por alguien terrible no puede borrar una vida llena de abusos y crueldad. ¿O tal vez sí?
En las profundidades de Infierno se encuentra el Lago de Sangre, negro como la brea en toda su extensión. Junto a los demás pecadores, Kandata continuamente flota en su superficie y se hunde en sus profundidades. Ocasionalmente él ve algo amenazador que emerge de la oscuridad, y se sume en la más absoluta desesperación al darse cuenta de que son las resplandecientes agujas de la terrible Montaña de las Agujas. Por otra parte, todo el lugar es tan silencioso como el interior de una tumba. El único sonido que a veces escucha es el débil suspiro de algún otro pecador. Esto es así porque cuando una persona ha caído tan bajo, ha pasado por las torturas de tantos Infiernos que ha perdido hasta la fuerza para llorar. Aún un ladrón tan experimentado como Kandata no puede hacer otra cosa más que retorcerse, como una rana atrapada en las garras de la muerte, mientras se ahoga en la sangre del lago.
Tras recuperar su libertad en 1614 lo primero que hizo Sesshōmaru fue volar a Hokkaido, pero una vez enterró a Rin y a los dos bunshins que él mismo había asesinado, decidió mostrarse ante sus familiares y ponerles al día sobre sus planes de caza. A los pocos días se enteraba del fallecimiento hacía más de 50 años de su madre, a causa de la epidemia. Tal vez a causa de ello se puso algo nostálgico y comenzó a buscar a Inuyasha por la región de Takeda ya que era el único pariente con vida que podría quedarle. Fue al bosque con su nombre y al poblado donde vivió con su humana y ahí le contaron una historia algo extraña: Al parecer la miko y su esposo hanyō -junto al kitsune que tenían de mascota- desaparecieron misteriosamente una noche hacía más de 50 años, sin contar nada a nadie sobre sus planes o intenciones. Quizá fueran al templo de Mushin para embarcarse desde allí a China. Fue una época difícil para todos -y más sin sanadora- por lo que a muchos les pareció mal que se fueran sin avisar. Otros comentaban que el hanyō llevaba tiempo ahorrando, haciendo trabajos especiales en vez de cuidar de su esposa enferma… Le contaron que incluso había llegado al extremo de vender todas sus pertenencias de valor, como por ejemplo el famoso collar mágico de colmillos que dejó de colgar de su cuello un mes antes de desaparecieran.
Sin embargo, este día, Kandata alcanza a elevar su cabeza y ver, en el oscuro y silencioso cielo sobre el Lago de Sangre, un plateado hilo de araña descendiendo desde lo alto. ¿Acaso esta delgada y centelleante línea, apenas visible, podría estar acercándose? Cuando Kandata ve esto, preso de la alegría, involuntariamente aplaude con sus manos. Tal vez si pudiera colgarse de esta cuerda y trepar hacia donde fuera que ella conduce, podría escapar del Infierno. ¡Con un poco de suerte, él podría alcanzar el Paraíso, y nunca más se vería forzado a trepar por la Montaña de las Agujas o a ser tragado por el Lago de Sangre!
Mientras le viene este pensamiento, Kandata inmediatamente toma el hilo de la araña con ambas manos y comienza a trepar, aferrándose a él con todas sus fuerzas. Teniendo en cuenta que originalmente había sido un experimentado ladrón, este tipo de esfuerzo no representa nada nuevo para él.
Sesshōmaru inmediatamente hizo la conexión. Se acordaba del collar a la perfección y hasta tal punto lo visualizaba siempre colgado del cuello de Inuyasha que la única vez que llegó a verlo sin estar allí, ni siquiera fue capaz de reconocerlo.
Bueno, eso tampoco es que cambiara en nada la situación. El hanyō lo vendería a algún prestamista de la zona de los que un 80% pertenecían al Yamaguchi Gumi y de ahí acabaría en manos de la Araña. El que lo quisiese bañar en oro o no, no debería estar relacionado con la desaparición de Inuyasha y su familia. Pero en Mushin encontró otra pieza del puzle sin encajar. La familia del monje y la exterminadora desaparecieron igual de misteriosamente pocos días antes de Inuyasha y Kagome. También ocultaron a todos sus planes y ningún barco salió del puerto en el momento de su marcha.
Sin embargo, puesto que la distancia entre el Infierno y el Paraíso es de diez mil leguas, por más esfuerzo que haga, el camino a la cima no es fácil. Poco tiempo después de haber comenzado a trepar, se da cuenta que ni aun su extraordinaria fuerza es suficiente para llevarlo más arriba. Sin poder hacer otra cosa por el momento, decide tomar un pequeño descanso. Y mientras se balancea colgado de la cuerda, observa lo que ocurre más abajo, en la lejanía.
Definitivamente algo raro había ocurrido hace 50 años, algo en lo que tal vez la Araña andaba implicada. Sesshōmaru siempre supo que Naraku le había mentido en esa ocasión. No se puede bañar un collar en oro sin oro. Y nada de eso había sobre la mesa cuando le preguntó. ¿Qué estaba haciendo con el collar? ¿Tuvo que ver con la desaparición?
Eso ocurrió hace cuatro siglos y Sesshōmaru tuvo que asumir que esas preguntas no serían respondidas hasta dentro de mucho tiempo. De hecho durante cuatro siglos no le importaron realmente demasiado las respuestas, estaba demasiado ocupado cazando.
Pero desde que se hizo con su tan ansiada presa, las preguntas retornaron e incluso se fueron transformando.
Sin embargo, en ese momento, alcanza a darse cuenta que desde abajo, como una línea de hormigas que lo venían siguiendo, un incontable número de pecadores trepa por el hilo con todas sus fuerzas. Kandata los observa horrorizado con sus ojos desorbitados de miedo y su boca abierta como la de un tonto. ¿ Cómo podría el delgado hilo de la araña, que parecería romperse en cualquier momento, sostener el peso de tanta gente? Si el hilo se rompiera, todos sus esfuerzos de trepar serían en vano, y él se zambulliría de nuevo en el Infierno, junto a los demás pecadores. ¡Esto no debería ocurrir! Sería demasiado horrendo.
Pero lo más importante para Sesshōmaru a estas alturas no era descubrir el paradero de Inuyasha sino encontrar la respuesta a esas preguntas y a la más importante de ellas. ¿Por qué? ¿Que motivaciones ocultas tendría para prestar ayuda a sus propios enemigos?
Viniendo de él, no podría ser nada bueno.
Kandata debe hacer algo rápidamente, antes que el hilo se rompa, haciéndolo caer sin remedio. Kandata grita con voz de trueno, "¡Ea, ustedes pecadores! ¡Este hilo de araña es mío! ¡Mío! ¿Quién dijo que podrían trepar por él? ¡Vuelvan! ¡Vuelvan atrás!"
Se acordaba más o menos de la fecha en la que llegó Kagome al pasado,hizo los cálculos y esperó pacientemente a alcanzar su línea temporal. La vigiló mientras crecía y hacía sus primeros viajes, estuvo pendiente del último y de la despedida emotiva con su familia. Eso puso el contador a cero y Sesshōmaru solo tenía que sumar los resultados de sus cálculos a la misma para tener una supuesta fecha de llegada aproximada. Pero, ¿por qué tomarse tantas molestias? ¿Por qué buscaba tan desesperadamente una explicación al anormal comportamiento de Naraku? ¿Por qué lo había dejado vivir?
Pese a tener toda la razón y justicia de su parte, al ejecutar Sesshōmaru al fin la sentencia, llevaba tanto tiempo esperando, cargaba con tanta rabia, que lo disfrutó como nada había disfrutado desde hace 400 años. La espesa y tan cálida sangre que manchaba sus manos le pareció tan dulce, tan hermosa… solo había una cosa en el mundo comparable en belleza a la sangre recién derramada… Y esa noche de repente se sintió triste, culpable… como si estuviera exterminando al último ejemplar de una especie. Lo único tan bello en el mundo como la sangre derramada estaba delante suyo. Los ojos carmesíes de Naraku se mantenían fijos en los suyos y le pareció que le miraban con agradecimiento.
«¡Qué rayos! ¿Me agradece que lo mate? ¿Qué clase de venganza es esta? ¡Merece sufrir y no estar agradecido!»
"La muerte no es castigo suficiente" Esa fue su excusa ese día y la verdadera razón para que le salvara la vida quedó tapada por esa endeble cortina. Esa tristeza y vacío que le había invadido al observar como la mirada carmesí se iba apagando era algo que trató de ignorar con tesón e incluso se obligó a olvidar.
Apenas dicho esto, el hilo de araña repentinamente se rompe con un chasquido justo sobre el lugar donde Kandata lo asía. Kandata está perdido. Aturdido y sin tiempo para decir nada, comienza a caer girando como un trompo y termina precipitándose en las profundidades del Infierno. El acortado hilo de la araña permanece suspendido, reflejando destellos de luz en el centro de ese cielo sin luna ni estrellas.
Luego vinieron los castigos. Quería que Naraku sintiera en sus propias carnes el infierno que él mismo pasó al ser obligado a doblegarse. El único problema es que ese pervertido tenía estándares muy distintos a los suyos. Naraku no era un orgulloso Daiyōkai, no tenía moral, ni amor propio…No temía perder ya que nada de valor tenía en realidad.
A falta de ideas mejores decidió simplemente castigar su cuerpo evitando que el dolor pudiera ser atenuado por cualquier situación que pudiera excitar a la Araña. Con lo que no contaba Sesshōmaru es que esa situación acabase excitándolo tanto a él mismo y que paulatinamente necesitase cada vez menos del dolor y más del placer puro y duro. Viejos recuerdos se abrían paso por su mente con cada sesión y su capacidad de autoengaño mermaba por momentos, por lo que los últimos meses de espera hasta resolver la incógnita sobre el paradero de Inuyasha se volvieron en una auténtica tortura psicológica para el propio Sesshōmaru, completamente atónito a causa de sus propias contradicciones internas. Hace diez días esas contradicciones alcanzaron su cúspide:
—Se acabó… Necesito alejarme de ti —comunicó a un de nuevo inconsciente Naraku al descubrir la presencia de su yoki embutida en el profundo mordisco del blanco cuello de la Araña.
«Es venganza… Él te hizo lo mismo» lo intentó su mentiroso interior una vez más pero esta vez Sesshōmaru no consiguió creérselo.
Se acordaba demasiado bien de lo que repetía como un mantra mientras embestía a Naraku durante la noche anterior:
—Mío…, mío… Eres mío… De mi exclusiva propiedad, solo existes para complacerme...
Claro que era suyo, y ahora que lo había marcado ya no quedaba duda alguna.
Necesitaba meditar debidamente qué hacer a continuación y poner distancia hasta aclararse.
El Señor Buda está parado junto al estanque de lotos en el Paraíso, observando este drama del principio al fin. Cuando al final, Kandata cae como una piedra en lo profundo del Lago de Sangre, una expresión de tristeza cruza la cara del Señor Buda. Se aleja entonces de la fuente para finalizar su paseo.
Casi cuatro horas más tarde Sesshōmaru salía de urgencias con la cabeza realmente saturada y sin una conclusión tomada todavía. La historia del yūrei de Kikyō y del collar dotado de capacidades de Perla de Shikon era inverosímil por si misma pero más aún para él que estaba completamente seguro de que era el mismo que vió en el laboratorio de Naraku.
A pesar de que la dureza del corazón de Kandata, evidenciada en su intento por escapar él solo del Infierno, ha encontrado el castigo adecuado al caer otra vez en el mismo lugar, un destino tan desdichado llena de pena al Señor Buda.
Pero él no estaba ese día por la labor de salvar o condenar el alma de alguien. No necesitaba juzgar una vida de acciones ni sentenciar o mandar a un pecador al Narakas.
Necesitaba una excusa. Una sola, una pequeña y miserable excusa para poder finiquitar una situación que era incapaz de soportar.
La noche ya estaba bien entrada cuando Sesshōmaru entró sorprendido en la lujosa suite que había abandonado diez días antes. Estaba sorprendido por indudable presencia del yoki de Naraku en la estancia, pero mucho más por extravagante reacción de su propio corazón, cuyos latidos se habían acelerado hasta niveles demenciales. Pero todas las dudas y contradicciones se disiparon al fin cuando vio la completamente desnuda silueta de la Araña de espaldas, delante del ventanal del dormitorio e iluminada por la luz proveniente de la noche de Tokyo como si fuera una estatua de plata.
Sesshōmaru se acercó y envolvió con su brazo derecho el amplio torso de Naraku, mientras su mano izquierda se afanaba en desabrochar con rapidez los botones de su camisa y pantalón. Un gruñido escapó de sus labios cuando sintió ese cuerpo vibrar al entrar sus pieles en contacto.
Pasó lentamente la lengua por el cuello de la Araña mientras le empujaba brutalmente y le aplastaba contra el cristal de la ventana. Naraku apoyó las palmas contra la misma y elevó su trasero en una inequívoca invitación que Sesshōmaru aceptó de inmediato.
—¿Por qué sigues aquí? —se aventuró a preguntar.
—¿Dónde más podría querer estar? —fue la lógica respuesta.
«Cierto. Eres mío. Ni pecador, ni araña... eres mi flor de loto. No existe ningún otro lugar para ti» acabaron por completar los pensamientos del Lord, cansados de mentir. Al fin y al cabo cinco siglos, era tiempo más que suficiente.
Las flores en el estanque de lotos no son afectadas por tales cosas. Las exquisitas flores blancas inclinan sus cálices alrededor de los pies del Señor Buda, y continuamente llenan el lugar con la indescriptible dulce fragancia que proviene de sus dorados estambres. Pronto será mediodía en el Paraíso.
FIN
NOTAS FINALES:
* Las partes en negrita del epílogo corresponden a fragmentos del cuento "El Hilo de la Araña" del maravilloso autor japonés Akutagawa Ryūnosuke
¡No me lo puedo creer!¡La he terminado! Cuando comencé esta historia, no me podía imaginar el terrible esfuerzo que ese simple FIN podría llegar a suponerme. Esfuerzo tanto por mi parte como por la vuestra, queridos lectores, que habéis tenido que soportar mis estúpidas excusas y disculpas, tantas veces. Si habéis llegado hasta aquí eso demuestra que tenéis un venazo masoquista tan pronunciado como el de nuestra parejita y el mío propio. Un abrazo y hasta la próxima
