Nota aclaratoria. Todos los personajes del anime y el manga de Candy Candy no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki, de Yumiko Igarashi quien con su arte los plasmo en papel y de Toi Animation Co. Que llevo la serie a la televisión .

Capítulo 21. El primero de muchos.

Un nuevo día comenzaba para nuestra hermosa enfermera. Aún no daban las ocho de la mañana pero ella ya se encontraba de camino al hospital donde trabajaba. Todos los pensamientos encontrados que había tenido la noche anterior no la dejaron conciliar el sueño como lo hubiese querido. Se preguntaba la razón por la que William quería hablar con ella. Le parecía ridículo ya que "ese día" todo quedó más que claro. Y luego estaba el anuncio… ese bendito anuncio que vio en el periódico la tarde anterior no hacía más que recordarle aquella escena que presenció, aún seguía rondando en su cabeza (como le dijo a la tía abuela) que el engaño del rubio estuvo más allá de un apasionado y obsceno beso. No podía creer en las palabras de la anciana recordándole que la amaba. Seguía caminando y mientras más corrían los minutos la sugerencia de darle la oportunidad de "explicarse" no le parecía una buena opción, necesitaba reinventarse y seguir adelante aunque lo amara con todo su corazón. Sin darse cuenta había llegado, pero a unos metros de ella justo en la entrada del hospital se dio cuenta de la presencia de una figura conocida y aunque inmediatamente lo relacionaba con cierta persona indeseable no dudó en saludarlo.

—George buen día. Es un gusto. Hacía tiempo que no lo veía. –Dijo sinceramente—.

—Igualmente señorita Candy. Espero que todo esté en orden.

—Si todo está bien, pero dígame, ¿ocurre algo con la tía abuela?, o ¿a qué debo su visita?

—No señorita, la señora Elroy se encuentra bien, solamente he vino a dejarle algo. –Dijo con un casi imperceptible tono de preocupación en su voz por la misión que le había encomendado su muchacho—.

Entonces Candy un tanto desconcertada le respondió.

—Pues aquí me tiene George.

En ese momento George mostró una de las manos que había mantenido oculta detrás de su espalda para que no lo viera y le entregó una pequeña caja de cristal que guardaba una hermosa y delicada orquídea junto con un sobre que contenía una carta arriba de la misma. Al verla Candy no pudo evitar reconocer que era un precioso regalo pero no podía aceptarlo. Entonces se dirigió al moreno.

—¿Ahora la haces de celestino George…? –Dijo inquisitiva y mirando fijamente al bigotudo con sus intensos ojos verdes—

—No señorita Candy solo estoy cumpliendo un encargo de William, pero si me permite opinar creo que es una flor muy especial al igual que usted.

—Gracias por sus palabras pero no puedo aceptarla George, así que por favor regrese ese obsequio a su dueño.

—Al menos podría leer la misiva… —Se aventuró a decir—

Candy respiró hondo y asintió con la cabeza al momento en que extendía su mano para que le entregara la carta, finalmente él no tenía culpa de nada. George con eso se dio por satisfecho, casi estaba seguro que lo agarraría a palos afuera del hospital. Entonces se la entregó y esperó en silencio su respuesta.

—Muy bien George. Dijo mientras se disponía al leer. Abrió la carta y comenzó.

"Pequeña… amor de mi vida, no puedo soportar ni un segundo más lejos de ti. Sé que me equivoqué y te fallé pero ésta tristeza es insoportable, vida mía. No puedo vivir tranquilo ni feliz debido a que estamos separados. Sé que todo es por mi culpa y te pido perdón por eso. No me cansaré jamás de pedirte disculpas por cada una de lastimosas palabras que rompieron tu corazón. Sé que no puedo regresar el tiempo para evitarte tanta pena y que nada hubiera sucedido, pero, estaré para ti siempre presente sin importar que no quieras verme y tenerme cerca, lo haré hasta que un día me dejes entrar de nuevo en tu corazón. Aunque ahora no valga nada para ti necesito que sepas que estoy completamente arrepentido de todo. Sé que me merezco tu indiferencia pero por favor, te suplico me perdones. No volveré a actuar así, solo quiero que seamos felices los dos juntos, mi vida. No hay forma de que el inmenso y precioso amor que nos teníamos se acabe de un día para otro. Sé que ante tus ojos ya no soy "tu príncipe", pero permíteme la oportunidad de demostrarte que soy un hombre capaz de equivocarse y recomponerse para construir de tu mano un futuro juntos. Sé que tengo la culpa y te pido perdón por todo, pero no puedo evitar decirte que te amo. Eres y serás por siempre la mujer y el amor de mi vida".

Terminó de leer la carta y dirigió la mirada al siguiente párrafo, el cual decía:

"Podrá nublarse el sol eternamente;

Podrá secarse en un instante el mar;

Podrá romperse el eje de la Tierra como un débil cristal.

¡Todo sucederá!

Podrá la muerte cubrirme con su fúnebre crespón;

Pero jamás en mi podrá apagarse la llama de tu amor".

Gustavo Adolfo Bécquer.

El corazón de una mujer es impredecible y así como se puede entregar tan intensamente puede también relegarse ante el amor propio. Candy en ese momento internamente reconocía que amaba a ese hombre y cada una de las palabras escritas por el llegaron a lo más profundo de su entristecida alma, pero su orgullo herido y su dignidad no le permitieron aceptarlo. Si William quería recuperarla tendría que hacer más que eso. Entonces dirigiéndose a George le regresó la carta, ante lo cual el buen hombre comentó.

—Si gusta contestarle algo puedo esperar por su respuesta señorita.

Candy lo pensó dos veces pero aceptó su ofrecimiento y escribió algunas palabras para el rubio. Minutos más tarde se despidieron. George estaba por partir cuando observó que otro automóvil se estacionaba y de él bajaba un hombre con una radiante sonrisa por encontrarse tan oportunamente temprano a esa preciosa enfermera con la que venía soñando prácticamente los últimos días. Entonces con la gallardía y galanura que le caracterizaba se dirigió hasta donde Candy estaba parada y tomando su mano depositó un delicado beso para saludarla.

—Buen día Candy. Es un inmenso placer encontrarte tan temprano aunque sea solo por trabajo. Voy de camino y supongo que tú también así que podríamos caminar juntos hasta la entrada, ¿te parece bien?.

Candy comenzaba a acostumbrarse a la espontaneidad de Jonathan y con una sonrisa gustosa aceptó.

—Buen día Jonathan y claro que acepto, anda entremos, vamos a trabajar.

George arrancó su vehículo después mirar como la pareja se alejaba conversando agradablemente y para sus adentros pensó: "William…William… si no mueves bien tus piezas la puedes perder".

Mientras tanto un rubio algo impaciente esperaba la llegada de George, sabía que no era parte de sus responsabilidades la tarea que le había encomendado pero a nadie más podía tenerle la suficiente confianza para hacer algo como eso. La verdad es que el cariño que sentía por el moreno era lo más cercano al amor de padre que había conocido, ya que al perder tan pequeño al suyo encontró en George todo el apoyo que necesitó a lo largo de toda su vida. Cuando finalmente lo vio entrar a su privado su desilusión fue grande al observar que traía consigo la orquídea y al parecer su carta. Entonces le preguntó.

—¿No la pudiste ver…?

Internamente esperaba que esa fuera la razón y no el rechazo de ella, pero tenía que ser fuerte y persistente.

—Si William la vi y como podrás darte cuenta no aceptó tu obsequio.

—Muy en el fondo esperaba que no fuera así George, pero ya imaginaba que no la aceptaría. –Dijo mientras se levantaba de su asiento y se dirigía hacia el gran ventanal de su oficina—

George lo miraba preocupado, pero sabía que su muchacho tenía un largo camino por recorrer si es que quería recuperar el amor y la confianza de la señorita. Así que terminó de darle las malas noticias. Aclaró su voz y prosiguió.

—Le comenté que si gustaba mandarte una respuesta conmigo y ella aceptó, pero no creo que sean buenas noticias. Además William hoy pude mirar al médico del que todas las enfermeras hablan. Llegó justo en el momento en el que yo estaba por encender el auto y noté que se llevan bien, aunque solo pude observar que hay amistad entre ellos.

—Si George ya me imagino que Jonathan está interesado en ella. Cualquier hombre con tres dedos de frente lo estaría, ella es un ángel, pero bueno… ¿podrías entregarme la nota por favor? – Dijo preocupado mientras se volteaba de la ventana para mirarlo—

—Claro William aquí la tienes. Con tu permiso estaré afuera, háblame cuando necesites que regrese por favor. –Dijo mientras lentamente salía del privado para dejar a un alto rubio sólo con sus demonios—.

Gracias George, así lo haré.

Las manos de Albert temblaban ligeramente al sostener la pequeña nota. Sabía bien que su contenido no era agradable y que seguramente encontraría palabras que jamás pensó salieran de su pequeña pero, debía ser fuerte y soportarlo todo, así que volvió a caminar hacia la ventana y ahí parado en el gran ventanal que siempre había sido testigo de sus más grandes decisiones comenzó a leerla.

"No puedo perdonarte aunque lo intente… No puedo hacer de cuenta como si nada hubiese pasado. No puedo concebir el descubrir que me engañabas con otra. Diré que nùnca habría pasado por mi mente que serías precisamente tú el que rompiera y destrozara a partes mi corazón. Si me amas o no, realmente ya no importa porque aunque me lo hayas dicho muchas veces, tus actos dijeron lo contrario. Sé que el perdón es parte de la educación que tenemos los seres humanos pero en estos momentos sería una hipócrita si lo hiciera, ya que no puedo ni quiero. Espero que sea muy feliz Señor Andrew porque yo lo estoy intentando fuertemente. Candice White".

Albert se dirigió al bar de su privado, se sirvió una copa de whisky y después se volvió a descansar sobre la silla de su escritorio. Mientras bebida lastimosamente de su copa una desgarradora lágrima cursaba por su mejilla. Su cara era de evidente preocupación. Sabía que muchos desplantes como éstos eran los que se tenía merecido y también entendía de sobra que no sería el último, pero aun así su corazón dolía. Necesitaba calmarse y recomponerse para seguir buscando maneras de llegar hasta su pequeña, no estaba dispuesto a dejarla salir de su vida.

Continuará...