Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es mía.
Capítulo XIV
"Enfrentamiento"
…
— ¿Qué te ha parecido Rosalie? —interrogó a Sorcha, mientras organizaba hierbas secas.
—Se te ha hecho costumbre venir a las cocinas, hen (niña) —gruñó, pero a Isabella no le molestó. Ahora le simpatizaba bastante la anciana.
—Están cálidas—encogió los hombros, mordisqueando una manzana.
Sorcha murmuró un par de palabras por lo bajo.
—Es diligente, hace lo que tiene que hacer. Ha sido de gran ayuda, pero es revoltosa. No le gusta demasiado recibir órdenes, aunque está agradecida lo suficiente como para aceptarlas y ejecutarlas—la miró con reproche—.Estoy vieja para esto, lass (muchacha), no puedo enderezar un árbol torcido.
—No creo que ella esté torcida, sólo tiene su mente más clara respecto a las cosas. Ahora, si no cumpliera tus demandas, tendríamos un problema. Puedo confiar en ti respecto a Rosalie, eres dura, y honesta. Si algo extraño ocurriera, serías la primera en hacer correr la voz—rió con mofa, y la mujer rechistó.
—Es una pena que Esme parta hoy. Me gusta su compañía, es tan hábil hilando.
—Me agrada bastante, fue amable conmigo desde el primer día—se levantó una vez terminó su refrigerio—. También echaré en falta su presencia—algunos pensamientos sombríos sobre madres ocuparon la mente de la joven, de manera que se apresuró en ocuparse con otros menesteres.
Fuera de las cocinas había bastante movimiento. Esme y su esposo se llevarían algunas cosas, por lo que todos se volcaron a la labor de armas maletas, y alistar todos los preparativos para el viaje.
A lo lejos oyó la voz de la mujer, dando instrucciones. Se dirigió allí con una sonrisa, esquivando gente en el camino.
— Oh, ahí estás—le sonrió con cariño—.No entiendo por qué tanto alboroto, solo es un viaje breve de regreso. Hasta Edward ha exagerado poniendo guardias.
Resopló, acomodándose algunos cabellos sueltos.
—Eso es porque todos aquí queremos que lleguen con bien. Estamos acercándonos a lo más crudo del invierno, deben tomarse precauciones.
—Juiciosa—afirmó, mirándola con atención—.Hen (chica), debes cuidarte también, no permitas que mi hijo sea avasallador. Bueno, no es que fueras de esa clase—rio—, pero en serio debes prestarle atención a tu seguridad—la preocupación en los ojos de Esme fue conmovedora—.Aquí ya todos te aprecian, demostraste que eres alguien leal. No creo que haya una amenaza real contra ti en esta fortaleza, puedes y debes confiar en tu gente. Eres una McCullen ahora, serás querida y protegida como tal.
Le palmeó la mano al terminar de hablar e Isabella se quedó sin palabras por unos momentos, emocionada.
Ella ya había notado que el clan la miraba diferente, ahora la saludaban, le sonreían, algunos incluso le daban regalos. Podía darse cuenta que la respetaban, y estimaban. La sensación era nueva, no era vista como una niña problemática, cuyas palabras surgían de una rabieta. No, aquí era una mujer, y como tal su palabra tenía poder, era escuchada.
—Madre—oyó la voz de Edward e inconscientemente se tensó. Llegó a ellas, y besó la mano de Esme—.Ya está todo listo para que partan, dispuse a buenos hombres como escolta, Carlisle lo ha aprobado.
—Aye, aye, sólo anhelas vernos lejos—regañó, caminando despacio hacia otro sitio. Poco a poco las personas se dispersaban, una vez que cumplían sus labores.
—Sabes que no es cierto, estamos encantados con tenerlos aquí—le dirigió una mirada a su esposa, y ésta se la devolvió con desinterés.
—Es cierto—afirmó de todas formas.
— ¿Qué es cierto? ¿Que Esme es la mujer más bella de las Tierras Altas y Bajas? —Carlisle dejó caer un manto de lana, teñido con los colores del clan McCullen sobre los hombros de su esposa que sonrió complacida.
—Olvidaste decir inteligente—se volteó para poder darle un beso, e Isabella miró a otro sitio, repentinamente incómoda.
Cuando terminaron de mirarse, Carlisle habló.
—Espero que para nuestra próxima visita tengan noticias—alzó las cejas con intención.
— ¿Noticias? —inocente, Isabella preguntó.
—Por supuesto, del siguiente heredero McCullen. Confío en que nos darán muchos nietos.
Ante el comentario, la joven pareja se quedó rígida, en silencio.
—No hay necesidad de fingir pudor—golpeó el hombro de su hijo—todos sabemos cómo se hacen los niños—lo miró sonriendo.
—Mo Bheatha (Mi vida), deja de incomodarlos. Todo sucederá en el momento que deba suceder.
—Son jóvenes, ¿acaso no recuerdas que no podía quitarte las manos de encima? —rio socarrón, dándole un empujón juguetón.
—Aún no puedes—musitó en voz baja la mujer e Isabella sintió la urgencia de abandonar la escena.
Le resultaba poco placentero e irritante seguir de pie oyendo ese intercambio de frases. Miró en dirección de Edward, deseando que sus ojos fueran punta de flechas y se le clavaran en el brazo. Él correspondió, dedicándole un desinteresado vistazo.
—Mis señores—para su fortuna, Emmett llegó para romper el tenso ambiente. Traía algo de nieve sobre los hombros, y el cabello, definiendo más sus rizos naturales—.Todo listo—anunció, y de pronto su atención dejó de estar en Edward y sus padres. Miró por sobre ellos, algo detrás.
Isabella no tenía que mirar siquiera, para adivinar de quién se trataba. Ociosa, siguió la trayectoria y se encontró a Rosalie que reponía velas con diligencia, ajena a la inspección de Emmett.
Él solía hacerlo cuando se encontraba en la torre principal, veía cuánto le costaba despegar su vista de la chica. A veces tenía la fortuna que ella lo mirara también, pero sus bonitas facciones se endurecían y apartaba la vista enfadada de prisa.
—Gracias—respondieron, pero él ni cuenta se dio. Isabella disfrutaba de esos intercambios. Tal vez, porque era lo único remotamente parecido al romance que tenía en su vida desde hacía algunas semanas.
Meditó en cómo las cosas habían pasado de estar tan apasionadas y cálidas, a ser tan frías e indiferentes. De un momento a otro, parecía como si Edward hubiera perdido todo interés por ella, como si las promesas de más placer jamás hubieran abandonado sus labios. Y la joven lo odiaba tanto por ello, porque ella sí quería que las cumpliera, estaba dispuesta a dejar que entrara en su corazón.
Sin embargo, él había elegido otro camino y ella no podía entenderlo, a menudo se cuestionaba si había hecho algo mal.
—Te vas a congelar—ensimismada, no se percató que seguía a los padres de Edward hacia el exterior para despedirse. Al menos, no hasta que él la sacó de sus cavilaciones.
Se encogió de hombros, estremeciéndose ahora que era consciente del frío. Pero no se amainó, anduvo hacia la pareja, se despidió con cariño, jurando que esperaría con ansias el próximo encuentro, y prometiendo que cuidaría de sí misma.
Para cuando terminaron las despedidas, y por fin los vio alejarse entre la nieve que caía sosegada, su cabello y hombros estaban empapados. No temblaba por pura fuerza de voluntad. Sin detenerse a mirar a nadie, regresó a la fortaleza.
En un rincón del salón, Emmett aprovechando la soledad sostenía el brazo de Rosalie, hablándole de prisa. Ella no parecía furiosa, así que lo dejó estar y anduvo en silencio hacia las escaleras.
— ¿Te encuentras bien? —Alice interrogó. Por supuesto ella la había seguido todo el camino.
—Me estoy congelando.
—No me refiero a eso. Has estado muy extraña hace días—afirmó, cerrando la puerta tras ella.
Isabella comenzó a luchar con el vestido, pero el cabello pegado a su piel dificultaba su precisión.
—Déjame ayudar—con suavidad retiró las manos y comenzó a desatar los lazos.
Sólo el fuego en el hogar interrumpía el silencio. Pronto los pasos de Alice dirigiéndose al armario se sumaron al crepitar, e Isabella respiró profundo.
—Ten, está seco—afirmó con la cabeza a modo de agradecimiento y comenzó a cambiarse de ropa. Se estremeció por el calor.
—No entiendo a los hombres—masculló entonces, a regañadientes, tratando de ordenar su cabello. Por supuesto, estaba siendo demasiado torpe porque no era buena lidiando con emociones tan desconocidas y poderosas. Una parte de ella quería montar en cólera, lanzar leños contra la pared, y otra simplemente quería llorar.
— ¿Qué ocurre? Sabes que puedes hablar con libertad—ayudó a recoger los rebeldes rizos, con paciencia comenzó a ordenarlos. Ambas se sentaron sobre la cama.
Por unos momentos Isabella sintió que podía contárselo, mas, en cuanto desvió la mirada de sus ojos azules, sacudió la cabeza.
No, este era un asunto que debía solucionar ella misma, a su manera.
—Gracias Alice—le sonrió, palmeándole la mano distraída.
Cuando la pelinegra comprendió a través del silencio, suspiró dejando caer los hombros.
—Ya sabes que si necesitas hablar o cualquier otra cosa, estoy a tu disposición.
Entonces se levantó, cogió la ropa mojada y se retiró de la habitación.
Isabella la imitó, recorriendo la estancia mientras analizaba sus opciones. Aunque su temperamento no admitió muchas vueltas, pronto abandonó sus pensamientos y bajó hasta la primera planta.
Simplemente dejaría que sus instintos tomaran control de esta situación, por lo general no le fallaban y si lo hacían, pues lidiaría con las consecuencias.
Sólo había sido un punto bajo. La inseguridad no era una emoción que conociera en demasía, gozaba de una buena autoestima, aunque ésta se medía y basaba por la cantidad de destrezas físicas que podía dominar. El territorio de la intimidad era algo nuevo, pero confiaba en sí misma lo suficiente para hacerle frente al nuevo desafío.
En la cocina revoloteaba una arropada Renesmee, que bailaba con Rosalie. Ambas reían y por un momento contempló la escena con satisfacción. A Sorcha no le convencía demasiado tenerla cerca de su nieta, comprendía sus aprensiones, pero la niña necesitaba ampliar su círculo. Era lista, y no había otros niños de su edad, pues no parecía preferir a Sam como compañero de juegos y Emily era muy pequeña. Aún la seguía a todos lados, sin embargo. Aunque por efecto del invierno la chiquilla pasaba más en su propio hogar al cuidado de sus padres y hermanos mayores que a la intemperie.
Finalmente se decidió a entrar.
—Qué animado se está aquí—ambas se miraron y soltaron risitas. Rosalie lucía mucho más tranquila estando lejos de Emmett, incluso sus ojos claros parecían estar siempre alegres y accesibles.
—Lo mejor que se puede hacer para combatir el invierno es hacer danzas de primavera—acotó la niña, mientras Isabella husmeaba en las ollas.
— ¿Si? Yo conozco otros métodos para pasar la crudeza del invierno—finalmente se decidió por un poco de estofado que puso en un cuenco tomado al azar.
— ¿Cuál? —interrogó la niña, ansiosa.
—Podría haberte servido—acotó Rosalie.
—No hay problema, puedo hacer esto por mí misma—sonrió comiendo a gusto. La compañía de ambas mujeres le resultaba tan cómoda, que sentía que podía ser sólo ella, sin ingenio, sin astucia de por medio. La sensación era nueva, pero no por ello menos agradable—.Lo mejor es entrenar, practicar puntería.
—Pero está nevando…
—Hay muchos sitios para poder entrenar. La misma armería, en alguna torre, incluso aquí con cuchillos.
—Soy buena en eso—asintió Rosalie.
— ¿De verdad? —Isabella la miró con interés.
—La mejor—dijo con intención, y la joven castaña no pudo evitar sonreír con sorna.
—Eso está por verse—dejó el cuenco, limpió sus manos en el vestido y comenzó a recolectar cuchillos.
— ¿Van a retarse a duelo? —los ojos de Renesmee estaban tan abiertos y emocionados que Isabella no pudo evitar desordenarle el cabello.
—Vas a participar también. La única forma de volverte realmente buena, es enfrentar a alguien igual de bueno.
—O mejor—aportó la rubia con arrogancia, juntando sus propios implementos.
La joven sonrió.
La idea de un reto entre mujeres la entusiasmaba. Sospechaba que Rosalie poseía alguna habilidad, si había sobrevivido años emancipada de su clan, debía tener agallas, resolución y destrezas que le permitieran mantenerse a salvo. Estaba encantada por poderse probar con ella.
—Lo mejor es ir al patio interno. Si rompemos algo, Sorcha nos matará.
Todas estuvieron de acuerdo, por supuesto.
La nieve ya había cubierto de blanco todo el sector, pero quedaba un pequeño pasillo sin nieve aún. Isabella cogió una alfombrilla desechada y la colgó en el extremo más apartado.
—Puedes comenzar—le cedió a Rosalie.
—Por favor, haz el honor de lanzar primero—Isabella soltó una risotada.
—De acuerdo— la joven se ubicó tras una línea imaginaria, apuntó y lanzó. El cuchillo impactó en el centro de la alfombra con diseños desteñidos por el uso, descolorida por el sol y la intemperie.
—Increíble—susurró Renesmee, con la nariz enrojecida.
—Por favor—reverenció a la rubia y ella ocupó el lugar sin demora. La expresión burlona fue reemplazada por una de concentración y pronto el resultado fue un cuchillo clavado en el mismo sitio que el de Isabella. Ambos estaban tan profundamente enterrados, que se mantuvieron pese al temblor por el golpe.
—Nada mal—felicitó Isabella—.Ahora es tu turno—le tendió uno a Renesmee—puedes ponerte más cerca si quieres.
—No, está bien. También he estado practicando—la niña se concentró y tardó más que las otras, pero finalmente su cuchillo alcanzó la alfombrilla—.Fallé—masculló entre dientes.
—Ha sido un buen tiro, estás entrenándote hace poco. Ten paciencia—Rosalie le tocó el hombro.
—Es verdad, llegaste hasta allí. Es una distancia considerable—Renesmee sonrió con resignación. No cabía duda que si seguía practicando, sería realmente buena.
Las tres se entretuvieron un poco más, e Isabella descubrió con satisfacción una contrincante digna. A donde quiera que hacía llegar el cuchillo, Rosalie lo hacía también.
—Será mejor que entremos. Ya está oscureciendo y hace más frío. Mañana podemos practicar desde una torre, ¿sabes usar el arco?
—Aye, pero soy mejor con las dagas—respondió Rosalie, jugando con ellas entre sus dedos.
—Eres bastante buena.
—Tú también—se sonrieron con complicidad.
—Yo soy muy buena con el arco. Ya verán—afirmó Renesmee.
—Por cierto—la detuvo la rubia en la entrada a la cocina—, uhm, puedes llamarme Rose, si lo prefieres—pareció ligeramente avergonzada.
—Y tú puedes llamarme Bella—al decirlo sintió una punzada en el pecho al recordar a su madre, quien solía llamarla así. La nostalgia la abrumó por unos segundos.
—Bien—le sonrió de forma deslumbrante, haciéndola lucir más joven y bonita. Isabella no entendía muchas cosas sobre la moda, pero el corte de pelo de la chica definitivamente escapaba de lo aceptable para una mujer, no obstante, lucía perfecto en ella.
Las observó escabullirse dentro, y dejó que su expresión se desvaneciera. A veces, por las noches, o en breves momentos durante el día, recordaba su hogar allí en la fortaleza Swan, y sentía tanto dolor que por poco no lograba respirar. No podía lidiar con el hecho de ser desconocida por sus padres, sobre todo por Charlie, quien juró amarla más que a su propia vida.
No había cartas, ni noticias, nada llegaba desde el clan y le destrozaba el corazón.
Dejó que el viento invernal penetrara su conciencia, y la piel. Aquello ayudó a sacudirse de encima esos pensamientos tan sombríos. No los necesitaba ahora que el momento de enfrentar al McCullen se acercaba.
-o-
Ahora que su inseguridad había sido analizada apropiadamente, se podía permitir disfrutar de la charla trivial de la cena. Sentada junto a Edward, escuchó a Emmett informarle sobre la situación de la aldea, y noticias de otros clanes. Del Swan sólo se supo que el embarazo de la esposa del Laird tenía buen pronóstico y que se encontraban haciéndole frente al invierno sin problemas hasta la fecha. Isabella bebió tranquila de su copa mientras asimilaba las buenas nuevas. Observando el vino, meditó que era mejor saber algo, que nada en absoluto.
Contempló el perfil de Edward con expresión inescrutable, preguntándose por qué nunca se había fijado en lo lleno que era su labio inferior, o lo tupidas que eran sus cejas. Tenía una barbilla masculina además, firme, seductora…
Él volteó apenas, correspondiéndola por el rabillo del ojo. Sin embargo, pronto regresó la atención a Emmett, que instantes después desvió los suyos hacia la rubia que traía más pan. Toda esta cena era la mímesis de la seriedad y ella rio en silencio.
Por fin la hora de retirarse llegó y permitió que el McCullen se adelantara, bebiendo otra copa de vino. El calor del alcohol estremeció su cuerpo, encendiendo su genio, avivando su deseo. Ya no estaba dispuesta a molestarse sola, exteriorizaría su sentir y esperaba incomodar a cierto personaje de paso.
Cuando se levantó, sintió que se volvía incluso más confiada de sí misma, si es que era posible. Entró a la habitación, abriendo la puerta de golpe.
Edward, sorprendido se congeló en la labor de quitarse parte de la ropa, mirándola con seriedad.
—Tenemos que hablar—espetó, cerrando. Deliberadamente se mantuvo en silencio permitiéndole oír cómo echaba llave.
— ¿Sobre qué? —le dio la espalda, ignorándola.
Apretó los dientes.
—Mírame. Te estoy hablando.
—Isabella, ha sido un día agotador… quiero dormir pronto—jugueteó con el cinto, pretendiendo quitárselo, cuando en realidad sólo estaba de pie allí, aturdido. Sorprendido por el repentino asedio. Sabía que su joven esposa había estado acumulando una gran cantidad de enfado en su delicioso cuerpo, pero no esperaba que lo enfrentara tan directamente.
No se atrevía a verla, se contenía a menudo para no ceder a echarle un vistazo a sus labios, a su cabello, a su cuello… por temor a su reacción.
Por eso, no esperó que se lanzara contra él con todo su peso, derribándolo sobre la cama. A continuación, de manera ágil se posicionó a horcajadas sobre su espalda, sujetó su brazo derecho y presionó hacia atrás.
El dolor le hizo reaccionar. Pero ella era fuerte.
— ¿Qué estás haciendo? —interrogó, cediendo por el momento. Disfrutando del calor de su cuerpo. Ella dejó de torturar su extremidad.
—Vamos a tener una charla.
—Mallachd! (¡Maldición!), ¿sobre qué quieres hablar mujer?
—Sobre por qué has estado evitándome—se inclinó, presionando sus pechos con fuerza para susurrarle al oído. Él apretó los dientes ante la suave caricia de los labios femeninos contra su piel. Parecía como si quemara, ahí donde tocaba.
—No—entonces usó su otro brazo y volteó tan deprisa que se la quitó de encima, se escapó antes que pudiera reducirla, sin embargo.
Tan rápida, tan enérgica… tan bonita.
—Aye (sí) —veía la determinación brillando en sus ojos—.Si estás viendo a otra mujer, deseo saberlo. Así podré cumplir mi amenaza y arrancarte la lengua. Estoy segura que voy a disfrutarlo mucho.
Apretaba sus puños a los costados de su cuerpo.
— ¡Responde!
Ante el mutismo, se lanzó a atacarlo. No fue a su parte superior como esperaba, sino que a sus piernas. Lanzó una patada que logró desestabilizarlo.
Definitivamente Isabella había aprendido muy bien en sus lecciones de entrenamiento.
Cuando cayó al suelo, ella se colocó a horcajadas sobre sus caderas y sostuvo los brazos de Edward por sobre la cabeza. Él sintió el apretón de sus manos y muslos. La miró como no la miraba en mucho tiempo.
—Dímelo—pidió, y mirándose a los ojos, supo que iba a romper su propio plan. No había forma en que negara algo a esos ojos, a ese rostro tan hermoso, a ese cuerpo tan maravilloso.
Qué ingenuo había sido. Nunca fue posible resistir a los encantos de Isabella Swan.
Sus deseos pudieron más que la razón, se zafó del agarre y cogió su rostro. Entonces la besó, sin preámbulos, con cruda pasión.
Al inicio pareció confusa, pero los ojos verdes habían sido claros en su determinación, sabía lo que pasaría a continuación.
La sostuvo con fuerza por la cintura y la hizo rodar hasta ponerla debajo del cuerpo masculino. Y sus labios fueron por su cuello, bajando con desespero hacia sus senos.
Ella jaló de los cabellos cobrizos, exigiéndole un beso igual de apasionado.
—Dime por qué—demandó, mordiéndole el lóbulo de la oreja. Él gimió despacio, por el dolor, por el placer.
— ¿No vas a dejarlo estar?
Ella sacudió la cabeza, y él sonrió, acariciándole los labios con los suyos propios. Ah, cuánto amaba la boca de esta mujer.
—Entonces espero que disfrutes de la decepción—agarró los extremos de su vestido y jaló con fuerza hasta rasgarlos. Isabella ahogó una exclamación de sorpresa.
La mirada de Edward era tan oscura como la noche que dominaba el cielo. Y la joven sintió una placentera electricidad elevarse desde su parte más íntima al cuello, provocándole un escalofrío.
La cogió sin dificultades levantándole la espalda del suelo, lo suficiente como para bajar los jirones de tela, junto al camisón. Los pechos pálidos quedaron expuestos, y él los observó con deleite antes de besarlos con pasión.
La castaña jadeó, estirando la cabeza para dejarle el camino libre, mientras sus dedos se aseguraban de mantenerlo en ese lugar. Era más rudo que la vez pasada, pero le gustaba.
Apresó sus caderas con los muslos y él correspondió con una ondulación de sus caderas. Isabella gimió cuando profundizó el movimiento y lo sintió en aquel lugar más sensible, que latía al mismo errático ritmo de su corazón.
Edward dejó de amantarse de la joven, ascendiendo con sus labios por su cuello. Deseaba tanto a esa mujer que sentía que perdería todo control. Moría por enterrarse entre sus muslos, por tomar su cuerpo y ser de una vez por todas, uno.
Había pasado tanto desde la última vez, que presentía que todo terminaría demasiado rápido y no había forma de pararlo. Todavía menos si ella se pegaba a él como una gatita en busca de calor. Podía sentir sus pechos contra el suyo, sus gemidos suaves, el corazón bombeando con fuerza y el centro de su feminidad ardiendo.
Cogió una de sus atléticas piernas, subiéndola aún más sobre su cadera, para que su dura longitud rozara la gloria. No era lo que deseaba en realidad, pero estaba resultando tan estimulante como si lo fuera.
Ella jadeó, apretando las manos contra la espalda de Edward, con ojos cerrados disfrutaba de la sensación placentera. Por lo mucho que palpitaba su interior, adivinaba que la liberación estaba cerca.
Él aumentó la fuerza de sus embistes, moviéndola a cada uno de ellos, esparciendo más de su cabello por el suelo, agitando sus pechos deliciosos. Escondió el rostro en la curva de su garganta, aspirando el dulce aroma de su piel. No iba a durar mucho más, de modo que con más rudeza de la que hubiera querido, descendió por su cuerpo, apartó con brusquedad la tela de su vestido hasta que sus dedos acariciaron la calidez femenina. Ella dio un respingo, para apretarlo con más intensidad a continuación.
Si mirara hacia atrás, no se enorgullecería de la forma poco delicada que tocó a su esposa, no obstante, era todo lo que podía hacer en el ardor de la pasión contenida.
Isabella sintió que se elevaba, que sus pies se tensaban, que jamás podría volver a respirar con normalidad antes de explotar desde el vientre a la cabeza. Se mordió los labios para no gritar y se aferró jadeante al cuerpo musculoso del cobrizo, que segundos más tarde gimió roncamente y escondiendo la cara con fuerza en su cuello, tembló contra ella, golpeando con fuerza y descoordinación.
Cuando recuperó aliento, y fuerza, se volteó, llevándose el peso muerto de Edward de regreso al piso. Disfrutó del cosquilleo que experimentó al sentarse sobre las caderas masculinas.
Él jadeó suavemente, mirándola con ojos limpios, y brillantes.
— ¿Por qué?
— ¿Por qué, qué? —Edward se distrajo con facilidad mirando los pechos de Isabella, expuestos y tersos. La tentación de volver a probarlos le calentó la sangre, y volvió agua su boca.
—Préstame atención.
—Créeme, Mo Chride (Mi corazón),lo estoy haciendo—sonrió de manera torcida, y ella bufó.
— ¿Por qué no quieres estar conmigo? ¿Qué tengo de malo? —preguntó con fiereza, con ojos intensos.
Él alargó la mano, acarició su rostro, los labios y a continuación sus pechos, para terminar descansando en su muslo.
—No hay nada malo en ti. Eres hermosa, fuerte, perfecta.
—Pero no me deseas.
No podía creer sus palabras.
—Dhia! (Dios) ¿No te das cuenta de lo que acabo de hacer? —ella no parecía convencida y supuso que era su culpa. Isabella no tenía idea de estas cosas, y con su distancia, pudo sembrar dudas, inseguridades y temores infundados. Suspiró—Te deseo más de lo que puedes imaginar, Mo Bhean (mi señora). No hay minuto en el día que no piense en lo que sería tomarte; tengo cientos de lugares en los que quiero hacerlo.
Al rememorar sus fantasías, sintió cómo su cuerpo comenzaba a reaccionar otra vez.
—No entiendo—susurró por fin. Él acarició su muslo, de arriba abajo, forzándose a verla a los ojos y no a los rosados pezones.
—No puedo hacerlo—confesó—.No puedo arriesgarte de esa forma, Isabella, tú no quieres tener hijos aún. Y yo tampoco creo que sea lo más sensato en esta situación.
— ¿Cuál situación?
Isabella notó la duda del varón, y se inclinó, poniendo las manos a los costados de su cabeza, amenazándolo con la mirada.
—No me ocultes cosas, McCullen. Acordaste contarme lo importante, hacerme parte de las decisiones.
Edward sonrió, admirándola.
—Es cierto. Pero no son buenas noticias—se incorporó, sosteniendo por la parte posterior de las piernas a Isabella. Ahora sus rostros quedaban muy cerca y el cabello cubría la distracción de sus senos.
—Dímelo.
—Emmett cree que el clan Comyn está tramando algo en contra tuya. No entendemos del todo el porqué, pero tenemos algunas ideas.
La castaña guardó silencio, analizando la información.
— ¿Cuáles son las teorías?
Él acarició su rostro. Parecía que le resultaba inadmisible tenerla cerca y no tocarla.
— Quieren hacerte la causa de discordia entre el clan McCullen y Swan.
Isabella bufó.
—Es ridículo. A mis padres no les importa, ya has visto que ni siquiera han enviado una carta.
—Creo que eso es sospechoso—cogió su mano, entrelazando los dedos y acariciándola con el pulgar.
De pronto, cuando Isabella iba a replicar, oyeron toques en la puerta.
—He venido a ver si necesitaba ayuda, mi señora—la voz de Alice sonó amortiguada a través de la pesada madera.
—Estoy bien, Alice—entonces reflexionó—.Te agradecería un baño.
—De acuerdo—los pasos apresurados indicaron que partió diligente a cumplir lo encomendado.
—Sigamos esta charla luego de tu baño, Mo Bhean (mi señora).
—Nuestro baño—corrigió, sonriéndole con picardía.
—Si lo dices de esa forma, no puedo negarme—se besaron despacio, con ternura.
—No olvidaré que tenemos una conversación pendiente—indicó severa, antes de levantarse—.No tardarán en subir las cosas, será mejor que me cubra—sin embargo, él la sujetó por el brazo y la besó, toqueteándole los pechos otra vez.
—Pareces un muchacho—regañó librándose de sus dedos.
—Es solo que me gustas demasiado—aseguró, viéndola con intensidad.
—No parecía así hacía unas horas—al decirlo percibió la amargura tras las palabras.
—Prometo compensarte.
—Sólo no vuelvas a ocultarme cosas. Si lo haces dejaré de confiar en ti, y me iré.
— ¿Entonces no quieres que te compense? — se levantó de prisa, encarándola, arrinconándola contra un mueble. Empero, antes de iniciar el ataque, volvieron a golpear la puerta.
Con una protesta silenciosa, Edward la dejó ir a cubrirse y abrió la puerta, dejando entrar un desfile de muchachas cargando agua caliente.
Sucedieron unos cuantos minutos hasta que la bañera estuvo instalada, y otros más para que se encontrara repleta de humeante agua cristalina. Añadieron hierbas aromáticas y observaron con ansiedad a Isabella.
—No hace falta—aseguró cuando sugirieron ayudarla a desvestirse y mirándose con mejillas encendidas, el tropel de féminas abandonó el cuarto matrimonial—Ven, lass (muchacha), te ayudaré.
—Puedo hacerlo sola—aseguró, comenzando a quitarse el manto. Le dio la espalda, y continuó su labor, mas, manos grandes y cálidas se posaron sobre sus hombros, manos que pronto deslizaron lo que quedaba del vestido hasta dejarla desnuda de cintura hacia arriba.
Jadeó cuando las pasó al frente, rozándole los pechos a propósito y comenzó a soltar los lazos del frente. Fue así que en un abrir y cerrar de ojos, sólo el camisón delgado protegía su modestia, que pronto hizo compañía al resto agrupado en sus pies.
Se estremeció, cuando los dedos acariciaron su cintura, sus caderas. De pronto, bruscamente, las movió hacia atrás. Su trasero acunó enseguida la excitación masculina. Despacio, él movió su cuerpo en círculos, haciéndola plenamente consciente de sí misma, y de cómo ya se humedecía entre los muslos.
Sin embargo, estaba decidida a explorar también. De modo que se apartó, zafándose del agarre de Edward y lo encaró.
La miró detenidamente antes de posarse en sus ojos. Le gustaba, deseaba su cuerpo. Aquel conocimiento, la volvió más audaz.
—Yo también quiero mirar—susurró, estirando las manos hacia la camisa suelta. La sacó de los pantalones de cuero. Siempre mirándola, él alzó los brazos y le permitió quitársela.
Isabella se detuvo para admirar el pecho masculino. La piel pálida y ligeramente pecosa le provocaba lamerla. Observó con detenimiento los músculos de sus fuertes brazos, los de su cuello y las clavículas. Dejó que sus dedos acariciaran los pectorales, rozando los oscuros capullos que reaccionaron a su contacto endureciéndose, lo mismo que su mandíbula mientras la contemplaba con esos ojos verdes oscuro.
Con un dedo bajó por sus costillas, y su abdomen esculpido por el ejercicio, por la batalla. Rozó algunas cicatrices parecidas a las que tenía en su propio hombro y continuó hasta el borde el pantalón, donde ya podía ver un bulto creciendo de prisa.
Con ambas manos, cogió las caderas y se acercó lo suficiente como para besar el cuello tenso, la clavícula, y sus pezones. Él dio un suave respingo, y ella sonrió, rozándolo con su lengua en esta ocasión. Tembló, y supo que rompió su control porque la cogió con fuerza y la cargó.
—Será mejor que entremos a esa condenada bañera—murmuró entre dientes, antes de depositarla ahí. Ella emergió justo para verlo quitarse lo que quedaba de ropa, viéndolo desnudo por primera vez.
Se relamió los labios de manera inconsciente, observando su longitud envarada. De prisa, se metió en el agua caliente y ocupó un lugar tras ella. Estiró los brazos por los bordes y la observó como si fuera una presa. Lo dejó estar, lavando su piel y cabello, aunque sus ojos volvían a Edward y a aquello entre sus piernas.
—Mallachd (maldición), mujer, deja de mirarme así.
— ¿Por qué? Tú me has visto. Quería verte.
—No estabas solo viéndome.
Una sonrisa burlona ocupó el rostro femenino, volviéndola más pícara. Se veía hermosa con el cabello mojado, parecía un festín, un regalo para deleitarse.
—Es que tengo curiosidad—se acercó, hasta que estuvo entre las piernas de Edward.
Él trató de apartarse un poco. Las mujeres no solían ser tan directas y bruscas, Isabella lo descolocaba.
Se sobresaltó cuando los dedos de la castaña tocaron el interior de su muslo.
—Uhm—musitó al verla acercarse más, y notar el avance de su mano. Fue como si le quemara cuando finalmente lo atrapó.
—Eres suave, McCullen— de forma inexperta, lo exploró, volviéndolo loco. Acarició todo cuanto pudo, desde el inicio al final, haciéndolo jadear.
Los sonidos que dejaba escapar Edward permitieron que la joven supiera cómo tocarlo, mientras ella saciaba su curiosidad y se deleitaba por las ondulaciones del cuerpo masculino. Osada, ocupó también su otra mano y dejó que su boca probara su pecho.
Le pareció que el cobrizo crecía en sus manos, volviéndose más cálido a medida que jugaba con él. Echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, mientras su pecho subía y bajaba de prisa. Le gustaba cuando gemía, porque sabía que era por su causa. Adoraba sentir que ahora él era la presa.
Cuando sintió que se estremecía, tensándose, dejó de tocarlo. Gimió en protesta.
Ella liberó una de sus manos y jaló de su cuello, hasta enderezarlo, y así poder besarlo. Quería ver su rostro, si antes detestaba verle, ahora quería conocer cada una de sus expresiones.
Lo acarició otra vez, y él extendió más sus piernas, permitiéndole hacer.
Abrió sus ojos, y la miró, mientras aumentaba el ritmo. Sus pestañas se volvieron a juntar, y jadeó, respirando más rápido. Entonces se tensó y aunque trató de apartarla, ella continuó, sin perderse ninguna contorsión de su cara.
Entonces gimió, y con sus cejas juntándose en una especie de sufrimiento placentero, lo sintió temblar y moverse contra ella, liberándose.
Lo soltó despacio, y cubrió de besos sus mejillas, labios y barbilla.
Cuando volvió a mirarla, sintió que le decía cosas sin siquiera abrir los labios. La abrazó, pegándola a su pecho antes de besarla con amor. No estaba segura de cómo interpretar sus ojos, pero algo en su interior se removió con satisfacción.
—Mo Bhean (mi señora), haces que pierda la cabeza—susurró contra los labios de Isabella, incapaz de tener suficiente. Había tocado el cielo con los dedos, y no podía esperar por tener más.
—Espero que no por completo, pues hay cosas que debes decirme, ¿recuerdas? —se apartó, ocupando el lado opuesto de la bañera. El largo cabello rizado flotaba, dejándole contemplar cada cierto tiempo sus pechos.
Al verla a la cara, supo que no tenía otra alternativa. Así como tampoco podría resistir más, la quería. Y por los dioses que la tomaría.
Hola! ¿Qué tal les pareció? Ojalá me honren con sus opiniones, aun cuando soy la peor jaja. Lamento haberme tomado tantoo tiempo para subir capítulo. Se podrán imaginar que adaptarse a la nueva situación no ha sido del todo fácil, sin embargo, a todo nos acostumbramos y ya recupere el control de casi todo jaja, y aquí estoy.
De corazón les agradezco por sus comentarios, sus alertas y favoritos, extrañé demasiado sus palabras, me haría muy feliz poder leerlas.
Creo que esta es una buena forma de pasar el tiempo, y así desconectar un poco de todo el asunto de la pandemia. Con todo mi ser espero se encuentren bien, ustedes y sus seres queridos.
Por ahora, me retiro, pero prometo regresar muy pronto. Ahora con todo esto de sol de medianoche he vuelto a tener 15 años y mis ganas de escribir sobre esta pareja se ha renovado de forma increíble jajaja, espero que a ustedes también les emocione el lanzamiento de este libro tan esperado!
Y pues nada, un abrazote enorme!
Nos estamos leyendo!
Pd: lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que pude haber pasado por alto.
