Vigesimosexto
¿Lo mejor de que tu mejor amiga sea tu jefa? No tener que excusarte para pedir el día libre en la cafetería, aunque tuviese la mejor justificación posible.
Una llamada. Una bendita llamada de teléfono a las 9 de la noche del peor y más dramático jueves de mi vida, cambió por completo mi perspectiva de día, de semana e incluso de mes.
Una llamada de Rupert Campion, mi salvador. Bueno, en realidad era el productor de Funny Girl. El mismo que había presenciado mi más horrenda y desastrosa de las audiciones. El mismo que con algo de pena me pidió que bajase del escenario porque no entraba dentro de lo que él necesitaba para el musical. El mismo que me vio dejar caer varias lágrimas llenas de impotencia y me despidió deseándome suerte para la próxima vez. Ese mismo hombre de voz penetrante y mirada transparente, había tenido la valentía de acordarse de mí y darme otra oportunidad que no debía escaparse de mis manos.
No. Fanny Brice ya tenía dueña para su musical de Funny Girl, pero aquel atrevido productor tenía más proyectos en mente, y pensó en mí para uno de ellos.
Dorothy Gale.
Dorothy, la adorable y hermosa Dorothy de El Mago de Oz. Un personaje que yo jamás había imaginado tener opción a interpretar, y que llegaba a mis manos en forma de libreto y con la total y absoluta confianza de Rupert.
Juro que jamás en mi vida agradecí tanto una segunda oportunidad como era aquella, y tan solo me limité a aceptar la reunión a la que me invitó. Una reunión meramente informativa pero completamente alentadora.
Tres semanas. Tenía tres semanas para prepararme a conciencia aquella audición, y esta vez no iba a permitir que nada ni nadie pudiese privarme de devolverle la confianza con una actuación perfecta. Ni siquiera el karma que tanto me martirizaba últimamente.
Es cierto que ya tenía una audición a corto plazo para que me había estado preparando a conciencia. De hecho, ya me sabía todo el libreto incluido los otros personajes. Pero ésa llamada supuso una oportunidad única que no podía desaprovechar.
Después de aquella llamada mi noche mejoró y casi no llegué a pensar en lo que me había sucedido con Brian, ni en la marcha de Bleu. De hecho, ni siquiera pensé en ella. Bueno, lo cierto es que miento, pero se había convertido en una costumbre tan cotidiana hacerlo que ni siquiera me daba cuenta de cuándo lo hacía.
Era imposible no pensar en ella cuando sabía que allí, en mi estantería donde guardaba mis libros y álbumes de fotos, había varias instantáneas de ella. Era imposible no pensar cuando el lirio aún se mantenía en perfecto estado dentro del pequeño jarrón donde estaba situado, recordándome que quería seducirme. Que me veía hermosa como nunca antes nadie me vio. Era imposible no recordarla cuando deseaba con todas mis fuerzas volver a besarla. Pero eso no iba a suceder, y lo tenía tan claro que incluso yo me sorprendía.
Aquel viernes, evidentemente, cancelé la supuesta salida que Santana había planeado porque la reunión se iba a llevar a cabo a las 8 de la tarde, y no tenía idea alguna de cuánto podría alargarse.
Por suerte, no lo hizo más de dos horas. De hecho, llegué al apartamento a una hora aceptable para poder apuntarme a esa fiesta. Sin embargo, no lo hice y pude escaparme. Santana ya se divertía lejos de Brooklyn, y yo necesitaba más que nunca descansar. No solo mi cuerpo lo necesitaba, sino que también mi mente echaba de menos relajarse. Sin embargo, no todo iba a salir como yo pretendía aquella noche.
Nada más abrir la puerta descubrí que no iba a estar a solas en el apartamento, y que muy buena actriz debía ser para no ser víctima de un cuestionario comprometido.
Kurt abrazaba uno de los cojines recostado en el sofá, mientras veía algo en la televisión.
—¿Qué haces aquí? ¿No ibas a salir con Blaine?
—Hola. ¿Qué tal? Yo bien, me alegra verte, a mí también, bla, bla, bla,
Respuesta sarcástica, ejemplo de disputa entre él y su novio. Kurt era tan predecible que ni siquiera pregunté. Me deshice del abrigo y el bolso, y me colé en la cocina dispuesta a aliviar la sed que me acompañaba desde que salí de la reunión.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó él al ver que lo ignoraba. Lo cierto es que no deseaba discutir y mucho menos por Blaine.
—Vivo aquí. ¿Recuerdas?
—Santana me dijo que tenías una reunión para un musical. ¿Es cierto?
—¿Por qué no iba a serlo?
—Porque es raro que vayas a reunirte a esta hora de la noche. ¿Qué clase de musical es? ¿Es algo erótico? —bromeó y yo sonreí. No porque me hiciera gracia, ya que mi sentido del humor se había visto delicadamente influenciado por el sarcasmo, y no cualquier cosa me agradaba. Sino porque intuía cual iba a ser su reacción al enterarse de cuál era el personaje que me habían ofrecido.
De hecho, para hacerlo más divertido ni siquiera le respondí. Tomé mi vaso de agua y caminé hasta él lanzándole el libreto que Rupert me había entregado para que lo estudiase.
Obviamente no lo esperaba. Kurt seguía inmerso en su relajada y desganada misión por entretenerse con un programa de cotilleos que veía en aquel instante en la televisión, y solo reaccionó al mirar de reojo la portada del libreto para descubrir su nombre.
Pude ver cómo los ojos se le abrían como platos y no tardé en tomar asiento junto a él, mostrando mi mayor y más orgullosa sonrisa.
—¿Dorothy? ¿Dorothy Gale? —espetó incrédulo— ¿El Mago de Oz? ¿Cuándo?
—La audición es dentro de tres semanas, para año nuevo. Aún no es seguro, ¿eh? Pero Rupert está bastante interesado en que haga la prueba, así que supongo que entro dentro del perfil que anda buscando.
—¿Quién es Rupert? ¿Me tengo que casar con él? —bromeó al tiempo que se reincorporaba.
—Rupert Campion es el productor, el mismo que me hizo la prueba para Funny Girl. Por lo visto, entendió que mi situación aquel día no tenía nada que ver con mi talento, y quiere darme esa nueva oportunidad. No pienso fallarle, y no —le amenacé—, no tienes que casarte con él. Vamos a respetarlo por encima de todo. ¿De acuerdo?
—Tranquila Dorothy, solo lo decía porque si ese hombre te da el papel, empezaremos a vivir como reyes. No veo el día en el que me presentes ante Broadway como tu asesor de moda.
—¿Solo quieres que triunfe por tu beneficio personal? ¿Qué clase de amigo eres? ¿Eso es lo que te preocupas por mí?
—Por supuesto. ¿Acaso no sabías que llevo aguantándote desde los 15 años para aprovecharme de tu fama cuando la logres? —ironizó— Puff, menudo desengaño, yo creí que ya lo sabias.
—Idiota —mascullé regalándole un golpe con uno de los cojines.
—Mmm. ¿Estás bromeando y sonriendo? —me cuestionó, y lo cierto es que me provocó algo de desconcierto. No entendí muy bien su tono de voz.
—¿Quieres que llore?
—No, pero después de una semana como alma en pena, me sorprende verte tan animada.
Error. Alerta. Peligro de confesión y saturación de preguntas por parte de uno de los mayores especialistas en descubrir tramas de toda la historia.
Kurt era vivo, se percataba de cualquier insignificante detalle que sucediera ante él, aunque nadie más lo hiciera. No dejaba pasar ninguna excusa y siempre estaba alerta ante cualquier posible movimiento que le ayudase a hilar sus teorías. Lo cierto es que yo ya intuía que se había percatado de mi estado emocional en los últimos días. Sin embargo, él se mantuvo al margen hasta que encontrase el momento justo, o tal vez la prueba concluyente. Y aquella pregunta era el principio de su cuestionario, sin duda.
—Estoy contenta —traté de disimular—.Ya sabes que el invierno no me gusta y este frio me pone de mal humor.
—¿A quién intentas engañar?
—A nadie.
—Rachel, no soy idiota, sé que algo te ha pasado y no quieres contárnoslo. Santana también lo sabe. De hecho, hoy mismo hemos hablado de ti.
—¿Santana te ha preguntado por mí? —me interesé preocupada—. ¿Qué te ha dicho?
—Dime lo que te pasa y te lo cuento.
—No, Kurt, no empieces con el chantaje. A mí no me sucede nada, solo que he tenido una mala semana y ya está. No todos los días se está de buen humor.
—¿Entonces por qué te preocupa tanto lo que Santana pueda preguntarme de ti? Te aseguro que lleva toda la semana preguntándome si sabía lo que te sucedía, y ya sabes que cuando ella intuye algo, es que está en lo cierto.
—Joder —me desesperé recuperando parte de mi mal humor—. Ok, haz lo que quieras. Seguid hablando de mí sin decirme nada. Vosotros sabréis.
—¿Por qué no me dices que es lo que realmente te sucede? —se puso serio—. ¿Es por Brian?
—No, déjame.
—Rachel, llevas dos años sin recibir ni un solo gesto por parte de él y te has mantenido firme en tu propósito. Y ahora que recibes varias flores e incluso va a verte a la cafetería, ¿te pones así?
—No quiero hablar de él —le recriminé—. No va a verme a la cafetería, va a tomar café como hace desde hace mucho tiempo. Y no me ha regalado varias flores, solo una estúpida Hortensia que ni siquiera sabe lo que significa.
—¿Y el lirio? —me replicó—, porque Quinn dejó bien claro que esa flor tenía un mensaje bastante claro y directo. Por amor de dios, ¿qué pretendes que…?
—El lirio no es de él —zanjé sin poder contenerme. Y lo cierto es que me arrepentí en el mismo momento en el que lo dije.
—¿Cómo? ¿Qué no es de él? ¿Entonces quién te lo ha regalado?
—Nadie —balbuceé completamente nerviosa. Tanto que dejé el vaso de agua sobre la mesilla y recuperé el libreto que aún permanecía sobre las piernas de Kurt, para revisarlo y centrarme en otra cosa que no fuera aquello. Ilusa de mí al creer que Kurt haría lo mismo.
—Rachel —volvió a llamar mi atención con el gesto serio y sorprendido —. ¿Quién diablos te ha regalado esa flor?
—He dicho que nadie, déjame en paz. Me la compré yo.
—¡Ja! Pero, ¿qué te pasa? ¿Por qué no me quieres contar nada?
—Porque no tengo nada que contar —exploté al fin—, porque no puedo contar nada, ¿Ok? Esa flor me la compré yo porque me apetecía. Ya está, solo es una estúpida flor que me gustó la cuando vi en la floristería.
Fue lo último que le dije antes de decidir levantarme del sofá y acabar con la presión que estaba sintiendo.
Tal vez sí. Tal vez contarle a Kurt todo lo que me había sucedido sería una buena manera de desahogarme. Al fin y al cabo, él era mi mejor amigo y no estaba metido de lleno en la historia. Podría ser el lado racional que tanto necesitaba en toda aquella locura. Pero no estaba preparada para explicarle que me había vuelto loca por Quinn, y que había incluso llegado a empezar algo sin que nadie lo supiera.
No. Prefería seguir guardando aquello hasta que la situación se calmase un poco, y todo volviese a la normalidad. Pero, ¿qué es normal en mi vida? ¿Cuántas veces he tenido la suerte de vivir una vida normal? Mi nacimiento ya fue diferente al no tener ni siquiera la oportunidad de disfrutar del amor de mi madre. ¿Qué me hacía pensar que el resto de la misma iba a ser como la de cualquier otra chica de Ohio, que lucha por un sueño? No. Mi vida no era normal, y en aquel instante no iba a ser menos.
Apenas me puse de pie dispuesta a evitar que Kurt siguiera interrogándome, cuando escuché como la puerta se abría y un vendaval entraba sin más. Mejor dicho, escuchamos. Porque Kurt también se sorprendió tras percibir el ruido.
A punto estuvo de caer, pero la mano salvadora de Quinn logró que Santana no se diese de bruces contra el suelo. Y una escandalosa risotada se escapó de sus labios.
—¡Cuidado! —le dijo ella preocupada.
—¡Estoy bien! —respondió Santana sin dejar de reír— Solo me he tropezado con la estúpida alfombra. ¡Rachel! —exclamó con tanta efusividad que incluso me asustó.
No podía creerlo.
La escena volvía a repetirse. Santana estaba completamente borracha y Quinn, al igual que hizo en Acción de gracias, la acompañaba pacientemente, soportándola como solo una buena amiga es capaz de hacer.
Juro que no sé qué reacción tuve al encontrarme con ella de frente. Hacía 10 días que no sabía nada de ella, solo que había viajado a Baltimore para preparar el viaje de Bleu. No había vuelto a verla, y fue tan extraño e intenso que a punto estuve de olvidarme por completo de quien realmente merecía la atención. O, mejor dicho, me obligaba a centrarme en ella.
—Oh dios —musitó Kurt siendo testigo del estado de Santana.
—¿Qué…qué hacéis? —cuestioné tratando de evitar la indescifrable mirada que Quinn me regalaba mientras sujetaba a Santana.
—¡Divertirnos! —respondió mi amiga, pero pronto tomo la palabra Quinn.
—Creo que algo ha debido sentarle mal. Solo se ha tomado un par de cervezas y ya no se mantiene en pie.
—Estoy bien, rubia —replicó ella soltándose de sus manos—. Estoy perfecta, solo quiero divertirme.
—Santana, por dios. ¿Otra vez así?
—Shhh, estoy bien. Solo me divierto —volvió a repetir recuperando un poco la compostura—. ¿Vamos? —le dijo a Quinn a quien tomó de la mano y comenzó a sonreír.
—¿Dónde vas así? —se interesó Kurt.
—Vamos a ver una peli en mi habitación —dijo Santana al tiempo que arrastraba a Quinn tras ella, mientras esta buscaba algo de ayuda en nosotros.
Kurt lo notó, y yo por supuesto también. Y como supe que él no iba a hacer nada, no tuve más remedio que lanzarme y tratar de evitar que Quinn siguiera pasándolo mal.
—Espera, espera —la detuve acercándome a ambas.
—¿Qué? ¿Qué haces? —me cuestionó Santana con una seriedad que me desconcertó.
—¿Te importa dejarnos a solas un minuto? —miré a Quinn, que a tenor por el gesto que me regaló, parecía estar aliviada por mi intervención. De hecho, fui yo misma quien hizo que Santana dejara de sujetar la mano de la rubia al interponerme entre ambas.
—Claro —susurró clavando sus ojos sobre los míos. Aquellos impresionantes ojos que tanto me transmitían, y que eran capaces de mover incluso el suelo con un simple pestañeo.
Tiré de Santana como pude y me la llevé hacia su habitación. Y lo cierto es que no me costó demasiado trabajo hacerlo. De hecho, una vez que entramos dentro, noté como mi amiga comenzaba a caminar sin quejarse, y, sobre todo, sin tambalearse como lo había hecho al llegar.
—¿Qué diablos haces? —me acerqué a ella con la intención de evitar que Quinn nos pudiese oír en el exterior—. El día de Acción de gracias me recriminaste porque te dejé hacer el ridículo delante de ella, ¿y ahora te presentas así? ¿Estás loca? ¿Por qué mierda te emborrachas?
—No estoy borracha —respondió con tanta firmeza que el desconcierto no tardó en llegar a mí.
—¿Qué no estás borracha? ¿Te has visto? Por amor de Dios, Quinn está desesperada.
—¡No estoy borracha! —volvió a insistirme, esta vez llevándose las manos a la cara con frustración—. Estoy bien —susurró ante mi confusión—. Me he bebido dos estúpidas cervezas. ¿Acaso crees que me voy a emborrachar con eso?
—¿Qué? Pero si has entrado…
—Lo estoy fingiendo —murmuró con voz baja.
—¿Qué?
—Escúchame, he vuelto a meter la pata. ¿Ok? La he besado y me ha rechazado, y no sabía qué hacer para que no se marchara. Estoy fingiendo que me encuentro mal para que me acompañe y venga hasta aquí, hasta mi habitación.
—¿Estás loca? ¿Qué mierda haces?
—Solo quiero estar a solas con ella. ¿Ok? Escúchame Rachel, a Quinn le gustan las chicas, me lo ha confesado y yo tengo que tener mi oportunidad. Cuando la tenga aquí no podrá resistirse. No me va a poder rechazar porque será ella quien…
—¿Pero tú no estabas enamorada? —la interrumpí consternada por su actitud.
—Sí, lo estoy, pero si Quinn no se ha enamorado de mí en este tiempo respetándola, va siendo hora de dar un paso más y que se vuelva loca por mí. Y créeme, eso sé cómo hacerlo.
—Eres idiota —mascullé enfadada.
—¿Qué? ¿Por qué dices eso?
—¿Piensas enamorarla mintiéndole? ¿Metiéndola en tu cama a la fuerza, sabiendo que ella no va a querer rechazarte dos veces en un solo día? ¿Estás enferma?
—No consiento que me digas eso. Rachel cada una juega sus bazas y Quinn, Quinn ha coqueteado conmigo. Lo único que le pasa es que no se decide a dar el paso. Pero para eso estoy yo, para incitarla a que se deje llevar.
—Estás obsesionada.
—¿Perdón? Té recuerdo que tú misma me dijiste que luchara por ella.
—Pero no así. Quinn no es así, no te das cuenta. Ella es dulce, es, es romántica. ¿Cómo diablos pretendes enamorarla obligándola a que se meta en la cama contigo? Además, borracha. Ella no es así.
—¿Y tú qué sabes cómo es ella? ¿Desde cuándo la conoces tan bien? ¿Por qué te preocupa tanto? ¿No la odiabas? ¿No era una estúpida y malcriada niña inglesa que te hacía la vida imposible? —me cuestionó, y con razón.
Empezaba a ser consciente de cómo me estaba dejando llevar por el malestar que me hacía sentir al conocer sus planes, más que por evitarle a ella algún desencuentro con Quinn. Pero no podía evitarlo.
No tenía más que mirarle a los ojos para saber que la rubia no lo estaba pasando bien, que ni siquiera quería estar allí. Y me resultaba terriblemente deshonesto y, sobre todo, doloroso no evitar que siguiera sufriéndolo.
Sin embargo, ¿qué iba a hacer? Santana se mostraba firme y convincente con lo que estaba haciendo, y mi opinión no le servía de nada.
La única solución posible que encontré fue dejarla que continuase con aquella locura, y que fuese Quinn quien terminase por perder la paciencia con ella. Tal vez así, y aunque me dolía pensarlo, todo quedaría más claro para Santana, y su intento en vano por conquistarla.
—¿Qué sabes tú de ella? ¿Acaso que venda flores significa que sea cursi? ¿O es que ahora tú eres una experta en conquistar a chicas? —insistió y yo no tuve más remedio que callarme.
Se lo había merecido, al fin y al cabo. Después del desplante vendría a mí llorando, pero al menos aprendería la lección a no tratar así a quien realmente merecía mucho más.
—Ok, haz lo que te dé la gana —me excusé regresando hacia la salida de la habitación —. Es tu vida, no la mía.
—Pues sí —la escuché murmurar siguiendo mis pasos—, es la mía.
Mi enfado no tardó en aumentar tras aquella breve reseña. Sin embargo, no solo lo iba a hacer por aquello.
Quinn ya esperaba una reacción por parte mía, o tal vez la frase que destruyese la desesperante manía de Santana por llevarla hasta su habitación, y salvarla de aquello. Y lo hacía volviendo a mirarme con aquellos ojos llenos de frustración y resignación.
—Quinn —alzó la voz Santana, que a pesar de fingir que seguía borracha, lo hacía con algo más de calma—. ¿Vienes?
Un suspiro.
Se me cayó el mundo al ver como lo único que hizo fue dejar escapar un sonoro suspiro, y caminó directa hacia la entrada de la habitación, sin dejar de lanzarme miradas durante el trayecto.
Yo la esquivé. Y lo hice porque sabía que, si le aguantaba la mirada, iba a terminar haciendo algo para lo que no estábamos preparadas. Sin embargo, no pude evitar hablarle en voz baja justo cuando pasaba a mi lado.
—Nadie te obliga a nada.
Tal vez corto y confuso. Tanto que ni Santana ni Kurt sabrían qué quería decirle si se hubiesen enterado de aquello. Sin embargo, yo tuve la esperanza de que ella si lo supiera. Que entendiera mi mensaje como un aviso, con su pasaporte para escapar y no tener que dar explicación alguna a su negativa para acceder a la petición de Santana. Y no sé si lo hizo. No sé si lo entendió o no, lo que si se es que le bastó una simple mirada para romperme aún más el corazón mientras accedía al interior de la habitación.
Quizás no tenía derecho a sentirme así. Al fin y al cabo, había sido yo quien rompió cualquier intento de acercamiento entre nosotras, para que Santana tuviese vía libre con ella. Y ahora que parecía estar a punto de lograrlo, era yo quien trataba de evitarlo, aunque no con demasiada fortuna.
—Lo siento —susurró ella esquivándome.
Escuchar como la puerta se cerraba detrás de mí, no hizo más que afligirme y lograr que el nudo que hacía ya horas que había desaparecido de mi pecho, regresase siendo más punzante y asfixiante. Sobre todo, después de aquella disculpa, que lo único que hizo fue confirmar su decisión.
—¿Qué ha sido eso? —fue Kurt quien me devolvió a la realidad, y a ser consciente de que aún tenía una batalla que lidiar con él. Pero no me apetecía en absoluto hacerlo—. ¿Vamos a tener que buscarle un apodo a Quinn y sus gemidos?
¿Asfixia? ¿Ganas de llorar? No. Lo que realmente sentí tras escuchar a Kurt fue una arcada. Unas tremendas ganas de vomitar al imaginar que sí, que Santana probablemente iba a lograr meter a Quinn en su cama, y yo la iba a escuchar.
Tal vez la inconsciencia era la mejor de opciones para no hacerlo, pero mi falta de valor por golpearme hasta perderla, y mi imperiosa necesidad por saber si lo lograba o no, me lanzaron a ser testigo de una de las peores noches de toda mi vida. Por no decir la peor.
