No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco.
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La campana de la cena estaba sonando cuando Isabella llevó a Dulcina hasta la puerta. La cantante la abrazó una vez más, y se apartó, dejando las manos sobre sus hombros. Su delgado rostro estaba sombrío, y sus labios trazaban una dura línea.
—Cuídate —dijo—. No, no te preocupes. Esme no me ha dicho nada de ti. Dios sabe que mantiene la boca cerrada en cuestión de secretos. Debe hacerlo. Probablemente sabe bastantes cosas para arruinar a media Roma. Pero había mucho en ella cuando me pidió que entregara su mensaje. No temas refugiarte con ella si es necesario.
—Gracias.
—No hace falta que me des las gracias. Una tarde con Chloe es más preciosa que los rubíes. Mi fortuna está hecha, ninguna cena de la alta sociedad estará completa sin mí. Mis tarifas se doblarán dentro de un mes.
Le dio a Isabella un nuevo abrazo, rápido y casi aplastante, y se marchó rápidamente. Isabella se unió a Irina para ayudarle a poner la mesa.
—¿Qué te ha parecido Chloe?
—¡Oh, Dios! —exclamó Isabella, casi dejando caer una fuente de servicio.
—No gastes tu simpatía en ella, o en mis platos —dijo Irina—. Creo que, a su manera, está absolutamente contenta. Provocó la muerte de su asqueroso marido, y en cuanto al pobre Rufus, puedo decir que es uno de los pocos seres humanos que he conocido capaces de mantener su devoción durante toda una vida. Y ella le ha atormentado con éxito durante más de diez años. Esas malditas rosas no llegan solas, puedes imaginarlo. Cada año nos lo pregunta, y cada año volvemos con la misma respuesta. Dime, ¿pronunció su famoso discurso sobre el amor?
—Eh, sí —respondió despacio Isabella.
—Humpf... Si eso es el amor, preferiría ser una gata callejera.
Isabella tuvo que agacharse en el corredor cerca de la cocina a causa de las lágrimas de risa que corrían por sus mejillas.
—Oh, Irina, basta ya —suplicó, secándose con el delantal.
—Nada de eso —dijo Irina—. Sólo es lo que necesitas después de estar con Chloe, una dosis de sólido sentido común.
Las monjas habían empezado a llegar y sentarse. Isabella fue a la cocina y volvió con una fuente de pan. Para su desmayo, vio que no había puesto bastantes servicios en la mesa, pues mientras las monjas se sentaban, una anciana entró en el comedor. Estaba torcida por la edad, y su cuerpo se apoyaba en un pesado bastón negro de espino.
Como las demás, se vestía con una sencilla prenda de lana marrón. Caminaba en dirección al asiento bajo el atril enfrente de Kate. Cuando pasó junto a Isabella, dio un giro, y la joven pudo ver que su cara estaba tan arrugada como una hoja marchita, pero su sonrisa era benigna y cariñosa, tan bella que iluminaba sus gastadas facciones como el fuego en una lámpara de alabastro brilla a través de la piedra traslúcida.
—Oh, no —dijo Isabella.
Dejó la fuente sobre la mesa y corrió en busca de otro servicio mientras la anciana monja se sentaba.
Puso el plato y la taza ante la anciana, y suponiendo que no sería muy fuerte, le sirvió algo de vino y dejó la jarra de agua cerca de su mano. La vieja monja agradeció su cortesía con otra hermosa sonrisa y la bendijo suavemente, dibujando una cruz en el aire. Isabella se inclinó educadamente, como correspondía ante alguien sin duda venerable.
Estaba segura de que la anciana debía de ser alguien importante para ocupar aquel lugar de honor en la mesa. No reparó en el completo silencio de la sala hasta que se irguió. Kate la miraba con algo parecido al horror.
—¿Qué pasa?
Kate no contestó. En su lugar se levantó de un brinco tan repentino que el banco cayó al suelo, y las demás monjas sentadas a aquel lado de la mesa sólo se salvaron de caer también agarrándose unas a otras.
En un instante, todas las monjas estaban al otro lado de la habitación, los ojos abiertos de terror y clavados en el rostro de Isabella.
Isabella buscó a la anciana, pero no había nada allí, sólo el plato con la cuchara puesta pulcramente en el centro y media taza de vino.
—¡No! —gritó Isabella—. ¡No! —Se había apartado de la mesa, crispando los puños sobre su delantal—. A veces los veo —balbuceó—, pero casi siempre me doy cuenta. Ella no era como los demás... tan tranquila, tan amable...
—¿A quién ves, Isabella?
La pregunta llegó desde la puerta de la cocina, donde se encontraba Irina con una fuente de asado de cerdo.
—Veo a los muertos —contestó Isabella salvajemente.
Irina asintió.
—¿Qué aspecto tenía?
—Era anciana, vestida como todas nosotras. Cojeaba y se apoyaba en un bastón negro.
—La Abadesa Maggie —boqueó Kate.
Cerró los ojos y se santiguó.
—Sí —dijo Irina—. Aquel bastón negro raramente se separó mucho de su mano durante los últimos diez años de su vida. No tenía una enfermedad concreta, pero los huesos viejos crujen y se rompen. Ah, bien, es bueno saber que ella todavía piensa en nosotros y nos visita de vez en cuando. Un poco perturbador, por supuesto, pero bueno. Ahora, sentémonos a cenar.
—Santo cielo, Irina —gritó la hermana Renata—. ¿Cómo puedes estar tan tranquila? Seguramente Maggie no nos ha visitado para nada.
Isabella comprendió que la hermana Renata estaba preparando un terrorífico ataque de histeria. La monja cayó como un árbol talado, y dos de sus compañeras más jóvenes intentaron sujetarla mientras una tercera la abanicaba vigorosamente.
—¿Y qué vamos a hacer con esta muchacha? —chirrió Renata, señalando a Isabella—. ¡No sabe bordar y pone la mesa para los muertos!
—No podemos reprocharle que sea cortés —repuso Irina con cierto deleite torvo—. Ella no sabía que Maggie estaba muerta.
—Desearía que dejases de usar esa palabra —gimió Kate.
—¿Qué palabra? —preguntó Irina en tono inocente mientras entraba con el asado. Cuando se acercó a Isabella, la muchacha se encogió.
—No tengas miedo —dijo—. Yo estoy muy viva.
—¡No! —dijo Isabella, boqueando y apartando la cabeza—. Es el asado. ¿No lo hueles? —preguntó con una arcada—. Apesta. El hedor es asfixiante.
Irina permaneció confusa por un momento, y después musitó una maldición, tan brutal como las que Isabella había oído de Esme.
—Ya me pareció que el carnicero la vendía demasiado barata.
La monja puso la carne sobre la mesa y empezó a trincharla cuidadosamente, cortando la gruesa costra que el fuego había puesto sobre ella. Alguien había abierto profundos tajos, insertando unas hojas verdes en ellos. Irina sacó una con la punta de su cuchillo y la desplegó. Estaba oscura y arrugada por el calor del fuego, pero todavía reconocible.
—¿Qué es? —preguntó Kate, alargando una mano hacia la hoja.
Irina golpeó el dorso de la mano de la abadesa con la parte plana del cuchillo.
—No lo toques. Hay gente que ha muerto por tocar esta planta, y si Amun está detrás de esto, puede permitirse la mejor calidad... o quizá debería decir la más letal. Si hubiésemos comido este bonito asado, seguramente estaríamos muertas.
Kate retrocedió, haciendo de nuevo la señal de la cruz.
—Parece que Maggie tenía una buena razón para aparecer. ¿Qué es esa hoja?
—Capucha de monje —dijo Irina.
Acónito, pensó Isabella, y por primera vez en su vida, quiso desmayarse.
Lo encontró una sensación desagradable. Primero llegó la náusea, seguida de vértigo, y después todo empezó a oscurecerse. La loba, como de costumbre, la salvó. Los lobos no se desmayan.
Ella estaba al máximo de su energía, queriendo ir a la cocina a cuatro patas, saltar la tapia del jardín y encontrar a Amun. Los pensamientos de la loba eran muy directos e implicaban desgarrar carne, hacer que brotase la sangre y romper huesos. El hecho de que la estancia estuviese iluminada y llena de gente hizo que se dominase con rapidez.
—Yo era el blanco —dijo.
Irina la miró desde el otro lado de la mesa.
—Puede que te sobreestimes, Isabella.
—No. Irina, tengo que salir de aquí.
Irina meneó la cabeza ligeramente, como diciendo no aquí, no ahora. Las interrumpió un fuerte chillido desde el otro lado de la estancia.
—¡Envenenada!
—Oh, no —suspiró Kate.
—Ah, nuestra querida hermana Renata —dijo Irina.
La hermana Renata estaba histérica en serio. Irina golpeó suavemente a Isabella en los nudillos.
—Presta mucha atención, querida. Toda mujer necesita aprender los movimientos correctos. Eso es lo que tienes que hacer cuando quieras empeorar una situación ya de por sí mala o, mejor todavía, llevarla al completo caos y hacer que todos los varones de las cercanías se pongan a beber.
—¡Envenenada! —volvió a gritar la hermana Renata.
El único sonido más fuerte que su voz era el estruendo de la campana en la puerta. Renata estaba de rodillas, los brazos extendidos hacia el cielo. Kate la sostenía, intentando impedir que cayese. Irina se dirigió a la monja joven que seguía abanicando inútilmente el lugar donde había estado la cara de la hermana Renata.
—Deja de hacer corriente, Lizz, y responde a la campana.
Unos instantes después, Lizz entró con dos soldados vestidos con la púrpura y oro de la guardia imperial, y dos niños, uno rubio y otro moreno. El niño rubio se lanzó hacia Isabella como un proyectil, y estaba en sus brazos antes de que ella comprendiera que era Alice. Isabella puso los ojos en blanco por un momento, y después preguntó:
—¿Qué le ha pasado a tu pelo?
—La madre de Bill me lo ha cortado —explicó Alice—. Dijo que yo estaría más segura como un chico. Fue después de que empezasen los tumultos en la calle y cortasen al hombre por la mitad y se pusiera a sangrar por todas partes y los lombardos llegasen en nuestra busca...
—Espera —dijo Isabella—. Para empezar, ¿qué estabas haciendo en la calle de Bill? Creo que se suponía que ibas a estar aquí estudiando las letras con los otros niños y...
—Llevaba perdida desde esta mañana —dijo Irina.
—¿Y no me lo habías dicho? —preguntó Isabella, furiosa.
Irina se encogió de hombros.
—¿Qué podrías haber hecho al respecto, aparte de enfermar de preocupación? Los soldados del papa la estaban buscando.
—Y —dijo Alice asintiendo— no nos han encontrado hasta hace un rato, cuando hemos cruzado el puente y les he dicho quién soy. —Abrazó a Isabella y le habló al oído—: Sólo me escapé para ver a Bill porque es mi amigo, y mi padre dice que la amistad es sagrada, pero eso no es lo que quiero decirte. Escucha, por favor, es importante, sé que lo es.
Renata chilló de nuevo, interrumpiéndola.
—¿Por qué berrea? —preguntó la niña.
Isabella bajó a Alice, cogió su mano, y se la llevó a la cocina. Irina las siguió, llevando el asado y dejándolo sobre la mesa.
—Ahora, ¿qué es tan importante?
—¿Recuerdas el lugar al que huimos cuando el soldado nos persiguió, donde conocimos a Tony? Esme me dijo que no hablase de él. Es secreto, pero no puede serlo para ti.
—No lo es —contestó Isabella— ¿Qué ocurre?
—Le hablé a Bill de él —dijo Alice jadeante—, y quiso verlo. Así que pasamos por el desagüe de la primera vez, pero algo estaba mal. Había sangre por todas partes, y cuerpos en el patio. Entonces los soldados nos vieron. Corrimos, y al llegar a casa de Bill los soldados intentaron cogernos, pero eran lombardos y la gente de la calle no les dejó hacerlo. Entonces empezó la pelea y partieron al hombre por la mitad y la madre de Bill me cortó el pelo. —Alice calló al quedarse sin aire.
Isabella se puso en pie. La cocina estaba a oscuras. Miró por la ventana. Los últimos rayos del sol estaban perfilando una franja de nubes cerca del horizonte, la luna nueva era una pieza de alabastro en un cielo color índigo salpicado de estrellas. La noche estaba sobre ella.
¿Qué podrían querer los lombardos de la pobre gente a la que cuidaba Carlisle junto con Tony? se preguntó.
Entonces recordó con horror que un sínodo eclesiástico estaba a punto de reunirse en la ciudad examinar la aptitud de Carlisle para ser papa. Su testimonio sobre Tony podría condenarle.
—Irina —susurró—, tengo que irme.
Irina se acercó con la lámpara en la mano. La luz era débil e iluminaba sólo sus tres caras. Desde la otra habitación, Isabella podía oír todavía los fuertes lamentos de Renata.
—No puedo dejar que hagas eso, querida.
—No puedes detenerme —contestó Isabella—. Nadie puede.
Había un cubo de agua junto al fuego de la cocina. Isabella lo cogió y arrojó el contenido a las llamas. Una nociva mezcla de humo, vapor y ceniza se elevó del fuego, llenando la habitación.
La loba tomó a Isabella. El cambio fue tan rápido que no tuvo tiempo de huir. Oyó la boqueada de Irina y el grito de alegría de Alice.
Isabella salió de la cocina a toda velocidad. Cruzó el jardín en unos instantes y saltó la tapia limpiamente. Se encontró en la orilla del río, contemplando Roma desde el otro lado del Tíber.
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¿Irá a rescatar a Tony? Ya casi terminamos la historia… no quedan pocos capítulos…
No olviden dejar un comentario.
¡Nos leemos pronto!
