Capítulo veintiuno: Prohibido olvidar
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"Después de años me siguen preguntando cómo conseguí olvidarte. Es fácil: no lo hice"
-Mónica Gae
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-¿Está seguro de esto, señor? -inquirió, de nuevo.
El hombre pasó una mano por su barba recortada, algo inquieto. La verdad es que no, no estaba cien por ciento seguro de éste movimiento. Sin embargo, debía arriesgarse o rendirse a la derrota inminente. No era seguro, pero este movimiento podría cambiarlo todo y, tal vez, asegurar el éxito.
-No. -admitió en voz alta- Pero no podemos perder más gente.
La joven asintió, seguido de esto, llevó una mano hacia su oído y se mantuvo en silencio por unos segundos antes de volver a hablar.
-Estamos listos para proseguir. -notificó- Esperamos su orden.
-Que pase. -asintió.
Llevando su muñeca a la altura de su boca, la morena habló.
-El director está listo. -informó- Todos en posición.
A continuación, la joven se retiró y Paz quedó solo en su oficina. Las cortinas estaban abiertas, el espectáculo del eterno amanecer plasmado en el horizonte. Las luces estaban encendidas, su escritorio estaba libre del papeleo y su postura transmitía seguridad y seriedad. Transcurrieron tres minutos antes de que un ligero golpeteo en la puerta rompiera el silencio, luego, las puertas se abrieron y una figura ingresó. El director se levantó de su asiento y, con educación, se acercó a recibir a su visitante.
-Usted debe ser el director del Instituto. -comentó, relajada- Paz.
-Así es. -asintió él- Y usted es-
-Una persona ocupada. -interrumpió, pasando del hombre y tomando asiento del otro lado del escritorio del director- Al grano. -pidió- Sin tantas formalidades, hablemos de lo que en realidad quiere hablar.
Aturdido, el hombre de ojos avellanas la imitó y retomó su asiento.
-Está… enojada. -observó con cuidado- ¿Puedo preguntar el por qué? -se aventuró.
Ella frunció el ceño, se tomó su tiempo en formular su respuesta.
-No me agrada que me tomen por la fuerza y me obliguen a hacer nada. -dijo- Comprenderá mi enojo.
-Ah. -fue todo lo que dijo.
-Su gente no acepta un no por respuesta. -soltó entre dientes- Aquí me tiene. -gruñó- ¿Por qué pidió por mí? -ladeó su cabeza, curiosa- Entiendo que sus alianzas descansan sobre… personas más interesantes, si me permite observar.
-Usted no decepciona, señorita. -sonrió- ¿Escuchó sobre los nuevos proyectos que se aproximan?
-Escucho de todo un poco. -respondió vagamente- El Instituto nunca antes había resonado con tanta fuerza, supongo que ya no mantendrán un perfil bajo.
-No es el plan. -asintió él- Pero, como sabe, no puede evitarse llamar la atención en éstos momentos. -se inclinó hacia adelante, sus manos entrelazadas sobre su escritorio- Alguien debe tomar las riendas.
-No me diga. -una risa seca de su parte.
-Gente honesta, personas con… visión. -dijo él- Un nuevo mundo está por delante, depende de aquellos que decidan hacerlo posible si es más de los mismo o algo mejor. -una pausa- Yo apuesto a mejorar.
-Tenga cuidado. -advirtió ella- La gente le teme al cambio. -entrecerró los ojos- ¿Por qué estoy aquí? -imitó su postura y se inclinó más cerca- Me hice a un lado, cumplí mi parte en todo ésto. -se encogió de hombros- Tiene a los Pilares, por increíble que sea eso, tiene a Tomoyo y, según oí, la pequeña Sakura cumple una función en éste… nuevo mundo. -escupió, incrédula- Soy parte del pasado, y el pasado en el pasado está. -retrocedió lentamente, sus ojos nunca abandonaron los de él.
-No creí que se alejara del tablero con tanta facilidad, señorita Delaune. -comentó por lo bajo, pensativo.
-No quiero jugar más a las alianzas. -declaró la albina, firme- No con Aaron, no con usted.
-Yo no juego. -aclaró.
-Sí, sí juega. -gruñó, levantándose de su asiento- Todos juegan.
-Sé que Pía la está buscando. -afirmó mientras la sacerdotisa se daba la vuelta con clara intención de abandonar su oficina. La joven se quedó tiesa y en silencio, él continuó hablando- Las serpientes hablaron, los señores demonios saben de su traición.
-No necesito protección, si eso me ofrece. -lo observó detrás de su hombro, su tono frío y amenazador- Se lo dije, terminé con las alianzas.
-La señorita Tomoyo me dijo que la ayudó -dijo, entonces- ¿Matar al Consejo logró satisfacer su sed de venganza? -negó lentamente- Creí que era más grande que aquello.
Captó su atención con esas palabras, la joven albina volvió sobre sus pasos y sus manos golpearon su escritorio con más fuerza de la que aparentaba su cuerpo adolescente.
-Tome las lecciones de psicología de vuelta y guárdelas, hágame ese favor. -gruñó entre dientes- No respondió a mi pregunta, pero yo sé por qué estoy aquí. -siseó.
-¿Cuál es su respuesta, entonces? -inquirió, no afectado en lo más mínimo. Era lo que esperaba de Micah, después de todo.
-No hago el trabajo sucio de nadie, Instituto o no. -le hizo ver, manteniendo a raya su enfado.
-Espero que se nos una. -especificó él- No soy Aaron, no pretendo que trabaje para mí, sino junto a mí. -hizo una pausa, sus miradas chocaron- La quiero a mi lado, no por debajo de mí.
La joven bufó, retrocediendo dos pasos.
-No tengo cinco años, las palabras bonitas no me impresionan. -afirmó con su voz monótona, la calma volviendo a ella- No tengo ambiciones, tampoco, así que no puede seducirme con ofertas de poder y grandeza.
-Ambiciones no, pero sé que tiene convicciones. -ella frunció el ceño ante sus palabras y supo que dio en el blanco, continuó sobre la misma línea- No le ofrezco poder, le ofrezco una responsabilidad, Micah. Le ofrezco retomar sus deberes como sacerdotisa.
-Esa vida quedó en el pasado, sé que está al tanto. -esquivó, volviendo su atención hacia la ventana y el espectáculo congelado del eterno amanecer.
-También sé que daría todo por volver a ella. -afirmó con suavidad- La oportunidad está allí, la gente es-
-Tiene a las tres puntas de la pirámide. -interrumpió ella, sus ojos aún en el astro rey- Puente, Pilares y la heredera de Aaron… la codicia es un pecado.
-Todos son jóvenes y sin experiencia. -admitió a duras penas- La situación es un caos, necesito que me ayude a controlarla.
Un año había pasado desde el inicio de todo, las cosas no habían marchado como se suponía. Pero, en verdad, sabía que ésto podría suceder. Los planes nunca salían como unos deseaba, por más que todo se revisara cientos de veces y se previnieran escenarios variados. Todo mejoraría, pero el ahora debía solucionarse y solucionarse de una vez y para siempre.
Las rebeliones, los levantamientos y las batallas espontáneas; estaba corto de personal y, aunque bien encaminados, sus semillas no terminaban de germinar. Había buscado a Micah durante los últimos tres meses, todos daban su mejor esfuerzo para encontrar a la vieja sacerdotisa. Sin embargo, Micah Delaune había estado fuera del mapa desde la caída del Consejo en el Valle del Crepúsculo, los señores demonios estaban detrás de su cabeza desde el día uno, dificultando todo.
-Sé que sus objetivos son nobles. -dijo ella luego de unos minutos e silencio contemplativo- Tomoyo no estaría aquí de no ser así.
Él asintió, sin deseos de interrumpirla.
-Sin embargo, está erróneo si piensa que soy la misma persona de hace más de doscientos años. -frunció el ceño.
-Eres mejor. -asintió él, sincero- La niña que Aaron encontró era ingenua, aunque llena de buenas intenciones. Ahora es más sabia, está mejor preparada.
-…dije que dejara la psicología barata. -gruñó, sus ojos marrones brillaban con furia contenida- No es el primero que trae esas palabras en busca de un sí, de una alianza.
-¿Quiere que mienta? -ofreció con sinceridad- Sabe que es verdad, sabe que hoy podría desempeñar aquél papel mucho mejor que en aquél entonces. -frunció el ceño- No suelo concordar con Aaron, pero sé que es una de las sacerdotisas más fuertes de los últimos tiempos. Ni si quiera él pudo explotar todo su potencial, señorita Delaune.
Ella lanzó una carcajada vacía, sin gracia.
-Una sacerdotisa se debe a su gente, no a un ser egoísta como él. -siguió hablando, sin rendirse- ¿Quiere vengarse? ¡Haga lo que ellos no pudieron! ¡Triunfe donde ellos fracasaron! ¿Quiere actuar en favor de ellos? Entonces siga escondiéndose debajo de la tierra y dele la espalda a su gente. -se levantó de su asiento con elegancia, sin revelar su exasperación ante su negativa- Quiero ayudarle, quiero ayudarle a sanar.
-Convenientemente mi sanación, como usted llama, favorece sus objetivos. -masculló por lo bajo.
-Al contrario del resto, yo admito que ésto es así. -bufó- ¿Tan malo sería ayudarme? Mis objetivos no son egoístas, todo lo contrario.
-Hn.
Teniendo a la sacerdotisa contra la pared, continuó con su discurso.
-Estoy tratando de que no muera más gente. -dijo él- Intento unificar a las brujas, liberar a los mestizos, incorporar a los ilusionistas, trato… Quiero que ellos puedan tener un mejor mundo. -suspiró, exhausto- Uno mejor del que usted y yo conocemos.
…
Rodó sobre su vientre y abrió los ojos para observar el reloj despertador, había tenido cinco horas de sueño. Deseaba unas buenas vacaciones, dormir hasta tarde y poder despegar su mente, pero cinco horas sonaban a gloria cuando te encontrabas en las trincheras, en el campo de batalla. Se despojó de las sábanas y se incorporó, sus pies descalzos ni siquiera hicieron ruido sobre la cerámica barata mientras caminaba con nada más que unas bragas y una remera vieja de Shaoran. Olía a café y tostadas, alguien había hecho las compras.
-Buenos días. -saludó ella mientras tomaba asiento, su guardián estaba terminando una barra de granola- ¿Tú también te levantaste ya?
-Tenía hambre. -mencionó con la boca llena- Me comí el último plátano.
Ella sonrió.
-Descuida, estás perdonado. -murmuró mientras ahogaba un bostezo- Salimos en dos horas, ve a dormir un poco más. -le recomendó.
Kero asintió y fue directo a la cama, Shaoran vino con una taza de café cargado y una pila de tostadas en sus manos.
-Gracias. -chilló mientras daba un buen sorbo- ¿Hace mucho que estás despierto? -quiso saber- Salimos en dos horas. -volvió a decir- Estaremos fuera unas ocho, tal vez diez horas fuera. -devoró una tostada con queso mientras esperaba su respuesta.
Él también tenía una taza entre sus manos, aunque no tan hambriento y apresurado como ella. Su cabello húmedo, su ropa olía al desodorante de lavadora y sus ojos tan serios como siempre.
-Yo estoy bien. -negó, dio un sorbo- ¿Y tú? ¿Estás preparada?
Ella le enseñó un pulgar arriba mientras daba otro gran sorbo, necesitaba quitarse los restos de sueño deprisa y el café estaba delicioso. Claro, era ella la que había vuelto a las cuatro de la madrugada de una misión de doce horas, ella y Kero.
-¿Hay más café? -inquirió, su taza casi vacía. Él le ofreció la suya, una sonrisa ladeada en su rostro- Eres un sol. -sonrió ella.
Él negó y se dirigió al alfeizar, el sol ya había salido en aquella mañana otoñal en el norte de Polonia. Ella podría sonreír, él podría darle su café y ambos podían confiar en el otro a la hora de luchar por sus vidas; pero no se engañaban, un vínculo roto jamás volvería a ser el mismo. Dos meses atorados juntos en Perú ayudaron, gritarse verdades dolorosas en el rostro del otro cada cierto tiempo ayudó, herirse el uno al otro en los entrenamientos ayudó… Dos meses en Europa juntos, Gia los tenía a todos como locos completando misiones de espionaje y asesinato, de seducción. Tal vez aquello había ayudado más que nada, él había comenzado a aprender. Ser los niños buenos no los llevarían a ningún lado, debían engañar y robar para poder triunfar, triunfar a cómo dé lugar.
-Luego de esta misión, seremos trasladados como apoyo en Francia. -le informó él- Gia llamó mientras dormías, los papeles estarán aquí para cuando volvamos de nuestra misión.
-¿Francia, eh? -masculló, pensativa- Allí están Marco y Tania, ¿no? -tomó otra tostada, estaba muerta de hambre.
-El señor de Francia asesinó a su primer ministro, tiene un cambia formas en su lugar. -dijo él, aburrido- Seremos apoyo, el resto de la información nos la darán allá.
Sakura masticó con calma y tragó su desayuno, rascó su mejilla y frunció el ceño. Él la observó, ella sabía las palabras exactas en su mente.
-¿Recuerdas la especialidad de Tania? -inquirió ella, él asintió. Claro, Gia los había obligado a todos a memorizar los dones y regalos de sus hermanos y hermanas, lo que los hacía hijos destacables- Ella lo llama 'Defensa Divina'. -rodó los ojos, una bruja demasiado blanca para su gusto- Es luchadora de largo alcance, pero Marco no y ella extiende su escudo para protegerlo porque su ojo izquierdo no puede percibir la profundidad y eso lo hace vulnerable, demasiado. -lo observó fruncir el ceño, aquello no estaba en el informe, pero ella lo había observado y detectado su punto débil- Marco y Tania jamás podrían enfrentarse al señor de Francia y salir vivos. -le dio otro sorbo a su café- Hacer el asesinato público, desestabilizar al país y hacer a un lado a su señor demonio, esa va a ser nuestra misión. -respondió su pregunta no formulada- No lo he visto, pero recuerdo que su nombre era… -escarbó en su memoria, en sus recuerdos- Mark, no. Espera. Mirko, sí. -asintió- Mirko, el señor de Francia.
Se levantó de su asiento y se estiró en la punta de sus pies, la vieja playera que utilizaba como pijama subió y dejó al descubierto más que sólo sus muslos. No era de extrañar la tensión sexual, ambos tenían diecisiete años, con las hormonas locas, viviendo al borde de la locura y con la adrenalina siempre bombeando en sus venas. ¿Cuántas veces había tenido que ayudar a cerrar alguna herida suya, deshacerse de su ropa andrajosa y detener el sangrado? Ella tampoco salía ilesa, una herida profunda necesitaría ayuda externa para detener el sangrado. En el campo de batalla no existía la vergüenza y no existía timidez. Existía la vida y la muerte.
-Voy a ducharme. -informó ella, dándose la vuelta.
Y ella siempre elegiría la vida, siempre.
…
Volvía a ella, la oportunidad volvía a ella una vez más. Pero… ¿Sería, una vez más, arrebatada de sus manos? Había vuelto más veces y, en cada una de ellas, había intentado dar rienda suelta a su naturaleza. Quería ayudar, era imposible para ella ver la necesidad y no dar de ella para aliviarla. Ahora, una vez más, la oportunidad venía a ella.
Ella sabía que los tiempos eran turbulentos, que la necesidad abundaba y era necesaria la ayuda.
-¿Conoce los riegos, señor Paz? -inquirió, los nervios crispando en su interior- El Consejo pudo haber caído, pero no se confunda. -frunció el ceño- Usted lo ha visto, los señores demonios no dan el brazo a torcer. La cabeza ha caído, pero el cuerpo sigue moviéndose.
-Lo he visto, también lo he enfrentado. -le recordó- Reconozco que… Mi fuerza no puede superarlos, por eso extiendo mi pedido a usted.
Conveniente, resonó en su mente. Todo lucía vagamente familiar, ella lo sabía. Paz no era el primero en extender una oferta de ese calibre, no sería el último tampoco. Claro que ella había oído palabras más bonitas, ofertas más tentadoras. Si embargo, ninguna tan atrayente como la suya. Por supuesto, se le estaban acabando las excusas y ella bien lo sabía. Había seguido de cerca los progresos del nuevo orden, como se lo llamaba. Lo sorprendió oír que buscaban por ella, pero no le pareció extraño.
Pía no dejaría a Sakura ganar terreno, Tomoyo era demasiado joven y, como siempre, las habilidades para sociabilizar de Luciana destacaban debido a sus modos. Del nuevo Pilar no había mucho que decir, lo cual no era nada bueno para Paz. Tenían potencial, pero necesitaban actuar ahora mismo. El Instituto estaba más activo que nunca, nadie podía negar aquello. Claro, eran silenciosos y actuaban desde las sombras, pero aquellos que sabían se daban cuenta de los pequeños actos.
-Le hace falta una figura de autoridad. -hizo ver ella- No tiene respaldo suficiente, peso.
-Tampoco tengo el tiempo suficiente para ganarlo. -gruñó, descontento- Se acaba el tiempo.
-¿Cree que encajo en el papel? -inquirió, curiosa de oír su respuesta.
-No hay duda. -respondió de inmediato- Su paso en el tiempo no ha pasado desapercibido, mucha gente tiene un profundo respeto por usted.
-… eso es porque no todos saben de mi alianza con Aaron. -observó, esperando su reacción.
Pasaron unos segundos antes de que el hombre respondiera a sus palabras.
-Ambos conocemos la naturaleza de aquella alianza.
Entrecerró los ojos, no paraba de sorprenderle la cantidad de cosas de las que estaba al tanto el Instituto. Aquello sólo aumentaba su interés, ¿qué sucedería si aceptaba?
¿Sería esta fuerza lo suficientemente fuerte para dar cara a Pía y los otros señores demonios?
¿Podrían contra Aaron? Él volvería, no había duda. Que en paz descanse Ángel, pero todos sabían que sólo había sido una solución temporal.
¿Podría este nuevo Consejo ser mejor? ¿Cómo? ¿Por cuánto tiempo?
¿Ella quería ser parte de ello?
-Quiero ser testigo de este nuevo mundo que prometes. -decidió- Si esto no funciona, de todas formas yo gano. -una sonrisa perezosa se formó en sus labios- Esta vez, será la última. Esta vez…
-Sí. -murmuró Paz- Lo sé
…
Le eran extraños, desconocidos, los pasillos de la sucursal en Marruecos. No terminaba de acostumbrarse, después de todo sólo llevaban allí dos días y una noche. Arabia seguía formando parte del continente asiático, no importaba qué tanto estuvieran unidos a África y el resto de su raza; aquello no hacía menos la alianza entre los mestizos, ella estaba al tanto de ello. Samira lideraba a los rebeldes de allí, era la comandante en jefe y Tomoyo no podía creer las diferencias entre ella y Melek. Personalidades completamente opuestas, sin embargo el liderazgo lo llevaba a cabo con la misma eficacia que su aliada árabe.
-Ana está en Egipto. -mencionó su caballero mientras ella ingresaba a la habitación que les habían proporcionado- ¡Maldición! Creí que la alcanzaríamos ésta vez.
Por razones aún desconocidas para ellos, la rubia había arribado en Arabia tres días atrás. Fue Amads quien reconoció su presencia, la señora jamás volvió a pisar suelo árabe desde que Tomoyo se estableció allí junto con los rebeldes. No sin una pelea interna previa, ella decidió presentarse frente a la señora de África e intercambiar algunas palabras.
Ana estaba allí, incluso le sonrió con superioridad antes de que explosiones comenzaran a colapsar edificios. El trío, el cual se había presentado sin refuerzos, comenzó a auxiliar a los civiles mientras la rubia escapaba. Más decidida que al principio, Tomoyo decidió seguirla y confrontarla. Aunque había ayudado a estabilizar la situación de la sede de Arabia y había ayudado en lo posible a las otras, ninguna de encontraba en condiciones para un nuevo enfrentamiento.
No es necesario, ella objetó. Sólo quería arrinconar a la señora para decirle algunas cuantas verdades cara a cara.
-Y aquí, en Marruecos, no hemos podido encontrarla. -murmuró Eriol, pensativo- ¿Se habrá ido?
-No. -ella negó, segura- Ella sólo nos está evitando.
Porque nadie podía poner una mano sobre ella mientras Aaron diga lo contrario, mientras él aún la quiera para su propia mesa y tenga una jaula con su nombre en ella.
-Mañana. -volvió a hablar- Mañana daremos con ella. -prometió.
La luz se apagó, todos le dieron la bienvenida a una cálida noche de sueño. Era inicio de invierno, las noches en el desierto no eran conocidas por su benevolencia o misericordia. No, el frío calaban a través de las paredes de hormigón y se colaban entre la calefacción sin importarle nada. El pequeño Supi se había ganado unas vacaciones de regreso a Tomoeda tres semanas atrás cuando obtuvo una fuerte gripe. Las misiones no cesaban, Amads, Eriol y Espinel eran activos esenciales y estaban continuamente en misiones. Ana seguía poseyendo mestizos y almacenes, familias enteras que jamás habían podido recuperar o, incluso, mestizos que sí habían recuperado de aquella vida y habían sido arrebatados de las casas de seguridad. Y no sólo Arabia, también brindaban asistencia en Egipto y Sudan, los países limítrofes. Estaban agotados, cansados y Eriol decidió enviar al pequeño a casa por tiempo indefinido.
Ella tomó su lugar en el medio y Amads rápidamente la atrajo hacia su pecho, sus brazos rodeando su cintura y su aliento en su coronilla; él era el más posesivo de los dos, el que necesitaba más atención, pero no el más celoso. No, ninguno era celoso del otro y aquello hacía la convivencia más sencilla y llevadera. Eriol sólo necesitaba una sonrisa, una mirada cargada de sentimientos, sostener su mano entrelazada y jamás reprocharía falta de atención. Él se instaló a su derecha, ella se abrazó a uno de sus brazos mientras él dormía boca arriba y apagaba su mente un momento.
Jamás despreciaba a uno en pos del otro, no estaba a favor del favoritismo ni aprobaba la competencia. No, ella amaba tenerlos a ambos cerca de su corazón y clavados en su alma. Había sido… raro al comienzo. Amads siendo tan franco alrededor de ambos, Eriol confundido y ella preocupada de volver a herirlo; hasta que un día, Amads la besó. Su cabello tenía restos de sangre seca, polvo y restos de escombros en su ropa, irrumpió en la habitación de Eriol, ella pasaba un momento con él antes de volver a su habitación para dormir y Amads regresaba de una misión. Ella se asustó, observó a Eriol en busca de enojo o ira. Él le sonrió, acomodó sus gafas y palmeó la espalda de Amads. Qué bueno que regresaste a salvo, le dijo, Iré a buscarte algo para cenar. Eso había sido tres meses atrás, ella durmió con el corazón más ligero aquella noche.
…
Una hora más tarde, Paz tenía un documento en el cual su alianza quedaba asentada. Micah Delaune, sacerdotisa, se unía a la mesa y al nuevo orden. La joven de quince años, con más vidas vividas que las de un gato, firmó el acta. Sus ojos marrones, llenos de vida, observaron las avellanas sabias y antiquísimas del director del Instituto al estrechar su mano.
-En dos días Pía se reunirá con los señores demonios en Oslo, una nueva tanda de Siervos está lista y, dada la efectividad de la primera ola, nadie se perderá la oportunidad de acaparar uno o dos. -ofreció ella- Una nube negra en su desfile, eso sería la noticia de nuestra alianza. -le tendió el bolígrafo, retrocedió un paso- ¿Qué piensa, director?
Pero el Instituto estaba listo, más listo que antes.
…
Llevó una mano hacia su mata desordenada de rulos, con la otra sostuvo la piel que utilizaban como manta en sus… encuentros. Arrancó algunas plumas de entre sus rulos y buscó su ropa, estaba amaneciendo y ella necesitaba darse un baño antes de encontrarse con las cabezas de los clanes. Su ropa interior y sus vaqueros morados, se estaba poniendo sus botas cuando el aleteo llamó su atención. Él estaba allí, en la entrada de aquél nido en un agujero en la Montaña Raíz, llevaba un cuenco con agua en su pico y lo depositó en la entrada para luego volverse de espaldas. Ella se levantó, se colocó su camiseta y juntó sus rizos rebeldes en un moño improvisado; tomó el cuenco y bebió ávidamente del agua, refrescó su rostro y se volvió hacia la cama improvisada para recoger su sweater.
-Hay comida allí. –mencionó él.
-Lo sé. –dijo ella, lista para marcharse.
Alvar la estaba observando con aquellos ojos obsidianas suyas, ella negó mientras sonreía. Se colocó a su lado, acarició una de sus alas replegadas antes de saltar hacia el vacío. Escuchó su chillido, lo sintió volando en picada a un lado suyo y volvieron a observarse, ella rió con fuerza antes de que él la cazara por los hombros y la hiciera descender al suelo con cuidado. El halcón volvió a alzar vuelo una vez que ella estuvo con los pies en la tierra, lo observó retirarse mientras ella se encaminaba hacia el arroyo cercano.
Estaba terminando de lavar su cabello cuando apareció su compañero.
-¿Cómo te trata la vida, compañera? –preguntó antes de comenzar a carcajearse.
-¿Eso es envidia en tu dulce voz, Kamy querido? –se burló, saliendo del agua- ¿Qué sucede? ¿No te quitan el veneno en el desierto, eh?
Comenzó a secarse con su sweater mientras lo oía gruñir por lo bajo.
-El Desierto va a pedir una expedición para buscar a los gatos que vimos meses atrás. –informó él, ella continuó vistiéndose- No suelta el hueso, no parará hasta encontrarlos.
-Hm. –ella frunció el ceño. Claro que no, Regino jamás había dejado de buscarlos en todos esos meses. No confiaba en nadie, en nada, dio vuelta cada roca y escaló cada árbol en busca de los gatos; convencido de que la manada entera de exiliados seguía allí.
-Quiere buscar incluso en el árbol de Gia. –agregó- Quiere que allí vayan, al menos, cinco líderes de los clanes.
-Tsk. –rodó los ojos- ¿Cinco? ¿Enloqueció o qué? ¡Cinco líderes encarando a Gia suenan a una declaración de guerra! –se quejó- ¡Y no necesitamos problemas, estamos en paz al fin! –abrochó sus vaqueros y se acercó a él, aun descalza- ¿Y qué le has dicho?
Llevó una mano hacia su rostro y ella lo supo; nada, no le dijo nada. Un perro fiel, obedeciendo en silencio.
-Bien… -retrocedió, tomó sus botas y su aerodeslizador apareció debajo de ella, él la observó con duda- ¡Como siempre, seré yo la que hable!
Enfadada y ya aseada, se dirigió al punto de reunión.
-¡CAMI! ¡ESPERA!
Y él siguiéndola desde tierra, por supuesto.
Silenciosa, pero segura, una guerra fría se levantaba entre ella y el líder del desierto. Por el poder, por la seguridad, por el ego; no importaba el por qué, eran enemigos silenciosos. Retirarse de la alianza del Instituto no trajo consecuencias sobre ella, el Infierno aún tenía a su Pilar en representación y, mientras las puertas y la barrera no cayeran para que Pía se haga con ellos, su cabeza estaba a salvo. Seguían bajo la protección de ellos y, por ende, con su Pilar.
Un sabor amargo se instaló en su paladar al recordar a la rubia, quien seguía abnegada a dejarlos acercarse a ella. Luego del enfrentamiento en Brasil, dos veces más habían cruzado caminos. La primera, el Infierno solicitó dos aves para ser de refuerzo; habían problemas en el Pantano de la Cruz, lo supo días después. No quería exponer a Poe tan pronto, así que fue con Kamuy a la montaña a buscar a los halcones, fue cuando conoció a Alvar, el hijo mayor del patriarca del clan; la segunda vez, fue ella quien buscó al Pilar. Jonás cumplía años, cuatro años, y era el primer cumpleaños que pasaba sin su madre.
'¿Qué quieres de regalo?', ella le preguntó al cachorro. Estaba tan grande, tan hermoso y tan solo; ella y Kamuy intentaban malcriarlo cada vez que tenían oportunidad. Ella intentó cumplir su deseo lo mejor que pudo: ver a su familia. No tenían tecnología, pero la magia había existido desde antes de ella y podía cumplir la misma función. Papel, pluma y el mensaje fue enviado y recibido; dos horas más tarde, el médium realizaba una proyección astral de su alma para saludar a su único sobrino. Minutos más tardes, Sakura se presentó al Zoológico con un juego de dagas, un zafiro adornando la empuñadura de ambas armas. En aquella ocasión, ella sintió el hechizo de transporte ya que era de una fuente desconocida a la suya. No se quedó mucho tiempo, el suficiente para abrazos, besos y que nadie dentro del Zoológico descubriera a la infiltrada. El bisabuelo de Jonás era humano y no poseía magia alguna a pesar de ser el monje de un templo, Matt le había prometido que lo irían a visitar pronto. Con Skull y Heimbald aún desaparecidos, sólo quedaba Luciana.
No quiso que el pequeño pasara un mal momento en su día, así que primero fue tras Luciana antes de traerla al Zoológico, a su hogar. Un hechizo de rastreo le arrojó como destino Puerto Rico, en Guayama, en un bosque que parecía ser un bosque nacional donde las familias acampaban. Ella no podía saltar, no podía moverse por el mundo creando sus propias puertas como lo hacían los Pilares, para eso necesitaría una gran fuente de energía para canalizar. Cuando era un caballero de Luciana, ella pudo canalizarla para saltar; sin embargo, aquello era imposible ahora. Aunque representaba al Infierno en una alianza de protección con el Zoológico, ella seguía siendo Camille de Featt, del linaje Pratt, y aquellos poderes escapaban de ella. Entonces, utilizó una muñeca para reemplazarla.
Tomó paja, ramas pequeñas y un mechón de su cabello, mordió su pulgar y derramó sangre. Como practicante de magia negra francesa, tenía algunos trucos bajo su manga que escapaban del resto de las brujas ordinarias. Una variante del vudú africano, una técnica familiar. Hacer saltar a la muñeca no requeriría de tanta energía, así que ella ocuparía su lugar.
Cuando la muñeca encontró a Luciana, la rubia y Joel estaban discutiendo, aquél pequeño zorro demonio los observaba con las orejas a sus lados y sus dos colas moviéndose de un lado al otro.
'¡Te quiero lejos, te quiero lejos de mí!', gritaba ella. El caballero sostenía una de sus mejillas, ella podía ver rojo en su pálida piel, debajo de sus dedos. '¿Crees que no me doy cuenta? ¿Crees que no sé lo que hiciste?', arremetió. Estaba enfadada, estaba furiosa. Sin embargo, no se parecía a Luciana para nada, no a la Luciana que ella había conocido y aprendido a querer. Gritaba, sí, y también había abofeteado a Joel; pero, en otros tiempos, ella no se conformaría hasta verlo sangrar. 'Entonces, ¿por qué no te deshaces de mí de una buena vez?', la retó él, '¿Por qué no terminamos lo que iniciaste hace tantos años, Luciana?'
Luciana no respondió, fue entonces cuando la vio, junto a uno de los árboles, a veinte metros de la orilla del lago. La observó limpiar su rostro de emociones, enseñarle una hoja vacía.
-Hoy es el cumpleaños de Jonás. –dijo ella- Quiere verte. –explicó- Quiere ver a su tía Luciana, fue su deseo de cumpleaños.
Sus ojos se enternecieron, sus labios temblaron y sus rodillas dieron un tirón; podía sentir… dolor.
Y, luego, supo el por qué.
'No puedo', dijo ella con voz temblorosa.
'Quiero', explicó, 'Pero no puedo'.
Un portal se abrió debajo de sus pies y ella desapareció, la vio desaparecer a través de los ojos de la muñeca. Oyó al zorro llorar, Joel se acercó a él, lo cogió del suelo entre sus brazos y, antes de marcharse, se volvió hacia ella.
'…lo intento', dijo él. 'Lo intento cada día, cada hora y cada segundo de cada minuto y no-… Ella no es ella, no es Luciana'.
Soltó la muñeca, rompió el enlace mientras lagrimas rabiosas caían por sus mejillas. 'Claro que no', quiso gritarle al maldito. 'Claro que no es Luciana, si tú la mataste, maldito hijo de perra'. Kamuy la encontró llorando en la cueva subterránea, junto al acuífero, hecha un ovillo de lágrimas de rabia y mocos; lamentable. Él la abrazó y preguntó qué estaba mal, pero aquello sólo lo haría peor y ella prefirió mantener la boca cerrada.
Regino estaba allí cuando ella llegó, así como Cristof, ambos hermanos con varios metros de distancia entre ellos. Tiri y Átika, por los gatos y los gatos montañeses respectivamente. Saki, por las serpientes se hallaba junto a Poe. Ro-gah, el águila, se hallaba hablando con Opal, la joven leona. Gang y Dicoh llegaron detrás de ella, el tigre de bengala y el gran oso montañés. Casta, la perra, trotó hasta situarse junto al lobo del Norte. Y así llegaron el guepardo, el zorro la anaconda. Ella observó a Nev, la cabeza de los halcones y el padre de Alvar, llegar junto al gran gavilán. Izal, la matriarca de los búhos fue de las últimas en llegar. Aún faltaba el líder de los cocodrilos, el buitre y la gran estrella, la manada de osos polares.
La manada de los osos polares contaba con dos líderes, aún no habían solucionado ese tema. Rah, el verdadero líder de los osos del Norte, quien se quedó en el Zoológico luego de que su hermano, Klaus, se llevó a casi toda la manada al exilio.
Todo el mundo enmudeció cuando los grandes y viejos osos hermanos arribaron al claro en el cual se llevaban a cabo las reuniones, pero Regino era egoísta y odiaba que le robasen el show, así que habló y tomó el mando.
-Si no encontramos a los gatos dentro de las próximas veinticuatro horas. -comenzó a explicarle Kamuy, a través de su enlace- Planea traer a Luciana como perro de caza. -gruñó en su mente, dejándola de una sola pieza en medio de la reunión- Molestar un poco a Gia o traer a Luciana y a Joel a hacer nuestro trabajo, tú eliges.
No es justo, pensó para sí misma, tragándose la rabia. Regino no traería a Luciana para dejarla mal parada como 'cuidadora' del Zoológico, lo haría para jugar con ella y con Kamuy, para tocarle al Norte al pequeño Jonás. No es justo, esa no sería una pelea justa.
Y actuó sabiéndolo.
-Yo me ofrezco como voluntaria. -levantó la mano cuando el alfa del Sur expresó su deseo de interrogar a la santa madre, el lobo la observó con enfado claro en sus ojos oscuros- Gia prefiere rodearse de polluelos en su hogar, tal vez sería una buena estrategia que la mayoría de los clanes que se acerquen a su árbol sean aves. -no creía tener influencia sobre los halcones, no por acostarse de vez en cuando con el futuro líder de la parvada. Empero, Nev asintió y dio un paso al frente, el primer voluntario. Poe fue el segundo, la matriarca de los búhos la tercera- Tal vez algún clan con buen olfato. -sugirió y Regino y Cristof estaban dando un paso adelante cuando, sonriente, Casta habló.
-Tienes a tu rastreadora, bruja. -le guiñó un ojo y ella le agradeció al poderoso.
-No queda lejos de casa. -habló Klaus y todos lo observaron- Conmigo somos cinco.
-…así es. -forzó una sonrisa diplomática- Cinco bestias y una bruja, que esos gatos se preparen.
Mataría a Gia si encontraba un solo cabello de gato montes en aquél árbol de enredaderas, lo juró por su vida.
…
Estaba en los pisos inferiores de central, en una de las aulas, entrenando con algunos ingresantes avanzados de Estrellas en las aulas. Paz estaba pidiendo informes con posibles candidatos nuevos a los cazadores de Plata, lo hacía a final de cada año y éste año no sería la excepción. Por cada Estrella en el campo habían tres Lunas, ellos trabajaban más desde las aulas de central para extraer información.
-Luca, Marie y Xica. -leyó Irina en sus apuntes, entrando al aula sin aviso previo- Luca sólo tiene tres años aquí. -frunció el ceño- Se requieren cinco años, como mínimo, para un ascenso. Y lo sabes. -casi la acusó.
Ocultó sus notas y le dejó a Zurich el resto mientras tomaba el brazo de la polaca y la sacaba al pasillo. La colorada se dejó, aquello llamó más aún su atención.
-¿Qué haces aquí? Esto es territorio de Estrellas. -la acusó- ¿No tienes cosas que hacer, Irina?
La polaca alisó las arrugas de su cazadora plateada antes de volver a verla, sus ojos celestes tan fríos como siempre.
-Hay una reunión de emergencia. -le informó- Entonces, me enviaron aquí por ti. -explicó, ceñuda.
Se lo esperaba, hacía un día que la alianza con Micah se había firmado y su director debía tener un movimiento nuevo que planear. Encabezó el camino, las reuniones informativas siempre se llevaban a cabo en la misma sala.
Jeremías estaba allí, Irina se apresuró a posicionarse a un lado de su compañero. Estrella seguía a su cargo, no habían asignado a ningún compañero para llevar la tarea y ella tampoco lo solicitó, nunca lo necesitó. Se sentó junto a Miqueas, el líder del escuadrón Bravo, y junto a Gregorio, de Charlie. Irina manejaba Tango y Jeremías a Echo, ella lideraba a India. Johnson no había salido al campo, había quedado junto con ella a cargo de los ingresantes. Los escuadrones de Plata no eran tantos como en Oro, tampoco llevaban una jerarquía tan marcada. Diez escuadrones de oro y cinco de Plata, cada uno con un cuerpo de cuatro celadas; un total de sesenta hombres en el campo rotándose. Luego de el ataque al Aviario, los número de Oro se redujeron y algunos escuadrones quedaron incompletos.
Observó a Anika, la rusa a cargo de Alpha, y a Samid, el turco líder de Beta. Ambos encargados de rastrear y traer a la sacerdotisa centenaria, los únicos escuadrones completos actualmente en las altas filas. Johnson había tomado Épsilon, no hacía falta decir que Jeremías no lo había tomada para nada bien y el ascenso había generado un nuevo encuentro. Estaban Catarina por Theta y Miguel por Eta; por Iota estaba Tifón y ya no más Voldo, el viejo Oro había obtenido un lugar en la Villa luego de cincuenta años a cargo de Iota y, además, haber perdido tres dedos de su mano derecha y dos de su izquierda. Paladín mantuvo Gamma a pesar de haber perdido el cincuenta por ciento de su audición luego de que una granada fuera devuelta en medio de la batalla. Zarina también se mantuvo en Delta, pero era la única de su escuadrón que se hallaba fuera de una camilla en la enfermería.
El director entró a la sala y ella dejó de observar a sus compañeros, el nerviosismo y la ansiedad tomando poder de su cuerpo.
-Mis queridos estudiantes, mis niños amados. -sonrió, amoroso- Alpha y Beta consiguieron dar con su objetivo y, luego de varios meses de arduo trabajo, Micah Delaune aceptó una alianza con el Instituto. Puedo decir que estamos cada vez más cerca de nuestro objetivo.
La alianza con los brujos de Gia había ayudado a mantenerlos estables, prestando ojos y oídos para seguir planeando las siguientes jugadas; sin embargo, no todos se sentían cómodos con ello. La amistad entre su director y Gia estaba cargada de secretos y mentiras, por ambas partes, y todos conocían el pasado egoísta de la santa madre.
-Una cumbre será llevada a cabo mañana en Oslo, todos los señores demonios pujarán su oferta para obtener Siervos mejorados para terminar de estabilizar Europa. -comunicó, sorprendiéndolos a todos con la información- Sabíamos que acabar con los Siervos sólo sería temporal, que necesitaríamos un nuevo golpe antes de que se recuperasen.
Habían sido quince los nuevos Siervos, los niños de Gia habían reunido la información junto a los miembros de Oro que aún podían salir. Cinco en Asia, lo cual tenía sentido luego de que el Concilio se uniera con los clanes de magos del continente para expulsar a los dos señores demonios de allí y a sus Siervos. Europa se llevó los otros diez, las mismas ciudades que custodiaron los osos que Sakura eliminó. Quince, poco más de una docena y era increíble lo mucho que avanzaron en cuatro meses. Tenían registro de un decimosexto en África, ahora tenía sentido el viaje furtivo de Pía hacia las tierras de Ana. Claro, Amads había abdicado y Kaios era un Siervo con varias tierras a cargo, tenía sentido.
-Alpha, Beta, Épsilon y los cinco escuadrones de Plata se presentarán allí. -dijo y ella se levantó de su asiento, sus dientes crujiendo- Pía estará allí, presente, pero el resto de los señores usarán proyección astral. -sus ojos almendras la observaron con dureza- La fuente es confiable, doce Siervos estarán en Oslo, sus cuerpos carentes de almas serán su objetivo. Destruirlos es el plan.
-¿Plata será necesario en el campo con los brujos de Gia disponibles? -inquirió ella, renuente a dejar a los más inexpertos solo en el Instituto- Puede ser una trampa. -dijo ella- Micah puede querer sacarnos a todos de aquí para dejar desprotegido el Instituto.
Entendiendo su punto, el hombre asintió.
-La alianza con los brujos de Gia no tiene nada que ver en esta misión, no recurriremos a ellos. -dijo- Oro se encargará de cubrir a Plata mientras eliminan hasta la última cápsula con Siervos.
Alguien jaló de ella, obligándola a sentarse. Su director explicó el plan, las distintas fases y posibles complicaciones, la importancia de sincronizar Oro y Plata, que eran pocas las ocasiones en las que trabajaban a la par. Observó el brazo de Irina enrollarse alrededor de los hombros de Jeremías, quien observaba su regazo con ojos furiosos y dientes crujientes.
-…Boris quería que Jeremías ascendiera a Oro para tenerlo en Épsilon con él. -murmuró Miqueas a su lado, su voz siempre tan suave para ser un hombre- Trabajar cuidando sus espaldas, prepararlo para poder liderar un escuadrón en Oro con el tiempo.
Ella llevó una mano hacia sus ojos, se sentía mareada.
-Y ahora Johnson encabeza Épsilon. -gruñó Gregorio, igualmente en murmullos- Háblame de justicia en este mundo, hombre.
Irina pellizcó la parte de atrás de su cuello y ella volvió en sí, Paz estaba finalizando la reunión con una última oración.
-Dejo el futuro en manos de mis niños.
Todos se pusieron de pie y asintieron, se retiraron de allí para comenzar a prepararse, el día sería demasiado breve y el mañana llegaba con rapidez.
…
Tomó un puñado de tierra en sus manos, la sintió debajo de sus uñas y arañando sus palmas. ¿Hace cuánto estaba allí, en el suelo, de rodillas frente a una tumba sin lápida, sin nombre? Sus muslos hormigueaban, acalambrados por la posición incómoda. Sus rodillas raspadas, sus pies descalzos y sus ojos cansados.
-Luciana.
Estaba cansada, estaba aguantando como una campeona en un minuto y, al otro, arrastraba su trasero deprimido hacia la tumba de su hermana. Deprimente, asquerosa, lastimera.
-Luciana, te estoy hablando.
Lo observó, ¿cómo había dado con ella?
Se arrodilló para estar a su altura, pero aún así notó la distancia cauta entre ambos. ¿No era obvia la sangre que ella podría arrebatarle?
-Nadie sale del Zoológico, las órdenes fueron claras. -su voz estaba ronca- ¿Qué haces fuera de tu jaula… bestia?
Se sentó sobre su trasero, extendió sus piernas hacia adelante mientras lo observaba con ojos brillantes. Se apartó el cabello del rostro, había vuelto a cortarlo y lo mantenía por encima de sus hombros. No quería ver el espejo por las mañanas con una cabellera larga y confundir su propio reflejo con recuerdos del pasado.
Y allí estaba él, ¿qué hacía?
-Esta es… la tumba de Ángel. -murmuró él.
-¿Qué quieres? -fue brusca, no lo quería allí ni en ningún lugar- ¿Qué haces aquí? ¿A qué viniste?
Estaba de cuclillas, sus largas piernas flexionadas y soportando el peso de su cuerpo, sus brazos reposando sobre sus rodillas mientras la observaba con escrutinio y seriedad.
-¿Has recobrado todos tus recuerdos? -preguntó y ella reunió fuerzas para levantarse del suelo, sus piernas y manos manchados de tierra fértil y fresca, él alzó la cabeza para mantener su vista sobre ella, pero no se levantó- ¿Has recordado a Joel? ¿A Nina? ¿Al Consejo?
-¿Quieres que te diga que recobré mi vida, los años perdidos? -se rió con ironía- Kamuy, mi primero y mi único, amor de mi atrofiada vida… -se burló- Tómame entre tus brazos y hazme tuya, aquí, sobre la tumba de mi hermana querida y llévate-
-Basta.
-¡Llévate el dolor y las penas! -sonrió, incluso cerró sus ojos con falsa felicidad- ¡Te amo!
Él se puso de pie, ella abrió los ojos pero mantuvo la sonrisa sacarina.
-Luciana, basta. -pidió, firme pero sin enfurecerse.
-Pensaste que me tenías en tus manos y la cosa era al revés. -se burló, se jactó- Yo creo las reglas del juego, yo tiro de los hilos y yo decido al ganador. -dio un paso en su dirección, un brazo extendido hacia él- Joel también pensó que era especial, creyó lo que yo quise que creyera. -ladeó su rostro, una sonrisa tierna y con falsa inocencia- Todavía tengo su corazón en mis manos, al igual que el tuyo.
-Te conozco, sé lo que estás haciendo. -le advirtió- Lo iniciaste en Nueva Orleans, cuando cortaste los lazos, pero recuperar tus recuerdos hace las cosas diferentes. ¿Verdad? -frunció el ceño, extendió el brazo hacia el suyo extendido, ella lo alejó y retrocedió un paso, él sonrió- Te amo.
El rostro de ella se agrió, sufrimiento apoderándose de aquella farsa que intentaba hacerle creer.
-Te amo. -repitió- Jamás lo dije, pero tú lo supiste. Lo supiste siempre. -otro paso, ella gimió con frustración- Lo siento… -sonrió, divertido ante su reacción- ¿Estoy arruinando tus planes de apartarnos de ti?
-¡¿QUÉ ESPERAS DE MÍ?! -exclamó, rabiosa- ¡¿QUÉ ESPERAN?!
Se puso serio, lo ameritaba. Acarició su cabello, lo apartó hacia atrás y levantó una mano a la altura de su rostro, intentando expresar sus palabras con claridad.
-Mucho tiempo esperé de ti amor, que devuelvas mis sentimientos. -explicó- Como bestia, como… así es como soy, Luciana. -dijo, mirándola a los ojos- Soy leal, fiel y devoto a una sola compañera. Soy lo que sea que necesites, tú necesitabas un caballero y eso fui. -avanzó otro paso- No querías recordar el pasado, entonces jamás pregunté, y quizás ese fue mi error. -frunció el ceño- Creí que perseguir a Ángel calmaría ese… ese fuego que te quemaba, así que la perseguí contigo. -abrió sus brazos, dejándose expuesto a ella- Tomé lo que me dabas, lo tomé todo sin quejas: tomé los golpes y los reproches, la pasión y la ira, tomé las noches largas con despedidas rápidas… -sonrió, una sonrisa fugaz- Sabía que tenía fecha de caducidad y… lo tomé de todas formas.
Él intentó acercarse más y ella se dio la vuelta y comenzó a caminar lejos suyo.
-¡Tomé a una niña temerosa escondida bajo la fachada de una mujer hosca y siempre poderosa! -gritó, no dispuesto a rendirse- ¡¿No crees que puedo tomar lo que sea después de aquello, Luciana?!
Ella se detuvo, él corrió tras ella antes de que escapara de verdad. La rodeó entre sus brazos, la espalda de ella chocó contra su pecho y se sintió como en casa. Su nariz enterrada en su coronilla mientras ella clavaba sus uñas en sus manos.
-Te tengo. -le hizo saber- Te tengo y te juro que no volveré a dejarte, nunca jamás. -sintió sus manos sangrar, no le importó- Te dejé sola un segundo y Joel te lastimó tanto… Es mi culpa, todo esto es mi culpa por no haberlo matado antes.
-¡Estás enfermo! -acusó, inquieta en su agarre- ¡Déjame ir!
-¿Cuánto más debo dejarte ir para que me dejes volver a tu lado? -inquirió con la garganta ronca del dolor reprimido- ¿Un año, cinco, diez?... Te di un año, te dejaría ir si estuvieses mejor, mírate ahora. -apretó más el agarre- Amor, estás cayéndote a pedazos, eres un castillo en ruinas. -ella dejó de arañar sus manos, simplemente se aferró con fuerza a sus muñecas- Te vi rota antes, Luciana… Esto es distinto, ahora tienes miedo, nena. -besó su coronilla y la sintió temblar- Te usaron antes, seguiste órdenes antes y también te rebelaste. Jamás tuviste miedo.
-…tienen miedo los que tienen algo que perder. -murmuró ella, aún resistiéndose a sus afectos- ¿Qué tengo que perder yo? Dime.
Acarició su vientre con sus pulgares, ella aguantó la respiración.
-¿Cuánto tiempo hace que estás observando la tumba de tu hermana? -casi acusó.
-Ella ya está muerta. -descartó, casi divertida- Igual que mis padres, igual que mis tíos y mis hermanos.
-Oí que tienes familia, además de tu abuelo. -dijo él, certero- Más hermanos, un hermano y una hermana… Nunca me hablaste de ellos antes.
Ella se carcajeó y él temió haber retrocedido varias casillas.
-¿Crees que fuiste el único al que le llegó aquella noticia? -se burló, su voz aún ronca.
Sintió su piel quemar y tuvo que soltar su agarre, ella retrocedió cinco pasos y lo observó sobre su hombro. Sus ojos habían dejado de brillar, sus ojos estaban inyectados en sangre y unas bolsas de ojeras adornaban su rostro. Estaba pálida, labios agrietados y pupilas desenfocadas. Una sonrisa burlona en sus labios ahora finos.
-¿No te lo dijo Camille? -entrecerró los ojos- Si se acercan a mí, se mueren.
El peso de sus palabras se asentó sobre sus hombros, pesadas.
-¿Quieren vivir?... -observó el suelo, no más a él- Sabes qué hacer. Esas siempre fueron las órdenes, ¿recuerdas?
El negó, no queriendo oír más. Ella frunció el ceño.
-¿Recuerdas mis órdenes, caballero? -preguntó con brusquedad y él volvió a negar- ¡Dilas! ¡VAMOS! -exigió- ¡DI LA ORDEN!
"Siempre elige vivir"
-Di que me amas. -la retó él- Di que ya no huirás más, que te quedas y, esta vez, es para siempre.
Ella torció los labios, la decepción clara en su rostro.
-… ¿Sabes de qué murió Ángel? –asintió hacia el pedazo de parcela, la tumba de su hermana- No vives de esperanzas, mueres por ellas.
Y, aquella vez, ella desapareció sin darle oportunidad de detenerla.
…
Era el mayor de los más pequeños de la manada, su abuela quería verlos trabajar en equipo en un caza, ya que él, Uma y Evo trabajarían siempre como grupo. Ya había salido en veces anteriores, claro que sí, no se la pasaba encerrado en las cuevas. No, así no eran criados los cachorros de la manada.
Sintió una respiración en su oído, uñas acariciando su cuero cabelludo y un beso en su cuello.
-Crecen tan rápido. -suspiró ella con pesar- Ya no es más mi pequeño bebé.
Se dio la vuelta y la capturó entre sus brazos, ella rió y su espalda se curvó hacia atrás, su largo cabello cayendo en cascadas brillantes. Su risa era melodiosa, pegó su oído en su pecho y sus latidos fueron una nana para él.
-…la noche lo reclama, la luna lo quiere ver aullando para ella.
Sus manos sobre los hombros de él, sus labios en su sien mientras ella estaba de rodillas sobre sus muslos y él sentado en el suelo con paja.
-¿Vas a cuidarlo con tu vida? -inquirió en un susurro, a pesar de que estaban solo los dos.
Tomó el rostro de ella entre sus manos, sus ojos cerrados y sus labios sin una sonrisa en ellos. Acarició sus mejillas, apartó un mechón de cabello lejos de su rostro pálido.
-¿Vas a guiarlo por el camino correcto? -besó la palma de su mano, se apoyó en su caricia.
-…Ángel. -dijo él, pero ella no abrió sus ojos.
-¿No permitirás que el mal llegue a nuestro hijo, amado mío? -una pequeña sonrisa se formó en sus labios rosados.
Estaba fría, ella estaba fría entre sus brazos mientras él la mantenía lo más cerca posible a él. Pálida, nunca antes había estado tan pálida en el pasado.
-¿Esto es un sueño? -quiso saber- ¿Es otra pesadilla más?
Las manos de ella cubrieron los ojos de él, sus labios volvieron junto a su oído.
-Los hijos de la guerra… vendrán por los hijos de la guerra. -murmuró ella- Lo siento, lo heredó de mí.
Abrió los ojos, se incorporó de su cama en el suelo con la respiración agitada. ¿Qué había sido aquello? No se había sentido como sus pesadillas recurrentes, no había visto sangre ni llorado mientras deshacía su garganta en carne viva. No habían cadáveres, no había oscuridad o caos. No era dolor, sólo tristeza etérea y caricias en medio de susurros, roces leves y frío.
-…papá. -llamó su cachorro, medio dormido y medio despierto
Se acercó a su lado y se recostó con él, el cachorro se acurrucó en él y se volvió a dormir. Su reloj interno le decía que aún faltaban algunas horas para el amanecer, pero él no podía volver a conciliar el sueño. Extrañaba a su compañera, la madre de su cachorro y mujer de su vida. Se acercaba el aniversario de su muerte, el primero. El Zoológico estaba bajo la protección del Infierno y las puertas debían mantenerse cerradas. De todas formas, ¿de qué serviría? Su cuerpo, el lugar donde ella descansaba, era desconocido para él. ¿Dónde la visitaría? ¿Dónde presentaría respeto? Kamuy le había dicho meses atrás que el cuerpo quedó a cargo de Luciana luego de que él huyera al Zoológico.
Luciana, aspiró el aroma de su cachorro y recordó el olor de sus lágrimas la noche luego de su cumpleaños. No hubo luna en el firmamento, el satélite se escondió para no ser testigo del lamento del joven lobo. Gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas sonrojadas en lo profundo del bosque, mientras ambos se sentaban en la rama de un viejo pino lejos de la nieve helada.
'Papá, mi tía no vino a verme en mi cumpleaños', le dijo en un susurro, casi avergonzado de admitirlo en voz alta. 'Papá, ¿seguimos siendo una familia, aunque no estemos todos juntos como antes?', quiso saber con ojos preocupados. Fueron pocos los momentos familiares, de interacción, con su familia materna. Pero Jonás los apreció a cada uno, con singularidad y mimo, se aferró a ellos. Él le dijo que sí, todos eran una familia aún y que todos lo querían. El niño no pareció contento con aquella respuesta, cada día parecía más difícil de convencer, cada día más maduro y libre pensante.
'Mamá murió y mis tíos están lejos, incluso entre ellos mismos', le dijo.
'Es como si hubieran olvidado que somos una familia', casi le preguntó. 'Yo no olvido que somos una familia, yo jamás lo voy a olvidar'.
Ojalá hubiese estado su amada en aquel momento para poder resolver sus inquietudes, para poder calmar su corazón tan puro y decir las palabras correctas. Él era un poco parco, un hombre de pocas palabras y de actos silenciosos. Ángel era siempre la que hablaba, la mujer de palabras y emociones y sentimientos; él se sentía torpe y poco apto para ellos. Era una bestia, algo bruto y torpe en el departamento del corazón.
Con torpeza, pero con la mejor de las intenciones, pensó en las palabras que pudieran trasmitirle paz a su hijo: 'Está prohibido olvidarlo, entonces', dijo él. 'Tenemos prohibido olvidar que somos una gran familia, aunque no estemos allí realmente'.
Regresaron y su pequeño se acurrucó junto a él, justo como ahora, muy cerquita suyo.
Entonces, ellos no podrían olvidar.
Que Sakura siempre tendría una sonrisa amorosa y cálidos abrazos, aunque sus manos estuvieran manchadas de sangre y su alma destinada al Infierno.
Que Tomoyo lo observaría en un silencio casi contemplativo, con sonrisas sinceras y caricias en la coronilla. Sin embargo, siempre reticente, siempre limitándose en sus afectos, seguramente producto de su resentimiento interior para con Ángel por apoyar a Sakura en una casería donde ella era la presa.
Que Luciana, aún con su mente retorcida y sus cientos de miles de traumas, no podía dejarlo todo para poder verlo el día de su cumpleaños, siendo este el único deseo de su hijo.
Que Toya siempre tendría la mirada triste, los ojos cristalinos, y los abrazos demasiados apretados por miedo a que un día fuera el último y no pudiese repetirlo.
Atrofiados, todos, dañados y mantenidos en pie por pura fuerza de voluntad. La familia de su hijo, la familia que su amada eligió siempre resguardar.
…
