Capítulo 25
El plan
Las plantas de los teatros griegos eran semicirculares por lo general; la escena tenía tres puertas, una real y dos de los actores.
Rachel intentaba imaginar cómo describían sus apuntes de historia de la literatura dramática, los primeros escenarios de teatro, pero su mente estaba más predispuesta a pensar qué había en su frigorífico y qué necesitaba para la cena que le iba a preparar a Quinn.
Apenas hacía dos horas que estaba en su apartamento, a solas puesto que Marley se había marchado a visitar a su familia, como cada mes.
Se había duchado, puesto cómoda, almorzado y tras dejar todo completamente en orden, se disponía a pasar toda la tarde estudiando. Pero no le iba a resultar sencillo hacerlo después de lo vivido la noche anterior, y lo que al parecer estaba por llegar aquella misma noche.
Aun así, lo intentaba.
Intentaba concentrarse en los apuntes, y el café sobre la mesa le ayudaba por momentos, pero terminó perdiendo todo el control cuando escuchó como alguien llamaba a su puerta.
Tres golpes secos y certeros hicieron que Rachel abandonase su habitación, y dirigiera sus pasos hacia la entrada, con la incertidumbre no saber quién podría estar allí en aquel instante.
No esperaba la visita de nadie, solo de Quinn, pero llegaría para la hora de la cena, no a las cuatro de la tarde como indicaba el reloj.
Pensó en Kurt, aunque aquella manera de llamar no era la típica del chico.
—¿Quién es? —cuestionó antes de llegar a la puerta.
—Soy yo Rachel —se escuchó tras la misma—. Brody.
El desconcierto en ella no se hizo esperar tras escuchar al chico. No tenía ni idea de qué hacía allí, y mucho menos que pretendía. Sobre todo, después del contratiempo vivido en la fiesta.
Si había alguien a quien menos le apetecía ver en aquel instante, era precisamente a él. Y mucho menos en su propio hogar.
—¿Qué…qué haces aquí? —balbuceó tras abrir la puerta con algo de duda.
—Lo siento —se disculpó de antemano—, siento haberme presentado así en tu casa, sin avisar ni nada, pero necesito hablar contigo, y sabía que no me ibas a atender el teléfono.
—Brody, lo siento de veras, pero no es un buen momento — se excusó—. Tengo cosas que hacer y…
—Rachel, por favor —suplicó—, no me siento bien por lo que sucedió, y tengo que hablar contigo. Es importante.
—No pasa nada con lo de anoche, de verdad —trató de replicarle—. No es necesario que expliques nada. Yo, yo no estoy molesta, y tampoco sucede nada. Solo fue un beso.
—No, no solo fue un beso, Rachel —interrumpió—. Yo necesito explicarte el motivo que me llevó a besarte. Ya me sentía mal anoche, pero ahora tengo que contarte todo, déjame entrar por favor.
—No, de veras no, hoy no. Estoy estudiando, y no puedo perder el tiempo con éstas cosas— se mostró seria.
—¿No te importa Quinn? —soltó sin pensarlo.
—¿Quinn? ¿Qué hablas de Quinn?
—Si me dejas que te lo explique entenderás todo. ¿Me dejas entrar? — insistió y Rachel empezó a dudar.
No quería hablar con él, no quería que entrase en su apartamento para hablarle de lo que supuestamente sentía por ella, porque no se veía con fuerzas de discutir con él. Y tenía la sensación de que eso era lo que iba a suceder. Pero la mención de Quinn no entraba dentro de sus planes, y eso era un simple detalle que cambiaba por completo su actitud.
—Confía en mí —suplicó tratando de eliminar todas las dudas de Rachel y lo consiguió. Aunque no fue por aquel confía en mí, sino por descubrir que tenía que ver Quinn con todo aquello.
Rachel se apartó y permitió el paso del chico al interior de su apartamento, tras asegurarse de que en el pasillo no había nadie pendiente de aquella visita.
Lo último que necesitaba era que cualquier absurdo rumor llegase a los oídos de Quinn.
—¿Qué ocurre?
—¿No te preguntas por qué sé dónde vives? —se giró hasta quedar frente a ella.
—Pues no, no me lo pregunto. Ya me han demostrado que suelo dejar bastante información por ahí —respondió completamente alerta.
—Vives aquí, pero naciste en Lima, Ohio. Te trasladaste a Los Ángeles después de estar un año en la Universidad de Ohio. En el instituto participaste en varias competiciones de coros, y tu mayor sueño es ser actriz en Broadway. Bailas desde que tenías ocho años, y adoras los cupcakes de chocolate y frambuesa.
—¿Qué? ¿cómo…cómo diablos sabes todo eso? —cuestionó asustada— ¿Eres un acosador?
—No, yo no —respondió sereno—. Rachel, todos esos datos me los dio quien me obligó a besarte anoche, quien me extorsionó para que me acercara a ti y tratase de conquistarte.
—¿Qué? —balbuceó completamente aturdida— ¿Extorsión? ¿Te han obligado a que me beses?
—Así es —tragó saliva.
—¿Quién? ¿De qué diablos me estás hablando?
—Rachel —tensó la mandíbula.
—¿Qué? ¿Quién? —alzó la voz completamente confusa— ¿Quién diablos tiene el poder de extorsionarte a ti para que me beses a mí? Por amor de dios. ¿Estamos locos?
—Fue la capitana del Gamma Club.
—¿Qué? —balbuceó aún más confusa— ¿Jane?
—¿Jane? No, esa no es más que una marioneta. Fue Santana.
—¿Santana? —musitó confusa— ¿Santana López?
—Sí, es ella quien me obligó a hacerte eso Rachel. Lo siento, siento muchísimo si te he podido causar problemas, pero te aseguro que yo no quería.
—¡Para, para! —lo detuvo— ¿Por qué? ¿Por qué Santana quería que me besaras? ¿Y por qué lo hiciste?
—Lo hice porque tenía que protegerme. Lo siento, Rachel. Estaba entre la espada y la pared.
—Ok, ok, está bien ¿Pero por qué?
Brody se movió inquieto por el pequeño salón, tratando de recuperar la serenidad que ya había perdido, y calmar unos nervios que empezaban a hacerle dudar por haber tomado aquella decisión, sin pensar en las posibles consecuencias.
—Ella, ella era mi compañera en el instituto —comenzó a relatar desviando la mirada—. Salimos durante algún tiempo, pero era algo superficial. Yo jugaba en el equipo de futbol y, bueno ella, ella era una animadora.
Rachel sintió que el mundo empezaba girar más deprisa de lo normal, y una leve sensación de mareo comenzaba a ocuparse de su cabeza. Aquella historia le resultaba terriblemente familiar.
—Salíamos solo por disimular, para hacer creer a todos los chicos que éramos perfectos, pero solo nos cubríamos.
—¿Cubríais? —balbuceó casi sin voz.
—Ella estaba siempre con una chica —continuó tensando aún más a Rachel—, una compañera suya que tú también conoces— la miró—. Quinn Fabray.
—No —susurró tan bajito que ni siquiera Brody pudo oírla.
—Yo sabía que algo sucedía, pero Santana no quería que nada se supiese, y siempre quería salir conmigo. Y yo lo aceptaba porque, porque a mí también me servía. Cuando llegamos a la facultad nos distanciamos. Ella empezó a salir con las chicas de la fraternidad y ya no nos necesitábamos. Así que yo pensé que me iba a dejar en paz, pero entonces apareciste tú.
—¿Y qué tengo yo que ver en vuestra historia? —cuestionó tratando de recuperar la calma, aunque definitivamente eso era algo imposible después de haber escuchado que Quinn era compañera de Santana en el instituto. Solo deseaba que no fuese ella su primer amor.
—Santana, Santana vive persiguiendo a Quinn —espetó rompiendo por completo a Rachel—. Busca cualquier tipo de artimaña para lograr que Quinn le perdone.
—¿Le perdone? —musitó.
—Meses más tarde de la graduación, supe que habían estado juntas, pero por algún motivo que desconozco, rompieron. Santana planeó que tú te acercaras a Quinn por alguna razón, no…no sé cuál. Pero evidentemente no le salió como esperaba. Yo solo tenía que conquistarte, y bueno hacer que Quinn viese que tú estabas interesada en mí. Por eso anoche te besé. Ella me avisó, me llamó para darme la orden de que Quinn estaba subiendo y tenía que vernos en esa situación.
—No, no, no —masculló completamente aturdida—, no me lo puedo creer. No puede ser real. Me ha mentido, me ha estado mintiendo todo este tiempo.
—Santana es así, no le importa nada ni nadie mientras pueda lograr su objetivo.
—¡No me importa Santana! —gritó— ¿Por qué lo hiciste? —cuestionó nerviosa—¿Qué te puede hacer Santana para que hagas algo así? —añadió enfrentándose al chico.
—Hundir mi carrera —respondió apenado—. Soy, soy gay.
—¿Qué?
—Ella lo sabe y me obligó a hacerlo amenazándome con contarlo a todo el mundo. Y no me conviene, Rachel. Tú mejor que nadie sabes los prejuicios que hay en este mundo, y aún no soy nadie. ¿Cómo me van a contratar para hacer anuncio de ropa masculina siendo gay? Me juego mucho, trabajo mucho para lograr ser alguien, y no puedo permitir que alguien me ponga esa traba antes de empezar, no si puedo evitarlo.
—¿Y lo evitas burlándote de mí? ¿Y lo evitas dejando que esa estúpida juegue conmigo?
—Lo siento, Rachel. Yo no sabía que iba a ser tan serio.
—Pretendías enamorarme. ¿Eso no es serio? ¿Qué habrías hecho si me enamoro de ti? ¿Fingir que te gusto? ¿Pasearme como un trofeo? Dios… ¿En qué lio me he metido?
—Escúchame, yo sabía que no te ibas a enamorar de mí. No sé, lo supe desde que me preguntaste que hacer para pedirle una cita a alguien. Y por eso te pedí disculpas anoche, y vengo a pedirte de nuevo que me perdones. Estoy cansado de ver lo que Santana hace con la gente, y ya no voy a permitir que me siga manipulando. Y por eso vengo a decírtelo. Ella y Quinn son iguales, siempre han hecho ese tipo de cosas y tú eres una buena chica. Aléjate de ellas, por tu bien.
¿A quién creer? Pensó Rachel tras aquella última sentencia. Si era cierto que Santana había ideado todo aquel absurdo plan para acercarse a Quinn de nuevo, estaba claro que iba a terminar contándole también que ella misma se había acercado a Quinn por beneficio. Pero dadas las circunstancias, aquello ni siquiera le preocupaba. Lo que más le molestaba y le dolía a la vez, era creer que Quinn había estado mintiéndole en todo momento. Que le había hecho creer que ya no era una arpía, que no conocía a Brody, y que no había vuelto a ver a su primer amor, siendo Santana y viviendo en su misma residencia.
¿Cuántas mentiras? ¿Cuántas cosas le había ocultado? Y lo que es peor. ¿Se había estado burlando de ella?
—Rachel —volvió a hablar el chico tras un largo silencio—. ¿En qué piensas? ¿No me crees? Yo solo quiero…
—¡Basta! No quiero seguir hablando contigo, así que márchate.
—Rachel, por favor. Créeme, yo no quería jugar contigo.
—¡Márchate! —alzó la voz— Eres un estúpido cobarde que no acepta su propia condición, y se deja manipular para jugar con los demás. No quiero volver a verte, no quiero saber nada más de ti.
—Rachel…
—¡Fuera! —sentenció abriendo la puerta, e invitándolo a que abandonara su apartamento.
Tenía prisas por dejar de verlo, por no seguir sintiendo la vergüenza de saber que aquel chico había estado jugando con sus sentimientos, y obligándola a perder parte de su valioso tiempo por unos ensayos que, a juzgar por lo que había oído, eran simplemente de tapadera. Pero lo que más le incitaba a actuar así, era averiguar lo que Quinn había hecho con ella. Y eso solo lo podría saber enfrentándose a la rubia.
Ni siquiera volvió a prestar atención a los libros.
Rachel se preparó para visitar a Quinn en la casa de sus padres, donde supuestamente debía estar, pero una extraña sensación la llevó en bicicleta hasta su residencia, con la intención de asegurarse de que no le había mentido en aquello también.
Para su sorpresa y desconcierto, no estaba equivocada.
Media hora más tarde después de hablar con Brody, llegaba a la residencia y descubría el coche de Quinn en su aparcamiento, tal y como lo había dejado la noche anterior.
Su curiosidad comenzó a mezclarse con una extraña sensación de malestar, al saber que se iba a enfrentar a ella, que le iba a pedir explicaciones de algo que, a pesar de no estar completamente segura, podía ser cierto.
Quizás todo había sido una artimaña de Santana, sí, pero a lo mejor no conocía a Quinn de esa manera en la que había mencionado Brody. Quizás todo era un montaje para obligarla a apartarse de Quinn, y que ellas pudieran seguir con su intento de que accediera al coro. No lo sabía, solo quería que fuera lo que fuese, Quinn no tuviese nada que ver.
Y esa misma curiosidad la llevó a dejar la bicicleta cerca del árbol más cercano de la ventana que daba al salón del apartamento, y decidió acercarse con sigilo, tratando de ver algo a través de las cortinas.
Fue absurdo.
No podía ver más allá del rojo de aquellas telas que colgaban de la ventana, y ni siquiera podía oír, puesto que los cristales seguían cerrados a cal y canto.
Optó por la segunda opción, y se dirigió hacia la puerta de entrada, pasando por alto la segunda de las ventanas que daba al dormitorio de la rubia, y que también permanecía completamente cerrada.
El azar quiso que uno de los inquilinos abandonase en aquel instante la residencia por aquella zona, y no tuvo que intentar la llamada desde el telefonillo.
Con una amplia sonrisa y fingiendo pertenecer a aquel lugar, saludó al chico mientras pasaba justo a su lado, y aprovechaba la puerta abierta para adentrarse en la residencia.
Aquel camino no le resultaba extraño, hacia escasas dos horas que lo había abandonado después de haber vivido la mejor y más especial experiencia en su corta vida. Lo que sí le resultó complicado, fue detenerse frente a la puerta del apartamento de Quinn, y tomar la decisión de llamar.
Ni siquiera había tenido tiempo de pensar fríamente lo que iba a decirle, en el caso de que realmente estuviese allí. Ni tampoco sabía lo que iba a hacer ella al tenerla frente a frente.
El simple hecho de saber que podía haber estado jugando con ella, riéndose de su ignorancia, conseguían provocarle un nudo en el pecho que casi no le dejaba respirar. Se negaba a creer que la misma chica que hacía unas horas acariciaba todo su cuerpo, y se entregaba a ella, era una completa desconocida. Además de mentirosa.
Tomó aire tras un breve receso en el que trató de tranquilizarse, y golpeó la puerta con la suficiente contundencia como para no tener que repetir la acción. Y le dio resultado.
Apenas unos segundos después, escuchaba el sonido de unos pasos detrás de la puerta y el ruido que provocaba la cerradura al girarse.
Rachel preparó un gesto de serenidad en su rostro, tratando de no estallar en el mismo momento en el que Quinn la cuestionase por su regreso. Sin embargo, aquello no sucedió. No pudo estallar, ni recriminar, ni replicar absolutamente nada a Quinn, porque no fue ella quien abrió la puerta, sino Santana.
Y el desconcierto en su rostro, se contagió al de la latina tras descubrirla frente a ella, con el mismo vestido que llevaba cuando se encontraron en la salida de la residencia, pero sin un detalle que llamó la atención de Rachel; Santana no llevaba zapatos. Estaba descalza.
—¿Qué haces aquí? —cuestionó Santana rompiendo el mutismo que se había adueñado de Rachel— ¿Qué haces?
—¿Dónde está Quinn? —masculló cerrando con fuerza los puños, evitando la tentación de salir corriendo de allí y no volver a saber nada más de ellas.
—Márchate —le ordenó Santana reaccionando, pero Rachel no le obedeció.
Con el semblante serio, empujó la puerta obligándola a retroceder, y se adentró en el apartamento dispuesta a enfrentarse a Quinn.
—¿Qué diablos haces? ¡Vamos márchate! —le insistió sujetándola del brazo.
—¿Dónde está Quinn? —se revolvió desafiante tras llegar al salón y no verla allí.
—¡Que te marches! —Santana no dudó en encararse con Rachel, y amenazarla como solo ella podía hacer con la mirada— ¡Vete de aquí, ya!
—¡Quinn! —gritó la morena con la intención de llamar la atención y lo consiguió. Apenas unos segundos después, un portazo se escuchaba desde el interior de la habitación de la rubia, y ésta salía hacia el salón con el gesto completamente descompuesto.
—¿Qué haces aquí? —preguntó amenazante.
—¿Yo?... ¿Por qué no mejor me explicas qué hace ella aquí? —señaló a Santana— ¿Qué diablo es todo esto? ¿Qué está pasando? —preguntó al descubrirla con el pijama puesto.
—Eso me pregunto yo —se encaró con ella—. ¿Quién eres? Me has estado mintiendo todo este tiempo. Te, te importo una mierda.
—¿Y tú? Tú me has estado mintiendo todo el tiempo. ¿No conocías a Santana? ¿No conocías a Brody? —recriminó— ¡Vaya, qué casualidad! Los dos son tus amigos. No, no, mucho peor, ¡ella era tu novia! —volvió a señalar a Santana que se limitó a guardar silencio.
—¡Me estabas utilizando! —replicó Quinn enfrentadose a ella—. Maldita sea ¡has estado en mi casa! ¡has conocido a mi familia y te has metido en mi cama por entrar en ese estúpido club de mierda!
—¡Ella me obligó! —respondió Rachel alzando la voz.
—¿Qué? No inventes…
—A mí no me metas —interrumpió Santana.
—¿Qué? —se giró hacia la latina— ¿Cómo que no te meta? ¡Si tú eres la culpable de todo!
—¡Cállate idiota! —se enfrentó a ella.
—¡Ah! ¿Qué no te lo ha contado? —volvió a mirar a Quinn que había perdido el hilo de la disputa y se mostraba confusa— Ésta estúpida mentirosa no te ha contado que fue ella quien ordenó a Jane para que aceptara el plan, ¿verdad?
—¿Qué plan? —balbuceó Quinn desconcertada.
—¡Me las vas a pagar, Berry!
—No me da miedo, no me das miedo —volvió a dirigirse a ella—. Si quieres gritarle al mundo que me gusta una chica, hazlo, no me importa. A mí no me vas a extorsionar como has hecho con Brody, ni me vas a manipular como a Jane — espetó enfurecida—. ¿Sabes que tu novia quería que te obligase a entrar en el coro? ¿No te ha dado esa versión? —volvía a mirar a Quinn.
—En primer lugar —la interrumpió Quinn—, ella no es mi novia. Y, en segundo lugar, estás mintiendo. ¿Verdad, Santana? —la miró a punto de estallar en lágrimas— ¿Verdad que eso no es cierto?
Pero Santana no respondió.
El gesto descompuesto de Quinn y las lágrimas que empezaban a caer ya por sus mejillas, tocaron el corazón la latina, que solo se limitó a bajar la mirada y lamentarse.
—¡Vamos! —insistió Rachel— ¡Dile de quien era el plan! ¡dile cuántas veces he querido retirarme y no me habéis dejado, porque me amenazabais con hacerle daño! ¡Vamos! ¡Obligó a Brody a que me besara justo cuando tú llegabas a la fiesta! ¿No te lo ha dicho?
—¡Cállate! —respondió Santana volviendo en sí.
—No, no me lo creo —se lamentó de nuevo Quinn— ¿Por qué Santana? ¿Por qué te empeñas en joderme la vida?
—Quinn, no —interrumpió dirigiéndose ella, dejando a un lado a Rachel que empezaba a ser una simple testigo de la verdadera disputa—. Yo no quiero hacerte daño. ¿Entiendes? Yo solo quería que volvieras a tenerme en tu vida —sollozó.
—¿¡Cómo!? —gritó rabiosa— ¿Obligándola a que se metiese en mi vida? —señaló a Rachel— Sabías que me iba a enamorar de ella, y ahora querías hacerme ver que era lo peor. ¿Verdad?
—No Quinn, yo solo quería tenerte en el club, pero la estúpida ésta se encaprichó de ti —susurró entre lágrimas—. Quinn yo te quiero. Llevo tres años esperando una jodida oportunidad y ya la merezco. No podía permitir que ésta imbécil me robase lo que me pertenece. Tú y yo juntas. ¿Recuerdas?
—Márchate Santana. Vete de aquí, por favor —replicó llevándose las manos a la cara— ¡sal de mi vida de una jodida vez!
—Quinn por favor —le suplicó—, déjame que te explique.
—¡Que te vayas! —le gritó—. Y no vuelvas a mirarme, no vuelvas a dirigirme la palabra ni te acerques a mí, porque te aseguro que no me volverás a ver nunca más. ¿Me oyes?
—Quinn…
—¡Vete! —volvió a gritar rompiendo por completo el llanto de Santana, que no pudo más que bajar la cabeza ante la imponente presencia de Quinn, y salió corriendo del apartamento tras recoger sus zapatos. Dejando tras ella un portazo que hizo retumbar toda la estancia, incluidas a Rachel y Quinn, que quedaron completamente a solas en mitad del pequeño salón.
Se miraban, contenían un llanto que se hacía más visible en Quinn, y negaban rotundamente estar viviendo aquello con el movimiento de sus cabezas.
—¿Por qué me has hecho esto? —preguntó Quinn completamente devastada.
—Tú me has engañado. Sigues siendo una de ellas.
—Hipócrita.
—¿Estabas con ella en la cama?
—Vete —susurró Quinn con la voz quebrada, sintiendo que el mismo dolor que sentía por haber vuelto a caer en una de las artimañas de Santana, aumentaba tras mirarla a los ojos, y recordar todo lo que había vivido con ella.
—Veo que sí —respondió hundida, pero manteniendo la firmeza—. Soy yo la que no quiere volver a verte —masculló sin ser consciente de la crudeza de sus palabras.
Palabras que, por supuesto no sentía, pero que el orgullo las hacía salir con rabia.
No habló, o al menos no se le entendió. Quinn masculló algo justo en el mismo instante en el que Rachel la esquivaba para abandonar el apartamento, pero ésta no se detuvo a tratar de averiguar qué había dicho. Simplemente caminó hacia la salida, y tras lanzar una última mirada hacia Quinn, que había decidido seguir dándole la espalda, cerró la puerta tras ella dejándola completamente a solas.
Y eso es lo que pensó Quinn tras escuchar el sonido de la misma, y distinguir la silueta de la morena pasar junto a su ventana; volvía a estar sola, volvía a sentirse sola a pesar de haber luchado contra ese sentimiento durante toda su vida.
Volvía a sentir como el corazón se le rompía en mil pedazos cuando creía que ya lo había recuperado con ella, con Rachel Berry.
—Otra vez sola —susurró entre lágrimas—, otra vez.
