Disclaimer: El Fandom de InuYasha y sus personajes no me pertenecen, esto es hecho sin fines de lucro.
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Advertencia: OoC.
Bajo el Cerezo
XXV
¿Por qué el amor es una guerra en sí?
¿Por qué es más fácil perderte que tenerte?
Sesshōmaru tiene a sus sirvientes leales contados con una sola de sus garras, no en cualquier yōkai confía para que este cumpla misiones que él encomiende con la certeza de que no lo traicionara vendiendo información a un reino vecino o tramando una rebelión para arrebatarle sus tierras. Estos sirvientes han pasado por filtros de confianza que, está bastante seguro, apenas pueden percibir. Son tan sutiles que aquellos que no logran pasarlos sólo ven como su posición poco a poco pierde valor, como de verlo todos los días y convivir con la familia real, pasan a ser simples sirvientes que algún día llamaría. O tal vez no.
Entre los fieles sirvientes, siempre se ha destacado uno de ellos, uno demasiado pequeño para el enorme peso que carga consigo, un pequeño demonio sapo que es llama Jaken. Su padre, el actual monarca, rescató a Jaken varios años atrás y este juró, con su vida, servirle y jamás traicionarlo. Y aunque su padre no era una persona que confiara en las palabras de los demás decidió darle una oportunidad.
El pequeño hombrecillo había cumplido al pie de la letra cada orden dada por su padre, portándose como el hombre más fiel que se podría tener en el palacio y era por esta razón que él no desconfiaba ni siquiera un poco en el otro.
Le hablaba de sus planes, le daba órdenes y cuando recién llegó con Rin entre sus brazos el peliplata supo que no había mejor persona de confianza que aquel demonio sapo para cuidar a la niña para enseñarle a convivir con los demás y para lograr que la respetaran en aquel palacio que estaba completamente gobernado por demonios.
Sin embargo, Sesshōmaru había olvidado algo, la lealtad de Jaken estaba completamente puesta en su padre, en el máximo soberano que existía hasta ese momento. Y es que precisamente esas habían sido sus órdenes, servir antes que a cualquier otro al máximo soberano del Oeste y él parecía haber olvidado que su padre todavía vagaba en aquel palacio de vez en cuando, preguntando cómo estaban las cosas, qué acuerdos se habían tomado y que nuevos aliados o enemigos tenía aquel palacio que pertenecía al Oeste.
Claramente Sesshōmaru le había confiado sus idas a ver a la sacerdotisa al pequeño demonio que lo acompañaba, sin embargo, éste siempre le avisó a su padre de lo que él hacía mandándole cartas largas o cortas acerca de todos sus movimientos que tuvieran relación con aquella aldea. Por supuesto que Jaken le había escrito a su padre acerca del tiempo que se pasó con la sacerdotisa lejos de la aldea donde estaba su prometida y, por supuesto que, los rumores viajan de manera rápida sobre todo en las tierras del Oeste.
Hubo bastante desacuerdos en aquellas tierras, yōkais que no estaban seguros de que futuro les depararía, se suponía que el Oeste les brindaba seguridad, les garantizaba que no entrarían a guerra y el plan que les habían planteado era fácil y les otorgaría a todos seguridad.
El soberano de aquellas tierras les había dicho que al juntarse con aquella aldea humana ganarían más territorio y podrían imponer un acuerdo dónde se diera fin aquella batalla por territorio; el Oeste era temido, pero al obtener más poder sin necesidad de arrebatarlo los hacía incluso admirables y todos sabían que para que el acuerdo tuviera un peso mayor aquel matrimonio tendría que celebrarse, dándoles un paso más hacia la victoria. Dándoles el respaldo de que con una simple estrategia habían logrado obtener más que las tierras del Este y el Norte cuya guerra avanzaba y parecía que no tendría jamás fin. Siendo ambos demasiado orgullosos para doblar el brazo ante el otro, sin importarles a quien arrastraban por aquella disputa.
Sin embargo, Sesshōmaru no culpaba ni tenía nada en contra de Jaken, sabiendo que el yōkai seguía solamente las órdenes que su padre ya había preparado para él y que no tenía derecho alguno de negarse. Porque su padre era su salvador y él sabía cuánto pesaba aquella acción en el futuro del pequeño demonio.
Aun así, siempre había sido consciente de que el rumor tarde o temprano llegaría a los oídos de su padre, quién le exigiría una explicación que él ni siquiera había preparado. Porque, aunque sabía lo que su padre podía preguntarle, su mente y gran parte de sus acciones habían estado al lado de la sacerdotisa cuando la princesa Sara la mandó junto a la otra sacerdotisa a combatir en la guerra.
En realidad, aquellas dos sacerdotisas eran como otro peón que mandaban a morir, pero ellas se habían mostrado rebeldes, dejando en claro que no morirían en aquel frente; él había estado con Kagome cuando la abuela de ésta llegó y le dijo que debía de irse, que eran órdenes de la princesa Sara. Que no la quería cerca y que debería ir a alcanzar a Kikyō.
Por supuesto que Kagome había temido, pero no por ella y por su futuro, sino por el de su abuela cuya edad parecía poco a poco estarle cobrando todo lo que se había esforzado en los años de juventud. Cada vez recordándole más y más que, aunque era una sacerdotisa sumamente fuerte y respetada, no era ninguna jovencita que aguantaría en un campo de batalla más de un día. La sacerdotisa mayor había logrado tranquilizarla, diciéndole que estaría bien y que se negaría a morir sin ver por última vez a sus nietas juntas.
Y cuando la carga de preocupación en Kagome pareció reducirse, fue la misma Rin la que hizo que este sentimiento en la sacerdotisa no desapareciera. Al principio Higurashi pensó que se trataba de un berrinche que se le pasaría cuando ella le explicara por qué debía de irse, sin lograr que en el corazón de la niña se formara alguna especie de rencor hacia la futura soberana. No obstante, fue hasta que Rin mencionó que no quería perder a Kagome de la misma manera que había perdido a su familia que la joven no había tenido el corazón para partir y dejarla hecha un mar de lágrimas.
Así que su opción había sido demasiado fácil, había armado un pequeño plan que Sesshōmaru no sabía con seguridad si funcionaria o no, pero ella había volteado a verlo y él supo en ese momento que le pediría algo, cuando Rin se adentró nuevamente en la cabaña para ir por un poco de provisiones para el camino, la sacerdotisa se acercó a él.
—¿Puedo pedirte un favor? —Asintió, sin rastro de duda en su rostro. En medio del montón de nervio e incertidumbre que seguramente la sacerdotisa sentía dentro de sí misma, él fue lo único seguro que tuvo en ese momento—. Kikyō ha hablado conmigo muchas veces acerca de cómo es… todo en ese lugar —volvió a asentir, porque él había ido también en innumerables ocasiones cuando su padre demandaba su compañía, siendo testigo mudo de cuál agresivos eran todos los yōkais que estaban en guerra. Lo poco que les importaba las vidas que iban arrebatando a su paso. Aunque no es como si él sintiera pena por alguno de ellos.
»Sé que Rin se arrepentirá —le dijo, completamente segura y convencida de sus propias palabras e internamente, él sabía lo mismo. Por lo que sospechaba qué era lo que le pediría—. Cuando eso suceda no podré regresar aquí para dejarla a cargo de mi abuela, ¿podrías hacer eso por mí? ¿Regresar a Rin a la aldea?
Por supuesto que había asentido, minutos antes de que la niña saliera con las provisiones y le dijera que estaba lista para irse con ellos dos. Nadie le había dicho que Sesshōmaru las acompañaría, pero ninguna dudaba de aquello. Era como si él se hubiera vuelto una figura recurrente que les garantizaba seguridad a ambas y él no tenía ninguna queja al respecto.
El yōkai fue capaz de observar como la anciana se despedía de la sacerdotisa y de la niña, sin preguntarle nada más a su nieta, sin reprocharle el motivo que la princesa le había dado para tomar aquella decisión de forma tan precipitada. Aunque algo dentro de él y, seguramente también de la sacerdotisa, tenía una idea clara de lo que había sucedido, de lo que la princesa debió de ver para exiliarla de aquella manera tan drástica.
Y Kagome parecía aceptar su destino, sin objeción alguna. Sin reprochar nada y, sobre todo, sin pedirle a él que se alejara. Sin decirle que no estaba bien que se siguieran viendo, sin priorizar la amistad que siempre había tenido con su mejor amiga. Conforme iban avanzando, ocasionalmente la miraba, parecía batallar internamente con ella misma, sumergiéndose en un mundo donde sus pensamientos, dudas o reproches solamente eran de ella y no deseaba compartirlos por aquel momento.
Y eso, en lugar de alejarlo, en lugar de hacerlo pensar que lo mejor sería dejarla hasta que todo estuviera en orden con sus pensamientos y vida, lo hacía querer quedarse a su lado aunque fuera de esa manera; a unos cuantos metros, hacia un destino que no sabía qué les mostraría, cuidando a una niña humana en el trayecto y sabiendo que eso no estaba establecido en ningún contrato, que su padre podría no estar feliz con cómo estaban terminando las cosas.
Pero no importaba.
¿Cómo puede importar cuando cae la noche y ambos buscando un lugar seguro para que ambas duerman y, en medio de todo eso, la sacerdotisa le busca y termina acurrucándose a su lado?
¿Cómo puede importar cuándo realmente lo único que quieres proteger está al lado tuyo? ¿Cómo puede importar si todo lo que has seguido ha sido por decisiones que otros han tomado y esto es lo único que tu deseas como si fuera un capricho, pero estás seguro que no lo es?
Porque jamás ha sido una petición que este ahí, a su lado. Nadie lo ha mandado a merodear aquel árbol de cerezo donde la ha conocido, nadie le pidió que volviera días después y, sobre todo, nadie le ha dicho que debe protegerla. Lo ha hecho porque su instinto protector que siempre ha estado arraigado dentro de él, ha finalmente salido a flote y ha deseado que sea ella la persona que lo conozca. Está ahí por algo más grande y que no se atreve todavía a poner en palabras por lo que pueden desatar cuando sean pronunciadas.
Porque aquellas palabras pueden ser lo suficientemente poderosas para que los suyos tengan que morir por un descuido suyo. Por no pensar con la cabeza fría como es caracterizado.
—Sesshōmaru —pero, como se ha vuelto regular, está ella. Él voltea a verla, sin decirle nada. Los primeros rayos del día empiezan a contemplarse y ambos saben que es momento de que la travesía continúe—. No es tu obligación estar aquí —evidencia, pero él ve que no hay intención alguna de hacer que se marche, parece que todo aquello tiene otra intención. Tal vez es parte de todo lo que ha estado pensando y no le ha dicho—, pero me alegro de que lo estés.
No le dice nada, pero se le acerca como lo ha hecho en el pasado y la sacerdotisa parece tan ansiosa como él por aquel contacto, aunque sea demasiado efímero para ambos. Motivados por aquello que hace sentir a su corazón calma, aquello que les hace olvidar por momentos que tienen responsabilidades mayores por las cuáles cargar, motivados por aquello que todavía no desean poner en palabras pero que cada vez es más difícil de callar.
Y así se besan siendo los primeros rayos del alba espectadores de como aquel cariño va creciendo más y más dentro de ellos. De forma silenciosa y lenta, listo para desbordarse ante el menor descuido.
2.
—Es horrible —Sesshōmaru recuerda las palabras de Rin cuando estuvieron prácticamente en el frente de la guerra del lado Este dónde se estaba llevando a cabo una lucha de no acabar por el territorio. Kagome se encontraba de pie observando la escena, buscando algún rastro de su hermana mayor, mientras Rin arriba del caballo luchaba con los recuerdos que seguramente azotaban su mente en ese momento.
—Por eso quise que te quedaras —mencionó la sacerdotisa tratando de hacer que la mirada de la pequeña se enfocara solamente en ella, que tratara de ignorar el ruido que provocaban las espadas cuando chocaban y aquel hedor a sangre y muerte que inundaba aquel lugar. Estaba plagado de yōkais guardianes del Este, también de personas de pueblos cercanos que poco a poco estaban siendo masacrados y ocasionalmente podían verse flechas sagradas atravesar el cielo y matar horda de demonios.
El Este era una nación bastante… peculiar, como su padre los había llamado. Y si tenía que decir algo, sería que el amor de su padre por los humanos nació después de pasar varios años en el Este, cuando era un yōkai bastante joven y deseaba desobedecer las órdenes de sus progenitores, pasando tiempo en aquella nación que no era lo suficientemente bien vista a los ojos de lo demás yōkais, porque habían sido ellos los que primero acordaron vivir con los humanos en completa armonía y paz.
Lo irónico de todo ese asunto era que habían sido esos humanos los que habían salido al rescate del Este cuando el lord del Norte hizo su ataque improvisado, sin dudarlo muchos humanos habían dado su vida por rescatar aquel pedazo de tierra que el lord del Este les había concedido. Por supuesto, no habían podido hacer casi nada contra hordas y hordas de demonios que aparecían y no sólo los superaban en números, sino también en fuerza y velocidad. Aun así, habían dado todo de sí para lograr, aunque sea detenerlos, hasta que llegaron las sacerdotisas.
Sacrificaron su vida familiar e incluso gran parte de su energía para mantener a todos los demonios apenas en el límite de aquellas tierras. Habían establecido una línea que no permitían nadie del Norte atravesara. Morirían antes de permitirlo.
—¿Te irás a casa? —Le preguntó Kagome a Rin de forma directa, trayéndolo de vuelta a él a la realidad en aquel momento. La niña había dudado demasiado en darle una respuesta, la incomodidad en ella era demasiado notoria y, antes de que proclamara alguna frase, lo miró a él como buscando ayuda.
Lo miró de aquella forma que él sabía perfectamente bien le estaba diciendo que si él podía cuidar de ella. Algo dentro de él ni siquiera podía saber si estaba de acuerdo o no, aunque la cara de preocupación que portaba la sacerdotisa le disgustaba en sobre manera.
—¿Puedo quedarme con usted? —Le preguntó directamente la pequeña, así pasándole la responsabilidad de forma directa a pesar de que ni siquiera había asentido y no pensaba hacerlo. La sacerdotisa la regañó, diciéndole que no podía preguntarle aquello, que no era lo mismo que él se hiciera cargo un par de horas a cuidarla por días enteros, posiblemente meses o —aunque Kagome estaba preocupada no quiso demostrarlo— años enteros.
Rin pareció entender y bajó la cabeza completamente desanimada. Kagome estuvo a punto de decirle a él si podía llevarla de regreso a la aldea —porque al final de cuentas en eso habían acordado ambos— cuando fue él quien terminó sorprendiendo a ambas. Diciéndole a Rin que la llevaría con él al Oeste; la cara de la sacerdotisa fue completamente digna de admirar, todavía sorprendida de que él hubiera aceptado algo tan… imposible. Sin embargo, solamente le preguntó si estaba completamente seguro, a lo que él asintió para terminar cargando a la niña y diciéndole a la sacerdotisa donde percibía el aroma de su hermana. Solo se marcharon cuando el olor de Kagome terminó de mezclarse con el de su hermana, señal de que ya estaban juntas.
3.
La llegaba de una niña humana al castillo el Oeste fue una de las noticias que más se corrieron con una velocidad envidiable, al principio pareció solamente un rumor inventado por algún yōkai todavía bastante resentido de que el general Inu No se haya marchado por proteger a una humana y —supuestamente— al hijo hanyō que engendró con la misma. Sin embargo, la presencia de Rin poco a poco fue siendo conocida a medida que la niña humana parecía entrar en confianza con el palacio del Oeste, explorándolo con libertad previamente otorgada y siendo cuidada de cerca por Jaken, a quién por supuesto, Sesshōmaru había tenido que decirle por qué aquella niña estaba con ellos y hasta cuándo sería eso.
El Inu yōkai jamás olvidaría la cara de absoluta confusión que su sirviente más fiel puso en el momento que lo vio llegar con aquella niña humana en sus brazos, el camino no había sido largo pero si lo suficiente para que el cansancio hiciera acto de presencia en el pequeño cuerpo de Rin, dejándola completamente dormida; el rostro de Jaken había experimentado un montón de emociones, primero estaba el desconcierto de no saber por qué su amo había llegado de aquella manera, después hubo un momento de molestia claramente reflejado, probablemente por sentir que era rebajado a un simple trabajo de niñera.
Aunque claramente, no era así.
Y después, la aceptación. El pequeño demonio terminó acatando las órdenes de su amo, que en realidad no habían sido muchas. Sesshōmaru solo le había dicho que tenía que cuidar de Rin y que, si algo le pasaba, él tendría que responderle por esa situación. Además de que Jaken sabía que su deber también tendría que ser el encargado de que todo rumor fuera cortado de tajo. Dejando a todos con un enigma de qué era lo que realmente estaba planeando el futuro señor del Oeste.
Después de aceptar semejante responsabilidad, Sesshōmaru había permanecido más tiempo en el Oeste del que había permanecido tiempo atrás, había visitado ocasionalmente a la sacerdotisa días después de hacerse responsable de Rin. El ambiente seguía siendo exactamente el mismo y el aire incluso era sofocante en aquel lugar, cuando la vio cerca del río lavando una herida no tan profunda que se había hecho probablemente al caer de algún lugar o tal vez al rodar tratando de alcanzar algo, Sesshōmaru por primera vez percibió un agotamiento demasiado profundo en la sacerdotisa.
Cuando lo miró, le sonrió como tantas veces lo había hecho en el pasado. E incluso tuvo el tiempo de contarle alguna experiencia en aquel lugar, él percibió que siempre siendo lo suficientemente cuidadosa de no demostrar abiertamente cómo debía sentirse internamente. Él tampoco la presionó para que le dijera algo.
—Debería regresar —le había comentado cuando terminó de limpiarse las heridas, Sesshōmaru pudo percibir que tardarían en sanar, pero no lo suficiente como lo hubiera hecho otra más profunda—. Es todo un caos, ¿sabes? —Él asintió, era algo que se podía percibir con facilidad—. Hay demasiados heridos, ahora entiendo por qué tratan de pedir apoyo a otros lugares. Aquí es imposible cuidarlos a todos.
»Kikyō y yo nos turnamos para cuidarlos —específico—, debo volver para que ella pueda dormir, aunque sea un poco.
—Kagome —le había nombrado y parecía que había dicho por última vez su nombre hacía mucho tiempo atrás cuando tan sólo habían pasado unos días. La guerra hacia eso en las personas, se veían tan distintas al primer día que estuvieron ahí.
—Estaré bien —le prometió, tal vez adivinando lo que le quería decir o solo diciéndolo porque era consciente de la mirada que portaba, del cansancio que empezaba a apoderarse de su cuerpo y decirle que se rindiera.
Él no le respondió, pero creyó en sus palabras, así que la acompañó hasta la cabaña improvisada donde su hermana ya le esperaba con el arco y las flechas listas para dárselas a Kagome en caso de emergencia. La pelinegra lo miró, pero no le dijo nada, tampoco a su hermana que parecía haber olvidado que él estaba ahí y había entrado a aquella cabaña a revisar como estaban los demás.
Después de aquel suceso, claro que él volvió, semanas después para verificar como se encontraba la sacerdotisa y aunque ella se había mostrado demasiado cansada e incluso sumergida en sus propios pensamientos, siempre que lo veía le comentaban algo nuevo, en un intento de tener algo que conversar con él. Otras veces le preguntaba por Rin y terminaba agradeciéndole nuevamente por estarla cuidando.
No eran encuentros largos y la mayor parte del tiempo era ella quien hablaba e intentaba luchar contra el sueño que sentía en ese momento. En la única ocasión que él tuvo que defenderla fue cuando no se dio cuenta que una horda de demonios inferiores se había acercado hasta donde estaba la sacerdotisa y ella se encontraba desarmada, por lo que acabó con ellos de un solo ataque. Kagome volteó a verlo, desconcertada, avergonzada y también agradecida.
—La semana pasada asesinaron a una de las sacerdotisas —le confesó en aquella ocasión. Las sacerdotisas y algunos monjes eran la parte fuerte de aquella resistencia de parte del lord del Este; ninguno había presentado ninguna baja, en realidad, apenas heridas que tardaban en sanar pero que, eventualmente, lo hacían.
»Recomendaron que saliéramos en parejas —volvió a confesarle y Sesshōmaru pareció entender porque había salido completamente desarmada a verlo. Para no levantar sospechas de a qué salía en algunas ocasiones. Pero esa vez parecía demasiado agotada como para intentar decirle algo más. Antes de que se marchara, le pidió nuevamente que cuidara de Rin y le dijera que todo estaba bien.
4.
Encontró a su padre en el enorme salón de aquel palacio, portaba su habitual armadura y su cabello que anteriormente se encontraba en una coleta alta, caía sobre su espalda como lo hacía su propia cabellera. Su progenitor no había avisado que llegaría aquel día, en realidad, jamás lo hacía. Inu No Taishō permanecía en las sombras, solo actuando como un espectador más, dando órdenes cuando era necesario.
Sesshōmaru recordaba la primera vez que le pidió que fuera a visitar a su prometida, que se apurara con aquel asunto. Aunque después no volvió a hacerlo, se mantuvo al margen y él jamás supo el porqué de aquella decisión; su padre parecía demasiado interesado en que sus planes se cumplieran al pie de la letra y después… nada.
—Me enteré que hay una niña humana aquí —le dijo a manera de saludo tan pronto lo vio ingresando a aquel gran salón. Él solamente asintió, mientras seguía su camino hasta el jardín principal de aquel lugar.
No obstante, su padre no parecía completamente feliz con aquella información, por lo que caminó detrás de él con un pergamino en la mano que se veía bastante grueso. Sesshōmaru se detuvo antes de llegar a la gran puerta que comunicaba con el jardín.
—También que has estado frecuentando a una humana —le dijo, esta vez ofreciéndole el gran pergamino que tenía en sus manos y siendo él quién primero entrara al jardín principal donde tomaría asiento, esperándolo.
Sesshōmaru miró aquel pergamino sin mucho interés, aun así, lo abrió y empezó a leer el contenido del mismo; se equivocó al pensar que era uno solo, eran varios que su padre debió de conservar para el día en que finalmente lo confrontaría. En realidad, Sesshōmaru no tenía que preguntarse quién había sido la persona encargada de darle aquella información, reconocía con perfección la letra de Jaken en aquellos pergaminos y, sobre todo, la información que solamente sabía él.
Aun así, no dijo absolutamente nada, ni su expresión cambió un poco. Enrolló nuevamente el pergamino y caminó hasta el jardín donde al principio esperaba dirigirse, pasó junto a su padre y le devolvió aquella recopilación. Posiblemente Inu No esperaba que su primogénito le dijera algo, pero eso no fue así. Se mantuvo tan neutral que parecía envidiarlo.
Dejó que su hijo hiciera lo que se suponía iba a hacer, lo vio soltar a Ah-Un y decirles algo para después ver a aquel demonio dragón desaparecer de aquel lugar; Sesshōmaru parecía a punto de marcharse, por lo que sabía que esa era la única oportunidad que tendría de encararlo, de decirle aquello que había estado rodando su mente desde que Jaken le había enviado la primera carta.
—Me sorprendí cuando me enteré —le dijo e incluso lo invitó a sentarse a su lado, no obstante, el más joven se quedó parado casi al lado de su progenitor. Inu no se extrañó en lo absoluto, su hijo siempre había dibujado una estructura imaginaria entre él y los demás, tan parecido a su madre—. En realidad, más de lo que me gustaría admitir —sabía que quería que su tono sonara bastante amigable para que su hijo le dijera más, pero parecía imposible.
»Aunque me provocó una gran molestia —confesó, mirándolo directamente.
Esta vez, Sesshōmaru si le regresó la mirada.
—Es la sacerdotisa de la aldea.
Inu le sonrió. —Lo sé —ambos se sumieron en un silencio que el mayor no supo cómo interpretarlo—. Nunca imaginé que algo así pasaría.
Fueron dos.
—Aunque mi interés siempre ha sido el mismo, Sesshōmaru —le respondió, de manera firme. Él seguía mirándolo, pero algo le decía al gran general que en realidad no estaba observándolo en lo absoluto—. Desde que conviví con el Lord del Este y conocí su forma de vivir, decidí que quería proteger a los humanos. Tu sabías que aquella aldea era importante para ese plan, que teníamos una forma de parar la guerra por territorio.
Pero otra vez se formó el silencio entre ambos, Sesshōmaru sin explicare absolutamente nada mientras que Inu parecía entender que todos sus intentos por conocer la forma de pensar de su hijo eran completamente inútiles, tanto como lo había sido en el pasado; pero sabía que si ambos no llegaban a un acuerdo de qué iban a hacer, probablemente las cosas saldrían mal para el Oeste.
—No es una estrategia.
Le mencionó el peliplata tan pronto observó que su padre se ponía de pie a punto de abandonar aquel lugar. Si bien a Inu se le dificultaba leer a su primogénito, Sesshōmaru podía decir que lograba adivinar la mayoría de los pensamientos de su padre; ambos siempre habían chocado en ideales y tan pronto Inu le puso de condición casarse con una humana, entre ambos hubo un periodo bastante largo sin hablar directamente. Él se había mostrado bastante enfadado, incapaz de comprender el deseo de su padre por meter las manos al fuego por una guerra que no le afectaba y por unos humanos a los cuáles no les debía absolutamente nada. Aunque probablemente no fuera eso lo que hubiera querido desde un comienzo, su padre quería más territorio para lograr arrinconar al Lord del Norte y exigirle que parara con sus exigencias tontas. O el Oeste contestaría.
Y aquella aldea dónde residía el palacio de su prometida Sara, era ideal para eso. Era una pequeña porción de tierra que estaba al lado del Sur que nadie había tocado, que habían logrado defender de todos. Si el Oeste la absorbía, el plan podría seguirse a la perfección. Pero ahora todo se dificultaba.
Y no estaba dentro de las manos de ninguno de los dos.
—Sara lo sabe.
El gran general volteó a verlo, muy dentro de él mismo sospechaba que algo así sucedería, una relación como la que su hijo estaba empezando a llevar con la sacerdotisa jamás pasaría desapercibida por absolutamente nadie y él lo sabía, cuando empezó a frecuentar a Izayoi su presencia fue sumamente notoria, dejándolos a ambos en evidencia incluso antes de darse cuenta que estaban enamorados.
Frunció el ceño y detuvo su caminata. Hubiera deseado no escuchar aquellas palabras, pero ya no había nada más que hacer que idear una estrategia rápida.
—¿Crees que cancele el compromiso?
Sesshōmaru asintió.
Y, por un instante, Inu No sintió que todo estaba perdido. Lo cierto era que jamás había tenido una buena relación con las tierras del Norte, a pesar de que prácticamente eran vecinos, el lord siempre se había mostrado demasiado hostil con todos los demás, aunque fueran pocas las reuniones en las que los cuatro se veían las caras. Por eso mismo, cuando el Lord del Este empezó a recibir ataques del Norte, nadie de ahí pensó que fuera una novedad, pero lo que sí no esperaban era que esta batalla se prolongara tanto hasta el punto de ser llamada guerra, siendo el Sur y el Oeste los que brindaban apoyo al Este de forma leve, tratando de que no se mostrara que eran un apoyo directo por temor a que todo emporara.
—Podemos… —empezó a hablar, tratando de que sus pensamientos se ordenaran, buscando una solución.
—Un tratado de paz —mencionó Sesshōmaru, sorprendiendo al mayor—. Con las tierras del Sur y Este.
—¿Vamos a arrinconar al lord del Norte? —Le preguntó, con seriedad.
Sesshōmaru asintió e Inu sonrió, orgulloso de su primogénito, de saber qué, aunque parecía completamente ajeno a todo lo que podía suceder gracias a aquel desliz de su parte, había pensado en una alternativa en aquellos días donde nadie podía adivinar lo que pasaba por sus pensamientos, ni siquiera Jaken que estaba cerca de él.
—Así será —prometió y se marchó para primero contactar al lord del Sur.
5.
Era bien sabido que el gran salón del palacio del Oeste era el lugar favorito de su padre para hacer negociaciones con otros yōkais, incluso lo usaba cuando necesitaba corregir el comportamiento de uno de sus sirvientes. Probablemente el lugar completamente amplio e impactante, le daba el aura de poder y seguridad que tanto deseaba reflejar para tener la ventaja sobre lo que quería decir. Por eso, tan pronto su padre regresó diciendo que en unos minutos llegaría el Lord del Sur, él supo que tendrían que ir a aquel gran salón y prepararse para una plática incluso más larga de la que desearía.
Tomó lugar al lado derecho de su padre mientras este se mostraba completamente calmado, Sesshōmaru sabía que el lord del Sur era un Ōkami Yōkai que en muchas ocasiones se había reunido con su padre por asuntos menores o simples reuniones; su relación con el Oeste era buena, aunque no tan cercana como lo era con el Este.
Escucharon unos pasos aproximarse al gran salón y ambos supieron que se trataba de él, tal y cómo lo habían predicho, el Ōkami entró por aquella puerta, portando su armadura conocida y su espada perfectamente colocada en su cinto; lo que reconocía a aquel Ōkami como el Lord de las tierras del Sur, era su peculiar cabellera roja corta, además de su armadura de color negra que resaltaba de la piel de lobo blanca que le envolvía los hombros, la cintura y parte baja del cuerpo, además de sus piernas.
—Inu No —le saludó, como los viejos amigos y aliados que eran desde hace tiempo atrás. Su padre se levantó para recibirlo y él no tuvo que hacerlo, se encontraba de pie.
—Hirosama —le devolvió el saludo su progenitor, cuando ambos estuvieron frente a frente, el invitado volteó a verlo, él le dedicó un asentimiento de cabeza, como saludo—. Siempre es un placer verte —prosiguió su padre.
El demonio lobo asintió, concordando con lo que él había dicho. No obstante, tan pronto tomó el lugar que ambos habían estado esperando, aquel enorme salón se llenó de un silencio pesado. Nadie le había mencionado porque estaba en aquel lugar, pero el Lord del Sur no era una persona tonta y jamás lo sería. Su título como Lord se lo había ganado no solo en las batallas previas a la aparente paz que gobernaba en ese momento, sino también por haber demostrado que, de todos sus hermanos, era el más capacitado para aquel importante puesto.
—He escuchado rumores de la aldea que frecuentaban —les dijo, refiriéndose a las ocasiones en que el general Inu No había hablado con el padre de Sara y de las visitas que se conocían de parte de Sesshōmaru—. Todavía no es territorio de ustedes, ¿no es así?
—Ha habido un cambio de planes —contestó su padre con total seguridad, como si todo lo que anteriormente hubieran hablado fuera un evento premeditado y no una sorpresa del propio destino.
Hirosama le sostuvo la mirada al general, esperando encontrar en él rastro alguno de duda, algún indicio de que le estaba mintiendo y quería arrastrarlo a él mismo a aquella mentira. Pero no encontró nada, por lo que sus brazos, anteriormente cruzados sobre su pecho, tomaron una postura más relajada.
—¿Entonces por qué estoy aquí?
—Un tratado de paz —indicó Sesshōmaru, tendiéndole un pergamino previamente redactado. Hirosama se mostró interesado, tocando aquel documento con cuidado, leyendo y prestando suma atención al contenido, pero su mirada llena de confusión en ningún momento cambió.
—Creí que el plan inicial era que el Oeste negociara con el Norte —le dijo al cabo de unos minutos, completamente seguro de lo que había leído. Inu pudo percibir como su colega se encontraba entre la espada y la pared, sin saber qué decisión tomar en ese momento y siendo presionado por ellos dos.
—Tienes razón —le dijo, aceptando qué esa era la primera idea que habían planteado. Tan pronto el Oeste tuviera aquel control, su territorio superaría al Norte y podría hacer una negociación tranquila —o una amenaza indirecta, dependiendo de la gravedad del asunto— sin que los otros palacios estuvieran involucrados.
Pero adjudicarse toda la carga, ya no era una opción.
No sin perjudicar los planes que su primogénito tenía. E Inu No quería respetarlo por aquella ocasión.
—¿Me estás pidiendo que entre en conflicto con el Norte?
—No —intervino Sesshōmaru, también prediciendo el miedo que desataba tener que vivir una guerra en aquel momento. El saber que ya no habría tranquilidad tal y como lo estaban viviendo las tierras del Este en ese momento—. Las tres tierras entrarían en conflicto con el Norte.
—Seremos mayoría para cuando el general Kanaye se encuentre aquí —aseguró Inu No—. Atacar a un territorio es fácil, ¿pero atacar a tres al mismo tiempo?
Hirosama lo pensó, tomó la pluma entre sus manos para estampar su firma cuando, de momento dijo—: ¿Gano algo a cambio?
—La aldea que fue atacada —comentó Sesshōmaru, sabiendo que el Lord tendría pleno conocimiento de que una horda de demonios había atravesado sus tierras con dos aldeas en específico para erradicar. Había sido una infiltración demasiado rápida y la mayoría de los infiltrados había perecido en manos de las sacerdotisas y del propio Sesshōmaru.
La idea había sido —probablemente— desatar un conflicto entre el Oeste y el Este al mismo tiempo y, con aquel recordatorio, Hirosama otorgó su firma en aquel improvisado tratado que les traería una paz absoluta o una guerra que tendrían oportunidad de ganar al ser tres contra uno.
—Lamento lo sucedido —le dijo, con sinceridad. No era partidario de la raza humana, pero tampoco coincidía con la idea de que debían ser erradicados de aquella manera—. Tienen razón —dijo al cabo de unos minutos—, o nos asociamos o el Norte querrá invadirnos tarde o temprano.
Inu se levantó de su lugar y posó un brazo en el hombro de su colega, comprendiendo lo que estaba sintiendo en ese momento, la impotencia que le debió embargar al momento de saber que se habían infiltrado con tanta facilidad a sus propias tierras para hacerle daño a alguien más.
Pero antes de que pudiera decir algo más o el lord del Sur expresara su verdadera preocupación o hiciera algún comentario, los pasos ligeros del Lord del Este se hicieron presentes en aquel lugar. Nadie tenía que preguntar quién era el recién llegado, los pasos eran inconfundibles, además del leve olor a tierra y sangre que está levemente impregnada en las espadas que porta el Lord.
Finalmente, aparece ante todos ellos, saludándoles con un «buenas tardes» en un tono bajo y se notaba bastante ensimismado. Sesshōmaru había conocido cuando era más joven al Lord del Este, era un Kitsune zorro bastante famoso y amable con todas las personas. A decir verdad, los Kitsune eran los más parecido a los humanos en ese momento y tal vez fuera por eso que se llevaban tan bien.
El Lord en ese momento, a pesar de estar bastante distraído y se notaba cansado, vestía como un humano de cualquier aldea normal, aunque la armadura, las dos espadas sujetas en su cinto y la obvia cola de zorro lo delataba como otro yōkai.
El recién llegado tomó asiento sin dirigirse absolutamente a nadie y ninguno de ellos mencionó nada, en el pasado, el Lord del Sur Hirosama, hubiera dejado su asiento para abrazar a su amigo y hablar durante varios minutos. Serían ellos dos en aquella habitación riendo por las bromas oportunas del pelinegro que ahora pasaba una de sus manos por su cabellera corta, como buscando qué hacer o si era el mejor lugar para estar en ese momento.
Como si lo estuviera apurando, Sesshōmaru percibió como los ojos celestes del Kitsune se encontraron con los suyos.
—¿Es una reunión larga? —Le preguntó. A pesar de que él era el más joven de aquel lugar, eso no parecía molestarle al otro—. Hay gente muriendo en mis tierras, quiero volver.
—Lo sabemos —le dijo, otorgándole aquel pergamino previamente firmado por Hirosama. El pelinegro lo leyó con detenimiento a pesar de las ganas que no podía ocultar de querer salir de ahí, su expresión de preocupación cambió cuando llegó a las últimas líneas, más aún cuando la firma de su amigo ya se encontraba plasmada.
—¿De verdad firmaste esto? —Le dijo, ahora si volteando a verlo cuando el representante del Sur pensó que había sido ignorado por completo. Hirosama se acercó un poco a él—. ¿Saben lo que están haciendo?
—Es la mejor opción —se adelantó Inu No, volviendo a adoptar aquella aura de sabiduría que le gustaba transmitir, tratando de apaciguar las dudas que se encontraban en los otros en ese momento.
Sesshōmaru le miró e Inu entendió el mensaje indirecto, el tiempo se les estaba acabando. El Lord del Este tenía que firmar antes de que el Lord del Norte apareciera, para lograr acorralarlo.
—¿Y el plan es? —Preguntó el Lord del Este, Isao. Se paseo entre sus manos la pluma con la que firmaría. Anteriormente, Sesshōmaru había escuchado que el Kitsune era demasiado alegre, el chico que le daba el toque tranquilo y divertido a ese tipo de reuniones, pero ahora se encontraba demasiado impaciente, incluso ansioso por tener conocimiento de todo lo que estaban planeando—. ¿Acorralarlo?
El peliplata menor asintió.
—Es imposible —aclaró, jalando uno de sus mechones mientras que con la otra mano seguía sosteniendo la pluma, dejando el tratado en las piernas de su amigo—. Lo intenté.
—Eras tu solo —evidenció Sesshōmaru, acercándose para proteger nuevamente el tratado y tenerlo entre sus garras, para el momento en que el Lord cediera—. Ahora somos tres.
—Vamos Isao —animó Hirosama, harto de todo eso. Harto de ver como las tierras de su amigo eran atacadas sin que él pudiera hacer nada que resultara perjudicial para aquella paz—. Es la única opción que tienes para salvar a tu pueblo. —Aquella expresión pareció regresarles la vida a los ojos del Kitsune—. Firma.
El Kitsune volteó a ver al yōkai lobo, para después suspirar. Le pidió aquel tratado a Sesshōmaru y lo firmó mientras susurraba un «espero no arrepentirme de esto» que los demás podían jurar era más dramatismo que arrepentimiento en realidad.
—Falta esperar al general Kanaye —habló Inu no.
—Hay tierras que todavía no tienen dueño —recordó Hirosama. Isao volteó a verlos, sin conocer aquella información.
—Ya llegamos a un acuerdo —le recordó Sesshōmaru, tomando nuevamente el tratado—. El general Kanaye no tiene porque conocer toda la verdad.
El Lord del Sur asintió, dándole la razón por completo. No dudaba de que el Oeste lograría convencer a aquella aldea y no le pondría ningún pero cuando sus tierras se extendieran hacia aquella aldea completamente destruida.
—Espero que funcione su estrategia, Lord del Oeste —le dijo Isao, tan pronto escuchó los pasos pesados y lentos del conocido Lord del Norte.
Inu No asintió, completamente seguro de que todo lo que había planeado junto a su hijo estaba saliendo a la perfección y que los por menores no tendrían ninguna importancia por aquel momento; tan pronto los pasos del recién llegado se escucharon con mayor atención, el representante del Este tomó una esquina de aquel salón, recargándose con los brazos cruzados y cerrando los ojos.
Inu comprendió el comportamiento del otro, seguramente estaba haciendo acopio de todas sus fuerzas para no asesinar a aquel lord que había invadido su territorio de la noche a la mañana en busca de apropiarse de sus propios recursos, aún cuando en la antigüedad se habían llevado demasiado bien e incluso apoyado.
Hirosama se quedó en la misma posición, sin moverse ni siquiera un poco, se estaba comportando tan calmado como Sesshōmaru en aquella situación, posiblemente listo en caso de que algo saliera mal y tuviera que abogar por su amigo.
Finalmente, el comandante Kanaye hizo acto de presencia en aquel salón, anteriormente había congeniado con los demás en distintas reuniones "necesarias" para reforzar las buenas relaciones que se mantenían, pero el Lord del Norte siempre fue una persona sumamente difícil de tratar, era un demonio Kappa, su piel era la de un reptil y portaba una armadura aparte del gran caparazón que tenía, también acostumbraba a luchar con dos espadas.
Jamás había sido un lord grosero, en realidad, tenían que admitir que era bastante amable con los demás, pero su carácter siempre fue sumamente complicado. Nunca sabían que esperar de él, por eso, el ataque fue toda una sorpresa para el Este, quién apenas intercambiaba palabras con él en reuniones y quién siempre cuidaba a su pueblo y que estos no atravesaran la evidente frontera que compartían.
El aire de aquella reunión que ya se había mantenido neutral, se volvió nuevamente densa. Todos los involucrados tenían razones de sobra para tenerle un cierto rencor al general, ya sea porque los había invadido o porque su amigo cercano estaba pasando un mal rato por su causa; incluso Inu No que era el más pacifista de todos ellos, tenía que admitir que su presencia no le causaba un agrado del todo, porque no congeniaba con su ideología.
El más neutral en ese momento era Sesshōmaru.
Y él lo sabía.
Por eso fue él quien habló.
—General Kanaye —saludó de forma respetuosa. El general asintió, recibiendo aquel saludo de la mejor forma. Aquel día se veía bastante… tranquilo, a pesar de haber atacado en la mañana a las tierras del Este.
—Heredero del Oeste.
—Lo estábamos esperando —aclaró y decidió que iba a saltarse todos los preliminares que su padre le dijo que tuviera con el recién llegado. Lo mejor era ir directamente al punto, en lugar de alargar aquella escena tensa que existía—. Las tres tierras hemos decidido firmar un tratado de paz —notó como la expresión del recién llegado cambiaba a una dura, quiso ocultar lo que estaba sintiendo, pero no pudo.
—¿Eso en qué posición me deja a mí, señor Sesshōmaru?
—En una evidente desventaja —está vez habló Hirosama, incapaz de contener la rabia que sentía en aquel momento, sumamente molesto por la jugarreta en contra de su gente, de su autoridad y de sus tierras.
—La guerra contra el Este deberá parar tan pronto firme este tratado—retomó la conversación Sesshōmaru, logrando que la atención nuevamente se centrara en él. Dejando que las cosas se enfriaran entre ambos yōkais, aunque fuera un poco.
—¿Y si me niego? —Desafió.
—El lord y general del Sur, Hirosama le prestará sus fuerzas a las tierras del Este —habló Inu no Taishō, soltando algo que sorprendió absolutamente a todos los presentes, Sesshōmaru incluso se permitió sonreír de lado por un instante, completamente consciente de que aquel era su padre, el lord de las tierras del Oeste. Y que aquella guerra estaba ganada, sin necesidad de empezarla.
El general Kanaye estuvo a punto de replicar, pero Inu fue más rápido. Agregó—: Y nosotros, las tierras del Oeste, tenemos un pequeño ejercito en la frontera esperando nuestras órdenes —el tono usado no dejaba lugar a dudas a ninguno.
El Kitsune Isao, desde su posición, se sintió en una deuda eterna con los señores del Oeste.
Sesshōmaru vio como la expresión y todos los planes del lord del norte empezaban a desplomarse, sin siquiera lograr concretarlos. Seguramente en su mente tenía todo un plan detallado de lo que haría cuando lograra debilitar por completo al Este. Pero ahora todo había sido deshecho. Sin necesidad de sangre.
El general Kanaye llamó a uno de sus subordinados con un grito que a nadie asustó y cuando este hizo acto de presencia, recibió la orden de decirle a todo su ejército que se alejara de la frontera con el Este. Que firmaría un tratado de paz y no quería replica alguna.
Después, volteó a mirar a Sesshōmaru esperando que este le tendiera aquel pergamino donde de mala gana accedió a aquella paz de, por lo mínimo, mil años. Siendo cualquier ataque contraproducente para el perpetuador, siendo despojado de su título y de sus tierras sin derecho a replicar por las mismas. Cuando todos firmaron, el pergamino regresó a las garras de su padre, quién fue el último en firmar y les dijo que podían retirarse, siendo el general Kanaye el primero en irse.
El último fue el Este, agradeciéndoles por la estrategia adoptada y diciéndoles que, si necesitaban algo, contaban completamente con él y que estaría en deuda por la eternidad. Y eso era demasiado para un yōkai.
Cuando todo quedó sumido en silencio, padre e hijo se miraron.
—Fue un gran plan —elogió Inu No, sin recibir respuesta alguna. Aunque, a decir verdad, no lo esperaba—. Confiaré en tu plan para anexar esa aldea al Oeste —le dijo, dándole así su permiso total para hacer lo que quisiera en adelante.
Y antes de que abandonara el lugar por completo, sabiendo que era demasiado tarde y seguramente le estaban esperando con impaciencia, de nuevo volteó a ver a su hijo.
—Espero tener la oportunidad de conocer a la sacerdotisa.
—Kagome. —Le dijo Sesshōmaru, sorprendiéndolo—. Su nombre es Kagome.
Inu sonrió.
De verdad quería conocer a la humana que había logrado hacer que su hijo ideara un plan alterno para no tener que hacerla pasar por el dolor de verlo casarse con alguien más.
La humana que había robado el corazón de su hijo.
6.
El amor puede ser una guerra,
pero si estarás a mi lado
portando arco y flecha,
podría soportar el destino que se aproxima.
—Tardes de ocio, BJ.
Después de haber dejado a Kagome en la cabaña que le pertenecía a su abuela y regresado al palacio del Oeste como en tantas ocasiones anteriores, se sorprendió al contemplar que Rin todavía se encontraba despierta, esperándolo. La pequeña estaba enterada de todas las ocasiones en las que él iba a visitar a la sacerdotisa, porque sabía que la extrañaba.
—Señor Sesshōmaru —le saludó. El tiempo que llevaba en el Oeste le había ayudado a hablar más con Jaken y con los sirvientes más cercanos a la niña. Aunque estos no eran muchos.
—Rin.
—¿La señorita Kagome se encuentra bien? —Él podía percibir el cansancio reprimido en el cuerpo de Rin, por lo que empezó a caminar para adentrarse al palacio.
Él asintió y la niña le sonrió abiertamente, en todo el tiempo que llevaba con él trataba de no hacer evidente la falta que la sacerdotisa le hacía, no obstante, esto era demasiado obvio. Sabía que la vida de Rin en la aldea era completamente diferente a la que estaba viviendo en ese momento.
—Está en la aldea —le dijo, sin aclarar a cuál se refería, porque la menor le entendió a la perfección.
—¿Se quedará ahí?
Siguió caminando hasta que la habitación que era ocupada por Rin se divisó en su camino, él volteó a mirarla y la fémina entendió perfectamente lo que quería decirle, que era tarde y debía dormir. No obstante, se mostró firme y decidida a tener una respuesta.
—No lo sé —finalmente le respondió.
Rin caminó hasta su aposento y antes de dar un paso más y dejarse envolver por la oscuridad de aquella habitación, volteó a verlo. —¿Usted puede ayudarla para que se quede?
Sesshōmaru lo piensa antes de asentir, pero finalmente lo hace. Porque no es una afirmación vacía, la sacerdotisa todavía no sabe el plan que han llevado a cabo en el tiempo que ella regresaba a la aldea para ser el soporte de Sara.
Por primera vez, parece que todo se acomoda a su favor.
7.
Al llegar a la aldea al día siguiente y caminar hacia la cabaña donde la sacerdotisa se había quedado, pudo percibir el aroma de Sara saliendo de la misma, todavía pudo observar como la chica caminaba de manera lenta, como si estuviera sumergida en sus pensamientos en ese momento. Aunque no parecía que fuera a dar media vuelta para regresar a la cabaña para seguramente hablar con Kagome.
La observó un momento más, al principio parecía divagar con los pensamientos que le estaban azotando y después… nada. Fue como si todo lo que estuviera pensando al fin tuviera un orden en su cabeza y eso le hizo poner especial atención en el camino que estaba tomando en ese momento, él no tenía que preguntar hacia dónde se dirigía, porque era obvio que regresaría a su hogar con su padre.
—Sesshōmaru —le llamó Kagome saliendo de su hogar finalmente, cuándo volteó a verla, ella le dedicó una típica sonrisa que no terminó de llegarle a los ojos.
Y supo que algo había pasado.
—Kagome.
—Sara acaba de irse —le dijo sin necesidad de alguna pregunta de su parte. Pero sospechaba que Kagome sabía que él ya sabía eso, solo lo había mencionado porque algo quería decirle referente a la visita de la fémina.
Antes de que ella pudiera decirle algo, él se acercó un poco más a ella, siendo quién tomó la iniciativa por aquella ocasión. Le tendió una de sus garras a la sacerdotisa, quién al principio se mostró desconcentrada para después sonrojarse al entender sus intenciones; jamás habían estrechado sus manos durante el día. Todo acercamiento entre ellos siempre se había dado cuando todos dormían y, en algunas ocasiones, en pequeños minutos alejados de los demás.
Pero Kagome tomó su mano con naturalidad, sin pensar en las personas del pueblo que empezaban a despertar. Parecía que igual que la noche anterior, habían mandado a la razón a dormir un rato. Aunque Sesshōmaru sabía plenamente qué ya no existía aquella voz en su cabeza recordándole que tenía que cumplir con la condición de su padre.
Porque ya era libre gracias a aquel tratado.
Pero Kagome necesitaba saberlo para disfrutar de aquella libertad, a su lado.
Caminaron sin que ninguno de los dos continuara su plática, hasta que la sacerdotisa fue capaz de observar que se dirigían al árbol de cerezo que sospechaba le gustaba a Sesshōmaru porque solía verlo en aquel lugar. Sonrió cuando estuvieron finalmente frente a frente en aquel lugar y el Inu yōkai pareció esperar que ella tomara lugar sentándose en el pasto que les rodeaba, apoyándose en el tronco de aquel gran árbol.
—Parece que te gusta este lugar.
Sesshōmaru la miró directamente a los ojos. —Aquí nos conocimos —el sonrojo volvió, ahora con mayor intensidad al entender por qué elegía aquel sitio para estar. Porque era un árbol que significaba algo para Sesshōmaru y la involucraba.
Después de eso, volvió el silencio en lo que ella trataba de calmar el sonrojo que se negaba a desaparecer de sus mejillas. Por aquellos minutos, la conversación con Sara pareció quedar en un segundo o incluso un tercer plano en ese momento, pero tan pronto lo recordó, supo que tenía que decirle a Sesshōmaru.
—Sara dijo que cancelará el compromiso —empezó a hablar y recibió un asentimiento de parte del peliplata.
Le sorprendió que no hubiera ningún comentario de su parte, ¿no debería él de preocuparse al ser expandirse el objetivo central del Oeste?
—Pero —no tuvo que obtener nuevamente su atención, los ojos de él estaban tan centrados en ella que se sentía cohibida—. Me recordó que nuestra aldea necesita la protección del Oeste por la guerra que enfrenta el lord del Este con el Norte.
Esta vez no obtuvo respuesta alguna, pero él se levantó de su lugar, aunque no parecía tener intenciones de irse de ahí; dio un par de pasos para quedar frente a ella. Kagome observó todo con atención, con la duda en su mente de porque el cambio de actitud en el peliplata.
—Acorralamos al lord del norte —le explicó y la expresión de Kagome reflejó completamente su sorpresa. La sacerdotisa parecía tardar en procesar lo que le estaba diciendo, aún más porque nadie tenía conocimiento sobre aquello.
—¿Cómo? —Parpadeó un par de veces antes de hacer su siguiente pregunta—: ¿Cuándo?
—Hace unos días —aclaró—. Lo obligamos a firmar un tratado de paz.
—¿Eso quiere decir que todo ha terminado? —Él asintió y cuando Kagome pareció entender lo que le había dicho por completo, se puso de pie, empezando a caminar—. ¿Por qué no lo sabía? —Preguntó, aunque más parecía una pregunta para ella misma que para él—. Debo ir con mi hermana, estará ocupada con los heridos que quedaron, enterrando personas y… —cuando volteó a verlo, Sesshōmaru parecía estar estudiando sus movimientos.
—¿Qué sucederá con esta aldea, Sessh? Todavía no…
—¿Qué fue lo que mencionó Sara?
El sonrojo volvió a ella, con las palabras de la mujer dando vueltas en su cabeza en ese momento. —Que me concedía esa responsabilidad.
Sesshōmaru, debía ser sincero y decir que Sara había tomado una mejor decisión de la que alguna vez hubiera esperado y supo que aquella amistad que había empezado a fragmentarse, sólo necesitaba tiempo y mucha paciencia entre ambas. Que las estaciones podrían ser buenas para ambas chicas en un futuro. Porque ambas se seguían queriendo.
Miró nuevamente a la sacerdotisa, parecía estar debatiendo sobre algo y aquella actitud, era una nueva faceta en la aquella chica.
—Podemos firmar un tratado. —Le dijo, aunque la intención era hacerla preguntar por el matrimonio o por ver una nueva reacción en ella.
Sintió a Kagome estudiar lo que acababa de decirle, volteó a ver a las personas de la aldea que estaban iniciando sus actividades y parecían ajenos a la conversación que tenían ambos sobre el futuro que les esperaba. Por un instante, sintió que aquella idea no era tan buena como se escuchaba, las personas podrían llegar a considerar que el Oeste los estaba invadiendo, más que incorporarlos a sus propias tierras.
Suspiró.
—¿Tenemos otra opción? —Aunque, claramente, Kagome sabía cuál era.
Taishō asintió. —El acuerdo inicial.
Kagome entonces lo miró, esperando algún otro comentario de él, probablemente un pero porque ya tenía otra opción previa. Sin embargo, no encontró absolutamente nada, ni siquiera parecía a punto de retractarse de sus palabras y si lo pensaba con detenimiento, jamás había escuchado a Sesshōmaru arrepentirse de sus palabras.
—¿Podemos esperar? No quiero dejar a Kikyō sola.
Él asintió, tenían tiempo.
Todo el necesario.
Y cuando regresaron a la aldea en busca de caballo que llevaría a la sacerdotisa con su hermana, esta se volteó a verlo, preguntándole si la acompañaría hasta las tierras del Este, donde no solamente estaba Kikyō, sino todos los monjes y sacerdotisa que terminaron siendo sus amigos después de dos meses en aquel lugar, sobreviviendo.
Y Sesshōmaru volvió a asentir, pero esta vez no la dejaría sola en aquella aldea, sino que se quedaría con ella hasta que todo estuviera lo suficientemente listo; Kagome se encontró con Kaede, explicándole que la guerra finalmente había llegado a su fin entre el Este y el Norte y le explicó que quería regresar con su hermana para ayudarla cuanto antes, pero tampoco quería dejarla sola por la reciente muerte de la madre de Sara.
No obstante, Kaede le dijo —cómo en tantas ocasiones previas— que no se preocupara por ella y que fuera con su hermana. Que el golpe había sido reciente y le dolía saber que alguien con la que convivió tanto y esperó que se recuperara, como lo era la madre de Sara, hubiera muerto. Pero sabía que era parte del ciclo de la vida y que tarde o temprano todos tendrían el mismo destino.
—Volveremos antes de que tengas oportunidad de extrañarnos —le prometió.
Kaede asintió y le despidió con una sonrisa, confiando en sus palabras.
Y antes de que el silencio se apropiara de su camino, Kagome lo rompió, preguntándole cómo habían llegado a la conclusión de acorralar al lord del Norte después de casi dos años que él llevaba atormentando a las tierras del Este, Sesshōmaru al principio pareció analizar su respuesta, por lo que permaneció callado durante unos cuantos pasos y la sacerdotisa se preguntó sino era mejor opción cambiar de pregunta.
—No quería casarme con Sara —le mencionó y aquello hizo eco en los pensamientos de la sacerdotisa.
Y, aunque no era una declaración directa, porque ninguno de los dos había sido abierto con el otro, con los sentimientos que habían empezado a desarrollarse, la sacerdotisa parecía entender qué, haberle confesado a Sara que estaba enamorada del Inu yōkai no había sido una mala idea. Que sus sentimientos parecían correspondidos, aunque no hubiera escuchado unas palabras similares de sus labios.
Y sonrió, a pesar del tiempo que les había tomado llegar hasta el punto donde estaban, pero podía sentir la diferencia que empezaba a haber en la rutina que mantenían juntos; sus preguntas parecían tener respuestas más concretas y sinceras. Y su timidez parecía quedar en segundo plano. Ya no esperando que él actuara si quería estar a su lado, sino directamente proponiéndoselo. Por eso le había preguntado si la acompañaría nuevamente.
No quería pasar más tiempo lejos de él.
Y sospechaba qué eso ya no pasaría
Y el resto del camino fueron conversaciones esporádicas entre ambos, donde la mayoría de las preguntas las hacia Kagome y era referente a cosas completamente triviales, llegó incluso a preguntarle acerca del palacio del Oeste donde se encontraba en ese momento Rin, Sesshōmaru si le respondió, no obstante, no era la clase de conversador que te daba detalles acerca de las cosas, sino que era demasiado directo cuando respondía.
En aquel trayecto, llegó a saber qué Rin tenía una habitación para ella sola y que estaba al cuidado del sirviente más fiel que Sesshōmaru tenía en sus filas: Jaken. También supo que antes de que el tratado fuera firmado, Sesshōmaru había soltado a su demonio dragón en caso de que tuviera que poner a salvo a la pequeña si el lord del Norte se negaba a obedecerlos. A pesar de que estaría en una obvia desventaja.
Kagome le pidió a Sesshōmaru que se lo recordara para en el futuro agradecerle a Jaken por tan buena labor, sin embargo, el Inu yōkai le dijo que no era necesario, que Rin era lo suficientemente agradecida con él todos los días y Kagome, por algo que no supo explicar, terminó riendo en medio de aquel viaje.
Su risa esporádica pareció rodearlos a ambos, recordarles que estaban solos aún en medio de un camino terriblemente largo y que se tenían el uno al otro junto con momentos así; donde sus principales preocupaciones podrían ser solamente que Rin estuviera bien y que Jaken pudiera aguantarle el ritmo a la niña. Y aquello, debían admitir, era la descripción perfecta de felicidad.
—La abuela me había comentado que se notaba que Rin era una niña bastante alegre anteriormente —le confesó, todavía con la sonrisa quedando en su rostro después de la risa—. Pero creo que Jaken tuvo que descubrirlo por si solo —Sesshōmaru asintió y no le dijo absolutamente nada más, aunque a su mente volvió un día en específico donde Jaken mencionó que Rin tenía más energía de la que hubiera esperado y qué, él siendo un demonio bastante grande, terminaba terriblemente cansado.
Y Sesshōmaru jamás lo había visto así.
—Aunque si ha podido encariñarse con ustedes de aquella forma —continuó la sacerdotisa—, es porque le gusta estar ahí.
—Podríamos hacerle compañía.
Kagome le sonrió abiertamente, entendiendo. —Me encantaría.
8.
Y cuando la noche cayó sobre ambos, sabían que tenían que buscar un pequeño lugar donde pasar la noche que fuera suficiente para los dos. Habían avanzado bastante en el camino hacia el este, pero todavía les quedaba medio día o un poco más de viaje, aunque esto se hubiera ahorrado si hubieran decidido seguir de noche. Kagome sabía que no habría de que preocuparse si Sesshōmaru estaba a su lado, ayudando a combatir demonios que pudieran aparecer, aquellos que ella no hubiera podido ver o sentir estando sola. Sin embargo, los dos parecían esperar con ansias cuando la noche llegara finalmente, no solo para descansar de aquel recorrido, sino para tener una cercanía más próxima, tal y como lo habían hecho la primera vez que Rin los acompañó.
Esta vez, no hubo necesidad de buscar la forma de hacer fuego porque no estaba lloviendo, las estrellas adornaban el firmamento, dando un espectáculo digno de contemplar durante gran parte de la noche. Kagome, en ese momento, pudo darse cuenta de que Sesshōmaru parecía mirar el firmamento con suma atención, como si le gustara tanto que no pudiera esconderlo o estuviera pensando en algo. Sea como sea, mirarlo de aquella forma, le gustaba.
Se acercó a él, sentándose a su lado también mirando el firmamento, intentando descubrir algo que le cautivara tanto como a él. Fueron unos segundos los que él tardó en pasar su estola sobre los hombros de Kagome, acercando la aún más a él y dejando que ella se recostara sobre su cuerpo, esperando que el sueño hiciera acto de presencia en ella.
Sesshōmaru se quedaría así, velando su sueño y su seguridad, aunque dudaba que alguien se atreviera a romper el tratado a esas alturas.
—Podrías haber llegado ya al este, ¿no es así? —Justo antes de responderle, volteó a verla, sus ojos ya se encontraban cerrados, pero había una sonrisa en su rostro, de una risa reprimida.
—Antes del atardecer. —Asintió.
Higurashi dio un asentimiento lentamente, producto del cansancio que empezaba a invadirle después de tantas noches de desvelos.
—¿No es aburrido viajar de esta manera?
—La compañía es agradable.
Esta vez, Kagome si abrió los ojos, pensando que lo que acababa de decir no era más que una alucinación gracias al cansancio que habitaba en ella. No obstante, se encontró frente a frente con los ámbares ojos de Sesshōmaru. Sintió el calor nuevamente subir a sus mejillas y el contacto de los labios del contrario con los propios no se hizo esperar.
Si lo pensaba en retrospectiva, incluso si tuviera que contárselo a su yo que era una aprendiz de sacerdotisa, no se lo creería. ¿Por qué todo lo que había vivido la llevaba a estar en ese momento en los brazos de Sesshōmaru, un yōkai y, aparte de todo, el lord de las tierras del Oeste? No había respuesta alguna, ni siquiera sabía a esas alturas si las quería. Porque el futuro siempre había sido de esa manera: incierto, un juego de azar donde algunos tienen suerte y otros, deciden esperar hasta que esta aparezca en sus vidas, brindándoles un momento de felicidad.
Pero Kagome se sentía la persona más afortunada en ese momento. Después de todo lo que tuvo que contemplar, de todos esos días donde la duda la embargaba y la hacía sentir la peor persona del mundo, ahora estaba bajo un cielo estrellado, en brazos de la persona de la cual estaba enamorada y sabiendo que seguirían juntos en un futuro. Porque tal vez nada estaba sentado por completo, pero confiaba en Sesshōmaru, confiaba en qué no importaria dónde fuera, estaría ahí, junto a ella. De forma lejana o cercana, pero siempre ahí.
Y aquello era más de lo que alguna vez podría pedir.
Y Sesshōmaru, estando ahí a su lado, debía admitir que los humanos jamás habían sido de su agrado, sin embargo, debía admitir qué, al igual que su padre, había caído bajo los encantos de una en especial; la sacerdotisa que en ese momento tenía entre sus brazos. La humana que nuevamente reposaba en su pecho, que mantenía los ojos cerrados, aunque sus mejillas seguían rojas y aquello le daba una mejor apariencia bajo sus ojos.
Cautivado por una humana, pensó mientras una de sus garras se dirigía hasta el cabello femenino y lo acomodaba, Kagome ya no sintió su tacto, rendida ante el cansancio que presentaba; cautivado lo suficiente para buscar una alternativa para no hacerle pasar por el dolor de verlo con alguien más. Cautivado lo suficiente para estar en ese momento a su lado, viajando al Este para ayudar a las personas que todavía estaban ahí.
Pero no había arrepentimiento alguno, de eso estaba seguro. No podía sentir en ningún momento que había tomado una mala decisión, ni siquiera lo vio así cuando besó por primera vez a la sacerdotisa.
Porque estar deslumbrado por una humana no era tan malo como lo imaginó alguna vez.
No si esa humana era Kagome.
No si estaba dispuesto a todo por ella. Así como ella por él.
Al final, haber llegado a esa aldea atraído por una voz femenina que se encontraba debajo de un árbol de cerezo no fue una mala elección después de todo. Como no lo fueron todas las demás que le siguieron.
Porque si estaba ahí, a su lado, todo había valido la pena.
Seguía valiendo la pena, por ella.
Y se encargarían de que así siguiera siendo, por los días que les hicieran falta hasta que pudiera llamarla oficialmente la Lady del Oeste.
Continuará.
Soy fiel creyente de que hay capítulos fáciles de escribir, parece que se crean solos, a su antojo. Por el contrario, creo que hay capítulos que cuestan bastante, que una sola idea da vueltas y no logra como encontrar transmitirse. Este capítulo es de este último tipo. Fue bastante tedioso para mí, complicado y al final puedo decir que le tengo cierto aprecio al mismo.
No tengo más que decir, gracias por esperar que actualizara, aunque sé que demoré bastante en esta ocasión. Incluso hoy, que estoy actualizando la historia, no quería hacerlo. También, creo que hay ausencias que provocan que escribas, que cuando las personas se van dejan tanto dentro de nosotros, tanto que quisiéramos decirles que todo eso termina saliendo de una forma u otra. Cuya ausencia solo es material de inspiración. Y otras ausencias que te dejan tan vacíos que no tienes nada más que decir, porque la parte de ti que amaba escribir para ellos, también se va en sus maletas. Y recuperar aquello, cuesta más de lo que queremos admitir. Pero bueno, decidí actualizar porque en un futuro puedo reírme de esto o recordar que le tuve miedo a un lunes 13 de julio de 2020 solo por lo que representaba.
Espero de todo corazón que todos se encuentren bien, que estén tomando las medidas que sean necesarias para mantenerse sanos y a los suyos también. Un abrazo telepático para cada uno. ¡Nos leemos próximamente!
