La reina de tus caprichos
- ¿Me has visto? –inquiriste un poco desubicado, con los papeles en las manos y las lentes en tu cara. Sentí un "déjà vu", hacía mucho tiempo que no te veía con ellas.
- Sí, en la ducha –repuse menos agresiva–. Iba a entrar a ducharme… y bueno… Te vi –musité. No podía haber tenido mi bocaza cerrada, no ¿Qué había pretendido al vociferar de aquel modo? ¡Menudo intento de hacer las paces!-. Bueno, como ya has acabado, voy… voy a ducharme –Me levanté de la cama, amarrando la sábana, para evitar que me vieras en un ataque absurdo de pudor ¡Pero si te había tenido voraz entre mis muslos! ¿Qué podías ver que no hubieras visto ya? Solo deseaba tranquilizarme y hablar contigo en calma, y sobre todo, vestida. Pero cuando estaba a punto de entrar, recordé algo y me volví hacia ti.
En todo ese rato habías seguido mis movimientos, mudo, sin excusarte, sin atacarme, y conseguí el valor para verte más directamente y analizar tu expresión. Era algo indeterminada, me recordó a la forma en qué solías observarme en el apartamento, cuando yo te hablaba, entusiasmada o me desahogaba, sobre Terry ¿Podía ser que en aquellos momentos estuvieras luchando por contener tus emociones? ¿Tan ciega había estado estos pasados años? ¿Cómo podía haber sido tan insensible contigo? En aquel momento cambiaste ligeramente el gesto, levantando las cejas a modo de interrogación, pues yo aún seguía estudiándote, y era obvio que no tenías intención alguna de justificarte o explicar lo evidente.
- Antes, ¿Podías ayudarme a cortar mi melena? Si no, luego tendré que volver a ducharme, y además, no me atrevo a hacerlo yo sola, especialmente la parte de atrás –Recordé el tema pendiente.
- Sí. No hay problema –Me pareció notarte levemente aliviado, mientras te levantabas, tranquilo, de la silla y la ponías frente a mí-. Será mejor que te la corte aquí fuera, luego ya recogeré el cabello. Así no embozaremos el desagüe.
Giré el nudo de la sábana de atrás hacía adelante y me senté, apoyando mis brazos en el respaldo.
- Primero te lavaré el pelo -Añadiste con suavidad-, irá mejor para no dejarte trasquilones. Traeré las cosas para hacerlo, no hará falta que te muevas –Desapareciste un momento en el aseo y oí como llenabas el recipiente. Apareciste con el taburete, la pastilla de jabón y el peine. Luego con la enorme palangana, llena de agua, que colocaste sobre la banqueta a mi espalda. Y por último tomaste la jarra de beber de la mesita de noche y la dejaste a tu alcance, sobre el escritorio- Tira la cabeza hacia atrás -ordenaste apacible- No te preocupes, yo te sujetaré para que no te caigas -Así lo hice, notando como tus dedos me tomaban por la nuca con cuidado y con la otra mano asías la jarra-. Cierra los ojos para que no te entre agua -Tu voz sonaba como una caricia y logró sosegarme.
- Mmm –murmuré asintiendo y haciendo como me decías. La forma en que me tratabas, pese a tu enfado, me hería aún más, pues no lograba comprender el contraste. Tomabas mi cabeza con suma delicadeza, dejando caer con cuidado el agua, humedeciendo lentamente mi sentenciada melena. El chorro filtrado resonaba dentro del recipiente metálico, relajándome aún más por la parsimonia del ritmo con que caía– Si me amas ¿Por qué te empeñas en seguir enojado conmigo? –Por fin me atrevía a abordarte. Tras notar como cesabas en tus movimientos y unos breves instantes de mutismo, abrí los ojos para descubrir dolor en los tuyos.
- Porque ya no sé si puedo confiar en ti. Cierra los ojos, por favor –Esta vez el agua cayó en mi frente menos contenida. Subiste mi nuca y por el sonido deduje que estabas frotando el jabón para hacer espuma. Después empezaste a masajear en la raíz, por todo el cuero, lento e intenso pero sin apretar en demasía, para ir extendiéndote por las hebras hasta las puntas. Cuando ya empezaba a adormilarme me dirigiste, con cuidado, otra vez, hacía atrás, repitiendo el primer ritual. Luego dejaste la jarra, levantaste mi cabeza, empujando delicadamente, y fuiste a buscar una toalla– Ten. Sécalo un poco -El tono rompió el hechizo.
Tomé con desagrado la toalla- ¿Por qué dices que no sabes si puedes confiar en mí? ¿Acaso no te he apoyado yo siempre también? –Tu parca confesión me había dolido, recordando cuanto llegué a luchar, para evitar que acabaras en la calle y desatendido, durante tu amnesia.
- No lo digo en ese sentido –Habías tomado el peine para empezar a cardar mi cabello. Al verlo, sentí un poco de aprensión, con lo difícil que era tratarlo y los tirones que siempre me daba Dorothy y tú persistiendo en tu enfado, no me fiaba.
- Pues ahora soy yo la que no se fía ¿No irás a vengarte con mis rizos? –Te encaré medio en serio medio en broma.
- ¡Oh vamos! Como si no me conocieras –protestaste genuinamente molesto.
- ¡Lo mismo podría decir yo! –Me defendí, sin perder de vista el utensilio. Resoplando giraste con cuidado mi cara al frente, apoyaste una de tus manos en mi testa y empezaste a trabajar cada mechón con el peine, sorprendiéndome en tu destreza- ¡Wow! ¿Cómo haces eso? –no pude contenerme.
- ¿El qué?
- Peinar así, sin dar tirones -te alabé, relajándome de nuevo en tus manos.
- Solía peinar a mi hermana, ella tenía una cabellera igual de hermosa que la tuya -me adulaste-, era como un juego; mientras, ella me explicaba recuerdos de nuestros padres.
- Mmm, se te da muy bien -confesé medio adormecida.
- Bueno, ya está. Ahora empezaré a cortar. Te lo dejaré bastante corto, por si en algún momento nos interesa que te hagas pasar por un chico...
- ¿Qué? -Me despejé del susto- ¿Y por qué me tendría que hacer pasar por un chico?
- ¡Lo ves! Por eso no quería llevarte. Si vas a estar cuestionándome a cada paso y por nimiedades, ¿Cómo quieres que confíe en que harás lo que te pida sin poner tu vida en peligro? Candy esto no es ningún juego, a donde vamos mueren personas cada día y tampoco sabremos exactamente en quien confiar. Varios de mis contactos han muerto por represalias de ambos bandos. No es lo mismo que cuando te escapaste del internado -argumentaste agitado.
- ¿Es por eso que sigues enfadado? ¿Por qué crees que no te haré caso y que nos pondré en peligro? -Me entristecí. Yo seguía confiando en ti, era solo que necesitaba comprender por qué querías hacer ciertas cosas. Pero estaba dispuesta a acatar lo que fuera necesario para encontrar a Stear y sobrevivir.
- Sí -Noté el primer corte, luego siguieron varios más en silencio.
- ¿Pero me sigues queriendo? -Me animé a preguntar con cierta timidez. Paraste un momento.
- ¿Tú qué crees? -Proseguiste. Cada vez me notaba más ligera.
- Ya no lo sé, ... Dijiste que rompías nuestro compromiso... -respondí insegura.
- No es tan fácil olvidar a alguien que se te ha colado bajo la piel... -añadiste acariciando ligeramente mi desnuda espalda, con el dorso de tu mano, para después dar el último corte, mientras un escalofrío me recorría entera- Ya está, ya he acabado. Dúchate y yo recogeré esto -Miré hacia mis pies que se encontraban, ahora, enterrados en una alfombra de rizos dorados.
- Pues entonces, no lo hagas -Me levanté y me atreví a robarte un beso antes de perderme dentro del aseo y cerrar la puerta tras de mí. Mi corazón latía acelerado y solo rezaba para que continuaras allí cuando yo saliera- ¡Ahhhhhh! -chillé.
- Candy ¿Qué pasa? -Abriste la puerta asustado.
- Parezco un chico o una hombruna -protesté mirando mi reflejo.
- Créeme, eso es difícil de creer -me contradijiste mientras recorrías mi desnuda figura con tu mirada.
- ¿Qué? ¡Sal de aquí ahora mismo! -Te empujé al darme cuenta- Te prohíbo que me veas así si no estás dispuesto a hacer las paces conmigo -Y cerré de un portazo.
Volviste a asomar riendo al fin- ¿Sabes que yo podría decirte lo mismo? -Y cerraste otra vez, evitando que te diera una pastilla de jabón.
- ¡Desvergonzado! -Volví a gritar a través de la puerta. Tus carcajadas resonaron al otro lado, y por fin recobré la sonrisa en mi rostro.
- Está bien. Me rindo. Es imposible continuar enfadado contigo -Te escuché- Sabes que te amo Candy.
Abrí la puerta y casi te caes sobre mí, al estar apoyado en ella con los brazos cruzados- ¡Vuélvelo a decir! -te exigí. Te giraste y me sonreíste, agarrándote con ambas manos al marco de la puerta- Es imposible continuar enfadado contigo y te amo.
- ¿Y? -Ingenuamente crucé mis brazos, sin calcular la exposición de mis pechos- ¿Eso es todo? -Te atrapé dejando caer tu mirada y me cubrí al percatarme, recuperando tu atención.
- Y -pausaste-, no quiero romper contigo, quiero sigas siendo mi prometida y futura esposa... si salimos de esta -Bromeaste oscuramente- ¿Satisfecha? -Me sonreíste confiado. Demasiado confiado valoré, después de los días que me habías dado.
- Aún no -Te volví a empujar, sacándote del todo del baño, regocijándome en tu cara de asombro-, cuando acabe con mi aseo, te diré como puedes dejarme realmente satisfecha... -Cerré, esta vez con pestillo.
Continuará...
