No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Mariel Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.

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El restaurante estaba atestado para ser un día de semana. Tenía una hermosa terraza con vista al mar. A Edward le encantaba esa ciudad, pues casi todo lo que sobrepasara los quince pisos tenía vista al océano. Le recordaba a su querida Habana, sus primeros años, donde había sido feliz hasta que… Mejor no recordar a su madre.

Cenaron liviano. Estaban agotados después de haber pasado la tarde en la cama. Y no durmiendo, precisamente. A pesar de eso, cuando él le preguntó qué deseaba de postre, Isabella se vio tentada de responderle "a ti". Sin embargo, pidió un helado.

De "fresa", claro.

Él parecía ausente, hacía rato que no decía demasiado.

¿Qué le pasaría?

—¿Todo bien, Edward?

Él la miró fijamente. Qué hermosa mujer. La amaba, la adoraba. Era todo para él. Por eso estaba aterrorizado… Tenía tanto miedo de que le dijera que no cuando le pidiera que se casara con él. No podría resistirlo. Jamás imaginó que iba a estar en esa situación, casi de rodillas suplicándole a una chica tan joven que interrumpiese su adolescencia para ser su esposa. Si fuese su padre, la emprendería a golpes con quien osara arrebatársela tan pronto. Pero no podía evitarlo.

Ya he hecho lo que he querido con su maravilloso cuerpo. Lo he tenido como se me ha antojado. Pero eso no basta, quiero su alma, quiero todo. Quiero poner mi sello en su piel, para que todos sepan que Isabella es sólo mía, pensaba mientras se aclaraba la voz y respondía:

—Tengo algo para ti.

—¿Otro regalo? Edward, ¿no te parece que ya me has dado demasiadas cosas? Vainilla, el colgante, la BlackBerry, los…

—No es ese tipo de regalo. Igual continuaré dándote cosas, pues me da placer y puedo hacerlo. Tú me has dado cosas más valiosas y no me quejo.

—¿Cómo qué? —preguntó ella confundida. Nunca le había comprado nada, no sabía qué podía obsequiarle que él no tuviera ya.

—¿Como qué, preguntas? Bueno, tus bragas. El poema. Tu virginidad. ¿Te parece poco?

Ella sonrió y no supo qué decir. No lo había visto de ese modo.

—Yo no te he dado nada comparado con lo que tú me diste. Pero esto que tengo aquí, es distinto — prosiguió Edward y extrajo una pequeña caja del bolsillo de su chaqueta.

Isabella respiró hondo. Una joya… No sabía cómo iba a explicarle a Marie lo de la ropa, y ahora le daría una joya. Tendría que mantenerla oculta.

Pero Edward, ante el asombro de ella, no le entregó la cajita. Se limitó a abrirla y mostrarle su contenido.

Isabella bajó la vista y vio el anillo. Era una fina sortija con un pequeño brillante.

Ella no sabía distinguir un diamante de una circonia, pero se dio cuenta de que era algo muy valioso. Aun así, jamás se le cruzó por la mente la pregunta que Edward le haría.

—Isabella… ¿te casarías conmigo?

La voz sonó extraña, y le temblaba la mano. Así de conmovido estaba.

Ella sintió que la tierra se hundía bajo sus pies. Su corazón había dejado de latir.

Creyó que estaba soñando. Se aferró a la servilleta para sentir algo real, algo palpable, porque a su alrededor todo era confuso, como en una neblina. Lo único que estaba definido ante sus ojos era Edward, y la sortija que tenía en la mano. A duras penas logró articular una frase…

—¿Por qué? –susurró.

Diablos, él no se esperaba una pregunta. Él quería una respuesta. ¿Por qué? Bueno, podía con eso, le sobraban los motivos, le diría por qué.

—Porque te amo más que a mi vida. Porque lo último que quiero ver antes de dormir y lo primero al despertarme es tu bello rostro, mi amor. Porque eres la persona más fascinante que he conocido, y lo único que hago es pensar en ti. Estás en cada uno de mis actos, estás dentro de mí. Eres tan especial, Isabella.

Le brillaban los ojos. De pronto recordó algo de su Cuba natal:

—Cuando tú naciste los ángeles cantaron… Así de especial eres. Tú eres única. Desde que llegaste a mi vida, todo cambió. Amo todo lo que me ha ocurrido, incluso el sufrimiento ha cobrado sentido, porque todo me condujo a ti, a este momento…

Las lágrimas rodaban por las mejillas de Isabella.

—¿Por qué lloras, mi cielo? —preguntó angustiado.

Isabella no respondió. Se puso en pie y rodeó la mesa. Él retiró la silla para incorporarse también. Ella lo detuvo e inmediatamente se sentó en sus rodillas. Tomó el rostro de Edward entre sus manos, acercó el suyo y susurró sobre su boca:

—Sí.

Y lo besó. Sus labios sabían a sal, y Edward la oprimió contra su cuerpo. Le colocó el anillo y todos los que presenciaron la escena irrumpieron en sonoros aplausos.

Isabella se ruborizó y mirándolo a los ojos, preguntó:

—¿Cuándo?

—¿Cuándo? Mañana. Cuanto antes. Pero ahora, Princesa, haz el favor de volver a tu lugar. Ya sabes…

—Ajá, el animal que llevas ahí. Lo conozco y siento que ha despertado—le dijo guiñándole un ojo mientras regresaba a su silla.

—Aprendes rápido, mi cielo. ¿De verdad lo harás? ¿Te casarás conmigo?

—Puedes apostarlo. Te amo, te adoro, Edward. Y quiero vivir contigo… Quiero estar siempre a tu lado, mi amor.

Edward estaba eufórico. Bella en cambio se puso pálida de pronto.

Marie. Mierda. No había pensado en Marie.

Él adivinó lo que pasó por su mente.

—Bella, tranquila. Eres mayor de edad, Marie no puede oponerse.

No la conocía. Diablos. Enfrentarla no iba a ser fácil. Lo mejor sería tomar el toro por las astas, y hacerlo cuanto antes.

—Edward, llévame a casa. Debemos decírselo ahora —dijo Isabella con un suspiro. Iba a ser una conversación complicada, lo presentía.

Edward cumplió con la tradición y pidió a Marie la mano de Isabella, para ablandarla un poco. Se imaginaban que habría algo de resistencia. Pero la respuesta fue terminante:

—No.

Se miraron incrédulos, pues nunca pensaron que la negativa iba a ser tan categórica.

—Abuela, no empieces.

—He dicho que no.

Edward las observaba. Miraba a una y a otra. Parecía un espectador de un partido de ping pong. Marie estaba lívida y Isabella roja como un tomate. Distintos colores, pero el mismo sentimiento: la furia.

—Mira Marie, Edward y yo nos casaremos en marzo, te guste o no.

—Puedes hacerlo, pero no cuentes conmigo porque no iré.

Isabella estaba a punto de llorar, y Edward vio cuán importante era su abuela para ella. El hecho de que se mantuviese ajena, negándose a dar su consentimiento, le haría mucho daño… Y él no quería que nada la dañara. Decidió interceder.

—Marie —ella lo miró echando fuego por los ojos, pero él no se amedrentó—. Sólo dígame por qué.

—¿Por qué? ¿Me preguntas por qué? Pues te lo diré. Primero que nada, porque apenas se conocen. Y segundo y no por eso menos importante, ¡porque Isabella es demasiado joven!

Edward notó que Marie estaba desesperada. Pudo ver el miedo a perder a Isabella reflejado en sus ojos. Se sintió identificado, pues él vivía con ese temor cada día.

Tendría que manipularla un poco si quería lograr su objetivo.

—Tiene razón, Marie— admitió, conciliador.

—¡Qué! —exclamó Isabella. Edward estaba loco. ¿Adónde quería llegar?

Él no la miró. Continuó dirigiéndose a Marie, que había suavizado un poco la mirada.

—En serio, tiene razón. Pero sólo en un aspecto: Isabella es demasiado joven, es cierto. Pero no es verdad que no nos conocemos. Nos conocemos bien, y a medida que pase el tiempo querremos conocernos mejor…

Marie quedó helada. Este Edward era un demonio. La estaba acorralando vilmente.

Ella entendió el mensaje: si no se casaba pronto con Bella, rompería su promesa. Eso no, eso nunca. Su nieta se casaría virgen igual que su madre. Era muy difícil echarse atrás después de haberse negado de esa forma, pero sabía que debía acceder, porque este maldito lo primero que haría sería llevarse a su niña a la cama. Maldición. Estaba frita, pero no se rendiría sin luchar.

—Pero tú mismo has dicho que es demasiado joven —intentó argumentar.

Ahí intervino Isabella.

—No lo soy. Mamá tenía diecinueve cuando se casó con mi padre. Y fueron muy felices.

A Marie se le llenaron los ojos de lágrimas. Era verdad. Renee se había casado a los diecinueve, y ella se había opuesto a ese matrimonio desde el primer día, exactamente igual que lo hacía ahora con su nieta. Esa encaprichada negativa sólo la iba a alejar más de Bella. Levantó la cabeza, y miró a Edward a los ojos.

—Está bien. Pero no en marzo. Deberán esperar a que Isabella cumpla los diecinueve. Podrán casarse después de noviembre —sentenció.

Tenía que tener la última palabra, ya había cedido bastante.

—Abuela… por favor.

—Es mi última oferta. No quiero oír más. Si esperan hasta noviembre, les daré mi consentimiento e iré a la boda. Es una promesa.

Y miró a Edward cuando dijo la última frase. Quería que recordara la que él le había hecho aquella tarde, y respetara la virginidad de Bella.

Y Edward entendió el mensaje, pero…

"Ya es demasiado tarde, Marie. Lo siento. Lo intenté, pero… Oh, ¿a quién quiero engañar? Ni se me cruzó por la mente cumplir esa promesa. Con una mujer como Bella, hubiese sido una utopía. Haré lo de Pokerface, pondré cara de nada y que Dios me perdone, porque continuaré faltándole el respeto cada vez que me sea posible".

—Por mí está bien —accedió, muy serio.

Isabella lo miró asombrada. ¿Hablaba en serio? ¿Tan rápido se iba a rendir?

—Edward, no es necesario. Si tú quieres tomo mis cosas y me voy a tu casa.

La mirada que él le echó fue suficiente para callarla.

—Marie, haremos lo que nos pide. Nos casaremos el cuatro de noviembre, exactamente un día después de que Isabella cumpla los diecinueve.

Y dirigiéndose a Bella:

—Es lo mejor, Princesa. Hay que esperar, pero bueno, sé que valdrá la pena… — y sin que Marie lo viera le guiñó un ojo.

Ella no tenía idea de por qué él le guiñaba un ojo, ni por qué había accedido a los deseos de su déspota abuela.

Se despidieron en la puerta, con un beso en la mejilla, ante la atenta mirada de Marie, que en los meses siguientes no les perdería el rastro. Vigilaría muy de cerca a esos dos.

"Isabella se casará virgen. Como que me llamo Marie de Dewey, mi nieta se casará virgen", se dijo.

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¡Pobre abuela Marie! No sabe que Bella ya está más que estrenada jajajaja Ya tenía que no actualizaba esta historia jajaja lamento eso, pero nos pondremos al corriente en poco tiempo… aun nos quedan algunos caps para disfrutar.

¿Qué opinan del cap? No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!