Disclaimer: Todo pertenece a J.K. Como mucho, podría decir que Silvia es mía, pero se gasta un carácter que cualquiera se lo dice.
Como siempre, aunque pueda sonar pesado, gracias por los reviews. Me hace muchísima ilusión recibirlos y leer vuestras impresiones y opiniones. Muchas muchas gracias.
Hoy no hay avisos de ningún tipo, entramos en las últimas 40 páginas (de Word) de la historia.
CAPÍTULO DIECIOCHO
Harry se dirigió hacia su taquilla y se cambió. Había conseguido evitar a Silvia a lo largo de la mañana, ya que sabía que iba a querer curiosear sobre Draco y no estaba seguro de querer contestar a todas las preguntas que iba a hacerle. O poder, que para el caso era lo mismo. Sacó la ropa limpia de su mochila y, quitándose la toalla de la cintura, se frotó brevemente el pelo antes de echarla por el agujero que conectaba con el contenedor de la lavandería.
Se cambió rápidamente, cerró la taquilla y salió al pasillo, revolviéndose el pelo para facilitar que se secase más rápido. Con decisión, caminó hacia la salida del hospital. Si se daba suficiente prisa…
—¡Potter! —Resignado, se dio media vuelta y vio a un residente del servicio de Hematología.
—Hola, Crane. ¿Qué ocurre?
—El otro día olvidaste firmarme el volante de la ficha de análisis. Ya sabes, para administración.
—¡Ah! Disculpa –dijo Harry haciendo un garabato encima.
—Gracias, Potter. ¡Qué tengas buena tarde!
—Igualmente —se despidió con un gesto, dirigiéndose de nuevo a la salida.
—¡Harry! —ahí estaba, la voz de Silvia. Suspiró derrotado y se dio media vuelta.
—Casi lo consigo —bromeó Harry con una mueca.
—Yo también creía que te escapabas —contestó ella sin rencor—. Lo has hecho muy bien.
Salieron juntos del hospital y anduvieron un rato en la misma dirección. Silvia iba extrañamente silenciosa, algo que le sorprendió, pues esperaba una batería de preguntas comprometedoras. Cuando llegaron a la esquina donde debían separarse, ya que Silvia tenía que coger el subterráneo, se pararon.
—Harry…
—Silvia —le interrumpió—, sé que quieres hacerme muchas preguntas. Pero no sé si puedo o si quiero contestarlas.
—¿Por eso has huido de mí todo el día? —Harry asintió—. Lo imaginaba. Has hecho bien, porque tenía preparado un verdadero bombardeo. Pero si no quieres que te pregunte, no lo haré.
—Gracias —sonrió Harry.
—Pero tengo que decir que estoy muy intrigada. La recuperación de ese chico es asombrosa. Parece cosa de magia. No había visto a ningún paciente con las rodillas como él las tenía moverse con tanta facilidad como lo hizo él ayer. Y no me vengas con la monserga de que dormir y bañarse cura todos los males, no eres un homeópata.
—Ya… verás… —se mordió el labio Harry, sin saber bien qué contestar.
—No, tranquilo. Has dicho que no querías preguntas. Pero si me aceptas un comentario… es muy guapo. Hacéis muy buena pareja.
—¡Silvia!
—No me engañas. Me alegro por ti, cariño. Nos vemos mañana, ¿de acuerdo? —le dio un beso en la mejilla y bajó las escaleras del metro.
Harry suspiró con media sonrisa. Había salido mejor de lo esperado, pero tendría que empezar a construir una buena historia y así tener una coartada cuando Silvia se decidiese a averiguar cómo había curado a Draco.
Caminó apresurado hasta casa, notando que hacía muchos años que no tenía tantas ganas de volver al hogar como ahora. Hogar… sí, hasta ahora ese piso había sido su casa, pero no su hogar. Ahora sí empezaba a percibirla como un hogar, y en el piso sólo había cambiado una cosa.
Subió las escaleras de dos en dos porque se sentía pletórico y no quería esperar al ascensor.
—¡Ya estoy aquí! —anunció al abrir la puerta.
Lady salió con el rabo en alto a recibirle. Mientras se descalzaba, le prodigó unas caricias, y esta se frotó contra él repetidas veces.
—¿Me has echado de menos, gatita? Yo a ti también.
Cuando se levantó y se dirigió al dormitorio, Lady le siguió enredándose entre sus pies. Draco no debía haberle oído, así que dedujo que estaría con los auriculares a todo volumen. Cuando entró, vio la cama deshecha y la ropa desordenada, como si alguien hubiese estado registrando la cómoda y el armario.
—¿Draco? —volvió a llamar mientras revisaba el baño.
Vacío también. Volvió a la sala y volvió a mirar hacia el sofá, pero no estaba ahí o ya lo habría visto antes. No estaba en el piso, y era realmente pequeño.
—¿Habrá salido para algo? —se preguntó en voz alta, empezando a sentir un peso en el estómago—. No puede ser… Ni siquiera me había acordado de darle una llave para que pudiese abrir si lo hacía.
El corazón se le aceleró de la angustia. Draco no estaba. Se había ido. Por eso el armario estaba revuelto, había estado buscando qué llevarse. El reproductor y los libros seguían allí. Revisó de nuevo la habitación y comprobó que, efectivamente, faltaban prendas de Draco y una de sus mochilas.
—¿Por qué? —no lo entendía.
Draco no había vuelto a hablar de irse desde hacía días. Y creía que estaba a gusto con él, ya no era un favor para ayudarle, eran amigos, más que eso. Volvió a la sala, desorientado. No sabía qué hacer, se sentía perdido.
—Se ha ido, ¿verdad, Lady? —esta acudió al oír su nombre y se sentó a sus pies, mirándole fijamente.
Se sentó en su taburete de la cocina, desconcertado. Se sujetó la cabeza entre las manos y se percató del sobre que reposaba allí encima, justo al lado de donde había dejado su varita. Un sobre del Ministerio, con el sello de los aurores. La sola visión de la tinta morada le revolvió el estómago.
A/A de Harry James Potter
16 Denman St, Soho,
London W1D 7DY, Reino Unido
—Hijos de puta —soltó sin pensar, empezando a hiperventilar.
No lo tocó. Sabía que si estaba ahí es porque él mismo tenía un encantamiento Inmarcable cortesía de Hermione encima que impedía a las lechuzas encontrarle, consecuencia de los cientos de correos que recibió en los días siguientes a la derrota de Voldemort, que hizo su vida imposible. El Ministerio había encontrado la forma de enviarle notificaciones oficiales dirigiéndolas a su varita hacía unos años, y había aprendido que si las tocaba, en el Ministerio sabían que había recibido la notificación.
Y lo que había dentro de esos sobres eran notificaciones judiciales. Para declarar sobre tenencia de ingredientes de pociones peligrosas, hechizos avanzados de defensa o, simplemente, connivencia mortífaga cuando declaró en el juicio de los Malfoy.
Había llegado una lechuza durante su ausencia con una notificación del Ministerio y Draco había desaparecido. No era muy difícil atar cabos. Se levantó y se dirigió a la mesa auxiliar del sofá. Como esperaba, allí estaba el otro sobre junto a la otra varita, abierto y con la carta desplegada sobre la mesa. Estaba ligeramente arrugada, prueba de que Draco la había agarrado con fuerza.
—Hijos de puta —repitió cuando leyó el contenido, procurando no tocarla.
El portátil estaba abierto y encendido, así que pulsó una tecla para que la pantalla desconectase el ahorro de energía. Cuando vio un documento, asintió satisfecho. Draco no se había ido sin escribirle.
Harry.
Lo siento. Lo siento mucho. Si estás leyendo esto, ya habrás visto las notificaciones. No sé qué pone en la tuya, pero me lo puedo imaginar.
No puedo demostrar que no he hecho magia, Harry. Ni siquiera puedo demostrar que no tengo varita. Cualquier mínimo indicio para inculparme acabará conmigo en Azkaban. Mi única oportunidad es irme, volver a perderme en el bullicio de Londres y rezar porque quien sea que nos ha seguido estos días me pierda la pista antes de que se den cuenta que no pienso asistir a la cita.
Me habría gustado quedarme contigo, de verdad. Pero no puedo hacerlo sin ponerte en riesgo. Tengo el Detector. No sé cómo lo han hecho ni cómo funciona, pero es evidente que han conseguido notar la magia en mi entorno. Como en Hogwarts, para ellos es como si yo hiciese la magia. Y han mandado la carta a la varita, tampoco sé muy bien cómo, pero es fácil demostrar que yo estaba junto a esa carta.
En cualquier caso que se decida, yo voy a Azkaban. Y no puedo permitirlo. Y tampoco puedo permitir que vayas tú. Lo siento, seguro que ahora estás pensando que debería haberme quedado y haber buscado una salida y solucionarlo juntos, pero yo no funciono así.
Por favor, Harry, lo que sea que ponga en tu carta… no acudas. No nos estarían siguiendo si tuviesen buenas intenciones. Ponte a salvo. No me busques. Sal del país, ve con tus amigos a Francia, lo que sea. Aprovecha que no estás a mi lado para hacer magia y huir. Lo que sea, pero no acudas a la cita, por favor.
Yo haré lo propio, intentar que no me atrapen. Un año viviendo en la calle me ha dado algunos trucos de supervivencia. No te preocupes por mí.
Solo desearía que este tiempo que hemos pasado juntos hubiera sido mayor, Harry. Ha sido un regalo tenerte en mi vida y sólo me arrepiento de haber desaprovechado el tiempo que se nos concedió juntos.
Cuídate. Te quiere.
Draco.
—¡Será imbécil! —Lady le maulló indignada—. Está como una cabra, Lady. ¡Como una cabra!
Draco era idiota si pensaba que iba a conseguir sobrevivir sin magia ahí fuera con el Ministerio buscándole. Si tenía el Detector, no podía descartar que tuviera algún tipo de hechizo localizador puesto encima. SI era así, daba igual lo que hiciese, lo atraparían y estaría fuera de su alcance.
Sí tenía razón en una cosa: tenían que salir del país. "Los dos", se prometió firmemente. Se enjugó las lágrimas intentando dilucidar qué podía hacer. Si al menos Ron y Hermione estuviesen allí…
—¡Claro! ¡Ron y Hermione! —se dio cuenta.
Cogió el teléfono y marcó el último número de la lista de llamadas. Hermione descolgó al segundo tono.
—¡Harry! —su voz sonó preocupada. Sintió un ramalazo de culpabilidad, debía llevar esperando tres días a que le devolviese la llamada.
—Necesito ayuda —Ya habría tiempo para explicaciones después—. Draco se ha ido.
La conversación fue larga, pero no le preocupó, ya se haría cargo de la factura de teléfono cuando estuviesen a salvo. Con un suspiro se echó hacia atrás en el sofá. Hermione puso el altavoz para que los tres pudieran hablar con comodidad. Durante un rato, casi fue como cuando planeaban juntos el siguiente paso a dar en Hogwarts o en la guerra.
Lady, percibiendo que Harry estaba preocupado y estando todavía asustada por las lechuzas que habían invadido la casa esa mañana, no se había separado de su lado y estaba extraordinariamente mimosa. Harry se lo agradecía silenciosamente, pues le estaba sirviendo de consuelo tenerla a su lado.
Cuando colgó el teléfono, estaba emocionalmente agotado. Sabía que debía moverse, pero era casi como tener un hechizo paralizador que le impedía reunir fuerzas suficientes para levantarse del sofá. Mentalmente, recapituló los hechos.
Según Hermione, sus investigaciones indicaban que el hechizo debía funcionar como el Detector infantil, pero que probablemente tenía propiedades como el Tabú que Voldemort había utilizado durante su último mandato, seguramente habilitaba a los aurores, o a quien el Ministerio designase, a aparecerse allá donde Draco estaba.
La duda era si lo que detonaba este hechizo era la presencia de magia, de otro mago, o de una varita. Ron había elucubrado que quizá era alguna palabra que Draco decía, como ocurría con el Tabú, pero Hermione lo desechó sin miramientos.
—Tendrían que saber qué palabra utilizaría Draco. Como un hechizo o algo así —había rebatido.
—Draco no ha hecho ningún hechizo —confirmó Harry—. Sujetó la varita cuando se la di, pero no llegó a utilizarla ni quiso cogerla.
—Entonces, por lo que sabemos, podría haber sido su cercanía a ti —razonó Ron—. Si quieres salir con él de allí, vas a tener que hacerlo sin magia.
—No puedes arriesgarte a hacer magia cerca de él, Harry —confirmó Hermione—. Ni siquiera dejes que toque la varita.
—Si es mi presencia la que activa el Detector, no servirá de nada que no tenga varita, solo lo dejará indefenso —discutió Harry.
—En ese caso, seguramente os enteréis más pronto que tarde —se impuso Hermione—. Lo primero es encontrarlo.
—No, 'Mione, lo primero es sacar a Harry de allí.
—Ni borracho. No me voy de aquí sin Draco. No puedo dejarlo a merced del Ministerio. Incluso aunque consiga huir, no tardarán en encontrarlo.
—¡Pero Harry…! —protestó Ron.
—Lo primero es encontrarlo —se encabezonó Harry.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Hermione, siempre práctica.
Tres días. Tenía tres días para encontrarle y huir. Y todo sin que en el Ministerio se diesen cuenta de que Draco no estaba con él, de que estaban planeando desaparecer y que no pensaban presentarse a la citación, porque entonces no habría plazo alguno.
Había abierto su carta. Hermione había razonado que si el Ministerio sabía que la había recibido, estarían menos pendientes de seguir citándole y no tendría tanta presión encima. Pero a cambio, ahora era importantísimo que no le vieran cambiar de rutinas.
—Tienes que seguir haciendo vida normal, Harry —le había dicho Hermione con firmeza—. Mañana tienes que salir a trabajar. Si cambias tu rutina, sospecharán.
—Puedo decir que he enfermado. O coger un día de asuntos propios.
—Y para tu trabajo servirá, Harry, pero el Ministerio se olerá la tostada —apoyó Ron.
—Odio cuando te pones de su parte —le recriminó.
—Ella odia cuando no lo hago —replicó este con sarcasmo.
Finalmente, Ron había ido a la chimenea a intentar solicitar una llamada urgente con su casa por Red Flu. Arthur Weasley no podía salir, pero Percy todavía trabajaba en el Ministerio. Sus afiliaciones familiares le habían hecho descender en la escala, pero sus acciones de lealtad al Ministerio durante la guerra habían impedido que lo despidiesen. Si capturaban a Draco, él podría enterarse.
—George, Angelina, Audrey y Ginny pueden salir al mundo muggle con libertad y ayudar a buscar a Draco —había propuesto Hermione—. No levantará sospechas sobre ti, y dudo que los tengan vigilados.
—Londres es enorme, será como buscar una aguja en un pajar —adujo Harry, frustrado porque las soluciones que Hermione aportaba parecían inútiles, y a él no se le ocurría ninguna mejor.
—Hay rituales de localización y señaladores que podrían utilizar para intentar delimitar el área de búsqueda —indicó Hermione—. Necesitamos a alguien con una conexión fuerte con él, así que tendrías que realizarlos tú.
—No sé si usar la magia va a ser lo más conveniente.
—Lo sé, por eso será mejor dejarlos de penúltimo recurso.
—¿Penúltimo? —Preguntó Harry, divertido a su pesar—. ¿Cuántos planes has elaborado ya, Hermione?
—Los que hagan falta. Si nada funciona, que manden una lechuza desde la Madriguera con su varita y podrá Aparecerse donde le digamos. Si el Detector funciona como creemos, activándose cuando hay magia cerca de él, será como ponerle una flecha de neones encima de él, pero tendrá la oportunidad de acudir a ti.
—Esperemos que no haya que llegar a eso —deseó Harry.
—Pues habrá que empezar buscando a pie.
Al final habían acordado que Harry saldría a hacer ejercicio esa tarde para poder buscar a Draco en los parques y calles cercanas al piso. Y las de los días siguientes. Hacía una semana que no salía, pero despertaría pocas sospechas si cuando volviese, pidiese cena para dos en algún restaurante de comida para llevar.
Harry se levantó para ir a ponerse ropa deportiva. Cuanto antes saliese, menos habría podido caminar Draco. Pero primero debía modificar las protecciones de la casa y hacer algunos preparativos.
—He hablado con papá —Ron había vuelto a unirse a la conversación—. Ya está avisando a toda la familia. George va a decirles a los demás dónde está tu casa, tienes que abrir las protecciones para que puedan entrar si lo encuentran.
—Ron, no deben implicarse en esto, o estarán en peligro ellos también.
—Somos familia, Harry.
—Somos familia, Ron —le tiró de vuelta—. A mí también me preocupa que estén bien.
—Estarán bien, Harry —le tranquilizó—. Al menos mientras no corramos riesgos estúpidos.
Había acabado cediendo, por supuesto. Sabía que con la ayuda de los Weasley sería casi imposible encontrar a Draco. Sin ella, las probabilidades se desplomaban.
—Una cosa más, Harry —añadió Hermione—. Tienes que sacar tu dinero muggle. Con discreción, claro. Será más fácil que puedas alquilar anónimamente habitaciones de hoteles pequeños si pagas en efectivo. Si das tu nombre, te localizarán.
Harry se había deshinchado ante esto. Evidentemente Hermione había pensado en todo. Y daba por hecho que le volvería a tocar huir, sin disponer esta vez de la magia para ayudarse.
—Yo me encargaré de buscar un medio de transporte para salir de las islas y comprarte los billetes que necesites. Tú solo… prepárate para salir corriendo cuando sea oportuno. Ten listo todo lo que necesites.
—Ojalá esta vez tuviéramos una casa franca como teníamos Grimmauld Place —había lamentado Ron.
Harry cogió la mochila más cómoda de las que tenía. Draco se había llevado, sin saberlo, su favorita de todas las que tenía. Con rápidos hechizos, le hizo el encantamiento de extensión indetectable.
Las varitas de ambos. La Capa de Invisibilidad. Comida enlatada. Comida y transportín de Lady. Algo de ropa de cambio para ambos. Con eso bastaría de momento. Lo demás era material y podría reponerlo más adelante.
Dejo la mochila a mano, listo para cogerla en caso de urgencia. Cogiendo la cartera, salió de casa. Además de buscar a Draco, alcanzaría un cajero automático e intentaría sacar la máxima cantidad de dinero posible. Si las cosas se precipitaban, al menos ya tendría un mínimo.
Mientras trotaba despacio, dio vueltas a la idea de tener una casa franca. Grimmauld Place estaba descartado, claro. El Ministerio la había confiscado junto a la fortuna de los Black. Pensó en Dudley, pero ni siquiera tenía su contacto. Podía presentarse de improviso en Privet Drive, pero seguramente Petunia y Vernon armarían demasiado escándalo.
Silvia, se le ocurrió. Sabía más o menos dónde vivía. En caso de huida, podían ir hacia ella. Era una persona de confianza. Más que el resto de colegas de trabajo, al menos. Nunca habían hecho mucha vida social, porque ella era mayor que él y tenía familia, pero siempre habían estado ahí el uno para el otro, cubriéndose si hacía falta.
Cuando volviese a casa la llamaría. Intentaría pedirle ayuda contando lo menos posible, pero que si al menos tenía que aparecerse de golpe en la puerta de su casa, estuviera sobre aviso. "Al final, Silvia iba a acabar averiguando unos cuantos secretos después de tantos años", pensó.
Jadeando, redujo todavía más el paso, al punto que a pesar de ir corriendo, cualquiera podría adelantarle caminando a paso normal. Se dirigió al parque donde habían ido a pasear el otro día, con la esperanza de que se hubiese dirigido allí.
Cuando llegó, dio varias vueltas y se detuvo en una fuente a estirar para asegurarse. Frustrado, se dio cuenta que tenía la esperanza infantil de encontrarlo allí esperando. Caminando, continuó en dirección al hospital. Quedaban algunas horas para el anochecer y si cuando lo encontraron estaba cerca, quizá tenía algún lugar donde dormir en la zona.
Paseó por todas las calles que se le ocurrieron, algunas incluso dos veces, como el callejón donde Draco se había metido cuando salió del hospital. Entró al hospital a saludar y preguntar si habían tratado algún mendigo ese día, lo que suscitó caras extrañas entre sus compañeros de urgencias.
—Es una tontería —masculló mientras volvía a salir y tomaba otra dirección en la calle—. Se ha ido hoy, imbécil, nadie pensaría que es un vagabundo.
Siguió caminando y corriendo hasta el anochecer. Recordando lo que Hermione le había dicho, se forzó a volver pasando por la hamburguesería, donde compró dos raciones para cenar. No había notado que nadie le siguiese, pero por si acaso, mientras esperaba estuvo mirando a su alrededor.
Aceleró el paso para volver a casa, ocurriéndosele que si Draco se había arrepentido de haber huido, probablemente estaba esperándole en la puerta, pero de nuevo la fútil esperanza se desvaneció cuando llegó al portal. Al abrir, miró al cielo, cada vez más encapotado. Amenazaba lluvia y Draco estaba ahí fuera, a saber dónde.
Solo esperaba que no le hubiesen encontrado. Supuso que si así fuese, saldría en El Profeta y los Weasley se enterarían rápidamente, pero la sensación de preocupación ya no se desvaneció. Dejó la comida encima de la barra y se agachó a mimar a Lady.
Incapaz de comer, se tiró en el sofá dando vueltas al asunto. Llamó a Silvia, quien le facilitó su dirección exacta tras arrancar una promesa de Harry de que le contaría más detalles sobre lo que ocurría al día siguiente.
No quería irse a la cama, que estaría vacía sin Draco. Lady se aposentó encima de su pecho, como si ella también echase de menos a Draco. Seguramente así era. Tampoco durmió aquella noche, permaneciendo en duermevela. Cuando la lluvia empezó a golpear la ventana, suspiró impotente.
—Draco… ¿dónde estás? Vuelve a casa.
Draco miró el imponente edificio antes de entrar. No había notado que nadie le estuviese intentando leer la mente, pero eso no quería decir que no estuviesen siguiéndole discretamente. Se le había ocurrido que en ese edificio sería posible perderse de vista. La multitud que entraba y salía constantemente, lo enorme del edificio, unido a que ahora no llamaba la atención por su apariencia, era una combinación eficaz.
Con paso decidido se adentró en los almacenes, intentando fijarse en posibles caras que le resultasen familiares y, a buen paso, fue recorriendo todas sus salas. Si alguien le estaba siguiendo, no podría hacerlo discretamente, o se arriesgaría a perderlo entre salas. Y dudaba que tuviesen efectivos apostados en todas las puertas de entrada y salida para controlar que lo hacía.
Cuando creyó que había dado suficientes vueltas, pasó por la planta donde estaban las secciones de ropa y textiles, cogió una mochila negra y algunas prendas que le llamaron la atención y las metió en una cesta mientras buscaba un sitio donde probárselas. Inspirado, agarró también un sombrero que le pareció lo suficientemente discreto como para no llamar la atención.
Sintió un pinchazo de culpabilidad al saber que estaba malgastando el dinero que le había robado a Harry, pero sabía que cuanto más diferente fuese su aspecto al salir de allí, más posibilidades tendría de despistarlos.
Encontró un probador y rápidamente, se probó la ropa que había cogido. Desechando las tallas que no le ajustaban bien, escogió rápidamente unos pantalones, camiseta y jersey abrigados. Volviendo a ponerse su ropa, salió del probador y se dirigió a la caja más cercana. Mientras esperaba su turno, volvió a mirar a su alrededor, cerciorándose de que seguía sin ver ninguna persona que le hubiese parecido ver anteriormente.
Sabía que era el momento crucial. Quien fuese que le estuviese siguiendo no debía ver su cambio de ropa, ya que daría al traste con todos sus planes. Cuando le tocó el turno, sonrió nervioso a la cajera que le atendió:
—Disculpe, me gustaría poder disponer de estas prendas inmediatamente. He tenido un pequeño, accidente y no puedo estar más tiempo con la ropa que traigo encima.
—Sin problema, caballero. Como usted desee, puede utilizar cualquiera de nuestros probadores para cambiarse —le contestó con cara de circunstancias. Draco supo que su intención había dado resultado.
Pagó, gastando prácticamente todo el dinero que había cogido a Harry, volvió al probador y se cambió de ropa. Pasó la comida, la ropa interior y el resto del dinero a la mochila nueva, abandonando la vieja y las demás prendas de ropa salvo un par de suéteres en el probador.
Cuando salió, dio algunas vueltas más por las salas, bajando por las escaleras contrarias a las que había utilizado para subir. Salió a la calle con paso decidido. Sabía que si caminabas por el mundo como si fuese tuyo, las probabilidades de que alguien te preguntase o detuviese eran mínimas.
Sin parar, se puso a caminar por las calles del centro de Londres. Iba a ser mucho más complicado encontrar un lugar donde pasar la noche debido a toda la gente que había, pero era precisamente esa aglomeración la que le protegía y lo convertía en un anónimo más.
Al cabo de un rato su tripa empezó a indicarle que era hora de cenar y que no había almorzado.
—Mierda —murmuró, provocando que un hombre de negocios que caminaba hablando por teléfono se volviese a mirarle.
Saber que eso iba a pasar no lo hacía menos duro. Solo había estado una semana comiendo regularmente y su cuerpo se había adaptado a ello como un guante a medida. Los nubarrones que cubrían el cielo tampoco lo alentaban. Decidió caminar en dirección al parque donde dormía habitualmente justo antes de que Harry le encontrase. Con un poco de suerte, el banco que utilizaba estaría libre y no tendría que buscarse otro sitio.
A medio camino sintió cómo las fuerzas le fallaban. Había exigido demasiado a su cuerpo. Tenía que agradecer el empeño de Harry en haber dado paseos dentro del tiempo que estuvo con él, porque estaba seguro que eso y la adrenalina le habían ayudado a mantener el ritmo ese día.
Sin embargo, se sentía cansado. Haber caminado hasta el centro de Londres y ahora de nuevo alejándose de él podía ser buena idea para despistar a un posible auror, pero su cuerpo no estaba acostumbrado a hacer tantos kilómetros. Redujo el paso. Si a estas alturas no había despistado a quien fuese, no lo haría por velocidad, y llegar a ese parque era prioritario en ese momento.
Llegó por fin y se sentó en el banco jadeando. Cuando hubo recuperado el aliento, se acomodó y cogió la mochila, revisándola y haciendo inventario de sus pertenencias. Cuando hubo comprobado todo, se recostó contra el respaldo, echando un vistazo a su alrededor, fijándose bien en todas las personas que estaban paseando o jugando en el parque en ese momento.
Cuando estuvo razonablemente seguro de haber memorizado todas las caras que había allí presentes, se relajó lo suficiente como para pensar en cenar. El estómago le estaba doliendo desde hacía un rato y si no le hacía caso, iría a peor.
Rebuscó en la mochila, preguntándose qué debería gastar primero. Sacó una de las latas y el paquete de galletas. Se dio cuenta que no había pensado en llevarse algún cubierto y lo lamentó. Comer con los dedos haría que toda su ropa se ensuciase rápidamente y se echase a perder más rápido.
—Debo racionar esto lo más posible… —decidió, guardando la lata en la mochila de nuevo y abriendo el paquete de galletas.
Se comió seis galletas en un firme intento de que el paquete le durase lo más posible. La combinación del azúcar, la sed que le despertó y que se había acostumbrado a comer abundantemente hicieron que el estómago le doliese en demanda de más. Gimió con desesperación, comiéndose un par de galletas más antes de levantarse en busca de una fuente donde beber.
Satisfecha la sed, volvió al banco y se sentó. De la mochila sacó más prendas de ropa. Sabía que esa noche iba a ser dura y que debía abrigarse lo más posible ahora que podía hacerlo. Se arrepintió de no haber comprado un abrigo también, pero dudaba que con lo poco que le había sobrado hubiese tenido para ello.
Echó un último vistazo a su alrededor. El sol ya se había puesto y solo quedaban un par de parejas paseando a sus mascotas y un grupo de jóvenes que estaban sentados en otro banco al otro extremo. Les miró con aprensión, porque ya había tenido problemas alguna vez con grupos similares, pero no parecían estar bebiendo ni fijándose en él.
Se tumbó en el banco, decidiendo poner la mochila como si fuese la almohada, le ayudaría a descansar y estaría un poco protegida de las inclemencias del tiempo. Encima de él, el árbol que hacía que ese banco le gustase, había perdido prácticamente todas sus hojas, ofreciendo poca protección contra la lluvia. El viento sopló más fuerte, colándose por debajo de su ropa.
—Podía haber cogido una manta también —lamentó.
Ya era tarde para lamentarse. Al menos no llovería mientras el aire soplase, así que no había mal que por bien no viniese. Sentía los hierros del banco clavarse debajo de él, incómodos. Aquello iba a ser más difícil de lo esperado. Pensó en Harry, y saber que le estaba dando una oportunidad de escapar, le reafirmó en que estaba haciendo lo correcto. El banco pareció más cómodo desde ese momento.
Un par de horas después, el grupo de chavales se dispersó. Draco respiró sintiéndose más seguro a pesar de que ni siquiera habían mirado en su dirección. Cuando el parque quedó vacío, no pudo evitar mirar a su alrededor. Si había alguien oculto bajo un hechizo desilusionador, podía detectarse el movimiento si se miraba con atención.
No vio nada y eso le tranquilizó. Tampoco había sentido el cosquilleo en su nuca. Era importante para él haber perdido de vista a quien le hubiese estado siguiendo. No sólo por él, sino por Harry. Si se daban cuenta que le había abandonado, podían concluir que estaba intentando alejarse de él.
—O que me ha echado de casa —se le ocurrió.
Intentó arroparse más, con frío. Se abrazó a sí mismo, intentando conservar el máximo calor corporal posible. Sin poderlo evitar, añoró la cama de Harry y al propio Harry entre sus brazos. Maldijo su mala suerte en voz baja intentando que ninguna lágrima saliese de sus párpados. Fue inútil. Se sintió tan desgraciado como el día que escuchó su sentencia. Solo que esta vez, la sentencia la había dictado él mismo por el bien de alguien a quien quería. Lloró hasta que se agotó de hacerlo y se adormiló en un sueño inquieto.
De madrugada empezó a llover y se despertó, helado de frío. Rápidamente, se quitó las deportivas e intentó salvaguardarlas de la humedad en la mochila. Si conseguía mantenerlas secas, al día siguiente agradecería haberlo hecho. Además, había aprendido por experiencia que no era bueno dormir calzado todas las noches.
Fue inútil arrebujarse en las ropas y abrazarse, en pocos minutos estaba empapado. Usó el sombrero que había utilizado para salir del centro comercial para cubrirse los pies e intentar mantenerlos secos y calientes, pero tampoco lo consiguió y pronto sintió la humedad penetrar sus calcetines. Con la cabeza apoyada en la mochila, rezó por que no se mojara demasiado o perdería todas sus pertenencias.
Helado de frío y desolado, no consiguió volver a pegar ojo.
