Los acantilados del Eren aparecieron ante nosotros dos días antes de alcanzar nuestro destino. Los muros de roca blanca de más de un centenar de metros, cortados a cuchillo nos escoltaron a nuestra derecha durante muchas decenas de kilómetros. La línea en su cima ondulaba en verde, subiendo y bajando con la pendiente de la colina. Era una muralla impresionante, que bien podía haber detenido la invasión desde el norte por sí misma. De ahí que Punta Eren fuese un enclave de tanta importancia para la Sombra en aquella costa.

Pequeña Nutria me señaló el agua, bajo el barco, completamente negra por la profundidad.

– Esos acantilados siguen bajo el agua y alcanzan una profundidad mucho mayor que lo que sobresale sobre la superficie. Dicen que hay monstruos allí abajo.

– ¿Y es cierto?

– Nunca han atacado a una barca gnoma.

Nos cruzamos con dos barcos más, pero no eran barcazas gnomas y no hicieron ninguna señal hacia nosotros. Simplemente seguimos nuestro camino mientras ellos seguían el suyo.

Vestí la túnica de Legado dos días antes de llegar a nuestro destino. Necesitaba que se viese usada. Demasiada perfección y limpieza en el aspecto, podía despertar sospechas. Pequeña Nutria había hecho un trabajo perfecto, y la túnica me encajó como un guante. El largo llegaba hasta las pantorrillas y la forma de los bajos, afilada a lo largo de las piernas, le daba un toque de sofisticación, pero sin la ostentación de un bordado. Pequeña Nutria había modificado los puños también para que siguiesen el mismo diseño y había añadido sobre el pecho cuatro (no dos, ¡cuatro!) cierres engarzados en cristales rojos.

De inmediato me sentí a gusto con aquellas ropas. Era como si llevase una armadura. No podían tocarme. Aquel sentimiento era el que me había impulsado a desear convertirme en Legado: ser intocable. Pero los años dentro de Theros Obsidia me enseñaron que eso no era más que otro espejismo. Incluso los Legados tenían monstruos a los que temer y aquel traje comunicaba a cualquier Legado que lo mirase un "ten cuidado conmigo, no sabes quién soy y no quieres saberlo".

Me recogí el cabello en un intrincado peinado, una combinación de trenzas y moño para rematar el aire de sofisticación de toda aquella indumentaria.

Detectamos, a muchas millas, la cabecera del Eren. Era un corte en el acantilado, como un sajo, de arriba a abajo.

– Muy bien, todos a sus puestos. Preparad el escenario y recordad vuestro papel. Dejad que nuestra diva tome la iniciativa – indicó Rivaverde.

Los gnomos, sacaron sus hamacas a la cubiertas y las colgaron entre los mástiles. Ahora, la sala común ya no iba a ser común, iba a ser mi camarote privado. Lavina se colocó al lado mío y me miró torvamente.

– No sabes las ganas de matarte que tengo ahora – dijo.

La miré sorprendida.

– ¿Por qué?

– Detesto a los legados – respondió calibrando mi aspecto de arriba a abajo.

Le sonreí.

– ¡Perfecto!

El viento Bueno enfiló entre las dos moles de roca que daban acceso al desfiladero fluvial. El río Eren debía tener un centenar de metros de ancho allí pero, por comparación con la altura de los muros que lo flanqueaban, parecía estrecho. No solo eso, además Los muros de piedra se combaban sobre nosotros, como un arco inacabado. ¿Qué tipo de roca hacía algo así? ¿Había intervenido la magia en la creación de ese paisaje?

Los gnomos se pusieron a los mandos del barco y realizaron suaves bordos para superar la corriente.

Había algo más que no me cuadraba en aquello. El río Eren que había visto en los mapas fluía hacia el sur, y desembocaba en el mar de Kasmael. Esa no podía ser la misma desembocadura del río Eren. ¡Estábamos en el mar de Peluria!

– Rivaverde, ¿hacia donde fluye el río Eren? – le pregunté.

Me miró con una sonrisa cómplice.

– Es el río más hermoso del mundo. En algunas épocas del año, tiene dos desembocaduras. Esto que estamos atravesando se llama La cabeza de Eren. El Eren se origina en el Ardune y habitualmente fluye hacia el sur. Pero, entre el Ardune y el mar de Peluria, hay toda una zona de marismas muy bajas alimentada por los afluentes de la zona. Habitualmente el río Eren solo fluye hacia el sur, pero, cuando las aguas del lago Ardune crecen lo suficiente como para rebosarlo y sobrepasan Aguasrápidas, se forma otra línea de agua continua. El Eren es el único río que, en ocasiones, se puede navegar de mar a mar.

No lograba imaginarme el movimiento del agua para crear aquello, y sospeché que había algo más que no me contaba, o que ni él sabía.

– Me cuesta de imaginar.

Rivaverde rió.

– Si crees que eso es impresionante, espera a ver lo que hay tras el recodo.

Nuestro barco dobló la curva en la pared de roca y, ante nosotros, en lo alto del acantilado sobre nuestras cabezas, vi un puente. Pero no estamos hablando de un punte común. Cruzaba de lado a lado una distancia que debía ser de unos ochenta metros. Tres grandes arcos lo sostenían. Pero no eran arcos comunes, su forma era extraña, irregular y espigada. Las dos columnas enormes, sobre las que se sostenían, estaban inclinadas y curvadas. Y, sobre ellas pude ver ramificaciones sujetando la parte superior del puente, perfectamente horizontal y llana. Y sobre el puente vi movimiento. Motas agrupadas moviéndose por él, muchas, una tropa o un ejército.

– ¿Qué demonios…? ¿Cómo carajo…? ¿Qué es eso? ¿La magia lo sostiene?

Rivaverde negó.

– Estamos bajo un espejo, no hay hechizo que valga aquí. Es ingeniería. El secreto de cómo se construyó se perdió hace mucho tiempo.

Miré aquella mole de roca imposible sobre nosotros mientras nuestro barco se deslizaba por debajo. Debíamos parecer un palito flotando a los que nos observasen desde arriba. ¿Quién construyó ese punte y con qué técnicas?

Tras el puente, el río se abría en una bahía fluvial. Allí las pendientes se suavizaban en un gran cuenco. En la cima de la orilla izquierda, se veía lo que parecía una fortaleza y, un poco más abajo, en la misma ladera, un templo a Izrador. En la ladera derecha había un puerto fortificado. Y gran movimiento en él. Había tropas orcas apostadas en varios puntos y el camino que subía por la ladera, más allá de la muralla, se veía concurrido. Me llegó el sonido de tropas orcas. El entrechocar de cotas de placas y su lenguage gutural.

Rivaverde nos dirigió con dos frases.

– Todos a sus puestos. Señora, ahora estáis al mando.

Se refería a mí. Tomé aire, cerré los ojos y me vislumbré a mí misma como una Legado. Erisad quedó atrás, escondida tras aquella mujer desconocida que invoqué y la que había decidido llamar Tara Silver, si me preguntaban. Al abrir los ojos, vi el mundo de otra manera, a través de un prisma. Y, por primera vez en muchos años, yo no estaba deseando esconderme ante la presencia de fuerzas de Izrador. Me sentía extrañamente a salvo, escondida a la vista de todo el mundo bajo la sombra del disfraz.

Caminé hasta la proa y observé el puerto al que nos acercábamos. Había muchos barcos, demasiados. Conté una veintena. Algunos estaban amarrados, otros anclados y todos esperando. Habían tendido una cadena de lado a lado del río, para evitar el paso. Dos barcazas ancladas en mitad del río la sostenía y un enorme torno con manivela en la orilla la tensaba. Teníamos que apartar esa cadena.

Tomé aire y dirigí una mirada iracunda a aquel contratiempo.

– ¿Qué demonios significa esto, capitán? – exigí al gnomo que dirigía mi barco.

– No lo sé, señora. Probablemente, se trate de un control.

Era obvio que estaban registrado los barcos detenidos en el puerto de uno en uno. Un grupo de orcos estaba abordando una de las barcazas gnomas. Con ellos vi a un humano vistiendo la túnica de legado. No estaba dispuesta a entrar en esa línea de espera para ser abordada.

– ¡Capitán detenga el barco inmediatamente!

– A sus órdenes, señora.

Los gnomos se apresuraron a cumplir mis órdenes. Recogieron las velas y echaron el ancla.

Al poco tiempo de estar ahí detenidos, la actitud del Viento Bueno llamó la atención de una barca de servicios que se acercó remando hacia nosotros. Había tres humanos a bordo.

– Capitán, encárguese de que nos abran paso.

Sin más, me senté en la silla de la cubierta y esperé acontecimientos. Unos minutos más tarde oí los golpes de los remos en el agua acercándose al Viento Bueno y Rivaverde se asomó por la borda e intercambió unas palabras en un idioma que no entendí. Después se volvió hacia mí.

– Señora, parece ser que tienen que registrar todos los barcos y que no nos dejarán pasar hasta hacerlo. Dicen que no cumplir las órdenes será castigado.

Dejé que la ira llenase mis rasgos mientras me ponía en pie. ¿Cómo se atrevían a molestarme de aquella manera? Caminé hasta la borda, y me dejé ver por los humanos del bote. Sus expresiones cambiaron de inmediato y realizaron una rápida reverencia. Sé lo que vieron: una legado, con ropas buenas, recién llegada, con el símbolo de Izrador y cara de querer matar a alguien.

– ¿Cuál es tu nombre? – pregunté al que me pareció el líder.

– Terran, señora.

– Encárgate de que nos abran paso.

Terran dudó un momento antes de responder a media voz.

– No podemos, señora, todos los barcos han de ser registrados. Tanto los que remontan como los que bajan. Cumplimos órdenes.

Dejé que toda la ira y la frustración de años atrás se derramase por mis ojos.

– ¡Pues cumplidlas de inmediato y no nos hagáis perder el tiempo!

– Sí señora – se apresuró a responder Terran viendo allí una salida.

Era muy malo que una Legado recordase tu nombre, así que supe que el pobre Terran haría todo lo posible para no contrariarme. Dio instrucciones y los hombres se apresuraron a realizar señales a otra barca que empezó a desplazarse hacia nosotros a golpe de remo. Terran y sus hombres abordaron el Viento Bueno y se apresuraron a realizar su labor. Caminaron por la cubierta, observaron las hamacas de los gnomos colgadas en el exterior, las velas recogidas y se movieron dentro de la cabina. Lavina les dedicó una mirada torva cuando pasaron por su lado, y ellos evitaron cruzar la mirada con ella.

El registro físico del barco no iba a ser un problema pero, acercándose en la otra barca, pude ver algo que no quería que pusiese sus sucias zarpas en mi barco. Transportaban con ellos a un legado y, a su lado, había un perro con los ojos rojos, y espinas creciendo entre su pelaje. Era un astirax.

Bien, creo que es un buen momento para realizar una pausa y explicar qué es un astirax. Cuando un legado recibe la bendición, el dios Izrador le hace un regalo. El regalo es un espectro capaz de olfatear la magia. Dichos espectros necesitan poseer animales para realizar su cometido. Aquel animal había dejado de ser un perro, ahora era una bestia hambrienta que vivía para rastrear y matar canalizadores de magia, personas capaces de manipular la magia. Yo no estaba segura de si teníamos a bordo algo olfateable por un astirax pero, de lo que sí estaba segura era de que si el otro legado se percataba de que no había un astirax a mi lado, podía sospechar. No iba a permitirlo. Era hora de pastorear a mis extras en aquella escena para añadirle dramatismo a mi actuación.

Me aparté de la borda y entré en la cabina que ya no era común. Ahora era mi camarote privado. Los humanos estaban revisando por encima el lugar y, en cuanto entré y los miré deambulando junto a mis trastos, el tal Terran dijo nerviosamente:

– Todo bien aquí, chicos. Vámonos.

Se apresuró hacia el exterior bajo mi atenta mirada y sus hombres le siguieron.

Yo caminé tras ellos para asegurarme de que el legado que iba a abordarnos veía al comité de bienvenida abandonar el barco… y que luego me viese a mí cernirme sobre él desde la cubierta del Viento Bueno.

Funcionó como había esperado. El legado, que en ese momento estaba a tan solo unos ocho metros de nuestro barco, dio un imperceptible respingo al verme aparecer en la cubierta. Era un legado joven, ni siquiera tenía botones de madera y había optado por coserse la pechera.

El joven legado dirigió una rápida mirada a mi pecho, concretamente a las cuatro (no dos: ¡cuatro!) joyas en tono rojizo que lo cerraban. Era una de las marcas de identidad de los Legados de Theros Obsidia y, desde esa distancia, debían parecer joyas muy caras. Luego levantó la mirada hacia mi rostro, bajo el elaborado peinado, y nuestras miradas se cruzaron. Los ojos de una legado de rango elevado enviada por Theros Obsidia se acababan de posar sobre un legado menor de algún lugar sin nombre, que probablemente no llevaba ni un año ejerciendo. El chico tenía instinto de supervivencia porque realizó una rápida reverencia y dijo:

– Disculpad, señora. Parece que ha habido una confusión. ¡Abridles paso!

Uno de los hombres que lo acompañaban se puso en pie en la barca y levantó una pértiga con una señal en la punta, hacia el mecanismo de la cadena en la orilla, y luego nos apuntó a nosotros. El tal Terran quiso asegurarse de que yo no iba a tomar represalias contra él porque añadió:

–Nos adelantaremos para asegurarnos de que no hay más confusiones, señora.

– Bien – murmuré con frialdad.

Terran y sus hombres se pusieron a remar en dirección al mecanismo que sostenía el sistema de cadenas sobre el río mientras los gnomos levantaban el ancla y maniobraban nuestro barco. Vi el bote del Legado alejarse por su lado hacia otro punto. El ástirax permaneció junto a su amo, pero con el hocico apuntando hacia nosotros durante todo el trayecto.

Un minuto más tarde, la cadena empezó a bajar para nosotros, entre chirridos crujidos y golpes hasta sumergirse en el agua. Rivaverde observó atentamente la cadena sumergiéndose y realizó gestos a Pequeña Nutria y Dulzagua.

– No despleguéis aún, esperad… Esperad... Bien, ya es seguro.

El Viento Bueno desplegó velas, enfiló hacia el río y pasó la línea de bloqueo ante las mismas narices del enemigo, y tras haberle tendido este una alfombra a sus pies.

En ese momento me sentí la persona más poderosa de aquel lugar. Y pude notar también mi mente blindada tras aquel disfraz. En ese momento yo era Tara Silver, enviada por Theros Obsidia, y ni siquiera un hechizo habría podido hacerme admitir otra cosa.